Contra la Sostenibilidad
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Contra la Sostenibilidad
Un desvío particularmente preocupante en el discurso climático internacional, que hemos podido observar a partir de 2020, es la toma en consideración de lo que se conoce como overshoot, la extralimitación. Es decir, aceptar la posibilidad de sobrepasar puntualmente el umbral de un aumento de temperatura de 1,5°C, el objetivo marcado en el Acuerdo de París, para después volver al redil del rango de seguridad climática y no sobrepasarlo en 2100, aunque hayamos estado décadas por encima. Como si, para realizar un adelantamiento largo y peligroso en un cambio de rasante en una subida pronunciada, pusiéramos el coche en la zona roja del cuentarrevoluciones, exponiéndonos a un fallo del motor y a quedarnos parados en mitad del carril contrario. Lo más probable es que algo salga mal, y así lo recogen los estudios que se han publicado los últimos años al respecto.
La teoría (abandonar brevemente el espacio operativo seguro para luego volver a él con técnicas de emisiones negativas) nos coloca de nuevo en un escenario en el que solo se considera la situación que tendremos en una fecha determinada, ni antes ni después. Sin embargo, importa y mucho cómo lleguemos a 2100. No es lo mismo hacerlo por un camino de reducción sostenida de emisiones, que llegar tras décadas con un exceso de temperaturas que condenará a la hambruna, la pobreza y el sufrimiento a millones de personas. Si el overshoot se está colando en la agenda climática, y si tiene cada vez mayor presencia en los foros institucionales e incluso en los discursos políticos, es porque es un eufemismo elegante y técnico para nombrar el fracaso. Sobrepasar el grado y medio de temperatura es una derrota colectiva de dimensiones colosales. No hay más.
Por otra parte, se está empezando a insinuar que el enfriamiento posterior a la extralimitación no vendría dado por políticas climáticas ambiciosas y recortes drásticos de emisiones, sino por proyectos de geoingeniería. Fertilización de océanos, dispersión de aerosoles en la atmósfera, bloqueo de la radiación solar con espejos. No es, por desgracia, un relato de ciencia ficción. Creo que no hay mejor resumen sobre la geoingeniería que este del climatólogo Mike Hulme:
Es indeseable porque regular la temperatura global no es lo mismo que controlar el tiempo y el clima local. Es ingobernable porque no hay un proceso ni plausible ni legítimo para decidir quién establece la temperatura del mundo. Y es poco fiable por la ley de las consecuencias involuntarias: la intervención deliberada en la atmósfera a escala global llevará a consecuencias impredecibles, peligrosas y polémicas.
Lo que necesitamos ahora es frenar el aumento de las temperaturas, pero no así. No metiéndonos de lleno en un escenario aún más caótico, antidemocrático e incierto del que estamos y al que nos dirigimos. Cuando lleguemos al mismo nivel de lo que podemos absorber, debemos seguir reduciendo los gases de efecto invernadero que vertemos a la atmósfera. Y hacerlo, además, con una perspectiva de justicia climática, algo que en todos los planes de neutralidad brilla por su ausencia. ¿Deberían apuntar todos los países hacia el mismo objetivo? Claro que no.
Según un estudio del portal climático Carbon Brief de 2021, Estados Unidos ha sido el responsable del 20,3 % de las emisiones totales de carbono entre 1850 y 2021. Sobre este país recae la responsabilidad en exclusiva de un aumento de 0,2 °C a nivel global. Le siguen China, con algo más de la mitad (11,4 %), Russia, Brasil, Indonesia, Alemania, India, Reino Unido, Japón y Canadá. Cada uno contribuye en función de las emisiones derivadas del uso de combustibles fósiles y de los usos del suelo; estas últimas representan la mayor parte de las emisiones atribuidas a Brasil e Indonesia.
No parece justo que tengamos que llegar de forma simultánea a una meta compartida. Quien tiene mayor parte de responsabilidad es quien debe realizar mayores recortes. Y esa perspectiva, desgraciadamente, no es la que impera ni en los planes de neutralidad climática de empresas o gobiernos, ni tampoco en las cumbres internacionales sobre el clima. Uno de los puntos más espinosos de la cumbre de Glasgow, celebrada en 2021, fue el de la negación, por parte de los países ricos, de mecanismos efectivos para poner en marcha el fondo de daños y pérdidas. Este fondo tiene como objetivo compensar los daños causados por los impactos del cambio climático en los países más pobres y vulnerables, pero los países ricos se resisten a hacerse responsables de los mismos (a pesar de sus emisiones históricas). No es el único síntoma de que el multilateralismo climático está descompensado, pero quizás es el más evidente.
Es desolador pensar que, para algunos países del Norte Global —es decir, para algunos dirigentes y estructuras de poder— es más fácil pensar en ponerle una carísima sombrilla a la Tierra (sea en forma de espejos o aerosoles) que en disminuir sus emisiones. Es también difícil asumir que preferan desarrollar esquemas de intervención neocolonial en el Sur Global, mezcla de extractivismo y caridad, que asumir su responsabilidad histórica con el resto de los habitantes y territorios de este mundo.
Lo peor de todo, sin embargo, es que encima quieran hacerlo poniendo la sostenibilidad por bandera.
Contra el Mantra de las Generaciones Futuras
Desde que empecé a divulgar y dar charlas sobre cambio climático he ido modificando y actualizando tanto lo que digo como los materiales gráficos que uso. A pesar de que la realidad climática corre a una velocidad endemoniada, trato siempre de poner la gráfica más actual del calentamiento de la atmósfera, el último récord de temperatura, el acuerdo internacional más reciente. Además, he ido retirando aquello que no funcionaba y reforzando lo que más interesaba.
También he dejado de hacer los chistes que no tenían gracia. No tendría sentido usar los mismos materiales para explicar los retos del cambio climático en 2013 que en 2023. Sin embargo, entre las pocas imágenes que continuó mostrando desde hace años, hay una que destaca de forma especial, y que ha ido ganando fuerza desde la primera vez que la usé.
Es una fotografía en blanco y negro, y en ella se puede ver a tres niños y una niña, de entre diez y doce años. Es una imagen simpática y veraniega, en la que se aprecia que todos lo están pasando muy bien, mientras se remojan en plena calle. El pie de foto dice así:
Combatiendo el calor bajo una boca de incendios abierta en Dallas, estos niños texanos pueden pensar que hace calor ahora, pero existen muchas posibilidades de que crezcan en un mundo más cálido del que jamás conocieron sus abuelos.
Tras recitar este pie de foto, que me sé de memoria, suelo hacer una pausa dramática. Al cabo de unos segundos le pregunto a la audiencia de qué año se piensa que es la fotografía. Como la foto parece antigua tienen una pista, aunque para alguna gente, la más joven, algo «antiguo» puede ser perfectamente de 1975, e incluso de 1990. Al final, alguien acierta, o en caso contrario lo acabo descubriendo: la foto se tomó en el año 1950.
Encontré esta fotografía estirando del hilo de un excepcional artículo¹ de Pedro J. Hernández, uno de los mejores divulgadores actuales de cambio climático en lengua española. Recuerdo leerlo varias veces; a ratos sorprendido y a ratos indignado conmigo mismo por no conocer algunas de las referencias que Hernández mencionaba. Una de ellas era un reportaje en el Saturday Evening Post de julio de 1950, firmado por Albert Abarbanel y Thorp McClusky. El título, «Is the World Getting Warmer?» («¿Está el mundo calentándose?»), era una pregunta que recibía una respuesta fundamentalmente afirmativa. Una respuesta que cristalizaba en esa fotografía de unos niños jugando al sol, con la advertencia de que durante su vida experimentarían días y semanas cada vez más tórridas e insoportables. ¿Para qué muestro esa fotografía? Para que dejemos de hablar solo de generaciones futuras. Estoy harto, lo confeso. Me resulta previsible y enervante que en cada discurso institucional —con contadísimas excepciones— se apele siempre a las generaciones futuras como motivación para la acción climática. ¿Cuándo nos daremos cuenta de que en realidad esto va también de nosotros y nosotras, de nuestros padres y madres, de nuestros abuelos y abuelas e incluso bisabuelos y bisabuelas? De los niños y la niña de la fotografía, que nacieron a finales de la década de 1930, cuando el ingeniero Guy Stewart Callendar publicaba la primera confirmación experimental del calentamiento, atribuyéndolo al aumento de la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera. Niños que ahora, si aún viven, se encaminan ya a ser ancianos nonagenarios. ¿Cómo que generaciones futuras?!
Si queremos impugnar el concepto de sostenibilidad y encontrar un sustituto capaz de guiarnos este siglo, estamos obligados a hacerlo con todas sus consecuencias. La primera de ella, romper en mil pedazos la que parece ser la única motivación subyacente de todos los discursos sostenibilistas: hacer las cosas para que los que vengan después tengan oportunidades. Pero en realidad, desplazando el problema al futuro (como ya hemos visto en el caso de la neutralidad climática) desplazamos también las soluciones, y así las generaciones presentes nos lavamos las manos. Si pensamos que esto no va con nosotros, ¿para qué hacer nada? 苏苏苏 Las personas de una cierta edad que acuden a una charla a aprender y debatir sobre cambio climático suelen mostrar interés y predisposición —muchas veces las que más—, pero también un poso de amargura que siempre me deja triste y abrumado. O bien han llegado a un punto de decepción tan profundo con el mundo y con la vida que piensan que todo esfuerzo es fútil (y según sea mi estado de ánimo cuenta no darles la razón), o (y esto a veces duele más) están tremendamente motivadas, pero tienen asumido que en realidad esto no va con ellas, que se morirán antes de que «venga el cambio climático». Que es algo que nos tocará a los jóvenes, que su horizonte vital les cercena la vida, pero les protege el futuro. ¿Cómo empujas a alguien de 80 años de edad a actuar si el motivo para hacerlo es que debe hacerlo para las generaciones futuras? Alguien que, en nuestro país, ha vivido una posguerra y una dictadura fascista y, muy probablemente, lo ha tenido muy difícil en su juventud y madurez. Una persona cuya vida puede que haya sido dolorosamente austera y mísera, y que ahora se quede cariacontecida con la retahila de artículos y consejos de periódicos y webs corporativas para ser «más sostenibles, como nuestros abuelos». ¿Cómo respondo? Puedo citar a Séneca, que siempre ejerce un cierto influjo (la virtud hay que practicarla por sí misma, no por el placer que se obtiene de ella), o tratar de apelar a una solidaridad intergeneracional. Sin embargo, si esa persona mayor siente que el cambio climático no va con ella, acabará desconectando tarde o temprano, por muy buena voluntad que tenga.
Es ahora cuando cabe subrayar que mucha gente mayor sigue interesándose por el mundo; se enfadan por cuestiones de política estatal, reclaman cambios en las calles de su ciudad, asisten a eventos culturales y vibran con competiciones deportivas. Están al día con periódicos e informativos televisivos y radiofónicos, incluso digitales. Entonces, ¿por qué perciben esa enorme desconexión con un tema tan del presente y que incluso forma parte de su pasado? ¿Por qué discuten sobre la reforma del Consejo General del Poder Judicial pero no de la cumbre de Glasgow o los informes del IPCC?
Es una pregunta con varias respuestas, aunque quizás el motivo principal —y lo que es más importante, un error comunicativo que está en nuestra mano subsanar— es haber abusado del mantra de las generaciones futuras, y seguir usando el marco temporal del Informe Brundtland, hecho público en 1987. Ese año, los tres niños y la niña de Dallas podrían haber sido ya abuelos.
Nosotros somos las generaciones futuras... de las generaciones futuras. ¿De qué les estamos hablando, entonces? ☆☆☆ Significa todo esto que debemos dejar de pensar en el futuro? ¿No! Al contrario. Significa que debemos dejar de tratar el cambio climático como algo que solo sucederá en el futuro. Como si los esfuerzos actuales solo condujesen a una meta situada en 2030 o 2050. Tenemos que trasladar el discurso al presente.
Se ha escrito mucho sobre este tema, sobre cómo esta lejanía temporal inactiva los resortes mentales que nos harían reaccionar frente a problemas transgeneracionales. Sin embargo, sigue ahí. Sigue en los discursos institucionales, en los programas electorales y en los planes estratégicos ministeriales. Sigue en los temarios de las facultades y hasta en el discurso activista. «Si quieres a tus hijos, cuida el planeta» es un lema que puede leerse, con algunas variaciones, en multitud de perfiles de redes sociales. ¿Y si no tienes hijos? ¿Tienes carta blanca? Y si tienes, ¿solo tienes que hacerlo por ellos, y no por el resto de los niños y niñas que conozcas? De hecho, ¿por qué tendrías que conocerlos? ¿Por qué no podemos cultivar la fraternidad entre todas las personas, y recurrimos siempre a la protección visceral de nuestra parcela personal? ¿Qué pasa con los niños y niñas que sufren hoy en día, que son centenares de millones en todo el mundo? ¿Y por qué solo parece importar la infancia? ¿No sabemos de sobra que el cambio climático es ya? ¿Qué pasa con los adultos y los ancianos? ¿Y con los animales? ¿Acaso no podemos cuidar el planeta para los animales que en él habitan hoy y los que lo harán dentro de siglos o milenios? ¿Para las plantas, los hongos, por toda la maravillosa biodiversidad que nos acompaña en esta nave espacial, e incluso por el inmenso legado geológico y cultural que está en peligro?
Sea cual sea el concepto que sustituya a la sostenibilidad, no puede apoyarse en que las transformaciones actuales se tienen que producir únicamente en beneficio de quienes vivan cuando ya no estemos, menos aún en que lo hagan para que nuestra progenie (si la tenemos) viva bien. Se tienen que materializar, en primer lugar, porque no nos queda más remedio. Y en segundo, por quienes estamos aquí y ahora, por responsabilidad; y también porque revertirán en nuestro bienestar.
