Sick Boys (Spanish Edition)

by Wild, Clarissa

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Wild, Clarissa

Prólogo Penelope

Eres nuestra.

Su voz es intoxicante y oscura.

Igual que su alma.

Pura depravación recorriéndome las venas y consumiéndome por completo.

Me mira fijamente a los ojos, y no reconozco esta codicia obsesiva que me invade. Deseo a este hombre más que al aire que respiro.

Lo que no esperaba era desearlos a ellos también.

Dylan Caruso y Alistair King, amigos de Felix Rivera… el tipo que me rodea el cuello con los dedos en este momento.

Me abre los labios con el pulgar e introduce los dedos dentro rozando mi lengua, los mete y los saca mientras sus dos amigos se encargan de llenarme ambos lados hasta que se me ponen los ojos en blanco.

Los gemidos llenan la habitación, una mezcla de los cuatro.

Enredados. Retorcidos.

Sucios.

Deliciosos.

No me sacio, aunque me arde y me duele como el demonio.

Felix se inclina, todavía con los dedos dentro de mi boca.

—Ahora dilo —susurra—. Di que eres nuestra puta.

No pasa ni un segundo antes de pronunciar las palabras que nunca creí que diría en alto.

—Soy vuestra puta.

La risa siniestra de Felix llena este baño mugriento.

Al principio lo odiaba, pero ¿ahora? Ahora quiero reírme con él.

No le creí cuando me dijo que me corrompería.

Estaba equivocada.

Muy equivocada.

Nunca antes le había suplicado a nadie que me tomara.

Hasta que los conocí.

Los tipos más peligrosos de la Skull & Serpent Society se han colado en mi vida como una serpiente y me han inyectado su veneno tóxico en la sangre.

Y les he dejado hacerlo.

De buena gana.

Sabiendo que caería en picado.

Hasta que no quedó nada en mí que no estuviera corrompido.

1 Penelope

Veo la muerte en sus ojos.

Los famosos chicos de la Skull & Serpent Society se sientan en un trono improvisado hecho de trozos de maderas apilados en frente de la hoguera en mitad del bosque.

Dylan Caruso, que está vestido entero de negro, con el pelo blanco plateado y raíces negras, anillos y tatuajes cubriéndole las manos, ojos seductores encapotados adornados con kohl y una sonrisa matadora, enciende y apaga un mechero.

Alistair King está sentado a su lado con un conjunto de malla negro cubierto de gruesas joyas; su pelo castaño claro rizado se mece suavemente por el viento, y tiene una sonrisa diabólica en su pálido rostro mientras mira a las chicas.

Aunque el peor de todos es Felix Rivera… Un tipo de pelo moreno con rostro de líneas afiladas y unos ojos avellana sanpaku tan hundidos que hacen honor al nombre de la Sociedad.

No es que sea guapo, es que es escalofriante.

Y, definitivamente, alguien con quien desearías no cruzarte.

A su alrededor, varios estudiantes y miembros de la Sociedad le escuchan, cautivados por sus palabras y sus retorcidas historias de sangre y caos.

Podrían ser mentira. O podrían ser verdad.

Nadie lo sabrá nunca.

Se aseguran de ello.

O eso me contó mi hermana.

Sobre el suelo cubierto de musgo hay alcohol y drogas desperdigados por todas partes. La gente fuma porros y tabaco y mezclan diferentes tipos de alcohol mientras otros lo dan todo con la música, bailando como si estuvieran invocando a un dios antiguo.

Más allá del área principal, algunos se apiñan cerca de los árboles para darse el lote. Veo un atisbo de piel y escucho gemidos que provienen de esa zona. Está claro que están follando y yo no pienso comprobarlo.

Camino por la fiesta buscando a mi hermana, mantengo la cabeza gacha, pero no la encuentro. Empiezo a entrar en pánico.

—Eve, ¿estás aquí?

Empiezo a gritar su nombre una y otra vez.

No hay respuesta.

Solo escucho el fuego crepitar y la música alta que sale de los altavoces que están encima de las mesas de madera, retumbándome en los oídos. Me distraen demasiado, pero no voy a desistir. Sé que está aquí en alguna parte.

Vuelvo a comprobar mi móvil, y leo el mensaje por quincuagésima vez.

Hermana, no puedo seguir con esto. Por favor, no te enfades conmigo. He hecho todo lo que he podido y más. Nunca va a ser suficiente, y me niego a seguir viviendo… rota. Partida en dos por una decisión que no me correspondía tomar.

Así que voy a ponerle fin ahora.

Esta hoguera, cerca de The Edge, será la última noche que pase en esta maldita universidad.

Te quiero, hermana.

Y, hagas lo que hagas, nunca te involucres con esos chicos de la Skull & Serpent Society.

Besos, Eve.

The Edge. Un conjunto de tétricos acantilados rocosos justo más allá del bosque Priory, con una enorme y hermosa cascada que se precipita hacia las profundidades.

O eso me han contado.

Nunca había venido hasta hoy, pero el paisaje encaja con la descripción de mi hermana.

Antes de que sus mensajes se volvieran inquietantemente oscuros.

¿Qué le ha pasado? Antes de venir a la universidad, era el vivo ejemplo de una estudiante feliz. Y ahora… Los mensajes que me ha estado mandando últimamente están plagados de pesimismo y desesperación.

Dios, espero que esté bien.

Las risas irrumpen desde la zona de la hoguera y vuelvo a guardar el móvil en el bolsillo.

Los chicos de esa Skull & Serpent Society, o Sociedad de la Calavera y la Serpiente, se soplan una petaca de alcohol entera sin inmutarse, pasándosela unos a otros.

Una chica se lanza contra Dylan y lo abraza por el cuello con fuerza, le aplasta las tetas en la cara mientras enreda los dedos en su pelo rubio platino como si fuera un juguete. Otra chica hace cosquillas en el brazo musculoso de Alistair y lo obliga a mirarla mientras intenta contar el resto de la historia.

Pero lo peor de todo es Felix y la chica que tiene en el regazo, que juguetea con su pelo corto mientras él parece querer matarla.

Dudo que dejara pasar la oportunidad si se diera la ocasión.

Me abro paso entre la arboleda, alejándome cada vez más de la fiesta. Cuanto más me alejo, más reina el silencio, hasta que el único sonido que se escucha es el de las olas chocando suavemente contra el acantilado. En el horizonte, solo están el agua y la luna, que brilla con fuerza en lo alto.

Paso la última hilera de árboles y me detengo bruscamente, me agarro a uno de los troncos mientras se me corta la respiración.

Ahí, en el borde, está mi hermana con los brazos abiertos.

Me mira, y sus ojos vidriosos me parten el corazón.

Una sola lágrima rueda por su mejilla.

Y, entonces, salta.

2 Penelope

Unas semanas después

—¿Estás segura de esto? —me pregunta mi madre mientras mi padre coloca las bolsas en la cama.

—Segurísima —respondo.

Mi madre me lanza una mirada de preocupación.

—Pero ya conoces el historial de esta universidad…

Sé por dónde va, pero no va a decirlo en voz alta.

Esta era la universidad de mi hermana. El lugar al que alguna vez llamó hogar.

Y ahora también se convertirá en mi hogar durante un tiempo.

Mi madre se lanza a darme un fuerte abrazo.

—Solo quiero que estés bien.

—Lo sé —respondo.

—No es tarde para cambiar de opinión —añade.

—No voy a cambiar de opinión —replico, lanzándole una mirada a mi padre, quien se ha mantenido excesivamente callado.

Normalmente me suelta rápido, pero ¿ahora? Parece que esté pegada a mí con cinta adhesiva.

Por fin se separa y puedo volver a respirar.

—Y, si nos necesitas, llámanos, ¿quieres? —dice mi madre, agarrándome por los hombros.

—Sí —respondo—. Estoy bien. No pasa nada. Solo tengo que acostumbrarme a este sitio, eso es todo. Pan comido.

Ella suspira y me besa en la mejilla.

—Venga —dice mi padre, y la agarra por el brazo para obligarla a moverse—, vámonos para que pueda instalarse.

—Si pasa cualquier cosa, escríbeme —reitera mi madre—. De inmediato.

Debe aterrarle la idea de que pueda hacer lo mismo que mi hermana, y lo entiendo.

—No te preocupes. Lo haré.

Asiento mientras mi padre la saca literalmente a rastras de la habitación y cierra la puerta.

—¡Buena suerte, Penelope! —grita—. Sabes que solo tienes que llamarme.

Sonrío y sacudo la cabeza. Obviamente, mi madre ha estado pasándolo mal sabiendo que quería venir a Spine Ridge. Después de lo que pasó mi hermana, esta debería haber sido la última universidad en mi lista.

Pero no solo he venido aquí a estudiar.

Estoy aquí para vengarme.

Cojo el diario de mi hermana y lo abro; paso las páginas y examino todos los nombres, junto con las imágenes y los textos que escribió al lado de las caras. Me lo he grabado todo en la memoria para recordar a todo el que alguna vez le hizo daño.

Voy a encontrarlos. Y, cuando lo haga, lo pagarán muy caro.

El ruido del otro lado de la calle me distrae y me acerco a la ventana. Un puñado de tíos se lanzan cerveza los unos a los otros fuera de los dormitorios. Uno de ellos se resbala con el charco y se cae de culo, todos le tiran la cerveza en la cara y luego se ríen.

Qué costumbre más ridícula. Obviamente es algo que solo se le ocurriría a una fraternidad.

Pongo los ojos en blanco y me doy la vuelta para deshacer las maletas.

De repente, la puerta se abre y entra una chica arrastrando maletas detrás de ella. El pelo negro rizado se mece sobre sus hombros y el sudor le gotea por la frente al dejar caer las bolsas sobre la otra cama de la habitación.

—¡Hola! —me saluda—. Siento haber entrado así. Dios, este edificio tiene demasiadas escaleras. —Se le escapa una risa incómoda.

Le sonrío y le ofrezco la mano.

—Eres mi nueva compañera. Me llamo Penelope.

—Penelope… ¡Genial! —Me aprieta la mano—. Yo soy Kayla Pearce. Este también es tu primer semestre en la uni Spine Ridge, ¿no? —pregunta—. No te he visto en orientación.

Hago una mueca.

—Sí… Me he cambiado de universidad tarde, así que me la perdí.

Se le ilumina la cara.

—Oh, ¿en serio? ¿Antes de empezar siquiera en la otra universidad? No sabía que se podía hacer.

Me encojo de hombros.

—Esta universidad ofrece… más oportunidades. —Me aclaro la garganta antes de contar demasiado.

—Bueno, has hecho bien porque ahora eres mi compi. —Me guiña un ojo—. Y ya sé que tú y yo vamos a ser mejores amigas.

Le sonrío.

—¿Estás segura? Puedo llegar a ser muy rarita.

Ella se ríe.

—Mejor todavía. —Vacía su maleta y amontona todos sus vestidos y pantalones en una pila gigante—. Vaya, he traído demasiada ropa.

—Nunca es demasiada ropa, ¿verdad? —Le guiño un ojo.

Ella sonríe.

—Tú sí que sabes. Crystal siempre me dice que la maleta me va a estallar, pero sé cómo empacar.

—¿Crystal? —murmuro—. ¿Es otra compi o…?

—Mi mejor amiga aquí en la universidad —me responde mientras tiro de la cremallera de mi maleta—. Nos conocimos hace unas semanas en la hoguera.

La hoguera.

Desabrocho la cremallera con tal violencia que se rompe.

Kayla se acerca para colocarse a mi lado.

—Oh, vaya, tengo un pequeño kit de reparación. Quizá pueda arreglarlo.

—No pasa nada —miento, y me apresuro a lanzarla a la basura—. De todas formas, estaba a punto de romperse. —Agarro algunas prendas y las cuelgo en el armario para tratar de sacarme de la cabeza la palabra que ha mencionado—. Así que mejor amiga, ¿eh? Me encantaría conocerla.

—A lo mejor compartimos algunas clases. —Le brillan los ojos mientras agarra el horario—. ¿Los comparamos? —Ahoga un grito y agarra su móvil—. Antes de que se me olvide, ¿puedes darme tu número? En plan, como somos compis y eso, igual podríamos salir también.

—Claro. —Cojo mi teléfono y se lo doy—. Adelante.

Ella teclea su número en el mío mientras hago lo propio en el suyo.

—Aquí tienes —me dice y me lo devuelve.

Yo también le doy su teléfono y agarro mi horario. Los colocamos en la mesa, uno al lado del otro. Las clases son parecidas, pero no son las mismas. Solo algunas se solapan a finales de semana.

Y, entonces, compruebo las de hoy.

Los ojos casi se me salen de las órbitas. Tengo clase en unos diez minutos. ¿Cómo es que no lo sabía?

—Ay, mi madre. —Agarro rápido todo lo necesario y lo guardo en la mochila.

—¿Llegas tarde? —me pregunta Kayla.

Asiento.

—¡Luego hablamos!

—Ha sido un placer conocerte. ¡Buena suerte en tu primera clase! —me grita mientras cruzo la puerta corriendo.

Por supuesto que llego tarde otra vez. Típico. Ya me perdí la orientación por matricularme tarde en la universidad. No puedo llegar tarde a la puñetera primera clase también.

Supongo que eso me pasa por cambiar de universidad en el último momento.

Aunque es genial que haya podido hacer una amiga nueva ya.

Me suele costar mucho.

Mientras salgo del edificio, varios estudiantes me saludan con la mano y me dicen «hola», así que les respondo rápidamente y me doy prisa. Ya me pararé y charlaré más tarde porque ahora no tengo tiempo.

La clase está a punto de empezar, y yo tengo que atravesar todo el campus corriendo.

Debería pillarme una bici.

Cruzo la acera corriendo e ignorando la bulla que viene de la fraternidad al otro lado de la calle, y me dirijo a los edificios grandes.

Hay muchos estudiantes sentados fuera en el césped desayunando, hablando entre ellos y jugando a las cartas y al fútbol. Y luego estoy yo, corriendo como un pollo sin cabeza tratando de encontrar la entrada.

Cuando por fin lo consigo, me freno para recuperar el aliento con las manos en las rodillas y la espalda chorreando de sudor. Me tomo unos segundos antes de mirar a mi alrededor. El interior es tan espectacular como el exterior, con paneles de madera y grandes lienzos por todas partes, viejas puertas de roble que dan acceso a las aulas, grandes escaleras circulares de madera y enormes cristaleras con vistas al jardín.

En esta universidad entra mucho dinero, eso está claro.

Aunque no es difícil de adivinar a juzgar por los Prada, Gucci y Louboutin que visten algunos de los alumnos que tengo a mi alrededor.

Me siento completamente fuera de lugar con mis vaqueros Diesel.

Me cuelgo la mochila del hombro y me dirijo a la clase, no sin antes revisar una y otra vez mis anotaciones para asegurarme de que voy por el camino correcto. He conseguido mantener el pánico a raya hasta ahora, pero me está invadiendo poco a poco ahora que se me hace tarde. Porque si hay algo que no hago, es llegar tarde.

Lo he sacado de mi padre, quien es puntual hasta en el más mínimo detalle.

Me apresuro a recorrer los pasillos pasando entre la gente tan deprisa que casi los arrollo, y me voy disculpando mientras corro hacia el aula donde debería estar ya.

Sin embargo, el pasillo está bloqueado justo por donde tengo que pasar.

Me asomo por encima de los estudiantes que están congregados alrededor.

Un tipo lanza libros a otros mientras se ríe y se encoge de hombros, pero el primero no se resigna y, de repente, arremete contra el otro. Toda la multitud estalla en jadeos y risas, incitándoles a que empiecen a darse puñetazos, agarrarse del pelo y hacerse jirones la ropa.

De pronto, detrás del alboroto, emerge un grupo que me resulta familiar.

Los tres tíos que me ponen los pelos de punta.

Dylan, Alistair… y Felix.

Un aire de oscuridad los sigue a donde quiera que van, como una nube de lluvia al anochecer.

A medida que avanzan por el pasillo, Dylan lanza con indiferencia un mechero al aire y lo atrapa una y otra vez mientras Alistair se echa la mochila al hombro. Pero Felix mantiene las manos firmemente guardadas en los bolsillos, la camiseta blanca que lleva apenas puede cubrirle el pecho ni los bíceps musculosos.

Se dirigen hacia la pelea sin ninguna intención de frenarla.

Y, aunque la mitad de la multitud empieza a dispersarse a medida que se acercan más y más, la pelea no se detiene… y ellos tampoco.

Cuando Felix pasa junto a los dos que se pelean, uno de ellos choca con él y este le da un puñetazo lateral tan fuerte contra la pared que se desploma en el suelo, gimiendo ruidosamente.

Felix ni se inmuta y vuelve a meterse las manos en los bolsillos.

Todo el mundo en el pasillo se ha quedado en silencio como si el terror colectivo los hubiera infectado a todos mientras se echan a un lado para dejar pasar a los chicos que caminan en nuestra dirección.

Excepto yo.

Me quedo de pie en mitad del pasillo hasta que tengo a Felix justo delante.

Aun así, no me muevo.

Él ladea la cabeza, los músculos del cuello se le estiran y se le crispa la nariz. De cerca, puedo ver sus rasgos a la perfección: mandíbula cuadrada y pómulos pronunciados, pero lo que más me impresiona es su mirada escalofriante. Ojos entornados, el blanco visible bajo las pupilas, como si nada pudiera molestarle… hasta ahora.

—Aparta.

Con esa voz ronca, esa única palabra bastaría para ponerle la piel de gallina a cualquiera.

Pero a mí no.

Inclino la cabeza igual que ha hecho él.

Le tiembla un ojo.

Los segundos pasan como si fueran minutos mientras noto las miradas de la gente clavándose en mi espalda. Pero me da igual. He vivido entre miradas y burlas toda mi vida, así que los matones ya no me intimidan. Nadie puede hacerme daño si no se lo permito.

Y mucho menos unos tipos como ellos.

Dylan frunce el ceño y sonríe.

—Deberías hacerle caso.

Lo ignoro y sigo mirando a Felix, quien se niega a desviar la mirada, igual que yo.

Es mucho más alto que yo, y tiene que agacharse para ponerse a mi altura. Demasiado cerca para mi gusto, se inclina para mirarme fijamente.

—He dicho que te apartes.

Ahora entiendo por qué mi hermana escribió sobre él en el diario.

Me lamo los labios y digo:

—Oblígame.

Se le abren las aletas de la nariz. Se inclina aún más cerca hasta colocarse al lado de mi cara, respirando contra mi cuello, y susurra:

—No me tientes a que te retuerza los pezones porque lo haré en frente de todo el mundo… Penelope.

Abro mucho los ojos cuando levanta los dedos, lo bastante cerca como para cumplir su amenaza.

Pero eso no es lo que más me asusta.

Me alejo instintivamente para crear distancia entre nosotros y se me hiela la sangre.

Todavía tiene los dedos en la posición idónea. El lado izquierdo de sus labios se eleva momentáneamente, pero enseguida vuelve a bajar para mantener esa expresión letal y carente de emoción.

Baja las manos y me aparta de un empujón mientras sus colegas lo imitan y desfilan por el pasillo como si fuese suyo.

Y solo puedo quedarme ahí, mirando fijamente a estos depredadores porque…

¿Cómo es que sabe mi nombre?

3 Felix

Penelope, Penelope…

Qué bien suena ese nombre.

Perfecto para corromperlo.

Perfecto para pervertirlo.

Se me dilatan las fosas nasales. Si no se hubiera apartado, le habría agarrado esos pezones marcados bajo el pequeño top negro y los habría retorcido hasta que gritara mi nombre delante de todo el mundo.

Una sonrisa traviesa se forma en mis labios, pero se desvanece de inmediato cuando recuerdo quién es.

No debería estar aquí.

Pen.

Aprieto los dedos alrededor del bolígrafo que tengo en la mano y casi lo parto en dos. No hay nada peor que tener que asistir a una clase de economía y escuchar a un profesor parlotear sobre temas que no me importan una mierda.

Salvo por una cosa.

La chica que está sentada en la fila de debajo.

¿Cuántas clases compartimos?

Una ya es demasiado.

Mantiene los ojos fijos en el hombre frente a la pantalla, y debo admitir que está haciendo un trabajo increíble fingiendo que no le importa. Pero sé que puede sentir mis ojos clavándose en su cráneo.

Si pudiera, le desmenuzaría el cerebro en este mismo instante y dejaría al descubierto todos los secretos que guarda.

Aunque eso le quitaría la gracia al asunto, ¿no?

Y yo necesito hacer cosas divertidas porque en esta universidad de mierda nunca las hay.

Tienes que apañártelas tú, y eso es lo que he estado haciendo este último año.

Pero es que ella… Ella podría estropearlo todo.

Y no pienso permitírselo.

Dylan me da un codazo en el costado y yo le miro, un poco tentado de clavarle el bolígrafo entre las costillas.

—Deja de mirarla. ¿Qué pasa si la gente se da cuenta?

—¿Tengo pinta de que me importe? —replico, moviendo el bolígrafo de arriba a abajo.

Él eleva una ceja.

—¿Qué hay de lo de mantener bajo perfil?

—¿Desde cuándo le haces caso a tu padre? —me burlo.

Se le ensombrece el rostro mientras se reclina lentamente en la silla.

—Ya sabes el motivo.

Pongo los ojos en blanco y desvío la mirada.

—Haz lo que te salga de los cojones.

Él bufa sacudiendo la cabeza.

—¿De verdad quieres ir por ese camino otra vez?

—¿Y qué pasa si quiero? —bromeo, mirándole fijamente.

Ladea la cabeza hasta que ese pelo blanco de niño bonito le cae sobre la cara, como si me estuviera poniendo a prueba, pero me la suda.

—Nunca me han importado las consecuencias, ni hoy, ni ayer, y desde luego que no mañana.

—Tú sabrás —bufa, y se pasa los dedos por el pelo—. Ya sabes en lo que te estás metiendo, y no merece la pena.

—Sí… Claro que lo sé, y merece cada puto segundo de mi tiempo —le digo. Levanto una ceja en respuesta—. ¿Sabes por qué?

Frunce los labios.

—¿Qué? ¿Solo porque una tía se interpusiera en tu camino quieres convertirla en tu nuevo juguete?

—No es una tía —replico, y le hago una seña—. Adivina quién es.

Él entrecierra los ojos y me mira como si hubiera perdido la cabeza.

Yo hago un gesto hacia abajo.

—¿Qué quieres decir…? —Abre los ojos de golpe—. ¿Penelope?

Lo dice tan alto que resuena por toda la sala, lo suficiente como para llegar a las filas de abajo, donde está sentada.

Penelope se da la vuelta y me mira con ojos feroces, igual que antes cuando se interpuso en mi camino. Está lo suficientemente cerca como para oírnos, pero lo bastante lejos como para que no pueda agarrarla de ese pelo morado y levantarle la cabeza para susurrarle guarradas al oído.

No desvía la mirada, pero nosotros tampoco.

Sé que nos ha oído.

Espero que lo haya hecho.

Porque me lanza una puta sonrisa.

Una sonrisa.

Cuando en lo único en lo que puedo pensar es en hacerle jirones ese pequeño top negro y esa minifalda a cuadros.

Me tiembla el ojo. El bolígrafo que tengo en la mano se parte en dos bajo su atenta mirada.

Pen… Voy a destrozarte.

Penelope

Hace unas semanas

Abro los ojos de golpe y me siento recta en la cama, respirando con dificultad. El corazón me va a mil por hora mientras recuerdo todo lo ocurrido aquella noche. El bosque, la música, la luna, mi hermana saltando hacia su muerte y esos chicos escuchando mis gritos incesantes mientras corría al precipicio para tratar de salvarla.

Demasiado tarde.

Vi cómo su cuerpo desaparecía en el agua, cada vez más hondo, hasta que no quedó nada excepto silencio en mi corazón.

Se me llenan los ojos de lágrimas, pero las aparto y me quito la manta de encima para empezar el día.

O intentarlo.

Es lo único que he hecho durante estos últimos días.

Pero siento como si las piernas me pesaran una tonelada.

Especialmente hoy.

Este día, en el que mi madre no ha dejado de llorar desde ayer.

Este día, en el que mi padre ha cogido llamada tras llamada solo para no pensar en lo que está pasando.

Me visto como en automático: medias negras, vestido largo negro y un broche precioso. El que me regaló mi hermana por mi cumpleaños. Un recordatorio del día que se marchó a la Universidad Spine Ridge por primera vez.

Toco el broche con los dedos por inercia.

Me miro al espejo y me pregunto si podrá verme en este momento.

Si está tratando de decirme que todo va a ir bien.

Pero no es verdad porque ya no está.

Y sé que es por culpa de ellos.

De esos tíos.

Tenso los dedos alrededor del broche, y me contengo para no arrancármelo.

En lugar de eso, me muerdo el labio y camino hacia la puerta.

En la planta de abajo, mi madre sigue llorando como una magdalena, sonándose continuamente. Las cajas de pañuelos vacías se apilan en la mesa.

Cuando me ve, se limpia las lágrimas y los mocos de inmediato fingiendo que no está llorando, pero veo las manchas en sus mejillas.

—Penelope, ¿estás lista? —me pregunta mi padre tras guardarse el móvil en el bolsillo.

Asiento. No quiero decir las palabras en alto porque sé que estallaría en lágrimas igual que mi madre y, si me ve llorando, la destrozaría aún más. Como la única hija que le queda, tengo que ser fuerte.

Mi padre ayuda a mi madre a levantarse del sofá, y salimos hacia el coche que nos está esperando.

Poco a poco, voy sintiendo los pasos cada vez más borrosos. Como si no estuviera aquí en realidad.

Mi mente sigue en la fiesta de aquel acantilado, con esos ojos brillantes devolviéndome la mirada y preguntándose por qué no llegué antes para salvarla.

Me subo al coche, y se mueve por lo que parecen ser horas y horas antes de que lleguemos a nuestro destino.

La sala en la que tiene lugar el servicio es insulsa, blanca, demasiado impoluta, y vacía, con solo algunos ramos de flores a los lados del ataúd para dar un poco de alegría al asunto, que, de otro modo, sería anodino.

Eve lo detestaría.

Siempre tan alegre y brillante como el sol, radiante y llena de color.

Era todo lo contrario a mí, pero también por eso la quería tanto… y por eso la echo tantísimo de menos.

La madera oscura del ataúd me quema las retinas mientras miro fijamente al lugar donde descansa su cadáver.

Tan tranquilo y mundano, todo lo contrario a su muerte.

Me duele el corazón.

Mi madre llora a mi lado e intento que no me afecte, pero es duro sabiendo lo que ha perdido.

Es casi imposible llorar con toda esta gente a mi alrededor. Siento como si todos me estuvieran clavando la mirada en la espalda, preguntándose si voy a decir algo después de que mi padre hable de ella en frente del púlpito.

Pero no sé lo que les diría a todas estas personas, salvo: «que os follen por volver loca a mi hermana».

Porque sé que sus compañeros están aquí, observándonos.

Fingiendo llorarla con nosotros.

Son los culpables de su sufrimiento.

Lo sé porque, la noche que murió, me metió un cuaderno por debajo de la puerta. En él, escribió sobre sus deseos, sueños, secretos y verdades.

Toda la mierda por la que tuvo que pasar.

Y todas las personas responsables de ello.

Lo llevo cerca del corazón.

Cuando termina el servicio, todos suspiran con alivio.

Empieza a sonar una música triste y, uno por uno, se van acercando al ataúd y a nosotros para darnos el pésame.

Después se llevan el féretro, y todos acompañamos el coche fúnebre al cementerio.

Cuando todos se han reunido en torno al agujero en el suelo, bajan lentamente a mi hermana hacia el interior como si fuera una trampa mortal.

Es aterrador.

Lo odio.

Odio tener que quedarme aquí de pie y ver cómo entierran a Eve sin un ápice de justicia.

¿Qué puedo hacer?

Nada. Es demasiado tarde.

Es demasiado tarde para salvarla.

Cierro los ojos y parpadeo para alejar las lágrimas y los recuerdos que me invaden.

Esta culpa va a acabar devorándome viva.

Mi madre me da una rosa. Cuando llega mi turno, la lanzo encima del ataúd, un último adiós a esa hermana que no quería perder y que era demasiado joven para morir.

Miro por encima del hombro para que nadie de enfrente me vea llorar.

Pero las lágrimas se niegan a salir cuando veo a tres chicos detrás de uno de los enormes árboles del cementerio.

Los mismos tres que vi en la hoguera la noche en que murió.

Felix, Dylan y Alistair.

Unos tipos a los que no les importaría en absoluto la muerte de nadie.

Y, aun así, aquí están, sin miedo.

Es un mensaje.

El viento me revuelve el pelo morado y me coloco un mechón detrás de la oreja sin romper el contacto visual.

Quiero que sepan que los he visto.

Y quiero que sepan que nunca voy a rendirme.

No voy a parar hasta encontrar el motivo de su muerte.

Y, si están aquí, eso solo puede significar una cosa.

Saben algo que desconozco.

Y pienso descubrir qué es exactamente.

Aunque tenga que entregar mi puta alma.

4 Penelope

Presente

Después de terminar las clases, me dirijo a los jardines. Kayla me pidió por mensaje que nos encontráramos ahí. La veo sentada en el césped encima de una manta de cuadros escoceses con un puñado de estudiantes bebiendo y comiendo despreocupadamente.

Cuando me acerco, Kayla me saluda con la mano.

—Hola, Pen, por fin has llegado. —Da unos toquecitos a su lado en la manta de cuadros—. Ven, siéntate.

Me siento a su lado y me presento al resto del grupo:

—Hola, me llamo Penelope. Podéis llamarme Pen.

—Hola, Pen —me saluda la chica que está al lado de Kayla—. Soy Crystal. Encantada de conocerte. Debes ser su nueva compañera de cuarto.

Los chicos de enfrente me extienden una mano.

—Buenas, soy Jeremy.

—Y yo me llamo Calvin.

Les estrecho la mano con entusiasmo.

—Este es nuestro grupito —dice Kayla—. Almorzamos aquí juntos casi todos los días. —Le da un bocado a su sándwich—. ¿Has traído algo?

—Sí —respondo, y saco el sándwich que preparé a toda prisa esta mañana en casa de mis padres antes de venir aquí. Un sándwich de crema de cacahuete y mermelada, que está todo aplastado. Debería echar un vistazo a la cafetería.

—Kayla me ha contado que te has cambiado de uni —dice Jeremy.

—Sí, esta universidad era mi favorita en realidad —explico, aunque es una mentira que me acabo de sacar de la manga—. Así que hice el cambio en el último momento.

—Genial —dice Calvin—. ¿Qué estás estudiando?

—Economía. Me gustaría hacerme cargo del negocio de mi padre algún día —añado con una sonrisa.

—Obviamente —dice Jeremy—. En plan, todos estudiamos empresariales en una universidad de empresariales.

Crystal se ríe.

—Yo solo quiero ser rica.

Kayla y Crystal brindan con sus bebidas.

—Y yo, chica, y yo —bromea Kayla.

Le doy otro bocado a mi sándwich.

—Entonces tú eres la mejor amiga de Kayla, ¿verdad?

Crystal se sonroja y agarra a Kayla de la mano.

—Solo nos conocemos desde hace unas semanas, pero parece que haga siglos.

Vuelvo a morder el sándwich. Aunque esta vez me cuesta tragar.

Porque a unos metros de mí, apoyados en un muro de piedra, están nada menos que Felix, Dylan y Alistair. Están fumando lo que parece ser marihuana, en los mismos terrenos de la universidad, sin preocuparse lo más mínimo, y sé que eso no está permitido aquí, y mucho menos en este estado.

Pero las reglas no se aplican a chicos como ellos.

—No mires. —Kayla me da un codazo y me saca de mis pensamientos.

—¿Qué? —balbuceo.

—Si los miras fijamente, se darán cuenta —murmura, y se inclina para susurrar—: Sabes quiénes son, ¿verdad? Esos tipos pertenecen a la Skull & Serpent Society.

—No, no los conozco —miento.

Técnicamente no los conozco, pero desde luego que he escuchado hablar de ellos.

—Esa Sociedad es peor que todas las fraternidades cercanas a esta universidad juntas. Nadie entra salvo que tengas los contactos oportunos, y con eso me refiero a criminales. —Kayla baja la mirada hacia mí—. Prácticamente dirigen este lugar.

Así que son los líderes. Interesante. Eso solo hace que quiera mantener la mirada.

—En serio, no quieras meterte en líos con esos tipos. Incluso una simple mirada puede hacer que vayan a por ti —explica Kayla.

—¿Cómo lo sabes? —le pregunto.

—Porque fueron a por su hermano hace unos meses —aclara Crystal, metiéndose en la conversación.

Kayla se estremece.

—Solo porque se atrevió a intentar entrar en la Sociedad. Le hicieron pasar una dura iniciación y luego le dijeron que no lo había conseguido.

—¿Qué le hicieron? —pregunto.

—Pues hubo pis de por medio —añade Calvin—. Solo lo sé por lo que me contó un amigo. Yo no estuve allí.

Crystal da una arcada y casi vomita allí mismo, pero se tapa la boca.

—Disculpad.

—Vale, ya lo pillo —digo.

—La cosa es que no te conviene estar en su punto de mira —dice Kayla—. Sé que hacen muchas cosas jodidas, pero si no te metes en su camino, no te darán problemas.

—Están enfermos —añade Crystal.

—Ya veo —musito, demasiado distraída porque Felix ya tiene los ojos posados en mí.

Y, por mucho que lo intento, no puedo desviar la mirada.

También me ha estado observando en clase, incluso le ha mencionado mi nombre a su amigo Dylan.

Y yo no se lo he dado, así que solo hay una forma de que lo supiera.

Por mi hermana.

Dylan

Felix no puede dejar de observarla.

De una forma con la que solo le he visto mirar a las personas a las que quiere follarse hasta dejarlas sin conocimiento o a las que quiere matar.

Y ahora que sé quién es, yo tampoco puedo.

Me pregunto por qué, de todos los lugares, se ha matriculado aquí. No puede ser una coincidencia.

Doy otra calada y quemo los restos de mi compostura.

Se me forma una sonrisa en los labios. Viéndola ahora, quizás debería simplemente acercarme y… preguntar.

De repente, una chica se abalanza sobre mí y me rodea el cuello con los brazos. Cathy, Sadie, Kiera… No lo sé, no me acuerdo y no me importa.

—Hola, Dylan. ¿Te apetece pasar un buen rato esta noche y seguir con lo que dejamos a medias en la hoguera?

La simple mención de esa puta fiesta me pone de los nervios.

Le aparto los brazos de un empujón.

—No, tengo planes.

Ella mira a Alistair.

—¿Otra vez ocupando todo tu tiempo? ¿Estáis planeando algo? —Se lame los labios—. ¿Una sorpresa?

Yo ladeo la cabeza.

—Si es así, ya te la has cargado.

—Ay, Dylan —musita, y me da un pico en la mejilla—. Eres tan dulce…

—Bueno, no es para ti.

Su sonrisa se desvanece igual que las hojas en otoño, y es jodidamente maravilloso.

—Oh, creía que habías planeado algo para mi cumpleaños.

Ah, ¿sí?

—Sí, bueno, estoy hasta arriba, nos vemos la semana que viene, ¿vale? —Le guiño un ojo y me giro hacia los chicos para que no pueda entrometerse de nuevo.

—Sí, tengo a mi chico ocupado. —Alistair me lanza un brazo sobre los hombros y me acerca al grupo.

La chica prueba de nuevo, pero se rinde después de intentar colarse un par de veces por debajo de mi brazo. Desilusionada, se marcha; sus tacones repiquetean por la acera y me lanza una mirada altanera por encima del hombro.

¿Cómo decía que se llamaba?

Solo puedo pensar en la chica que está ahí sentada en el césped y en lo mucho que me recuerda a otra persona… A alguien a quien conocía.

Doy una última calada y expulso el humo.

Un sabroso tentempié.

Como ella.

Mi teléfono empieza a vibrar y me saca de mis pensamientos.

—¿Quién es? —pregunta Alistair.

—Mierda —digo por lo bajo.

—Oh, ¿el cabrón ese?

Ignoro a Alistair y voy directo al edificio más grande del campus. El lugar que detesto y que rara vez piso a menos que sea necesario para ir a clase… O para visitar a mi maldito padre.

Solo de pensar que tengo que ir a verle me dan ganas de abrirle un agujero a la pared de un puñetazo, pero si daño, aunque sea un centímetro, de su propiedad, lo pagaré caro.

Me agarro a la barandilla y subo por las viejas escaleras de madera hasta la tercera planta, donde las salas son inaccesibles para el resto de los alumnos e incluso para mí cuando no me ha citado.

Apretando los dientes, llamo a la tercera puerta.

—Adelante.

Abro la puerta y me quedo mirándole apoyado en la pared.

—¿Me has llamado?

—Te he escrito —contesta, dirigiéndome un breve vistazo antes de volver a la montaña de papeles de su escritorio.

—Es una forma de hablar—respondo, cruzándome de brazos.

—No tengo tiempo para la hipocresía. Siéntate. —Señala la silla frente a su escritorio.

—¿Puedes preguntarlo al menos? —replico, enarcando una ceja.

—No.

Ni siquiera me mira.

Se me dilatan las fosas nasales, pero me muerdo la lengua y camino hacia la silla; la retiro haciendo ruido antes de dejar caer el culo en el asiento. Para rematar, coloco las botas encima del escritorio.

—No hagas eso —me dice.

—¿Por qué no? Es cómodo —respondo.

Despega los ojos de su tarea y por fin se cruzan con los míos.

—¿Te gustan las botas que llevas? —pregunta.

—Sí.

—¿La comida que ingieres?

Entrecierro los ojos.

—¿A dónde quieres ir a parar?

—¿La casa de la fraternidad en la que vives?

—¿Qué quieres decir?

—¿Quién crees que paga todo eso?

Pongo los ojos en blanco. Allá vamos.

—Oh, déjame adivinar… —Me coloco un dedo en la boca—. Tú.

—Exacto —responde—. Ahora, ¿vas a mostrar respeto o voy a tener que obligarte?

La forma en la que me mira hace que apriete los dientes, pero acabo bajando los pies.

—Buen chico.

—No hagas eso —gruño.

Si vuelve a hablarme como a un perro, le morderé como si lo fuera.

—Más te vale estar agradecido —replica.

—Ah, ¿como tú? —bromeo.

—Yo estoy agradecido. —Me mira directamente a los ojos—. Por este trabajo.

No por su hijo.

—Y no voy a perderlo por tu culpa.

Me encojo de hombros.

—Literalmente, eres el que maneja el campus. ¿Quién va a despedirte?

—¿Te has olvidado de la junta?

Rechinando los dientes, aparto la mirada, molesto.

—Felix puede hablar con su padre.

—Felix y tú tenéis que callaros la puñetera boca, sentaros y hacer vuestro puto trabajo —gruñe.

Ahora tiene toda mi atención.

Ese tipo de agresividad… es la misma que corre por mis venas.

Estrella un sello contra un papel y lo mete en la carpeta.

—¿Lo has entendido?

—¿Para eso me has hecho venir hasta aquí? ¿Para darme un sermón?

Se lame el dedo y agarra el siguiente folio.

—Me llevó días enteros solucionar el puto desastre que dejasteis este verano. No voy a permitir que volváis a joderlo todo. —Me apunta con el dedo—. Compórtate.

—Y si no, ¿qué?

Inclina la cabeza y agarra el cúter, apretándolo con demasiada fuerza.

—No me pongas a prueba, Dylan.

—Lo que tú digas —digo suspirando—. No puedo dejar de ser como soy. —Me levanto.

—No, te pareces demasiado a tu padre —responde con un gruñido, todavía escudriñando entre los papeles sin mirarme siquiera—. Ahora vete y ponte a estudiar como un puñetero universitario en condiciones.

Me despacha con un gesto sin mirarme, así que me largo con las manos metidas en los bolsillos y abriendo la puerta de una patada.

En cuanto cruzo el umbral, unos ojos peculiares me miran fijamente por debajo de la escalera. Se abren de par en par, asombrados, e inmediatamente se desvían y se ocultan tras la columna que hay junto a la escalera.

Pero sé que está ahí.

El ruido de sus pasos al salir pitando hace que se me dibuje una sonrisa en la cara.

Nunca digo que no a una persecución.

Bajo las escaleras a toda prisa y la veo corriendo por el pasillo, dirigiéndose a la escalera de emergencias de atrás, en lugar de a la que tengo debajo. Pero me conozco este sitio como la palma de mi mano, así que es imposible que se me escape.

Y no voy a dejar que se salga con la suya después de pillarla fisgoneando.

A mitad del pasillo, Felix sube la escalera detrás de mí y grita:

—¿Qué cojones, Dylan? ¿Tú también estás aquí?

—Mi padre nos está interrogando. No importa —le digo, sacudiéndome el enfado—. Es ella, la chica, estaba escuchando a escondidas.

Sus ojos se vuelven letales mientras señalo la escalera de emergencia, él asiente y baja corriendo las escaleras.

Abro la puerta que lleva a la escalera de emergencia y entro.

—Oh, Penelope…, ¿dónde estás? —murmuro, mirando arriba y abajo por el hueco de la escalera. Todo está en silencio. Demasiado en silencio—. Sé que estás aquí… Es inútil que te escondas. —Me lamo los labios—. Voy a encontrarte y, cuando lo haga, más vale que pidas clemencia.

5 Penelope

¿Dylan acaba de decirme que… pida clemencia?

Joder, Kayla y Crystal tenían razón.

Estos tíos están enfermos.

Me estremezco en la esquina de la escalera, sudando a chorros.

Puede escuchar cada paso que doy. ¿Cómo me escapo? Podría subir o bajar para buscar una puerta, pero seguro que me oirá y, cuando lo haga, vendrá a por mí.

Me trago los nervios, intentando no hacer ningún ruido mientras me deslizo al borde de la barandilla para localizar a Dylan. Pero cuando lo hago, lo encuentro mirándome a través del pasamanos que hay un piso por encima del mío, agarrado al metal con una sonrisa retorcida en la cara. Es más, se inclina y lame la puta barandilla.

Se regodea:

—Te veo…

No espero ni un segundo.

Salgo por piernas, tropezando con un par de escalones mientras bajo corriendo.

Oigo sus pasos persiguiéndome, descendiendo a toda prisa por las mismas escaleras que yo, y el corazón me da un vuelco en el pecho solo de escucharlo.

Mierda, ¿por qué no he tenido más cuidado al husmear la conversación con su padre? Al menos debería haberme escondido mejor, pero es que estaba tan metida en lo que estaban hablando, tratando de descifrar a qué se refería el padre cuando ha hablado del desastre que montaron este verano, que me olvidé por completo de que me podían pillar.

—¡Más vale que corras todo lo rápido que puedas, Pen, porque si te cojo, ¡lo vas a pagar muy caro!

¡Joder, joder, joder!

Tengo que salir de aquí, y rápido.

Derrapo por el suelo y bajo corriendo las siguientes escaleras con Dylan pisándome los talones, prácticamente saltando los escalones.

Casi estoy abajo, donde están el resto de estudiantes, donde no pueda atraparme sin exponerse como un peligro para el resto del campus.

Salto el último conjunto de escalones y salgo huyendo por la puerta, pero en el momento que agarro el enorme tirador, se abre desde el otro lado.

Y no es otro sino el puto Felix Rivera el que se interpone en mi camino.

—¿Dónde vas, Pen?

Me atraviesa con sus ojos castaños, detrás de ellos se esconde una chispa de locura. Una promesa de lo que pasará si no escapo ahora.

El corazón me palpita en el pecho.

Doy un paso atrás, pero lo único que consigo es que nos quedemos encerrados cuando se acerca y la puerta se cierra detrás de él.

A mi espalda, Dylan continúa bajando las escaleras.

Todas las salidas están bloqueadas.

¿Qué hago?

Barajo las opciones mientras agarro mi mochila para buscar el par de tijeras que llevo conmigo. Pero Felix me la quita de inmediato.

—¡Déjame, hijo de puta! —le grito mientras me la arranca de las manos.

—Los cojones —replica.

Sin pensármelo dos veces, me abalanzo sobre él e intento darle un puñetazo por robarme mis cosas, pero no lo consigo. Con una mano es capaz de alejarme… agarrándome por la cabeza.

Por la puta cabeza.

Con una mano.

Que le follen.

—¡Que te follen! —le gruño.

—Cuánta intensidad en algo tan pequeño y frágil —dice, sonriendo como un capullo pirado. Enrosca los dedos en mi pelo y tira de él, levantándome solo por la cabeza—. Fácil de romper.

—¡Quítame las manos de encima! —Me sacudo, tratando de darle una patada, pero me mantiene a raya sin dificultad.

Los pasos de Dylan se aproximan por detrás.

—Ahí estás, ratita.

—¿Como que ratita? —jadeo—. ¡Que te follen! No he hecho nada malo.

—¿No? Estabas muy contenta husmeando la conversación con mi padre —dice Dylan con sarcasmo mientras se acerca por la espalda. Muevo los ojos hacia los lados todo lo que puedo, pero solo consigo verle la mitad de la cara porque Felix me mantiene agarrada por el pelo.

—¿Me has seguido? —pregunta.

Puede que lo haya hecho, pero no pienso reconocerlo.

Si lo hiciera, tal vez no saliera de esta con vida.

—Contéstale —gruñe Felix.

—Y si no, ¿qué? —me burlo. Miro a mi alrededor, intentando encontrar las cámaras por si alguien puede verme en apuros, pero no hay ninguna. Este debe ser uno de los pocos lugares del campus que no tiene seguridad. Qué suerte la mía.

—¡Suéltame, gilipollas! —Pataleo y tiro hasta que vuelvo a tocar el suelo con los pies.

Pero Felix se niega a soltarme, me agarra tan fuerte del pelo que se me llenan los ojos de lágrimas.

—¿Quieres que te suelte? —Felix enarca una ceja mientras me acerca aún más hasta que choco con la espalda contra su cuerpo duro y musculoso. Luego me dice con voz ronca al oído—: Gánatelo.

—Estabas escuchando a escondidas la conversación —dice Dylan—. ¿Qué has oído?

—Nada —contesto.

—Sí que lo has hecho —dice, y me pisa los dedos de los pies, apretando hacia abajo hasta hacerme rechinar los dientes del dolor—. Ahora dime… ¿Qué has oído?

—Solo algo sobre el verano —digo.

—Mmm. —Asiente con los ojos entrecerrados—. Un verano complicado, sin duda. —Levanta los dedos para tocarme la cara y agarra un mechón de pelo morado.

Lanzo un bocado en su dirección y le hago retroceder.

—Chica mala.

—Puedes comprobar lo mala que puedo llegar a ser si no me sueltas ahora mismo.

Dylan se ríe en mi cara.

Felix le lanza mi mochila a Dylan.

—Revísala. Mira si hay algo que pueda ser útil.

¿Útil?

¿Para qué?

Dylan la abre de un tirón y deja caer todo el contenido sobre el suelo de cemento antes de tirar la mochila a un lado. Luego se arrodilla y rebusca entre mis cosas. Una botella de agua, el móvil, bolis… y el diario de mi hermana.

—Venga, destruye mis cosas. Si lo que quieres es humillarme, ¿no? —gruño.

—No, Pen… —me susurra Felix al oído—. Si quisiéramos eso, te haríamos arrodillarte para lamer nuestras corridas del suelo.

Abro los ojos de golpe.

Hostia puta.

—Devuélveme mis cosas —gruño.

—Ven y las coges —me provoca, pero, cuando lo intento, el agarre de Felix me recuerda que para alejarme de él tendría que arrancarme el pelo de cuajo.

Joder.

¿Qué hago?

Dylan se agacha y busca entre el resto del montón que ha salido de mi mochila hasta que encuentra la única cosa que deseaba que no encontrase.

Le desaparece la sonrisa cuando levanta el diario con dos dedos.

El que me dio mi hermana.

El que está repleto de la información que necesito para encontrar al que la hizo saltar.

—¿Qué hay aquí? —musita Dylan.

No puedo dejar que se lo lleven.

Ni de puta coña.

Justo cuando se abre por las hojas donde se mencionan sus nombres, me retuerzo, con Felix apretándome todavía más el pelo, meto la mano para agarrar el bolígrafo que tengo en el bolsillo y se lo hundo en el brazo.

Felix

Aullando, suelto a la chica y me llevo la mano de inmediato hacia el bolígrafo que tengo incrustado en la carne.

Me ha apuñalado, joder.

Con un boli.

Se abalanza sobre Dylan y le arrebata el diario de las manos, aprovechando que se ha distraído con mi grito.

—¡Devuélvemelo, ratita! —gruñe Dylan mientras ella corre hacia mí.

El dolor es intenso, pero lo ignoro cuando arremeto contra ella.

Se aleja de un salto como la ratita que es y me da una patada en las pelotas. Gimo de dolor mientras abre la puerta y me da con ella en la cara, esquivándome cuando intento agarrarla por el top.

Luego sale corriendo por el pasillo hacia la multitud, fuera de nuestro alcance.

De vez en cuando, va mirando por encima del hombro para comprobar con nerviosismo si la estamos siguiendo.

Oh, sí.

Empieza el juego.

—Te ha apuñalado—dice Dylan mientras me saco el boli del brazo.

La sangre de la herida me mancha la camiseta, pero el dolor ya no me molesta.

Me limito a sonreír a la chica que huye de nosotros en este mismo instante mientras me llevo el boli a los labios y lamo mi maldita sangre.

Uno de estos días, será la suya la que lama.

6 Penelope

Camino rápido por los pasillos del enorme edificio, pasando entre los estudiantes que van de un lado para otro, y finjo estar bien. Me aprieto el diario contra el pecho, defendiendo ferozmente la única cosa que me dejó mi hermana que pueda darme siquiera una pista de lo que podría haberle ocurrido.

Algo que involucra a estos tipos. Algo que no quieren que sepa.

Espero que Dylan no haya visto su cara en esas páginas porque, si lo ha hecho, estoy segura de que lo siguiente que hará será ir a por este diario.

Vuelvo a mirar atrás para comprobar que siguen ahí, observándome, pero cuando miro por la ventanita de la puerta de emergencia, ya no hay nadie.

Ya no están.

Se han esfumado, como si nunca hubieran estado ahí, persiguiéndome y asustándome hasta que casi se me sale el corazón del pecho.

Corro hacia los baños más cercanos, me encierro en una de las cabinas y respiro hondo varias veces para calmarme.

Me siento mareada.

Tengo náuseas.

Acabo de apuñalar a un chico.

Y no a uno cualquiera… Al puto Felix Rivera.

Uno de los líderes de la Skull & Serpent Society, la fraternidad con peor reputación del campus, conocida por sus iniciaciones y reglas viles.

¿Vendrán a por mí ahora?

El pánico me inunda las venas, pero me lo sacudo y tiro de la cadena.

No voy a dejar que un boli sangriento arruine mis planes.

No va a denunciarlo.

Después de todo, podría acusarlos de acoso.

Pero no va a dejarlo pasar.

Trago saliva y me recompongo antes de salir del baño.

Espabila, Pen.

Todo esto es parte de su juego. Están intentando intimidarte porque te estás acercando demasiado. Lo que significa que vas por el camino correcto».

Salgo y me miro en el espejo, luego me reviso el pelo. Me faltan varios mechones. El muy cabrón me ha arrancado pelo de verdad intentando mantenerme sujeta.

Se me forma una sonrisa en la cara. Bueno, pues no ha ganado, eso seguro. Y si he tenido que perder varios mechones de pelo para demostrarle algo, que así sea, joder.

Abro el grifo y me echo agua en la cara, pero cuando levanto la cabeza, hay alguien mirándome a través del espejo.

Chillo antes de darme cuenta de que es Kayla.

—Tranquila, soy yo —me dice.

—Ay, por Dios —digo, con la mano contra el pecho intentando calmar mi corazón.

—Lo siento. Me he manchado de boli toda la maldita camiseta. —Abre el grifo que está a mi lado y mete la camiseta debajo—. En mitad de la clase, encima. —Cuando me mira, frunce el ceño—. Coño, ¿qué te ha pasado?

—¿Qué? —pregunto, perpleja.

Me señala el top negro.

—Tienes sangre.

Miro abajo y veo la mancha.

¿Cómo no la he visto en el espejo?

—Oh…

Kayla me fulmina una mirada.

—He sangrado por la nariz —miento, y me apresuro a coger un pañuelo y meterlo por uno de los orificios—. Me pasa a veces.

Mira por encima de mi hombro.

—¿Dónde tienes la mochila?

Me encojo de hombros.

—La he perdido.

—¿Qué? ¿Cómo? La llevabas cuando dijiste que necesitabas ir al baño.

Ay, es verdad. Les dije a ella y a sus amigos que tenía que ir al baño de urgencia para poder seguir a Dylan, se me había olvidado por completo.

—Oh, he debido de dejarla en algún sitio fuera mientras corría al baño. —Me río porque la verdad es que no sé qué contestarle.

Ella me mira con los ojos entrecerrados.

—¿Seguro que estás bien?

¿Por qué tengo la sensación de que me está ocultando algo?

—Sí, estoy bien —miento.

—Porque Crystal me ha dicho que te ha visto salir corriendo por la salida de emergencia —añade.

Vaya por Dios.

Sacudo la cabeza.

—No es nada.

Cuando intento salir, me agarra del brazo y dice:

—Espera. Yo solo quiero… que te sientas cómoda como para contarme la verdad. Quiero ser tu amiga.

Asiento, sonriendo.

—Claro que sí.

Me mira a los ojos, con los dedos todavía sujetándome el brazo.

—¿Han sido esos chicos?

Se me dilatan las pupilas y aparto el brazo de un tirón.

¿Cómo lo sabe?

—Sé que los has estado observando —dice—, ¿tienes algo que ver con ellos? ¿Por eso te has cambiado aquí? ¿Por los chicos de la Skull & Serpent Society?

Me alejo y abro la puerta del baño para marcharme.

—No es asunto tuyo.

—Por favor, Pen —dice—. Lo siento, no quería asustarte.

Me sigue hasta que salgo del edificio, y no sé cómo quitármela de encima sin ser una borde. Es la primera amiga que he hecho desde que he llegado aquí y no quiero arruinar las cosas, pero tampoco puedo contarle todo. Si lo hiciera, la pondría en peligro.

—Van a por ti, ¿no es así?

Sus palabras hacen que frene en seco en mitad del campus.

Me giro sobre la carretera de gravilla y la miro.

—Gracias por recibirme con los brazos abiertos. Estoy muy agradecida, de verdad. Pero es que… no puedo.

Suspiro y niego con la cabeza. Yo ya estoy metida en esto, pero no voy a arrastrarla conmigo a este agujero peligroso.

Las serpientes están al acecho, listas para engullirte vivo.

Tumbada en la cama, voy pasando por las hojas una a una, mirando todo lo que escribió mi hermana sobre sus compañeros. Sobre una chica con la que se peleó, Sadie; un chico llamado Peter al que detestaba porque la acosaba; Nathan, y otros compañeros de clase más. Pequeños recortes de los planes que hizo con ellos: fiestas, salidas, pelis, juegos, incluso simplemente de estudio. Lo dejó todo en este pequeño diario como una colección de recuerdos. Un vistazo al mundo del que una vez formó parte.

Un mundo en el que ahora me he infiltrado yo.

Giro la página y aparecen de repente dos caras que me resultan familiares.

Dylan y Alistair.

Ambos ocupan una página completa en su pequeño diario.

Sus nombres están rodeados con un círculo, y sus sonrisas maliciosas me ponen los pelos de punta. Me perturban.

La parte de la hoja en la que aparece el apellido de Dylan está arrancada.

Y sé que estaba ahí antes.

Se me empieza a acelerar el corazón del miedo.

¿Y si lo ha arrancado Dylan?

¡Joder!

Cierro el diario de un golpe mientras gruño de enfado. Debería haber prestado más atención cuando se lo quité, pero tenía demasiada prisa por escapar después de apuñalar a Felix.

Refunfuñando, vuelvo a abrir el diario. Aunque le falte una parte, estas páginas todavía guardan el secreto de la muerte prematura de mi hermana, y no puedo apartar la vista de él, ni siquiera por lo mucho que me cabrea que me hayan robado una parte.

La página siguiente a la de Dylan y Alistair es la que más me llama la atención. Felix Rivera. Su foto es la que más destaca entre las demás, es más grande que la del resto de sus amigos. Casi ocupa una página completa. Y tiene la cara rodeada, adornada con corazones, calaveras y serpientes. Pero el texto que hay debajo es lo que más miedo me da:

«No pares.

No mires atrás.

No caigas.

Corre.

303».

Las palabras se repiten una y otra vez como un mantra salpicando las páginas, con manchas de tinta por todas partes. Un mantra que se repetía a sí misma. Pero ¿por qué?

¿Y por qué me recuerda al día en que saltó?

La imagen de ella precipitándose hasta su muerte por el acantilado mientras yo corría para agarrarla de la mano me invade la mente de repente, y empujo el diario y me inclino hacia delante, tragándome la bilis.

Estas palabras…

Su muerte tiene un culpable. Sé que alguien la empujó a hacerlo.

Simplemente tengo que averiguar quién y por qué.

De repente, la puerta se abre y Kayla entra sin decir ni una palabra, luego tira la mochila encima de su cama. Rápidamente, agarro el diario y me lo llevo cerca del corazón, con miedo de que pueda ver lo que hay dentro.

Se sienta enfrente del espejo y empieza a desmaquillarse con discos de algodón. La piel negra de debajo está impoluta y perfecta, no como la mía.

Me recuerda a mi hermana.

Amable. Honesta. Maravillosa en todos los sentidos.

Y me escuece en el pecho darme cuenta de que ya no sé cómo lidiar con eso.

—Perdóname —le digo—. Por lo de hoy.

Me mira a través del espejo.

—No quería comportarme como una imbécil.

—Nadie quiere —me responde sonriendo—. A veces simplemente lo somos.

Asiento y desvío la mirada, sintiendo que ya no soy capaz de conectar con la gente. No desde que…

—Oye —su voz hace que levante la vista—, no pasa nada. —Se acerca a mí y se sienta a mi lado en la cama—. Te pasa algo, ¿verdad?

Oh, Dios.

Empiezo a llorar, pero reprimo la mayoría de las lágrimas y solo dejo que una ruede por mi mejilla. Kayla no tiene por qué ver esto, y mi hermana se merece algo más que unas lágrimas.

—Ay, no —murmura mientras me acerca a ella para que me apoye en su hombro—. Llora si lo necesitas.

—Ya he derramado suficientes lágrimas —le digo, sintiendo cómo la rabia se enreda y retuerce en mi corazón.

—Si quieres hablar de ello, aquí estoy —responde—. Aquí estaré hasta que te sientas preparada.

Me inclino y la miro.

—¿Por qué eres tan buena conmigo?

Se encoge de hombros.

—Todo el mundo se merece un poco de amabilidad. ¿Qué te parece si vamos a por algo de comida para llevar? —Me rodea con un brazo y me agita un poco—. Así te despejas.

Mi estómago gruñe al instante, lo que nos hace reír a las dos.

—Me encantaría. —Guardo el diario debajo de mi almohada.

—Vamos —me dice con una sonrisa mientras ensarta el brazo en el mío—. Conozco el lugar perfecto a la vuelta de la esquina.

7 Alistair

Le envuelvo el brazo con las vendas y las amarro con un nudo.

—Por Dios, ¿quieres darte prisa? —brama Felix.

Lo miro fijamente.

—Puedes ir a enfermería. O hacértelo tú mismo, si lo prefieres.

Abre las aletas de la nariz y mira por la ventana hacia los lujosos jardines. La casa de la Skull & Serpent Society tiene las mejores vistas de los terrenos perfectamente cuidados de la Universidad Spine Ridge. Es lo que tiene que tus padres donen dinero a espuertas.

—Pues vale —dice Felix al cabo de un rato—. Solo estoy ansioso.

—¿Por la chica que has mencionado? —le miro mientras le coloco el esparadrapo.

—No estabas allí. Deberías haber visto la cara que puso después de apuñalarme —explica Felix.

—¿Qué pasa? ¿Te ha recordado a lo que ves en el espejo? —escupe con indiferencia Dylan mientras se reclina en la jamba de la puerta con los brazos cruzados.

Felix lo fulmina con la mirada.

—¿Te parece gracioso?

Él resopla.

—No, pero eso de que te apuñalen… es algo nuevo.

—Así que es peleona —respondo—. Ya sé que te va ese rollo.

—Oh, es más que eso. —Dylan camina hacia uno de los grandes sillones rojos que hay en mitad de la sala de juegos de la Sociedad y se deja caer sobre él—. Es la hermana de Eve.

Abro mucho los ojos.

Mierda.

Sabía que me sonaba de algo. Era la chica que estaba en el funeral de Eve.

—¿Por qué crees que se me ha ido la olla cuando me la he encontrado fisgoneando la conversación con mi padre? —Dylan se inclina hacia delante para avivar las llamas de la chimenea con un atizador—. No puede ser casualidad que esté aquí.

—No —gruñe Felix apretando el brazo del sillón—. Tiene un objetivo.

Me levanto y guardo la caja, y luego me centro en él.

—Deja de apretar los músculos, se tienen que curar.

—Haré lo que me salga de los cojones —me responde con un gruñido.

Me encojo de hombros.

—Pues vale, ábrete la herida que acabo de coserte.

—Otra vez no, por favor —suspira Dylan—. Ya tenemos suficientes cosas encima.

Felix se levanta y da vueltas por la sala.

—Penelope…

—¿Así se llama? —Sonrío—. Genial.

Felix aprieta los dientes.

—No. Nada de «genial». Necesitamos que se vaya antes de que empiece a meter las narices donde no la llaman.

Dylan se reclina en el asiento, jugueteando con el atizador.

—Muy bien, ¿qué propones?

Felix estrella el puño contra su propia mano.

—Encargarnos de ella.

Sacudo la cabeza.

—¿Otro cuerpo? Seguro que a nuestros viejos les hará muchísima gracia.

—¿Se te ocurre algo mejor? —Felix me lanza una pulla, mientras me fulmina con la mirada desde el otro lado de la habitación.

Me encojo de hombros.

—¿Por qué no la dejamos y ya está? ¿Qué es lo que va a hacer?

—Apuñalarme —replica Felix.

—La acorralaste —le digo.

—Lo ha espiado. —Felix señala a Dylan—. Se merece un castigo.

—Parece que ese fue bien —respondo.

Se le crispan los ojos como siempre que está a punto de liarse a golpes. Se acerca furioso hacia mí, pero Dylan coloca el atizador entre los dos.

—Recordad la primera norma. Nada de peleas en la casa de la Sociedad. Salíos fuera si queréis daros de hostias. —Acaricia el asiento de cuero—. Esto es demasiado caro como para llevarse un arañazo.

—No me hables de las putas normas—masculla Felix—. Yo mismo las creé.

—¿No eras tú el mismo que decía que se aplicaban a todo el mundo? —Arqueo una ceja.

Ahora está que arde de la rabia, pero no me importa.

No está enfadado conmigo, pero fijo que le encantaría desquitarse.

—Chicos. Vamos a centrarnos en lo verdaderamente importante aquí. La chica. —Dylan nos mira a ambos hasta que por fin Felix se dirige al frigorífico. Saca dos latas de cerveza, se las bebe de un trago sin inmutarse y luego las pisotea.

—Tengo algo que te puede gustar —dice Dylan. Con una sonrisa engreída en el rostro, se saca un trozo de papel del bolsillo—. He arrancado esto de la mierda del diario ese que tiene.

Felix se acerca a él a toda prisa y se lo quita de las manos de un tirón.

—Pero si es tu nombre. —Levanta la mirada, furibundo—. Ha estado escribiendo sobre nosotros.

—Curioso —murmuro.

Me pregunto si ya habrá escrito sobre mí, aunque no hayamos hablado todavía.

Ha debido de verme por ahí.

Felix le lanza el papel de vuelta a Dylan.

—Quiero saber qué más dice ese puto diario.

—Espera… ¿Estás pensando lo mismo que yo? —murmura Dylan.

Los ojos de Felix se llenan de violencia.

—Vamos a divertirnos.

Dylan se levanta del sillón de un salto, la emoción en su rostro me la pone dura, listo para la acción.

—Sí, señor, eso quería oír.

Penelope

Sin duda necesitaba un sándwich calentito de pollo teriyaki. Madre mía, Kayla conoce los mejores sitios. Esto está tan bueno que me hace gemir de verdad. Delicioso.

—Está rico, ¿eh? —Se ríe y le da un bocado a su sándwich a la parrilla—. Este es el favorito de Crystal.

—No me extraña —repito con una risita, y le doy otro bocado.

Me encantaba pedir para llevar con mi hermana, pero, desde que murió, no he vuelto a hacerlo. Así que voy a comerme esto con una sonrisa. Es lo que ella querría.

Damos un paseo por los alrededores del campus, donde las puertas están cubiertas de rosas espinosas, una flor que combina perfectamente con el nombre de la universidad. En el exterior hay una vista impresionante de Crescent Vale City que se extiende bajo la montaña, y a la derecha está el bosque Priory, del que guardo el peor recuerdo de mi vida.

Doy otro bocado y desvío la mirada rápidamente mientras volvemos a la casa de la hermandad. Con las luces tenues de la noche, el campus parece acogedor, al contrario que su nombre.

—Bueno, ¿qué hay del diario que escondes bajo la almohada? —pregunta Kayla.

Me trago el sándwich, sorprendida por la pregunta repentina.

—Ahh… Es un diario, sin más. —Sonrío, incómoda, pero no sé si se lo creerá.

—Oh, Crystal también tiene uno —responde—. A veces se lo robo y le escribo alguna barbaridad para que se las encuentre luego —dice con una risita.

—Ya, yo no comparto el mío con nadie —digo de camino al edificio Alpha Psi.

Ella se detiene.

—Está bien. En plan, no pensaba robarte el tuyo. —Me coloca una mano en el brazo—. Tus secretos están a salvo.

Uf.

No me gustaría que ninguna de mis nuevas amigas fisgonease las mierdas que escribió Eve sobre sus compañeros. Aunque ahora Eve estaría en segundo, estoy segura de que Kayla y Crystal se juntan con algunos de los antiguos compañeros de clase de Eve.

—Espera, deja que haga una foto. —Kayla saca su móvil y se inclina—. Sonríe.

Sonrío tan amplio como puedo, poniendo todo mi empeño en aparentar. Después de sacarla, la sube a Instagram.

De repente, frena en seco frente al vestíbulo de la hermandad.

—Oye, ¿esa no es nuestra ventana?

Levanto la vista hacia donde está mirando. Claramente la ventana está abierta, las cortinas se mecen con la suave brisa nocturna.

Estaba cerrada cuando salimos.

—¿Es posible que la haya abierto alguna de las chicas? —murmura Kayla.

No espero ni un segundo más antes de entrar corriendo, dejo el sándwich en el aparador y subo a toda prisa las escaleras y atravieso los pasillos hasta llegar al final, donde está nuestra habitación. Pero, cuando la abro, me quedo helada en el umbral, completamente en shock.

Todo está en ruinas.

La estantería está dada la vuelta, los libros y el resto de cosas están esparcidos por el suelo. Las mesas y las sillas están del revés, todos los armarios están destrozados, y lo que había dentro de ellos, hecho trizas, desparramado por todas partes, todas nuestras almohadas y sábanas están por el suelo… y mi diario ha desaparecido.

Ay, Dios.

—¿Qué ha pasado? —pregunta una chica al otro lado del pasillo mientras echa un vistazo por encima de mi hombro.

—Oh, Dios mío —dice otra—. ¡Venid a ver esto!

Más chicas salen de sus habitaciones para observar el caos de nuestra habitación.

Un caos que no hemos provocado nosotras.

Kayla sube las escaleras corriendo detrás de mí y pasa empujando a la multitud hasta que llega a mí. Suelta un grito ahogado cuando mira por encima de mi hombro.

—Pen, ¿qué ha pasado? —Entra para recoger algunos libros mientras que recojo lo que queda de mi cama.

Rebusco debajo de la almohada y debajo de la ropa de cama, pero el diario no está en ninguna parte.

No es que haya desaparecido.

Me lo han robado.

Aprieto la mandíbula mientras se me dilatan las fosas nasales.

—Han sido ellos —digo, mirando a Kayla por encima del hombro mientras las demás chicas de la hermandad nos observan con gran interés.

Kayla frunce el ceño, confundida.

—Quieres decir la…

—La Skull & Serpent Society.

Las otras chicas ahogan un grito al unísono.

—Así que tenía razón… —murmura Kayla, aferrándose a los libros que han sobrevivido—. Van a por ti.

Aprieto los puños.

—Sí, pero han escogido al objetivo equivocado.

Han traído violencia a mi sitio seguro y me han robado algo que me pertenecía y que nadie tiene permitido ver.

¿Creen que esto es un puto juego?

Pues que se preparen.

8 Felix

Rebusco en el diario, las páginas penden del pegamento. Apenas se mantiene unido después de que asaltáramos la dichosa habitación, pero al menos conseguimos lo que buscábamos.

—Tío, qué mal olía la hermandad Alpha Psi. —Alistair agita una mano enfrente de su cara—. Tanto perfume asfixia a cualquiera.

—No me extraña que nunca vayamos a sus fiestas —bromea Dylan mientras se deja caer sobre el sillón.

Me llevo un dedo a los labios para mandarlos a callar. No les hace gracia, pero me da igual. Tenemos asuntos más urgentes que las fiestas de una estúpida hermandad.

Sostengo la hoja en la que aparece mi cara adornada con corazones y calaveras; solo de mirarla me dan ganas de arrancarme los ojos.

—Guau —dice Alistair entre risas—. Está obsesionada contigo. Incluso te ha dibujado corazones.

Ni de puta coña.

Paso las páginas hacia atrás hasta donde hay dos completamente dedicadas a ellos.

—Con nosotros —digo.

—Oh… —responde Alistair.

También ha dibujado corazones alrededor de sus caras, así que no solo está pillada por mí.

O estaba. Antes de asestarme una puta puñalada.

—¿Y qué más da? —Dylan se encoge de hombros—. Hay muchas chicas obsesionadas con nosotros. Viene en el pack de ser un niño rico y mujeriego.

No entienden la importancia de esto.

Me inclino sobre la silla.

—Importa porque es la puta hermana. —Paso todas las páginas delante de ellos—. Y nos ha puesto a parir en este cuaderno.

—¿A parir? ¿Dónde? —Dylan resopla.

Señalo una de las fotos en la que salimos los tres. Tenemos las caras pintarrajeadas.

—Hay más acusaciones por todo el diario.

Dylan se inclina hacia delante, muy interesado de repente.

—Mierda. ¿Quieres decir en plan… insinuando algo?

—¿A qué cojones crees que me estoy refiriendo si no, Dylan? —gruño.

—Hostia puta —dice Alistair.

—Exacto —respondo, y lanzo el diario sobre la mesa, delante de ellos—. Tenemos que vigilarla.

—Hay que averiguar qué sabe exactamente —dice Dylan.

Alistair agarra el diario y pasa entre las hojas.

—¿Su hermana le contó todo esto?

—¿Tengo pinta de saberlo? —respondo con rudeza.

—Vale, tranquilo, en plan, podría ser peor, ¿no? —dice Alistair.

Clavo los dedos en el sillón.

—¿Cómo?

—No ha ido a la policía —dice Dylan.

—Todavía —añade Alistair.

—No lo hará —gruño, frotándome la barbilla—. No voy a permitírselo. —Cierro la mano en un puño y golpeo el asiento—. No me importa lo que cueste. No puede decirle ni una puta palabra a nadie de lo que cojones sepa. —Fijo los ojos en Dylan—. Que no salga nada de esta habitación. Nada.

Asiente.

—Conozco las normas.

—Si las cosas se ponen feas… —murmuro.

—No va a pasar —dice Alistair.

—¿Estás seguro de eso, Ali? —me quejo mientras me miro la herida y flexiono los músculos—. Porque esta parece incluso más violenta que la otra.

De repente, la puerta de nuestro estudio privado se abre de golpe, y estoy a punto de perder los papeles.

—¿Qué cojones haces, Jason? Te he dicho que llames antes de…

—Hay una chica en la puerta principal —me dice.

—¿Y qué? —Dylan frunce el ceño—. Todavía no ha empezado el Viernes Vicioso, dile que vuelva luego.

—Dice que la estabais esperando. Se llama Penelope.

Abro los ojos de golpe y casi parto la madera del brazo de mi asiento.

Bueno… Ya ha estado en su habitación.

Esperaba que estuviera allí cuando entramos por la ventana y así forzarla a que se rindiera, pero esto… es aún mejor.

Ahora tendrá que suplicar.

—Déjala pasar —digo rechinando los dientes.

Jason asiente y vuelve a cerrar la puerta.

—¿Estás seguro de que es una buena idea? —Dylan susurra, casi gritando.

—Eso; porque, si es lo que creo, ha venido a por el diario —añade Alistair.

Ladeo la cabeza y respondo:

—Bien. Quiero ver lo enfadada que puede llegar a estar. —Me paso la lengua por los dientes y espero hasta que Jason regresa con la chica.

Penelope, Penelope… ¿dónde te estás metiendo?

Estás a punto de comprobar lo feas que pueden ponerse las cosas.

Tocan a la puerta, y Alistair se apresura a agarrar el cuaderno y se lo guarda debajo de la camiseta.

—Adelante —digo, mordiéndome el labio cuando la puerta se abre lentamente y, detrás de ella, aparece una chica vestida con un pequeño top negro y una falda a cuadros. Lleva la misma ropa que hace un rato, cuando decidió atravesarme la piel con un boli.

Oscura. Tentadora. Atrevida.

Fácil de romper.

Igual que su puta cara cuando acabe con ella.

9 Penelope

Ahí están.

Los tres chicos de la Skull & Serpent Society, totalmente trastornados.

Los que controlan este lugar.

Y están sentados en sus lujosos sillones de terciopelo rojo, mirándome con desdén, como si fueran putos dioses en la Tierra.

Felix se enciende un cigarro y expulsa el humo en mi dirección, luego se lo pasa a Dylan, quien también le da una larga calada.

—Entonces… Penelope… ¿Crees que te estábamos esperando? —pregunta Felix, separando sus musculosas piernas porque apenas cabe en el asiento.

La puerta se cierra detrás de mí, y soy terriblemente consciente del sonido que hace.

Especialmente cuando la cierran con llave.

Mierda.

Sabía que venir aquí sería peligroso, pero no esperaba que el gilipollas de Jason me encerrase bajo llave.

Ya no hay vuelta atrás.

—Sé que habéis entrado en mi habitación —digo.

Mejor poner las cartas sobre la mesa ya.

—¿En serio? —Con una sonrisa ladina, Dylan se recuesta y me mira de arriba a abajo—. ¿Qué pruebas tienes?

—Dadme mi puto diario —digo con los dientes apretados.

—¿Qué diario? —murmura Alistair, que se sienta en una postura extraña, como si escondiera algo.

Sé que lo tienen. Sé que han sido ellos. Lo saben, pero lo que más me cabrea es que me lo nieguen en la cara.

—No estoy para jueguitos —digo.

—Yo sí —dice Felix, y le coge el cigarro a Dylan para darle otra profunda calada; luego lo expulsa todo de una vez hasta que la habitación queda casi cubierta de humo.

Aguanto las ganas de toser.

—Sé que me lo habéis robado, joder —digo acercándome para demostrarles que no les tengo miedo.

Felix me mira desde su asiento, con los ojos todavía entrecerrados, tan fríos como el hielo.

—¿Y qué pasa si lo hicimos? ¿Qué vas a hacer?

Se le oscurece la mirada, y la mía también mientras agarro con más fuerza la navaja que llevo en el bolsillo.

No he venido aquí sin algo con lo que protegerme.

Sobre todo, después de nuestro último encuentro.

—¿Por qué lo habéis cogido? —pregunto mientras me acerco cada vez más.

Pero no me responden. Lo único que hacen es sonreír con suficiencia y fulminarme con la mirada.

Ese diario… lo es todo para mí. Necesito recuperarlo. Y me he cansado de esperar a que alguno admita la verdad.

Me saco la navaja del bolsillo y apunto a Felix.

—Dámelo. Ahora.

Por primera vez, se le forma una sonrisa de verdad en los labios antes de desvanecerse como si nunca hubiera estado ahí. Breve, pero una sonrisa, al fin y al cabo.

—¿Qué me vas a hacer? ¿Rajarme? ¿Apuñalarme como hiciste en aquel pasillo? —Se inclina hacia delante, cada vez más cerca, coloca la cara a meros centímetros de la punta de la hoja—. Adelante. Te reto a que lo hagas.

¿Está pirado el imbécil este?

Tengo la navaja bien sujeta en la palma de la mano, pero no me muevo ni un centímetro, porque sé que las cicatrices que puedo dejarle serán permanentes. Además de complicarme mucho el salir de aquí.

—Venga… solo la puntita —murmura, se inclina hacia delante hasta que la punta atraviesa la apertura de su boca, la abre y desliza la lengua hasta enroscarla alrededor de la hoja como solo lo haría una serpiente.

Retiro la navaja.

No conseguiré lo que quiero si le apuñalo.

Los otros dos se ríen.

—Una pena —murmura Felix, y vuelve a reclinarse en el asiento.

Me está provocando, pero no voy a caer en su trampa.

—No, los penosos sois vosotros por robarme lo que es mío —digo.

—Parece importante para ti —dice Dylan, y le da otra calada al cigarro de Felix.

—¿Qué hay dentro? —pregunta Alistair—. ¿Secretos?

—Nada que os incumba —gruño.

—En realidad, sí. —Felix enrosca los dedos y clava las uñas en el cuero—. Te has presentado en nuestra casa solo para recuperarlo. —Me lanza una mirada arrogante—. Quiero saber por qué.

—Como si fuera a decírtelo —replico.

—Lo harás si lo quieres de vuelta.

Lo pillé.

—¿Así que admites haberlo robado?

Levanta las cejas.

—Depende.

—¿De qué?

—De tus respuestas.

Se me abren las fosas nasales.

—¿Lo has escrito tú? —pregunta Alistair de repente.

Cuando me limito a mirarle fijamente, Felix dice:

—Respóndele.

Me está poniendo a prueba. Pero puedo seguirle el juego.

—No.

Dylan entrecierra los ojos.

—Entonces, ¿quién?

—Mi hermana.

Felix retuerce los dedos.

—Di su nombre.

—Eve. —Ladeo la cabeza—. Pero eso ya lo sabíais, ¿no es así? —Me apoyo sobre las rodillas para mirarlo a los ojos—: Porque ella os dijo mi nombre.

En sus labios vuelve a dibujarse una sonrisa sucia, pero se va tan pronto ha venido.

—Ya me cae bien —musita Dylan.

—Cállate —le corta Felix, y los otros dos desvían la mirada de inmediato.

Así que es el que manda.

—¿Que te caigo bien? Yo no perseguiría por las escaleras a alguien que «me cae bien» —le recrimino.

—Nosotros sí —contesta Dylan, lamiéndose los labios.

Un escalofrío me recorre toda la espalda.

—Decidme qué hacíais los tres en el funeral. —Las probabilidades son escasas, pero tengo que intentarlo.

—¿Por qué tendríamos que darte explicaciones? —contesta Dylan.

—Todos sus amigos estaban allí —añade Alistair.

—Eso, sus amigos —digo.

Felix entrecierra los ojos.

—¿Estás queriendo decir algo?

Sí, pero no voy a decirlo en voz alta. No cuando todavía necesito algo de ellos.

—Dadme el puto diario y ya está. No os sirve de nada —digo apretando los dientes.

—Así que es importante para ti —murmura Felix—. ¿Cómo de importante?

—Era mi hermana. No quería que nadie lo leyera. Excepto yo —digo, con la navaja todavía en la mano, agarrada con firmeza.

Arquea una ceja.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo sé y punto —digo, harta de sus juegos—. Ahora, dadme el diario.

Ladea la cabeza.

—Entonces, demuéstrame lo que estás dispuesta a hacer.

Frunzo el ceño.

—¿Qué? ¿Por qué? Es mío.

Con gesto serio, dice:

—Ponte de rodillas.

¿Lo dice en serio?

Aprieto los dedos alrededor de la navaja.

—No. Ni de puta coña.

¿Qué le hace creer que estaría dispuesta a hacerlo? No tengo ni puta idea de lo que planea, y sé de lo que son capaces estos chicos. No debe ser nada bueno.

—Entonces supongo que puedes despedirte del diario —rumia Dylan desde su asiento y deja el cigarro en el cenicero.

—Lo necesito —gruño—. No estoy de broma.

—Yo tampoco —contesta Felix, mirando el cuchillo—. La cuestión es… ¿Qué estás dispuesta a hacer para recuperarlo?

Rechino los dientes de la frustración, planteándome apuñalarlo otra vez. Pero son tres contra una, y no me dejarían marcharme sin devolvérmela.

—Date la vuelta —se mofa Felix—. Déjame ver lo que hay debajo de esa falda.

—Cerdos —digo por lo bajo.

Dylan se ríe.

—Gracias por el cumplido.

Está claro que lo ven como algo bueno.

Los ojos le brillan.

—Todavía no has visto de lo que somos capaces.

—Ahora date la vuelta o no vuelves a ver ese puto diario —dice Felix, mirándome embelesado, con unos ojos que gritan dominancia.

Quiere doblegarme.

Que me someta.

Y si quiero que me devuelva el diario, no tengo otra opción.

Joder.

Con un fuerte suspiro, me doy la vuelta despacio, intentando que la falda no se suba demasiado, pero aun así alcanzo a ver sus miradas traviesas y satisfechas, y me ponen de mala leche.

De repente, Felix se levanta y enrosca la mano alrededor de mi muñeca en el momento en el que termino de darme la vuelta. Su agarre es firme, incluso doloroso, y lucho por zafarme con un tirón.

Lo tengo cara a cara, y me cuesta respirar.

—Suéltame —gruño, intentando mantener la calma.

La violencia titila en sus ojos.

—Me parece a mí que no.

Me gira la muñeca tan fuerte que pierdo el agarre del cuchillo y se me cae… justo en su mano.

Antes de que pueda siquiera reaccionar, ya se lo ha tirado a Dylan, quien lo atrapa sin esfuerzo. Le da vueltas en la mano, para demostrarme que ya no tengo el control.

Lo tienen ellos.

El pánico me invade todo el cuerpo, pero me trago los nervios.

La mano libre de Felix se cierra sobre mi hombro.

—De hecho, creo que va siendo hora de que te pongas de rodillas. —Me agarra de la muñeca y me obliga a agacharme hasta que su fuerza me derrumba en el suelo. Me cuesta reaccionar bajo el peso de su mirada oscura. Esos ojos entornados y letales bastarían para dejar a cualquiera clavado en el sitio.

Me suelta la muñeca para agarrarme la cara y apretarme las mejillas.

—Esta cara preciosa se merece que la destrocen. —Desliza los dedos hasta mi barbilla y me la empuja hacia abajo, metiéndome el pulgar a la fuerza en la boca—. ¿Quieres recuperar ese puto diario?

Cuando intento hablar, me manda a callar.

—Solo asiente.

Joder. Cuánto lo odio. Pero aun así asiento porque no puedo decir ni una palabra sin que me dé una arcada con sus dedos bajando lentamente por mi lengua.

—Entonces sé una buena zorrita y atragántate para mí —gruñe, metiendo los dedos completamente dentro hasta que choco con los dientes contra sus nudillos.

Se me acumulan las lágrimas en los ojos y toso, intentando aguantar las ganas de vomitar.

—Eso es. Esa es la cara de zorrita que estoy buscando —murmura Felix, y se inclina para escupirme en la cara.

Dylan y Alistair se ríen.

—A por ella.

Cuando Felix me saca los dedos de la garganta, me provoca una arcada y musito:

—Que te follen.

—Con gusto —responde Felix. Se baja la cremallera lentamente—. Pero primero vas a enseñarme cuánto puede aguantar esa garganta.

Abro los ojos de par en par. ¿En serio va a hacerme esto?

Joder.

Quiero gritar, pero no serviría de nada.

Estoy en su guarida, y aquí nadie puede ayudarme.

Y si no hago lo que quiere, no volveré a ver ese diario.

No tengo elección.

Haciendo una mueca, le miro fijamente mientras él me baja la barbilla para que mis ojos le sigan. Sus abdominales se tensan a través de la camisa mientras se saca la polla por el agujero de la cremallera. Está dura. Curvada. Y es enorme. Mucho más grande que la de cualquiera de mis anteriores amantes.

Pero eso no es lo que me hace ahogar un grito.

Es la cantidad de piercings que tiene.

Lleva al menos cuatro: un ampallang que cruza el glande y un anillo más abajo en el frenillo, un barbell que atraviesa el tronco y otro anillo que le perfora el pubis. Madre mía.

—¿Te gustan mis joyas? —Me empuja la barbilla hacia abajo hasta que abro los labios—. Te gustarán aún más cuando se deslicen por tu lengua.

—Estás hecho polvo —le digo.

—No tienes ni idea de cuánto —replica—. Ahora abre esos labios preciosos, Pen, y veamos cómo de hecha polvo puedo dejarte a ti también.

Antes de que pueda decir una palabra, ya me la ha metido en la boca. El pinchazo frío de sus barras me golpea el paladar y casi me provoca una arcada, pero él sigue embistiéndome, ignorando todas las toses y jadeos que hago a medida que me penetra más y más.

—Eso es. Muéstrame lo guarra que puedes llegar a ser —gruñe—. Chúpame la polla como una buena zorra.

Le envuelvo el tronco con la lengua.

Y luego muerdo.

Él gruñe, pero no la saca.

Ni siquiera cuando el sabor metálico de la sangre se asienta en mi boca.

—¿Crees que un poco de sangre va a hacer que pare?

¡ZAS!

Me escuecen las mejillas por el calor de la bofetada.

—¿Te ha mordido? —pregunta Dylan, y menea el dedo—. Ali. Échalo al fuego.

Alistair se levanta de un salto del asiento y se le cae el diario de la camiseta.

Abro los ojos de par en par cuando corre hacia la chimenea del fondo y lo sostiene frente a las llamas.

¡No!

Felix me agarra de la barbilla y me obliga a mirarle.

—¿Vas a comportarte ya? —gruñe.

Asiento con la cabeza, pero es un gesto reacio, cargado de rebeldía.

Alistair se aparta lentamente, aunque sigue lo bastante cerca del fuego como para tirarlo si no hago exactamente lo que me dice.

Mierda.

Me he metido en un buen lío.

Felix me empuja las mejillas con los dedos y me obliga a rodearle el miembro con los labios.

—Ahora tu lengua me pertenece. Y voy a follármela como me plazca.

Me penetra sin previo aviso. Me cuesta hasta respirar.

Me sujeta la cara y no puedo moverme ni hablar mientras me penetra la boca una y otra vez. Sus barras rechinan contra mis dientes y me arañan la garganta.

Se me llenan los ojos de lágrimas, no por la rabia, sino por cómo se hunde en mi interior y me provoca arcadas.

Pero lo peor de todo es que noto cómo se me van mojando las bragas.

Joder. Esto no debería estar pasando.

Ignoro el deseo que se va acumulando en mi cuerpo y me centro en el momento, tratando de acabar con esto sin perder la cordura.

Pero es difícil, muy difícil, con esos ojos retorcidos y entornados mirándome fríamente dentro del alma con una crueldad despiadada.

Se separa, solo para introducirse de nuevo hasta la base.

Brutal.

—Trágatela como una buena puta, Pen —gruñe.

Su longitud sube y baja por mi garganta, haciéndome plenamente consciente de cada segundo que pasa.

Porque no. Puedo. Respirar. Joder.

Vuelve a sacarla y tomo aire, preocupada por no tener oxígeno la próxima vez que lo haga.

—Saca la lengua —dice.

Ojalá pudiera decir que no.

Pero este diario… es más importante que mi propio cuerpo.

Cuando lo hago, vuelve a penetrarme sin remordimientos, me folla la boca mientras me tiene sujeta.

—Voy a llenarte la lengua de semen, y vas a tragártelo todo —gruñe.

Cuando sacudo la cabeza, me agarra el pelo en un puño y se entierra hasta el fondo.

—No puedes negarte, Pen. Este es el trato. ¿Quieres el diario? Vas a tragarte mi puta corrida para conseguirlo. Ahora, chupa.

Me cuesta sacar la lengua sin que me dé una arcada, pero aguanto.

—Puedes tragártela más profundo. Ya lo has hecho antes. Puedo sentirlo. —Me vuelve a dar una bofetada—. Te gusta duro, ¿verdad?

No voy a caer en sus burlas.

Sabe para qué he venido.

Está tratando de volverme loca.

—Entonces atragántate con ella —dice, y embiste tan rápido que me provoca otra arcada.

Con un gruñido, se entierra hasta meterme todas sus barras y anillos en la boca, y me llena con una explosión de semen.

Madre mía.

Es cálido y salado, y no puedo mantenerlo todo dentro.

Cuando sale, me arrodillo y lo echo todo sobre el suelo de madera.

Pero todavía noto su sabor.

Y noto cómo me palpita el coño.

Mierda.

—Mal, Penelope. —Felix me agarra del pelo y me tira al suelo—. Te he dicho que te tragaras mi corrida. Ahora la lames. —Me arrastra la cara hasta que saco la lengua y vuelvo a saborearlo.

Me cago en la puta.

Esto es lo más demencial y degradante que he hecho nunca.

Y los otros ahí, sonriendo con crueldad mientras lo observan, como si estuvieran disfrutando del espectáculo.

Que les jodan a ellos y a las putas caras que ponen.

—Límpialo —gruñe—. Estos suelos son caros de cojones.

—Ya tienes lo que querías —dice Alistair de repente—. ¿Terminamos con esto?

—¡Yo decido cuándo se acaba! —le grita Felix, haciendo que agarre el diario más fuerte.

Luego Felix me coloca la bota en la espalda y me obliga a tumbarme en el suelo.

—Y no estoy ni cerca de acabar con la chica que me ha hecho sangrar.

—Voy a hacer que sangres aún más por haberme hecho esto —le escupo.

Le tiembla el ojo y se inclina, me agarra del pelo para que le mire.

—Me encantaría verte intentarlo, rata.

—No me llames así, joder —digo, echando humo.

—Oh, entonces, ¿qué te parece «zorra»? —Me empuja hacia el charco de semen y se vuelve a guardar la polla en los pantalones—. Se acabó. Deja que la puta esta se vaya.

¿Qué? Sin mi diario, no. Y menos después de lo que me ha hecho hacer para recuperarlo.

—Oh…. y yo que estaba deseando que fuera mi turno —musita Dylan y agita el cuchillo como si fuera un juguete.

Como si planeara usarlo conmigo.

Me estremezco.

Alistair le tiende el diario de mi hermana a Felix.

—¿Qué hay del cuaderno? Una promesa es una promesa.

Felix refunfuña:

—Está bien.

Se lo quita a Alistair de las manos y me lo tira a la cara; las páginas se deslizan sobre el mismo semen que acaba de echar en lo más profundo de mi garganta.

Me apresuro a quitarlo del suelo mientras me levanto, pero algunas páginas del libro están completamente empapadas. Me cago en la puta.

—Que te diviertas con el diario de tu hermana —dice Dylan.

Cuando me incorporo, me aprieto el diario contra el pecho, el pelo pringoso se me pega a la camiseta y tengo media cara cubierta de semen.

Y encima empiezan a reírse.

—Vas a pagar por esto —le gruño a Felix.

No parece inmutarse en absoluto. Frío. Despreocupado. Excepto por ese brillo en sus ojos.

—Ya sabes dónde encontrarme si quieres cumplir esa promesa.

Me doy la vuelta y cruzo la puerta corriendo, ignorando todas las miradas y gritos del resto de chicos que viven en la casa, cuyos ojos casi se les salen de las órbitas por la cantidad de semen que llevo en la cara.

Pero mantendré la cabeza bien alta.

Aunque sé que no puedo huir de ellos…

Van a destrozarme.

—Estoy deseando verte de nuevo… —grita Felix a mi espalda—. La próxima vez, te voy a hacer suplicar.

10 Felix

Le chasqueo los dedos a una de las sirvientas de las que contrató mi padre que se encuentra limpiando los pasillos.

—Limpia eso —le digo, señalando el charco.

Asiente y se apresura a entrar en el cuarto de la limpieza para coger una fregona y un cubo lleno de agua jabonosa. Luego se arrodilla en el suelo del estudio y limpia los restos de semen y saliva.

—Eso ha sido sorprendentemente rápido —dice Dylan mientras juega con su pelo platino— . A mí también me habría encantado tener un turno, pero nadie me invitó.

—Me apuñaló —gruño.

—Sí, ya lo sé —dice, poniendo los ojos en blanco—. Te la has ganado primero.

—¿Ganado? —se mofa Alistair.

—No empieces —le gruño.

Él hace una mueca.

—¿Y qué pasa si va a la policía?

—No va a hacerlo —le digo—. Hay demasiado en juego. Quería el diario por un motivo. Está tratando de averiguar qué le pasó a Eve.

Dylan levanta las cejas.

—¿Así que estás diciendo que hay alguna posibilidad de que…? No es que importe ni nada de eso. —Mira a Alistair de soslayo.

Se me forma una sonrisa en los labios, pero la contengo.

—Volverá.

—¿Crees que nos hemos pasado? —pregunta Alistair.

—Qué va. —Miro el fuego, observando cómo bailan las llamas—. Solo ha probado un bocado. Y me muero de ganas de devorar el resto.

—Parece que te lo has pasado bien. —Dylan se levanta del sillón—. Ahora voy a tener que darme una ducha para que se me pase.

—Uf, ¿te importa si me uno? —pregunta Alistair con una ceja levantada.

—No me gusta compartir el agua caliente —responde Dylan—. Felix, descansa un poco, tío. Parece que has salido del mismo infierno. Tenemos exámenes mañana temprano.

—Haré que algún empollón me termine los trabajos —respondo, dirigiéndole una mirada mientras sale por la puerta—. Y si tu padre te vuelve a echar la bronca, dile que le preguntaré a mi padre qué opina sobre su puesto.

Dylan

Joder, eso ha sido demasiado excitante y jodido como para no ponerme cachondo.

Las escaleras de roble crujen bajo mis pies mientras me dirijo a mi habitación. Tengo una ducha privada para mí solo, igual que Alistair y Felix. El resto de chicos que viven en esta casa con nosotros tienen que conformarse con baños compartidos.

Ventajas de formar parte del club de niños ricos dueños de este lugar.

Bueno, no literalmente… pero aquí todos saben quién paga esta Sociedad, y solo por eso, ya estamos al mando.

Nadie se atreve a desafiarnos por miedo a enfrentarse a la ira de nuestros padres.

Pero no tienen ni idea de que los realmente peligrosos no son ellos.

Enciendo la ducha y me desvisto. Sigo empalmado y palpitando tras ver cómo se desenvolvía aquella escena.

Una parte de mí se deleita con la fantasía de ser yo y no Felix quien ha penetrado su garganta.

Pero si esta chica es tan persistente como dice Felix, puede que pronto tenga mi oportunidad.

Me meto en la ducha, cierro los ojos y dejo que el agua caliente me caiga sobre la cara. Me deslizo una mano por el pecho y los abdominales, hasta llegar a mi polla, que sigue dura como una piedra solo por el recuerdo que tengo grabado en la memoria.

Así que es la hermana, ¿eh?

Nunca imaginé que podría haber alguien tan interesante como Eve.

Hasta que vi a Penelope.

Una chica con agallas, eso seguro. No esperaba que viniese a recuperar el diario… ni que se arrodillara para conseguirlo.

Sin pensarlo, me llevo las manos a la polla y empiezo a moverlas arriba y abajo. Me pone demasiado la imagen de ella chupándola y lamiendo el semen del suelo.

Dios mío, ¿cuándo fue la última vez que alguien se puso así de guarra con nosotros? Demasiado tiempo.

Al igual que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que salpiqué toda la pared de este baño.

Joder, pero es que ahora mismo me encantaría que fuera su garganta.

Mis dedos recorren la punta, acariciando cada vez más rápido, y deslizo la otra mano hasta el pezón mientras gimo de excitación. Estoy a punto de estallar, con los huevos apretados por el deseo de liberarme. Así que muevo la cabeza y embisto mi propia mano hasta que una explosión de semen salpica las paredes de la ducha.

Cuando vuelvo a abrir los ojos, Alistair está en la puerta, mirándome.

—¿Te lo estás pasando bien?

Paro y me doy la vuelta.

—Lo siento.

Se encoge de hombros.

—No me importa.

—¿Qué haces aquí?

—Quería ver si te quedaba gel de baño. Se me ha acabado el mío.

—Claro, está por allí —le digo, señalando una estantería.

Lo coge deprisa y sonríe mientras camina de vuelta hacia la puerta.

—Gracias. —Pero no se va—. A ti también te ha afectado la chica, ¿eh?

Cierro el grifo y miro abajo hacia las gotitas de semen que se arremolinan en el desagüe.

Alistair suspira.

—Odio ser el que se queda fuera.

Una sonrisa pícara se extiende en mis labios.

—Le va la marcha… y está buscando algo con lo que solo nosotros la podemos ayudar. —Se cruza de brazos mientras me escucha con atención—. Así que démosle lo que necesita.

Penelope

Corro rápido hasta la casa mientras ignoro cada mirada que me lanzan al entrar en la hermandad Alpha Psi.

—Oh, Dios mío, ¿qué te ha pasado, Pen? —me pregunta Crystal cuando me ve irrumpir por los pasillos.

—Ahora no —respondo mientras voy directa a mi habitación.

—¿Pen? —Kayla deja caer su libro cuando me ve, pero corro a esconderme en el baño y cierro la puerta.

—¿Penelope? —La voz de Crystal suena más clara que antes, y oigo que entra en la habitación—. Kayla, ¿sabes qué es lo que le ha pasado?

—No, ha entrado blanca como la pared.

—¿No has visto lo mojado que llevaba el pelo? Como… pegajoso.

Mierda. Odio que la gente hable a mis espaldas. Es exactamente lo mismo que pasaba en el instituto, y ni entonces conseguía que pararan, por mucho que hiciera. Siempre acababa escondiéndome en los baños, intentando escapar de la vergüenza.

Me prometí que esta vez me defendería.

Me prometí que no aguantaría más mierdas.

Y mírame ahora, cubierta por el semen de Felix Rivera.

Casi no reconozco a la chica que me devuelve la mirada en el espejo.

Agarro rápidamente mi cepillo de dientes y me lavo la boca una y otra vez, escupiendo la suciedad, para luego aplicar más dentífrico al cepillo y volver a repetirlo todo de nuevo. Pero no importa cuántas veces me cepille, sigo notando su sabor en la boca.