Porque las generaciones que estamos hoy en peligro, las que tenemos un serio problema para satisfacer sus necesidades, ya somos nosotros. Y porque si lo enmarcamos como un examen que realizaremos un día aún por determinar suspenderemos sin duda alguna; siempre tendremos la voecilla interior que nos dirá que no pasa nada, que ya estudiaremos mañana.
Ello no implica no pensar en las generaciones futuras. A mí me encanta fantasear con el futuro cercano, que suele ser del que se ocupa gran parte de la ciencia ficción: años, décadas, un par de siglos; también con el futuro profundo, el que se adentra miles de años en lo desconocido, aunque me provoca no pocos escalofríos hacerlo.
El filósofo Roman Krznaric nos invita a que seamos buenos antepasados. A que valoremos todo lo que hacemos en función de cómo se nos juzgará en el futuro. A que pensemos más en cómo será nuestro planeta en cincuenta o noventa años, y tengamos en cuenta hasta la séptima generación a partir de la actual. Yo lo hago con frecuencia. Andando por la calle de mi ciudad, me pregunto hasta cuándo se mantendrá en pie un edificio determinado, hasta cuándo las calles del barrio marítimo permanecerán secas, hasta cuándo podré disfrutar de ciertos bosques cercanos.
Quién estará allí después, qué comerá, qué pensará de la ciudad que le hemos legado. Me genera un gran conflicto, me perturba. Me descubro pensando en lo que la filósofa Marina Garcés popularizó como «presente póstumo». ¿Hasta cuándo se mantendrá en pie el andamiaje de mi vida, mis paisajes vitales? A veces, para qué negarlo, me descubro siendo un antepasado algo pesimista, que se arroja en brazos de la solastalgia, tan dañina y a la vez tan adictiva como la nostalgia.
Creo que Krznaric tiene razón. Me gusta pensar que me esfuerzo en ser un buen antepasado para todos los que vendrán, sean o no mi familia biológica, pero eso no tiene por qué ser incompatible con poner el foco en las soluciones presentes. Son estas las que, en realidad, acabarán dando forma a algo tan incierto como el futuro. Las que nos permitirán revertir lo que hoy está cerrando ventanas y posibilidades a varias décadas vista, y alimentarán una motivación clara y duradera para hacer las cosas por el hoy, también por el ayer.
Pero cuidado, el pensamiento a largo plazo tiene trampa. No el que propone Krznaric, sino el que ha aupado el filósofo William McAskill con su libro What We Owe The Future (Lo que le debemos al futuro), publicado en 2022, y que se ha bautizado como «longtermism» (algo así como largoplacismo). Este neologismo nace de un movimiento con un nombre aparentemente inofensivo, «effective altruism» (altruismo efectivo), pero que dista mucho de ser una visión humanamente deseable del futuro. Así lo sintetiza la paleoecóloga Jacquelyn Gill:
El largoplacismo consiste en los peores pedazos de las distopías de ciencia ficción del siglo XX, reensambladas por billionarios tecno-bros que están tratando ahora de rehabilitar ideas que descartamos por un buen motivo, simplemente para conseguir que les ayudemos a hacerse más ricos.
Esas «ideas» abarcan desde la eugenesia, premiando y potenciando «lo mejor» a lo que pueda llegar un ser humano, hasta el colonialismo, estableciendo que debe reforzarse la primacía occidental e impulsar su desarrollo, obviando así los problemas actuales en el Sur Global. Estos son los cimientos de una visión en la cual debemos sobrevivir para garantizar la existencia de miles de millones de entes digitales futuros, enraizando con el transhumanismo y la colonización espacial; todo ello en el marco de un capitalismo hipervitaminado. No es de extrañar que magnates de la tecnología, como Elon Musk, se hayan apuntado al carro y hayan compartido el libro y las reflexiones de McAskill, incluso con un muy aclaratorio tuit: «Merece la pena leérselo. Muy cercano a mi filosofía». Así que cuando McAskill se pregunta qué le debemos al futuro, deberíamos preguntarnos: ¿el futuro de quién? ¿De la humanidad o de Elon Musk? ¿Qué sentido tiene actuar para hacer realidad un futuro si ello implica alimentar lo peor del presente?
Es muy posible que en los próximos años vivamos un encendido debate sobre qué significa pensar a largo plazo, una vez tenemos asumido que el cortoplacismo es una de las causas principales de nuestra incapacidad para abordar los retos fundamentales del siglo 21. Será un término en disputa y, como tal, quienes pensemos que ese futuro lejano debe incluirnos a todos y todas, y no solo a los millionarios con sus cohetes espaciales, deberemos dar la batalla y ser capaces de llenarlo de contenido.
Escribo estas líneas poco después de que el telescopio James Webb, una desconcertante maravilla de la ingeniería y la ciencia, nos regale sus primeras fotografías. Las he repasado muchas veces los últimos días, y he visto un documental del lanzamiento del telescopio, que se encuentra a 1,5 millones de kilómetros de la gente que lo maneja con ordenadores como el mío. He tratado de descifrar alguna verdad fundamental en los destellos de las estrellas y en los miles de galaxias que se intuyen, pero solo he sentido punzadas afiladísimas de vacío cósmico y una fascinación amorfa y sin límites. Es algo que me pasa también cuando paseo por la montaña, tratando de rescatar los apuntes de geología sepultados en mi memoria: miro las rocas, los estratos, preguntándome cuánto tiempo llevan allí, dónde estaban antes.
Marcia Bjornerud es una geóloga inquieta y sensible que ha escrito un libro para calmarnos a quienes experimentamos estos desvelos, además de para divulgar la fascinante historia geológica de nuestro planeta. Lo ha titulado Timefulness, en una mezcla de mindfulness (atención plena) y time (tiempo). Su intención es ayudarnos a reconfigurar nuestra relación con el tiempo y a aceptar nuestra dimensión temporal.
A la manera de Krzarnic pero alejada de McAskill, y en línea con un discurso social afortunadamente cada vez más popular que propugna el ocio, el descanso, la desconexión y una desaceleración de la vida. Que seamos conscientes del tiempo que vivimos, de las coordenadas en las que nos movemos, y que ello, en vez de abrumarnos y paralizarnos, nos ayude a vivir mejor el tiempo que tenemos. Bjornerud rechaza extender el mindfulness a nivel colectivo, aunque admite los beneficios de parar y centrarse en el ahora en un plano individual; cree que estamos demasiado focalizados en el presente como sociedad. Escribe en su libro:
Si se adopta ampliamente, una actitud de timefulness podría transformar nuestras relaciones con la naturaleza, con nuestros semejantes y con nosotros mismos. Reconocer que nuestras historias personales y culturales siempre han estado integradas en historias de la Tierra mayores y más largas, que aún están transcurriendo, podrá salvarnos de la arrogancia ambiental. Podríamos aprender a dar menos valor a la novedad y la disrupción, y desarrollar respeto por la durabilidad y la resiliencia. Comprender cómo se escribe la casualidad histórica en cada una de nuestras vidas personales, podrá hacer que nos tratemos con más empatía. Y una cosmovisión politemporal y consciente del tiempo, al cuerpo, el checho de nuestra propia mortalidad, al cambiar nuestro enfoque de la duración,�, el checho de nuestra propia mortalidad, el checho de nuestra propia mortalidad, el checho de nuestra propia mortalidad, el checho de nuestra propia mortalidad, el checho de nuestra propia mortalidad, el checho de nuestra vida a la rica antología de experiencias que representa una vida.
Y creo que aquí está la clave de todo, también de este capítulo. A lo que tenemos que llegar no es a desarrollar algo que funcionará en un futuro —menos aún si son los sueños húmedos de cuatro milmillonarios—, o a esperar cualquier invento que nos salve en el último minuto, sino a establecer una relación harmónica con el presente y cuidarla. Solo pensando en el largo (¡y muy largo!) plazo, y aquí coincido con Krzarnic y Bjornerud, encontraremos nuestro sitio entre galaxies lejanas y deshielos glaciares. Necesitamos una visión nueva y distinta, capaz de ofrecernos esa paz y el autoconvencimiento de que, de aquí a unas décadas, no nos mirarán con rabia e incomprensión.
Un buen antepasado no es el que se pasa toda la vida ahorrando dinero y guardando víveres para que sus descendientes los dilapiden cuando llegue su hora; es el que es capaz de organizarse de tal forma que vive una buena vida, preservando los mecanismos que la hacen posible. Suena, es verdad, a desarrollo sostenible. Podría haberlo sido.
Lamentablemente no lo es, porque la maraña actual en la que la sostenibilidad se encuentra no deja ver más allá del crecimiento. Su objetivo es encontrar las formas de perpetuar un presente insostenible, no de pensar un nuevo futuro. Vive en una ilusión ajena al tiempo, a la geología; también a las generaciones tanto pasadas como futuras.
Contra la Superpoblación y los Superricos
Una de las ideas que suelen ir ligadas al término «insostenible» es la cantidad de gente que hay en el mundo, seguido de signos de exclamación. ¿Somos muchos! Siempre sobran los otros, eso sí; nunca uno mismo o quienes le rodean. Puede parecer un comentario de barra de bar, pero merece que nos detengamos un poco en él. Entre otras cosas, porque personalidades ecologistas, como la etóloga Jane Goodall, han decidido una y otra vez en la idea. En una mesa redonda, que tuvo lugar en el Foro de Davos en 2020¹, Goodall propuso una reducción drástica de la población de más del 90 %, hasta volver a los 500 millones de habitantes que había hace unos pocos siglos. Este tipo de planteamiento aleja a cualquier del discurso, y lo tiene todo de un color muy negro.
Una primera línea de defensa frente a este tipo de argumentaciones es que no tenemos un problema por ser demasiados, sino porque algunos consumen demasiado. Pero eso no nos libra de tener que definir «algunos» y «demasiado».
En 2020 Oxfam publicó un informe, «Confronting Carbon Inequality»², que tenía algunos datos maravillosamente simples y útiles. Los porcentajes parecían dibujados con rotulador negro: el 1 % más rico del planeta emitía el doble que el 50 % más pobre, y el 10 % de la población más rica emite más que el 90 % restante. Sin embargo, análisis posteriores han demostrado que, pese a que el mensaje permanece —los más ricos contaminan más—, los datos de Oxfam son más que cuestionables, especialmente respecto a la contabilidad del patrimonio y de las rentas. En la Conferencia de Bonn de junio de 2022, el IPCC presentó sus datos, que arrojaban unos porcentajes distintos (pero igualmente escandalosos): el 10 % de las personas más acaudaladas del planeta —entre las que probablemente te encuentres, aunque te parezca mentira— son responsables del 40 % de las emisiones.
En septiembre de 2022, el economista francés Lucas Chancel publicó en la revista Nature Sustainability un artículo sobre la desigualdad de carbono (un concepto cada vez más usado) entre 1990 y 2019. Sus resultados iban en la misma línea: en 2019, el 12 % de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero correspondieron al 50 % más pobre, mientras que el 10 % más rico emitió el 48 %. Lo más interesante del estudio es quizás el análisis de la desigualdad dentro de los países. Según Chancel, el 63 % de la desigualdad global en las emisiones se debe hoy en día a la brecha entre quienes emiten poco y quienes emiten mucho dentro de los países, más que a la diferencia entre países. Asimismo, observa una disminución de las emisiones entre las clases medias y bajas de los países ricos, mientras que las clases altas han seguido aumentando sus emisiones. ¿Qué nos muestran estos porcentajes, más allá de las diferencias de matiz entre estudios? Que unos pocos contaminan mucho más de lo que les correspondería. El 10 % de la población debería emitir, en un mundo mucho menos desigual, alrededor del 10 % de los gases de efecto invernadero.
La pregunta, claro, es a qué asimilamos ese 10 %, ¿al nivel de Gambia, de Estados Unidos, de Letonia, de Qatar, de Colombia? ¿Y de qué clase social en cada uno de ellos? Si usamos como patrón un país con una huella de carbono por cáptica como la actual de Gambia (0,12 t por persona y año) o Colombia (1,61 t), el cambio climático no se vería agravado por alcanzar los 11.000 millones de personas que se prevé pueblen el planeta hacia finales de siglo XXI, puesto que la huella por cáptica mundial actual es de 4,8 t por persona. Si, por contra, nos fijamos en Estados Unidos (15,52 t) o Qatar (37,29 t), incluso una población mucho menor que la actual supondría un problema.
Es decir, al hablar de cambio climático, no debemos atribuirlo a la superpoblación, sino al superconsumo de algunos países y, muy especialmente, de determinadas clases sociales dentro de estos.
Una cosa es plantear que sea más fácil abordar determinados problemas ambientales si se reduce la cantidad de seres humanos sobre el planeta y otra afirmar que sobra gente. Tenemos que ser conscientes del escenario en el que se van a jugar las transformaciones socioeconómicas y geopolíticas de este siglo, y no deberíamos permitir discursos que rozan la eugenesis o los rincones más oscuros del colonialismo, menos aún desde el privilegio de un primer mundo que utiliza al resto de naciones como granero, vertedero y fuerza de trabajo. Sin embargo, debemos asumir —es una realidad innegable— que nuestra presencia en el planeta causa un impacto grave, difuso y, en algunos casos, irreversible. Cuantos más seamos, independentemente de la huella de carbono asociada a determinados usos intensivos de la energía, necesitaremos más terreno para cultivar y para los rebaños, más vertederos, pescaremos más lejos, fabricaremos más objetos.
La destrucción de la naturaleza también tiene que ver con nuestra relación directa y física con ella, no solo de los cambios indirectos que se derivan del aumento de las partes por millón de CO₂ en la atmosfera. Va de cómo usamos el bosque, el manglar, el arrecife, los ríos... De esa interacción cada vez más intensa y desordenada nació, por ejemplo, la pandemia del COVID-19, una zoonosis que tiene su origen en la destrucción de la naturaleza⁴. La movilidad de especies transmisoras de virus como los murciélagos, determinada también por la rapidez del calentamiento, será asimismo un factor clave en el surgimiento y dispersión de nuevas pandemias⁵.