De repente, alguien llama a la puerta.

—¿Pen? ¿Va todo bien ahí dentro? —pregunta Kayla.

—Yo… —Ni siquiera sé qué decir. En lugar de eso, abro el grifo y me mojo la cara. El agua me resbala lentamente por las mejillas y me seco con unos pañuelos de papel, que lanzo a la basura con rabia.

Ese tío quería degradarme.

No era solo por diversión… era una advertencia.

Y eso quiere decir que me estoy acercando.

—¿Pen? ¿Necesitas ayuda? —pregunta Kayla.

Me miro al espejo, aferrándome al lavabo. Esta que está aquí no necesita ayuda. Necesita ser más fuerte. Porque de ninguna manera voy a dejar que ni estos chicos ni su depravación sexual se interpongan en mi camino para encontrar la verdad.

Por Eve.

—No te preocupes —digo—. Estoy bien.

Es una mentira, pero se me da bien mentir. Y ya sabía, desde el principio, que tenía que enfrentarme a esos tíos sola. Sobre todo, ahora que sé de lo que son capaces.

Respiro hondo y me limpio con unos cuantos pañuelos antes de abrir el grifo para darme una ducha muy necesaria.

Sin embargo, por mucho jabón que me ponga por todo el cuerpo, no podré deshacerme de la mancha de mis recuerdos. Cada vez que cierro los ojos, lo veo ahí, follándome la cabeza.

El coño me palpita, y abro los ojos, apretando las piernas.

¿Por qué no deja de pasarme esto?

Aún ahora, mi cuerpo sigue reaccionando a la forma en la que Felix me ha usado.

Y el agua que resbala por mi piel me pone la carne de gallina. O quizá sea solo el recuerdo de sentir cómo se hundía en mi boca.

Trago saliva y aún puedo sentir los arañazos que me dejaron sus piercings por dentro, pero, en vez de recordarme lo mucho que lo odié, lo único que consigo es que el clítoris me palpite con más fuerza.

¿Qué está pasando? Nunca me había pasado esto con ninguno de mis polvos anteriores.

Aunque, pensándolo bien, este no ha sido un polvo en ningún sentido de la palabra.

Ni mucho menos algo que imaginara que acabaría haciendo.

Y, por alguna razón, este pensamiento hace que baje la mano por mi vientre hasta llegar entre mis piernas para tratar de sofocar el fuego que me abrasa por dentro.

Empiezo a trazar círculos en mi clítoris, ignorando las voces de mi cabeza que me dicen que no está bien.

Estoy completamente empapada a pesar de estar en la ducha, y todos mis sentidos están saturados.

Siento que esto está fatal, pero no me detengo, desesperada por detener esos deseos que se están despertando en mi interior.

Lo necesito, aunque me diga a mí misma que no.

Necesito soltarlo.

Así que sigo, pasando los dedos de un lado a otro por mi zona sensible hasta que por fin encuentro el alivio que tanto ansiaba. Con la boca bien cerrada, intento no dejar escapar ningún sonido, pero me cuesta horrores.

Sobre todo, cuando la última imagen que se me cruza por la mente es la de los tres observándome mientras lamía el semen del suelo.

Por Dios.

¿Desde cuándo estoy así de enferma?

Cierro la ducha y me seco.

Necesito sacármelo de la mente.

Agarro mi ropa y la echo al cesto de la ropa sucia, y saco el diario escondido entre la falda y el top. Todavía está empapado y sucio por lo que hicieron, pero las imágenes y los textos de dentro parece que no se han estropeado.

Dejo escapar un suspiro de alivio mientras uso más pañuelos para limpiarlo lo mejor que puedo. Luego me tomo la pastilla, como cada día, pero a partir de ahora estaré con mil ojos, por si vuelven a intentar hacerme alguna putada más.

Esos tíos seguramente pensaban que con sus jueguecitos pervertidos me iban a quitar las ganas de seguir investigando.

Se equivocan.

Lo único que me importa es descubrir por qué mi hermana me escribió esa puñetera nota. Lo demás es secundario.

Ahora que he recuperado el diario, voy a hacer que esos imbéciles me hablen de Eve, o les diré a todos que ellos fueron los culpables.

Y me da igual si es verdad o no.

Sabiendo todo lo que hay en ese diario, puedo acusarlos sin problema.

Jugaron con fuego al robármelo.

Ahora se van a quemar.

11 Alistair

Unos días después

Cojo unas bolsas de patatas y unas cuantas Coca-Colas de los estantes y me las meto en el bolsillo cuando nadie está mirando. Las cámaras de la esquina no me pillarán en este ángulo porque he revisado de antemano para dónde están apuntando.

Aunque todavía me queda sortear a la cajera.

Saco el teléfono y compruebo los mensajes mientras paseo tranquilamente por los pasillos. ¿Cómo evitar que te descubran? Finge que estás comprando como el resto.

Solo que yo no suelo pagar por nada de esto.

No hay ningún motivo.

No necesito ninguna de estas mierdas.

Es por sentir el subidón.

Con una amplia sonrisa en la cara, me dirijo a la parte delantera de la tienda.

En el momento en el que capto una cara familiar cerca del pasillo de los helados, cerca de la salida, me freno en seco.

Abro los ojos de par en par cuando gira la cabeza y me mira directamente a mí.

Penelope.

¿Qué cojones hace aquí?

Doblo otra esquina y me dirijo hacia el pasillo de las patatas, pero, cuando miro por encima del hombro, ahí está otra vez, agarrada a un cubo de helado de vainilla.

Me paro delante de la sección de la leche y me doy la vuelta para encararla.

—¿Me estás siguiendo?

—Puede que sí, puede que no. —Enarca una ceja—. ¿Dónde están Felix y Dylan?

Me sorprende que me haya encontrado aquí. Ha debido de seguir mis movimientos, lo que significa que también ha estado vigilando a Dylan y Felix.

—¿Te están esperando fuera? —pregunta.

Me encojo de hombros y la ignoro, pero ella no deja de pisarme los talones.

Me mira de arriba abajo de la misma forma que hizo con Felix cuando le ordenó que se pusiera de rodillas. Y, maldita sea, solo de recordarlo hace que se me agite la polla.

—¿Qué estás haciendo?

—Nada —respondo, recolocándome los huevos por dentro de los bolsillos.

Me mira justo ahí.

—¿Llevas algo ahí?

Es más lista de lo que creía.

—¿Estás mangando? —pregunta.

Entrometida.

—¿A ti qué te importa?

Se cruza de brazos.

—Eres rico, y aun así no pierdes la oportunidad de robarlo. ¿Por qué?

—Llámame adicto a la adrenalina —respondo, con la cabeza ladeada—. Me encanta el riesgo. —Me acerco para susurrarle—: Pero sobre todo… me encanta observar.

Con cara muy seria, dice:

—Sabes que no voy a permitir que ni tú ni tus putos colegas me pisoteéis, ¿verdad?

La adrenalina me recorre todo el cuerpo al pensar en huir todo lo rápido que pueda.

Normalmente me las apaño para salir de cualquier tienda sin problemas con todo lo que quiera, pero esta chica… Esta chica me lo va a poner difícil, lo sé.

Sus ojos ardientes me incitan a responder.

—¿Crees que las amenazas sirven de algo con nosotros?

—Me da igual. —Se acerca a mí.

—Vete a casa y cómete ese cubo de helado —respondo.

Ella ignora lo que le digo.

—¿Crees que voy a dejar que te vayas después de lo que me hiciste?

Inclino la cabeza con una sonrisa.

—Yo no hice una mierda.

De repente me empuja contra el frigorífico, y se caen varias botellas de leche y me manchan los Balenciaga nuevos. Mierda.

No soy de cabrearme rápido, pero esto lo ha conseguido.

—Eso no será lo único que destruya —dice con los dientes apretados.

Desde luego que tiene carácter, como dijo Felix.

Me gusta.

—¿Por eso me robasteis el diario, hijos de puta? ¿Para joderme? —me dice con desprecio—. ¿Quién de vosotros me lo robó?

Se me forma una sonrisa en la cara.

—Fuiste tú, ¿verdad? —pregunta.

No voy a negar que robar es mi fuerte.

—No importa cuál sea la respuesta, no cambiará el hecho de que ahora te has convertido en la puta de Felix… —Me inclino y la sangre me hierve de deseo cuando huelo su perfume amaderado—. Y si no dejas de hurgar, Dylan y yo también tendremos nuestro turno.

Se estremece, visiblemente conmocionada por mi comentario, sus ojos se centran poco a poco en los míos como si le costara incluso mirarme.

—En tus putos sueños —gruñe.

Le doy un toquecito en la cabeza.

—Ya verás cómo hago esos sueños realidad.

Paso por su lado y me dirijo a la salida, pero ella me sigue de inmediato.

—¿Crees que voy a dejar que te pires?

—Mira cómo lo hago —respondo, sin inmutarme.

Me sigue por la tienda con el cubo de helado.

—Vas a acabar hablando.

—No hay nada de lo que hablar —respondo, y me encamino hacia la puerta principal antes de que las cosas se pongan chungas.

—Muy bien —replica y se dirige de inmediato a hacia la cajera.

Abro los ojos de par en par cuando la veo señalándome y pronunciar las palabras:

—Ese chico está intentando robar.

Mierda.

Cómo no iba a intentar que me arrestaran.

Salgo pitando lo más rápido que puedo hacia el aparcamiento mientras las sirenas de la tienda empiezan a sonar. Varios guardias me persiguen, junto con la cajera de la tienda.

—¡Alistair! —me grita Dylan desde su coche cuando me ve correr hacia ellos a la velocidad de la luz—. ¡¿Qué cojones ha pasado ahí dentro?!

—Luego te cuento, ¡arranca ya, coño! —grito mientras salto sobre el asiento del copiloto y cierro de un portazo.

Dylan pisa el acelerador y se ríe como un loco mientras cambia de dirección en la carretera con un estruendoso giro en redondo.

—Esto sí que sube la adrenalina. ¡VAMOOS!

De pronto, Felix lanza un cuchillo contra el salpicadero. Una clara advertencia.

Me giro para mirarle.

—Más te vale tener una puta explicación, o te juro por Dios…

—Ha sido la chica. Penelope —explico—. Estaba allí. Se ha chivado.

Contrae las cejas.

—Así que nos está siguiendo.

Asiento.

—Eso parece. Es demasiada coincidencia. Y la he visto merodeando mucho por el edificio últimamente.

—Pues claro —musita Dylan—. ¡Se ha pillado después de que le dieras lo suyo! —Se pasa la lengua por los dientes—. Y estoy deseando probar esa boca tan sucia yo también.

Felix lanza otro cuchillo contra el asiento en el que está Dylan, y se clava en el lateral, falla por los pelos. Pero Felix solo falla a propósito, nunca por accidente.

—Cuidado.

¿Está marcando territorio?

Dylan le lanza una mirada asesina a través del espejo.

—No eres el único que tiene derecho a pasarlo bien.

¿Por qué están tan obsesionados con ella?

Yo solo veo un montón de problemas.

—No me lo estaba pasando bien —responde Felix mientras se da toquecitos en las rodillas con los dedos—. Le estaba dando una lección.

Dylan sonríe con suficiencia.

—Entonces, la siguiente lección me toca a mí.

12 Felix

Esta clase es la más aburrida de todas.

Contabilidad.

Dylan y yo suspendimos esta asignatura insulsa el año pasado y ahora tenemos que repetirla porque nuestros padres no nos permiten suspender. Obviamente, daría mala imagen al apellido familiar.

Como si me importara.

Sin embargo, hay una cosa que sí que me importa, que casualmente resulta ser lo menos aburrido de esta clase.

La dichosa hermana de Eve, Penelope.

Está sentada en las primeras filas del auditorio, cerca del profesor.

El vestidito negro que lleva casi no le cubre las piernas, enfundadas en unas medias de rejilla, y unas cinco o seis cadenas le adornan el cuello; tal vez para darle aspecto de dura, aunque sé que no lo es. Su pelo morado destaca entre el del resto de las chicas. Aunque lo más gracioso es que quiere pasar desapercibida.

Demasiado tarde.

Saco el móvil y lo levanto para tomar una foto rápida.

Será una buena incorporación a mi colección de fotos para cascármela.

Alguien le da un codazo, una amiga, probablemente. Ella se da la vuelta y me clava la mirada. Es la primera vez que nuestros ojos se cruzan desde que le llené esa boquita preciosa.

Tuerzo el labio. Se sonroja.

Junta las cejas y vuelve a darse la vuelta.

Enfadada por haberla hecho pensar en lamer mi semen del suelo.

Tal vez la obligue a hacerlo de nuevo.

Cuando el profesor termina con la verborrea de cosas que no me importan una mierda, da por finalizada la clase. Todo el mundo se levanta y le guiño un ojo a Dylan, quien baja los escalones corriendo hacia la única salida, justo como hemos acordado antes de entrar a la clase.

De ninguna forma pienso acercarme a Penelope con todos nuestros compañeros y un maldito profesor mirando. No soy tan estúpido. La gente aquí nos adora. De hecho, la mitad de las chicas le tiran la caña a Dylan mientras pasan por su lado al salir por la puerta, le lanzan besos y algunas incluso tratan de darle sus números.

Es el más ligón de los tres, y lo hace tan bien que me dan ganas de vomitar.

Sabe cómo sacarle partido a su atractivo.

Pero sé que esa dulce sonrisa esconde a un asesino a plena vista.

Me lamo los labios mientras observo a Penelope recoger las cosas en su nueva mochila y espero hasta que levanta la mirada. Por fin se da cuenta de que Dylan está en la puerta despidiendo a todo el mundo y se pone tensa.

Se vuelve para mirarme, y yo me limito a inclinar la cabeza, con una media sonrisa dibujada en los labios.

Doy unos toquecitos con los dedos en el escritorio mientras se le van abriendo los ojos.

Más te vale correr, pequeña Pen… antes de que sea demasiado tarde.

Antes de convertirte en nuestra próxima presa.

Dylan

Penelope se da la vuelta rápidamente y guarda todo en la mochila. Pero, al cerrarla, una parte de la cremallera se suelta y casi todos sus libros vuelven a salir rodando. Como si estuviera predestinado.

El profesor es el último en recoger sus libros y se apresura a meterlo todo en un maletín que se echa al hombro mientras se come un bocadillo.

—Nos vemos luego, chicos —me dice y se despide de Felix con la mano mientras abandona el auditorio.

Penelope recoge de prisa todos los libros esparcidos por el suelo y los mete en la mochila rota, la sujeta contra su cuerpo mientras baja corriendo las escaleras, pero el profesor acaba de salir, así que cierro la puerta justo antes de que la alcance.

Oigo cómo toma una bocanada de aire a mi espalda, y solo ese sonido despierta mis sentidos.

Me cago en la puta, me muero de ganas de escuchar esos gemidos ahogados que le regaló a Felix cuando la llenó hasta la médula.

Le doy la espalda, sonrío y meto la llave en la cerradura, luego le echo un vistazo por encima del hombro.

Los ojos se le abren de par en par. Entra en pánico y retrocede, pero la única otra salida está en lo alto de las escaleras, y allí está Felix, esperando a que elija.

O él o yo.

Va a caer, sea como sea.

—Penelope… —la llama Felix desde el fondo mientras continúa dando golpecitos en el escritorio que tiene delante—. Creo que no eres consciente de dónde te has metido.

Se le pone la cara blanca como la pared y enseguida mira hacia mí, furiosa.

—Abre la puerta.

Me cruzo de brazos.

—Me parece que no.

Alistair emerge desde la puerta trasera y la cierra también, luego se guarda la llave en el bolsillo.

—¿Cómo coño habéis conseguido las llaves? —masculla.

Sonrío con suficiencia.

—Ventajas de ser el hijo del decano.

Mira de reojo a Alistair, quien baja las escaleras despreocupadamente y le tira la llave a Felix por encima del hombro.

Ella se aferra con fuerza a la mochila, mirando a su alrededor con aprensión igual que un ratón en una trampa.

Bien.

Me encanta ver el miedo en sus ojos. No hay nada que me ponga así de cachondo. Cuanto más se resista, más me gustará doblegarla.

—¿Qué queréis? —pregunta.

—Tú eres la que me arrinconó en la tienda —dice Alistair mientras se acerca—. Así que creo que ya es hora de que empieces a hablar.

—Vosotros sois los que tenéis que dar explicaciones después de robar el diario de mi hermana —gruñe en respuesta—. Después de que… —Se le tiñen las mejillas de rojo.

—¿Después de qué, Penelope? —musita Felix mientras baja despacio las escaleras. Su mirada amenazante hace que se me pongan los pelos de punta hasta a mí—. ¿Después de arrastrarte la cara por mi corrida?

Ella traga saliva, visiblemente afectada solo por recordarlo.

—Así que has pensado en ello —presume Felix, y se guarda las manos en los bolsillos mientras se acerca a ella.

Aun teniéndolo tan cerca, consigue contestar:

—Me forzaste a…

—Te gustó —la interrumpe, con un atisbo de sonrisa asomando en sus labios. Y se inclina para susurrar despacio—: Y pronto me rogarás que vuelva a hacerlo.

Está como una puta cabra. Me encanta.

—¿Qué? No, no me gustó —replica, apretando los dientes como si le molestara que lo insinúe siquiera—. Lo hice para recuperar el diario. —Me mira el bolsillo—. Dame la puta llave, Dylan.

Saco la llave y jugueteo con ella.

—Oh, ¿esta llave, dices?

Se abalanza sobre mí y trata de quitármela de la mano, pero yo recojo el brazo rápido y lo levanto a una altura a la que no llega, ni siquiera de puntillas. Y me llena de satisfacción verla forcejear mientras se frota contra mi pecho.

De repente, Felix la agarra por detrás y le rodea la cintura con los brazos.

—¡Oye! ¡Suéltame! —chilla.

Le da un puñetazo, pero él le bloquea los brazos bajo su agarre. El firme control de Felix no es algo de lo que se pueda escapar fácilmente. En cuestión de segundos, le coloca los brazos a la espalda y se los sujeta con una mano.

—Serás hijo de put…

Le pone la otra mano en la boca.

—No grites, zorrita. —Se le abren los ojos como platos y le brillan de rabia, lo que me hace resoplar—. No queremos que el resto de los alumnos se enteren, ¿verdad?

Me está matando con la mirada. Nunca antes había visto a una chica así de enfurecida. Es molesto. Y excitante.

Me voy empalmando mientras me acerco, y dejo la llave suspendida en el aire delante de ella. Justo antes de que intente liberarse, la aparto y me la vuelvo a meter en el bolsillo.

—Deberías haberte quedado fuera de nuestro camino —le digo—. Pero tuviste que seguir a Alistair, ¿verdad?

Frunce el ceño, pero todo lo que intenta decir queda bloqueado por la mano de Felix.

Alistair se apoya en una silla.

—Para ser justos, nosotros la provocamos.

—Ella nos provocó primero —le reprocho—. Presumiendo de ese puto diario en nuestra cara.

Todo su cuerpo se estremece cuando Felix la empuja sobre la mesa y la obliga a sentarse mientras le inmoviliza los brazos.

Le levanto la barbilla y hago que me mire.

—¿Para qué sirve? ¿Para ponernos a parir? ¿Por qué tenía tu hermana fotos de todo el mundo ahí dentro?

Ella aprieta la mandíbula, y Felix le susurra al oído:

—Si gritas, te haré callar metiéndote la polla en la boca otra vez. —Baja lentamente la mano hasta su cuello, manteniendo un agarre firme en su garganta y muñecas—. Ahora, contéstale.

Ella no dice nada.

Se me dibuja una macabra sonrisa en los labios.

Supongo que tendré que convencerla.

Me acerco a ella, inclino la cabeza para admirar su vestido negro corto y me tomo mi tiempo para contemplar sus medias de rejilla y las gruesas botas que lleva debajo. Con ese delineador morado a juego con su pelo, me recuerda a las chicas que llevan auriculares de gatito. Me pregunto si sabe ronronear.

Le agarro la mejilla y la acaricio suavemente.

—Habla… o haré que lo haga tu coño.

Se estremece en el sitio, pero mantiene la boca cerrada.

Así que arrastro la mano desde su mejilla hasta donde empieza la costura del vestido, luego voy bajando lentamente hasta deslizar los dedos dentro. Sisea cuando le agarro una teta y le pellizco un pezón.

—¿Todavía prefieres quedarte callada? —pregunto.

Juego con su pezón y lo rodeo, luego tiro de él hasta que noto que ahoga un grito.

Me inclino y susurro:

—Vas a hacer ruido… ya sea con palabras o con un gemido, voy a oírte.

Deslizo la otra mano por su cuerpo hasta que llego a las medias de rejilla.

¡RAS!

Se deshacen fácilmente por las costuras y lo arranco todo hasta que queda un gran agujero. Y unas bragas suplicándome que las quite.

Ella intenta cruzar las piernas, pero se las separo y me coloco en medio. Meto la mano y le presiono el clítoris con un dedo.

Y así, vuelve a tomar aire.

—Ya no eres tan fuerte, ¿no? —murmuro mientras trazo círculos lentamente en su abertura hasta que empieza a retorcerse en los brazos de Felix— . Tan sensible. Tan… necesitada.

—Cállate —se queja de repente.

Enarco las cejas.

—Oh, pero si la zorrita sabe hablar.

Vuelve a cerrar la boca de inmediato e intenta zafarse del agarre de Felix, pero él es mucho más fuerte. Aunque eso lo sabemos todos, incluida ella. Solo que quiere fingir.

Fingir que es fuerte.

Fingir que quiere escapar.

Pero, en el fondo, lo único que desea es entregarse.

Recorro con los dedos sus partes más sensibles a través de la tela de las bragas hasta encontrar un punto húmedo. Paso el dedo y todo su cuerpo se tensa.

—¿Ya estás mojada para que te toque? Pf. Qué fácil. —Me separo y me lamo los labios—. Me pregunto lo caliente que puedes llegar a estar.

Me saco el mechero del bolsillo y lo enciendo.

Sus ojos parpadean bajo la luz de la llama, las pupilas se le dilatan al instante.

Acerco poco a poco la llama a su coño, justo debajo de ese maldito vestidito negro suyo que me muero por quemar para ver lo que esconde.

—¡NO! —chilla, intentando zafarse de Felix en vano—. ¿Qué queréis?

—Dinos por qué cojones tenía tu hermana fotos de toda la universidad en su diario —le dice Felix al oído con voz ronca—. Quiero saber todos vuestros putos secretos.

—No lo sé. Nunca le pregunté —dice con los dientes apretados.

—Entonces, ¿cómo cayó este diario en tus manos?

—Me lo dejó al morir —dice, tragando saliva—. ¿Por qué coño me estáis preguntando esto? No tengo ni puta idea de por qué lo hizo, ¿vale?

Ladeo la cabeza y alejo un poco el mechero. La llama ha sido suficiente para hacerla hablar, pero sus respuestas no nos sirven de nada.

—¿De qué cojones conocíais a mi hermana? Ni siquiera estabais en la misma clase —dice, enfurecida—. ¿Vosotros también la acosasteis?

Suelto una carcajada.

—¿Acosarla?

—Sí, vosotros tres sois unos putos acosadores, y lo sabéis —dice, clavándome la mirada—. Fuisteis vosotros, ¿verdad? Se suicidó por vuestra culpa.

Se me hiela todo el cuerpo.

—¿Por nuestra culpa?

—¡Estabais aquella noche en la hoguera! —grita.

—Nosotros no la hicimos saltar.

—Me dejó una nota en la que os mencionaba.

¿Cómo?

¿Una nota?

¿Hay algo más aparte del diario?

Felix niega con la cabeza y la libera de su agarre durante un momento para frotarse la cara.

De repente, ella saca una navaja y le corta el brazo. Él aúlla y la suelta por completo.

Me abalanzo sobre ella para agarrarla, pero me da una patada en los huevos.

Mierda.

Eso ha dolido.

Me doblo, jadeando, intentando no vomitar del dolor.

Ella sube corriendo las escaleras hasta el fondo del auditorio.

—Vuelve aquí —gruñe Felix mientras la persigue.

No puedo moverme, pero Alistair también va en su búsqueda.

—¡Joder, has dejado que se escape!

—Me ha vuelto a cortar, joder —masculla en respuesta.

Gimo de dolor, intento moverme, pero es imposible. Dios, sus patadas duelen como el demonio. Debe estar bien entrenada.

Pero no puede escapar sin las llaves.

Me deja impresionado cuando le da tal patada a las puertas que les hace una abolladura.

—No dejéis que se escape —les digo.

Ella mira alrededor mientras Felix y Alistair se le acercan por detrás.

—Ríndete, Pen —gruñe Felix—. No irás a ninguna parte hasta que hayamos acabado contigo.

—No voy a permitir que me pongáis ni un dedo encima —gruñe en respuesta, y corre hacia el pulsador de emergencia de la pared izquierda, y golpea la ventana con el mango de la navaja. Sin pensárselo dos veces, activa la alarma de incendios.

Abro los ojos como platos. Mierda. No hemos caído en eso…

La alarma de emergencia empieza a resonar en los pasillos.

Las puertas hacen clic.

Nos miramos.

E inmediatamente se lanza hacia ellas.

Alistair sube corriendo los últimos escalones, pero ella agarra una silla y se la lanza.

Él se esconde y se queda atrapado entre dos sillas y un escritorio.

Y cuando Felix sale corriendo detrás de ella, abre la puerta de un tirón y sale corriendo.

Unos segundos después, los aspersores se activan y empapan de inmediato la llama de mi mechero y nuestra ropa.

Felix ruge de rabia y agarra el asiento en el que está atrapado Alistair y lo lanza contra la pared. Luego le ayuda a levantarse y ambos se asoman por la puerta mientras yo por fin consigo subir las escaleras con la ropa empapada.

Pero ya no queda nadie, porque un centenar de alumnos se lanzan hacia las salidas, creyendo que se trata de un cierre de la facultad por un incendio real.

—La hemos vuelto a perder —murmura Alistair—. ¿Qué pasa si lo cuenta?

—No lo hará —contesta Felix, con los dientes apretados—. Quiere lo mismo que nosotros.

Alistair me mira entrecerrando los ojos.

—¿Respuestas?

Se me dibuja una media sonrisa en los labios.

—Venganza.

13 Dylan

—¿Así que me estás diciendo que no activasteis la alarma de incendios? —pregunta mi padre mientras da golpecitos con los dedos en el escritorio.

—No, ya te lo he dicho —respondo, reclinándome en el asiento.

—Quita esa cara de engreído —espeta—. Sois los únicos a los que las cámaras han captado.

—Te lo he dicho, había una chica —digo.

Da un manotazo en el escritorio.

—Te advertí que dejaras de enredarte con esas chicas. —Me señala—. Van a acabar con tu educación. Con tu trabajo. Con este legado que he construido desde los cimientos. —Baja la mirada—. Tu puñetera vida.

Hago una mueca.

—Vaya, papá, gracias por la amenaza.

—Te piensas que estoy bromeando, pero esto es en serio. Deberías agradecer que todavía te deje poner un pie en este campus después de lo que hicisteis tú y tus amigos.

Ya se está pasando.

Clavo los dedos en el asiento.

—No hicimos una mierda.

—Murió una chica. Y estabais involucrados —gruñe.

Mantengo la boca cerrada.

—No me importa cuál sea tu justificación para toda esta mierda. Esto se tiene que acabar. —Rechina los dientes—. Hoy mismo.

Me levanto y camino hacia la ventana para mirar al exterior. No puedo soportar mirarlo ni un segundo más. Me está culpando de algo que ni siquiera hice yo, joder. Con mi padre siempre pasa igual. Siempre cree que soy el malo.

—Siéntate. No he terminado todavía —dice.

—Yo sí.

Oigo cómo arrastra la silla, pero no me da miedo. Ya no.

Ningún dolor que me haya infligido se acerca a lo que ya he soportado.

Se coloca detrás de mí y mira por la ventana conmigo.

Pero lo único en lo que puedo concentrarme es en Penelope, sentada en el césped con sus amigos, observando a los bomberos comprobar si de verdad hay algún fuego que apagar. Como un angelito.

Inocente.

Mentirosa.

Me coloca una mano firme en el hombro.

—¿Es ella?

Asiento.

—¿Y crees que merece la pena arriesgar todo lo que te he dado por una simple chica?

Suspiro con fuerza.

—Es la hermana de Eve.

Noto cómo se tensa y me hunde los dedos en la piel.

—Mantente. Alejado.

Penelope

Toda la universidad anda alborotada por saber quién ha activado la alarma de incendios, pero no pienso contarle a nadie que he sido yo.

Especialmente ahora que han llamado a los tres chicos al despacho del decano. Un día, ese es el tiempo que les ha tomado a los oficiales encontrar a los «culpables».

Tengo suerte de que las cámaras solo apuntasen a las puertas, si no todo el mundo hubiera visto a Dylan poniéndome las manos encima. Todavía no puedo sacármelo de la cabeza, ni siquiera un día después. Es como si sus dedos hubieran dejado una marca en mi piel, a pesar de que ni siquiera… me tocó.

Lo único que hizo fue acariciarme por encima de la tela de las bragas, pero con eso bastó para que me empapara.

Mierda.

Detesto cómo mi cuerpo se rinde al contacto físico.

Suspiro y trato de concentrarme en la tarea, pero es difícil cuando esa cara diabólica continúa asaltando mis recuerdos, esa sonrisa ladina, y esos dedos enredándose en su pelo rubio platino.

No me extraña que las chicas babeen por ellos.

Esos chicos tienen algo magnético.

Algo… inolvidable, eso seguro.

Pongo los ojos en blanco. Menuda ridícula estoy hecha.

Son unos putos acosadores. Eso es lo que son, simple y llanamente.

Intentó prenderles fuego a mis medias de rejilla, joder. ¿Quién hace eso? En plan, tienes que estar loco para pensar que eso es normal. O para que te ponga.

Me trago el nudo que tengo en la garganta y abro una nueva ventana en el navegador. Tengo que averiguar más sobre estos chicos. Conocían a Eve, eso me ha quedado claro. Lo que no sé es de qué. Tal vez se pilló de ellos y se rieron en su cara. Quizás le hicieron tanto daño que quiso acabar con todo.

Me clavo los dedos en la palma de la mano, pero empujo los sentimientos a un lado y sigo buscando hasta que encuentro algo de información. No hay mucho que encontrar sobre Alistair, pero veo el apellido Caruso por todas partes. Y me deja boquiabierta.

Porque aparece la foto del padre de Dylan, y está posando en frente de esta puñetera universidad con un premio en las manos y una sonrisa en la cara. El decano de la Universidad Spine Ridge.

Es él.

Ese es el hombre con quien hablaba Dylan cuando escuché su conversación.

Madre mía, no me extraña que se les permita salirse con la suya con tanto acoso y violencia. Golpearon a un tío contra la pared, literalmente me acorralaron en las instalaciones de la facultad varias veces, y por no hablar de la hoguera, que está cerca de la universidad…

El padre de Dylan debió de hacer la vista gorda.

Mierda.

Le doy un puñetazo a la mesa.

Hago clic en la siguiente página web que estaba buscando y encuentro también al padre de Felix. El señor Rivera, un multimillonario con varias empresas a sus espaldas, entre ellas un club privado muy famoso llamado RIVERA y que está repartido por todo el mundo, un importante distribuidor de venta de ropa y, por supuesto, miembro de la junta directiva de la Universidad Spine Ridge.

Aprieto tan fuerte el ratón con los dedos que casi lo rompo.

Maldita sea.

Esto explica muchas cosas.

De repente, algo se desliza por debajo de mi puerta.

Miro y frunzo el ceño, confundida.

—¿Kayla?

Me dijo que iría a un restaurante con Crystal, pero tal vez hayan llegado antes.

Aun así, nadie responde, así que me levanto de la silla y recojo el paquete. Está mal envuelto en papel reciclado y solo un hilo lo mantiene unido. Tiro de él y el papel se deshace.

Chillo y lo tiro todo al suelo.

Dentro hay una nota cubierta de sangre.

Sé que eres la hermana de Eve. Te he visto por el campus. Ten cuidado. O podrías acabar corriendo la misma suerte.

Abro la puerta de inmediato y salgo corriendo.

—¿Quién ha sido?

Al fondo del pasillo, una chica sale huyendo y, sin pensarlo, me lanzo tras ella. Sin zapatos y en pijama, corro por el pasillo, ignorando las numerosas caras que se asoman por las puertas para ver a qué viene tanto alboroto.

Me apresuro a bajar las escaleras mientras la chica me lleva la delantera, corriendo por la sala común. La sigo hasta la cocina y salgo por la puerta trasera hacia la oscuridad de la noche.

Por fin la alcanzo, a pocos pasos de la hermandad y salto encima de ella.

Caemos sobre la hierba y lucho con ella por controlarla mientras chilla como una loca. Cuando por fin la he inmovilizado en el suelo, veo quién es.

Sadie.

La chica que se peleó con mi hermana una vez.

La agarro del pelo y gruño:

—¿Por qué me has metido esa nota por debajo de la puerta?

Ella lloriquea.

—Por favor, no me hagas daño. ¡Por favor!

—¿Fuiste tú? ¿La hiciste saltar tú? —le digo al oído con rabia.

Ella grita:

—¿Qué? ¿A quién?

—¡A Eve!

Vuelvo a tirarle del pelo.

—¡No! Por Dios… ¿Por qué piensas que…?

—¿Entonces por qué me has dejado esa nota? —la interrumpo.

—¡Me han dicho que lo hiciera! —chilla.

—¡Y una mierda! —Le estrello la cabeza contra el barro.

—No, es verdad. Por favor, ¡tienes que creerme! —Ahora está llorando de verdad, pero no sé si sus lágrimas son sinceras o es porque la he pillado.

—Un tipo me ha dicho que te lo pasara por debajo de la puerta. No sabía lo que había dentro —añade.

—¿Cómo se llama? —exijo.

—Nathan —responde—, no sé su apellido. Es uno de mis compañeros de clase de Gestión Empresarial y Hostelería.

¿Nathan? ¿Dónde he escuchado ese nombre antes?

A lo mejor sale en el diario. Debería comprobarlo y ver si encaja.

Tal vez sea el responsable de la muerte de mi hermana.

Abro las fosas nasales y, con un último empujón, me aparto de la chica.

Ella se da la vuelta y gatea de espaldas para alejarse de mí.

—Dios mío. Me has atacado.

Me sacudo el barro de las manos mientras la fulmino con la mirada.

—Ese puto paquete que te ha hecho colarme por debajo de la puerta tiene sangre.

La cara se le pone completamente blanca y parece que está a punto de vomitar.

La puerta de detrás de mí vuelve a abrirse, pero no presto atención a las chicas saliendo en tropel de la hermandad.

—¡Chicas! —La líder de la hermandad, Tilda, da un paso al frente—. ¿Habéis olvidado la regla número uno? Nada de peleas.

Le lanzo una mirada asesina a Sadie.

Si cree que puede jugar conmigo, se ha equivocado de persona.

—No pasa nada —le murmura Sadie a Tilda de repente—. Estábamos… peleando por un chico.

Tilda frunce el ceño y luego estalla en carcajadas.

—Chicas… los chicos nunca, jamás, merecen la pena. Hacedme caso.

Dos personas se acercan desde un lado de la calle, Kayla y Crystal. Cuando nos ven, corren de inmediato hacia mí.

—¿Qué ha pasado aquí? —pregunta Crystal, mirando a la chica que tengo detrás.

Sadie se levanta del suelo con la ayuda de dos chicas de la hermandad.

—Estoy bien —dice, sacudiéndose la ropa—. Solo es un poco de barro. No pasa nada.

Está tratando de quitarle hierro al asunto.

Bien.

Porque si me echan de la hermandad por su culpa, tendría un problema más gordo del que ya tiene.

—No volverá a ocurrir. Lo prometo —digo.

—Bueno, habéis roto una de las normas, así que tengo que castigaros a ambas —dice Tilda, frotándose los labios—. Pero hablaremos mañana. Primero id a descansar. Y nada de volver a pelear, o se convertirá en una suspensión de verdad. ¿Entendido?

Respondo rápido:

—Sí.

Sadie asiente.

No quiero que me echen mientras trato de averiguar qué le pasó a mi hermana, así que tendré que hacer las cosas con discreción a partir de ahora. Mantener la calma. Nada de perder los nervios.

Aunque por fin tengo una pista de verdad.

Sadie me rodea para evitar acercarse demasiado por miedo a que le dé un puñetazo. Seguramente haría lo mismo si fuese ella.

Kayla se acerca y me agarra del brazo.

—¿Os habéis peleado?

Asiento.

—Me metió una nota por debajo de la puerta.

Ella frunce el ceño.

—Oh… vale. Bueno, no parece para tanto.

Suspiro con fuerza y espero hasta que el resto de las chicas de la hermandad se han metido dentro y la aparto a un lado.

—Mira, no puedo explicarlo, pero en esta universidad está pasando algo horrible…

Kayla me escucha atentamente mientras Crystal parece confundida.

Vuelvo a suspirar y me froto la frente. Supongo que voy a tener que contárselo.

—Mi hermana se suicidó el verano pasado.

—Ay, lo siento muchísimo —dice Kayla mientras suaviza su expresión—. Ahora entiendo por qué llorabas.

Desvío la mirada.

—La estaban acosando, y siento que alguien tuvo la culpa de su muerte.

Kayla ahoga un grito.

—Oh, mierda.

—¿Estás segura? —pregunta Crystal.

—Me dejó un diario, y estoy bastante segura de que las personas a las que menciona tuvieron que ver con su decisión.

—Hala —dice Crystal, atónita por mi historia.

Kayla frunce el ceño.

—Entonces esta pelea con Sadie…

—Me ha metido una nota ensangrentada por debajo de la puerta con una amenaza en ella.

—Madre mía. ¿Ensangrentada? —Crystal se da un manotazo en la frente—. Esto ya es demasiado para mí.

—Cálmate, Crystal. Todavía no sabemos nada —dice Kayla.

—¿Y qué pasa si es la mafia? —dice Crystal.

Le chisto.

—No tan alto.

Ella se sonroja.

—Perdón.

—La cosa es… que voy a averiguar quién es el responsable de que mi hermana sintiera la necesidad de acabar con todo. Y esa nota es toda la prueba que necesito.

—¿Vas a ir a la policía?

Le doy vueltas a la idea por un momento.

Cualquier estudiante en condiciones normales lo haría. Pero nada sobre esta universidad o la muerte de mi hermana es normal, y si fuera a la policía, definitivamente me convertiría en su próximo objetivo.

Quien esté detrás de esto quiere que deje de buscar, quiere que deje de poner el foco en ellos. Así que tendré que llevar las cosas por otro camino. Tendré que ser discreta y pasar desapercibida.

Pero no podré hacerlo sola.

—Me lo pensaré —respondo.

Crystal abre la boca.

—Pero si es una amenaza tendrás que…

—No quiero causar más problemas —la interrumpo—. Ya tengo suficientes.

—Ah, claro —dice Crystal.

—Haz lo que creas mejor —dice Kayla, y me frota el brazo—, pero tengo que decir que estás cosechando un montón de enemigos para ser tu primer año.

Me río.

—Bueno, puedo soltarles una hostia si me ponen a prueba.

Crystal bufa.

—Sí, ya lo hemos visto. —Lanza una mirada a la puerta delantera de la hermandad.

—Oh, Sadie se pondrá bien —responde Kayla—. Tampoco es que fuera un sol que digamos.

Casi me atraganto de la risa.

—Vaya, vosotras también tenéis alguna enemiga, ¿eh? —digo mientras volvemos a entrar.

Kayla pone los ojos en blanco.

—Ni la nombres. Me alegro de que le hayas arrancado algún mechón.

Crystal se inclina y susurra:

—Una vez esa tía casi deja calva a Kayla porque pensaba que había besado al que le gustaba.

—Vamos, que se lo ha ganado —dice Kayla mientras sube las escaleras—. Bueno, vamos a la cama. Consúltalo con la almohada —me dice.

Asiento y bostezo, pero no creo que pegue ojo esta noche.

Me he convertido en el objetivo de alguien.

Y no voy a dejarlo pasar.

Encontraré a ese tal Nathan y, cuando lo haga, más le vale rezar…

Porque no pienso parar hasta vengar a mi hermana.

14 Penelope

Hace unos meses

—Ay, Dios mío, ¡me duele! —chillo, intentando no mirar, pero resulta difícil cuando tienes una aguja clavándose en tu piel. Dios, me dan ganas de recoger la mano.

—Ya casi está —dice Eve—. Tú puedes.

—¿A ti también te dolió tanto? —pregunto.

—Sí, pero merece la pena —contesta.

—Mierda —gruño, y hasta el tatuador se ríe.

Por fin termina y me limpia el exceso de tinta.

—Listo.

Dejo escapar un suspiro de alivio mientras me siento derecha, un poco mareada.

—Uf.

—Míralo —me dice Eve.

Levanto el brazo y admiro la preciosa caligrafía.

—Eve.

—¡Por fin vamos a conjunto! —grita y me abraza fuerte.

Ella lleva tatuado en el brazo mi nombre con la misma letra, y juntamos los brazos para verlos en el espejo del fondo del estudio RINGO.

—¿Contentas? —nos pregunta el tatuador.

—Es perfecto —dice Eve—. ¿A que sí, Pen?

Asiento y la abrazo fuerte.

—Gracias, me encanta.

—Bueno, tú me regalaste este el año pasado, así que pensé que podría devolverte el favor —dice riéndose.

—Me lo merezco —le digo de broma con un guiño.

—Ahora vamos a comernos un maldito trozo de tarta. Tenemos un cumpleaños que celebrar.

Me da un pellizco en el culo mientras caminamos hacia la caja para pagar antes de salir del estudio.

—No veas si escuece —le digo mientras caminamos calle abajo.

—Se te pasará, pero no te quites el apósito transparente —dice.

—¿El otro también te dolió así?

—¿Cuál? ¿Este? —Se señala la pequeña línea circular de la mano—. No mucho. Es demasiado pequeño.

Sonrío ante la seguridad que tiene en sí misma. Se parece tanto a mí que casi me duele, porque es como mirarme en un espejo.

—De todas formas, ¿qué significa?

Abre ligeramente los ojos antes de desviar la mirada y restarle importancia.

—Oh, no es nada. Quería ver si era capaz de hacerme un tatuaje, así que tenía que ser algo pequeño e… insignificante.

—Oh —respondo. Creía que sería algo más importante, pero bueno.

Un anillo nuevo y reluciente llama mi atención, y ahogo un grito mientras le agarro la mano.

—¡Es impresionante! ¿De dónde lo has sacado?

Ella se sonroja.

—Oh, me lo dio una de mis mejores amigas de la universidad.

—¿Por tu cumpleaños?

Ella hace una pausa y me mira por un momento.

—Eh, sí. Claro.

Es como si se le hubiera olvidado.

Al menos nunca se olvidará de que nos regalamos un tatuaje la una a la otra. Su nombre en mi piel y el mío en la suya, un recuerdo eterno de nuestro vínculo.

Y me muero por enseñárselo a papá y a mamá.

De repente, saca un carnet.

—Mira lo que tengo.

Cojo el carnet y lo miro.

—Eve Richards. Edad… ¿Veintiuno?

Miro su sonrisa radiante.

—Increíble, ¿verdad? —Ella me la quita de la mano de un tirón—. Los conseguí hace unos días.

Frunzo el ceño.

—¿«Los»?

Rebusca en su bolsillo y saca otra.

—¡Tachán! Feliz cumpleaños, Pen.

Le quito el carnet falso y miro fijamente la foto que tiene.

—Oh, Dios mío…

—Increíble, ¿verdad? —Me rodea con un brazo a la vez que se me dibuja una sonrisa en los labios.

No somos lo suficientemente mayores como para ir de copas, pero sí para hacernos tatuajes. Sin embargo, esto… Esto definitivamente lo cambia todo.

Eve me guiña un ojo.

—Entonces, ¿estás lista para ir a nuestra primera fiesta de verdad esta noche?

De repente, le ruge el estómago, y las dos nos miramos antes de estallar en carcajadas.

—Vale, pero primero… Vamos a por esa maldita tarta.

Felix

Presente

La música amansa mi alma violenta.

Bajos potentes y voz baja, justo el tipo de sonido que necesito para detener la oleada de adrenalina que fluye por mis venas.

Agarro la pajita de la mesa y esnifo un poco de cocaína; me coloco hasta las cejas delante de todo el mundo, incluso de los camareros.

Aquí, en RIVERA, uno de los clubes de mi padre en el centro de la ciudad, puedo hacer lo que me salga de los cojones sin consecuencias porque el gerente sabe que no debe interponerse en el camino del hijo de su jefe.

Además, todo el que entra en la sala VIP está forrado, y a los cabrones ricos no les importan una mierda las normas. A mí tampoco.

Me recuesto y disfruto del espectáculo. En el escenario frente a nosotros, un grupo de chicas bailan alrededor de la barra. Una de ellas se desprende del top lentamente, exhibiéndolo en el aire antes de lanzárselo a Dylan.

Él se lleva los dedos a la boca y le silba, luego se los coloca delante de los labios y saca la lengua entre ellos, fingiendo que le está comiendo el coño.

Pongo los ojos en blanco. Siempre es un puto ligón, incluso con las chicas que no le interesan.

—¿Qué? —replica Dylan cuando me ve la cara.

—A veces me pones enfermo —respondo.

—Solo me estoy divirtiendo —dice—. Deberías probarlo alguna vez. Empiezas a parecerte a un cadáver. Quizás traiga tu negro corazón de vuelta de entre los muertos.

—Demasiado tarde. Ya estoy en el infierno.

Miro a lo lejos, pero solo veo coños encima de pollas por todas partes.

Este club no se anda con medias tintas. Aquí los bailes privados van con servicio oral incluido, y no me refiero precisamente a una charla. Aunque no me apetece ver a un notas recibiendo una mamada en el local.

Lo único que consigue es recordarme esos jodidos labios dulces de esa sucia zorrita llamada Penelope envolviendo mi polla.

Cierro los ojos y suspiro, dejándome llevar por la música y sumergiéndome lentamente en el olvido. Porque todo eso es mejor que pensar en la única chica en la que no debería estar pensando.

Una y otra vez, se cuela en primer plano en mi mente con ese puto diario suyo.

¿Por qué quería recuperarlo con tanta desesperación que hasta estaba dispuesta a ponerse de rodillas por mí?

¿Tendrá información sobre la muerte de Eve?

—Por Dios, parece que estás a punto de matar a alguien. Relájate —me dice Dylan—. Normalmente esto te encanta. ¿Qué ha cambiado?

—Penelope.

—Está jugando con tu mente —dice Alistair mientras le da un sorbito a su copa.

—Es mejor mantenerse lejos por ahora —dice Dylan—. No quiero volver a cabrear a papá.

—¿Asustado? —bromea Alistair, levantándole una ceja a Dylan.

—No vale la pena perder toda mi vida por una chica —replica, y se bebe la copa de un sorbo.

—Para mí sí —digo, tajante.

—No dejes que se te meta en la cabeza —dice Alistair.

—Demasiado tarde.

Me siento erguido y miro al escenario, ignorando a las chicas que se acercan a nosotros.

—Anda, mira —dice Alistair—, tetas.

—Como si te hubieran importado alguna vez —suelta Dylan, y le lanza un guiño a Alistair.

—Oye, que yo no discrimino. —Alistair saca una lengua larga que podría hacer que cualquier chica se abriera de piernas.

La chica se acerca bailando a Dylan y él le mete un fajo de billetes por debajo del hilo del tanga. Ella empieza a bailar delante de él, pasándole las tetas por la cara mientras mueve el culo arriba y abajo, y él le da una palmada cuando da una vuelta. Ella le pone las manos en el culo y empieza a hacer twerking como una loca, y Dylan se pone a cien, sonriendo como el hijo de puta cachondo que es.

Alistair no deja de mirarlo fijamente como si estuviera celoso de que la chica lo escogiera a él.

Pero no podría importarme menos.

Y cuando la chica del escenario deja de dar vueltas sobre la barra y camina hacia mí, seguramente pensando que podrá conseguir algo de dinero fácil, le giro la cara. Aun así, intenta subirse en mi regazo.

La empujo y se cae al suelo. Se oyen jadeos en la sala VIP. La chica me lanza una mirada arrogante y bufa.

—Métete tu dinero por el culo, enclenque cabrón.

La agarro del cuello y me inclino.

—Me llamo Felix Rivera.

Abre los ojos como platos.

—Per… per… si ese es el nombre del… club.

—Exacto. —La tiro de nuevo al suelo y ella se aleja arrastrándose despacio, luego se levanta y corre hacia el fondo de la zona VIP, donde desaparece en el camerino.

—Por Dios, relájate un poco —me dice Dylan.

—No he venido a tocar tetas —digo.

—Las únicas tetas que le interesan son las de Penelope —broma Alistair—, pero esas son las únicas tetitas que nunca va a conseguir.

Me saco una pistola del bolsillo y le apunto directamente a la frente.

Todo el mundo estalla en gritos y salen corriendo de la zona VIP, incluida la bailarina privada de Dylan, pero me la suda.

—Penelope. Es. Mía.

Alistair me mira fijamente y luego suspira con fuerza.

—Está bien. Me importa un carajo. —Mira a lo lejos y se cruza de brazos.

Bajo la pistola despacio y vuelvo a guardarla en su sitio. Ahora estamos completamente solos en la zona VIP.

—Ahora yo también he perdido mis tetitas —bufa Dylan—. Maldita sea, Felix. ¿En serio?

—Tienes a toda la maldita universidad arrastrándose por ti, ¿y quieres meter la polla en una puta por la que tienes que pagar?

—Porque ella no me conoce. Es más divertido cuando no me desean —replica Dylan, deja escapar un fuerte suspiro y se recuesta sobre su asiento—. Creo que puedes sentirte identificado.

Entorno los ojos y vuelvo a desviar la mirada hacia la barra, aunque no haya nadie bailando. Pero no necesito que una chica cualquiera baile alrededor de la barra para excitarme. Porque en mi mente veo a una chica girando justo delante, quitándose la ropa lentamente mientras solo tiene ojos para mí, su pelo morado moviéndose por sus hombros de izquierda a derecha cuando ladea esa cabeza tan bonita justo como a mí me gusta.

—¿Sabes qué? Ya va siendo hora de liarla bien en la universidad. Montarnos una fiesta de las guarras en pleno campus —cavila Dylan.

—Oh, ya casi es Halloween —agrega Alistair—. Perfecto para una bacanal de gente asquerosamente rica.

—Uf, sí, lo veo —dice Dylan mientras se relame.

—Lo sabía —dice Alistair, resoplando—. Cómo no se te iba a ocurrir a ti, incluso sabiendo que tu padre ya nos odia a muerte.

—Eh, que le den. No le importan las fiestas de la fraternidad. Está demasiado ocupado dirigiendo esa aburrida universidad.

Dylan coge el tubito y le da una buena esnifada a la coca, colocándose hasta las cejas.

Aunque yo también haya tomado un poco, nunca me he vuelto adicto a las drogas, ni al alcohol, ni siquiera a la vida.

Solo hay una cosa a la que podría volverme adicto.

A las zorritas viciosas a las que puedo doblegar y degradar.

Y conozco a una chica que, sin duda, irá a la fiesta de Halloween, preparada para matar.

15 Penelope

Me abro paso por los pasillos para encontrar a ese tal Nathan, quienquiera que sea. Lo único que tengo es la foto que puso mi hermana en su diario, pero la tengo grabada en la retina. Algún día encontraré a ese cabrón. No puede esconderse para siempre después de haberme enviado esa puta nota.

Mi hermana nunca me mencionó a Nathan, y ocupa un hueco diminuto en el diario. ¿Por qué no me habló más de él si fue el acosador que la hizo saltar?

—¿Qué clase decías que nos tocaba? —le pregunto a Crystal para dejar de darle vueltas a las cosas.

Crystal comprueba su horario.

—Vamos a Gestión del Riesgo Financiero. Está justo al doblar la esquina.

Crystal y yo compartimos esta clase, y una más con Kayla, así que ella lo ve como una oportunidad estupenda para saberlo todo sobre mí. Pero yo no soy de las que van por ahí contando toda su vida. Porque la gente siempre tiene motivos ocultos, y cualquier cosa que diga puede ser y será utilizada en mi contra.

Me freno en seco en mitad del pasillo, donde Alistair clava un papel en un tablón de anuncios que cuelga de la pared. Nos lanza una mirada.

Mierda.

Me escondo detrás de una columna y arrastro a Crystal conmigo.

—Hala, Pen, ¿qué pasa? —me pregunta—. ¿A quién has visto?

—A Alistair.

Abre los ojos de par en par.

—¿A esos tipos de la Sociedad?

Me llevo un dedo a los labios.

Cuando me inclino de lado para mirar a Alistair, él sonríe y se marcha despreocupadamente, clavando más papeles a su paso.

Maldita sea, nos ha visto.

Es inútil esconderse.

—Ya se ha ido —digo, rodeando la esquina de la columna.

Camino directa al tablón de anuncios y arranco el papel. Es una invitación para una fiesta de Halloween.

El corazón me empieza a latir con fuerza.

—Oh, guau, te digo yo a ti que no. Ni hablar. —Crystal se ríe mientras miro fijamente la nota—. Espera, no estarás pensando en ir, ¿verdad?

Esto es perfecto.

—Pen, por favor, dime que no vas a ir a esa fiesta —dice Crystal.

—Lo ha puesto aquí para que lo encuentre —digo.

Me agarra de los hombros.

—Pen, escúchame. Esos tipos tienen dinero y poder para hacer desaparecer a cualquiera. Si te cruzas en su camino, si creen que eres una amenaza, te destruirán.

Abro las fosas nasales.

—Que lo intenten.

Necesito ir. Si no puedo encontrar a ese tal Nathan aquí en el campus, seguro que lo encjmuentro en una fiesta organizada por los tres cabrones más ricos de esta universidad. Y además es una fiesta de Halloween, es obligatorio disfrazarse.

Una sonrisa de satisfacción se me dibuja en la cara.

Supongo que es hora de volver a la guarida de la serpiente.

Me subo el corpiño del disfraz rojo y negro brillante que más bien parece ropa interior erótica con fines placenteros. La única razón por la que me lo pongo es porque sé que no me van a dejar entrar en el edificio si no lo hago. Es una de las condiciones de la nota que arranqué del tablón de anuncios. «Vístete sexy».

Bueno, pues si quieren algo sexy, les voy a dar algo sexy en toda regla… A mi manera.

Me pinto los labios de rojo intenso, me perfilo de negro para crear un efecto degradado, luego me coloco las pestañas postizas. Y, para rematar, me pinto unas gotitas de sangre. Cuando acabo, me recuesto y me observo en el espejo. Con esta capa y las marcas de sangre alrededor de la boca, parezco una vampira lista para devorar a su próxima presa.

Perfecto.

Agarro mi bolso y compruebo que tengo todo: el teléfono y mi navaja de confianza, que he usado cada vez que he necesitado protección. El regalo de un padre que no sabía qué regalarle a su hija por su cumpleaños. Resultó ser la mejor idea del mundo.

Con una sonrisa en la cara, salgo del baño y me dirijo hacia la puerta.

—¡Hala! ¿A dónde vas de esa guisa? —pregunta Kayla mientras pausa el programa que está viendo en el portátil.

—A una fiesta —respondo.

—No será la de la Skull & Serpent Society, ¿verdad? —Se mete varias palomitas en la boca.

—Justo a esa.

Casi se atraganta con algunos granos.

—¿Qué? No, tienes que estar de broma. Son lo peor. ¿Acaso sabes dónde te estás metiendo? Sus fiestas son famosas por ser el lugar al que la gente va a emborracharse y puede que incluso a morir.

—Voy para intentar encontrar a ese tal Nathan. Es una fiesta. No puede ser para tanto.

Ella se ríe.

—Literalmente, han matado a gente con sus novatadas.

—Esto no es una novatada —replico mientras me coloco unos tacones negros de infarto.

—¿Y qué? La gente muere. Es algo normal allí. Por no hablar de todas las drogas y el alcohol que hay. —Pone los ojos en blanco—. En plan, he ido a algunas de esas fiestas, ¿pero esos tíos? —Pone cara rara—. Les va todo un rollo muy retorcido y pervertido.

—Va a ser entrar y salir. Nada más —digo, abriendo la puerta.

Ella suspira.

—¿De verdad que no necesitas que te acompañe? —Se arrastra para salir de la cama, en pijama y con gorro de dormir—. Porque lo haré. Solo tengo que calzarme.

Yo suelto una risita.

—No, no pasa nada. Ve a ver el programa. No te preocupes por mí. Estaré bien.

—Vale, si tú lo dices —contesta mientras cierro la puerta—. ¡Llámame si pasa algo e iré cagando leches!

Me río con un resoplido.

—¡Gracias, Kayla! Nos vemos luego.

Corro por el pasillo, ignorando todas las miradas que me lanzan al pasar por delante de las puertas abiertas, y me apresuro a bajar los escalones y salir por la puerta. El aire es fresco para ser una noche de octubre y, desde luego, no me he vestido para el tiempo que hace. Voy vestida para impresionar.

Me visto para atraer a chicos como Nathan, de los que hacen de las suyas y creen que pueden salir impunes. Y cuando por fin me acerque lo suficiente… le arrancaré la puta cabeza.

Dylan

Estar relajado en el sofá con dos chicas en mis brazos y una música impresionante sonando por los altavoces es justo la forma en la que me gusta pasar la noche. Esta fiesta de Halloween no podría haberse planeado mejor. Toda la comida, alcohol y drogas que puedas imaginar al alcance de nuestras manos, repartidas por toda la casa en diferentes mesas, junto con vasos y rayas listas para esnifar. Tengo a la gente controlada junto con Alistair, que fue el que lo consiguió casi todo. Robó unas cuantas botellas de aquí y de allá. Y no es que no podamos pagarlas, es porque le pone muchísimo.

En esta casa de pirados no se salva nadie.

De hecho, es un requisito para poder entrar.

La Skull & Serpent Society solo acepta a personas que estén dispuestas a ir más allá de la depravación. Deben pasar por una novatada llena de obscenidades, suciedad y fluidos corporales. Como en cualquiera de nuestras reuniones.

El coste es elevado.

¿Pero el premio?

Inconmensurable.

Esta Sociedad es la casa de futuros CEO, líderes mundiales y de generaciones extremadamente ricas.

Todos quieren estar aquí, incluso las tías, quienes lo tienen prohibido porque es un club exclusivo de chicos. La única excepción son las fiestas, como ahora.

Todas… menos una.

Doy una calada a la hierba que me ofrece la chica que tengo sobre una de mis rodillas, y suelta una risita cuando le echo el humo en la cara. La otra chica empieza a frotarme el pecho y a colar los dedos por debajo de mi traje caro para enredar mi corbata roja alrededor de su dedo.

—Oye —le dice la otra chica, me agarra el traje también y le aparta la mano—, yo estaba primero.

Me río y le pongo las manos en el culo a las dos, la polla se me está poniendo dura como una piedra solo con la muestra de celos.

—Chicas, chicas. Aquí hay para todas.

—Aquí siempre hay hueco —comenta Alistair desde el sofá enfrente del mío, dando unas palmaditas en el cuero rojo a su lado izquierdo. A la derecha, una chica le acaricia el pecho con suavidad mientras intenta quitarle la máscara de vez en cuando, pero él se lo impide.

—Siempre dispuesto a robar, ¿eh? —replico.

Él sonríe con suficiencia.

—Es lo que mejor se me da.

Se lame los labios y mira a las chicas mientras una de ellas empieza a tocarme la erección, y él se muerde el labio.

Le susurra algo al oído a la chica que está sentada a su lado. Me lanza una mirada rápida antes de empezar a tocarle los muslos, acercándose cada vez más a su entrepierna.

Yo sonrío de medio lado.

Me gustan los retos.

De repente, Felix aparece por detrás de Alistair y coloca las manos a ambos lados del sofá.

—¿Qué creéis que estáis haciendo?

La chica se aparta rápidamente de Ali y se va corriendo a bailar con otro.

—Disfrutando de la puta fiesta —responde Alistair—. Y tú te lo acabas de cargar. Gracias.

Felix se saca una navaja de debajo de la capucha y se la pone en el cuello.

—¿Piensas que me da miedo una navaja? —contesta Alistair, y, literalmente, se inclina sobre la hoja hasta que empieza a sangrar—. Vivo contigo por la diversión.

Felix se queda quieto y guarda la navaja.

—No esperaba menos de un cabrón como tú.

Luego me mira a mí.

—Deja de cascártela. Tenemos cosas que hacer.

Las dos chicas se apartan lentamente de mí.

Frunzo el ceño, molesto.

—¿Cómo que cosas? ¿Qué cojones?

Estaba a punto de disfrutar de una buena paja en público, y ahora me han dejado con los huevos cargados. Más vale que tenga una buena excusa.

—Estoy a punto de salir ardiendo, Felix. —Me levanto del sofá para seguirlo—. ¿No puedes darnos un respiro?

—¿Crees que dos tías tocándote es el paraíso? —pregunta mientras avanzamos entre la marea de gente hacia el enorme pasillo—. Guárdate la corrida. Te tengo algo mejor.

—¿Como qué? —Alistair se mete en la conversación. Nos ha seguido sin que nos demos cuenta. Siempre me sorprende cuando lo consigue. Todavía me sigue asustando.

Felix nos lleva a un lado, hacia una esquina apartada de la Sociedad, cerca de la biblioteca.

—Penelope. La he visto por las cámaras. Está aquí. Y voy a encontrarla.

16 Penelope

En la puerta principal de la Skull & Serpent Society un chico me mira con los ojos entrecerrados, y luego me hace un gesto con la mano para que pase. No espero ni un segundo y me cuelo dentro, por si acaso vuelve a comprobarlo y me niega el acceso. Por suerte, está demasiado ocupado hablando con tres chicas con pelucas rubias y disfraces de Barbie que estaban esperando detrás de mí.

Entro y observo toda la decoración mientras dejo que la música atronadora me guíe. Está a rebosar, la cháchara llena todas las malditas estancias del edificio. Incluso las escaleras están ocupadas, y solo queda un camino estrecho para subir. Hay gente por todas partes, ya sea fumando hierba, bebiendo alcohol o enrollándose.

Y no me refiero a besarse simplemente… Hablo de acción en toda regla: agarrando cuerpos, desgarrando bragas, apretando tetas y rozando pollas. Contra las vigas de soporte de hormigón, en los costosos asientos de cuero repartidos por el pasillo, en el armario detrás de la escalera e incluso en el puto suelo.

Mis ojos se deslizan instintivamente hacia las cámaras que cuelgan por todo el lugar. Alguien debe de estar viendo todo esto con las manos en los pantalones.

Espero que no me vean.

Trago saliva y sigo adelante, con la vista enfocada en el objetivo, por mucho que suba la temperatura.

Ya he estado en fiestas de Halloween antes, pero nunca en ninguna tan explícita.

Delante de mí hay una gran sala de fiestas atestada de gente, el olor a sudor, humo y sexo llena mis fosas nasales. Debe de ser donde se celebra la parte más importante de la fiesta.

Me pregunto si Nathan estará ahí dentro.

—¿Una bebida?

Casi doy un respingo por la repentina voz en mi oído.

Detrás de mí hay alguien con tres vasos.

—Maldita sea, ¿hasta hay camareros?

El chico se ríe.

—No, soy un no iniciado. Ayudamos en las fiestas.

Agarro uno de los vasos, preguntándome qué llevará dentro.

—Ah, ¿así que esto forma parte de las novatadas?

Él asiente.

—Es la parte buena.

¿Qué quiere decir con eso?

—¿Cómo que la parte buena?

—Sí, la parte chunga viene después.

—¿Qué es la parte chunga?

Él se encoge de hombros.

—Pues te hacen beber algo mezclado con vete a saber qué. Se hacen carreras en pelotas, lanzamiento de cervezas, hidalgos, concurso de meadas y más alcohol. O eso me han dicho.

Nunca he pasado por eso. Este es mi segundo día.

Ya he visto eso del lanzamiento de cerveza. No es algo que querría experimentar, pero dudo que sea lo peor que puedan hacer.

—Bueno, que tengas suerte. Gracias por la bebida —respondo, y me alejo.

—¡De nada! Si necesitas otra, ya sabes dónde encontrarme —grita el chico detrás de mí.

Vacío el vaso en la primera maceta que encuentro. De ninguna manera voy a tocar nada de esto porque luego seguro que acabo dando tumbos por la calle, colocada por algo que me habrán echado.

No, gracias.

Me dirijo a la habitación principal, abrumada por toda la gente que hay. La gente baila y choca entre sí al ritmo de la música. Derraman alcohol y cae sobre el vestido de alguien, pero a nadie parece importarle. Todos aplauden e incluso un tipo empieza a lamerle la piel.

Giro hacia el otro lado y me dirijo a la habitación de la izquierda. Una cocina apenas reconocible, ya que toda la encimera está cubierta de botellas de alcohol. Dos chicas se están besando en el fregadero y no quiero cortarles el rollo, aunque esto está lleno de gente.

Vuelvo a la sala principal y miro a mi alrededor, intentando concentrarme.

Es entonces cuando localizo la cara del diario de mi hermana.

Nathan.

Está subiendo las escaleras.

Clavo los ojos en él, lleva puesta una sudadera con capucha de color rojo claro que destaca entre toda la gente del lugar, e inmediatamente me lanzo a perseguirlo.

Pero hay un montón de gente en medio. Me cuesta abrirme paso entre todos esos cuerpos que no paran de chocarse. El sudor y el calor hacen que me cueste respirar mientras me abro paso entre la multitud.

Para cuando llego a las escaleras, ya ha desaparecido. No ha podido salir fuera, lo que quiere decir que debe estar en una de las habitaciones y que voy a encontrarle.

Subo corriendo las escaleras, apenas esquivando los charcos de cerveza que hay en los escalones. Me echo a un lado y paso por el lado de una pareja enrollándose en el pasamanos. Me meto en la primera habitación que encuentro, pero no es más que un cuarto de estudiantes destrozado y lleno de gente bailando.

La siguiente es la habitación de un alumno cualquiera, y hay alguien desplomado en la cama, con vómito escurriéndose hasta la alfombra. Qué asco.

Me adentro más en el pasillo y abro la siguiente puerta. Hay dos chicos en la cama haciéndolo. Jeremy y Calvin. Y acabo de irrumpir justo cuando se están dando como salvajes. Mierda.

—¡Perdón! —digo, tapándome los ojos con la mano—. Me he equivocado de habitación.

—No te preocupes, cariño —dice Jeremy, riéndose—. Cierra la puerta, ¿quieres? Gracias.

—Claro —respondo, avergonzada.

Corro rápidamente hacia las últimas puertas del pasillo, pero cuando empujo, el pomo está atrancado. Cerrada. Joder.

—¡Lo siento, está ocupado!

Debe ser un baño.

No quiero perder la oportunidad de encontrar a Nathan, y aquí arriba todavía me quedan unas cuantas habitaciones por comprobar, así que continúo. Y la siguiente puerta que abro es la única que no está llena de gente bailando o dándose el lote.

La habitación es enorme, mucho más grande que las otras que he visto, y está cargada de muebles que parecen costosos. El armario está abierto, y desde aquí puedo ver un Armani. Por Dios. Kayla y Crystal no mentían cuando decían que los chicos de la Sociedad están forrados.

Sin embargo, lo que más me sorprende son la cantidad de calaveras que hay en la habitación. Cuadros, lapiceros, papel pintado, alfombras… Literalmente todo está decorado con esqueletos. Como un recordatorio directo de la muerte.

Me adentro en la habitación oscura, ignorando el escalofrío que siento en el corazón, y miro a mi alrededor. Digo con suavidad:

—¿Hola? ¿Hay alguien?

Pero no hay respuesta.

Hay otra puerta al fondo y la luz está encendida. ¿Un baño privado, tal vez?

Camino hacia ella, preguntándome si Nathan podría estar dándose una ducha o meando dentro. Me da igual que tenga el culo al aire o que esté completamente en bolas, voy a confrontarlo por esa maldita nota y voy a averiguar si acosó a mi hermana hasta matarla.

Agarro la puerta y la abro.

No hay nadie dentro.

¿Qué cojones?

De repente, la puerta se cierra a mi espalda.

La cerradura se gira.

Impactada, giro sobre mis talones.

Pero la persona que está en el marco de la puerta no se parece en nada a Nathan.

De hecho, ni siquiera lleva una sudadera roja.

Es alguien con una sudadera negra larga y una máscara LED verde de La Purga, cuyos ojos se convierten en cruces y con una sonrisa cosida aterradora.

En la oscuridad, es casi como si la cara cobrase vida.

—Hola, Penelope.

Ay, Dios.

Esa voz. La reconocería en cualquier parte.

Felix Rivera.

Sabía que existía la posibilidad de que me lo cruzase durante mi búsqueda, pero esto es demasiada coincidencia.

—¿Cómo sabías que estaba aquí? —le digo con los dientes apretados.

Él se ríe e inclina la cabeza, lo que le da a la máscara un aire espeluznante.

—Te he visto por las cámaras.

Mierda. Las había olvidado.

Claro, estaría revisando las grabaciones.

—¿Así que espías a tus propios invitados? —pregunto.

Él da un paso hacia delante, y yo uno hacia atrás.

—Soy muy precavido…

¿Con los intrusos? Qué gracioso.

—Tu colega Alistair ha colgado las invitaciones por toda la facultad. No es mi culpa que lo haya visto.

—¿No crees que fue intencionado?

Se ríe de nuevo, y es una risa visceral que solo puedo describir como algo maníaco.

Tan escalofriante como la máscara que lleva en ese rostro tan serio.

—Oh, Penelope… Tienes tanto que aprender. —Se coloca las manos sobre la cara, aprieta la máscara con los dedos, como si se estuviera conteniendo de arremeter contra mí—. Yo te enseñaré.

Un escalofrío me recorre la columna de arriba a abajo.

Se acerca aún más y yo me estremezco en el sitio, preguntándome si debería sacarle la navaja. Pero, si lo hago, las cosas se irían de madre muy rápido. Tengo que calcularlo bien.

Desvío la vista hacia la puerta. Hay una cerradura. Debe tener la llave en alguno de los bolsillos, y sin ella no podré abrirla.

—¿Qué estás haciendo aquí, Penelope? —pregunta.

Inspiro profundamente.

—¿Qué más te da?

—Esta es mi habitación.

¿Su habitación? Vaya. Eso convierte este cuarto lleno de esqueletos en algo mucho más aterrador.

—Y tú estás invadiendo una propiedad privada —añade.

—Estoy buscando a alguien —digo.

—¿A quién y por qué?

—A un tipo que se llama Nathan. Y no es asunto tuyo.

—Lección número uno…

Su voz es oscura. Intensa. Demasiado intensa.

Y no me gusta el tono.

—Todo lo que pasa en esta casa es asunto mío.

Pues vale. Le seguiré el rollo.

—Alguien de tu maldita Sociedad acosó a mi hermana —escupo—. Y voy a encontrar a quien fue. Porque es el responsable de su muerte.

Se le tensa el cuerpo.

—¿Estás acusando a alguien de asesinato?

Inclino la cabeza, plantándome con firmeza.

—Pues a lo mejor sí.

Se aproxima. Demasiado cerca para mi gusto.

Agarro mi bolso con fuerza, pero me quedo congelada cuando se pone frente a mí, justo a una distancia en la que puedo ver sus ojos detrás de esa máscara. Su colonia me invade las fosas nasales y me recuerda a aquella vez que estuve de rodillas con él en lo más profundo de mi garganta.

Solo el recuerdo me provoca un destello de placer que rápidamente guardo para mí, para que nadie más lo sepa.

Pero en sus ojos veo ese mismo brillo, la misma clase de necesidad retorcida que ya he visto antes.

Y hace que se me ponga toda la piel de gallina.

Me rodea la garganta con la mano en un abrir y cerrar de ojos.

Jadeo, pero el aire se niega a escapar.

El pánico me inunda las venas y él se inclina para susurrarme al oído:

—¿Crees que la maté yo?

No sé cómo responder. No sé la verdad.

Pero quiero saberla. Desesperadamente.

Su agarre se intensifica poco a poco alrededor de mi cuello.

—Dilo.

—Sí —respondo.

Él deja escapar una risita por la nariz.

—Me gusta cuando haces esos ruiditos.

Mueve la mano lentamente hacia mi barbilla y me la agarra con tanta fuerza que no puedo escapar. Nunca había temido por mi vida hasta ahora.

¿Y si fue él quien lanzó a mi hermana por el acantilado?

¿Y si Nathan no era más que una farsa, un mensajero enviado por Felix?

—Las chicas buenas no consiguen lo que quieren —gruñe, empujándome la barbilla hasta que abro los labios—. Las chicas malas consiguen lo que se merecen.

Me mete dos dedos en la boca y los desliza despacio por mi lengua. Estoy sobrepasada por la confusión y el repentino aluvión de deseo que me recorre el cuerpo y al cual no sé ni cómo responder, y mucho menos actuar.

Consigue dominarme solo con sus dedos.

—Perfecto —gruñe—. Solo necesitas un poco de práctica… —Los introduce tan profundo que me provoca una arcada—. Pero quieres ser una buena putita para mí, ¿no es así?

Joder. No puedo dejar que me vuelva a hacer esto.

En un momento de claridad, le muerdo.

Saca los dedos, rozando contra mis dientes.

Su sangre se me derrama en la lengua y yo la escupo.

—Joder, siempre escupiendo… Ya es hora de que alguien te enseñe a tragar —gruñe.

—Que te follen —le digo. Abro el bolso de un tirón y saco la navaja, me alejo para que no pueda tocarme—. Ni lo intentes, joder.

Él resopla.

—¿Crees que le tengo miedo a un cortecito?

El miedo que se abre paso a través de mi cuerpo me convierte en una salvaje.

—Te cortaré las putas pelotas.

—Me encantaría ver cómo lo intentas.

De repente, se abalanza sobre mí, salto a un lado y corro hacia la ventana. Cojo una silla de madera y la arrojo contra el cristal, pero no sirve de nada. Joder.

—¿Crees que puedes escapar de mí? —se regodea Felix—. Ni hablar, la diversión no ha hecho más que empezar.

—No pienso jugar a ningún juego contigo —digo, y corro hacia otra de las ventanas del baño, clavo la navaja en la cerradura y la abro a la fuerza.

El mecanismo se mueve, lo deslizo hacia arriba y salto justo cuando me agarra la capa y me ahorca.

Me ahogo, toso y jadeo, tirando frenéticamente de la cuerda que me rodea el cuello. Finalmente, se afloja y caigo por las escaleras de emergencia. Encima de mí, Felix agarra mi capa con fuerza, rugiendo en voz alta.

—No vas a escapar, Pen. Esta vez no.

Corro por la escalera de metal chapucera lo más rápido posible mientras la cabeza de Felix desaparece de la ventana.

Pero sé que no va a ser la última vez que lo vea.

La adrenalina me recorre el cuerpo mientras bajo corriendo los últimos escalones y salto al jardín de detrás de la casa. Pero la puerta trasera se abre con un estruendo. Y no solo está Felix proyectando una sombra bajo las luces brillantes de detrás. Hay otros dos: uno vestido con una túnica negra sujeta por una cuerda y una inquietante máscara de calavera y otro con un traje negro con corbata roja y una media máscara de lobo inspirada en Anubis, con una sonrisa perversa debajo que definitivamente le pertenece a Dylan.

Son ellos.

—Más te vale correr rápido —gruñe Felix.

No lo pienso antes de echar a correr como una loca.

17 Penelope

En cuestión de segundos, oigo sus pasos detrás de mí.

Se me acelera la respiración mientras corro por la acera y me cuelo por una estrecha grieta entre los muros de la universidad, en dirección directa al bosque Priory, más allá de los terrenos de la facultad.

—¡No hay lugar donde puedas esconderte de nosotros! —grita Dylan, riéndose como un loco drogado.

Tiene razón. No estoy a salvo en ninguna parte. Ni en mi habitación. Ni en la universidad. Ni en ningún sitio.

Mi mente me guía a través de los árboles, deseando y rezando para poder escapar.

Llegué buscando a Nathan y encontré a tres serpientes agazapadas en su guarida, esperando que alguna presa entrase en sus dominios. Y yo lo hice, por voluntad propia, a sabiendas de que podría cruzarme en su camino y que me tragaran entera.

Joder.

Debería haberme mantenido alejada.

Demasiado tarde.

Están justo detrás de mí, persiguiéndome con una sonrisa en la cara.

Esto es una puta pesadilla hecha realidad.

—¡Toma ya! Corre zorrita, corre tan rápido como puedas —ruge Dylan, con la máscara de Anubis apenas puesta.

No me puedo creer que esto esté pasando. Están como una puta cabra.

Tengo que alejarme, y rápido.

Paso entre árboles espesos saltando por encima de piedras y escombros sueltos que encuentro en el camino. No hay tiempo para pasos en falso, ni para mirar atrás.

Pero cuando echo un vistazo a mi izquierda, veo que me persigue un lobo enmascarado con un destello en la sonrisa.

—¡Voy a atraparte! —ruge, pisándome los talones.

Giro bruscamente hacia la derecha, pero es justo donde está Alistair, que atraviesa el bosque corriendo, con la máscara de calavera brillando bajo la luz de la luna. Cada árbol no es más que un parpadeo de oscuridad mientras me arrinconan.

Nunca he sentido tanto miedo como esta noche.

De repente, una mano me rodea el brazo y me tumba de lado, y me golpeo el culo contra una piedra. Grito cuando Felix me empuja más hacia abajo y se coloca encima de mí. Le araño el pecho y le doy un puñetazo, pero enseguida me agarra las muñecas y me las inmoviliza contra el barro.

Felix tiene una mirada salvaje.

—Mía.

—¿Qué es lo que quieres? —le grito en la cara. Aunque lleve puesta esa máscara LED escalofriante, sé que puede verme—. ¡Suéltame!

Dylan y Alistair se ciernen sobre mí, sus máscaras son aún más aterradoras desde aquí abajo.

—Te dije que te atraparíamos —dice Dylan, agachando la cabeza para mirarme.

—Bonito conjunto, Pen —dice Alistair, mirándome fijamente con los ojos pintados de negro—. Me pregunto a quién se la chuparás esta vez.

—¡Vete a la mierda! —escupo mientras lucho contra Felix, pero es mucho más fuerte que yo.

Meto la mano en el bolso en busca de la navaja.

—Sujetadla —le grita Felix a sus amigos.

Alistair me arranca el bolso de la mano y lo tira lejos.

—No te va a hacer falta.

Entonces, Dylan y él me pisan los brazos hasta que aúllo de dolor.

Me duele muchísimo, y se me cubren los ojos de lágrimas.

Felix me agarra de la barbilla con brusquedad y me obliga a mirarlo.

—Deja que vea esas lágrimas, Pen. —Se inclina y saca la lengua para lamer las gotas saladas de mis mejillas—. Estás preciosa cuando lloras, joder.

—Estás enfermo —siseo mientras aparto la cara.

Aprieta más los dedos y me los hunde en las mejillas.

—Y, aun así, eres tú la que ha venido a nosotros.

—Te he dicho que estaba buscando a Nathan.

—¿Porque aparece en ese diario? —pregunta.

Claro que lo han leído todo. Que les jodan.

—¡Porque me dejó una puta nota debajo de la puerta, y necesito saber quién es el responsable de la muerte de mi hermana! —digo con voz ronca—. Y si es alguno de vosotros…

Dylan se ríe.

—¿Qué harías si lo fuéramos? ¿Matarnos?

Alistair estalla en carcajadas.

—Desde luego que lo intentaría con todas mis putas ganas —gruño en respuesta.

Ahora todos se ríen.

—Eres la primera que se atreve siquiera a decirlo en alto —dice Dylan—. Me gusta.

—No fue Nathan, ¿verdad? Lo estáis usando. La hicisteis saltar, y estáis tratando de encubrirlo —digo con los dientes apretados.

Los ojos de Felix se posan en los míos, y su cuerpo se tensa contra mí.

—Harías cualquier cosa por tu hermana, ¿a que sí?

Asiento.

Me mueve la cabeza hasta que nuestras bocas están casi alineadas, y se inclina para lamer el borde de mis labios, luego retrocede y susurra:

—Entonces demuéstrame lo lejos que estás dispuesta a llegar para averiguar la verdad.

Trago saliva, ignorando el hormigueo en mi interior.

Que les den. Solo están intentando usarme.

Cuando Felix se retira, le escupo en las botas.

—Que os follen.

Me aplastan los brazos con los pies con más fuerza hasta que gimo de dolor.

—Con mucho gusto —contesta Felix—. Cuando terminemos contigo, vas a estar chorreando leche por todos los putos agujeros.

—Como si os lo fuera a permitir —digo.

—Pues me da a mí que sí… —Con esa espeluznante máscara LED que lleva en la cara da la impresión de estar sonriendo—. Porque somos los únicos que podemos darte lo que quieres.

—Admite que la hicisteis saltar y ya está —gruño—. Por eso no dejáis de perseguirme, ¿verdad?

Se ríen.

—¿No lo entiendes?

Felix me agarra del pelo y me levanta la cabeza.

—No fuimos nosotros.

—¿Qué? —jadeo, totalmente confundida—. ¿Pretendéis que me lo crea?

—No la hicimos saltar —añade Alistair—. Ella era…

—Una amiga —interviene Dylan.

¿Una amiga?

No. Y una mierda. Eso no puede ser verdad.

¿No?

Los tres chicos se miran los unos a los otros.

Felix me suelta la cabeza en el suelo.

—Nunca averiguarás lo que le pasó por tu cuenta.

—¡Entonces, ayudadme! —grito.

Es un último intento desesperado, pero ¿qué más puedo hacer?

Él se queda quieto y mira a sus colegas, intercambian miradas como si pudieran hablar sin decir una sola palabra.

De repente, se saca una navaja gigante del bolsillo y la sostiene debajo de mi barbilla.

—¿Ayudarte? —Inclina la cabeza—. ¿Y qué te hace pensar que queremos hacerlo?

Me estremezco en mi sitio. Mierda, ¿qué digo?

—Habéis dicho que era vuestra amiga. Los amigos quieren saber por qué sus amigas se suicidan.

No sé qué más decir. Aunque no me creo ni una palabra de las que me ha dicho, tal vez pueda convencerlos de ayudarme en lugar de que intenten matarme.

Felix no dice nada.

—¿Quieres que te ayudemos? —murmura después de un rato. Arrastra lentamente la navaja por mi cuello y yo contengo el aliento—. Nuestra ayuda tiene un precio. —Trago saliva mientras la hoja llega hasta el escote de mi disfraz—. Así que voy a preguntarte de nuevo… ¿Qué estás dispuesta a hacer?

—Cualquier cosa.

¡POP!

La navaja me salta uno de los botones del escote. Ahora mis pechos apenas quedan sujetos por dos botones.

Desliza la navaja debajo del siguiente.

—¿Quieres que encontremos a las personas responsables de la muerte de tu hermana y que acabemos con ellas?

Asiento.

¡POP!

El segundo sale volando, y solo mis pezones quedan a salvo del frío… y de sus miradas hambrientas.

—Entonces harás todo lo que te pidamos —gruñe.

—¿Qué quieres decir? —pregunto.

—Lo que nos dé la gana, de todo —añade Dylan, ejerciendo más presión sobre mi brazo hasta que chillo—. Nuestra. Puta. Personal.

Mierda.

Sabía que me lo pedirían, pero oírlos decirlo en voz alta me produce escalofríos.

Felix empuja la navaja por debajo del último botón.

—¿Qué me dices, Pen?

Respiro con fuerza.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Durante el tiempo que nos lleve encontrar a esos cabrones —dice Dylan mientras se pasa el dedo por el pelo decolorado. Una sonrisa obscena se le dibuja en la cara—. Para cuando acabemos contigo… Vas a suplicar por nuestras pollas.

—Lo dudo —contesto.

Felix presiona la punta de la navaja contra mi piel, y me hace sentir tremendamente consciente del lío en el que estoy metida. Y de que puede que no tenga otra opción para salir de esta con vida.

Porque intacta es imposible.

Vuelvo a tragar saliva.

—Tu cuerpo nos pertenecerá —añade Felix—. ¿Tenemos un trato?

Por mi frente ruedan gotas de sudor.

No por la respuesta.

Sino por lo que van a hacer cuando abra la boca.

—Sí.

Se desliza por mis labios con facilidad. Como si no les acabara de entregar mi vida.

Pero esa palabra significa el final de mi consciencia.

El final de mi maldita cordura.

¡POP!

El corsé cede, y Felix aparta inmediatamente la tela para dejar al descubierto mis pezones. Dylan se relame ante la imagen y Alistair incluso se quita la máscara por un momento.

—Maldita sea, lo que daría por lamerlos —murmura Dylan.

—Puto salido —bromea Alistair.

—Pero ¿sabes qué? Que puedo hacerlo, joder, porque ahora también eres mía. —Dylan aparta la bota de mi brazo, se agacha, me agarra del pecho y me cubre el pezón con la boca.

Y, por un momento, casi gimo en alto… Hasta que me muerde.

Trato de darle un puñetazo, pero Felix me empuja la navaja por debajo de la garganta.

—De todo, ¿recuerdas? —Se acerca tanto que puedo sentir su aliento sobre la piel, y saca la lengua para trazar una línea sobre mi mejilla—. Putita.

—No me llames así —digo en voz baja.

Felix me tapa la boca con una mano.

—Te llamaré lo que me salga de los cojones. Porque ahora eres mía, y haré lo que me dé la puta gana con lo que es mío. —Me agarra la otra teta—. Ahora, grita, putita. Grita. —La retuerce tan fuerte que no puedo evitar que me salga un aullido—. Eso es. Dame todo tu dolor y todas tus putas lágrimas.

—Estás como una puta cabra —le digo.

—Oh, y todavía no has visto lo peor —responde.

Y en su lugar me agarra la cara y estampa sus labios contra los míos.

El beso es sofocante, devorador, como si quisiera consumirme hasta el alma y llevarme al infierno con él. Con una lengua impetuosa, me abre los labios y reclama mi boca, luego me muerde el labio con tanta fuerza que me hace sangrar.

Gime y lame la sangre, luego reúne saliva en la boca.

—Abre la puta boca —dice.

Cuando lo hago, me la deja caer dentro y noto cómo los jugos calientes me bajan por la lengua hasta la garganta.

—Bien hecho —dice, y me cierra la boca—. Ahora, traga.

Es asqueroso. Cruel. Y, aun así, siento la necesidad de apretar las piernas cuando se sienta encima de mí y me clava su erección en el vientre.

—No sabes lo que has hecho, Penelope —dice Dylan, y me chupa el pezón como si no pudiera saciarse—. Oh, la de veces que he soñado con chupar estas tetas hasta que gritaras mi nombre.

—Oye, guardadme un poco a mí también. —Alistair quita la bota y camina hacia mis pies. Mueve la cabeza hacia ambos lados y dice—: Se te ven las bragas desde aquí. ¿Te has vestido para la ocasión?

—Es una vampira, ¿es que no lo ves? —bromea Dylan.

Felix me retuerce el pezón aún más fuerte hasta que casi no puedo aguantarlo.

—Viene preparada para chupar.

De repente, hay una mano en mis bragas y yo me quedo helada por completo.

—Espera, eso…

Felix me coloca una mano sobre la boca.

—Nuestro. Y nadie se interpone entre nosotros y el coño que queremos.

Un dedo se desliza por mi abertura, palpándome, jugueteando conmigo sobre la tela. Y cuando giro la cabeza a un lado, veo la máscara de calavera y sus ojos ennegrecidos mirándome fijamente, como si disfrutara de que lo pillasen.

—Tengo curiosidad por saber cuánto se moja mientras la usamos —murmura Alistair.

Traza círculos con el pulgar en mi punto más sensible, apretando más y más en cada vuelta hasta que me cuesta respirar.

Cuando dije que sí, sabía lo que supondría.

Lo que sacrificaría por conocer la verdad.

Pero no estaba preparada para la cantidad de sensaciones que sentiría por todo el cuerpo.

Y cómo me gustaría fingir que no me estoy mojando.

—Eso es… Toda mojada solo con unas caricias —dice Alistair.

—Oh, ¿así que te gusta que te usen? —bromea Dylan, lamiéndose el labio inferior.

—Sabía que eras una guarra —añade Felix, y me abre la boca—. Ahora, abre. Los vampiros chupan, ¿no? Demuéstramelo.

Cuando abro los labios, me vuelve a introducir dos dedos dentro y los empuja hacia el fondo hasta que me da una arcada.

—Bien. Deja que vea esas lágrimas —dice.

Es un cabrón despiadado que se pone cachondo al verme llorar.

Porque siento cómo se va endureciendo contra mi piel. Y, por el rabillo del ojo, también veo cómo se tensa contra los pantalones.

—Te está mirando, Felix —dice Alistair, que todavía está jugueteando conmigo, y me hace increíblemente difícil concentrarme en lo que está pasando y no en el deseo que va aumentando en mi cuerpo.

—Oh, ¿ya quieres polla? —dice Dylan. Me libera el pezón y se pone de pie—. Tal vez sea hora de darle un poco, entonces.

Abro los ojos como platos cuando se baja la cremallera.

Oh, Dios, está pasando de verdad.

—Lección número dos, Pen —me susurra Felix al oído—. ¿Te arrepientes de tu decisión? Demasiado tarde. Ya no hay vuelta atrás.

18 Penelope

Felix se levanta y camina hasta mis pies, intercambia posición con Alistair mientras Dylan se saca su largo miembro de los pantalones. Casi se me salen los ojos de las cuencas por el tamaño que tiene.

—Por fin me toca, joder —dice Dylan, su voz está impregnada de deseo.

Trato de desviar la mirada, pero es imposible cuando Dylan se encarama encima de mi pecho y me apunta a la cara con su erección. De la punta cuelga una sola anilla.

Cuando trato de levantarme, Alistair me agarra de las manos y me las sujeta por encima de la cabeza.

—Oh, esta vez no, putita. —Dylan me agarra la cara. Se saca un mechero del bolsillo y lo enciende, el baile de las llamas capta mi atención cuando se aproximan cada vez más a mi rostro—. ¿Alguna vez has visto algo arder con tanta intensidad que te ha encendido el alma?

Sacudo la cabeza. No sé a lo que se refiere.

Se inclina, la llama está peligrosamente cerca de la punta de mi nariz.

—Arde para mí.

Sollozo mientras el fuego me calienta la piel y me hace sudar. Es un tipo de dolor que podría hacer suplicar a cualquiera. Pero eso es exactamente lo que quiere, y prefiero tragarme mis palabras antes que darle ese placer.

—Sin duda tienes carácter —dice Dylan mientras deja que las llamas me laman la mejilla y el cuello—. ¿Te asusta un poco de fuego?

Sacudo la cabeza enérgicamente, negando mis propios miedos.

No les daré ni siquiera la más mínima señal.

Se inclina para susurrar:

—Veo cómo sudas, Penelope.

Pronuncia mi nombre como si fuera un caramelo que acaba de lamer.

Alistair también me mira, lamiéndose los labios como si tuviera hambre solo de ver cómo me utilizan.

Pero lo que más me sorprende es notar de repente una mano en el coño.

Dirijo la mirada hacia arriba entre los muslos de Dylan. Felix está en cuclillas, toqueteándome despreocupadamente.

Oh, Dios.

Dylan sonríe como un hijo de puta pirado mientras sus dedos tiran de mis labios hasta separarlos.

—Ahora abre esos putos labios preciosos y enséñame lo que puedes hacer con esa lengua.

Me la mete dentro despacio, pero no se detiene hasta que llega al fondo. Me atraganto y me ahogo con su polla mientras el líquido preseminal empieza a mojarme la garganta.

—Oh, Dios. —Dylan gime y se aparta brevemente—. No exagerabas, Felix.

—Úsala —gruñe Felix en respuesta.

La presión que ejerce sobre mi clítoris es una locura. Nunca había sentido nada así. Es como si supiera exactamente dónde tocarme para hacerme querer apretar las piernas y gritar.

Pero no lo haré, me niego.

Dylan se hunde de nuevo sin previo aviso, y pone los ojos en blanco cuando llega hasta el fondo.

—Me cago en la puta, esto es increíble —gime—. Envuélveme la polla con la lengua y chupa.

El aluvión de sensaciones hace que resulte difícil concentrarse.

—Vamos, puta, haz lo que te pide —dice Felix con voz áspera, y me azota el coño tan fuerte que chillo.

Al abrir la boca, Dylan se hunde aún más.

—Bien, putita —gime Dylan mientras me lloran los ojos—. Esta garganta es mía.

—Dios, te estás metiendo hasta el fondo —dice Alistair, y se muerde el labio cuando me mira a los míos—. Y yo que pensaba que solo era una puta entrometida y deslenguada. Pero tiene la boca perfecta para tragar un poco de semen.

¿Cómo? Dios mío.

El pánico me inunda las venas, pero las manos de Alistair me mantienen sujeta.

—Recuerda lo que ha dicho Felix. Ahora eres nuestra. No hay vuelta atrás.

—Exacto. —Dylan me penetra tan profundo que veo las estrellas—. Ahora, deja que haga mía esta puta garganta como ha dicho Felix.

Un instante después, el recuerdo de él arrastrándome la cara por el semen inunda mi mente, mezclándose con el deseo que crece en mi interior mientras Felix me acaricia el clítoris. Estoy demasiado confundida, sobre todo cuando Felix me aparta las bragas e introduce sus dedos en mi interior.

—¿Ya estás mojada, putita? —Me penetra como un loco—. Todo esto solo por un poco de preliminares.

Abro los ojos.

¿Preliminares? ¿Esto son preliminares?

—Joder, se me está poniendo dura solo de verlo —gime Alistair, y me suelta lentamente los brazos—. ¿Te vas a portar bien, Pen?

No puedo ni articular palabra con semejante miembro clavado en la boca, pero, aun así, asiento.

No sé por qué. Es una locura. He perdido la cabeza. Pero ¿qué otra cosa puedo hacer en este momento mientras estos tres enfermos me están devorando? ¿Cuando me han ofrecido la única oportunidad real de venganza que podría conseguir?

La necesito. La quiero. Así que pienso tomarla, joder, no importa lo que me cueste.

Aunque tenga que renunciar a mí misma.

Así que les dejo usarme, degradarme, follarme como a una puta muñeca.

Y seré su marioneta todo el tiempo que haga falta, por mucho que empeore.

Por ella.

Dylan

—Vuelve a hacer ese ruido, Pen —le digo mientras la penetro tan profundo que apenas puede respirar.

Bien. Me gusta ese sonido. Me pone más que nada.

—Gime para mí —digo con un gruñido.

—Yo la obligo —dice Felix, y empieza a acariciarle el clítoris con sus propios dedos.

Se retuerce debajo de mí, luego gime en voz alta mientras estoy dentro de su boca, incapaz de reprimir los sonidos.

Una sonrisa sucia se dibuja en mis labios, mi máscara apenas puede cubrir la magnitud de mi depravación.

—Oh, sí, justo ese.

Entro y salgo despacio, cubriéndole la lengua con mi líquido mientras Alistair sigue observándolo. Se frota la erección a través de los pantalones y ya no mira a Penelope a través de esa monstruosa máscara de calavera, sino a mí. Nuestras miradas se cruzan mientras reclamo la garganta de Penelope.

Sonrío.

Sé que le gusta mirar.

—Fóllale la boca, Dylan —me anima Alistair—. Embiste. Lento. Y profundo.

Me muerdo el labio mientras le follo la boca como si fuera un juguete.

Dios, si hubiera sabido que se sentiría así, le hubiera metido la polla en la boca antes.

Ella se retuerce debajo de mí, pero Alistair la mantiene bien sujeta mientras Felix le destroza el puto coño como si fuera suyo.

—Te encanta, Pen —gruñe Felix mientras juguetea con su punto más sensible—. Admítelo. Te encanta que te follen esa boquita.

Ella ni siquiera puede verlo, pero solo con su voz es capaz de hacerla jadear. Eso o mi enorme polla.

—Eres una putita esperando a que vengamos y te pongamos donde te corresponde. En el puto suelo con nuestras pollas en la boca.

Joder. Me encanta cuando Felix se pone en plan guarro. Sabe cómo excitar a estas zorras hasta hacerlas rogar.

Empujo una y otra vez, cada vez más rápido. Me empapa la polla con su saliva, que cada vez está más mojada. Es demasiado.

Miro por encima del hombro a Felix, que le acaricia el coño con la mano.

—Empapa esas bragas, puta —le dice, riéndose como un loco—. Vas a correrte con su polla en la garganta.

De repente, empieza a retorcerse debajo de mí, así que vuelvo a girar la cabeza y la miro. Tiene los ojos como platos, y sacude la cabeza.

Se la saco por un momento y jadea en busca de aire.

—Respira, zorra. No quiero que te me mueras cuando aún no hemos empezado con lo bueno.

Ella gorgotea.

—No puedo.

—¿El qué? ¿Respirar? —replico.

Felix aumenta tanto la presión que ella chilla.

—¡Correrme!

—Sí, sí que puedes —gruñe Felix, y vuelve a entrar en ella—. Y vas a tragarte toda su puta corrida mientras lo haces.

—Pero yo…

Vuelvo a empujar dentro, cansado de su negativa.

Sabía lo que le esperaba cuando aceptó este trato.

Ahora aprenderá lo que significa ser propiedad de los chicos de la Skull & Serpent Society.

Le cuesta lidiar con mi tamaño, sus ojos se enrojecen cada vez que me entierro hasta la base. La noto tragar contra mi piercing. Y joder, es la mejor sensación del mundo.

Una chica así, con una boca como esta… Es difícil de encontrar.

Alistair se ríe y le unta la cara con un poco de su saliva.

—Tienes cara de puta.

Ella refunfuña con rabia, pero cuando Felix empieza a penetrarla con dos dedos, sus ojos casi se le van a la nuca mientras envuelve mi longitud con la lengua.

—Oh, sí. Eso es. Chúpamela —gimo, y le pellizco la nariz para que no pueda respirar—. Llévatela hasta el fondo.

En ese momento, Felix lo eleva a otro nivel. Le empiezan a temblar las piernas y todo su cuerpo se tensa. Y puedo oír el orgasmo saliendo de su maldita boca, el sonido es como puta música para mis oídos. Sus gemidos brotan entre mis embestidas.

Y me pone tanto escuchar cómo se corre que me pierdo en el momento.

Rujo con fuerza, con la cara mirando al cielo mientras me corro en lo más profundo de su boca y le inundo la garganta con mis jugos.