Y a este respecto, ¿somos nosotros un virus? Tajantemente, no, aunque la visión que el agente Smith (un ente virtual) ofrecía de nosotros en Matrix —una plaga que todo lo arrasa a su paso—, está más extendida de lo que parece. Una etiqueta —plaga, virus— que alcanzó su punto álgido justamente durante la pandemia del COVID-19. «Nature is healing!» (¡La naturaleza se está curando!). Este comentario, con algunas variaciones, se repitió como una cacofonía casi religiosa en los primeros días del confinamiento. Lo acompañaban imágenes del agua limpia de Venecia con cisnes o delfines nadando tranquilamente, jabalíes en las ciudadas, civetas en los pasos de peatones indios.
Como si se tratara de una ventana a un futuro en el que la naturaleza hubiera recuperado el espacio que le correspondía, las imágenes conmovían e incitaban a la reflexión al mismo tiempo. ¿Qué hemos hecho? ¿Cómo hemos sido capaces de expulsar así la vida de nuestras ciudadas! Y entonces llegaba la conclusión lógica: si cuando nos quedamos en casa la naturaleza revive y florece, es que nosotros somos el virus. Sin embargo, muchas de las fotografías estaban descontextualizadas, eran de otro momento o se atribuían a lugares en los que en realidad no se habían tomado.
Las imágenes prometedoras sobre la evolución de nuestro entorno no se limitaron a la fauna que exploraba el asfalto. Los cielos azules y limpios — especialmente llamativos en ciudadas de una sucedad atmosférica perpetua, como Madrid o Barcelona— y las bajadas en las emisiones de dióxido de carbono, el más importante de los gases de efecto invernadero, entreabrieron una brecha de optimismo. ¿Y si realmente, a pesar de la calamidad, lo que estaba sucediendo sirviera para darle un respiro al planeta?
Lamentablemente, tampoco es el caso. En julio de 2020, menos de medio año después del inicio de la crisis sanitaria en China, en ese país ya se habían alcanzado —¡y superado!— los niveles de polución atmosférica previos al confinamiento. En nuestro país, el aire volvía a estar sucio, tanto como antes; reactivar la economía, proceso que no sabemos aún desacoplar de la contaminación del aire, tiene un precio, que se paga con salud y vidas.
Las emisiones de gases de efecto invernadero experimentaron una notable reducción en los meses de parálisis social y economía. La mayor, de hecho, desde que se tiene constancia: un 6,4 %. Para contextualizarlo, recordemos que en la crisis de 2009 la caída fue solo del 1,5 %. Pero la lectura detallada de los datos ofrece un inquietante panorama; los días de mayor descenso, con la mayor parte de las grandes economías del mundo paralizadas, las emisiones de dióxido de carbono cayeron solo un 17 %. El confinamiento sí desnudó la vieja creencia de que con gestos individuales y cambiando pequeñas parcelas de nuestro día a día bastaría para hacer frente al calentamiento global, pues existen emisiones estructurales que no dependen de la acción personal. El dióxido de carbono que escapa a la atmósfera no es coyuntural, sino que forma parte del código genético del sistema socioeconómico en el que vivimos, y es el síntoma más claro de su insostenibilidad. De hecho, durante el confinamiento se alcanzó un récord anual en la concentración de CO 2 : 417,2 ppm, medido en Mauna Loa, Hawái. Y el 26 de abril de 2022, tras un rebote de las emisiones del 6 % en 2021, se llegó a 422,06 ppm en el mismo observatorio, el récord absoluto en el momento de escribir estas líneas. Nunca ningún ser humano ha vivido en una atmósfera tan cargada de dióxido de carbono. De hecho, durante millones de años ningún ser vivo ha experimentado los valores actuales.
A pesar de todo ello, no somos un virus. Dañar los sistemas de soporte vital que nos mantienen no nos convierte automáticamente en un patógeno; solo en una especie incapaz de entender la dimensión de su huella sobre el planeta y de actuar en consecuencia. Si fuésemos un virus, la responsabilidad recaería tanto en un ejecutivo de Exxon que ocultó pruebas de la relación de los combustibles fósiles con el calentamiento global, como en ti y en mí. Y no es así. ***** Volvamos al debate sobre la distribución de las emisiones según la clase social, y detengámonos en la cuestión de las emisiones del lujo. Los superricos. En España, donde la huella de carbono media es de 5,4 t de CO 2 por persona, el 1 % más rico emite 64,7 t, cifra que aún se dispara más en el segmento de ultrarricos que se encuentran en el exclusivo 0,1 %. En países ricos y a la vez desgarradoramente desiguales, como Estados Unidos, la brecha es aún mayor. Estos datos, que vistos en forma porcentual pueden parecer asépticos, se traducen en comportamientos ostentosos por parte de algunos superricos: jets privados, aventuras espaciales, mansiones que devoran kilómetros cuadrados o coches que consumen en cien kilómetros lo que un utilitario en mil. Y ello provoca lo que se conoce como «el tuit de las pajitas», que viene a ser algo como: «Tú reciclando el plástico en casa / y yendo a comprar con bolsa de tela / usando una pajita de cartón... y este famoso ha ido a comprar el pan en un avión privado». Como señala el activista y diputado Héctor Tejero sobre por qué se viralizan estos comportamientos de los ricos, habitualmente de actores o cantantes:
Es gente conocida, fácil de ponerle cara y de relacionarla con tu propia vida. Los empresarios petroleros de EE. UU., ejecutivos y grandes inversores tendrán una huella de carbono peor que la de Taylor Swift y mucho más poder estructural, pero nadie los conoce. No es casualidad que los que protagonizan estos rankings sean gente de la farándula.
Si a eso le sumamos el escaso impacto en términos absolutos de las emisiones derivadas de estos comportamientos (apenas un 0,06 % de las emisiones de España por lo que respecta a los jets privados, por ejemplo), cabe preguntarse si señalar a los ricos es tan transformador como parece. Desde luego es una cuestión moral, en la que merecen la reprobación pública —no solo por el uso del dinero, sino por lo que implica una acumulación tan aberrante y desigual de capital—, y nuestro enfado está más que justificado. Pero el gran problema de todo esto es que nos parezca que con el escarnio público de un grupo de ricos ya hemos hecho nuestra parte en la transición ecológica. En ese caso, nuestra reacción bloquea la acción y cae en una burda autojustificación: como Tom Cruise se ha ido de vacaciones en avión privado, yo estoy más que legitimado a irme a la República Dominicana.
El mismo Tejero señala en otro artículo, junto al antropólogo Emilio Santiago, que nos encontramos ante la paradoja de que los jets privados no son muy importantes en lo material, pero sí en lo simbólico. Y concluyen:
Y como la política no es solo un reflejo de lo material ni una pura gestión técnica, sino que son símbolos, afectos y objetivos compartidos, es algo a tener en cuenta. Los jets privados podrían ser para el nuevo ciclo de transformación ecologista que hemos de hacer brotar algo parecido a los coches oficiales o las tarjetas black del ciclo 15M: ridículos a nivel de gasto público pero un símbolo enorme del privilegio. Sin embargo, ese nuevo ciclo de transformación ecologista no pueden hacerse trampas al solitario. No podemos limitarnos al efectismo simbólico y esquivar la necesidad de abordar un cambio profundo tanto en nuestras estructuras económicas como un cambio sustancial en nuestros modos de vida.
Aún no sabemos si esta indignación alimentará la autoindulgencia o la demanda de acción, o si se quedará en una mera anécdota. Afortunadamente, existen señales esperanzadoras que nos indican que quizá seamos capaces de comenzar a exigir cambios estructurales. En septiembre de 2022, el jugador de fútbol del París Saint-Germain Kylian Mbappé y el entrenador de su equipo, Christian Galtier, se mofaron de la posibilidad de viajar en tren a un partido. El presidente de la compañía francesa de tren de alta velocidad (TGV), Alain Krakovitch, había reiterado su ofrecimiento para que el desplazamiento de París a Nantes, donde debían jugar, se hiciese en un tren adaptado a las necesidades del equipo. Un periodista se hizo eco de la oferta y les preguntó el motivo por el que la declinaban, a raíz de lo cual el jugador se rio ostensiblemente mientras el entrenador contestaba, de una manera tremendamente maleducada, que estaban valorando contratar un servicio de carros a vela. Las críticas no se hicieron esperar y llovieron de todas partes, aunque quizá no tantas como cabría esperar entre los aficionados del PSG, que probablemente tendrían más poder de influencia. Pero lo más importante es que, pocos días después y en distintos países, empezaron a conocerse propuestas concretas que incorporaban la cuestión de los vuelos privados e incluso planteaban su prohibición.
Aunque, como explican Tejero y Santiago, no podamos limitarnos al efectismo de la prohibición de los vuelos privados, sin estos cambios simbólicos y emocionales la mayor parte de la sociedad no se sentirá impelida ni espoleada para emprender el camino de las transformaciones estructurales. Prohibirle a los superricos que se desplacen en avión por placer, contaminando cien veces más que si fuesen en tren, no evitará los inaplazables cambios profundos que nos aguardan, pero estos serán infinitamente más difíciles si la ciudadanía percibe que hay quienes escapan, previo pago, de estos mismos cambios. ***** Desde hace años repito que todo cambio individual suma, pero solo el colectivo transforma. El de los ricos, por emblemático que sea, sigue siendo individual. Necesitamos cambios colectivos profundos para, entre otras cosas, impedir estilos de vida individuales tan dañinos para la sociedad, el clima y el planeta. A su vez, hablar de superpoblación como causa del cambio climático sigue siendo una distracción con poca base científica, y muchas veces conducente a debates que bordean lo moralmente reprobable: ¿Quién sobra? ¿Dónde? ¿Quién lo decide?
Para cambiar estructuras no nos podemos fijar en pajitas de plástico, ni comprarle el discurso a quienes se escudan en el número de personas que habitan en China o India para justificar la inacción climática. Debemos ir más allá de la sostenibilidad individual y también de la autoflagelación colectiva. Es necesario empujar en todos los espacios posibles, evitar las excusas para no actuar, ser conscientes de que la realidad es compleja y no admite recetas mágicas.
Tendremos que buscar un horizonte de transformación y bienestar, señalando a quienes lo obstaculizan, no solo a quienes se benefician de la situación actual. Debemos jugar con el hándicap de ser ocho mil millones de personas, no fantascar en lo fácil que sería todo si fuésemos diez veces menos, porque ya sabemos a dónde conduce eso.
Contra la Economía Circular
«¿Pero qué es la basura, qué es basura, entonces? No es una pregunta retórica. Muy al contrario, hay que responderla muchas veces al día, se la hacen muchos millones de seres diariamente alrededor del globo: ¿son basura los veinte tomos de aquella enciclopedia comprada hace veinte años? ¿Y la caja llena de cables? ¿Y el verde de los puerros? ¿Y las carpetas de dibujos del niño, que era un genio? ¿Y los zapatos viejos, y la ropa vieja?»
La sostenibilidad no viaja sola. En los últimos años se ha rodeado, como hemos visto, de un batallón de términos que la rodean y la protegen, nutriendo su aura de paraguas del futuro. El más popular entre ellos es, sin duda, «economía circular».
Si hacemos la búsqueda en Google, veremos una panoplia de círculos perfectos, convenientemente segmentados. En ellos se repite el esquema: diseño del producto, elaboración, distribución, consumo, recogida, reciclado y vuelta a empezar. Sobre el papel —o la pantalla— es perfecto: los residuos pasan a ser recursos, con lo cual necesitaremos extraer mucho menos material y evitaremos los deshechos. La economía circular se erige así en la defensa más férrea de la sostenibilidad, el engranaje milimétrico mediante el cual alcanzaremos la eterna juventud de los materiales y, lo que es más importante todavía, de la sociedad de consumo capitalista.
Sin embargo, la economía circular es una entelequia al nivel de la piedra filosofal de los alquimistas. Es, simple y llanamente, pseudociencia. Etiquetando cualquier avance en la eficiencia como economía circular —hecho que se repite a menudo en los suplementos económicos de los periódicos o en el contenido patrocinado de los dominicales— lo que se consigue en banalizar el término y deslegitimar la acción presente. La economía es inherentemente no circular, puesto que siempre necesitará insumos de algún tipo: energía, materiales, fuerza de trabajo. Siendo benevolentes con la definición, podemos llegar a acercarnos a una economía espiral, en la cual necesitaremos un flujo constante de insumos, aunque seamos capaces de recircular algunos de ellos. Pero nunca llegaremos a cerrar el círculo.
El economista Joan Martínez Alier viene alertando de esta imposibilidade desde hace tiempo, en sus libros y conferencias. Lo expresa en estos términos en una entrevista con la periodista Laura Villadiego:
Esa moda de la economía circular es ridícula. Sabemos que, si cada año entran en la economía, en números redondos, unas diez toneladas por persona (combustibles fósiles, biomasa, materiales de construcción, metales), de esos materiales solamente una tonelada es reciclada, todo lo otro es material «fresco» que viene de las fronteras de la extracción. Es lo que se llama el Circularity Gap, la brecha en la circularidad. La economía industrial es entrópica, no es circular. Es cada vez más entrópica. [...] La energía no se recicla. Los materiales se reciclan solo en una pequeña parte. Muchos de ellos van a las infraestructuras urbanas, a los edificios y allí están unas décadas, y luego a residuos. Mantener los edificios y sistemas de transporte gasta energía y materiales. La economía industrial no es circular, es entrópica.