—No escupas —le dice Alistair, quien reúne un poco de saliva en la boca y le escupe en la cara—. Ese es mi puto trabajo. —Se lo restriega por toda la cara mientras sigo dentro de ella y echo todo lo que tengo en su interior.

Y, maldita sea, es una barbaridad.

Cuando por fin me he saciado, saco la polla, todavía semidura. Ella inhala una respiración profunda y rasposa, jadea mientras se ahoga con mi semen. Y lo único que hago es sonreír como un demente.

Oh, sí. Nos lo vamos a pasar de puta madre con esta chica.

19 Penelope

Dylan se ríe.

—Bien hecho. —Me da un manotazo en la mejilla y me saca de las olas de éxtasis que se han apoderado de mi cuerpo—. Sabía que podías hacerlo.

—¿Se ha corrido? —pregunta Alistair, mirando a Felix.

Yo todavía sigo intentando que me entre en la cabeza lo que acaba de pasar.

Lo que mi cuerpo acaba de hacer mientras seguía dentro de mi boca.

—Compruébalo tú mismo —responde, y pasa un dedo a lo largo de mi abertura.

Y, madre mía, ojalá no hiciera que el coño me palpitara.

Joder. No me puedo creer que me haya corrido de verdad.

Era como si mi cuerpo no fuera mío. Como si les perteneciera solo a ellos.

Y el orgasmo ha sido demasiado intenso para describirlo con palabras.

Dylan sigue encima de mí, impidiendo que me mueva, cuando Alistair camina hasta mis muslos y me mete los dedos con descaro.

Joder.

—Oh, sí, todavía se le contrae el coño.

—Te lo he dicho, es de las guarras —dice Felix.

—Ya tenéis lo que queríais —digo en un arranque de valentía—. Ahora, soltadme.

Dylan se ríe.

—Oh, no hemos hecho más que empezar contigo.

—Levantadla —gruñe Felix.

De repente, Dylan se quita de encima con la polla aún semi dura colgándole de los pantalones y me agarra por el brazo mientras Alistair me levanta las piernas.

—Oye, ¿qué estáis haciendo? —digo con un chillido.

Pero ya me están arrastrando por la hierba hasta detenerse en frente de un árbol. Me levantan y Alistair se desata la cuerda de la túnica mientras Felix me inmoviliza. Y, en pocos segundos, Alistair me ata al árbol.

—Soltadme —siseo, todavía tosiendo por el semen atascado en mi garganta—. Esto no formaba parte del trato.

Dylan se aleja y cruza los brazos.

—Oh, claro que sí. Te ayudamos y hacemos lo que queramos contigo.

Felix se pone delante de mi cara.

—¿Te has puesto todo este maquillaje para nosotros? —Me aprieta las mejillas y el pintalabios le mancha los dedos—. Estás guapa… pero más aún embadurnada de semen.

Me frota la cara con mi propio escupitajo y luego se aleja y se abre la cremallera.

Se saca la polla completamente erecta, con la punta reluciente y los anillos metálicos que me hacen tragar saliva. Alistair hace lo mismo, pero lo que más me impresiona es su contorno. Su grosor es incomparable, y temo descubrir cómo se sentiría dentro de mí.

Dios, ¿por qué pienso en eso siquiera?

—La quieres, ¿a que sí? —murmura Felix mientras frota su longitud—. Putita viciosa.

—No —digo.

—Mentira —dice Dylan, se saca de nuevo el mechero del bolsillo, y se acerca para ponérmelo delante de la cara—. Dinos la verdad. Esto te gusta, ¿a que sí?

Me estremezco contra el frío árbol, me tiembla el cuerpo de miedo y deseo mientras las llamas se ciernen peligrosamente cerca de mis mejillas.

—Venga, suplica por ello. Pide que se corran para ti.

El fuego me escuece en la piel.

—Dadme vuestra leche.

Siseo cuando las llamas me lamen el cuello.

—He dicho que supliques —me susurra Dylan al oído, como una suave amenaza.

—Por favor —añado.

—Buena chica.

Se me pone la piel de gallina.

Pero no sé si es por el fuego o por sus labios zumbando cerca de mis oídos, gimiendo suavemente, respirando en mi pelo, con la polla aún medio dura balanceándose contra mis muslos.

—Está muy guapa con la boca llena de tu lefa —dice Alistair.

Odio como hablan de mí.

—Cállate.

Dylan bufa.

—Todavía te quedan agallas, ¿eh?

—No te preocupes —dice Felix mientras embiste su propia mano—. Se las quitaremos a pollazos.

—Me encantaría verte intentarlo.

Ahí están. Le devuelvo sus propias palabras a la cara.

—Oh, lo haré —responde Felix, y se acerca hasta que su punta me toca el muslo—, pero primero te vas a quedar toda la noche empapada de nuestras corridas.

¿Cómo? ¿Qué quiere decir?

Se frota el tronco arriba y abajo con fervor, mirándome a través de la máscara como si quisiera ver cómo me rompo. Alistair tiene que usar las dos manos para darse placer. Así de grande la tiene.

No puedo apartar la vista de los dos. Pero tampoco es que pueda mirar a otro lado estando atrapada contra este árbol.

—Te gusta mirar, ¿verdad? —pregunta Felix, frotándose contra mi cuerpo—. Te gusta que te utilicen. Que te humillen. Que te sometan.

—Ya te gustaría —respondo.

Dylan sostiene la llama debajo de mi barbilla, obligándome a levantar la cabeza.

—Sigue así, putita. Solo vas a conseguir que se me ponga dura otra vez.

Joder. No quiero que esto se alargue, así que cierro la boca y espero a que terminen. Aunque me gustaría poder detener el latido que siento entre las piernas.

De repente, Dylan desliza una mano por mi muslo, acercándose más y más a ese punto que Felix acaba de destrozar con los dedos.

—Ya va siendo hora de que gimas para ellos también —dice Dylan.

Se abre paso hacia mis bragas con los dedos y las rompe como si nada.

Ahogo un grito, pero el jadeo se interrumpe de inmediato cuando sumerge los dedos en mi humedad.

—Joder… Felix tenía razón. Estás empapada.

Felix y Alistair aceleran el ritmo.

—Haz que se corra otra vez —dice Alistair—. Quiero ver cómo se estremece con tus dedos.

Sacudo la cabeza, pero es demasiado tarde. Dylan ya está pasando sus dedos de un lado a otro por mi coño desnudo.

Y me cuesta mantenerme de pie.

—Gime como la puta que eres, Pen —dice Felix mientras se frota contra mí—, y a lo mejor así te doy mi puta corrida.

En la fría noche, mi cuerpo se calienta como si fueran fuegos artificiales con los dedos de Dylan oscilando hábilmente de un lado a otro, y me cuesta separar mi propio placer del suyo.

Dylan y Alistair cruzan las miradas, y Alistair aumenta el ritmo.

—Joder, no puedo aguantar —gime Alistair, y el semen le sale a borbotones, sin parar.

Nunca he visto a nadie correrse tanto, como para llenar un vaso. Pero, en lugar de eso, me lo ha echado todo encima.

—Joderrr —gime Felix.

Está pegado a mí mientras me empapa las piernas y los zapatos, luego se limpia el resto de la punta y me lo pasa por la cara.

Pero ni siquiera me importa, porque me consume el orgasmo que se aproxima desde lo más profundo de mi ser.

—Eso es, córrete en mis dedos —me gime Dylan al oído.

Todo mi cuerpo empieza a temblar contra el árbol, y me deshago, cubierta de fluidos. Dylan retira los dedos a mitad, dejándome a medio camino del orgasmo, justo cuando más deseaba que siguiera.

Joder.

Estos imbéciles ya están jugando con mi mente.

Alistair y Dylan se ríen.

—Miradla, hecha polvo solo con un poco de diversión.

¿Un poco?

Felix se la guarda en los pantalones y me mira fijamente mientras Dylan y Alistair se alejan despacio.

—Tercera lección, Pen —dice, respirando hondo y con dificultad—. Ahora nos perteneces.

Pasa la mano salpicaduras de semen y me frota el coño, luego la sube por todo el cuerpo y me abre los labios con fuerza, metiéndomela otra vez hasta que me da una arcada.

—¿Entendido?

Asiento, y me vuelve a sacar los dedos, luego se da la vuelta y se marcha con sus colegas. Dylan me coge el bolso y saca mi móvil, luego se da la vuelta para mirarme con una sonrisa de suficiencia en la cara. No sé cómo consigue desbloquearlo.

¿Qué? ¿Me ha visto haciéndolo en clase? Mierda.

Hace algo, no sé el qué, pero después de unos segundos tira el bolso al suelo y lanza mi móvil con él, fuera de mi alcance.

Luego todos se dan la vuelta y regresan a la casa de la Sociedad.

—¡Oye! —grito, todavía escupiendo saliva y semen—. ¡No me podéis dejar aquí tirada!

—Vas a ver —responde Felix.

Alistair mira hacia atrás, pero decide darse la vuelta y marcharse, y eso me cabrea.

—¡Alistair! Me has atado, ¿me vas a dejar aquí colgada de un puto árbol?

Cuanto más grito, más sonríen, y, cuando se dan la vuelta por última vez y regresan de vuelta a la casa, me doy cuenta de que estoy metida en un buen lío.

Porque nadie, absolutamente nadie, sabía que estábamos aquí.

Y ahora estoy sola. Atada a un árbol. En mitad de la noche.

Que Dios me ayude.

Y a ellos también… Porque, cuando salga de esta, me las van a pagar.

20 Felix

Dejo colgando la rata sobre la jaula y espero a que Nessie la vea. Sale de su agujero y la arranca del anzuelo sin inmutarse. Abre la boca de par en par y se traga la rata muerta entera.

Una pena perderme la persecución. La lucha. Ver cómo la rata se aferra a la vida.

Los adiestradores dicen que es más humano alimentarlas con animales muertos.

Pero, en mi opinión, a la serpiente también se le está privando de algo.

Su instinto natural de matar.

Me agacho para mirar a través del cristal y observo con una sonrisa macabra en la cara cómo se termina la cena.

—Pronto te traeré algo rico para comer.

—¿Otra vez hablando con la dichosa serpiente?

Me doy la vuelta. Dylan irrumpe en mi habitación y deja la máscara tirada en un rincón.

—¿No estabas ocupado poniendo cachondas a esas zorras de abajo? —digo con desprecio.

Se encoge de hombros y salta sobre mi cama, luego se tumba como si fuera suya.

—Es aburridísimo cuando ya has desfogado.

—Eso tú… —murmuro—. No hables por el resto.

—Bueno, ¿no estás cansado? —dice, bostezando y poniéndose cómodo en mi almohada.

Me saco la navaja del bolsillo y la lanzo en su dirección, no le doy en la oreja por los pelos.

—Nunca será suficiente.

—Está bien —dice, levantando las manos—. No hay necesidad de que te pongas violento conmigo.

—Estás en mi puta cama.

—Es que tienes una almohada muy cómoda. —Se frota contra ella y me dan ganas de arrancarle la cara—. Unos tipos han follado encima de la mía.

—¿Y qué? —Enarco una ceja—. La limpias.

—Qué asco —rebate Dylan—. No pienso tocar el semen de otro.

—Curioso. —Me giro hacia la serpiente, pero observo a Dylan por el cristal—. No parecías tener ningún problema cuando se trataba de…

—Sabes que eso es diferente —dice.

—Sigue diciéndote eso a ti mismo.

—¿Vamos a hablar de mí o de ella? —me regaña.

Cojo otra rata muerta con el gancho y la cuelgo por encima de la jaula de Nessie.

—¿Qué pasa con ella?

—¿Cuándo vamos a desatarla?

Bajo el gancho y espero hasta que enseñe los colmillos.

—No vamos a hacerlo.

—Espera, ¿qué? —Dylan se incorpora en la cama y coge mi máscara para mirarla—. Debe ser una broma. ¿Quieres dejarla ahí colgada para siempre?

—Tú estabas allí. No te importó entonces, ¿por qué ahora sí? —pregunto.

Nessie ataca, y entierra los dientes en la rata.

—Pensaba que nos estábamos quedando con ella. No que la fuéramos a dejar ahí de forma permanente.

Nessie arranca la rata del gancho.

—Oh, no te preocupes… Se desatará.

—¿Y qué pasa si se lo cuenta a alguien? ¿Qué pasa si alguien la encuentra allí? Sabrán que fuimos nosotros.

Me encojo de hombros mientras Nessie empieza a tragarse la rata despacio.

—La gente sabe que no debe cruzarse en nuestro camino.

Me giro para mirarle.

—No solo quiero jugar con ella. —Dylan se enciende un porro, pero se lo robo de las manos justo antes de que le dé una calada y se la doy yo—. Quiero meterme en su puta cabeza. Invadir su mente. Romperla desde dentro.

—Vaya —murmura, y le tiro el porro de vuelta. Lo coge al vuelo con la boca, y sonríe como un cabrón antes de darle una calada.

—No te va a dejar entrar tan fácilmente.

Sonrío con suficiencia y me apoyo en la jaula de Nessie.

—Lo sé. Pero me gustan los retos.

Dylan entrecierra los ojos.

—Se comporta igual que ella, ¿a que sí? —Le da otra larga calada y llena la habitación de humo—. Va a ser la hostia de divertido. Mucho más de lo que estas malditas fiestas lo serán nunca.

La puerta se abre de repente. Alistair asoma la cabeza y se arranca la máscara.

—Ya estoy aquí.

Se me acelera el corazón.

—¿Lo tienes?

Él asiente.

—Ha sido difícil de narices entrar otra vez en la hermandad. Han puesto más seguridad desde la última vez que me colé. Por suerte, la mitad de las chicas están de fiesta en la planta de abajo, así que no había nadie que se interpusiera en mi camino. —Sostiene en alto el diario de nuevo—. Esto es todo lo que tenía. No hay más cuadernos.

Frunzo el ceño y suspiro.

—Ese ya lo hemos visto.

—Lo sé —dice, y entra y cierra la puerta—. Pero esto no. —Lo abre en una página concreta, donde hay numerosos recortes de ella y su hermana pegados unos encima de otros, y levanta la esquina de la foto para enseñarnos un texto.

Abro mucho los ojos y me acerco a él para quitarle el diario de las manos.

—¿Ha pegado esto encima?

Él asiente.

—Léelo.

He hecho todo lo que has pedido y más. Nunca va a ser suficiente, y me niego a seguir viviendo… rota. Partida en dos por una decisión que no me correspondía tomar.

Así que voy a ponerle fin ahora.

Esta hoguera, cerca de The Edge, será la última noche que pase en esta maldita universidad…

El resto es ilegible.

Pero, por la letra, sé que es suya.

De Eve.

Aprieto el diario entre las manos mientras se me hiela la sangre.

Me cuesta mucho no hacerlo pedazos.

Dylan está de pie detrás de mí y lee el texto por encima de mi hombro.

—Mierda.

—Esta es la nota de la que hablaba Penelope —dice Alistair.

—¿Estás seguro? —pregunta Dylan.

Él asiente.

—Sin duda. Pero falta una parte.

—No importa —respondo—. Esto es la prueba que necesitamos para saber que tomó una decisión consciente. —Aprieto los puños—. Y que hay un culpable.

—Penelope está convencida de que fuimos nosotros —dice Dylan—. No me extraña que tratara de apuñalarte en dos ocasiones.

Resopla como si tuviera alguna gracia.

—Y voy a hacerla pagar por ello, no te preocupes —gruño.

—Creía que ya estábamos en ello —dice Dylan, con un guiño.

Miro las fotos pegadas a toda prisa sobre el texto, la cara de Penelope me atrae.

—Oh, no he hecho más que empezar.

Cierro el diario de golpe y lo arrojo sobre mi mesita de noche.

—De todas formas, necesitamos el resto —dice Alistair.

Paso a su lado con un empujón, pero me detengo y me doy la vuelta.

—Escanead todo lo que haya en ese puto diario. Lo quiero todo en digital, en grande. Listo para imprimir.

—¿Qué? ¿Ahora? —bufa Dylan—. Pero si la fiesta no ha terminado.

—No me importa —contesto, abriendo la puerta—. Y conseguid un maldito teléfono desechable también.

—Está bien —dice Dylan—, pero necesito saber para qué.

—¿Vas a hacer lo que creo que vas a hacer? —pregunta Alistair—. Sabes que ya hemos acordado ayudarla, ¿verdad?

Ya tengo un pie fuera de la puerta.

—Nunca especificamos de qué forma. —Se me ensanchan las fosas nasales mientras agarro la puerta con tanta fuerza que casi parto la madera—. Yo no ayudo. Rompo. Y si necesito encontrar a alguien, lo haré a mi manera. Aplastando a todo el que se cruce en mi camino… incluida ella.

21 Penelope

—¡Ayuda! —grito—. ¿Puede ayudarme alguien, por favor?

No hay respuesta, y la fiesta sigue en marcha.

Me cago en todo. ¿Me van a dejar aquí colgada hasta que acabe la puta semana?

Estoy demasiado lejos de cualquier zona transitada, dudo que nadie pueda encontrarme.

Solo esos tíos retorcidos.

Llevo aquí colgada horas, pero no hay signos de vida por ningún lado. Creía que ya habrían vuelto a estas horas.

¿Y si no vuelven nunca?

Un escalofrío me recorre la espalda.

No pensarán dejarme aquí, ¿no?

Capullos.

Apretando los dientes, froto las manos donde tengo la cuerda con la esperanza de aflojar las ataduras, pero me duele.

—¿Hay alguien ahí? ¡Necesito ayuda! —grito en un intento desesperado.

Pero nadie responde. Otra vez.

Con cada minuto que pasa, el pánico aumenta más y más hasta que siento el pinchazo frío de las lágrimas rodando por mis mejillas.

Maldita sea, me prometí a mí misma que no dejaría que esos cabrones me hicieran llorar.

Lo bueno es que no están aquí para ver cómo me voy haciendo pedazos. Felix estaría encantado.

Refunfuñando para mis adentros, retuerzo las piernas contra el árbol en un esfuerzo por liberarme, pero lo único que consigo es hacerme más rozaduras. Sobre todo, con toda esta suciedad pegajosa que llevo en el cuerpo.

Joder, todavía noto su sabor en la boca. De toda la lefa que me han echado me ha tenido que entrar en la boca. Y odio cómo puedo percibir la diferencia entre los tres. Uno es espeso y salado, y lo recuerdo de la primera vez que Felix me llenó. El otro es ligeramente afrutado, y otro es solo sal acuosa con un toque amargo. Este último definitivamente es de Dylan, porque aún puedo sentirlo en la garganta. Y eso hace que me cueste concentrarme en otra cosa que no sea la de estar completamente cubierta de su semen, muerta de frío contra un árbol y a medio vestir.

Dios, si alguien me encuentra ahora, apiádate de mi alma.

Refunfuñando, intento alcanzar el nudo con la cabeza y ver si puedo morderlo. Hay un trozo que parece estar suelto y apenas consigo agarrarlo con los dientes.

Aprieto los dientes, lo muerdo, pero, maldita sea, la cuerda me hace daño en las encías.

El dolor me hace perder el agarre.

La cuerda baja un poco… y ahora ya no la tengo a mi alcance.

—¡Me cago en la puta! —grito.

Suena un crujido más allá de los árboles.

Abro mucho los ojos.

—¿Quién está ahí?

Oigo la risita de alguien.

Madre mía, por fin ha venido alguien.

No sé quién es, pero ahora mismo toda ayuda es bienvenida.

Se oyen más crujidos. El corazón se me sube a la garganta.

De repente, dos tipos se caen de un arbusto a unos metros de mí, se echan uno encima del otro y se ríen a carcajadas mientras se besan como locos.

Hasta que me ven.

Jeremy y Calvin.

Se les dilatan las pupilas cuando me ven.

Calvin se apresura a levantarse de encima de Jeremy, que está medio desnudo. Por lo que se ve, han decidido mover su encuentro sexual al bosque.

Suerte la mía, porque si no nunca me habrían rescatado.

—Oh, Dios mío —musita Calvin, y se levanta deprisa.

Un rubor se extiende por mis mejillas.

—Hola.

—¿Penelope? ¿Eres tú? —pregunta Jeremy, ajustándose las gafas—. Casi no te reconozco con toda esa… suciedad encima. Dios mío.

Si pudiera morir de vergüenza, ahora mismo sería un cadáver.

—¿Qué te ha pasado? —me pregunta Calvin mientras se acerca mientras me examina.

—Calvin, no mires. —Jeremy se apresura a taparle los ojos a Calvin con las manos—. Está medio desnuda.

—Unos tipos me han atado y… Bueno, seguramente os podáis imaginar lo que hicieron —digo, con una risa incómoda.

Calvin aparta la mano de Jeremy de un golpe.

—¿Es lefa de verdad?

—Em… —Desvío la mirada—. Sin comentarios.

Calvin ahoga un grito.

—Vaya, y yo aquí pensando que te habías colgado con las tetas al aire porque sí.

Se ríe por la nariz y casi se ahoga cuando Jeremy lo fulmina con la mirada.

—¿Me ayudáis a bajar? —pregunto. No estoy muy de humor para más bromas.

—Oh, claro —dice Jeremy, y camina hacia mí de inmediato.

Hurga en las cuerdas mientras intenta no tocar nada de la lefa que me han dejado esos tipos, visiblemente asqueado.

—Lo siento, es complicado —dice.

—Igual esto ayuda —dice Calvin, y se saca una navajita de bolsillo—. Nunca es útil hasta que hace falta.

Corta las cuerdas y yo arranco las últimas y me alejo del árbol. Todo huele a almizcle y me siento sucia. Dios, voy a necesitar una ducha de varios días.

—Chica, ahí hay mucha leche… —dice Calvin.

—Lo sé. Es que eran tres —respondo.

—¿Estás bien?

Me encojo de hombros y rápidamente me subo el disfraz para cubrirme al menos las tetas. Aunque no tengo nada para sujetarlo.

—Oh, ten. —Calvin se saca una goma del pelo y la enrolla alrededor de los dos cabos de arriba del disfraz, la aprieta hasta que mis tetas ya no amenazan con salirse.

—Gracias —digo.

Al menos ahora puedo volver a casa con un poco de dignidad.

—¿Te han obligado a hacerlo? —pregunta Jeremy de repente.

Parpadeo un par de veces, sin saber qué responder.

—Bueno, no, pero…

Me coloca una mano en el hombro.

—¿Quieres que llamemos a la policía?

¿A la policía? Si se involucran en esto, esos chicos me harán la vida imposible. Si acaban entre rejas, estoy segura de que sus padres acabarán descubriendo que fui yo y me harán pedazos a mí y a mi familia. No puedo permitirlo.

—No, no, no pasa nada —digo, quitándome su mano de encima—. Estaré bien.

—¿Estás segura? —pregunta Jeremy mientras me sigue hasta la hierba más allá del bosque Priory, donde están mi bolso y mi teléfono, que enseguida recojo del suelo—. Parece que te han…

—No —le interrumpo—. No ha pasado nada, pero gracias por ayudarme a bajar.

Estoy temblando de frío.

—Entonces deja que te lleve a casa —dice Calvin, y me extiende la mano.

Sacudo la cabeza.

—No, ahora mismo preferiría andar.

Cuando vuelvo a darme la vuelta, Jeremy dice:

—Han sido ellos, ¿verdad? Felix, Dylan y Alistair.

Me detengo y me miro fijamente las manos, cubiertas de su semen.

—Ya lo han hecho antes, ¿sabes? —señala Jeremy.

Pues claro que lo han hecho antes. Es a lo que se dedican. Es su numerito. Así destruyen a cualquiera que intente entrometerse en sus asuntos.

Pero no me hundiré tan fácilmente.

—Es verdad. Tienen mala reputación —dice Calvin—. Bueno, a nosotros no nos han tocado, claro. Se centran sobre todo en las chicas. Bueno, salvo… Ya sabes —me guiña un ojo.

¿Sobre todo? No sé de qué están hablando.

—Vale.

Continúo andando, pero entonces Jeremy dice:

—Espera. No quiero ser un capullo, pero tengo que advertirte. Por favor, mantente alejada de ellos. Por tu propio bien. Esto ya es bastante grave —añade.

—Gracias —digo, apretando el puño.

Ahora mismo ni siquiera soy capaz de mirarlos.

Jeremy suspira.

—Solo intento cuidarte. No quiero que te hagan más daño.

Respiro hondo y cierro los ojos para desprenderme de toda emoción.

Descartarlas, como si nada.

Lanzarlas al viento, igual que mi cordura.

—Gracias por el consejo —respondo—. Y por la ayuda. Pero no voy a parar. No hasta que consiga lo que quiero.

—Sabes que ellos tampoco lo harán —dice Jeremy—. Así que, a menos que tengas ganas de morir…

—Si tengo que morir, que así sea.

Y me alejo sin pensármelo dos veces, sintiendo sus miradas clavarse en mi espalda.

Sé que ya he vendido mi alma al diablo.

Es hora de reclamar el puto trato que hice.

22 Penelope

Incluso después de la ducha exhaustiva que acabo de darme, sigo sin sentirme limpia.

Es como si su depravación me hubiera manchado hasta el alma.

No puedo desprenderme de sus olores. De la marca que han dejado en mi cerebro.

Lo único en lo que puedo pensar es en esas máscaras mientras me acorralaban en el bosque y tomaban lo que querían de mí. Mi boca, mi cuerpo, incluso mi coño, como si todo estuviera hecho para ellos.

Me sacudo el nerviosismo y me meto en la cama.

Necesito dormir para afrontar lo que se viene, porque ahora que me han tocado, estoy segura de que volverán a por más. Tal vez incluso vuelvan a ese árbol, preguntándose dónde estoy después de que me dejaran allí colgada.

Putos monstruos.

Kayla deja escapar un sonoro ronquido, y casi me caigo de la cama.

Normalmente nunca me asusto.

Pero después de lo de esta noche… no me extraña.

Me doy la vuelta en la cama, pero es difícil conciliar el sueño con todos estos pensamientos rondándome la cabeza. Esos imbéciles han invadido mi intimidad y los recuerdos de cómo me destrozaban siguen flotando en mi mente. Y, por alguna razón, siento un latido entre las piernas.

Maldita sea, Penelope, para.

Están como una cabra.

Con un quejido, me vuelvo a dar la vuelta y me obligo a tumbarme en una postura incómoda para no sentir cómo mi cuerpo se vuelve loco.

Nunca me había pasado algo así.

Aunque no creo que a mucha gente le haya pasado.

¿Quién en su sano juicio haría un trato no solo con uno, sino con tres demonios?

Efectivamente: yo.

Pero tengo un motivo. Una misión. Alguien a quien no protegí me necesita para que le haga justicia, así que eso haré. Incluso si tengo que dejar que esos enfermos me corrompan.

Doy un bote en la cama con el sonido de mi alarma.

¿He dormido algo?

Ni siquiera me di cuenta de que por fin me había quedado dormida.

Me quito el pelo de la cara y miro el reloj.

Oh, Dios mío, es la última alarma. Ya he apagado dos antes. ¡Mierda!

He quedado con mis padres hoy.

Me quito de encima la manta y salto de la cama, luego rebusco hasta encontrar ropa limpia. Debería llevar algo a la lavandería y ponerme las pilas.

Kayla sale del baño bostezando.

—Buenos días. ¿Has dormido bien? —pregunta mientras voy dando saltos intentando meterme en mis vaqueros negros rotos.

Asiento.

—¿Y tú?

—Genial —dice, riéndose por la nariz—. Llegaste tarde anoche, ¿verdad?

—¿Te desperté? —pregunto—. Lo siento.

—¿Pero estuvo bien la fiesta? —me pregunta con un guiño—. ¿Te enrollaste con alguien? —Me da un golpecito con la cadera.

—No —miento, y me apresuro a coger cereales y leche.

—Estás roja, te estoy viendo —bromea, observando cómo engullo.

—Bueno, más o menos —musito—. Si se puede llamar así.

Me tomo el desayuno a sorbos mientras me maquillo un poco para tener un aspecto decente después de la paliza de anoche.

—¿Cómo se llama el chico? —pregunta Kayla mientras se tumba en la cama—. O la chica.

Echo un último vistazo a la habitación, pero no encuentro el diario por ningún lado.

—Oh, ehh… —Es demasiado difícil mentir—. F… Fred.

Joder. ¿Dónde está?

—¿Fred? —pregunta Kayla, con cara de disgusto—. Nah, no saldrías con un pan sin sal como ese.

—Bueno, está bien. No me acuerdo, ¿vale?

¿Dónde coño puse el diario? Juro por Dios que lo dejé debajo de la almohada, como siempre.

Ella se ríe.

—¿Entonces besaste a un chico estando borracha? Guay. —Levanta las cejas y se coloca las manos debajo de la barbilla—. ¿O fue algo más que besos? Venga, necesito todos los detalles.

—Fue una fiesta de Halloween en toda regla —contesto con prisa.

Rebusco entre todos mis libros, pero el diario no está por ninguna parte.

¿Y qué pasa si… ha vuelto a entrar alguien en la habitación y se lo ha llevado?

Empieza a hervirme la sangre.

—Oooh, así que llevaba máscara. —La cara se le empieza a iluminar.

—Me amarraron a un puto árbol —respondo, molesta porque el diario ha vuelto a desaparecer.

Me mira de arriba a abajo.

—¿En plural?

Ay, me cago en la leche. Adiós a la mentira.

Ahora sí que me sonrojo.

Ella se sienta erguida.

—Espera, no me digas que son otra vez esos chicos de la Skull & Serpent Society. ¿F de Felix?

Compruebo el teléfono.

Mierda. No tengo más tiempo.

—Tengo que irme —digo, y corro hacia la puerta.

—Espera, ¡no puedes soltarme un bombazo como ese e irte! —dice Kayla.

Pero ya he salido por la puerta. Luego se lo explicaré. Necesito salir de aquí rápido antes de decir cosas que la hagan querer involucrarse. Ya he puesto en riesgo mi propia vida. No quiero poner en riesgo la suya también.

Me dirijo directamente a la cafetería donde acordé verme con mis padres, en Crescent Vale; una que se llama Los Cups y los Cakes de Fi, junto a la carretera que sube por la montaña hasta Spine Ridge.

Mamá: Penelope, ¿estás llegando? Vienes tarde. Y tu padre se está poniendo nervioso.

Penelope: ¡Ya voy! Llego en cinco minutos máx.

Mamá me envía una foto de papá con una taza de té y un macaron en la mano. No es típico de él posar así, sobre todo teniendo en cuenta que le gusta más el café, pero por mamá hace lo que sea.

Camino por las calles, completamente sin aliento, cuando por fin llego a la cafetería.

Al abrir la puerta, mamá se gira en su asiento.

—Ahí estás. Me estaba preguntando si vendrías siquiera.

Jadeando, me acerco y le doy un beso.

—Hola, mamá.

—Parece que has corrido una maratón. ¿Has venido andando desde la universidad? —pregunta.

—No, por supuesto que no. He cogido un bus. Pero he tenido que correr desde la parada —le explico, y beso a papá en las mejillas también—. Siento llegar tarde. He tenido una noche intensa.

—¿Tramando algo? —Él levanta una ceja.

Me siento en la única silla que queda.

—Ya me conoces.

Mi padre sonríe y le da un sorbito a su té.

—El té no es lo suficientemente fuerte.

Resoplo. Nunca sé si se hace el interesante o lo dice en serio.

—¡Camarera! —llama papá, con la mano levantada—. Otra taza, por favor. Y añade también un expreso.

—¿Y cómo van las clases? —pregunta mamá—. Cuéntanos.

—Van bien —respondo—. Estoy intentando ponerme al día con todo lo que me he perdido el primer mes. Estoy en ello.

—¿Y has hecho amigos? —pregunta, y le da un sorbito a su té—. ¿Has conocido a alguien nuevo? ¿Alguien interesante? —Hace una pausa—. ¿Alguien a quien echarle un ojo?

Le echo un vistazo a mi padre.

—Bueno, he hecho algunos amigos, pero también algunos enemigos.

—¿Enemigos? —Mamá enarca una ceja—. ¿Ya?

—Ya sabes cómo es, Emilia —dice papá, agarrándome de la mano—. Igual que nosotros.

Mamá se ríe.

—Cierto. —Y da otro sorbito—. Bueno, hazlo lo mejor que puedas. Estamos orgullosos de ti, en cualquier caso. Y si las cosas no van bien, siempre puedes dejarlo.

—No —digo—. Ni por asomo. Voy a seguir con esto hasta el final.

Papá me aprieta la mano.

La camarera nos trae las bebidas e interrumpe la conversación.

—¡Aquí tienen! El expreso es para usted, ¿verdad, señor?

Mi padre asiente.

—El té es para mi hija, gracias.

—De nada —dice la camarera mientras se aleja de nuevo.

Cojo un macaron del plato de enfrente y me lo meto en la boca, el sabor casi me da ganas de gemir. Mi madre siempre sabe encontrar las mejores pastelerías de la ciudad.

—¿Seguro que estás bien en esa universidad? —pregunta mamá.

Le doy un sorbito al té caliente. Especiado, tal y como me gusta.

—Estoy bien. Puedo arreglármelas.

—Pero ya sabes lo que le pasó a tu hermana, y sé el tipo de personas que estudian ahí, y yo…

Papá agarra de la mano a mamá y la interrumpe.

—Emilia, es lo que quería. Déjala hacerlo.

Mamá suspira.

—Lo sé, solo estoy preocupada. —Se me forma una sonrisa suave en los labios—. No quiero perder a otro de mis bebés.

Me inclino para abrazarla.

—Estaré bien. No te preocupes por mí. Sé cómo protegerme.

—¿Sigues teniendo la navaja que te regaló tu padre? —pregunta.

Asiento.

Chocamos las frentes.

—No dudes en usarla.

Miro de reojo a papá, que nos estudia a las dos.

—Creo que voy a necesitar un par más.

Él sonríe.

—Esa es mi niña.

23 Penelope

Lunes

Bajo las escaleras corriendo y me echo la mochila sobre los hombros antes de salir fuera. Los terrenos de la universidad están a rebosar de gente, pero soy la única que corre como un pollo sin cabeza intentando llegar a tiempo.

Dios, debería poner un mejor sonido para la alarma porque obviamente este no suena lo suficientemente fuerte como para despertarme.

Cuando por fin llego al edificio, respiro con dificultad agarrándome de las rodillas y jadeando como una loca.

—Te has pegado una buena carrera, ¿eh?

Al oír una voz conocida, miro por encima del hombro.

Crystal me sonríe.

—Hola, Pen. ¿Qué tal estás?

—Estoy bien. ¿Y tú?

—¿Llegas tarde? —pregunta.

Vuelvo a comprobar el teléfono.

—Por un minuto.

—Ostras —dice, pero luego ahoga un grito—. Oh, tienes una herida muy fea ahí.

Sigo su mirada hasta mi pecho, donde hay una clara marca de quemadura que se ve por encima del top. O es por la cuerda o por Dylan agitando el mechero delante de mí.

Mierda. Ni siquiera puedo ir por ahí con mi ropa de siempre sin que la gente se dé cuenta de que ha pasado algo. Debo haber tenido suerte con lo que me puse para ir a la cafetería porque mis padres no se dieron ni cuenta.

—Toma. —Crystal se quita la bufanda que lleva en el cuello y la envuelve alrededor del mío—. Esto lo tapará.

—Gracias —digo.

—Quédatela. —Me vuelve a sonreír—. Te queda bien.

Me gusta que no me pregunte qué ha pasado. Que simplemente me ayude.

—Te veo luego —dice.

Me despido con la mano y camino hacia la clase, casi no llego a tiempo antes de que la profesora cierre la puerta.

Pero olvidaba que esta clase es en el auditorio… Y que Dylan y Felix están ahí, en el mismo sitio que la otra vez, mirándome de arriba a abajo.

Sin las máscaras, es difícil imaginar que estos son los mismos chicos que literalmente me bañaron en semen mientras estaba atada a un árbol.

Trago saliva y voy pasando por todas las sillas hacia el único sitio libre mientras noto que me hacen un agujero en la espalda con los ojos.

Detesto que compartamos esta clase.

Pero lo que detesto aún más es cómo no puedo ni siquiera mirarlos sin recordar que me ataron y se salieron con la suya. Y sé que son conscientes de que tienen este maldito efecto en mí porque cada vez que me giro para mirarlos, me lanzan una sonrisa de satisfacción insufrible.

Gilipollas.

Me siento y me coloco los libros delante, es difícil concentrarse en la lección de la profesora cuando me asaltan preguntas para las que aún no tengo respuesta.

De pronto, me vibra el móvil.

Me lo saco del bolsillo y lo miro.

Hay un puñetero mensaje de Felix.

¿Qué cojones?

¿Cómo ha conseguido mi número?

Felix: Que no se te olvide. Cuando yo llamo, tú vienes.

Furiosa, le contesto:

Penelope: ¿Cómo coño has conseguido mi número?

A continuación, teclea un poco, y la espera hace que me muerda la mejilla por dentro.

Felix: Dylan me lo pasó.

Ah, me cago en la leche, eso es lo que estaba haciendo con mi teléfono anoche.

Me desplazo por los contactos y, por supuesto, ha guardado el número de Felix, el de Alistair y el suyo propio… El suyo bajo el nombre de Dios_del sexo.

Pongo los ojos en blanco y abro una conversación con él.

Penelope: Hola, Dios del sexo, nadie te ha pedido que me guardes tu número en el teléfono.

Dios_del sexo: No tienes que pedirlo, es un servicio gratuito.

Penelope: Eres ridículo. Y este nombre también.

Dios_del sexo: Pregúntame cómo te he guardado en mi móvil…

Clavo los dedos en el metal del teléfono.

Penelope: Sabes que os puedo bloquear a todos, ¿verdad?

Dios_del sexo: Atrévete, putita. Ya verás cómo te sale la jugada.

Mierda.

Lo raro sería que fuera algo normal.

Penelope: No puede ser peor de lo que ya me habéis hecho.

Dios_del sexo: Tenemos guardados algunos trucos bajo la manga. No te preocupes, putita.

¿Quiero saberlo siquiera?

Lo único que sé es que esto se saldrá de control. Tengo que recordarles el trato que hicimos. Me niego a ser el juguete de nadie de forma gratuita.

Vuelvo a la conversación con Felix.

Penelope: Hice lo que me pedisteis. Ahora haced vuestra puta parte.

Felix: Pídelo bien.

Se me abren las fosas nasales de la rabia.

Penelope: POR FAVOR.

Felix: Buena chica.

Aprieto las piernas.

Es como si le escuchara decir esas palabras en alto en mi cabeza.

¿Qué cojones?

Felix: Te veo después de clase. En la biblioteca de la primera planta. Sección de biografías históricas.

Le echo un vistazo por encima del hombro. Ni siquiera se molesta en mirarme, aunque sé de sobra que nota que lo estoy mirando. Imbécil.

Mejor escribo a Alistair.

Penelope: Tenemos un trato. Tienes que mantenerte firme.

Alistair: ¿Me estás pidiendo que me ponga firme? ¿Otra vez?

Que les den. ¿Es que no saben pensar en otra cosa que no sea en sexo?

Penelope: Lo digo en serio. Dejé que me hicierais lo que quisisteis, así que ahora es vuestro turno de hacer lo que quiero yo.

Alistair: ¿Y qué es lo que deseas, reina implacable?

Bueno, supongo que es mejor mote que los otros, aunque sé que no es más que una burla para hacerme sentir inferior.

Penelope: Mi diario ha desaparecido. ¿Me lo habéis robado otra vez?

Alistair: Puede.

Resoplo.

Penelope: Es mío. Devolvédmelo.

Alistair: No depende de mí, y no podemos.

Penelope: ¿Por qué?

Alistair: Felix lo necesita para una cosa.

Más les vale no estropearlo, o juro por Dios que la sangre llegará al río.

Alistair: No te preocupes, está a salvo.

Penelope: Lo dudo.

Alistair: ¿Qué ha pasado con ese tal Nathan?

Me sorprende que lo recuerde.

Penelope: ¿Vas a ayudarme?

Alistair: Depende de tu respuesta.

Me saco la nota de la mochila y le hago una foto, luego se la envío.

Penelope: Me metió esta nota por debajo de la puerta.

Alistair: Curioso.

Pasa un rato.

Penelope: ¿No vas a decir nada?

Alistair: Tendré que hablar con los chicos.

Vale.

Con un suspiro, dejo el teléfono y miro por encima del hombro, pero ya ni siquiera me están mirando. Mientras tanto, sigo tensa de cojones con los ojos fijos en el reloj, esperando a que pase el tiempo y que la clase termine.

Porque lo primero que haré será ir directamente a la biblioteca a confrontarlos.

Felix

Veinte minutos después

Cuando la puerta de la biblioteca se cierra detrás de mí, siento cómo la electricidad me recorre el cuerpo. Está aquí dentro. Puedo olerla. Su perfume flota en el aire, me atrae como un cebo. Y definitivamente voy a morder el anzuelo.

Subo las escaleras y me dirijo hacia la zona más apartada de la biblioteca. La parte que nadie visita por diversión, y mucho menos para estudiar. ¿A quién en su sano juicio le interesa la historia rancia de un carcamal que vivió hace quinientos años?

A nadie… Excepto a mí. Porque no he venido a leer, y ella tampoco.

Cuando la localizo detrás de una estantería, se me acelera el pulso, la adrenalina inunda mi cuerpo.

Los vaqueros negros rotos que lleva apenas le cubren el culo, y la imagen hace que se me haga la boca agua.

Ya he sentido su humedad con los dedos. Quizás es hora de que la pruebe también.

—Penelope —susurro.

Ella ahoga un grito.

—¿Quién está ahí? —Se gira y mira todas las estanterías—. ¿Felix?

Pero me escabullo sin problema.

La observo por detrás de una estantería. Cuando se irrita, pone una cara muy bonita. Tan bonita que me dan ganas de ponerla sobre el escritorio que tiene detrás.

—Te veo… —musito a través de un hueco que en la estantería.

Asustada, se da la vuelta, y nuestras miradas se conectan durante un breve segundo antes de desaparecer de nuevo detrás de otra estantería.

Pero noto que respira con más dificultad cada segundo que pasa. Ese sonido es como una droga para mí.

Dios, me encantan las persecuciones.

Cuando me está dando la espalda, me cuelo entre dos estanterías estrechas y le envuelvo la cintura despacio.

Chilla, así que rápidamente le tapo la boca.

—Shh… No queremos que nos descubran ahora, ¿verdad? —le susurro al oído. Su vientre desnudo debajo del top sube y baja con respiraciones rápidas y entrecortadas, sus ojos, llenos de pánico, encuentran los míos cuando gira la cabeza—. Te quito la mano si me prometes que no vas a gritar.

24 Felix

Ella asiente al cabo de un momento, así que bajo la mano hasta su cuello y le agarro la garganta.

—Buena chica.

Siento cómo se le eriza la piel, y me hace sonreír como un hijo de puta.

—Te gusta hacer lo que se te ordena —musito, saco la lengua para lamerle el filo de la oreja—. ¿Verdad, Penelope?

—Que te follen —sisea en respuesta—. Solo he venido porque necesito respuestas.

—Oh, entonces por eso gimoteas tanto —murmuro.

Ella se sonroja y espeta:

—Eso no es…

De repente, suelta una patada y me da justo en los huevos.

Joder.

Gimo de dolor y la suelto, apenas soy capaz de mantenerme erguido.

Sigue igual de brava…

Pero pienso follármela hasta apagar ese fuego.

—Te lo has ganado —gruñe.

—¿Por qué? —Me agarro el paquete, ignorando el dolor, y ladeo la cabeza—. ¿Por darte el mejor orgasmo que has tenido en tu puta vida?

Ella rechina los dientes, pero su rabia no puede esconder el color de sus mejillas.

—Para.

—¿Por qué? —Me acerco a ella—. ¿Te hace sentir mal saber que te pusiste cachonda mientras te humillaban?

—No hice una mierda —rebate.

—No, tu cuerpo habló por ti —respondo.

—La única razón por la que os dejé hacerme eso fue para que me ayudarais. ¿Cuándo vais a cumplir vuestra parte del trato?

—Cuando me plazca —respondo.

—Qué oportuno —me espeta.

Se coloca detrás de la mesa, pero va a necesitar algo más para frenarme.

—¿Me tienes miedo?

—Eres el peligro personificado —dice—. Es por supervivencia.

Refunfuño.

—El peligro personificado… Vaya mote más trillado.

—No he venido para hacer el tonto —dice.

—Entonces, ¿para qué?

—Me dejasteis colgada de un puto árbol. —Su voz está impregnada de esa clase de rabia que me pone como una moto.

Me agarro a la mesa desde el otro lado.

—Te soltaste.

—Deberías dar las gracias de que alguien me encontrara, joder.

Se me dibuja una sonrisita en los labios.

—¿Alguien?

Ella toma aire.

—Ni se te ocurra.

—Pero te escapaste —señalo.

—No gracias a vosotros. —Se cruza de brazos y se apoya contra la estantería de detrás—. ¿Cuánto tiempo me ibais a dejar allí? ¿Horas? ¿Días?

Me lamo los labios y suelto la mesa.

—Todo el tiempo que considerara necesario.

No se mueve mientras sigo caminando hacia ella.

—¿Para qué?

Incluso cuando me pongo enfrente, no se achanta.

—A ver si te entra en la cabeza… —Me inclino hacia ella, apoyo la mano en la estantería y le doy un golpecito en la frente—. Que puedo hacer con tu cuerpo lo que me dé la puta gana, cuando quiera.

Traga saliva.

—¿Y qué pasa con los otros?

—Ellos siguen mis órdenes —digo.

—Así que tú estás al mando. —Ladea la cabeza—. Entonces puedes decirle a Alistair que me devuelva el puñetero diario.

Se lo ha dicho.

—No —respondo.

—Ese diario no formaba parte del trato que hicimos.

La agarro por la barbilla y la obligo a mirarme.

—Todo lo que posees, ahora es mío.

Un temblor le sacude los párpados.

—Dame una buena razón para no apuñalarte aquí y ahora.

Joder. Ahí está. Esa es la chica peleona que estaba buscando.

A la que quiero poner de rodillas, doblarla y follármela hasta que grite mi nombre.

—Tantas navajas para una chica tan pequeña —digo—. Empiezo a pensar que te ponen los cuchillos.

—¿Te has mirado al espejo últimamente? —replica, y me recorre brevemente con la mirada el parche que todavía tengo en el brazo—. Te encanta el dolor, ¿a que sí?

—Ni te imaginas. —Le toco el labio con el pulgar, y lo desplazo lentamente hacia abajo para separarlos—. Sobre todo cuando soy yo quien lo provoca.

Le levanto la barbilla hasta que por fin me mira.

—Estás pirado.

—Gracias por el cumplido.

—De nada. —Y, encima, sarcástica—. ¿Vais a cumplir vuestra parte del trato y ayudarme?

—Nunca he dicho lo contrario —respondo—, pero tampoco he especificado cuándo.

—¿Cuándo?

Le aprieto la cara con una mano.

—Cuando acabes de complacerme.

Tuerce el rostro y me escupe en la cara.

Joder.

Es sucio.

Justo como a mí me gusta.

Me limpio despacio, asegurándome de cogerlo todo antes de pellizcarle las mejillas con tanta fuerza que no puede evitar que se le abran los labios. Y le introduzco los dedos.

—Te advertí que te lo haría tragar la próxima vez. —Empujo hasta que llego al final de su garganta, ella gorgotea—. Trágatelos como una buena puta.

Cuando le empiezan a llorar los ojos, retiro los dedos y ella jadea.

—Que te follen.

Le acaricio los labios con el pulgar.

—Pues igual sí.

—Preferiría que me follase un muerto —respondo.

—Eso podría conseguirlo.

La cara se le pone blanca como la pared.

—¿Qué…?

—Tengo guardadas todas las máscaras de Halloween. ¿Eso también te va? —La agarro y la separo de los libros, luego la lanzo contra la mesa y le empujo la cabeza contra el escritorio—. Sabía que había encontrado a la chica indicada.

—Suéltame —sisea.

Le sujeto las muñecas con fuerza en la espalda mientras me inclino sobre ella.

—Eres mía, ¿recuerdas? Y haré con tu puto cuerpo lo que me dé la gana.

No me echo atrás en un trato, y ya va siendo hora de que aprenda lo que eso significa.

Rompo lo que queda de sus vaqueros y le hago un buen agujero en la parte de atrás.

—¿Qué cojones…? ¡Que estamos en la biblioteca!

Me llevo un dedo a la boca.

—Silencio. —Con el mismo dedo, le aparto las bragas y le rodeo el clítoris. Se sacude sobre la mesa y abre mucho los ojos cuando se vuelve para mirarme—. A menos que quieras que te escuchen gemir.

Le acaricio el clítoris con una mano y la sujeto con la otra mientras observo cómo se le va descomponiendo la cara. Y, joder, es la mejor vista del mundo.

Sabía que estaba guapísima mientras jugaba con ella, pero Dylan me tapaba casi toda la vista la noche de Halloween. Ahora tengo el espectáculo completo, y es una puta maravilla verla retorcerse sobre esta mesa mientras juego con ella.

Hacía siglos que no me divertía tanto.

Me inclino y entierro la cara entre sus muslos.

Ella gira la cabeza.

—Oh, Dios mío, en serio vas a…

Se le corta la voz en cuanto la penetro con la lengua.

Tiene el coño mojadísimo, joder, y es todo para mí.