Tiene razón Alier: es una moda, pero no ha surgido de la nada. Ha sido convenientemente fabricada y diseminada. Aunque ahora nos parezca un término habitual en noticias y charlas sobre medio ambiente, no se empezó a popularizar hasta hace pocos años, tras la presentación del Plan de Acción de Economía Circular de la Unión Europea, en 2015. Este fue fruto del esfuerzo de lobby de un grupo de empresas, que integraban la red «Circular Economy 100», constituida en 2013 y liderada por la fundación Ellen McArthur. Esta fundación, creada en 2010 por la exregatista británica Ellen McArthur, tiene como misión impulsar la economía circular, y cabe reconocer que ha tenido un éxito arrollador. En menos de cinco años consiguió que la Unión Europea adoptase su marco de pensamiento empresarial y ambiental, mimetizando el lenguaje propuesto. Pero la pregunta clave es: ¿quién está detrás de esa fundación? Entre otros socios estratégicos y según su propia web, Nestlé, Unilever, Renault, Gucci, Coca-Cola, Visa o BlackRock, el fondo de inversión más grande del mundo.
No hace falta buscar conspiraciones cuando la realidad es el mejor complot. Nadie está urdiendo un plan a espaldas del mundo para controlar los resortes ocultos del poder. Está ahí, a un clic, a dos enlaces de distancia en tu teléfono móvil o tu ordenador. La organización responsable del auge y ubicuidad de la economía circular en el discurso político, el onímico y ambiental está sostenida por algunas de las compañas más contaminantes y destructivas del mundo. Si se han unido a la cruzada sostenibilista no es por convicción o una súbita reconversión al ecologismo, sino porque, simple y llanamente, les sale a cuenta. Es una oportunidad de negocio, además de un lavado de imagen sin igual. 苏苏苏 En algún momento habrá que asumir que la economía jamás puede ser circular, como también es imposible fabricar un perpetuum mobile, una máquina que no se pare nunca sin impulso o energía externa. La termodinámica impone constricciones muy claras a la realidad, y una de ellas es la disipación de la energía inicial en otras formas menos aprovechables cuando se realiza un trabajo.
Aun así, podría argumentarse que quizá la economía circular, pese a su origen interesado, puede situarse en el mismo plano inspirador en el que se inscribía la utopía de Galeano: nunca llegaremos a cerrar el círculo, pero podemos acercarnos, mejorando paso a paso en el camino. Esto, es verdad, es un argumento a favor. Sin embargo, presenta varios problemas. En primer lugar, los insumos. Más que cerrar los ciclos, necesitamos disminuir los insumos de materiales y energía, tanto por el impacto ambiental de su extracción y posterior uso, como por la pronta escasez de alguno de ellos si persistimos en consumirlos al ritmo actual.
En segundo lugar, no nos dice nada sobre quién produce, de dónde se extraen los materiales o para qué sirven los productos, por muy circulares que sean. En tercer lugar, es el apuntalamiento perfecto para un sistema que ha creado las ineficiencias y los problemas que ahora pretende solucionar con un mero juego de palabras. Es el vestido perfecto para la ilusión que nos vende la sostenibilidad. Y quienes están detrás, por supuesto, lo saben.
Ilustrémoslo con un ejemplo concreto y mundano. Apple es una de las compañías punteras a nivel mundial en compromiso medioambiental. Su horizonte para la neutralidad climática es 2030, avanzándose dos décadas a muchos de sus competidores y grandes empresas; solo Microsoft clama ser más ambiciosa, en una reedición climática de su perpetua competición informática. A pesar de ello, tanto Apple como Microsoft, junto con Disney o Amazon, han sido acusadas de bloquear legislación climática en Estados Unidos². ¿De qué nos valen las estrategias corporativas si luego el daño realizado en estructuras comunes —leyes e instituciones— es muy superior?
Ahora miremos un pedazo de realidad tangible: según la propia Apple, el 81 % de las emisiones de un iPhone se generan en su producción; solo un 16 % corresponden al uso durante su vida útil. De todos los elementos de la talla periódica, en el móvil se utilizan 50, de los cuales solo 12 pueden ser reciclados con garantías. El resto acaba en una montaña de desechos. Se necesitan 113 kilograms de materias primas para hacer un móvil de algo más de ciento cincuenta gramos. ¿Es esto sostenible?
Puesto en términos globales: cada europeo, de media, consume 14 t de materias primas al año, y produce casi 5 t de residuos. Gran parte de esas materias primas corresponde a energía en distintas formas (gas, carbón, petróleo o madera, fundamentalmente), que no se pueden reincorporar al ciclo. De los residuos, como afirmaba Martínez Alier, apenas se podrá reutilizar o reciclar un pequeñísimo porcentaje.
La economía lineal, en la que los bienes se producen, se utilizan y se desechan es un sinsentido económico, ambiental y social; el propósito de convertir los residuos en recursos debería ser un imperativo. Empezamos por fin no solo a tratar de recuperar una pequeña parte de lo que producimos, sino también a intentar que duren más, que se puedan reparar, que desde las etapas iniciales del diseño del producto se minimicen los materiales utilizados y los probables. desechos. Son avances impulsados por un análisis coste-beneficio, no por activismo o sincero arrepentimiento de las grandes corporaciones, compungidas ante la contemplación de décadas de vertederos llenos por su nulo interés en facilitar la recuperación de materiales.
Análogamente al caso de las tecnologías futuras de captura de carbono, que requieren de una escala tan descomunal que las hace prácticamente inimaginables, muchas de las soluciones actuales basadas en reconvertir residuos en recursos solo funcionan a pequeña escala. Hay casos de éxito, personas voluntariosas y empresas visionarias; incluso algunas grandes corporaciones que genuinamente han conseguido minimizar de forma significativa los subproductos de su actividad, o aprovecharlos casi por completo. Sin embargo, todo ello es posible porque, en primer lugar, no cuestiona el modelo de negocio de quienes lo aplican —cuando en muchos casos sí debería hacerlo—, y porque al sistema productivo sigue entrando una cantidad desorbitada de materia prima recién extraída.
El proceso es imposible de mantener. De la misma forma que sucede con la sostenibilidad, la economía circular no se puede medir en grados: es binaria. O es circular, o no lo es. En lo que nos tenemos que fijar no es en la forma que adopta el metabolismo económico, sea en forma de círculo, meandros, triángulos u ondas, sino en las entradas y las salidas del sistema. Si la recirculación de los materiales sigue necesitando unos insumos de recursos superiores a la tasa a la que se renuevan, será insostenible. Si los desechos producidos por el aparato digestivo del sistema productivo —como los gases de efecto invernadero— siguen siendo superiores a la capacidad del sistema Tierra para absorberlos —incluso con la ayuda de nuestra tecnología más avanzada—, será también insostenible.
El triunfo rapidísimo del término «economía circular», plasmado en su uso generalizado por parte de grandes empresas y todo tipo de instituciones, certifica que se inscribe de pleno en el sistema productivo y socioeconómico actual, al que no cuestiona. Se limita a tratar de sostenerlo mediante la ilusión, físicamente imposible, de una recirculación cuasi infinita de los nutrientes que el sistema necesita para mantenerse en funcionamiento. El sistema capitalista, que solo es capaz de mover sus engranajes mediante el crecimiento continuado, está condenado a requerir cada vez más materias primas, dado que el desacoplamiento observado entre PIB y consumo de energía y materiales, como hemos visto, no es ni será suficiente para garantir la sostenibilidad ambiental.
La ilusión de la economía circular, que no deja de ser una economía lineal con meandros más o menos pronunciados, es pues tan insostenible como la sostenibilidad.
Contra el Reciclaje
«Nothing reminds the mind of power / like the cheap odor of plastic / Leaking fumes we crave, consume / the rush it feels fantastic / But like power turns to mold / like a junkie going cold / I need the fix of a little tenderness».
Estoy harto del plástico, pero no del material, sino del discurso que lo rodea. Cada vez que, y en la charla o converso sobre cambio climático, se a colación el plástico y, en particular, el sistema de retorno de envases como panacea para salventar el problema de todos los residuos y del calentamiento. Creo que es necesario cuestionar la omnipresencia del plástico en el discurso ambiental, algo que comparto con el escritor David Wallace-Wells, quien lo califica de «distracción climática» en su libro El planeta inhóspito.
Para desmontar esta errada ilusión, y también para abordar la cuestión del plástico en su globalidad, tendremos que empezar por el principio. En 1950 se produjeron 2 millones de toneladas de plástico; en 2015, 380 millones. El acumulado de esos 65 años es de 8.300 millones de toneladas, de los cuales la mayor parte son envases y embalajes. De los 6.300 millones de residuos plásticos que esa producción ha provocado, solo el 9 % se ha reciclado, el 12 % ha sido incinerado y el 79 % restante ha acabado en vertederos y entornos naturales. Las últimas estimaciones sobre la contaminación marina por plásticos arrojan un dato estremecedor: cada año llegan hasta los océanos entre 8 y 16 millones de toneladas de desechos plásticos. Llega hasta allí a través de múltiples vías y, en especial, de centenares de ríos, pero tan solo diez de ellos son responsables del 90 % del flujo de la basura plástica que se produce a través de los cursos de agua: el Ganges, el Indo, el Yangtze, el Río Amarillo, el Amur, el Hai, el Río de las Perlas, el Mekong, el Nilo y el Níger. Desde los océanos se dispersan por todo el globo, hasta el extremo de encontrarse, empujados por las corrientes marinas, en el círculo polar. Tanto el plástico que se queda en tierra firme como el que llega a los ecosistemas acuáticos acaba incorporándose a la cadena trófica, y cada vez está más presente en un gran número de especies; es particularmente dramático el caso de los peces y las aves marinas. El que flota en el aire, por último, también tiene otro destino: nuestros pulmones.
Visto así, parece un desastre absoluto. Una emergencia. Y lo es, pero no exactamente por cuestiones climáticas; o no las aparentes. Es cierto que todas las etapas de la industria del plástico contribuyen a las emisiones de gases de efecto invernadero, y también lo hace la descomposición del material (especialmente los compuestos de polietileno, dado que liberan metano y etileno, dos gases que contribuyen al calentamiento). Sin embargo, la vinculación está en el origen: detrás del auge del plástico y del petróleo están las mismas empresas. Big Oil, las grandes petroleras. Es ahora cuando debemos hilar la segunda versión de los hechos.
El aluvión de plástico, más allá de su uso para cometidos muy específicos en los que su utilidad resulta innegable, no era una inevitabilidad. Tampoco el sofocante flujo de residuos, ni la contaminación de todo —todo— el planeta. Como en el caso de los combustibles fósiles, los responsables de poner en el mercado un producto tóxico y peligroso eran perfectamente conscientes de lo que hacían. En una investigación conjunta de las cadenas públicas de radio (NPR) y televisión (PBS) en Estados Unidos, realizada en 2020, se revela que los directivos de las empresas involucradas sabían, al menos desde 1973, que el reciclaje nunca sería una opción para evitar los residuos plásticos.
Sin embargo, citando las palabras de Larry Thomas, expresidente de la Society of The Plastics Industry que se recogen en el reportaje, «si la ciudad anía piensa que el reciclaje funciona, entonces no estarán tan preocupados sobre el medio ambiente». Había que hacer que se lo creyesen, fuera como fuera. Y eso, en Estados Unidos, implica una sola cosa: anuncios. Muchos anuncios.
A finales de la década de 1980 la opinión pública estadounidense empezó a cuestionar la ubicuidad, la utilidad y los impactos del plástico. Fue entonces cuando el mismo Thomas, entonces presidente en activo de la patronal de los plásticos, urgió a través de un memorándum interno a montar una potente campaña de publicidad. La noticia, que se puede consultar en la versión en línea de The Washington Post, resulta tremendamente esclarecedora. En el memorándum que envió Thomas, se subrayaba que los estadounidenses que consideraban al plástico dañino para el medio ambiente habían pasado del 56 % en 1988 al 72 % en 1989. «A esta velocidad pronto llegaremos a un punto en el que será imposible recuperar nuestra credibilidad», admitía el entonces presidente.
La reacción no se hizo esperar: 150 millones de dólares para una campaña de publicidad colosal que, como en el caso de la huella de carbono, consiguió cambiar las tornas. El plástico empezó a aparecer como un recurso y no como un residuo, y las empresas que lo producían pasaron a ser percibidas como sostenibles e innovadoras. Mientras distraían a los legisladores y a los consumidores con trucos de prestidigitador, seguían con un negocio que se expandía de manera exponencial. De la docena de proyectos innovadores que la industria publicitá a partir de 1989, ninguno sobrevivió más de unos pocos años. No hubo ni uno solo que cumpliese los objetivos iniciales.
La industria maniobró para poder producir todo lo que deseaba, para poder continuar produciendo sin límites y para no tener que hacerse responsable de sus residuos y los impactos derivados. Durante décadas nuestro plástico ha tomado el camino de China, nutriendo una hambrienta industria. Sin embargo, tras años de problemas de salud pública, y con un suministro interno de plástico más que suficiente para satisfacer su demanda, el gigante asiático anunció en 2017 que no aceptaría más residuos poráneos —entre ellos el plástico—, decisión que acabó de implementar el 1 de enero de 2021, fecha a partir de la cual solo acepta materiales que ya hayan sido reciclados en el extranjero. La industria occidental del plástico ha virado hacia otros países menos restrictivos, inundándolos de plástico que resulta imposible reciclar.
Y, en el caso de los países que se resisten, como Kenia, esta industria tóxica emprende una agresiva campaña de acoso y derribo hacia sus gobiernos. Campañas de las que también participa la fundación Ellen MacArthur, cuya fundadora recibió el Premio Princesa de Asturias a la Cooperación Internacional en 2022. Esta fundación, según organizaciones keniatas, deslegitima sistemáticamente los esfuerzos gubernamentales para imponer su propio esquema de gestión de residuos, ejerciendo un tóxico colonialismo plástico sobre el país africano.
Sin embargo, es posible que estas maniobras empiecen por fin a enfrentarse a algunas cortapisas. El fiscal jefe de California, Rob Bonta, inició en abril de 2022 una investigación a empresas de combustibles fósiles y petroquímicas, por su papel en la crisis global de contaminación por plástico. zeta Sentará un precedente?