En condiciones normales, no me importaría una mierda porque podría conseguir un coño en cualquier momento. Pero este de aquí… Está prohibido. Vedado.

Y eso me hace desearlo más que nada.

Lamo su pequeño bulto hinchado, extendiendo su propia humedad por todas partes. Sabe a chocolate, rico, apetitoso, de esos que dan ganas de sumergirse hasta el fondo. Así que meto la lengua en su hendidura mientras la sujeto con una mano plana en la espalda.

—¿Por qué haces esto? —jadea.

Le rodeo el clítoris hasta que escucho que se le acelera la respiración.

—Porque quiero comerte el coño hasta que supliques clemencia.

—Que te follen.

—Sigue fingiendo que no te gusta que te usen —le respondo con un gruñido y paso la lengua por sus puntos sensibles hasta que empieza a retorcerse sobre la mesa—. Solo consigues que se me ponga más dura.

Mi erección se aprieta contra la tela de mis pantalones, desesperada por salir y abrirse paso en mi puta. Pero, primero, la llevaré al borde de la locura.

Muevo la lengua sobre ese pequeño bulto hasta que casi empieza a gemir en alto.

—Oh, Dios, tienes que parar.

—Dame una buena razón.

—No puedo aguantarme —dice.

—Pues no lo hagas. —Sigo trazando círculos en su punto sensible hasta que todo su cuerpo empieza a temblar—. Dame todo lo que tengas, Pen. Hasta la última puta gota.

Un gemido ahogado escapa de su boca, y su coño estalla en fluidos. Lo lamo todo y meto la lengua para sentir cómo se contrae; joder, podría acostumbrarme a esto.

—Otra vez —digo.

Ella jadea.

—¿Qué? No, no puedo…

Le azoto el culo.

—No me niegues lo que es mío, puta —gruño, y entierro otra vez la cabeza entre sus muslos—. Quiero comerme mi puto coño. Dámelo.

—Oh, Dios mío —musita, y su voz está teñida de lujuria.

Ódiame, ámame, me la suda, voy a conseguir lo que es mío.

—Llámame por mi nombre, Pen.

—No te estaba llamando —gruñe en respuesta.

—No le reces a Dios cuando te está devorando el mismísimo diablo.

Aprieta las piernas a mi alrededor, pero las separo y le clavo las uñas en la piel para que obedezca. Y la devoro como si no hubiera un mañana, succionando hasta que vuelve a desmoronarse encima de la maldita mesa de la biblioteca.

Un suave gemido se le escapa de la boca.

—J…Joder…

Parece agotada, como una puta puesta de crack.

Justo como me gusta.

¡ZAS!

—¡Au! —gruñe cuando le azoto el coño con la mano—. ¿Qué cojones…?

—Los coños malos se merecen un azote —le digo.

Y ella sin duda necesita una llamada de atención.

—¿Los coños malos? —repite.

—¿Creías que ibas a salir impune después de apuñalarme? —Enarco una ceja—. Ni hablar.

—Acabas de comerme el puto c…

—He tomado lo que quería de este coño. Y ahora quiero castigarlo. Así de simple.

Luego le azoto el culo y choca contra el borde de la mesa.

—Vuelve a mover ese culo, Pen, y lo reclamaré como si fuera mío.

—¿Cómo? —jadea—. No pretenderás…

Le introduzco dos dedos, y prácticamente maúlla de placer. Vuelve a tragarse el gemido, pero parte se le escapa como un quejido ahogado, y a mí se me acelera el corazón.

—Tomaré este culo si quiero y cuando quiera —digo, empujando lentamente cada vez más adentro hasta los nudillos—. Cada agujero, cada orificio, es mío para usarlo y para follármelo.

Penelope

—Eres un cabrón, estás enfermo —suelto, y jadeo cuando de repente los saca de un tirón.

Joder.

¿Cómo he vuelto a verme en esta situación? Inclinada sobre una mesa, siendo utilizada por un psicópata como si fuera una muñeca hinchable.

Me pone los dedos delante de la cara. Tiene dos dedos cubiertos de mis fluidos.

—Y, aun así, estás mojadísima.

Me muero de vergüenza.

Porque tiene razón. Todavía estoy palpitando por su contacto. Y la expresión impasible de su rostro resulta de lo más irritante.

Es como si no le importara lo que está haciendo.

Como si todo esto fuera un simple juego para él.

Un juego… para ver con qué facilidad puede romperme.

Me penetra de nuevo, interrumpiendo mis pensamientos. Lo único en lo que puedo concentrarme es en sus dedos dentro de mí, enroscándose hasta que llega a un punto que casi me hace dar vueltas sobre la mesa.

Joder. ¿Qué me está pasando?

—Estás tan mojada para mí… ¿Tantas ganas tienes de que te folle, puta?

Mantengo la boca cerrada. No voy a darle más motivos para ser más cruel de lo que ya es.

Un atisbo de sonrisa le curva los labios, pero rápidamente se desvanece.

Sus ojos oscuros y vacíos se encuentran con los míos mientras saca los dedos.

—A lo mejor ya es hora de que lo haga.

¿No estará pensando en…?

Se baja la cremallera.

—Quiero ser el primero en follarme este coño. —Desliza la mano a lo largo de mi hendidura, y extiende mi propia humedad sobre mi culo—. O tal vez este culo.

—El coño —respondo rápidamente, rezando para mis adentros para que no elija la otra opción.

—¿Tan desesperada estás, puta? —Vuelve a azotarme el coño, y me trago el dolor.

Dios, es un puto sádico.

De repente, siento su piercing contra mi abertura.

—Suplícamelo.

—Que te follen —siseo.

Me agarra un puñado de pelo y me tira de la cabeza hacia atrás.

—Suplícame que elija tu coño. Ahora mismo. O te lleno el culo.

Ni siquiera tenemos lubricante. No sería capaz, ¿no?

Mierda. Lo haría, fijo.

—Por favor —digo con los dientes apretados.

Sus ojos hundidos brillan de deseo.

—Buena chica.

Me penetra sin previo aviso y sin contención.

Jadeo de asombro, casi ahogándome en el gemido por intentar aguantarlo.

La tiene enorme.

Nunca había sentido nada tan adentro.

Por no hablar de que puedo sentir todos sus piercings rozándome por dentro, y el peor de todos me presiona el clítoris.

A propósito, por supuesto.

Entra y sale, y el piercing me hace cosquillas en mi parte más sensible una y otra vez. Al principio, despacio, pero cuando acelera el ritmo me cuesta contener los gemidos.

Me está follando en la biblioteca, y yo estoy literalmente boca abajo en una mesa dejando que lo haga.

Joder. ¿Qué me pasa?

Nunca he estado tan excitada.

—Esa es la cara que quería ver. Dame lo mejor que tengas, Penelope. No aceptaré menos —gruñe, entrando y saliendo con fervor.

Sabe cómo ponerme cachonda, y lo odio.

Odio cómo parece conocer mi cuerpo mejor que yo.

—Voy a llenarte entera, joder —gime—. Y tú te vas a quedar ahí tumbada y lo vas a aguantar como una buena puta. ¿Entendido?

Cuando lo miro por encima del hombro, noto algo por el rabillo del ojo. Unos vaqueros que no pertenecen a ninguno de los dos.

Se me corta la respiración.

—Hay alguien aquí. Nos van a ver —le digo.

Muerta de vergüenza, trato de levantarme, pero me sujeta contra la mesa.

—¿Y qué? Déjalos que miren —gruñe en respuesta—. Voy a darles un espectáculo que no podrán olvidar.

¿Qué? ¿En serio quiere seguir mientras nos están mirando?

Está loco. ¿Qué pasa si van al decano?

Los pantalones desaparecen de inmediato, y oigo unos pasos corriendo por el pasillo.

Joder, seguro que va a contárselo a alguien.

De repente, se entierra hasta la base, haciendo que mis labios formen una O. Se inclina sobre mí para agarrarme por la boca, empujando los dedos contra mis dientes como una maldita correa.

—¿Pensabas que me importaría dar un pequeño espectáculo? —dice con los dientes apretados—. Nada va a impedirme usarte hasta que haya cumplido todos los deseos oscuros y retorcidos que hay en mi mente.

—Estás fatal de la cabeza —suelto.

—Dime algo que no sepa —murmura, y me embiste tan fuerte que siento que estoy a punto de romper la mesa.

Noto cada protuberancia empujando contra mis paredes, haciendo que mi clítoris palpite con ansia. Joder, no creo que pueda impedir que me arrolle otro tsunami.

—No, no, no —musito.

Demasiado tarde.

Ya está pasando, y sé que puede sentirlo porque empieza a palpitar.

Una risa grave y estruendosa emana desde lo más profundo de su pecho.

—Eso es, puta, rómpete para mí.

Y me penetra. Tres. Dos. Uno.

Una explosión caliente me llena y, cuando termina, gotea sobre el suelo.

Joder, me siento muy sucia.

¿Quién hace esto en la biblioteca?

Él, por lo visto… y ahora, yo también.

Me da otro azote en el culo que me sacude de arriba abajo.

—Y tú pensando que podías resistirte —dice—. Ya no tienes tanto carácter, ¿eh, puta?

Se guarda la polla y se aleja.

Me levanto de la mesa, derrotada, con el cuerpo todavía temblando por el aluvión de orgasmos. Me meto la mano entre las piernas y noto la humedad que ha provocado… y el semen que va cayendo. Joder. Tendré que ocuparme de eso.

—Lo menos que podrías hacer es darme una toallita —digo, dándome la vuelta para poder sentarme derecha.

—Ni de coña. —Vuelve a invadir mi espacio, solo para volver a colocarme las bragas donde estaban antes, y me las frota, recordándome lo excitada que estoy todavía—. Deja mi puto semen ahí, donde tiene que estar, durante todo el maldito día. —Se inclina para susurrarme al oído—: Cada vez que te sientes, te acordarás de que ahora me perteneces a mí.

Me trago el nudo que tengo en la garganta.

—¿Acaso vas a impedir que me lo limpie?

Un atisbo de sonrisa le tira de los labios.

—No puedo detenerte… pero te castigaré si descubro que intentas hacerlo.

Tomo aire.

Luego añade:

—Así que haz cualquier gilipollez… y ya verás.

Luego se da la vuelta y se marcha como si nada, dejándome completamente desbordada.

Y llena de ira.

25 Alistair

Estoy recogiendo todas las copias del diario impresas en una gran pila cuando suena el teléfono.

—¿Qué pasa?

—¿Así es cómo saludas a tu puto padre, Ali?

Oh, mierda. Debería haberme fijado en el nombre de la pantalla.

Suspiro.

—Hola, viejo.

—¿Podrías sonar más desinteresado?

—Perdona, estoy algo liado —respondo.

—¿Más que yo? —Estalla en carcajadas—. Con todos los casos de los que he tenido que ocuparme últimamente, lo dudo. Sobre todo, el del tipo de pelo negro rizado que robó en una tienda local.

Ay, madre.

—¿No tendrás nada que ver, por casualidad?

—No. ¿Qué querías? —pregunto.

—Seguro. —Se aclara la garganta—. En fin. ¿Por casualidad no podrás contactar a ese chico, Caruso, por mí?

—¿Qué ha hecho? —pregunto.

—Nada, solo lo necesito para un… trabajo extra.

Me cago en la leche. Otra vez está tratando de involucrarme en sus chanchullos, y no me gusta nada.

—Caruso ha cedido parte de sus negocios a su esposa, así que hice un trato con la mujer, esa Jeon… Jan… Jon…

Pongo los ojos en blanco.

—Jeong-Suk.

—Sí, esa justo. No me quedo con el nombre, joder. —Se ríe como si no tuviera importancia.

—Es coreana.

—Claro —añade, como si lo supiera desde el principio, y me dan ganas de apuñalarme en la oreja por lo molesto que es escucharlo—. Da igual. He estado intentando ponerme en contacto, pero no consigo localizarla, así que si pudieras decirle a tu amigo que hable con su madre y le diga que me llame, sería estupendo, chaval.

—Vale, pero no soy tu puto chico de los recados. Lo sabes, ¿verdad?

—Eres mi hijo, Ali —espeta—. ¿Crees que se lo pediría a cualquiera? Mejor empieza a mostrar un poco de respeto por el trabajo.

—Respeto tu trabajo como jefe de policía. La otra parte, no.

—Dice el chico que roba por diversión.

Me conoce demasiado bien.

—Esa parte la he heredado de ti, ¿sabes? —respondo.

—Lo sé. Entonces ¿qué vas a hacer?

Pongo los ojos en blanco y suspiro con fuerza.

—Está bien, lo haré.

No quiero tener que ver con esto, pero mi padre siempre consigue hacer de sus asuntos los míos.

—Ese es mi chico. Dile que tengo la mercancía y que solo necesito un punto de entrega y una fecha. Eso es todo.

«Mercancía». Bonito eufemismo para las drogas y las armas. Muy discreto.

—No puedo garantizarte nada, pero lo intentaré —digo.

—Buen chico.

Uf. Odio eso.

—Voy a seguir estudiando. Nos vemos.

—Claro, hijo. Buena suerte.

Cuelgo el teléfono antes de que pueda pedirme nada más, y llamo a Felix de inmediato.

—Hola. Ya lo he fotocopiado todo como me pediste.

—Bien. Ya sabes lo que tienes que hacer con ellos.

Aprieto los dientes.

—¿Estás seguro de que esto es buena idea? Nos va a odiar aún más.

—Hazlo —contesta—. Luego me encargaré de ella.

—Vale —digo—. Más te vale estar seguro de esto porque no habrá vuelta atrás una vez hecho.

—Yo nunca me arrepiento —responde.

Cuelga el teléfono.

Genial.

Cojo la pila de papeles y llamo a Dylan.

—Eh, oye, dos cosas. Lo primero, mi padre me ha llamado y quiere que tu madre lo llame. No sé para qué.

—Ah, papá quiere pasarle algunos de los asuntos más turbios a mi madre para no meterse en otro lío con la universidad. Está usando su apellido de soltera.

—Entiendo. —No me importa, la verdad—. Lo segundo: ¿quieres ayudarme a repartir estos dichosos papeles?

—Uf, ¿es necesario? Hay una fiesta en la hermandad Nu Sigma Delta durante todo el día, y no quiero perderme ni un minuto.

Él y sus fiestas.

—Solo será una hora —digo.

—Vale, vale, lo haré. —Dylan suspira—. Pero me debes una.

Ya sé lo que quiere.

—Te pondré en contacto con los tipos de mi padre.

—A eso me refería. Está bien, tío, te veo luego.

—Gracias por la ayuda. —Cuelgo el teléfono.

Todo lo que hago, todo lo que necesito… Siempre es a cambio de algo.

Ya sea dinero, mercancía o simplemente tiempo, nada es gratis.

En este mundo, no.

Y si queremos sobrevivir, es mejor aprender pronto a que todo nos la sude.

Incluso cuando te duele el puto corazón.

La pila de papeles me mira fijamente, pero, en lugar de ponerme a trabajar de inmediato, me siento junto a la ventana, cojo papel y bolígrafo y me pongo a dibujar.

En la hierba, la chica del pelo morado está sentada con sus amigas y finge ignorar los peligros que acechan a la vuelta de cada esquina.

Pero ambos sabemos que es mentira.

Bajo su descarada apariencia se esconde una niñita asustada que busca algo a lo que aferrarse.

Seguridad.

Me doy cuenta de todo.

No necesito sentir su ira cuando me pilla robando para saber que tiene miedo.

Miedo de lo que pueda descubrir si indaga más.

Dibujo su pelo ondulado al viento, sus mejillas rosadas, el color atrevido que lleva en los labios.

Retrato meticulosamente a la chica que se ha metido en mis pensamientos y en los de mis amigos.

Todo en ella es nuestro.

Compartido.

Devorado.

Pero este dibujo… Es mío y solo mío.

Penelope

Me esfuerzo al máximo por centrarme en mi grupo de amigos. Necesitaba un poco de calma después de haberme puesto tan nerviosa en la biblioteca.

Pero mi mente se desvía constantemente hacia lo que pasó allí. Esos malditos chicos. ¿Es que nunca voy a poder alejarme de ellos?

Llegamos a un acuerdo, pero algo me dice que no van a cumplir su parte del trato.

Imbéciles.

Tendría que haber sabido que no podía contar con ellos para encontrar al culpable de la tragedia de mi hermana. Debería ir a buscar a Nathan yo misma.

De hecho, probablemente ellos mismos lo tengan escondido en algún lugar de esa maldita casa de la fraternidad, solo para poder seguir usándome unos días más. Quiero decir, no he visto a Nathan por ningún lado desde que me metieron la nota por debajo de la puerta, así que, ¿en qué otro maldito sitio podría estar?

A menos que forme parte de otra fraternidad que no sea la de la Skull & Serpent Society.

—¿Pen? ¿Tú qué opinas? —pregunta Kayla, y me saca de mis pensamientos.

—Eh, ¿cómo? —musito, confundida.

Ella frunce el ceño.

—¿Prefieres italiano o chino?

—Eh, ¿italiano? —respondo—. Perdona, ¿de qué habláis?

—Estábamos hablando sobre dónde vamos a cenar esta noche. Ya sabes, una cenita de grupo.

Vaya, sí que me he perdido conversación.

—¿Estás bien? —pregunta Crystal—. Pareces un poco distraída.

Calvin pone los ojos en blanco y se frota los labios.

—Yo sé en lo que está pensando.

Jeremy le da un codazo en el lado.

—¿Es por esos chicos otra vez? —pregunta Kayla, mirando de reojo a Calvin y Jeremy—. Os juro por Dios que si me estáis ocultando algo…

—No nos pongas como los malos de la película —replica Jeremy mientras se ajusta las gafas.

—Estoy bien, chicos, de verdad —digo.

—¿Estás segura? —pregunta Kayla—. Saliste huyendo rapidísimo después de contarme sobre «aquello» que pasó en el bosque. —Hace el gesto de comillas con los dedos—. Pero no he tenido oportunidad de preguntarte.

—Fue decisión mía. —Me froto los labios—. No me arrepiento.

Ella frunce el ceño.

—Bueno, más les vale no haberte hecho daño. Los he visto con otras chicas. No tratan bien a nadie, y menos a las chicas.

—Sí, como malditas muñecas desechables —dice Calvin.

—No me importa lo que me hagan —digo—. Sé lo que quiero de ellos, y no voy a parar hasta conseguirlo.

Crystal me mira atentamente, intentando descifrar lo que realmente significan esas palabras. Pero no quiero que se acerquen demasiado al peligro… Que se acerquen a mí.

De repente, alguien nos pasa por el lado con un trozo de papel y, por el rabillo del ojo, veo una foto que reconozco.

Me levanto de inmediato, corro hacia la chica y le arranco el papel de las manos.

—¡Oye!

Pero no le presto atención.

No puedo dejar de mirar la foto de Nathan, ampliada a toda página, la misma que estaba en el diario de mi hermana… junto con una nota.

Un escalofrío me recorre la espalda.

—Estaba intentando leerlo —me dice la chica delante de mí, molesta.

—Perdona, es que necesito verlo —le digo, mientras repaso el resto rápidamente.

Al final hay una petición de contacto, junto con un número de teléfono.

Mierda.

—¿De dónde lo has sacado? —pregunto.

Ella señala al edificio más grande de la universidad.

—Están por todos los tablones de anuncios. ¿Me devuelves el mío ya? —Me arranca la hoja de las manos—. Gracias.

Ella se aleja, pero tengo la vista fija en el edificio de más adelante.

—¿Pen? ¿Qué ha pasado? —pregunta Kayla, pero estoy demasiado concentrada como dejar de andar.

Dondequiera que mire, la gente camina con esos carteles, aunque no todos muestran la cara de Nathan. Pero sí todas son fotos que reconozco… Fotos sacadas del diario personal de mi hermana.

El peor de todos es un póster con la cara de mi hermana sonriendo, con esa sonrisa radiante que echo tantísimo de menos hoy.

Y ahora está justo delante de mí, siendo degradada, utilizada, deshonrada.

Arranco la foto del primer tablón de anuncios que encuentro y la miro con lágrimas en los ojos. Hay una nota debajo de su cara. La nota que escribió mi hermana la noche que murió.

Joder.

¿Por qué? ¿Por qué han hecho esto?

Cada paso que doy por el interior del edificio es como si me hundiera más en las llamas del infierno.

La gente pasa a mi lado e incluso me mira cuando los adelanto.

Es entonces cuando veo un cartel con mi puñetera cara.

Lo arranco de la pared.

También tiene una nota.

¿Inocente? ¿O una puta retorcida? Tú decides.

La nota se arruga entre mis dedos mientras una rabia ardiente me recorre por dentro, imposible de apagar.

Busco alrededor con la mirada y me detengo en cada puto tablón de anuncios que encuentro para arrancar todos y cada uno de los carteles; los tiro todos a la basura, donde deben estar.

¿Cómo se atreven a aprovecharse así del diario de mi hermana?

A usar su nombre, su foto, con estas palabras…

Vergonzoso.

Ardo de rabia, pero el volcán que llevo dentro explota cuando veo a Dylan pegando carteles por toda la pared a mi izquierda.

Esto no se va a quedar así.

26 Dylan

Estoy pegando alegremente todos estos carteles en el patio de mi padre cuando una chica se abalanza sobre mí de la nada.

Y con una chica me refiero a una pequeña valquiria violenta de pelo morado con una misión.

Antes de que pueda siquiera parpadear, la tengo justo delante de la cara.

¡ZAS!

El ardor de su bofetada me quema la mejilla.

Todos en el pasillo se detienen y nos miran. Algunos incluso se ríen disimuladamente, pero ella va completamente en serio.

Muy sexy.

—¿Cómo coño te atreves? —me dice con un gruñido.

Me froto la mejilla. Maldita sea, da unos buenos golpes para ser tan pequeña.

—Hola a ti también.

Me roba el cartel que he puesto en el tablón de anuncios y lo sostiene delante de mí.

—Dame una buena razón para no darte tal patada ahora mismo que te mande al hospital.

¿Eso es un reto?

Una sonrisa pícara se me dibuja en la cara.

—Buena frase para ligar. Diez de diez, me ha puesto a cien. —Le guiño un ojo.

Ella rompe el cartel en trozos pequeños y me lo lanza como si fuera confeti.

—¿Esta es tu idea de ayudar? —gruñe—. ¿Robarme el puto diario de mi hermana y colgar todas sus intimidades por toda la universidad?

Madre mía, sí que va a saco. Estoy impresionado. Y, curiosamente, excitado también.

Levanto una ceja.

—Cálmate. La gente te está mirando.

Se ha reunido un puñado de personas a nuestro alrededor, pero sus ojos se centran únicamente en mí.

—¿Tengo pinta de que me importe una mierda? —me grita en respuesta, las tetas prácticamente se le salen del top de encaje negro con los hombros descubiertos que lleva.

Ya te digo… Jodidamente sexy.

—Más te vale quitar todos esos carteles antes de que yo…

—Tú, ¿qué? —la interrumpo, y la cojo del brazo—. ¿Vas a hacerme daño?

Aunque me encantaría verla intentarlo.

Me pregunto cuánto dolor podría provocarme.

Me cago en la leche. Solo de pensarlo me he puesto nervioso.

Pero no es momento para el placer.

La alejo de la multitud hasta un rincón apartado y la empujo contra la pared.

Saco el mechero del bolsillo y se lo pongo en la cara.

—Tranquilízate, putita.

—Y si no, ¿qué? Ya me has dejado en evidencia de una forma irreparable —gruñe—. Son nuestras caras las que están siendo difamadas, la de mi hermana y la mía.

El fuego le quema la mejilla.

—No sales solo tú —gruño en respuesta. ¿No ha visto el resto de carteles?—. Hemos usado un montón de fotos del diario.

—¿Hemos? —repite.

Gira la cabeza y mira a su alrededor hasta que por fin ve a Alistair repartiendo tranquilamente los carteles a los que van pasando. Ni siquiera lo había visto, cegada por la rabia.

Y cuando sus miradas se cruzan… es como si estallaran fuegos artificiales.

Increíble.

—Hijo de p…

La agarro de la barbilla y la obligo a mirarme.

—Esto es necesario.

—¿Necesario? ¿Llamas a empapelar todo el campus con la cara de mi hermana y la mía «necesario»?

—Sí. Confía en mí.

Sé lo que parece. No tengo la libertad de explicarle exactamente por qué, o podría arruinar todo el plan.

—¿Que confíe en ti? ¿Por qué? Dame una buena razón.

Sus labios redondeados se curvan de la misma manera que cuando intentó enfrentarse a mí en ese auditorio donde activó la alarma de incendios. Como si estuvieran a punto de morderme, pero, al mismo tiempo, parecen tan jodidamente…

Deliciosos.

Y me pregunto si podría.

Si Felix me mataría si lo hiciera.

Pero, a la mierda.

Pego mis labios a los suyos.

Sus labios saben a tequila de limón y a Skittles de colores, ácidos, dulces, amargos, frescos, todo envuelto en un sabroso paquete que no me canso de probar mientras reclamo su boca.

Dios, sus labios se sienten tan bien contra los míos.

He besado a muchas chicas, pero nunca a una que deseara tanto.

Tampoco a ninguna que me despreciara tantísimo.

No me extraña que Felix la odie tanto.

De repente, siento un pinchazo en los labios y me retiro, pero ella me muerde con fuerza. La sangre empieza a brotar de mi labio y la lamo.

—Chica mala.

—Eres un puto acosador, y lo sabes —me ataca—. No tenías derecho.

—¿De qué? ¿De besarte? —musito.

Se sonroja brevemente, pero enseguida vuelve a comportarse con descaro.

—Tienes muchas ganas de morir, ¿verdad?

Enarco una ceja.

—No. ¿Te has olvidado de nuestro trato?

Se le dilatan las fosas nasales.

—Sí, bueno, un trato solo sirve si ambas partes cumplen.

Ladeo la cabeza.

—¿Qué piensas que estamos haciendo, listilla?

—¿Besarme después de colgar esos carteles horribles por toda la universidad? —bromea.

—¿Horribles? No estoy de acuerdo. En mi opinión, son poéticos. —Sonrío—. Justicia poética.

—Sale mi nombre con mi foto junto a la palabra «puta». ¿En qué puto mundo es eso poético?

—En el mismo mundo en el que nos suplicaste que te ayudáramos —murmuro.

—¿A esto lo llamas ayudar? —Es como un volcán a punto de entrar en erupción, y yo estoy aquí para verlo.

—Estoy haciendo lo que se supone que tengo que hacer —respondo—. Eso es todo.

—¿Quién te ha mandado a hacerlo? ¿A imprimir el diario de mi hermana y pegarlo por toda la universidad? ¿Eh? ¿Felix? —me increpa—. ¿Por qué motivo? —Cuando no respondo, ella me mira con desprecio—. Lo suponía.

Me da una patada en los huevos. Otra vez.

Y, me cago en la puta, esta duele más que la anterior.

Dios, esta chica pega fuerte.

—Te lo mereces —sisea.

—La verdad es que sí —respondo, me tiembla la voz.

Ella sale corriendo.

Mierda.

Se me ha vuelto a escapar.

Gruñendo, me agarro el paquete cuando me inunda una oleada de náuseas. Pero, cuando levanto la mirada, me encuentro a Alistair mirándome fijamente.

—¿Qué coño ha pasado?

—¿Tú qué crees? —mascullo—. Lo sabe, ¿vale? Y ahora va directa hacia Felix.

Él se encoge de hombros.

—No es mi problema. Fue idea suya. —Y continúa pegando carteles por todas la paredes como si no le importase a nadie—. Él sabía que esto podía pasar.

—Pero nos ha visto todo el mundo —digo.

—Ya sabían que somos unos cabrones de todas formas —me dice, guiñándome un ojo—. Vamos a terminar.

Penelope

Golpeo las puertas de la fraternidad.

—¡Abre!

Sigo llamando hasta que por fin alguien obedece.

—Por Dios, ¿qué quieres?

Un tipo corpulento con el pelo encrespado me bloquea el paso. No sé quién coño es, pero tampoco me importa.

—¿Dónde está Felix?

—No está aquí.

—Y una mierda. —Intento pasar por el lado del tipo, pero él me empuja con facilidad.

—Eh, ni lo intentes.

—Déjame pasar —gruño—. Tengo que hablar con él, joder.

—¿Con quién? ¿Con Felix? —bufa—. Mala suerte, ya te he dicho que no está aquí. Está en una fiesta al final de la calle.

—¿Qué te hace pensar que me creo tus putas mentiras? —espeto, con las manos en los costados—. Sois todos iguales, hijos de puta.

Él se ríe de mí con condescendencia.

—Ah, bueno, ¿y cómo somos?

Me inclino hacia su cara.

—Mentirosos. Un puñado de cabrones retorcidos.

—Continúa. —Sonríe—. Saca lo peor de ti.

—Que te den a ti y al nido de pájaros que tienes en la cabeza.

Él resopla.

—Eso es todo lo que tienes, ¿ratita?

Abro mucho los ojos.

—Sabes… —Le agarro del cuello de la camiseta—. ¿Dónde está?

Me agarra de las manos y me da un empujón y caigo sobre la acera. Gimo de dolor, pero intento que no me afecte. Al levantarme, el tipo se burla de mí.

—Que te den. Voy a encontrarlo y, cuando lo haga, más te vale rezar por su maldita alma —digo, y escupo en su dirección.

—Buena suerte con eso —contesta, y cierra de un portazo.

A la mierda.

Me abalanzo sobre la puerta y la aporreo con los puños, pero desisto después de un par de intentos. Por supuesto, todos los que pasan por la calle me miran como si estuviera loca, pero no me importa.

Si Felix no está aquí, iré a buscarlo a la fiesta.

Me dirijo calle abajo hacia donde estaba mirando ese tipo hasta que encuentro la casa de la fraternidad que está armando jaleo en el patio. Todo está cubierto de latas y vasos de cerveza desparramados y patatas fritas tiradas por todas partes. Parece que llevan toda la mañana de fiesta y tampoco parece que tengan intención de parar.

De estudiar, poco.

Me dirijo directamente al edificio con un montón de esos carteles guardados en el bolsillo. La música me revienta los oídos nada más entrar. Hace un calor y una humedad de la hostia, hay mucha gente bailando y hablando. Es como si todo el campus estuviera aquí.

Robo un vaso de la mano de alguien y me sumerjo entre la multitud antes de que puedan decirme nada. Me lo llevo a la nariz, pero solo el olor del ron me da escalofríos. Sin embargo, es una buena tapadera, así que mantengo la copa cerca mientras me abro paso por la bulliciosa fiesta, buscando una cara conocida.

Me da igual lo que tarde en encontrarlo. Va a pagar por lo que ha hecho.

La mayor parte del ruido procede del sótano a mi derecha, así que bajo los escalones y llego a una zona húmeda y oscura, donde solo unas pocas luces LED de discoteca iluminan las caras de los que están bailando. Empieza a sonar un remix de Shameless de Camilla Cabello. El bajo es grave, retumbante, igual que los latidos de mi corazón mientras me deslizo entre la multitud, atenta a cada rincón de la sala.

Pero no lo veo por ninguna parte.

De repente, un par de manos se posan en mi culo y me doy la vuelta, solo para verme arrastrada por alguien que no conozco y que se roza contra mí.

Lo empujo.

—Puaj, suéltame.

—Venga, vamos a bailar —dice el chico, apretándose contra mí con su erección—. Para eso has venido, ¿no?

Le piso el pie, y me suelta, pero, cuando intento escaparme, me agarra del brazo.

—¿A dónde vas? No había terminado todavía.

De entre las sombras aparece una figura oscura y siniestra, sus ojos encuentran los míos antes de que una mano salga disparada de entre la multitud para agarrar la muñeca del tipo. En la otra mano, tiene un cuchillo cuya punta se clava en su cintura.

Felix.

Jadeo sorprendida al ver la furia descomunal que hay en sus ojos.

—Ya la has oído. Suéltala. Ahora. Mismo.

27 Penelope

Se produce un enfrentamiento. Dura apenas unos segundos, pero es tiempo suficiente como para que Felix le clave el cuchillo tan profundo en la piel tatuada que la sangre empiece a brotar.

—A menos que quieras que te corte en pedazos.

Mierda. Eso ha sido muy sexy, aunque no debería.

El corazón me late en la garganta cuando el chico me suelta la muñeca.

Se queda ahí de pie, parpadeando y mirando tanto a la navaja como al propio Felix.

El chico sale corriendo en cuestión de segundos; desaparece entre la multitud para huir lo más lejos posible.

Lejos de la persona a la que estaba buscando.

Felix me mira fijamente, pero no me libera de su agarre. En lugar de eso, me acerca a él y me coloca la navaja por debajo de la barbilla.

—Tienes que tenerlos bien puestos para presentarte aquí.

Pero yo no me asusto tan fácilmente.

—¿Crees que un poquito de intimidación va a asustarme?

Mueve brevemente el labio superior. Luego se mete la navaja en el bolsillo.

—¿Tienes idea de dónde estás?

Sacudo la cabeza.

—No me importa.

—Pues debería. Estás en territorio Phantom.

—¿Phantom? —frunzo el ceño.

Se vuelve a inclina y me susurra:

—No les gusta la Skull & Serpent Society.

—¿Entonces qué haces aquí? —replico.

—Estaba intentando encontrar a alguien… Hasta que he visto a ese gilipollas tocándote.

Trato de apartarlo, pero no me suelta.

—Como si me importara una mierda a quién pertenecen estas casas. No formo parte de esta movida entre fraternidades, así que no me metas en esto.

—Empezaste a formar parte en el momento en el que hiciste un trato conmigo —dice, se le oscurece la voz al agarrarme de la barbilla para que le mire—. Y seguramente matarían por probar un pedazo de ti.

Aprieto los dientes y respondo:

—¿Y qué? Como si te importara una mierda.

Ladea la cabeza para susurrarme al oído, el olor de su colonia me invade con la misma brusquedad con la que lo hicieron sus dedos cuando él y sus colegas me usaron en el bosque—. Cuarta lección… Nadie toca lo que es mío.

Guau. No sabía que era tan posesivo conmigo.

Trago saliva y me trago mi orgullo mientras me palpita el coño y aprieto las piernas.

—No soy tu…

Me aprieta la garganta hasta que no puedo hablar.

—¿Juguete? Eres mía en todos los sentidos de la palabra.

Saca la lengua y traza una línea desde mi cuello hasta la oreja.

Trato de chillar, pero no me sale ningún ruido.

—Y si tratas de negarlo, las cosas solo se pondrán más difíciles para ti…

Aprieta el paquete contra mis pantalones blancos, y noto cómo se le va poniendo dura contra mí.

—Deberías estar agradecida de que deje que Dylan y Ali te toquen. Ahora dime por qué has venido.

¿Agradecida? ¿Como si fuera algún tipo de privilegio que me follaran los tres?

Joder.

Cuando afloja los dedos un poquito, cojo el aire que tanto necesito.

—Sabes muy bien por qué he venido a buscarte. ¿Cómo tienes los cojones de colgar el diario de mi hermana por toda la universidad para que lo vea todo el mundo?

—Me sorprende que vieses los carteles tan rápido —dice.

Levanto un puño, pero me atrapa la mano justo a tiempo y la mantiene en el aire.

—Finge que estamos bailando.

—¿Por qué iba a…?

Me acerca a su pecho y me hace girar, para que me vea la gente que nos estaba mirando. Y tras otro giro, apartan la mirada como si no pasara nada.

—Ya no nos miran —dice—. Buena chica.

—Dame una buena razón por la que no debería gritar como una loca ahora mismo —gruño.

Se inclina para susurrarme al oído:

—Porque entonces nunca encontrarás a quien empujó a tu hermana hacia la muerte.

Se me corta la respiración.

Me inclina tanto que no podría mantenerme en pie si no fuera por su mano firme sobre la parte baja de mi espalda.

—Esos carteles están ahí por un motivo. No tengo que darte explicaciones. Limítate a aceptar que lo estamos usando con un propósito.

—Y una mierda, con eso no me vale —le suelto—. ¿Por qué has impreso su cara y le has colocado esa frase horrible? ¿Por qué está ahí Nathan y un montón de gente más del diario? ¿Y por qué aparece también mi cara junto con una maldita frase diciendo que no soy inocente?

Vuelve a levantarme y tira de mí tan cerca que me saca todo el aire de los pulmones.

—Ódiame todo lo que quieras, no cambiará nada.

—Dime por qué —gruño—. Al menos déjame conservar la dignidad.

Resopla y me empuja contra la pared.

—Perdiste la dignidad en el momento que viniste a mí y me suplicaste. —Me tira del pelo hasta que levanto la cara, y se inclina para besarme la piel—. Y colgaría esos carteles mil veces más solo por volver a oírte decir esas palabras. Así que, suplica.

Estoy tan cabreada que podría gritar, pero, si lo hiciera, todo el mundo nos miraría y nos echarían. Y Felix ha dicho que estaba aquí por un motivo. ¿Qué pasa si está relacionado con los carteles? Además de ser una putada gorda lo que les hizo hacer a Dylan y Alistair, tiene que haber una razón. Quiero creerlo, o todo el sufrimiento habrá sido en vano.

Le empujo el pecho con los dedos, pero me agarra las manos y me las sujeta contra la pared por encima de la cabeza. Luego me planta otro beso profundo y sensual en la piel, que sube la temperatura, y no puedo contener el gemido que sale de mi boca cuando se roza contra mí.

—Por favor…

—Sigue —murmura.

—Para.

Se aleja y me mira con los ojos entrecerrados.

—¿Intentas echarte atrás del acuerdo que hicimos, Pen? —Luego, chista—. Esperaba más de ti. Sabes que no voy a permitirlo.

—No —digo—. Solo necesito que dejes de hacerme daño.

Ladea la cabeza, y una sonrisa letal se le va dibujando en la cara.

—No voy a parar hasta que consiga lo que he venido a buscar. Y lo que necesito es que sufras en silencio mientras hago lo que mejor se me da.

—¿Y qué es? —pregunto—. ¿Hacer bullying a las chicas?

—Destruir personas.

Lo dice con una mirada tan fría que cala hasta los huesos.

—Y eso me incluye a mí —dijo en voz baja.

—Si con eso consigo lo que quiero… —responde.

—¿Qué cojones es lo que quieres, Felix?

Me mira fijamente, como lo haría un asesino a sangre fría.

—Venganza.

El aire está cargado de electricidad, y lo único en lo que puedo pensar es en lo mucho que me gustaría quitarle la navaja y clavársela justo en el corazón… Y luego dejar que me ponga contra la pared.

Joder. Odio lo confundida que me hace sentir.

—¿Querías mi ayuda? La tienes —gruñe—. Tómala como una buena chica. —Entrecierra los ojos y se inclina—. Y apártate de mi camino antes de que te folle con los dedos enfrente de toda esta gente.

Trago. Fuerte.

De repente, su teléfono suena y desvía nuestra atención.

Se separa de mí y contesta.

—¿Qué quieres?

—Ha llamado al puto número —oigo la voz de Dylan a través de los altavoces.

—Pon el teléfono desechable contra tu teléfono. Quiero hablar con él.

—¿Con quién? —pregunto.

Me empuja a un lado y se aleja entre la multitud, lo que me deja sin aliento y enfurecida al mismo tiempo. Una combinación tóxica.

Pero no voy a dejar que se escape tan fácilmente.

Cuando lo veo subiendo las escaleras, todavía con el teléfono pegado a la oreja, corro entre la gente lo más rápido que puedo para perseguirlo. Lo alcanzo a mitad de camino hacia la salida del edificio. Acaba de colgar la llamada; la conversación ha terminado, y me he perdido la mitad.

Mierda.

Justo antes de que llegue a la puerta, me deslizo por su lado y le bloqueo la salida.

Se le dilatan las fosas nasales.

—Aparta.

—No. Si tiene algo que ver con esos carteles, quiero saber lo que quiere ese tipo y por qué me has hecho esa putada.

Se pone delante de mi cara y planta un puño contra la pared a mi izquierda.

—No podrías soportarlo, niñita.

—¿Te parezco una niñita?

Se alza sobre mí.

—Sí. Metes las narices en donde no te llaman.

—Lo convertiste en asunto mío en el momento que usaste sus cosas y mi foto. —Me cruzo de brazos y clavo los pies a ambos lados de la pared. —Así que voy contigo, o los dos nos quedamos aquí atrapados.

Refunfuña ruidosamente, a punto de estallar delante de todo el mundo.

—¿Quieres verlo? Está bien, te lo enseño. —De pronto, me pone una mano en la cadera y me levanta. Suelto un chillido cuando me lanza sobre su hombro.

—¡Bájame! —grito mientras sale por la puerta—. Puedo andar, joder.

Me sonrojo cuando miro directamente a la gente que sigue de fiesta en el pasillo.

—No podías mantenerte alejada, ¿verdad? —me gruñe Felix—. Joder, eres igual que tu hermana. Esto es culpa tuya.

¿Igual que mi hermana?

¿Por qué coño la mete en esto?

—Oye, ¡no te pedí que me sacaras de la casa así! —digo, indignada por haberme echado la culpa.

—Si no te apartas, te obligo —replica—. Simple. Efectivo.

—Vergonzoso —añado mientras todos los que se quedan en la casa de fiesta básicamente se ríen de nosotros desde el porche.

—Quinta lección, Penelope… Los actos tienen consecuencias. Y yo mismo te castigaré por portarte mal.

¡ZAS!

Grito cuando la palma de su mano aterriza en mi culo.

—¡Guau! ¡Y encima enfrente de toda esta gente!

—Te lo he dicho, no me importa quién nos vea —responde—. Y no me importa una mierda lo fuerte que grites. Ahora te vienes conmigo.

—Sé andar —gruño en respuesta.

Él resopla.

—Estoy seguro de que sabes. Llevas días estorbando en mi camino.

Pongo los ojos en blanco mientras me lleva cruzando la calle y todo el camino de vuelta a la Skull & Serpent Society. No sé por qué ni para qué, pero a lo mejor ha decidido reunirse con quien sea que haya llamado.

La puerta ya está abierta, y Dylan lo está esperando.

—De locos, te has traído un tentempié.

¿Un tentempié? ¿Yo?

Se relame.

—Cierra el pico —masculla Felix en respuesta—. Quiere mirar.

Dylan abre mucho los ojos.

—¿Qué? ¿Estás de coña, ¿no? Ya sabes lo que pasó cuando Eve…

Felix lo agarra de las mejillas.

—Cállate.

—¿Eve qué? —suelto, y me libero del agarre de Felix cuando se distrae.

Me caigo al suelo sobre las caderas, y el parqué me hace muchísimo daño. Pero me alegro de que ya no me cargue como un cavernícola.

—¿Qué hizo mi hermana? —pregunto.

—No importa. Ven. —Felix me agarra de la muñeca y me arrastra por los pasillos.

Abre una puerta debajo de la escalera que lleva al sótano.

Y está tan oscuro que me empieza a preocupar que sea su forma de librarse de mí.

Trago saliva.

—¿A dónde vamos?

—Tú sola te has metido en mis asuntos. Ahora vas a poder verlos en primera fila —contesta.

Primero intenta empujarme escaleras abajo, pero, cuando doy el primer paso, me quedo paralizada.

Huelo algo… como a metálico, a quemado, que solo podría describir como…

Sangre.

La adrenalina fluye a través de mis venas mientras bajo despacio, con Felix haciendo lo propio.

Ahí abajo, entre todas las cajas apiladas y bajo una luz mortecina, hay un tipo sentado en una silla.

Nathan.

Tiene las manos encadenadas a los reposabrazos y las piernas a los pies de la silla, ambas con gruesas varillas metálicas arrancadas del techo. Una cinta adhesiva negra le cubre la boca.

Del techo caen gotas de agua sobre su cabeza mientras la sangre le resbala por la barbilla, y tiene la cara llena de moratones.

Madre mía.

Me llevo inmediatamente la mano a la boca para impedir que se me escape un grito.

Lo han torturado. Sabía que estaban enfermos, pero no era consciente de hasta qué punto.

De hasta dónde podían llegar.

Y ahora ni siquiera estoy segura de que esto sea lo peor que podrían hacer.

Felix me agarra de los hombros por detrás.

—Querías saber con quién hablaba. Ahora ya lo sabes.

¿Nathan?

¿Han hecho todo esto en cuestión de minutos?

Alistair salta desde una de las cajas del fondo, y yo me sobresalto del susto.

—Por eso hemos colgado los carteles con ese número.

—Un móvil de prepago —añade Dylan.

—Y para eso teníamos que colgar tus fotos y las de tu hermana por la universidad.

—Para que nadie pensara que estabais apuntando solo a él —murmuro con incredulidad.

—Exacto. No queríamos que el resto de la universidad empezara a sospechar —responde Alistair, con las manos en los bolsillos.

—El pequeño Nathan estuvo desaparecido en combate durante bastante tiempo —comenta Dylan—. Resulta que estaba escondido en la fraternidad Phantom, a la que aparentemente pertenece.

—¿Donde estábamos? ¿En la fiesta esa? —pregunto, con los ojos muy abiertos mientras miro fijamente a Felix.

—Lo estaba buscando allí —dice Felix—. Hasta que llegaste tú y quisiste meterte en medio.

Con una sonrisa de suficiencia en la cara, Dylan dice:

—No importa. Al salir vio los carteles y mordió el anzuelo como una presa fácil, así que lo arrastré hasta aquí.

Felix me echa el pelo a un lado para susurrarme al oído:

—Y ahora ya tienes lo que querías. —Aprieta los dientes cerca de mi oreja—. Venganza.

Aguanto la respiración, incapaz de expulsar el aire.

Alistair sale de la penumbra más allá de las cajas, con el cuerpo, la cara y la camisa blanca impoluta cubiertos de sangre. Deja caer el martillo cerca de los pies de Nathan, que empieza a gimotear.

Parece que ya le han dado una paliza.

—Hola, putita —dice Alistair—. Qué bien que te unas a nosotros. ¿Ha sido idea tuya? —Mira rápidamente a Felix.

—No paraba —responde Felix.

—¿Desde cuándo das el brazo a torcer?

—Desde que necesita una lección —escupe en respuesta—. Preparadlo.

Alistair agarra a Nathan de la cara y le arranca la cinta con tanta fuerza que hace que le sangre la piel.

—¡Joder! ¡Eso duele! —grita Nathan.

—Te va a doler aún más si no haces lo que te decimos —dice Alistair—. Entonces, ¿vas a contestar a nuestras preguntas? ¿O quieres que te demos otra paliza?

—¡Tengo la cara destrozada! —gruñe—. ¡Vais a pagar por esto!

Alistair le agarra tan fuerte de la cara que le estruja los labios.

—Será mejor que nos des las respuestas que buscamos o Felix se encargará de ti.

El miedo se instala en los ojos de Nathan mientras Alistair se aleja.

Felix se adelanta y coge el martillo, luego me mira por encima del hombro.

—¿Y bien, Pen? ¿Hasta dónde quieres que llegue?

Todos me están mirando, y casi siento que todo esto es una prueba.

Una prueba para ver hasta dónde estoy dispuesta a llegar para conseguir justicia para mi hermana.

Si voy a decir algo o a dejar que ataque a Nathan.

Pero no saben que me prometí que iría al infierno por ella.

Y es la voz oscura y profunda de Felix la que me recuerda que no hay vuelta atrás.

—Adelante —digo—. Hazle hablar.

28 Felix

Observo el rostro de Penelope con sumo interés.

Sabía que traerla aquí sería un riesgo con un alto precio, pero es un precio que estaba dispuesto a pagar por ver su reacción.

¿Quiere ver cómo de depravados podemos llegar a ser? Todavía no ha visto lo peor.

Este va a ser un espectáculo increíble.

Apoyo los pies en el suelo de cemento y golpeo a Nathan en la pierna con el martillo.

Grita de dolor, llorando lágrimas de sangre, pero le levanto la cara para que me mire a mí en vez de al suelo.

—¿Le metiste una puta nota por debajo de la puerta?

—Obligué a una tía de la hermandad Alpha Psi a que lo hiciera por mí —me grita, tiene toda la cara roja de todo el dolor que intenta tragarse.

Agarro al pijo este por el cuello y gruño:

—Dime por qué la has amenazado.

Me cierno sobre él y dejo que lo piense, luego giro la cabeza hacia Pen.

Quiero que me mire a los ojos y sea testigo de la crueldad. De los viles y retorcidos deseos que me corren por las venas. Quiero que lo vea todo.

—¿Ya te arrepientes, Pen? —pregunto.

Ella sacude la cabeza, aunque noto que le cuesta mirar a Nathan retorciéndose en su asiento.

—Respóndeme.

—No —contesta, con los pies firmes en el suelo, y los brazos rígidos a los lados. Como si se estuviera preparando para lo que viene.

¡PAM!

Le estrello el martillo en la misma pierna y se la rompo por un lado.

—¡JODER! ¡Mi pierna! ¡Me la has roto! —Nathan chilla como un cerdo, pero lo único que me interesa es la reacción de Pen, la expresión de su cara. En lugar de aterrorizada, parece segura. Como si nada pudiera afectarle.

Estoy impresionado.

Para ser una ratita, los tiene bien puestos.

—¡Paradlo! —grita Nathan a Alistair y a Dylan, pero ni siquiera se molestan en responder—. ¿Por qué no lo frenáis? Va a matarme.

—Puede que lo haga —musito.

—¿Por qué? ¿Por qué estás haciendo esto? —suplica Nathan—. ¿Por una puta broma?