En su imprescindible libro Plastic Unlimited («Plástico sin límites»), la socióloga Alice Mah destripa de forma implacable cómo las grandes corporaciones están alimentando el problema, y por qué lo que nos venden como soluciones y pactos ambiciosos no son más que meras distracciones y estrategias empresariales. Sus intereses corporativos entran en claro conflicto con la limitación de la producción de plástico, y han tratado no solo de mantener sino también de expandir los mercados para sus productos tóxicos, en particular la de productos de un solo uso, difícilmente reciclables, en países que no contaban con la infraestructura para ello. Como bien resume Mah:
Han sumido un papel proactivo en la respuesta a las presiones de sostenibilidad, tratando de cooptar la agenda de la economía circular, abogando por el reciclaje por encima de todas las demás soluciones y culpando al consumidor individual y los residuos mal gestionados. [...] La cuestión es que las corporaciones no limitan y no limitarán voluntariamente sus propios mercados, incluso si hay razones convincentes para hacerlo con el fin de proteger la salud o el medio ambiente. Las iniciativas voluntarias dirigidas por empresas nunca serán suficientes para abordar las consecuencias sociales y ecológicas de la crisis de los plásticos.
Es admirable la elocuencia con la que expone el núcleo de la cuestión, y cómo lo desarrolla en su libro, tan alejado de esa suerte de check-lists impregnadas del lenguaje de la autoayuda sobre cómo expulsar el plástico de tu vida. Evitando los consejos individuales, que admite no poder ofrecer, Mah se centra en lo realmente relevante: los entramados de poder y las falsas promesas de una industria que se autocalifica como sostenible cuando no lo es. El conocimiento de esta realidad, y la voluntad de actuar en consecuencia, puede cambiar mucho más el problema del plástico que cualquier gesto individual que hagamos.
Incluso devolver el casco, como hacían nuestros abuelos.
Volvamos al inicio. El sistema de retorno de envases es visto con un cierto candor por parte de gran parte de la población, que lo inserta en sus recuerdos de una época pasada más sencilla, con menos basura, más sostenible. Si todos los envases que usamos se retornaran (con la consiguiente devolución del depósito) y se volvieran a poner en circulación, ya no haría falta la cantidad actual de materias primas. Los océanos, a su vez, quedarían libres de toda contaminación por plástico, y las calles lucirían hermosas, sin plásticos de ningún tipo.
La sostenibilidad personificada. Es una lástima que cualquier parecido con la realidad sea pura coincidencia.
Aprovechando esa visión cândida y nostálgica, se esparció una gran cantidad de desinformación sobre el sistema de retorno de envases plásticos para los hogares (debemos recordar que, en el caso del vidrio y la hostelería ya existe, con una amplísima implantación). Todos quienes me han preguntado a lo largo de los años daban por supuesto que el envase que se devolvía a la tienda sería reutilizado, pero la realidad es que no era así en las propuestas presentadas en nuestro país. Los envases de plástico devueltos, máquina mediante, se destinarían a lo mismo que los que actualmente depositamos en el contenedor amarillo: a plantas de reciclaje. Me entristece recordar que algunos de quienes inocularon esta confusión en España lo hicieron desde un supuesto ecologismo político, y que su intoxicación fue ejecutada de una manera consciente y deliberada, con el fin de obtener réditos personales y electorales, quizá también económicos.
Alimentar la ilusión de que podríamos hacer recircular eternamente las mismas botellas, sin preocuparnos por sus impactos ambientales, es devenir en escudero de la acepción más profundamente perversa de la sostenibilidad. El proceso de reciclado del plástico —de la parte que puede ser sometida al proceso — es muy caro en términos energéticos y tiene un número limitado de ciclos, dado que se degrada en cada iteración. Hay muchos tipos de plástico que apenas pueden sufrir dos o tres procesos de reciclado, para finalmente acabar en un vertedero o destinados a un uso distinto del original.
El sistema de retorno y depósito representa, pues, una forma de tecnocomtimismo, que sin embargo trata de disfrazarse de sobriedad y vuelta a los orígenes, cuando no es más que una herramienta de autoperpetuación de la industria del plástico por otros medios. Incentiva los productos de usar y tirar, como está sucediendo en Alemania, el país que se suele poner de ejemplo de las bondades del sistema: los envases de un solo uso suponen cada vez un mayor porcentaje que los reutilizables. En 2016 representaron un 57,2 % frente al 42,8 % de los aptos para reutilizar. Supermercados como Lidl o Aldi, adalides del sistema de retorno, venden mayoritariamente envases de un solo uso, asegurando que las actividades de reciclaje son buenas para el entorno, cuando lo que en realidad son es beneficiosas para sus cuentas de resultados. De las botellas de PET (las mayoritarias) solo un 34 % acaban transformándose de nuevo en envases; el resto acaba en bolsas, fibras textiles y otros usos. Por último, es un sistema que solo afecta a determinados productos y envases de un volumen determinado, lo que puede llevar a la confusión del consumidor y, además, obliga a su convivencia con un sistema adicional de recogida del resto de envases.
Por supuesto, tiene ventajas, especialmente si lo comparamos con el opaco, ineficiente y perverso sistema que sufrimos en España a través de Ecoembes, una entidad formada por grandes empresas como Mercadona, Pepisco, Grupo Pascual o L'Oreal, entre otras. Ecoembes es la encargada del proceso de triaje y reciclaje de los envases de plástico, metal y cartón, pero los datos que suministra son de dudosa calidad y veracidad, a la vez que se resiste con uñas y dientes a un examen concienzudo de su gestión. Esto llevó a la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia a iniciar un expediente sancionador contra Ecoembes en octubre de 2022, «por un posible abuso de su posición de dominio en el mercado».
Frente al sistema actual, es cierto que en el marco de un sistema de depósito el plástico que se procesa es de mejor calidad, y eso facilita el reciclaje posterior (y aumenta los beneficios de las empresas). Por otro lado, la tasa de recogida selectiva con un sistema de depósito es muy alta, puesto que el envase tiene un valor inherent; otra cuestión es la vertiente ética de dar propina en forma de basura o sencillamente abandonar latas y botellas por la calle con el convencimiento de que alguna persona que lo necesite las recogerá, para poder ganarse unas monedas.
Si uno se para a pensarlo, resulta chocante que hayamos tenido una polémica tan áspera a cuenta de una fracción tan pequeña de los residuos sólidos urbanos: apenas un 8 % de los residuos sólidos urbanos son envases, de estos solo una fracción son aquellos fabricados con plástico, y de estos solo una parte hubiesen entrado en un sistema de retorno. ¿Cómo es posible que algo tan secundario haya cobrado una importancia nuclear en el debate sobre los residuos y la economía circular? Quizá porque nos remite a imágenes muy impactantes, como las de la contaminación de los océanos, aun cuando la mayor parte de la famosa isla de plástico del Pacífico —que no es tal isla— está formada por restos disgregados de redes y artilugios de pesca, no de envases. Quizá porque el enemigo estaba prefijado de antemano y era fácil de identificar: Ecoembes es quien mejor sintetiza el concepto de greenwashing en nuestro país, y quien con más éxito ha copado el espacio que debería haber correspondido a una educación ambiental pública y transformadora. Pero la realidad es que, en primer lugar, nos estamos centrando únicamente —de nuevo— en una sola cara del impacto de la generación de residuos. Aplicamos la visión de túnel, en este caso del plástico. ¿Qué productos estamos vendiendo en esos envases, por reciclables o sostenibles que estos sean? ¿Agua privatizada, extraída de un manantial en un espacio natural y transportada a centenares de kilómetros? ¿Bebidas azucaradas, adictivas e insanas?
La preocupación fundamental que genera el sistema de depósito es que la gente parece creer que soluciona el problema, cuando la realidad es que únicamente consigue (a veces) jardines más limpios y que algunas empresas ganen más dinero. Quienes se pensaban un moderno David frente al Goliat de Ecoembes, acabaron haciéndole el juego a las petroleras y a la industria del plástico, ejerciendo de ejecutores de las palabras del entonces presidente de la patronal plástica: si la gente cree que el reciclaje funciona (y, por mi experiencia, creen que el depósito es la panacea y elimina el impacto del consumo de envases de un solo uso), dejará de preocuparse por el medio ambiente, y el sistema se sostendrá.
En otro perverso ejercicio de totum pro parte, los envases y el plástico en general han desplazado u ocultado el debate sobre el cambio climático en no pocas ocasiones, pero también el que nos correspondería tener sobre otras categorías de basura, como los residuos textiles, la chatarra electrónica o el desperdicio alimentario, todos ellos igual de importantes —si no más— para el cambio global.
El mantra de que el reciclaje es positivo en lo ambiental y deseable en lo económico se ha convertido en dogma. Ha devenido en pieza angular de la economía circular. Es la mentira que nos contamos para autoconvencernos de que todo puede seguir igual, también para descargar nuestra conciencia sobre los dramas ecológicos que contemplamos en la televisión. Yo no he sido!
Que cambie todo para que no cambie nada: sostenibilidad gatopardiana a base de no cuestionar el paradigma del crecimiento perpetuo, con el fin último de sostener el sistema productivo actual.
Contra el Coche Eléctrico
En mi ordenador tengo una carpeta, creada hace años, en la que guardo recortes de publicidad de coches. Cuando empecé, coleccionaba anuncios en los que se afirmaba que, si uno quería impresionar a sus hijos en medio de la naturaleza, lo que debía hacer era olvidar las botas de montaña, las guías de pájaros y las cámaras fotográficas y, en cambio, comprarse un Nissan X-Trail. Que para pasar un finde divertido lo mejor era destrozar playas de arena, lechos de ríos o vertientes prístinas de un volcán. Conservo en papel, fuera del disco duro, el artículo que en 2006 le dedicó un perplejo Quim Monzó a la pintura «Color Barro», que ofrecía la marca de todoterrenos Jeep para tunear sus coches y que diesen la impresión de haber vuelto recientemente del París-Dakar. En la misma subcategoría se encuentra una publicación en las redes sociales de Opel del año 2019, en las que felicita el Día de la Tierra a sus seguidores con la imagen de un SUV urbano —claramente no apto para terrenos difíciles— manchado de tierra, en un descampado de ciudad entre grúas de construcción. Cabe suponer que al departamento de marketing le pareció de lo más ingenioso el juego de palabras. El Range Rover Evoque, otro SUV mucho más caro y pesado, se anunciaba por las mismas fechas con un lema cuyo significado real no era precisamente un argumento convincente de venta: «Devora la ciudad».
En los últimos años, la práctica totalidad de los anuncios ha virado, como no podía ser de otra forma, hacia la sostenibilidad. Hay marcas de coches, como Toyota, que te conminan a «conducir como piensas», lo que implica un perturbador ejercicio de autoexamen en el comprador: ¿cómo pienso? La cuestión, en realidad, no es tan compleja: además de la impostura de un motto cuasifilosófico, la publicidad de esta marca se acompañó, mientras estuvo plenamente vigente la zona de bajas emisiones en la capital de España, de mensajes como «Bienvenido a Madrid Central». Toyota no fue la única, claro, pero sí se convirtió en la marca que mejor explotó comercialmente la sostenibilidad en el mercado automovilístico, pese a no tener ni un solo coche eléctrico en su catálogo hasta bien entrado 2022.
Muchos de los anuncios que pudimos ver a raíz de las restricciones de las zonas de bajas emisiones compartían un mensaje aparentemente ambiental (la cualidad destacada del producto era los pocos gases contaminantes que emitía), pero su fin último era siempre el mismo: garantizar el acceso a la ciudad, previo generoso desembolso. No vendían gramos de óxidos de nitrógeno por kilómetro o salud para los habitantes, vendían el sello «ECO» o «Cero» de la Dirección General de Tráfico. Un distintivo disfuncional e injusto, que premia —con los incentivos fiscales y de circulación que ello comporta— a coches como los de hibridación ligera, en el que una máquina eléctrica hace las veces de alternador y motor de arranque y, en el mejor de los casos, asistencia a la aceleración. El descenso de consumo y emisiones es testimonial, y el minúsculo motor eléctrico apenas transmite energía a las ruedas, pero ello no impide a estos vehículos lucir una etiqueta «ECO» en el parabrasis.
Más llamativo es el caso del Porsche Cayenne Turbo S E-hybrid, de 680 cv. ¿Por qué? La DGT concede la etiqueta «0» (cero emisiones) a coches que sean capaces de hacer 40 kilómetros en modo eléctrico. A este Porsche le han incorporado un módulo eléctrico que le permite hacer (sobre el papel) unos muy convenientes 48 kilómetros sin consumir gasolina. ¿El resultado? Que un coche de cinco metros y más de dos toneladas y media de peso, que consume el triple que cualquier utilitario cuando se le acaba la batería, y que cuesta casi 200.000 euros, acaba llevando en el parabrasas una pegatina que lo acredita como ecológico. Para rizar el rizo de los despropósitos ambientales, se publicita con el lema «Más diversión. Más sostenible». Extraña que no se escuche una carcajada al final del anuncio. ***** El coche eléctrico —o parcialmente electrificado— ha devenido un símbolo de la sostenibilidad. No solo eso: ¿en qué pensamos cuando hablamos de movilidad sostenible? En coches, claro. En relucientes vehículos eléctricos, que apenas hacen ruido y que, dicen, no contaminan. El transporte público queda relegado a un segundo plano; el de quienes no pueden permitirse la llave que da acceso a la ciudad. La bicicleta o el simple gesto de ir andando por las calles requieren de algo todavía más complicado: percibir la ciudad como un entramado amable y no como un flujo de metal incesante y hostil.
Seguimos preguntándonos «¿Cuántos coches pueden circular al día por nuestras calles?», cuando la pregunta que nos deberíamos hacer es «¿Cuánta gente podemos desplazar por la ciudad?». Mientras sigamos formulando la pregunta equivocada, ninguna respuesta nos servirá.
Resulta paradigmático el caso del ensanchamiento de la autopista V-21 en Valencia, iniciado en 2019. La ampliación de una autovía de entrada a la ciudad, justificada aduciendo atascos regulares, se llevó por delante miles de metros cuadrados de huerta productiva y suelo fértil, así como patrimonio cultural y etnológico, como el tristemente desaparecido Forn de Barraca. ¿Para qué? Los atascos seguirán, y el coste de oportunidad territorial, elconómico y social habrá sido enorme.
Se atribuye a Lewis Mumford la frase «Añadir carriles para solucionar la congestion del tráfico es como aflojarse el cinturón para curar la obesidad», pronunciada allá por 1955. Hoy, en la tercera década del siglo XXI, seguimos utilizando un remedio ineficaz para un problema que, como sociedad, no sabemos formular adecuadamente. Por el camino, hipotecamos suelo agrícola o dotacional, reforzamos la primacía de una solución individual (el coche privado) por encima de la colectiva (el transporte público), y hacemos un poco más difícil el tránsito hacia una ciudad saludable.
En el caso de los residuos existe una clara prioridad en su gestión, cuyo primer escalón es la no generación de desechos: el mejor residuo es el que no se produce. De la misma forma, podemos afirmar que el mejor desplazamiento es el que no se produce. No en el sentido de forzar su limitación estableciendo barreras o prohibiciones, sino en el de hacerlos innecesarios. Ese es el espíritu que anida tras el concepto de la «ciudad de los 15 minutos», popularizado por la alcaldesa de París Anne Hidalgo y el científico Carlos Moreno, que bebe de propuestas anteriores y, muy especialmente, del enorme legado de la pensadora Jane Jacobs. Quizá desde algunas ciudadas españolas cuesta entender la novedad o la importancia del concepto, dado que en muchas de ellas la densidad de población, las calles razonablemente accesibles y la cercanía de tiendas y servicios hacen innecesarios los desplazamientos diarios más allá de veinte minutos andando, y que sintetizan el espíritu de la propuesta.
La perspectiva es, sin embargo, radicalmente distinta en un suburbio de Estados Unidos, o incluso en los cinturones periurbanos que han proliferado en España en las últimas décadas. Desconectados de las ciudadas y desparramados por el territorio, carecen de nodos de servicios y de espacios para la vida en común, salvo algún centro comercial al que solo se llega en vehículo privado. Obligados a usar el coche para todo, la dependencia fósil de esta trama urbana está lastrando la transición ecológica.
Hace años, un conocido de la universidad me contó algo que le ocurrió en Washington, cuando llegó allí como investigador posdoctoral. Durante los meses en los que iba a vivir en la ciudad se alojaría en una casa del extrarradio, en uno de esos apacibles barrios de clase media, tantas veces retratados en películas y escenario de famosos reality shows de reformas del hogar. La tarde en la que llegó decidió salir a dar un paseo, para conocer el entorno y estirar las piernas.
A la media hora vio cómo se acercaba un coche de policía y se detenía a su lado. El agente bajó, le pidió la documentación y le preguntó qué hacía allí, andando solo. «Poseando», respondió mi conocido, lo que dejó perplejo al policía. Como luego relataría entre risas, no entendían que alguien quisiese andar por aquellas calles: estaban hechas para los coches. No había tiendas, ni servicios, ni bares. Entonces, para qué caminar? Esa fue la razón por la que un vecino había dado el aviso, pensando que era un maleante o un vagabundo: no encontraba otra explicación a que alguien anduviese por la calle sin más.
Es este marco social el que explica el impulso al coche eléctrico y, en particular, la obsesión norteamericana con el mismo. En un país construido al gusto de la todopoderosa industria automovilística, prescindir del coche no es una opción para la mayor parte de sus habitantes. Y dado que no quieren o no pueden renunciar a él, resulta más fácil cambiar el combustible de los vehículos que volver a dibujar miles de pueblos y ciudadas sobre el mapa. El gran problema es que esto no sucede solo en Estados Unidos: el influjo de su marco cultural para con el urbanismo y el vehículo privado lleva décadas notándose en el resto del mundo. El «desparrame urbano» (urban sprawl) ha cambiado la fisonomía de nuestras ciudadas y, muy especialmente, la de los barrios construidos en los últimos treinta años, al calor de la burbuja inmobiliaria de principios de siglo. Los Planes de Actuación Urbanística (los famosos PAU), instauraron en nuestro país un modo de vida mucho más parecido al estadounidense que al de la tradicional ciudad mediterránea. En palabras de Jorge Dioní, autor de un libro sobre este tipo de urbanismo y sus implicaciones sociales e ideológicas, titulado La España de las piscinas:
[Los PAU] Son lugares muy homogéneos, segregados de la gran ciudad y que obligan al uso del coche. El consumo se realiza en un centro comercial porque es complicado que se desarrolle comercio de proximidad.
Aunque no siempre tuvo por qué ser así. 苏苏苏 En Estados Unidos el 38 % del parque automovílistico de 1900 estaba compuesto por coches eléctricos. ¿Qué pasó para que desapareciesen de las calles y carreteras durante casi un siglo? En primer lugar, los coches eléctricos eran silenciosos y fáciles de conducir y eso, aunque suena paradójico, no era deseable para la mayor parte de los compra-dores, que eran hombres. La asociación entre masculinidad y vehículos ruidosos, pesados y contaminantes, tan presente todavía hoy, y sintetizada en el concepto de la petromasculinidad, acuñado en 2018 por la politóloga Cara Daggett, tiene un largo recorrido. Muchos hombres de principios del siglo xx rechazaban los coches eléctricos por poco masculinos, de la misma forma que existen concursos en la actualidad en los que los coches son modificados para conseguir que sean más contaminantes, los rollin' coal. Ruido, potencia, agresividad, imposición: las marcas del patriarcado.
Esto no explica por qué los coches eléctricos perdieron la batalla frente a los de combustión, aunque ayuda a entender el clima cultural que lo propició y que aún lo perpetua. Más paradójico que la existencia y popularidad de los coches eléctricos en Estados Unidos hace siglo y medio, es que el coche se enfrentase y venciese al hasta entonces todopoderoso ferrocarril. El poder transformador de las locomotoras y los caminos de hierro de antano quedó plasmado en multitud de creaciones artísticas, entre las que siempre destacará la escena inicial de «El hombre que mató a Liberty Valance», de John Ford. En ella se muestra el retorno del senador Ransom Stoddard, interpretado por James Stewart, a Shinbone, el pueblo del lejano oeste en el que años atrás trató de ejercer la abogacía. Vuelve a una ciudad distinta de la que se fue. Todo ha cambiado. Su mujer, interpretada por Vera Miles, va a dar un paseo en diligencia con el antiguo sheriff, y le dice: «Desde luego, este lugar ha cambiado mucho. Iglesias, instituto, comercios». A lo que el exsheriff, a quien dio vida Andy Devine, responde: «Bueno, ha sido el ferrocarril lo que lo ha hecho posible. El desierto es el mismo».
Si el ferrocarril se hubiese mantenido como medio predominante de transporte a larga distancia, la ventaja de la mayor autonomía del coche de combustión frente al eléctrico no habría sido decisiva. Sin embargo, no fue así. Si Ransom Stoddard hubiese vuelto a Shinbone en 1950, lo habría hecho en coche, no en tren.
La conjunción entre la producción en cadena, cuyo primer y más exitoso ejemplo fue el Fort T, la consecuente disminución de los precios y la mejora de las carreteras hirieron de muerte al transporte de personas por ferrocarril, que se desplomó a partir de 1945. Resulta chocante leer algunos argumentos de la época, que clamaban contra la rapidez del tren y abogaban por la lentitud de los coches. El perverso concepto de libertad automovilística, que hoy lleva a algunos a defender la conducción y la posesión de vehículo privado como un derecho y no como una posibilidad o conveniencia, se acuñó entonces en el país americano, con incontables campañas en las que se resaltaba la posibilidad de ir donde uno quisiera, al ritmo que uno quisiera... siempre que el desplazamiento se hiciese en coche.
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En la segunda mitad del siglo XX, el vehículo privado se popularizó hasta extremos impensables unos años antes. Y las ciudadas empezaron a dibujarse a su imagen y semejanza.
En una entrevista del año 2013 a Stone Librande³, el diseñador jefe del videojuego Sim City, un simulador de planificación urbana, le preguntaron si había descubierto algún patrón o relación espacial sorprendente: «Definitivamente sí. Creo que el mayor fueron los aparcamientos». Librande relata cómo quedó en shock al comprobar la relación de espacio entre las tiendas y sus zonas de estacionamiento, mucho mayores que los comercios en sí, y admite que, si hubiese tenido que diseñar el videojuego de una forma realista, hubiera acabado por ser aburrido. «Sim Parking en vez de Sim City», ironizaba el entrevistador, haciendo un juego de palabras. Resulta sintomático cómo una anécdota sobre un mundo virtual resume a la perfección las disfunciones de la realidad urbana.
Los coches del futuro serán eléctricos, sin duda. Supondrán una mejora en la calidad del aire urbano y una disminución de gases de efecto invernadero frente a sus homólogos de gasolina, diésel o gas. Pero lo que el coche eléctrico está frenando es un cambio de modelo y, por esa razón, debemos impugnar su hegemonía en el imaginario colectivo de la sostenibilidad. Librande habría tenido los mismos problemas al diseñar el videojuego, independentemente de qué motor impulsase los coches en Sim City.
Quitar espacio al coche, sea este eléctrico o de combustión, es ganar espacio amable y seguro en calles y parques, también en calzada disponible para transportes saludables como la bicicleta e inclusivos como los autobuses o tranvías. Las ciudadas inteligentes, término de moda, no son aquellas que parametrizan todas sus variables y tratan de optimizar los flujos de vehículos, sino las que apuestan por la lentitud y la humanidad de sus espacios comunes. Inteligentes para qué? Inteligentes para quién? Para seguir vendiendo coches, con la promesa de que los incrustaremos como sea en las saturadas arterias de asfalto de nuestras urbes?
Estamos en un momento en el que la emergencia climática se sustancia ya, entre otras manifestaciones, en forma de veranos abrasadores, con olas de calor que duran semanas, no días. Disminuir el flujo de coches que circulan por las ciudadas nos da la opción no solo de movernos de una forma distinta, sino de recuperar espacio para la renaturalización de la ciudad, de hacer posible la adaptación de las calles a fenómenos extremos como las olas de calor, que cada vez serán más intensas y frecuentes.
Tres años después del inicio de la pandemia del Covid-19, los hábitos de movilidad no han vuelto a la situación previa: mucha gente sigue utilizando el vehículo privado por miedo al contagio, pero también por el empeoramiento de las condiciones del transporte público tras la crisis. Este se ha visto afectado por recortes tanto en grandes urbes como en municipios de interior, montaña y capitales de provincia o comarca, dejando a millones de personas con la única alternativa de coger, si lo tienen y pueden conducir, su propio coche. Estas decisiones políticas, muchas de ellas tomadas desde el gobierno central, resquebrajan las costuras del territorio y ahondan en la sensación de agravio permanente que tienen, justificadamente, distintos territorios del Estado. ¿Cómo es posible que se declare la emergencia climática y a la vez se eliminen trayectos de tren regional por su poca rentabilidad económica, cuando es el transporte con menor impacto ambiental y mayor capacidad de inclusión social, así como de contribuir a la cohesión territorial? ¿Cómo explicamos el hecho de abrir la puerta a operadores privados de trayectos de alta velocidad, mientras se desatienden sistemáticamente las redes de cercanías? De nada vale implantar una medida como la gratuidad de los abonos de metro o cercanías si no se mejora sustancialmente el servicio, si este sigue siendo deficiente, con horarios intempestivos y averías frecuentes en trenes renqueantes que circulan por un sistema viario obsoleto. Si, en el día a día, los vagones van a rebosar y subirse es una guerra de codazos, estrés, sudor y carreras. Así lo único que se consigue es degradar la imagen y el prestigio social del transporte público.
El coche eléctrico es el sostén tecnológico y argumental de un modelo caduco, antisocial, contaminante y cuyo objetivo final no es la mejora del bienestar, sino el sostenimiento de los beneficios empresariales de la industria de la automoción. Y, además, representa una peligrosa hipoteca con respecto al uso de los minerales críticos y escasos que resultan imprescindibles para la transición energética.
Según la Agencia Internacional de la Energía (IEA, por sus siglas en inglés), la fabricación de coches eléctricos supondrá más de la mitad de la demanda de minerales críticos (como el cobre, litio, manganeso o níquel, entre muchos otros) en 2040. Cada coche eléctrico necesita más de 200 kilograms de estos materiales, frente a los poco más de 30 kilograms de un coche convencional. Materias primas que serán, a su vez, imprescindibles para generar energía con centrales renovables, así como para expandir y mejorar la red eléctrica que alimentará los vehículos.
Dicho de otra forma: debido a su escasez, que el informe de la IEA parece subestimar, es imposible la sustitución de todos los coches de combustión actuales por coches eléctricos y, simultáneamente, acometer un despliegue masivo de energías renovables. Pese a la mejora de la eficiencia de la energía solar, a los avances en el reciclaje, y a la cada vez mayor duración de las baterías eléctricas, no son —ni de lejos— suficientes. O una cosa o la otra. No hay innovación tecnológica que vaya a poder eliminar este dilema; en todo caso, solo postergarlo unos pocos años.
Sin embargo, la buena noticia es que la pregunta no es cuántos coches podemos cargar al día, sino cuántas personas podemos mover. Los coches, pese a que su posesión y conducción ha sido percibida durante años como un símbolo de identidad y estatus, son una herramienta, no un fin.
Los fondos europeos del plan de recuperación pospandemia deberían alejarse de esta industria (y más con sus precedentes de corrupción, engaño y crímenes, como el Dieselgate de 2015) y priorizar el impulso del transporte público, dotarlo de medios suficientes para llegar a más población y territorios, resultando atractivo para estos. Frecuencia, comodidad, seguridad y alcance territorial. Lamentablemente, vemos como en España, al igual que en otros países de Europa, la apuesta principal sigue siendo regar con dinero público las empresas automovilísticas.