Resoplo.

—¿Una broma? Buena esa.

Se le tuerce el gesto.

—Ni siquiera la conoces, joder. ¿Por qué te importa siquiera?

Ladeo la cabeza.

—¿Crees que no la conozco? —Entrecierro los ojos y me agacho, apoyándome en las rodillas mientras le miro fijamente a los ojos—. He visto las partes más oscuras de su alma. Y ahora te haré pagar por haberle recordado que existen.

Le doy un puñetazo en la pierna rota y disfruto viéndole sufrir.

Me crujo los nudillos y escucho sus gemidos de angustia.

Dios, nada me pone más que una buena paliza.

—Le has hecho daño a lo que me pertenece, Nathan —digo mientras me crujo los otros nudillos.

—Que te follen, ¡sabes que va a correr la misma suerte que Eve! —gruñe Nathan.

Le echo un vistazo a Pen por encima del hombro.

Le está mirando fijamente, pero tiene los ojos vidriosos, como si no estuviera aquí realmente.

Como si su mente hubiera regresado a aquel día… El día que todos vimos cómo su hermana saltaba por el acantilado.

Solo que, esta vez, le está agarrando de la mano y salta con ella.

Así que levanto el martillo y le rompo la puta mano para sacarla de ahí.

¡PAM!

Grita de dolor.

—¡Para, por favor!

—Amenazaste a Pen. Admítelo —digo.

—¡Sí! —aúlla.

Lo agarro por la cara.

—¿Lo hiciste con Eve también? —Mi voz suena desquiciada, igual que lo están mis emociones.

—¡No!

—¡Mentiroso! ¿Qué le hiciste? —gruño, sujetando el martillo sobre su otra mano—. ¿Saltó por tu culpa?

—¡No! No sé por qué saltó. —Cierra los ojos—. Por favor, te juro por Dios que te estoy diciendo la verdad. No lo hagas, ¡por favor! Mis padres cuentan conmigo para acabar la universidad, y no podré hacerlo si no tengo las manos en condiciones.

—Deberías haberlo pensado antes de meterte con ella —respondo.

—¡No fue idea mía! —De pronto, se le abren mucho los ojos, y traga—. No, no, no has…

—¿Escuchado eso? —Lo agarro del cuello de la camiseta—. Ahora nos vamos entendiendo.

—He mentido —dice.

—No, se te ha escapado la verdad sin querer. Ahora dime de quién fue la idea.

—De nadie —dice—. No quiero que me hagas daño. Diré lo que quieras que diga. —Ahora está sudando de verdad—. ¿No sabes que la tortura solo hace que la gente te diga lo que quieres escuchar?

—Mmm… ¿Y qué crees que quiero escuchar?

—¿Que estoy arrepentido? —musita.

Elevo una ceja.

—¿Y lo estás? La has asustado.

—No era mi intención. Solo quería que dejara de indagar.

—Claro… Tú… —digo entre dientes.

—Sí, yo.

—Porque no había nadie más implicado que te dijera que lo hicieras, ¿verdad? —Le acaricio la mejilla con el martillo.

Veo cómo traga saliva.

—No, no. Solo intentaba quitarme la culpa.

Mira a Penelope por encima de mis hombros.

—Por favor. Lo siento. Haz que pare.

Abro las fosas nasales.

Me he cansado de sus mentiras.

Suelto el martillo y él respira con alivio.

Demasiado pronto.

Me saco la navaja del bolsillo, le agarro la mano y le corto un dedo mientras grita pidiendo clemencia, el sonido es como música para mis oídos.

Dios, cómo echaba esto de menos.

Chilla como un cerdo.

—¡Mi dedo! ¡Mi dedo! ¡Oh, Dios mío!

Lo levanto hacia la luz titilante que nos ilumina, admirando la vista de carne y hueso, que gotea sangre fresca y caliente, justo encima de su cabeza.

—¡Estás loco! —grita.

Lo agarro del pelo y hago que mire su dichoso dedo índice.

—No, el que está loco eres tú por mentirme a la cara. —Bajo el dedo hasta que está sobre su cara—. Ahora, veamos… ¿Qué debería hacer con esto? ¿Enviárselo a tus padres? —Sacude la cabeza con miedo—. ¿A tu hermanita que te rogaba que le prestaras atención?

—¿Cómo sabes de ella? —Se le pone la piel pálida—. ¿Has mirado en mi teléfono?

—¿Crees que no lo haríamos? —contribuye Dylan—. Nos subestimas.

—No, no… Creo que ya sé lo que voy a hacer con esto —digo, colgando el dedo por encima de su cara como un fideo—. Igual debería hacer que te lo comas.

Se le abren los ojos, y se vomita encima.

Me las arreglo para alejarme antes de que me manche.

—Qué puto asco —mascullo.

—Oh, Dios —gimotea.

—Sí, será mejor que le reces a Dios —respondo, y me limpio un poco de sangre que ha salpicado mi camisa cara—. Me has estropeado la ropa.

—¡Me has cortado el dedo! —chilla Nathan.

—¿Prefieres morir? —digo, agarrando la navaja.

Sacude la cabeza con vehemencia.

Le paso el cuchillo por debajo de la barbilla.

—Pues te lo mereces…

—¡Yo no hice que saltara la puta tía esa! —dice—. ¡Tienes al chico equivocado!

Estoy a punto de cortarle el cuello a este hijo de puta.

—Espera —dice Pen de repente.

Me giro para mirarla.

¿Ahora quiere parar?

—No vas a… matarle, ¿verdad? —pregunta.

Entrecierro los ojos.

—¿De repente te ha vuelto la culpa?

—Creo que está cubriendo a alguien. Matarle solo hará que esa persona tenga más fácil salirse de rositas con lo que hizo. Y has dicho que formaba parte de la fraternidad Phantom. Seguro que vienen a por vosotros cuando se enteren. —Hace una pausa—. Ya ha pagado el precio por lo que hizo.

Tiene razón. Bastante, además. Ojalá no fuese así, porque tenía muchas ganas de despedazar a este imbécil.

Me miro la camisa ensangrentada, el olor de la sangre me irrita. No es suficiente sangre para haber amenazado a la chica que me pertenece. Pero tendrá que bastar por ahora.

Apunto a Nathan con la navaja justo en la cara.

—Si le cuentas a una sola persona lo que ha pasado en este sótano, me aseguraré de cortarte la lengua y rajarte el cuello personalmente. ¿Lo entiendes?

Él asiente varias veces, sacudiéndose con fuerza.

—Sácalo de mi vista —le gruño a Dylan por encima del hombro.

Dylan frunce el ceño.

—¿Cómo? No vas a…

—Hazlo —le interrumpo, y me alejo antes de hacer nada de lo que me arrepienta.

—Vale —responde Dylan, y comienza a desatar a Nathan junto con Alistair, quien le ayuda a mantener a Nathan bajo control. Le atan las manos ensangrentadas con un trozo de cuerda y le escoltan por las escaleras.

Fuera de mi vista.

Lejos de mis crueles intenciones.

Pero tengo mi puto souvenir.

Me quedo mirando el dedo ensangrentado y me lo guardo en el bolsillo, luego me giro para a la chica que se moría por saber de lo que era capaz.

—¿Te he asustado? —pregunto.

Ella niega con la cabeza, pero cuando me acerco se estremece un poco.

—Es solo que no esperaba que esto fuera a llegar tan lejos.

Me planto frente a ella, en todo mi jodido y sangriento esplendor, y le trazo una línea desde la mejilla hasta la barbilla que le tiñe la piel de sangre.

—Esto es lo que has pedido. Lo que me has suplicado… —digo, saboreando la mirada tensa que me lanza—. Lo habría matado por ti.

Se estremece cuando le agarro la cara y la arrastro para robarle un beso de esos malditos labios dulces que han estado pidiéndome a gritos que los reclame.

La emoción de la persecución me ha dejado enloquecido, y sin la posibilidad de saciar esa sed.

Porque mi presa sigue libre…

Así que la beso, centrando todos mis deseos perversos en ella.

Y, me cago en la puta, hace tiempo que debería haberlo hecho.

Sus labios son tentadores, absolutamente perfectos para mí. Y reclamo mi puto derecho abriéndoselos con la lengua y lamiéndole el paladar y la lengua.

Dios, esa puta lengua podría matarme si se lo permitiera.

La forma en que la mueve me recuerda a cómo me envolvió con ella no hace mucho tiempo; la idea me la pone durísima y la polla se me aprieta contra la tela del pantalón.

Joder.

Es demasiado.

Me aparto y miro las marcas de sangre de su cara. Mi puto territorio.

—Me recuerdas mucho a ella.

Abre los labios.

—¿Qué?

—Vete antes de que sacie mis ganas contigo —gruño.

Se queda helada por un momento, con los ojos brillantes por el miedo.

—Te estoy haciendo un puto favor. Tómalo. —Le señalo las escaleras.

Ella sale corriendo de inmediato, sube de puntillas por la escalera, y ese sonido es música para mis oídos.

Normalmente, saldría corriendo tras ella para disfrutar de una buena persecución.

Pero por ahora voy a domar a la bestia que llevo dentro.

29 Alistair

En la oscuridad, conducimos hasta el bosque Priory, donde se celebran las mejores fiestas. No como la que hacen los capullos de la Phantom, que son cutres y mediocres.

Sacamos a Nathan del coche, el cuerpo pesa una tonelada. Lo dejamos cerca de The Edge, con la cabeza colgando sobre el precipicio, el mismo lugar donde Eve saltó hacia su muerte. Un castigo bien merecido por amenazar a su hermana, si me preguntas.

Dylan lo desata y lo lanza más cerca del borde.

—Y recuerda, cabrón, si le cuentas esto a alguien… —Dylan lo señala con un dedo en la sien y finge un disparo—. Tus sesos salpicarán todas las paredes de la universidad.

—¡Tengo una pierna rota y me falta un puto dedo! —grita—. Qué coño esperas que haga, ¿eh?

Me encojo de hombros.

—Por mí, vete al médico. Diles que te lo cortaste sin querer cuando intentabas serrar un árbol o algo así.

—¿Serrar un árbol? ¿Por qué coño iba a hacer yo eso? —replica—. Ningún puto niño rico corta árboles en su tiempo libre.

Yo me alejo.

—Ni idea. Estoy intentando ayudarte. Sé agradecido.

—¿Ayudarme? —chilla—. Me habéis llevado hasta vuestro puto sótano, atado, y me habéis dado una paliza. ¡¿Estáis bien de la puta cabeza?!

Dylan se ríe.

—No mucho, gracias por preocuparte.

—Sois unos putos cabrones enfermos —espeta Nathan, agarrándose la mano mientras sangra.

—Y tanto que lo somos —responde Dylan. Me pasa un brazo por encima del hombro—. Vamos.

—¡Esperad! —grita Nathan mientras Dylan y yo nos damos la vuelta—. ¿Vais a dejarme aquí?

—Sí, ese era el plan. —Le echo un vistazo por encima del hombro—. A menos que quieras que terminemos el trabajo.

Cierra la boca de un golpe, apretándose el dedo con la mano como si intentara detener el sangrado.

—Vais a pagar por eso. Lo sabéis, ¿verdad? —grita mientras nos alejamos.

—Lo que tú digas, guapetón —respondo, sin dedicarle ni una mirada.

Este capullo ya nos ha robado suficiente tiempo.

Ni siquiera ha merecido la pena porque seguimos sin estar cerca de las respuestas.

—Y ahora nos queda un trabajo infernal limpiando la que hemos liado.

Dylan frunce el ceño.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Porque esos putos carteles no se van a quitar solos.

Una sonrisa engreída se le forma en los labios mientras me mira fijamente.

—No me digas que te importa de verdad.

Cuando no respondo, la sonrisa se ensancha en su rostro.

—Alistair King… ¿Te gusta la chica que se supone que es nuestro juguete sexual?

Le doy un codazo en el costado y le hago gemir. Me encanta ese sonido.

—No te flipes, que no voy a buscar lo que necesito en ninguna otra parte.

Nuestras miradas se cruzan, esa estúpida sonrisa suya me da toda la fuerza que necesito ahora mismo.

—Lo sé.

Pero no sé si podría llamarlo «gustar»…

O si es solo por el morbo.

Penelope

Me escondo en mi habitación los dos días siguientes, solo salgo para las clases a las que tengo que asistir para que no me echen de la universidad.

Nada es peor en este mundo que tener que salir y poder toparme con uno de ellos.

Esos tres de la Skull & Serpent Society están más pirados de lo que creía.

Pero es mucho peor el hecho de que ni siquiera me asustó lo que hicieron. No me asusté cuando vi a Nathan amarrado a una silla como una maldita víctima. No me asusté cuando Felix le dio martillazos hasta partirle las piernas. Y ni siquiera el maldito dedo que me puso en frente de la cara fue suficiente para hacer que me asustara.

Solo había una cosa a la que temía en ese momento… Mi propio deleite.

El poder.

La forma en la que Felix literalmente me preguntó a mí de entre toda la gente si debería parar.

Cada vez que cierro los ojos, lo veo en mi mente, golpeando con ese martillo las rodillas de Nathan, cortándole el dedo, la sangre derramándose desde sus dedos hasta mi piel mientras me mira y me dice que lo habría matado por mí.

Instintivamente, mis dedos buscan mi piel, que estalla en un cosquilleo. Ya me he limpiado la sangre, pero la mancha sigue ahí, extendiéndose por mi cuerpo, hasta que es imposible negar que estoy cayendo lenta e inevitablemente en la trampa que me pusieron sin apenas esfuerzo.

Porque cuando me besó, juro que sentí como si el mundo se detuviera.

¿Por qué?

¿Por qué lo hizo?

¿Y por qué me importa siquiera?

Suspiro y me tumbo en la cama. Es pasada la medianoche, Kayla duerme profundamente. Quedarme despierta ahora solo me dificultaría el estudio.

Así que cierro los ojos y me obligo a dejar de pensar en ello.

De repente, algo cruje en la esquina de la habitación y abro los ojos de golpe.

La ventana está abierta, pero no recuerdo haberla abierto.

Me levanto de la cama, tiritando por la corriente de aire frío que entra, y rápidamente la dejo bien cerrada.

Pero cuando me doy la vuelta para volver a la cama, me paro en seco como un conductor de tren que pulsa el botón de emergencia.

Porque una figura con una sudadera oscura se cierne sobre Kayla.

Corro hacia mi armario para coger mi bolso y saco la navaja, pero, cuando le apunto con ella, levanta la cabeza y se lleva el dedo a los labios.

—Shh…

Abro mucho los ojos y murmuro:

—¿Alistair?

Se acerca a mí y vuelvo a temblar cuando su figura se eleva sobre mí. En la oscuridad intimida bastante, sobre todo porque aparentemente puede colarse en mi habitación sin que me dé cuenta.

Alcanza el cuchillo, pero me niego a soltarlo mientras me rodea la muñeca con la mano cada vez más fuerte. Intento apuntarle al pecho, pero, cuanto más me acerco, más tira hasta que choco contra él.

Lentamente, me gira la muñeca hacia un lado hasta que no tengo más remedio que soltarla.

—¿Qué le estabas haciendo? —digo con los dientes apretados.

Él se inclina y susurra:

—Comprobando que estaba dormida. —Me aprieta la parte baja de la espalda y me atrae hacia su abrazo—. Siéntate.

Frunzo el ceño, confundida.

—¿Por qué?

Pero antes de que pueda decir nada más, ya me ha empujado hacia la cama. El pelo rizado le tapa los ojos, pero sigo sintiendo cómo me clava la mirada bajo la capucha negra.

—¿Haces esto a menudo?

Él ladea la cabeza.

—Solo cuando me apetece.

Cojo aire.

—¿Cuántas veces has entrado en mi habitación?

—Muchísimas.

Un escalofrío me recorre la columna vertebral.

—¿Mientras dormía?

Él asiente.

Debería estar aterrada. Asustada hasta la médula.

En lugar de eso, estoy intrigada.

Creía que no le gustaba y que solo aceptó el plan de Felix para conseguir un polvo fácil, pero quizás ha estado escondiendo sus verdaderas intenciones. No me extrañaría de un tipo como él.

Es el tipo de persona que se oculta en segundo plano, siempre esperando el momento oportuno para tomar lo que quiere.

Y ese momento es ahora, al parecer.

—Si quieres hablar, ¿por qué no lo hacemos durante el día? Estamos en mitad de la noche. Necesito dormir.

Se le contrae el músculo del cuello.

—Las noches son más privadas.

¿Privadas? Ay, madre.

—¿Qué es lo que quieres? —pregunto, tragando saliva.

—Quiero… —Levanta la mano para tocarme la cara, la punta de su dedo índice apenas roza mi mejilla, pero su contacto me deja un cosquilleo en la piel—. Quiero disculparme.

Me quedo boquiabierta.

¿Estoy soñando o es real?

—Por lo de los carteles. —Lentamente, me recorre la piel con los dedos, como si estuviera admirando cada centímetro de ella solo con tocarla—. Te han hecho daño, ¿verdad?

Asiento.

—¿Me perdonas? —pregunta, con voz ronca.

Frunzo el ceño.

—Yo…

Su repentina petición me ha dejado perpleja. Nunca creí que estos chicos pudieran sentir remordimiento por hacer bullying. Pero tal vez Alistair ha estado ocultando sus emociones por el bien del grupo.

Tensa el labio.

—No sé por qué me importa. —Mueve el dedo hacia mis labios—. Pero quiero saberlo. —Se le quiebra la voz—. Desesperadamente.

—Yo… puedo perdonarte —murmuro, embelesada por la forma en que me está tocando.

Con el dedo me empuja el labio hasta que abro la boca.

—¿Puedes perdonarme por lo que estoy a punto de hacer? —me pregunta mientras desliza el dedo por mi lengua.

Con la mano que tiene libre se abre la cremallera lentamente, y ahora es cuando me doy cuenta de lo que quiere.

—Necesito saber por qué —musita, se saca la polla y se me dilatan las pupilas con su grosor—. Por qué tú.

¿Por qué yo?

¿Qué quiere decir con eso?

Pero antes de que pueda preguntar, ya me ha empujado la cabeza hacia su punta.

Y no sé por qué, pero empiezo a lamérsela.

Tal vez es porque siento que se lo debo por pegarle una paliza a Nathan.

O quizás le estoy agradeciendo que me haya pedido perdón por el daño que ha causado.

O puede, y solo puede, que me haya podido el deseo de pensar en dejarlo seco.

El gemido que sigue al otro lametazo me hace tremendamente consciente del entorno. Kayla está justo al lado y podría oírnos.

—Sigue dormida. No te preocupes —murmura, y desliza la mano por mi pelo—. No se va a enterar de lo bien que lo vamos a pasar.

Me la mete más hondo en la boca y me esfuerzo por abarcar su grosor. No es larga, pero sí ancha, lo bastante como para llenarme la boca hasta las comisuras, y se me empiezan a humedecer los ojos cuando embiste.

Gime de placer, y mentiría si dijera que no hace que me moje.

Céntrate en lo que tienes que hacer, Pen.

Esto es solo un intercambio. Nada más y nada menos.

—Saca la lengua —ordena Alistair, pero es muy difícil teniéndolo dentro—. Más rápido.

Aun así, hago lo que me pide por la forma en que lo dice. Su voz no es dura, sino suave, es como si quisieras hacer todo lo que te ordena. Como si tuviera todo el control y lo supiera.

No puedo evitar mirarle a los ojos mientras me lo llevo hasta el fondo, esforzándome por no toser.

—Eso es —dice—. Mírame cuando estoy dentro de ti.

El gemido de satisfacción que sale de su boca me produce un cosquilleo en el cuerpo.

Como si me volviera… codiciosa.

Y se la chupo lo mejor que puedo en la oscuridad de la noche, sabiendo que nadie más que él me observa.

Cada vez que gime mi cuerpo se enciende. Me siento tan poderosa al ser yo quien controla su placer. Nunca pensé que me afectaría tanto como ahora mientras estoy a solas con Alistair, sin nadie que intervenga. Como un gran y sucio secreto que debo mantener oculto.

Lamo su longitud, y observo cómo se deleita al ver mis labios a su alrededor, pero de pronto me agarra del pelo y me penetra hasta el fondo.

Me dan arcadas y jadeos cuando me toca el fondo de la garganta.

—Shh… No quiero que se despierte. Así que sé silenciosa y obediente, ¿vale?

Y, con lágrimas en los ojos, asiento.

—Buena chica.

Y vuelve a embestirme como si no pudiera hacerlo nunca más, obligándome a contener la tos y a tomarlo como me ha dicho.

Pero retrocedo, desesperada por tomar aire, y me arrastro hacia atrás en la cama. Sin embargo, me sigue y se coloca justo encima de mí hasta que no tengo escapatoria.

—Te lo pondré más fácil —dice, y se sienta encima de mi barriga y me levanta las manos, inmovilizándolas debajo de mi almohada—. Quieta.

Se inclina hacia atrás y se saca algo del bolsillo. No puedo ver lo que es, pero la mente se me queda completamente en blanco en el momento en el que sumerge la mano en mi pantalón del pijama y en mis bragas para meterme los dedos.

—Estás mojada —dice, y se lame los labios—. Igual que cuando te follamos en la hierba enfrente del bosque Priory. ¿Lo recuerdas, Penelope?

Asiento brevemente con la cabeza y de pronto me mete algo entre los labios del coño, justo encima de ese punto dulce. Algo que vibra.

—Sigo pensando en esa noche cada vez que me ducho —murmura, deslizando en círculos el aparato encima de mi clítoris—. Cada vez que me acuesto. —Se acerca despacio y vuelve a empujar la punta de su longitud contra mis labios para abrirlos—. Cada vez que me corro.

¿Piensa en mí todas esas veces?

No sé por qué me hipnotiza, pero lo hace.

—Y quiero saber por qué.

Me embiste cuando dice eso último, arrasando con todo. Y estoy indefensa ante la avalancha de embestidas en mi boca, y el deseo que se arremolina en mis venas por la vibración de entre mis piernas.

—¿Tú también piensas en mí, Penelope? —pregunta.

No sé qué responder, ni si podría hacerlo con su polla enorme en la boca.

—¿O solo piensas en ellos?

Me penetra sin remordimientos.

Trato de negar con la cabeza, pero no sé si lo estoy haciendo porque es lo que quiere escuchar o por que de verdad lo creo.

Porque una parte oscura de mí que enterré en lo más profundo de mi alma ansía más.

Más. Más.

Aprieto las piernas.

Joder, ya viene.

—Nada de correrse todavía, Penelope —gruñe Alistair—. Chúpamela como se lo hiciste a él primero y, tal vez, te lo permita.

Joder, esto me pone.

Aunque no quiera admitirlo.

Me pone a mil.

Y me esfuerzo por no hacer ruido cuando me presiona y me obliga a enfrentarme a mis propios límites.

—¿Puedes metértela tan hondo como con él? —pregunta.

Tomo una bocanada de aire cuando por fin se retira por un momento.

—Puedo intentarlo.

—Dame todo lo que tengas —dice—. Todo lo que le diste a él.

¿A quién se refiere?

¿A Felix… o a Dylan?

Se abalanza contra mi boca, y ni siquiera puedo pensar con claridad mientras el zumbido entre mis piernas acelera el ritmo.

—Todavía no tienes permiso —dice, su voz suena ronca pero suave, como el dueño confiado que somete a su mascota.

Y me excita tanto que tengo que reprimir el orgasmo.

—Eso es, quiero que me la chupes hasta que me saques hasta el alma del cuerpo —gruñe, y saca la lengua para lamerse los labios.

Me agarra la cara y me folla como si fuera su muñeca, penetrándome como si le perteneciera. Se le tensan los testículos contra mi cuello, y las venas le palpitan con energía, hasta que de repente…

Una explosión de líquido caliente me llena la boca.

—Córrete ahora —dice mientras pongo los ojos en blanco.

Y me deshago allí mismo a su orden, con su semen deslizándose por mi garganta, hay tanta cantidad que no tengo más remedio que tragármelo entero. El éxtasis me inunda el cuerpo, una mezcla de miedo y emoción, como si mi mente no pudiera decidir si esto es atroz o delicioso.

Cuando se retira, respiro profundamente, con los labios aún cubiertos de su semen. Pero él se aleja aún más, para cogerme la cara con las dos manos y besarme en los labios.

¿Qué está pasando?

Abro los ojos de par en par cuando su lengua recorre la mía, para luego lamerme el paladar. Me asombra que no le importe estar saboreando su propio semen. Pero me sorprende aún más lo mucho que ansío sus labios cuando vuelve a robarme el aliento. Pero esta vez no de lujuria, sino por las mariposas que se apoderan de mi cuerpo.

¿Por qué?

Se echa hacia atrás, con sus labios aún tocando los míos mientras me mira a los ojos.

—Ahora lo entiendo.

Frunzo el ceño.

—¿Qué?

¿Que entiende qué? ¿Por qué… yo?

¿Se refiere a eso?

Pero todavía no entiendo qué quiere decir.

De repente, Kayla ronca con fuerza y se echa bruscamente a un lado de la almohada, y yo me inclino para mirarla.

Alistair permanece tranquilo y quieto mientras se reclina lentamente hacia atrás y saca de entre mis piernas el objeto que estaba vibrando. Una bala vibradora lo bastante pequeña como para esconderla en el bolsillo. Un arma perfecta y embriagadora capaz de hacer que cualquier mujer se rinda.

Alistair sonríe brevemente antes de quitarse de encima y volver a metérsela el pantalón mientras yo me esfuerzo por sentarme en la cama.

—Gracias —me dice, dándome la espalda.

Ni siquiera sé cómo responder. ¿Por qué me da las gracias?

—Esto es parte del trato que hicimos. Solo he hecho lo que debía.

Le brillan los ojos bajo la capucha.

—Esto no ha sido solo por el trato. —Se aclara la garganta—. Pero cumpliré con mi parte. —Hace una pausa—. ¿Confías en mí?

Asiento.

—No me queda otra.

Aprieta los puños.

—Ojalá las cosas pudieran ser diferentes. Tal vez si todos nos hubiéramos conocido en circunstancias diferentes… Si tu hermana… —Cierra la boca de golpe y desvía la mirada.

Y no puedo culparle.

Cuando la menciona, lo único que me apetece es meterme debajo de mis sábanas y fingir que el mundo no existe.

Su figura se hace más alta a la luz de la luna mientras se acerca de nuevo a la ventana.

—Ahora lo entiendo —dice—. Mataría por ti.

Pero antes de que pueda siquiera tomar aire, ya ha saltado y desaparecido en la oscuridad.

30 Penelope

Después de darme una ducha, intento dormir, pero es imposible. El sexo más salvaje y perverso se ha apoderado de cada sueño que he tenido, de cada pensamiento cuando estoy despierta. Doy vueltas y vueltas, y después de cada sueño me despierto cubierta de sudor y con el corazón desbocado. Pero lo peor de todo es el latido entre las piernas, ese recordatorio constante de lo mucho que me he enganchado a que jueguen con mi cuerpo.

Suspiro y me doy la vuelta en la cama, y me doy cuenta de que el sol ya ha salido.

Genial, he perdido toda la noche. He dormido un par de horas, como mucho.

De repente, el móvil vibra y me saca de mis pensamientos. Lo cojo de debajo de la cama y lo miro. Es papá.

Papá: ¿Cómo va todo por ahí? ¿Sigues sin tenerlo claro?

Penelope: Los estudios van bien. Es complicado con algunos chicos. Pero hago lo que puedo con lo que tengo. Sigo buscando.

Papá: No te presiones demasiado. No quiero que mueras tú también.

Penelope: Eso no va a pasar.

Papá: Te protegeré.

Penelope: Lo sé.

Papá: Escríbeme si me necesitas, y ahí estaré.

Penelope: Gracias.

Sus comentarios siempre me hacen sonreír. Es muy protector conmigo. Siempre lo ha sido.

Pero haber venido a la Universidad Spine Ridge lo ha puesto de los nervios hasta a él.

Soy la única hija que le queda. No puedo decepcionarle.

Me levanto de la cama y me pongo el vestido negro corto y los tacones antes de salir por la puerta y dirigirme directamente a la Skull & Serpent Society, en la acera de enfrente.

Al llegar, inspiro profundamente y me digo a mí misma que tengo que echarle ovarios.

Este lugar no trae más que problemas, pero tengo que seguir adelante por mi hermana.

Llamo al timbre. La espera se me hace eterna. Al cabo de un rato, quien abre es nada menos que Alistair.

Su habitual mirada solemne deja lugar a la sorpresa.

—Pen. Has venido.

La cara se me va calentando cada vez más a medida que inevitablemente me ruborizo.

—¿Esperabas a otra persona? —pregunto para romper el hielo.

O sea, no me extrañaría que siguieran follando con otras chicas. Quiero decir, no especificamos exclusividad ni nada.

—No, solo que me sorprende que hayas vuelto aquí después de… —Eleva las cejas—. Ya sabes.

Ahora sí que me he puesto roja, joder, si yo nunca me sonrojo.

¿Por qué me está pasando esto?

De repente, me agarra el hombro, se inclina y me susurra:

—No te preocupes, no se lo he contado a nadie. Puede ser nuestro secreto.

Secreto. Me gusta.

—Bueno, pasa de todas formas, ya que estás aquí —dice, fingiendo que no ha pasado nada. Abre más la puerta para que pueda pasar—. ¿Qué te trae por aquí?

—Necesito hablar con Felix —respondo, echando un vistazo por encima de su hombro—. ¿Está aquí o en la facultad?

—No tenemos clases hoy. Ni en toda la semana —dice Dylan mientras sale de la cocina con un bollo en la mano—. Cortesía de mi padre mientras averigua qué hacer con la factura del hospital privado que le han enviado los padres de Nathan.

Me quedo boquiabierta.

—¿Os han expulsado?

Le da un sorbo al café.

—Temporalmente. Solo para pasar desapercibidos. Mantenernos alejados de la Phantom después de lo que hicimos. —Le da otro gran sorbo, todavía mirándome—. Por ahora.

—Lo superarán. —La voz de Felix retumba desde el otro lado del pasillo—. Tampoco es que Nathan necesitara ese dedo.

Está apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados y cara de satisfacción, como si estuviera orgulloso de lo que ha hecho.

Mientras tanto, sigo decidiendo quién está más pirado: la persona que le cortó el dedo o la que le dijo que lo hiciera, es decir, yo.

Un escalofrío me recorre la espalda cuando nuestras miradas se cruzan.

—Por cierto, ¿dónde lo dejaste? —pregunto, el morbo me hace hablar antes de darme cuenta siquiera.

—En una cajita —contesta como si nada.

—Se queda trofeos. —Dylan se encoge de hombros.

—Trofeos. —Me estremezco.

Felix camina hasta que está justo delante de mí. Siempre está en mi órbita, demasiado cerca para mi gusto. Pero tenerle tan cerca también tiene algo que me hace sentir poderosa. Algo ferozmente adictivo. Como si destilara violencia y yo pudiera absorberla.

Sus ojos están aún más inyectados en sangre que la última vez que lo vi, y me pregunto si realmente duerme alguna vez. En algún momento.

Levanta la mano para agarrar un mechón de mi pelo.

—Te estás preguntando qué trofeo cogería de ti, ¿verdad? —Abro los labios, pero no sé qué decir, así que se inclina y me susurra—: Me quedaría la única cosa que nunca me darías voluntariamente… Tu corazón.

Me alejo.

—De todas las cosas, ¿eso es lo que te asusta? —dice, una sonrisita se le va dibujando lentamente en la cara.

Por alguna razón, me sonrojo.

Y yo nunca me sonrojo, joder. Por nadie.

Hasta que apareció él.

—¿Para qué has venido, Pen? —pregunta, enroscando mi pelo alrededor de su dedo—. ¿Tienes el coño hambriento de más polla?

Abro mucho los ojos.

—¿Qué? No, yo…

—Espera, ¿te la has follado? —interviene Dylan. Me giro para mirarlo y entrecierra los ojos—. ¿Cuándo?

—No es asunto tuyo —espeta Felix, y me suelta el pelo.

Dylan da un paso al frente.

—¿Has olvidado nuestro puto acuerdo? —Ahora está justo en la cara de Felix, intimidándolo—. Nos pertenece a todos.

Felix masculla en respuesta:

—Ya la he marcado.

Dylan lo empuja.

—Que te den. No puedes reclamar eso.

Alistair resopla.

—No me puedo creer que estéis peleando por esto. ¿Habéis olvidado que hicimos un trato con ella?

—Nos tenías que haber dicho que follabas con ella en privado —dice Dylan.

Alistair y yo intercambiamos una mirada fugaz.

Están hablando de mí como si no estuviera presente, y el resto de chicos que viven en la fraternidad han salido de sus habitaciones para ver qué está pasando.

De repente, Felix saca la navaja y apunta directo a la cara de Dylan.

—¿Quieres pelear, guapito de cara?

—¿Se supone que eso es un insulto, carajaula? —replica Dylan, y saca su navaja también—. Venga, entonces. Enséñame de lo que eres capaz.

¿En serio se están peleando por mí?

Se me pone la cara roja del calor.

Hasta que Felix lanza el cuchillo hacia Dylan, que apenas consigue esquivarlo.

—¡Parad! —grito, y me coloco entre los dos—. No peleéis por mí.

Felix aprieta el puño entorno a la navaja mientras mira fijamente a Dylan, que lanza dagas con los ojos en lugar de hacerlo con la que tiene en las manos.

—Eso, Dylan… No te pelees por ella. Obviamente me pertenece a mí —dice Felix, ladeando la cabeza.

Se nota que lo está disfrutando de verdad y, por alguna razón, siento el pulso entre las piernas, pero ignoro la sensación porque estoy demasiado ocupada intentando impedir que estos dos se asesinen el uno al otro.

—Está bien. —Al final, Dylan cede y se guarda la navaja—. ¿La quieres? Entonces puedes ocuparte de tus planes de mierda tú solo.

Se da la vuelta y pasa deprisa junto a Alistair y sale del edificio. Alistair nos mira tímidamente a los dos antes de salir corriendo por la puerta, detrás de Dylan.

Supongo que esos dos están más unidos de lo que pensaba.

—Vaya, cómo se ha liado en un momento —dice alguien al fondo.

—Dejadnos —dice Felix.

Todos los espectadores vuelven a las habitaciones de las que nunca deberían haber salido. Sin rechistar.

Supongo que así es el poder que sustenta.

Felix me coge de la mano y tira de mí, pero lo único en lo que puedo concentrarme es en la sensación de su mano tocando la mía, en cómo puedo sentir cada vena e incluso su pulso.

Se me pone la piel de gallina.

¿Por qué?

¿Por qué me afecta tanto?

Me lleva a la parte trasera, a una habitación privada con una chimenea y una mesa de billar en el centro, junto con un sofá mullido y una tele gigante.

Se acerca a la barra que hay en la esquina de la izquierda y coge dos vasos, luego los llena de un licor que parece caro. Me quedo de pie en mitad de la sala, incómoda de narices, preguntándome qué cojones hago aquí.

Cada vez que estoy cerca de estos chicos pierdo el hilo de mis pensamientos, y es exasperante.

Felix camina hacia mí y me tiende un vaso.

—Bebe.

—Oh, no quiero nada, gracias.

Me mira fijamente.

—No era una pregunta.

Bueno, enfadarlo es lo último en mi lista después de ver de lo que es capaz.

Cojo el vaso de su mano a regañadientes.

—Dale un sorbo —dice.

Me llevo el vaso a los labios, y me observa atentamente, sus ojos captan cada movimiento de mi boca, de mi lengua e incluso de mi garganta cuando trago un poco de la bebida caliente.

—Buena chica.

Casi me atraganto.

—Para —musito, y dejo el vaso sobre la mesa de billar.

—Mmm. Esa mesa de billar cuesta una pasta —replica—. Yo no lo pondría ahí.

—¿O qué?

—He herido a gente por menos —dice, y le da un sorbo al suyo—. Estabas presente.

Ahora sí que empiezo a sentir escalofríos.

—¿Esta es tu forma de obligar a la gente a estar callado? ¿Con intimidación? —digo.

—No —responde e inclina la cabeza—. No tengo que obligarte a hacer nada. Solo tengo que decir «buena chica».

Me quedo estupefacta cuando el rubor asoma por mis mejillas, pero rápidamente me obligo a que desaparezca.

—Mira, lo que tenemos es un intercambio. Un acuerdo. Nada más.

Eleva las cejas y da unos pasos al frente, hasta que está delante de mi cara.

—¿Estás segura de eso, putita?

—Segurísima —respondo, trago saliva mientras el ardor sigue quemándome la garganta.

—¿Por eso me abriste los labios con tanta facilidad cuando te besé?

—Yo…

Ni siquiera puedo formular las palabras con él tan cerca, esos ojos letales atormentándome el alma. Dios, no puedo apartar la mirada, ni aunque lo intentara. Me acerca los labios cada vez más hasta que empiezo a acortar la distancia con los míos. Desesperada por volver a sentir lo de aquella noche, ese éxtasis puro y fuera de este mundo.

—No sabes mentir, Pen —susurra, y se aleja antes de que casi me caiga sobre él.

Capullo.

—Me estás manipulando —digo con los dientes apretados.

Vuelve a darle un sorbo a su bebida.

—Llámalo como quieras.

—Mira, no he venido aquí para que te burles de mí.

Se acerca al sofá de cuero rojo y se tumba, sin dejar de dar vueltas a la bebida mientras me mira fijamente.

—Entonces dime para qué has venido si no es para que te folle.

Intento mantener la compostura, pero me lo está poniendo muy difícil.

—Sigo sin encontrar al que acosó a mi hermana y la hizo saltar.

Agarra el vaso con más fuerza.

—Ya le hemos dado una paliza a Nathan. ¿Quieres que lo mate, mejor?

Niego con la cabeza.

—No creo que fuera él. Parecía decir la verdad cuando dijo que alguien le había mandado a hacerlo.

—Puedo cortarle más dedos para hacerle hablar —dice—. ¿Cuántos dedos crees que serán necesarios? ¿Dos? ¿Cuatro?

Vuelve a darle un sorbo, despreocupado, como si para él fuera lo más sencillo del mundo torturar a gente.

Pero no me sorprende. Ya sabía dónde me metía cuando entré en esta universidad, a esta fraternidad, con estos chicos…

—No creo que hable. Quienquiera que lo hiciera, probablemente le amenazó de muerte —digo—. ¿Por qué si no iba a protegerle?

Las fosas nasales de Felix se dilatan mientras mira fijamente a la pared, su expresión se oscurece con cada segundo que pasa.

—Sin embargo, todavía estoy lejos de descubrir la verdad. Y las he pagado caras al poner mi cara en esos putos carteles.

—Ya sabías que el precio era alto —dice con voz afilada, letal.

Felix se levanta y coge uno de los tacos de la mesa de billar, luego alinea todas las bolas y dispara.

Un solo tiro le basta para meter al menos cinco bolas en una esquina.

Impresionante.

—Necesito que hagáis más —digo.

Sus ojos se centran en mí brevemente antes de efectuar otro disparo.

Todas desaparecen de los agujeros.

Joder, es muy bueno.

—¿Más? —Entrecierra los ojos mientras va a recoger las bolas de nuevo y las coloca en la mesa—. ¿Te has parado a pensar lo que me costaría a mí?

Tomo aire.

—Estoy dispuesta a pagar el precio.

Le brillan los ojos de codicia.

—Está bien. —Me tiende el palo, a la espera—. Venga. Agárralo.

Al final cedo y lo cojo. Cuando me doy la vuelta, está justo ahí, cerca de mi culo, manoseándome. Y me cuesta muchísimo concentrarme en una de las bolas, no digamos en todas ellas mientras me esfuerzo por colocar el taco sin temblar.

Pero sigo empeñada en ignorarlo mientras sostengo el taco delante de la bola y disparo. Justo en ese momento, me mete un dedo en el culo.

Y fallo. Por mucho.

Y me sobresalto por la repentina embestida de su dedo.

—¿Qué coño ha sido eso? —ahogo un grito.

Levanta las cejas.

—¿Has jugado antes?

—Sí —contesto.

—No lo parece.

Hago una mueca.

—No con un dedo metido en el culo. Así, claro que la lío.

Una sonrisa sucia se le dibuja en los labios. No suelo ver esa sonrisa a menudo, y tengo la sensación de que cada vez la muestra más cuando está conmigo. Y, tengo que admitirlo, le sienta bien.

Se inclina y me agarra del culo para acercarme a él.

—Deberías probar a jugar con otra cosa metida en el culo.

Abro los ojos como platos.

—¿Cómo?

¿En serio ha dicho eso en voz alta?

Antes de que pueda preguntar, se aleja hacia el armario del fondo, y vuelve con una extraña botella y un plug anal reluciente con aspecto de diamante.

Ay, madre.

—Inclínate hacia delante —dice con voz ronca y cruda.

Y yo me trago el nudo que tengo en la garganta.

—Me estás tomando el pelo, ¿verdad?

Me lo pone delante de la cara mientras posa su mano en mi muslo, y me aprieta la carne con posesividad.

—Las bromas no son lo mío. Creí que a estas alturas ya lo sabrías.

—Entonces, ¿qué es lo tuyo?

Entorna los ojos.

—Tú.

Se me calientan las mejillas, pero alejo la vergüenza.

—No soy ningún…

Me coloca un dedo en la boca.

—Juguete. Eres mía. —Sisea en mi oído—: Ahora, inclínate.

Me da la vuelta y me tira contra la mesa sin esfuerzo.

—No quería…

Me levanta el vestido.

—Aceptaste nuestros términos. —Se inclina encima de mí, apretando su paquete contra el culo, y susurra—: Ahora, ¿quieres hacerlo por las buenas o por las malas? —Me enseña el bote de lubricante.

Me da un escalofrío de pensarlo. Hice algunas cosas por detrás con mi anterior novio, pero nunca llegamos tan lejos.

—Habla. —Su voz es dominante. Casi obsesiva.

—Por las buenas.

—Entonces, suplica —gruñe.

Necesito todo mi autocontrol para no darle un puñetazo en la cara mientras le digo:

—Por favor.

—Buena chica —dice en voz baja, y lo odio.

Odio cómo hace que me palpite el coño.

Me baja las bragas y me unta el lubricante frío; lo extiende antes de colocarme el plug de diamante en el culo.

—Esto va a doler… —dice mientras presiona la palma de la mano contra mi culo—. Y voy a disfrutar cada segundo de ello.

Aúllo cuando me lo mete, primero despacio, pero cada vez más deprisa a medida que entra. Clavo las uñas en la mesa de billar, las lágrimas me empañan los ojos, pero me obligo a mantenerlas a raya.

No pienso llorar por este cabrón.

Sé que le encantan mis lágrimas.

—Qué puta tan buena estás hecha para mí —murmura cuando lo introduce hasta la base. Luego me da una palmada en el culo, que reverbera por todos lados. Dios, eso lo intensifica todo.

—Te gusta humillarme, ¿verdad? —replico, tumbada encima de la mesa de billar con sus manos todavía reclamando mi cuerpo como si le perteneciera.

—No —dice mientras me levanta de la mesa y me apoya contra ella, con los ojos clavados en los míos—. Me da la vida.

—¿Por qué? ¿Por qué me tienes tantísimo odio? —gruño.

—¿Odio? —Entrecierra los ojos y se acerca tanto que puedo sentir su aliento en la piel—. No, Pen, esto es posesión. —Se aprieta contra mí, y se le va poniendo dura contra mi vestido mientras me toca el culo por todas partes—. Te gusta que te digan lo que tienes que hacer, ¿verdad? Eres igual que tu hermana.

Abro los ojos, que me brillan con interés.

—¿Por qué la metes en esto? Casi parece que sabes más de ella de lo que dejas ver.

—Era mi amiga —dice.

¿Se metió en los asuntos de estos cabrones?

Si de verdad era su amiga, debería haber sabido cómo de pirados estaban, ¿verdad?

—Mi hermana nunca…

—A lo mejor no conocías tan bien a tu hermana como crees —dice, y se vuelve a alejar.

Pero puedo sentir la huella de sus manos en mi culo.

—Ahora, juega.

Abro las fosas nasales, con la rabia asomando a la superficie.

No solo porque sé que me está ocultando algo sobre mi hermana.

Sino también por cómo me ha puesto.

Me subo las bragas de nuevo y me recoloco el vestido, luego me giro para coger el taco y concentrarme en la partida.

¿Quiere jugar? Pues voy a jugar.

Coloco el taco cerca de las bolas.

—Si era tan buena amiga, ¿por qué la dejaste morir? Tú también estabas ahí. No hiciste nada por impedir que saltara.

Justo cuando tiro, dice:

—Ni tú tampoco.

Vuelvo a fallar.

—Te vi en el filo, ahí quieta, mientras su cuerpo se precipitaba. —Enfurecida, me doy la vuelta, pero lo tengo justo delante, bloqueando la salida—. Tú sospechabas de nosotros. ¿Pero no se te ha ocurrido que podríamos sospechar de ti?

31 Penelope

Ahogo un grito.

—¿Cómo?

Me agarra unos cuantos mechones del pelo y me los coloca detrás de la oreja.

—¿Crees que eres inocente? Demuéstralo.

No me puedo creer que esté insinuando esto.

—Era mi puta hermana —digo, siseando entre dientes.

—¿Quién dice que no la empujaste para que saltara?

Me mira directamente a los ojos, y me deja aterrorizada. No porque tenga miedo de él, sino por lo que acaba de decir… y lo profundo que cala en mi alma ennegrecida.

Siento como si por mi cuerpo trepara alquitrán, arrastrando mis pies hasta el suelo mientras me consume desde dentro.

Porque ¿quién dice que no soy culpable?

Culpable de todas las cosas de las que les he acusado.

Felix se inclina para susurrar:

—¿Recuerdas lo que le dijiste? ¿Lo que le prometiste que haríais juntas?

No puedo respirar.

¿Cómo lo sabe?

Ni siquiera puedo pensar con claridad hasta que la lágrima que se ha formado en la comisura de mi ojo sale rodando.

—Morir.

El año pasado

—Te vas a esa universidad sin mí —le digo a mi hermana, que está sentada en la cama con todos los libros delante como si estuviera vislumbrando lo que se viene—. Y voy a quedarme sola.

—Ni que fuera a morirme —dice con una sonrisa, y abre los brazos—. Ven aquí.

Salto en la cama y la abrazo tan fuerte que nos caemos encima de su almohada.

—Dios, voy a echarte muchísimo de menos —digo.

—Yo también te voy a extrañar, pequeña Peepee —dice.

Me quedo boquiabierta, agarro la almohada que tiene debajo y la asfixio con ella.

—Dime que no acabas de decir eso. —No para de reírse, así que la presiono más fuerte—. ¡No me habías llamado así en años!

—Te lo mereces por ser una zorra quejica —dice.

Le quito la almohada y contesto:

—¿Quieres que esté contenta por que te vayas?

—¡Sí! —exclama—. ¡Tendrás todo este sitio para ti sola!

Resoplo.

—Papá lo tiene todo pinchado, y hay cámaras por todas partes. No puedo hacer nada sin que se entere.

—Hablo en sentido figurado. —Pone los ojos en blanco—. Puedes quedarte mi habitación si quieres.

Tiro la almohada.

—¿Qué dices? ¿En serio?

Ella levanta el meñique.

—Te lo juro por mi vida.

—¿Así que no piensas volver?

—Nop. Quiero tener mi propia casa cuando acabe la universidad. Así que te prometo que es toda tuya.

Le agarro el meñique y hacemos una promesa.

—Aun así, voy a echarte muchísimo de menos.

—Siempre podemos hablar por teléfono —replica.

—Ya, pero no es lo mismo. —Me tumbo a su lado y suspiro mientras las dos nos quedamos mirando el techo lleno de estrellas que brillan en la oscuridad.

—Sabes que para mí también es difícil —dice—. Estaré completamente sola. Sin ti allí… seguramente me sentiré vacía. Como si no hubiera nadie a quien conociera de verdad. —Respira hondo—. Y a veces eso me asusta.

Me apoyo sobre el codo.

—Ya me lo habías dicho. Que te sentías atrapada y sola.

—Sí, exacto.

—Pero se supone que esto es algo emocionante. Siempre has querido ir a la Universidad Spine Ridge. Ahora por fin puedes vivir tu sueño.

—Eso es lo que no paro de repetirme a mí misma. Que soy afortunada. Solo que estoy preocupada de que pueda pasar algo.

Le coloco una mano en el brazo.

—¿A qué te refieres con «algo»?

—Nada. Es solo una especie de intuición. No puedo explicarlo.

—¿Te sientes deprimida?

—¿Qué? —Bufa—. No, nada de eso, yo…

Ya había pasado por eso antes por todo el bullying que sufría en nuestro instituto. Por eso tuve que repetir mi último año, y ella a duras penas lo aprobó. Podría volver a pasar en la universidad.

—No, no voy a permitirlo —digo, sacudiendo la cabeza.

—Tú no estarás allí —responde—. ¿Y si pasa algo? Siento que podría volver a entrar en una espiral…

—Eve. Mírame. No vas a hacer nada raro, ¿vale? —le digo—. Si vuelves a sentirte así, me lo tienes que decir.

—No, no decía eso. Es solo que…

—Lo sé. Pero quiero que si alguna vez vuelves a tener esos pensamientos me llames, ¿vale?

Ella asiente.

—Y si alguna vez te sientes tan mal contigo misma como para acabar con todo…

—Pen —me interrumpe.