Es posible que la motivación tenga más que ver con el mercado laboral y la enorme contribución al PIB de algunas autonomías, muy dependientes de estas plantas industriales, que con la electrificación del transporte. Si así fuese, lo mínimo que merece la ciudad anfa de que se la trate como adulta, se le diga la verdad y no se envuelva de celofán verde algo que nunca será sostenible.
El coche eléctrico es, en definitiva, el garante de un orden social y elcónico forjado hace más de cien años, que se asienta sobre la segregación espacial y la desigualdad en el acceso a la ciudad. Y, lo que es aún peor, constituye el mayor obstáculo para un cambio real de modelo de movilidad.
Contra las Finanzas Sostenibles
“We want to thank Jeff Bezos for going to space, because when he was up there we were signing people up”. Christian Smalls, sindicalista de Amazon
La letanía de las finanzas sostenibles nos lleva acompañando ya unos cuantos lustros, y es cada vez más evidente que se trata apenas de un esfuerzo de lavado verde para convencernos de las supuestas bondades ambientales del sector financiero. Una reluciente distracción para seguir actuando como siempre.
Utilicemos al Banco Santander como ejemplo. Desde 2016, año en el que se firmó el Acuerdo de París, hasta diciembre de 2021, y según el informe¹ «Banking on Climate Chaos», invirtió 38.470 millones en combustibles fósiles, convirtiéndose así en la entidad española que con más dinero financia la industria responsable del calentamiento global. En 2019 se celebró la COP25, la conferencia anual de cambio climático de la ONU. Tuvo lugar en Madrid, tras el traslado por las protestas en Chile, el país organizador.
El Santander fue un destacado patrocinador del evento, que durante dos semanas concentró a miles de científicos, técnicos gubernamentales y privados, líderes políticos y activistas, y concluyó con una agónica llamada a la acción climática. Pero el banco hizo oídos sordos, como el resto de los patrocinadores, y al año siguiente aumentó su inversión en combustibles fósiles un 17 %, lo que a su vez significa duplicar la inversión realizada en 2018. Una trayectoria nada sostenible.
Más sangrante es todavía recordar las declaraciones de Ana Botín, la presidenta del Santander, cuando visitó Groenlandia en 2019, invitada por el televisivo Jesús Calleja. En su cuenta personal de Twitter escribió: «Hemos pasado unos días increíbles con @JesusCalleja, @RamonLarramendi y el gran equipo de @Planeta Calleja, ¡gracias! Impacta ver los efectos del calentamiento global en persona. Espero que sirva para concienciar a todos de que pasar a la acción es prioritario y urgente». Ese año, la inversión de su banco en las perforaciones de petróleo y gas en el Ártico fue de 30 millones de euros. Al año siguiente, 2020, de más de 71 millones. Y en 2021 se sobrepasaron los 220 millones de euros. Se ve que el impacto de los paisajes árticos se desvaneció a la misma velocidad a la que se funden los glaciares en el círculo polar.
El Santander no es un caso aislado, aunque tanto la empresa como su presidente ejemplifican a la perfección el sinsentido de las llamadas finanzas sostenibles. Resulta irrelevante que un banco emprenda acciones internas en el marco de una estrategia de sostenibilidad, o si financia mucho o poco a empresas de energías renovables, mientras simultáneamente sigue destinando cantidades ingentes de recursos a promover la extracción y comercialización de combustibles fósiles. Durante 2021, el conjunto de las entidades financieras del mundo invirtieron 665.199 millones de euros en proyectos de gas, petróleo y carbón. La misma cantidad, millón arriba millón abajo, que en 2020. La única sostenibilidad que se puede apreciar aquí es la del volumen de inversión en una industria criminal que está llevándonos al borde del precipicio. ☆☆☆☆ Los pocos movimientos coherentes y sólidos de desinversión en combustibles fósiles han venido por parte de la sociedad civil o de las instituciones públicas (como universidades), pero son aún incipientes o irrelevantes en términos cuantitativos. Iniciativas loables y necesarias que, sin embargo, palidecen frente a la magnitud del tsunami de dinero que se dirige, año tras año, a la industria de los combustibles fósiles.
El Banco Mundial, tras dejar de apoyar al carbón en 2013, anunció en 2017 que a partir de 2019 no realizaría más inversiones ni prestaría dinero para la extracción de petróleo y gas. Sin embargo, según un informe hecho público en octubre de 2022, ha inyectado casi 15.000 millones de dólares a proyectos de extracción y procesamiento de gas y petróleo. Resulta coherente que su presidente, David Malpass, sea un negacionista del cambio climático que duda del origen humano del calentamiento global, a quien hasta la Casa Blanca quiere echar de su puesto por sus declaraciones anticientíficas.
Más allá de superestructuras de gobernanza como el Banco Mundial, los fondos de inversión privados también participan de esta lucrativa hipocresía. Algunos CEO, en un intento de aparentar compromiso y visión a largo plazo, envían cartas exquisitamente redactadas en las que muestran su preocupación por el cambio climático. Sin embargo, no consiguen —porque no lo quieren y no les conviene— desligarse del entramado fósil. Sus proclamas van dirigidas a una adaptación contable y mercantilista, y al viraje hacia unas energías renovables que les permitan, de un modo utilitarista y cayendo de lleno en la visión en túnel de carbono, seguir creciendo en el marco de un sistema inherentemente insostenible.
BlackRock, el mayor fondo de inversión del mundo y uno de los grandes propietarios del IBEX 35, es socio estratégico de la fundación que con más ahínco promociona la economía circular, la Ellen MacArthur. Ello no le impide seguir poseyendo miles de millones de dólares del capital de compañías de combustibles fósiles, como un 5 % de Repsol. En una carta de su CEO, Larry Fink, publicada en enero de 2020, el ejecutivo describía un panorama en el que las finanzas mundiales se enfrentaban a un cambio fundamental: su estrategia se dirigía ahora, según sus propias palabras, hacia la sostenibilidad. Apenas dos años después, en mayo de 2022, BlackRock anunció que votaría en contra de gran parte de las resoluciones sobre cambio climático que se hicieran por parte de sus accionistas, entre las que se encontraba dejar de financiar los combustibles fósiles. Como razones, esgrime que estas propuestas «no son coherentes con los intereses a largo plazo de nuestros clientes», y que si ellos se desligan de las compañías de combustibles fósiles «alguien las comprará».
Más allá de la inversión directa de fondos y bancos, el flujo de dinero que nutre las arterias fósiles de nuestra civilización tiene otras fuentes. Según el informe sobre subsidios a los combustibles fósiles realizado por el IISD (Instituto Internacional para el Desarrollo Sostenible, por sus siglas en inglés), en 2021 ascendieron a 700.000.000.000 dólares. Setecientos mil millones, como un carísimo respirador artificial, manteniendo con vida la misma industria que nos miente, nos ahoga y solo busca su autoperpetuación, aunque sea a costa de nuestra salud y la de la biosfera. Según el informe, el 86 % de las subvenciones se otorgan al consumo, solo el 9 % a la producción, y el 5 % para servicios generales. En vez de alejarnos a toda velocidad, somos nosotros mismos quienes decidimos permanecer enganchados a un gotero lleno de un líquido negro y espeso, convencidos como estamos de que lo necesitamos para poder vivir. Pero no es así.
La convicción de que el futuro será un lugar en el que los combustibles fósiles tendrán un papel residual no implica que sea fácil llegar hasta allí. La desinversión, pese a que es una estrategia coherente sobre el papel, que trata de llegar a unos objetivos legítimos, adolece de un fallo estructural que dificulta hasta lo imposible su ejecución: se produce en el mismo sistema que ha engendrado la economía fósil de la que queremos huir. En la definición que ofrece el activista, escritor y profesor de ecología humana Andreas Malm en su monumental Capital Fósil, la economía fósil es «una economía de crecimiento autosostenido basada en un consumo cada vez mayor de combustibles fósiles y que por lo tanto genera un crecimiento constante de las emisiones de dióxido de carbono».
Yendo más allá de lo propuesto por Malm, es posible que sea el momento no solo de hablar del origen fósil del sistema económico actual, sino de su condición de tejido fosilizado, rígido e incapaz de adaptarse a los cambios que requiere su supervivencia. Todo nuestro sistema económico, productivo, agroalimentario, social, de ordenación territorial y hasta cultural está basado en la disponibilidad de energía barata, abundante y fácilmente transportable, en el marco de un crecimiento sostenido e infinito. Una parte de este sistema podrá nutrirse de la energía renovable, pero otra no podrá hacerlo. La tarea no es pues una mera desinversión manteniendo la dimensión económica de la civilización actual. Lo que necesitamos es una expulsión político, la planificada y socialmente justa de los combustibles fósiles de nuestras vidas, que tenga lugar durante un proceso de readaptación del sistema económico a los límites planetarios.
Cuando el CEO de BlackRock, Larry Flink se opone a la desinversión en activos fósiles, esgrime que otro fondo de inversión los comprará. Su motivación, resulta evidente, es ganar dinero con el petróleo, el gas y el carbón, y simultáneamente hacerlo con las energías renovables. Pero señala un problema: mientras sean activos financieros atractivos a los ojos de los fondos de inversión, no habrá tal desinversión, sino un simple cambio de cromos. Así funciona el mercado global de las finanzas, y los incentivos actuales conducen a ello, porque la desinversión no se produce en el vacío, sino en un complejísimo entramado financiero que reabsorberá con extrema rapidez cualquier movimiento que trate de deshacerse de activos valiosos. Lo que debemos hacer, pues, es que esos activos pierdan su valor y no estén disponibles.
Necesitamos una expulsión fósil que prohibía inversiones, corte los subsidios y no conceda permisos de extracción. ***** Deberíamos preguntarnos si, más allá del greenwashing, las triquiñuelas contables y las pomposas declaraciones, existe algo que podamos llamar de verdad finanzas sostenibles y no sean pura cosmética. Cuesta encontrarlas, más allá de iniciativas locales, cooperativas o pequeñas y medianas empresas con un estricto plan de responsabilidad social que vaya mucho más allá de las insuficientes memorias de sostenibilidad.
Resulta complicado, más aún cuando la propia Comisión Europea definió en 2022 al gas y la energía nuclear como inversiones verdes, dentro de su renovada «taxonomía para actividades sostenibles», que ha de dirigir las inversiones realizadas con fondos públicos en el marco del Pacto Verde Europeo. Esta clasificación nace de su «Estrategia de financiación sostenible renovada e implementación del plan de acción sobre la financiación del crecimiento sostenible», de 2018. Se podría bucear en sus disposiciones y desmenuzar los apartados de nombre pomposo y manido que llevan a callejones sin salida, pero centrémonos en uno de los mayores errores socioeconómicos que ha provocado: que dos fuentes energéticas que son incapaces de solventar la crisis energética, climática y ambiental, disfruten de los beneficios de encontrarse bajo el paraguas de la denominación de inversiones sostenibles. Podríamos aducir que la ventana temporal en la que gozarán de este estatus es limitada (2030 para el gas y 2040 para la nuclear), pero la realidad es que esto solo incentivará la aceleración de proyectos gasísticos y nucleares, quién sabe si (en el caso de los primeros) comprometiendo seriamente los objetivos climáticos de la propia Unión Europea.
Al documentarme para este capítulo, como en el resto del libro, no solo me he dirigido a textos de referencia, artículos científicos e informes técnicos; también he acudido a YouTube con asiduidad. En algunos casos, para ver vídeos que genuinamente me interesaban, puesto que allí se encuentran excelentes divulgadores y canales, o grabaciones de jornadas y debates que resulta muy útil poder recuperar. Sin embargo, existe un particular subgénero de vídeos que ha captado poderosamente mi atención: aquellos patrocinados o elaborados por entidades públicas, fundaciones o gobiernos. Están habitualmente llenos de colorido, animaciones simpáticas o pizarras en las que nos explican conceptos aparentemente complicados.
Tras algunos giros de guion y apenas un par de minutos (suelen ser breves), acabamos convencidos de que existe una solución mágica para nuestros problemas, se llame esta «economía circular» o «finanzas sostenibles». Y se concluye subrayando que la entidad en cuestión está «trabajando en ello». La realidad, por desgracia, es más complicada que un vídeo encargado a un estudio de diseño gráfico, guionizado con vergonzos asimplificaciones y trufado de infantilismos chillones.
El acrónimo ESG hace referencia, por sus siglas en inglés, a los criterios ambientales, sociales y de gobernanza aplicados al mundo de las finanzas. Su objetivo es guiar hacia la sostenibilidad a las empresas que los adopten, bien a nivel organizativo interno, bien para emitir instrumentos de financiación etiquetados como ESG. Entre ellos están los conocidos bonos verdes, los sostenibles (que engloban los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU), los de transición (para empresas contaminantes que no puedan eliminar su huella de carbono, solo disminuirla) y los sociales. El problema, como afirma el profesor de economía Díaz Pérez y colaboradoras, es que este esquema se afectado por prácticas de eco-blanqueo, que pervierten tanto a la calificación ESG de las empresas como a la deuda sostenible. Para ello, citan a un informe de Bloomberg, en el que, utilizando el ejemplo de BlackRock, la gestora del mayor fondo ESG del mundo, se observa que la inclusión o no de una empresa en esa cartera de inversión apenas tiene relación con su impacto ambiental y social. «Solo uno de los informes de las 155 empresas ESG del índice S&P500 citaba un recorte real en sus emisiones de carbono», apostillan.
Otro ejemplo ilustrativo es el de Amazon, la quinta mayor compañía del mundo, conocida por sus prácticas de explotación laboral y ataque sistemático a los derechos de los trabajadores. En 2021, según la propia empresa, su huella de carbono aumentó un 18 % frente al año precedente, y un 40 % si se compara con 2019. Investigaciones independientes han demostrado que, en realidad, es un cálculo que subestima la huella real del gigante de internet, que solo contabiliza las ventas realizadas directamente por los productos propios, que representan apenas un 1 % del total de ventas. Pese a ello, Amazon sigue figurando entre la cartera de inversiones sostenibles de fondos calificados como ESG, como el «Fidelity Sustainable Global Equity Fund».
Incluso en el hipotético caso de que la definición de sostenibilidad que se usa en el mundo de las finanzas globales tuviese alguna relación con la realidad socioambiental, los instrumentos de los que se ha dotado son completamente incapaces de cambiar el rumbo.
La economía especulativa es un lugar extraño para mí. Resulta difícil orientarse entre carteras de inversión y derivados financieros, entre contabilidades creativas y catalogaciones de productos sin relación alguna con el mundo físico. Aun así, a poco que se hurgue, se obtiene la certeza de que el entramado fósil de la economía mundial sigue orientando políticas públicas, enormes inversiones y el funcionamiento de miles de empresas y entidades financieras. Utilizando de nuevo el esquema de caja negra propio de la teoría de sistemas, en el que nos fijamos en las entradas y las salidas y no en los procesos internos, podemos ofrecer dos conclusiones.
La primera es que el sistema financiero global no está virando con suficiente velocidad hacia lo que el propio sistema define como «sostenible». Ni siquiera pasando por alto las incongruencias, maquillajes y eco-blanqueos varios, el camino iniciado por el Banco Europeo de Inversiones en 2007 con la emisión del primer «bono verde» ha conseguido la inercia económica necesaria para ser verdaderamente transformador.
La segunda, que este sistema es el que sigue impulsando el aumento de concentración de dióxido de carbono en la atmósfera, las desigualdades sociales y la extrema degradación de los ecosistemas. El resultado de lo que sucede en la caja negra, que ha adquirido una dimensión descomunal —insostenible— en las últimas décadas, es el de siempre: calentamiento acelerado, precarización de la vida y resquebrajamiento de la biosfera. No es sostenible.
Querer sostener el sistema económico actual, que funciona a base de interconexiones fósiles, es perpetuar el esquema de explotación mercantilista de la naturaleza y de las personas. La transformación necesaria no es la que consiste en inventarnos nuevos tipos de bonos para que la economía especulativa siga haciendo más ricos a quienes ya lo son, sino la que conlleva, simple y llanamente, su adaptación al mundo real.
La sostenibilidad no debería consistir en dirigir el barco en el que estamos todos hacia un nuevo faro, deslumbrante pero igual de peligroso que la tormenta que se avecina, sino en soltar lastre, el reparto justo de tareas y —lo más importante— en organizar un motín contra el capitán y decidir un nuevo rumbo.
Segundo Interludio
Coca-Cola patrocinará la cumbre del clima de la ONU en Egipto a final de año. La sostenibilidad «entra en las aulas de España a partir del próximo curso», según un contenido patrocinado que hace referencia a una plataforma educativa de Repsol. Arabia Saudí proyecto una ciudad lineal, Neom, de 170 kilometers de largo y 200 m de ancho, que proclama ser futurista y sostenible. Unas semanas después: Neom, en Arabia Saudí, será la sede de los juegos asiáticos de invierno en 2029. Joe Biden, presidente de Estados Unidos, asegura que en el ejército estadounidense todos los vehículos van a ser climate-friendly, «amigables» con el clima, y que se gastarán muchos millones en ello. El ayuntamiento de Gloucester decide plantar 12.800 árboles para ser climáticamente neutra, pero la ola de calor de verano de 2022 mata a más del 95 % de ellos. La guerra en Ucrania empuja un debate sobre los criterios ESG europeos y las empresas armamentísticas. «¿Pueden las armas convertirse en una industria sostenible?», se pregunta Europa. Las empresas «cierran un pacto con el planeta», dado que «salen los números de la economía circular», según el contenido patrocinado por Repsol en el principal periódico del país.
Escribo estas líneas en octubre de 2022. Me limito a copiar noticias.
No creo que haga falta seguir.
Tercera Parte
«El hombre, este animal que siente tanta curiosidad por todo, prefiere hacer más indisoluble el nudo que quiere desatar, en lugar de acumular preguntas tras preguntas, de las cuales la última nos plantea siempre el problema más difícil. Si todos los cuerpos se mueven a causa del fuego, ¿quién da al fuego su movimiento?»
Insostenible
«En un momento comprendí Que el futuro ya está aquí».
El primer borrador de este libro data de 2012, aunque su título original era «Contra el medio ambiente». Entonces, en apenas una página, anoté algunas ideas que me rondaban por la cabeza. Entre ellas, algunas han sobrevivido agazapadas en el documento, hibernando hasta llegar a un 2022 en el que definitivamente han eclosionado. La mayor parte, sin embargo, han cambiado varias veces de fondo y forma, moduladas por el alud de la sostenibilidad. Repasando los temas —biodiversidad, movilidad, energía, túnel de carbono— he sentido una punzada de desánimo. Sí, es cierto, hemos avanzado y ya no estamos donde estábamos. Pero, pese a ello, nos encontramos más lejos que hace una década de los objetivos marcados, y a la vez más cerca de superar diversos puntos de inflexión planetarios, si no lo hemos hecho ya. ¿Cómo puede ser?
Porque, en la mayor parte de los casos, hemos avanzado por la calzada equivocada, desviándonos cada día un poco más; de nada sirve dar pasos si la brújula no funciona. Incluso en aquellas áreas en las que el progreso es innegable, como la penetración de las energías renovables en el mix eléctrico, este es una cuestión porcentual y no absoluta: quemamos más combustibles fósiles y, por lo tanto, emitimos más gases de efecto invernadero que hace diez años, lo que nos lleva a alcanzar y superar, año tras año, récords de concentración de dióxido de carbono en la atmósfera. El problema, sin embargo, no es tanto que vayamos por el mal camino, sino que, cegados por el destello de la ubicua sostenibilidad, pensemos que transitamos por la senda de un futuro deseable.
Cuando el prolífico pensador ecologista Lester R. Brow escribió su seminal Building a Sustainable Society («Construyendo una sociedad sostenible»), en 1982, la sostenibilidad se entendía de una forma distinta. Faltaban aún cinco años para que la ONU fijase su definición de «Desarrollo Sostenible» en el Informe Brundtland, de 1987, y apenas habían pasado un par de lustros desde los acalorados debates de la década anterior, con los límites del crecimiento como eje conductor. El cambio climático, que tuvo una ventana de oportunidad para devenir un tema político de envergadura a finales los años setenta, había quedado ya postergado a una cuestión de científicos y ecologistas. También a los departamentos de investigación de las petroleras, pero eso no lo sabríamos hasta tiempo después.
Seguramente entonces el concepto atesoraba un significado mucho más profundo que el que tiene en la actualidad. Mi intención a lo largo de estas páginas no ha sido arremeter contra quienes tomaron el concepto para designar sus deseos de transformación y sus iniciativas para la disminución del impacto ambiental. A lo largo de los años he conocido activistas, académicos, políticos y técnicos —también de empresas privadas— que, bajo el paraguas que les proporcionaba la sostenibilidad, han impulsado acciones netamente positivas. Pero lo hacían gracias a su formación y convicciones previas, no a las herramientas y valores inherentes al concepto establecido de sostenibilidad.
Mi propósito tampoco ha sido el de socavar los motivos personales para hacer lo que uno cree correcto, ni desincentivar las acciones individuales que, aun pudiendo ser insuficientes, son también necesarias. De la misma manera que lo personal necesita un marco colectivo para generar dinámicas transformadoras, lo común necesita del impulso y el convencimiento de cada uno de nosotros y nosotras. Una convicción que se manifiesta en muchas personas, no solo en la adopción de una postura política o defensa de un discurso teórico, sino también en una forma solidaria de estar en el mundo, a veces profundamente contradictoria, pero siempre guiada por un espíritu de progreso y honestidad, conforme a unos principios valiosos y hondamente humanos. ***** En 1996 el influyente activista estadounidense Bill McKibben escribió un artículo en The New York Times calificando la palabra «sostenibilidad» de buzzless buzzword (juego de palabras intraducible, que podría entenderse como «palabra pegadiza sin pegada»). En el texto, exponía sus motivos para cuestionar la sostenibilidad, apuntando a sus orígenes y su incapacidad de cuestionar el crecimiento y la sobreexplotación de recursos agrícolas, minerales y energéticos. McKibben reniega del uso indiscriminado que se hacía ya entonces del término, y profetiza —equivocadamente, como hemos podido comprobar— que el recorrido del concepto sería corto, puesto que no remite a nada familiar, como sí lo hace «crecimiento».
Quizá su error fue no anticipar las posibilidades publicitarias del término, desconocer cuán profundo podía calar la percepción social de que la sostenibilidad tiene que ver, sencillamente, con seguir como hasta ahora, pero pensando en que lo hacemos bien. Business as usual, my friend. Su propuesta, hablar de «madurez» en vez de «sostenibilidad», ha tenido un impacto nulo en la comunicación ambiental, corporativa y política. La retórica imperante, con los ecosistemas de innovación, las start-ups, la emprendeduría, el crecimiento constante y los estímulos económicos por doquier no nos hablan precisamente de madurez y sosiego, sino de la hiperactividad de quien sabe que, si para, se cae.
Son muchos los ámbitos en los que se pueden observar las disfunciones y las grietas del término sostenibilidad, la voluntad de apropiación por parte de quienes saben que, de haberse popularizado la sostenibilidad fuerte en vez de la débil, verían seriamente comprometidas sus actividades. A lo largo de distintos capítulos he tratado de mostrar cómo alimenta una serie de conceptos perversos, que han hecho descarrillar el tren del futuro.
La neutralidad climática es una trampa contable que retrasa la acción y legítima estrategias profundamente insostenibles. A su vez, nos lleva a pensar que podremos manejar el overshoot, una subida de temperaturas que rebase los 1,5 °C, e incluso 2 °C, para después volver, con tecnologías de captura de carbono que aún no existen, a un rango seguro a final de siglo. No solo importa llegar, sino también cómo lo hacemos, porque la carrera no se termina en 2100. Todo ello insertado a su vez en la imaginería popular para la cual lo único importante son las generaciones futuras, desatendiendo un cambio climático que no es solo presente, sino pasado. Generaciones venideras que vivirán en un planeta con casi 10.000 millones de personas, pero que deberán aprender que lo intrínsecamente insostenible no es el número de humanos sobre el planeta, sino sus niveles de consumo y la dimensión energética y material de la economía. Una dimensión que no puede compartimentarse e individualizarse mediante la huella de carbono. Un cálculo que no nos sirve como guía para alcanzar la cacareada sostenibilidad, a pesar de las campañas publicitarias y los esfuerzos de las empresas responsables de la mayor parte de las emisiones y el retraso de la acción climática.
Asimismo, tampoco podremos confiar en que una energía en particular —ni siquiera todas las disponibles— vengan a salvarnos y a sostener el sistema de producción, transporte y consumo actuales. Ello pone de manifiesto que debemos dejar de asimilar la transición ecológica con la transición energética, quitarnos las gafas que nos impiden ver más allá del túnel de carbono y ser conscientes de que la realidad es compleja y que, lamentablemente, hemos cruzado ya líneas rojas planetarias más allá de las que hacen referencia a la concentración de gases de efecto invernadero. Una de ellas es, sin duda, el espacio menguante que le dejamos a la naturaleza, que se encuentra cada vez con más dificultades para mantener los procesos ecosistémicos vitales y la integridad de la biosfera. Frente a ello no nos vale la intensificación de los procesos, desacoplamiento mediante, con la excusa de dejarle espacio, como pregona el Ecomodernismo, puesto que lo único que conseguiremos es seguir alimentando las causas primarias de su destrucción. Resulta también contraproducente —y moralmente reprobable— cruzarse de brazos desde los países ricos, abandonarse al catastrofismo y anunciar un colapso frente al que nada se puede hacer.
Las soluciones que la sostenibilidad ha alumbrado, como la economía circular y el culto al reciclaje como expresión tangible de esta, o una movilidad basada en el coche eléctrico, distan mucho de tener la capacidad de cambiar el sistema productivo, y no hacen más que reforzarlo. Al fin y al cabo, quienes están detrás son también quienes menos interés tienen en una transformación real del sistema económico. Ello es congruente con la vacuidad que ofrecen las mal llamadas finanzas sostenibles, apenas una devaluada medalla verde, a menudo manchada de petróleo, que casi no se ve en una pared cubierta de subvenciones a la industria fósil e inversiones para seguir extrayendo gas, carbón y petróleo. ¿Qué une a todo ello?
La sostenibilidad. ***** Retomando las palabras de Fernández Buey, mencionado en el primer capítulo al referirnos a la insostenibilidad, resulta también obligado citar al socioecólogo Ramon Folch, uno de los pensadores más respetados y agudos sobre estas cuestiones:
El problema no es si seremos capaces de instaurar el concepto de sostenibilidad, sino si seremos lo suficientemente inteligentes para abordar el problema que ya tenemos instaurado: la insostenibilidad.
Estas palabras las pronunció en una conferencia de 1998. Veinticinco años después, resulta evidente que no solo no lo hemos abordado, sino que hemos conseguido darle la vuelta y ver procesos inherentemente insostenibles como virtualmente infinitos. Sostenibles.
Llegados a este punto, y una vez demostrado que el concepto actual de sostenibilidad actúa como un espejismo que nos desvía del camino y consume nuestras últimas fuerzas, es cuando planteo cuatro preguntas cruciales.
Primera
- ¿Vale la pena tratar de reapropiarse del término, o resulta más eficaz tomar uno nuevo?
- Segunda
- En ese caso, ¿por cuál lo sustituimos?
- Tercera
- Cómo lo hacemos?
- Cuarta, y la más importante de todas
Dónde queremos llegar una vez lo consigamos?
Ha llegado al final del documento.