—No, déjame acabar —digo—. Necesito que sepas que estaré ahí, justo a tu lado.

Abre los ojos como platos.

—¿Qué?

Vuelvo a agarrarle el meñique.

—Prométeme que me dirás si llegas a ese punto, y estaré ahí. Saltaré delante de ese tren contigo. ¿De acuerdo?

Se le inundan los ojos de lágrimas.

—No, no puedes hacer eso.

—Sí que puedo —digo—. Y es lo que haré, ¿de acuerdo? No permitiré que dejes este mundo sin mí.

Las lágrimas empiezan a rodar por sus mejillas.

—Te lo juro. Si morimos, lo hacemos juntas —afirmo, y lo digo en serio.

No quiero que haga algo que nunca tendrá la oportunidad de deshacer.

Y la conozco.

Sé cómo de volátil es su mente.

Porque las dos tenemos la misma.

Somos una sola. Dos partes de un todo.

Mi gemela.

—Te juro que te lo contaré, y moriremos juntas —dice—. Y estarás ahí para mí, ¿verdad?

Asiento.

—Siempre.

Felix

Presente

Casi parte el taco que tiene en la mano.

—¿Cómo? ¿Cómo coño sabes eso?

Así que yo también lo agarro.

—Te lo he dicho… Éramos amigos. Me lo contó ella.

Pero se niega a soltarlo.

—No te creo.

Bufo.

—¿De qué otra forma lo sabría?

Sé que cuesta creer que Eve me confesara que tenía un pacto de suicidio con su hermana, y es algo que debe saber, por muy crudo que suene.

Me inclino, con los dientes apretados.

—¿Quién dice que no seas la responsable de su muerte? Creo que pretendías cumplirlo, pero la dejaste saltar sola.

Sus ojos titilan de rabia.

En un segundo, levanta la mano y me cruza la cara de una bofetada.

El picor es instantáneo, duro, igual que la expresión de su rostro.

—Que te follen. ¿Cómo cojones te atreves…? —dice, echando humo—. ¿Por eso colgaste esos carteles? ¿Por eso me has acosado? ¿Usado? ¿Humillado? —Se le descompone la voz—. ¿Por venganza?

Levanto la mano, pero no me atrevo a tocarla, y mucho menos a castigarla por darme una bofetada.

Y esa vacilación me cala hasta los huesos, y me hace sentir algo que nunca antes había sentido.

Una especie de debilidad.

La misma debilidad que muestran mis víctimas cuando las hago pedazos.

Una debilidad que no puedo permitirme.

Tuerce el rostro.

—Quiero a mi hermana más que a nada. Lo único que quería era salvarla. Y con gusto hubiera muerto para salvarla a ella.

—Así que admites que había un pacto —respondo.

Ella suelta el taco y empieza a andar.

—Esta conversación se ha terminado.

—No te vayas, Penelope —gruño, pero me ignora—. Dime la verdad.

Pero cuando se gira, lo único que hace es sacarme el dedo corazón.

—El trato sigue en pie, Penelope. No puedes huir de él —le digo, siguiendo sus pasos.

—¡Mira cómo lo hago! —me grita en respuesta—. Si crees que fui yo, entonces se acabó.

Justo antes de que abra la puerta, le bloqueo el paso y la miro fijamente.

—Todavía me perteneces. No te quites el puto plug.

Me lanza una mirada desafiante, sin rastro de miedo, y luego pasa junto a mí de un empujón, directa hacia la salida. Me enfurece tanto que acabo estampando el puño contra la maldita pared y soltando un rugido.

32 Alistair

Me encuentro leyendo mis libros de Economía Básica en un banco fuera de la facultad cuando una chica especialmente indignada con un vestido negro viene hacia mí.

—¿Dónde está Dylan? —pregunta Penelope, con la respiración entrecortada, como si acabase de correr una maratón—. He probado a escribirle, pero no me contesta.

—No está aquí. —Cierro el libro—. ¿No estabas con Felix?

—Es un gilipollas insufrible —gruñe.

Resoplo. A ver, eso no puedo discutírselo.

—Te fuiste de la fraternidad con Dylan, así que debes saber a dónde fue, ¿no?

—Se fue con una tía. Dijo que iba a emborracharse y a fumar un poco de hierba.

—¿Y te dejó aquí? —pregunta.

Me encojo de hombros.

—No tengo ganas de colocarme ahora mismo. Además, quería que lo dejara solo. —Le doy unos golpecitos al banco—. Aunque me da curiosidad saber por qué estás tan cabreada.

Ella se cruza de brazos.

—Como si no lo supieras.

—No —replico—. Cuéntame.

—Tú y tu coleguita colgasteis esos puñeteros carteles. Ya sabes por qué estoy molesta.

—Ya… —entrecierro los ojos—. Eran un mal necesario para cazar a Nathan.

—Ese no ha sido el único bullying que me habéis hecho. ¿Y todo porque pensáis que hice saltar a mi propia hermana?

Así que se lo ha contado, ¿eh? No me extraña lo más mínimo que esté enfadada.

Dejo de darle toques al banco. No creo que se quiera sentar conmigo ahora mismo. Aunque me hubiera encantado que lo hiciera. Tal vez por fin hubiéramos tenido una conversación de verdad.

—Felix no confía en ti —digo.

—No jodas. Yo no confío en él tampoco —responde.

Levanto las cejas.

—¿Puedes culparlo, entonces?

Separa los labios, pero no dice nada.

—Tu hermana también era amiga nuestra —le cuento.

—No paráis de decirme eso, pero me cuesta un poco creerlo cuando me habéis estado usando para satisfacer vuestras necesidades perversas —arremete. Tiene las manos firmemente apoyadas en los costados, pero veo claramente cómo se le enrojecen las mejillas.

—Y, a pesar de eso, tú eres quien se sigue sonrojando cada vez que hablas de ello —digo.

Ahora se ha ruborizado todavía más.

Encantadora.

Una imagen perfecta que recordaré para mi siguiente dibujo.

Agarro el móvil y echo una foto.

—Oye, ¿qué estás haciendo? —pregunta, sorprendida—. ¿Por qué me haces una foto?

—Porque sí —respondo.

—Bórrala —dice.

—No.

Se abalanza sobre mí y trata de robarme el móvil, pero me echo hacia atrás y la agarro de la muñeca al vuelo.

—Dame eso —dice.

—Es mía —digo.

Libera la mano de un tirón, y me apresuro a guardarme el teléfono en el bolsillo.

—¿Qué más te da? —pregunta—. Es solo una maldita foto.

—Porque quiero quedármela —respondo.

Me lanza una mirada extraña y confusa.

—Venga, vale. Quédatela. ¿Qué vas a hacer con ella? ¿Hacerte una paja?

Mmm. Me ha dado una idea.

—Tal vez.

Ella pone los ojos en blanco.

—Pervertido.

—¿No lo somos todos? —respondo.

—Mira, ¿quieres quedarte con la foto? Está bien, pero me tienes que dar algo a cambio. —Da golpecitos con el pie—. Si no sabes exactamente dónde está Dylan ahora mismo, al menos dime una hora y un lugar donde sepas que estará para que pueda hablar con él.

—¿Has probado a llamarle?

Ella suspira con fuerza y me enseña la conversación con él, que, durante los últimos diez minutos, ha sido unilateral.

—Me está ignorando.

—Probablemente esté un poco escocido —respondo.

—¿Por qué? —Frunce el ceño.

Me inclino.

—Por ti.

Abre los labios, pero se queda ahí, congelada en el suelo, como si no pudiera creer lo que he dicho.

—Pero yo solo soy…

—Algo por lo que quieren luchar —termino por ella—. Y lo entiendo. No es habitual conocer a una chica tan feroz como tú.

Ella resopla.

—¿Yo? ¿Feroz?

Esbozo una sonrisa.

—¿Cuántas navajas tienes? ¿Dos?

—Cinco —responde.

La sonrisa en mi cara no hace sino ensancharse.

—O más.

—¿Y qué?

—No es normal.

Ella se encoge de hombros.

—Para mí, sí.

—¿Por qué? ¿Quién te las ha dado?

Ella me mira con los ojos entrecerrados.

—¿A qué vienen tantas preguntas de repente?

Me vuelvo a recostar en el banco.

—A nada. Solo intento conocer a la chica con la que hemos hecho un trato. Eso es todo.

Ella traga saliva, y se coloca el pelo detrás de la oreja.

—Em… Ya, claro.

—Lo digo en serio —le digo, mirándola a los ojos.

Las mejillas se le vuelven del mismo tono rojizo de antes, y es un espectáculo para la vista, sobre todo porque eso lo han logrado mis palabras.

Se contonea de forma extraña y casi se agarra el vestido cerca del trasero.

—¿Estás bien? —pregunto.

—Estoy bien. Mira, solo necesito hablar con Dylan.

—¿Por qué?

—Porque necesito que siga con nuestra investigación sobre el acosador de mi hermana, ¿vale? —Su voz suena tensa—. Es el trato que hicimos.

—¿No se lo puedes pedir a Felix?

Se le abren las fosas nasales.

—Por lo que a mí respecta, le pueden dar por el culo.

Me río.

—Qué mona.

—¿Qué?

Me detengo y observo su ropa, un vestido negro entallado que acentúa todas las curvas de su cuerpo. Como si se hubiera vestido para seducir.

Y, joder, funciona muy bien.

—Que eres muy mona.

Ahora se sonroja todavía más.

—Te habría ayudado yo mismo… Si me lo hubieras pedido. —Me saco el móvil del bolsillo otra vez y le envío una dirección—. Ahí tienes.

Espera la notificación y luego comprueba el teléfono.

—¿Qué es esto?

—Probablemente Dylan esté ahí esta noche. Odia perderse las fiestas. Es otra hoguera. La van a montar algunos chicos de la casa Tartarus.

Ella frunce el ceño.

—¿Tartarus?

—Infierno o Fuego infernal —digo—. Es algo bíblico.

—Por Dios, vaya nombre —se burla.

—¿A que sí? —digo—. Unos tipos violentos.

Ella enarca una ceja.

—¿Más violentos que vosotros?

Me encojo de hombros.

—Bueno, más del palo depravados sexuales. Con rituales y todo eso.

—Vale… De todas formas, creía que Dylan se tenía que quedar en casa y pasar desapercibido por un tiempo, ¿no? —pregunta.

Me encojo de hombros.

—Donde hay fuego, ahí está Dylan.

—¿Cerca de The Edge? —pregunta.

—Nop. En Hot Springs.

Asiente.

—Vale, gracias.

—De nada.

Se vuelve a guardar el móvil en el bolsillo, pero no se va de inmediato.

—Eres mucho más amable que ellos.

—Gracias, supongo —respondo, riéndome—. Estoy haciendo lo mínimo.

—Ya, pero ellos no hacen ni eso.

Se me tensan los músculos contra el banco, pero me contengo, por su bien y por el mío.

—Felix acabará entrando en razón.

Ella aprieta los dientes.

—No me importa.

—Sí que lo hace —digo—. He visto cómo lo miras.

Se le dilatan las pupilas.

—¿Qué? No, yo…

—Odias que te utilice a su antojo sin sentir nada —digo. Me guardo las manos en los bolsillos y miro a lo lejos—. Te aseguro que lo hace.

No necesito mirarla a la cara para sentir cómo me hace un puto agujero en el pecho con su mirada.

—Pues tiene una forma de mierda de demostrarlo, entonces —dice.

—Felix no recuerda lo que es el amor. Su familia nunca se lo ha demostrado. —Miro cómo el viento sopla entre los árboles más allá de la universidad, llevándose las hojas hacia el precipicio—. No lo ha sentido desde…

Me detengo y dejo que el viento se lleve mis palabras en silencio.

—¿Desde cuándo? —pregunta.

—Nada. —Sacudo la cabeza—. Ve a buscar a Dylan. Él se asegurará de cumplir con su parte del trato. Como prometimos.

—¿Y qué hay de ti? —pregunta.

Me giro para mirarla, la fantasía de recorrerle esos gruesos muslos con los dedos me invade brevemente el pensamiento, pero la desecho.

Ahora no es el momento ni el lugar. Aquí, al aire libre, a plena luz del día…

Esperaré mi turno.

Levanto lentamente la mirada para encontrarme con la suya por debajo de mi pelo rizado.

—Estaré ahí cuando se me necesite… —Me relamo los labios—. Y, a cambio, me esperarás desnuda la próxima vez que me cuele en tu habitación.

Ella traga saliva.

Me encojo de hombros y vuelvo a sacar el libro para continuar leyendo.

—Buena suerte.

Se marcha rápidamente con sus tacones altos y ese vestidito ajustado que apenas le cubre el culo. De vez en cuando, echa un vistazo por encima del hombro, preguntándose si sigo mirando.

Pero yo siempre la estoy observando.

33 Penelope

Espero en mi habitación, revolviéndome incómoda hasta que el reloj da las ocho.

Entonces me levanto y salgo por la puerta.

A cada paso que doy, noto cómo este plug se entierra más en mi trasero mientras mi coño se contrae con cada movimiento. Cada paso me recuerda a él.

Joder.

Con razón no quería que me lo quitara.

Lo he pensado un millón de veces, pero cada vez que lo intentaba, me detenía a mitad de camino. Y todo porque soy capaz de ver su cara de enfado justo enfrente y oír su voz demandante en mi cabeza…

Si no hago lo que quiere, seré yo quien rompa el trato.

¿Y qué me dice que no me matará si lo hago?

He visto demasiado. Sé demasiado sobre esos chicos como para echarme atrás ahora.

No hay más.

Así que mantengo la cabeza alta mientras salgo de la hermandad Alpha Psi con un plug anal metido entre las nalgas.

Fuera está abarrotado. Se están celebrando un montón de fiestas por todo el campus, a veces me pregunto cuándo tiene esta gente tiempo para estudiar. Pero tengo problemas más grandes entre manos que llevar este semestre al día.

Cruzo la calle, a lo mío, cuando un chico de la nada salta hacia mí desde unos arbustos. Grito y le doy un puñetazo en la cara, pero no se inmuta.

—Hala, cálmate, tía —me dice, mientras bebe directamente de la cerveza y le chorrea por la boca.

—Quítame las manos de encima —le gruño, y lo empujo a un lado.

—Que te follen, solo quiero divertirme un poco —dice, persiguiéndome—. Y tú me vales de sobra.

—No estoy interesada —digo con los dientes apretados—. Sigue yendo hacia la maldita fiesta a la que ibas.

—Eso no es divertido. Quiero irme contigo —dice—. ¿Cómo te llamas, chica?

—Déjame. En. Paz —digo con rabia mientras camina a mi lado.

En lugar de eso, me agarra de la cintura y me acerca a él.

—No lo creo, chica. ¿no sabes que es peligroso andar sola por la calle de noche?

De repente, algo tira de él, y casi me escapo de su agarre antes de que me arrastre a mí también.

Un segundo.

He tardado un segundo en darme la vuelta, y una silueta oscura ya le ha quitado la botella de la mano y se la ha reventado en la cara.

—Pues sí que es peligroso… —Reconozco esa voz.

¿Alistair?

Tiene la cara oculta detrás de una capucha gruesa, pero esos ojos brillantes que encuentran los míos en la oscuridad son los suyos.

—Estando yo cerca.

Cojo aire, sin saber qué hacer ni qué decir mientras se inclina sobre el cuerpo sin vida del tipo que acaba de asaltarme.

¿Estaba aquí por casualidad?

¿O me estaba siguiendo?

Se levanta del suelo, con las manos metidas en los bolsillos y la mirada baja mientras se gira hacia mí.

—Márchate.

Niego con la cabeza.

—Pero acabas de partirle la cabeza.

—Yo me encargo —responde, luego agarra al tipo por los brazos y lo arrastra hacia los matorrales.

Un escalofrío me recorre la columna al ver el cuerpo sin vida en el suelo.

¿Alistair acaba de… protegerme?

Se detiene para mirarme.

—Vete.

Y no me lo pienso dos veces antes de girar sobre mis talones y salir pitando, directa hacia la hoguera.

Pero no puedo quitarme de la cabeza que me están observando. Siguiendo. Espiando.

Me dirijo más allá de las puertas de la universidad y me alejo del sendero marcado hasta divisar una hoguera ardiendo al fondo. Ali me dijo que Dylan estaría allí, y no tengo motivos para no creerle.

Me adentro en el bosque Priory, dando cada paso con sumo cuidado porque no quiero caerme y arriesgarme a que el plug se me meta más hondo todavía. Aunque técnicamente eso no debería ser posible, siento que sí.

Cuando me acerco, pasan corriendo a mi lado unas chicas en bikini. En pleno otoño.

Una puñetera fiesta de piscina en el bosque.

Ridículo.

La música a todo volumen llama mi atención y, entre los árboles, veo a Dylan disfrutando en las aguas termales con otras tres chicas. Le rodea el culo con la mano a una de ellas y otra lo aprieta contra sus tetas mientras intenta besarle.

De repente, nuestras miradas se cruzan y me escondo detrás de un árbol, muerta de vergüenza por que haya pillado mirando.

—Sé que estás aquí, Pen —grita Dylan, por encima de la música—. Te veo.

Mierda. Mierda. ¡Mierda!

Golpeo la frente contra el tronco del árbol de la misma vergüenza.

—¿Quieres salir o vas a quedarte detrás de ese árbol para siempre?

Está bien.

Tú puedes con esto, Pen. Ignora sus burlas.

Suspirando, salgo y me enfrento a él. Las chicas que tiene agarradas se ríen por lo bajo cuando me miran.

—¿Es tu amiga? —pregunta una de ellas.

—Se podría decir que sí… —musita.

—Buena fiesta te has montado —digo, viendo cómo la gente baila lentamente al compás de una música obscena. Algunos se ocultan entre los árboles, besándose y metiendo las manos en lugares donde no deberían hacerlo en público. Pero a nadie parece importarle.

¿Así son las fiestas de Tartarus? ¿Orgías sin sentido?

—¿Quieres unirte a nosotros? —dice Dylan, con la cabeza inclinada—. Hay mucho hueco.

Me cruzo de brazos.

—No, gracias. Solo quiero hablar.

Eleva las cejas.

—¿Hablar? Eso es aburrido.

—Sí… no seas plasta —dice otra chica, y le besa en la mandíbula.

La simple imagen me da ganas de vomitar.

—¿No deberías estar con Felix en este momento? —pregunta Dylan.

—Me ha contado por qué seguís haciéndome bullying.

—¿Un bully? ¿Yo? —La sonrisita que sigue es insufrible—. Solo hice lo que tenía que hacer.

Seguro.

—¿Por venganza?

—Si lo quieres llamar así. —Se aclara la garganta—. ¿Así que has venido porque estás enfadada con Felix? —Entrecierra los ojos—. Interesante.

—Estoy enfadada con todos vosotros, pero aun así necesito que cumpláis vuestra parte del trato.

Los ojos de Dylan se iluminan como la hoguera que tiene detrás.

—Muy bien. Tengo tiempo.

—Yo no —replico, con la esperanza de que entienda la urgencia.

Todavía no nos hemos acercado a la verdad, y estos cabrones siguen ocupados en fiestas, en juegos y en ponerse borrachos y colocados.

—Pues dime qué quieres de mí. —Dylan extiende los brazos, ambas chicas se aferran a él mientras juegan con su pelo platino y su pecho musculoso—. Aquí estoy.

Pongo los ojos en blanco, no pienso decirlo en alto enfrente de toda esta gente.

—Ya sabes con lo que necesito ayuda.

—¿Necesitas ayuda con… orgasmos?

Las chicas se ríen y yo me muero de vergüenza.

—Dylan —le advierto.

—¿Qué? ¿No es la respuesta que estabas buscando? —La sonrisa de su cara se hace más grande. Más sexy. La odio. Pero odio más que me recuerde el plug anal que llevo clavado en el culo.

—Necesito encontrar a… alguien.

¿En serio me va a hacer decírselo?

—Lo tienes delante —responde.

Una chica sonríe y le da un pico en la mejilla.

—¿Quieres algo de mí? Pídelo.

Me trago mi orgullo.

—¿Me ayudas, por favor?

Sé que quiere que diga esas palabras.

—¿Y por qué tendría que hacerlo? —responde—. Esto es mucho más divertido.

Mierda. Debería haber sabido que no cumpliría lo prometido.

Se inclina hacia un lado y besa a una de las chicas, le muerde los labios, y sus ojos encuentran los míos mientras reclama su boca.

Y, por algún motivo, siento un latido entre la piernas.

Joder.

—¿Celosa? —pregunta cuando acaba con ella.

—Ya quisieras. —Suelto un suspiro y se me pone la carne de gallina, ahora sí que me está afectando el frío.

—Sabes que lo veo en tus ojos, ¿verdad? —dice, y se levanta de repente.

Su pecho desnudo brilla con la luz de la luna, el agua centellea sobre los numerosos e intrincados diseños tatuados de sus brazos y manos, uno de los cuales es el símbolo de la casa Skull & Serpent. Incluso tiene un tatuaje en un lado del abdomen: una mujer suplicando de rodillas mientras sostiene una cruz. Y cada vez me cuesta más apartar la mirada.

Sobre todo, porque no lleva nada debajo.

Y me refiero a nada en absoluto.

La polla le cuelga dentro del agua en todo su esplendor y a nadie parece importarle.

—No sé lo que ves en mis ojos —replico, intentando no perder la calma.

—Posibilidades —responde, y da un paso hacia mí.

Pero es la forma en la que me mira la que me hace sentir como si tuviera los pies pegados al suelo.

Levanta una ceja, juguetón.

—¿Te gustan mis tatuajes?

—¿Querías tatuarte a alguien rezándole a Dios?

—No —replica, clavándome la mirada con ojos de halcón—. Significa que ni siquiera Dios puede impedirme que haga suplicar a una mujer.

Guau.

Ahora sí que tengo que tragar saliva.

—Dejadnos —exclama por encima del hombro, y las chicas salen inmediatamente de las aguas termales con cara de decepción.

Pero él solo parece tener los ojos puestos en mí mientras se acerca más y más hasta que está en medio del agua, con una erección cada vez más firme con cada paso.

Y, por alguna razón, de repente me cuesta respirar.

—Quieres que… te ayude.

Asiento.

—Puedo hacerlo —dice—. ¿Pero qué harás tú por mí a cambio?

Mierda, sabía que haría esto.

—Ya te lo he pedido. He dicho que…

—No necesito tus súplicas —me interrumpe, me recorre el cuerpo con la mirada, desde los dedos de los pies hasta la parte superior de mi vestido y más arriba—. Quítatelo.

—¿Qué? —Abro mucho los ojos.

—Todo.

—No —digo con un jadeo—. Todos están mirando.

—No, qué va —responde, y cuando su mirada se dirige a la multitud, hago lo mismo. Todos se besan y bailan, cada uno a lo suyo. Incluso las chicas a las que echó como si no fueran más que juguetes para él.

—Claro que es decisión tuya —murmura mientras vuelve a la esquina en la que estaba sentado. Extiende los brazos sobre las esquinas irregulares del manantial, con los ojos a media asta clavados en los míos—. Quieres que te ayude… —Baja el tono de su voz—. Quítatelo todo. Ahora.

Trago saliva y me centro en él, preguntándome si puedo hacerlo. Si merece la pena.

Pero ya tomé esa decisión hace tiempo, cuando acepté su pequeño trato retorcido.

Así que me quito los zapatos y los lanzo de una patada a un lado, luego me deshago de mi bolsito. Despacio, me desprendo del vestido por los hombros hasta que cae al suelo, todo mientras sus ojos siguen fijos en mi cuerpo.

La evidente sonrisa que tiene en la cara es tan sexy que casi me hace olvidar que le odio.

—He dicho todo.

Me paso la lengua por dentro de la boca, indignada.

—No tengo bikini.

Levanta una ceja.

—¿Y qué?

Joder.

Abro las fosas nasales.

No creo que pueda salir de esta. O se hace a su manera o no se hace.

Así que engancho lentamente los dedos bajo el sujetador y me lo quito, luego lo dejo caer al suelo. Él coge una botella de champán que hay entre un arbusto y un par de piedras y le da un trago mientras me observa. Un poco de líquido le resbala por la barbilla y el pecho y, cuando termina, se limpia la boca, con la mano cerca del labio inferior mientras yo engancho los dedos bajo la tela de mis bragas y me las bajo lentamente. Cuando ya están en el suelo, se relame el labio superior.

Ojalá no estuviera tan jodidamente bueno.

—Ven aquí —dice, con la cabeza ladeada.

Intento no mirar a los demás porque sé que pueden verme desnuda cuando me meto en el agua. El calor me distrae de sus miradas mientras me acerco cada vez más y se me pone la piel de gallina por la temperatura.

—Más cerca —ordena Dylan, con los brazos extendidos sobre el borde, una mano aferrada a la botella como si fuera a acabársela él solo.

O a darme con ella, tal y como Alistair ha hecho hace un rato, antes de venir a esconderme aquí.

Trago saliva y empujo ese pensamiento al fondo de mi mente, concentrándome en el aquí y el ahora.

Cuando estoy frente a él, sus ojos bajan de los míos a mis pechos, apenas ocultos por el agua. Y gime de placer, el sonido hace que se me ponga la piel de gallina.

—Abre la boca —dice. Cuando lo hago, añade—: Más grande.

Se inclina y me echa un poco de champán directamente en la boca hasta que rebosa.

—Adelante… Pruébalo —musita.

Me cuesta tragármelo, y se derrama un poco más.

Pero me quedo atónita cuando se acerca y presiona los labios contra mi cuello, justo donde caen las gotas, lamiéndolas una a una.

—No dejes que se desperdicie.

Consigo tragar y aspirar el aire que tanto necesito. Sus labios calientes y tentadores siguen sobre mí, reclamando cada centímetro de mi piel como si pretendiera marcarme como suya.

—¿Felix te hizo sentir bien? —me gruñe al oído, luego me tira del lóbulo de la oreja con los dientes.

Me esfuerzo por mantener los gemidos a raya.

—Él toma lo que quiere.

—Eso no es lo que he preguntado… —susurra, y me da la vuelta hasta que me clava su longitud en la espalda y sus manos me rodean la cintura—. He preguntado si te hizo disfrutar… cuando te folló a solas.

Apenas puedo respirar cuando tira de mí hacia el borde, su erección se clava en mi muslo mientras me arrastra hasta su regazo y deja la botella de champán donde la cogió.

—Porque yo voy a hacerlo.

Me mete la mano entre los muslos y empieza a tocarme justo en ese punto dulce que me hace moverme encima de él. Dios mío, sabe exactamente dónde y cómo tocarme sin el menor esfuerzo, como si le saliera natural.

—Podría hacerte gritar delante de toda esta gente si quisiera.

—¿Eso es lo que tú quieres? —pregunto—. ¿Humillarme?

—Humillar es lo que le va a Felix —murmura, su otra mano se desliza hacia mi pecho para acariciarlo—. Quiere adueñarse de las personas.

—¿Y qué es lo que te va a ti? —pregunto, pero cada vez me resulta más difícil hablar sin querer gemir.

Me muerde el lóbulo de la oreja y lo succiona, luego susurra:

—Que me miren.

Recorro automáticamente con la mirada la oscuridad de la noche y a todas las personas que nos rodean, y siento como si estuviera bajo los focos. Nunca he hecho algo así en público, con tanta gente mirando, pero cuanto más me acaricia, menos me importa.

—Pero eso no es lo único —añade Dylan, y me introduce un dedo—. También me gusta compartir.

Lo supe en el momento que me persiguieron por el bosque con esos disfraces de Halloween.

—Sois todos una panda de cabrones enfermos, ¿verdad? —digo, intentando que no me afecte que me esté masturbando, pero es muy complicado.

Suelta una carcajada grave y atronadora.

—Oh, aún no has visto lo peor de mí.

34 Dylan

Está aquí y no voy a desaprovechar la ocasión.

Joder, llevo mucho esperando esto.

Por fin tengo la oportunidad de tomar lo que quiera sin interrupciones. Y no voy a dejar que me estropeen el momento.

Le agarro un pezón y se lo pellizco, luego tiro de él tan fuerte que tiene que tragarse un gimoteo.

Joder, ese sonido celestial hace que se me ponga dura como una piedra.

—Te he dicho que podía hacerte gritar —susurro, y le guiño cuando gira la cabeza y me mira boquiabierta—. No finjas que te sorprende. Sabías lo que buscabas cuando viniste aquí.

Le toco el culo, pero, cuando encuentro algo duro, me detengo.

—¿Qué es eso?

Se le ponen las mejillas rojas como un tomate.

—Emm…

—Levántate —digo.

Tras vacilar un poco, hace lo que le pido y puedo ver claramente entre sus nalgas un plug anal brillante.

—¿Te has metido tú ese plug anal? —pregunto.

—Felix —responde.

Una sonrisa perversa se apodera de mis mejillas.

¿Es esta su forma de disculparse? Sí que me conoce bien.

Le azoto el culo.

—Siéntate encima de mí.

—¿Qué?

—Me has oído. Siéntate.

—En tu p…

La agarro por la cintura y tiro de ella hacia mí, apoyándola en mi punta.

—Oh, Dios mío, pero si ya tengo algo dentro —murmura mientras la bajo lentamente.

—Y te vas a meter mi polla junto con eso como una buena chica —respondo.

Lucha contra mi grosor, pero la empujo hacia abajo hasta que me entierro hasta la empuñadura. De su boca escapa un gemido ahogado que hace que mi polla palpite en su interior. Dios mío, este coño parece el puto paraíso.

No me extraña que quisiera tenerla para él solo.

Hijo de puta codicioso.

—Eso es. Métela bien hondo —gimo mientras se ajusta a mi tamaño.

—Joder, estoy muy llena —dice con un gemidito.

Empiezo a meterla y sacarla, subiendo y bajándole el culo sobre mi regazo dentro del agua.

—¿No estás acostumbrada al plug, zorra? —respondo—. Te acostumbrarás pronto cuando empecemos a follarte por todos los agujeros.

Ella intenta darse la vuelta, pero lo agarro de los pezones y los aprieto mientras le follo ese coñito apretado.

—Ni lo pienses —gimo.

—Más te vale cumplir con tu parte del trato —dice, jadeando—, o te dejo con las pelotas bien cargadas.

—Oh, no te preocupes, putita, destrozaría el mundo entero por un coño como este.

De su boca escapan gemidos cuando deslizo una mano por su vientre y empiezo a acariciarle el clítoris mientras la penetro. La gente a nuestro alrededor está demasiado ocupada bailando o follando como nosotros como para preocuparse lo más mínimo. Y no me importa. Ya tengo suficiente público con la persona que nos mira desde detrás de un árbol. Me relamo los labios cuando ella sube y baja sobre mi polla mientras mis ojos conectan con los de esa persona.

Porque nada en este mundo es tan emocionante como que te pillen en pleno acto.

Me cago en la puta, podría explotar en este mismo momento.

Pero primero quiero que ella se corra para mí. Quiero sentir cómo se contrae alrededor de mi longitud, ser el que la haga llegar a ese punto. Ha venido hasta mí y solo hasta mí, lo que significa que sabe que puede conseguir de mí algo que Felix no le dará.

—Joder —gime.

—Te gusta, ¿verdad? Que te follen delante de toda esta gente —susurro.

—Nadie nos está mirando —murmura, mirando alrededor—. Están demasiado ocupados bailando y besándose.

—Mira allí —le digo, y señalo brevemente los árboles antes de seguir jugando con sus partes más sensibles.

Cuando ahoga un grito, sé que lo ha visto.

A la persona que nos está mirando.

—Oh, Dios, tenemos que parar —murmura.

—No —replico, sujetándola—. Te vas a correr para mí. Y voy a llenarte entera mientras nos mira.

Paso los dedos por su clítoris hinchado hasta que noto que se contrae alrededor de mi miembro, y entonces se lo meto hasta el fondo. Gime y sus pezones se tensan por el orgasmo. Noto los bordes del plug anal contra mi longitud, la presión me lleva al límite.

Y gimo en su oído mientras eyaculo dentro de ella.

Joder, una vez no ha sido suficiente. Necesito más. Mucho más, joder.

No me extraña que Felix la deseara tanto.

—Joder, no me puedo creer que acabe de hacer eso —murmura.

—Todavía no he terminado —gimo, y le hago señas a la persona que está detrás del árbol para que se acerque—. Ven, únete a nosotros… Ali.

Penelope

Siento todo el cuerpo frío como el hielo, incluso en esta agua caliente. Porque acabo de correrme sobre la longitud de Dylan. No podía parar. Ni siquiera quería.

Pero no sabía que Alistair nos estaba observando todo el tiempo.

Sale de detrás del árbol, tocándose el paquete, con líquido preseminal manchándole los pantalones.

Oh, Dios.

Mis mejillas se calientan de golpe cuando noto que Dylan sale de mí y el semen que había dentro se mezcla con el agua y flota hasta la superficie.

Los ojos de Alistair se clavan en los míos cuando se detiene frente a las aguas termales. Me mira embobado y se muerde el labio.

Yo respiro con dificultad.

Se quita la camiseta, dejando al descubierto los piercings de sus pezones, y sigue hasta que no deja nada a la imaginación. Por debajo, es puro músculo, está más delgado que Dylan y que Felix, pero más marcado, como si solo hubiera entrenado para un propósito: salir a cazar.

Todavía con los pantalones puestos, Ali se mete en el agua. La música se torna más oscura, más profunda, más alta; suena una mezcla de una canción tecno ralentizada que no conozco, pero el sonido no hace sino aumentar la sensualidad. Sobre todo, cuando Alistair se acerca a nosotros y nos mira a Dylan y a mí.

Se lame los labios, contemplando mi cuerpo de arriba a abajo, embobado.

—La deseas, ¿verdad? —dice Dylan, y me da un beso en la mejilla, para luego mirar a Alistair—. Entonces, tómala.

Agarra la botella de champán y me derrama el contenido por la cara y el pecho.

Jadeo cuando Alistair me agarra un pecho y me cubre el pezón con la boca, succionando el champán directamente de mi cuerpo.

Me cago en la puta, esto es excitante.

Ali saca la lengua para sorber todo el champán mientras Dylan empieza a frotarme el clítoris con el glande y, joder, lo quiero dentro de mí otra vez.

¿Cómo lo hacen? ¿Cómo consiguen que desee cosas que no debería?

Debería ser ilegal.

Dylan me besa la nuca mientras Alistair me chupa el champán de la barbilla y luego se acerca a mi boca. Sus besos son como sumergir la lengua en chocolate líquido. Suculentos. Irresistibles.

Y no puedo hacer otra cosa que no sea abrir los labios y dejar que reclame mi boca con su lengua mientras las manos de Dylan se deslizan entre mis piernas, acelerando el ritmo. Joder, ¿vamos a volver a hacerlo? ¿Delante de toda esta gente?

—Joder —gimo cuando Alistair separa sus labios de los míos.

Alistair se desabrocha los pantalones debajo del agua.

—Fóllatela, Dylan —susurra, lamiendo el borde de mis labios—. Hazlo duro mientras miro.

—Joder, sí —gime Dylan, y me embiste sin compasión.

Ya está duro, listo para hacerlo de nuevo, y yo me siento desamparada ante el aluvión de deseo que inunda mi cuerpo cuando estos chicos empiezan a arrasar conmigo.

Dylan por detrás, entrando y saliendo de mí, el plug anal aumentando las sensaciones mientras Alistair me besa los labios con avaricia y me tira de los pezones.

Le rodeo el cuello con los brazos de forma instintiva, deseando más contacto. Pero, cuando se aparta, sigo con los labios entreabiertos, hambrienta de más, y lo único que hace es sonreír y tirar con más fuerza de mis pezones duros hasta que gimo bien fuerte.

—Eso es, zorrita, grita para nosotros —murmura Dylan en mi oído, meciéndome encima de su bulto, en su regazo.

Dios, nunca he hecho nada tan jodido ni erótico en mi vida, y pienso disfrutarlo.

—Más fuerte —le dice Alistair a Dylan, y él aumenta el ritmo. Alistair mira a Dylan por encima de mi hombro, sus ojos se conectan mientras él se inclina y empieza a rozar su punta contra mi clítoris.

—Vamos, joder, eso es, dale placer con tu polla —gime Dylan, todavía dentro de mí.

Alistair se está viniendo arriba, deslizándose contra todas mis zonas sensibles.

Y no me creo que esté con dos a la vez ahora mismo.

Alistair empieza a gemirme al oído, su miembro palpitando contra mí, y es lo más excitante que he escuchado nunca. Los tíos no suelen gemir por mí.

Hasta que abro los ojos y me doy cuenta de que está mirando a Dylan.

Pierdo el equilibrio y Dylan sale de mí de golpe, su longitud me roza el pubis.

Pero Alistair se la agarra y frota la suya contra él.

Hostia puta.

¿Se están… frotando?

Le echo un vistazo a Dylan por encima del hombro, pero su mirada cambia continuamente entre Alistair y yo, hasta que apoya la barbilla en mi hombro y Alistair se inclina para besarle en los labios.

Joder.

Por eso se miraban embobados todo el tiempo cada vez que usaban.

También se desean el uno al otro.

¿Por eso Alistair dijo que quería saber «por qué yo», y que ya lo entendía?

¿Estaba… en medio de los dos?

Con las dos manos, Alistair agarra ambas pollas y las masturba al mismo tiempo debajo de mí, rozándose contra mí con todas sus fuerzas. Todo esto mientras sigo en medio de los dos.

—Joder, sí, Ali, mastúrbame contra ella. Llénala de lefa —murmura Dylan, y Alistair acelera aún más.

Sus gemidos me encienden de una forma que nunca creí posible.

De repente, Alistair empuja su punta y la de Dylan dentro de mi coño.

Jadeo, pero él me tapa la boca con la suya mientras ambos embisten más adentro, más profundo, enterrándose hasta la empuñadura.

Dos en una.

Maldita sea.

Nunca pensé que me cabrían.

Pero lo necesito. Dios mío, lo necesito tanto.

—¿Ves? Puedes con ello, putita —me susurra Dylan al oído mientras ambos me follan como locos.

Nuestros gemidos entrelazados se funden en uno solo cuando empiezo a moverme encima de los dos mientras Alistair nos besa alternativamente a Dylan y a mí. Puedo saborearlos en mi lengua, sentirlos dentro de mí, retorciéndose, enredándose, empujándome con cada centímetro de carne palpitante hasta que los dos se liberan en mi interior con un aullido y un gemido.

Mi coño se contrae y Alistair me acaricia hasta que llego al orgasmo con ellos dentro de mí.

Cuando salen, su semen flota hasta la superficie, y Alistair se agacha para recoger un poco con la lengua. Luego choca sus labios contra los míos, obligándome a saborear a los dos juntos.

Y, joder, me están dando ganas de repetir.

—Trágatelo todo, puta —gime Dylan detrás de mí.

De repente, alguien se aclara la garganta.

—¿Os estáis divirtiendo?

35 Alistair

Me separo de los labios de Penelope, una voz conocida llama mi atención.

Dos chicos nos miran desde el borde de las aguas termales con las manos en los costados, como si fueran los dueños del sitio. Y parece que a Dylan no le hace ninguna gracia.

—¿Qué coño queréis? —gruñe Dylan.

Penelope me agarra con fuerza, ocultando su cuerpo desnudo tras el mío cuando me giro para mirarlos.

—Lo siento, esta agua está pillada —digo, y me apresuro a guardarme la polla dentro de los pantalones y cerrar la cremallera.

Uno de los tipos, el guapo de rostro cincelado, resopla.

—No querría poner un pie en esa piscina del demonio ni por un millón de pavos.

—No me jodas. —Dylan aparta a Pen y camina hasta el centro de las aguas termales para enfrentarse a ellos, con el culo al aire—. ¿Tienes algún problema conmigo por estar aquí de cachondeo?

—No. —El tipo grande y musculoso se cruza de brazos—. Me pregunto si merece la pena morir por esta chica.

Penelope se estremece detrás de mí.

—¿De qué hablan? ¿Quiénes son?

—No lo sé —respondo—. Pero me hago una idea.

—Nadie va a morir esta noche —replica Dylan—. Es una puta fiesta. Hay bebida para todos.

Dylan sale de las aguas termales con la polla semidura colgándole libremente, pero eso no le impide caminar hacia ellos y recoger su ropa del suelo justo a los pies del tipo.

Vaya huevos.

—Y aun así no será suficiente para satisfacer mis ganas… —dice el hijo de puta con cara de modelo, crujiéndose los nudillos— de sangre.

Mierda. Esto se va a poner feo muy rápido.

Dylan bufa y se pone los pantalones cortos, se abrocha el cinturón antes de responder:

—¿Por qué? ¿Estás celoso de todas las tías que consigo?

El tipo entrecierra los ojos y se le ensanchan las fosas nasales.

—Nathan.

Oh, mierda.

Dylan se encara, pero él no parece intimidado en lo más mínimo.

—Tienes valor para mencionar ese nombre en voz alta, escoria Phantom.

La multitud a nuestro alrededor se queda en silencio. Algunos dejan de bailar y de besarse y se quedan mirando, mientras que otros se marchan de inmediato. Una nube oscura se cierne sobre la fiesta, y todo el que está aquí sabe lo que se viene.

—Nadie te ha invitado a esta fiesta, serpiente —contesta el chico.

—No hay fiesta si no estoy yo —sisea Dylan en respuesta—. ¿Cómo coño te llamas?

—Kai Torres —contesta—. Ahora te voy a dar a elegir: entrégame a la chica o no vuelves a respirar.

Veo cómo el cuerpo de Dylan se pone rígido, los dedos se le cierran en un puño.

Joder.

—¡No lo hagas! —gruño—. Acuérdate de lo que dijo tu padre.

—¿Tienes miedo? —se ríen los chicos de la Phantom.

Hasta que insisto:

—¡No lo hagas, Dylan!

Y sus sonrisas se disipan al instante.

—¡Espera! —grita Pen de repente, y el puño de Dylan se detiene a mitad de camino en el aire.

—Penelope… —le advierte Dylan.

—Me quiere a mí —dice, dando un paso al frente—. Asumiré la responsabilidad.

—Ni de coña —dice Dylan en tono áspero.

—Tú no marcas las putas normas aquí —responde Kai, y luego la mira a ella—. Ven aquí.

Penelope agarra deprisa una toalla que hay en un lado de las aguas termales y se la envuelve sobre las tetas antes de salir del agua. La tela apenas le cubre el cuerpo, aún se le ve la parte baja del culo con ese precioso plug, y sé que esos gilipollas también pueden verlo.

Aprieto el puño.

Se suponía que debíamos pasar desapercibidos. Estar callados. No montar una escena.

Supongo que no cumpliremos lo que Dylan le prometió a su padre después de todo.

—¿Qué queréis de mí? —pregunta Penelope. Traga saliva, encarándoles con valentía y con la cabeza bien alta—. Si los dejáis en paz, haré lo que queráis.

¿Por qué haría tal cosa? Estaba allí, pero no participó. Esta guerra es cosa nuestra, y aun así está dispuesta a ponerse delante para protegernos.

Él silba ruidosamente.

—Todos. Fuera.

Todos los asistentes a la fiesta cogen rápidamente sus cosas, asustados por la súbita orden de Kai.

De repente, Kai la agarra del cuello.

—Nathan está sufriendo por tu culpa.

—No fue ella —dice Dylan con los dientes apretados—. Fuimos nosotros.

Kai la acerca más a él.

—Y aun así escuché a Felix decirle que habría matado a Nathan por ella… —Kai sonríe mientras le agarra la muñeca para que no pueda escapar—. A mí me parece que es la responsable.

Dylan está usando todo su autocontrol para no atacar ahora mismo. Incluso yo estoy al límite.

Kai agarra a Penelope de la barbilla para obligarla a mirarle.

—Y ella será la que lo pague.

—Suéltala —gruñe Dylan.

—¿Y si no qué? Se ha ofrecido ella —replica Kai, y se da la vuelta—. Venga, Josh. Vámonos de aquí para jugar con nuestro nuevo y reluciente juguete.

—Oh, sí… —responde Josh, y le arranca la toalla del cuerpo con facilidad—. Me pregunto si cuando llora se pone igual de fea que su hermana.

Abro los ojos como platos.

Oh, mierda.

Ya está.

Salto fuera del agua y me subo al borde, me pongo rápidamente la ropa antes de acercarme a Dylan.

Pero él irradia energía. Como si algo se hubiera apoderado de su cuerpo.

—¿Qué acabas de decir? —dice Dylan con voz rasposa, con los ojos entornados.

Pues nada. Definitivamente está pasando.

—¿Qué estás diciendo de mi hermana? ¿Qué le hicisteis? —le pregunta Penelope a Josh mientras la arrastra—. ¿La acosasteis?

—Basta —dice Dylan con los dientes apretados, se cruje los dedos sin tocárselos siquiera.

—¿Has dicho algo, serpiente? —Kai echa un vistazo por encima de su hombro—. Ya, eso creía.

De repente, Dylan se abalanza sobre Josh, se saca una navaja del bolsillo y se la clava en el hombro.

Josh chilla de dolor.

—¡Serás hijo de puta!

En unos segundos, Dylan la saca para clavársela a Kai justo en el brazo, quien libera a Penelope de su agarre y cae al suelo.

Todos los que seguían por ahí empiezan a gritar y a huir de la fiesta.

—Pen, ¡corre! —le ruge Dylan.

Pero ella está congelada en el sitio.

Joder. Tengo que intervenir.

Los ojos de Dylan se cruzan con los míos y luego con ella.

—Ali. ¡Cuídala! —grita mientras sale corriendo con la navaja llena de sangre todavía en la mano.

Y los dos cabrones de la Phantom lo persiguen.

Justo como él quería.

—¡Dylan! —grita Penelope, buscando frenéticamente por el bosque—. ¡Van a por ti!

La ayudo a levantarse del suelo.

—¿Estás bien?

¡BANG!

Penelope abre mucho los ojos.

Me giro para mirar de dónde viene el sonido, aunque estoy bastante seguro de saber lo que era.

Un disparo.

—Quédate aquí —le digo.

—Ni de coña —dice, coge su vestido y se lo pone a toda prisa, luego coge su bolsito—. Voy contigo, y vamos a acabar con esos cabrones.

No es una pregunta. Es una orden.

Y no puedo hacer otra cosa que obedecer.

Dylan

Corro por el bosque lo más rápido que puedo, rodeando la hoguera y esquivando al mismo tiempo cualquier cosa que me lancen esos cabrones de la Phantom. Navajas, palos, piedras que han cogido del suelo. Hasta que Kai saca una pistola.

¡BANG!

La bala sale disparada y rebota en el árbol que tengo al lado.

Derrapo hacia la derecha y salto por encima de un montón de rocas, dirigiéndome directamente hacia The Edge.

Debería haber traído mi puta pistola. Joder. Hay demasiado en juego.

Tengo que alejarlos de ella.

No quiero que quede atrapada en medio de un fuego cruzado.

—¡Vuelve aquí, hijo de puta! —chilla Josh—. ¡Como te coja, te corto la puta polla!

¡BANG!

Otro disparo impacta en la roca en la que me escondo por un momento antes de salir corriendo cuesta arriba, hacia la zona escarpada cerca de The Edge. Un sendero pasa por debajo de una gran roca saliente y lo atravieso a toda prisa, girando a la izquierda nada más pasar para trepar por la empinada ladera.

Kai está justo detrás de mí, disparando a los arbustos al azar.

—¡Sal, sal de donde cojones estés, serpiente! —grita—. Sabes que voy a cogerte, joder.

Cuando están justo debajo de la roca, salto. Aterrizo justo encima de Kai y nos caemos sobre el suelo cubierto de musgo, revolcándonos sobre las hojas.

—Hijo de p… ¡Quítate de encima! —gruñe—. ¡Te voy a matar, joder!

Intenta apuntarme, y yo le agarro la muñeca. No voy a caer sin luchar.

Pero este cabrón es fuerte, y apenas puedo aguantar mientras la pistola se acerca cada vez más a mi cara.

Josh me rodea el cuello con las manos y tira fuerte, y yo me ahogo intentando aferrarme a la muñeca de Kai para que no me pegue un puto tiro.

De repente, alguien arrastra a Josh lejos de mí, y por fin puedo respirar de nuevo.

Ahora toca acabar con ellos.

¡BANG!

La pistola se dispara, y la bala pasa justo por mi oreja, rozándome la piel.

La sangre me corre por el cuello, pero la ignoro y lucho por mantener el control.

—¡Dylan! ¡Cógela! —Giro la cabeza por un instante porque la voz me pilla por sorpresa.

Penelope.

Joder. ¿Qué hace aquí? Le he dicho que corriera.

Me lanza su navaja y la agarro justo antes de que Kai vuelva a disparar.

Le rajo la cara.

—¡JODERRR! —chilla, agarrándose el ojo—. ¡Mi ojo!

Le quito el arma, le golpeo con ella en la cabeza y lo dejo inconsciente.

La sangre brota tanto de la herida como de su oreja. Podría estar muerto, pero no me importa una mierda. Lo único en lo que estoy enfocado es en atrapar al desgraciado de Josh.

Alistair rodea a Josh con las manos, que le da patadas y puñetazos por donde puede. Penelope saca otra navaja de su bolso y se la pone en el cuello para que deje de forcejear.

—¡Suéltame, serpiente de mierda! —gruñe Josh.

—Me has amenazado —sisea Penelope—. No te lo tomes a la ligera.

—Nathan merece venganza —espeta en respuesta.

Me limpio la navaja de Penelope en los pantalones.

—¿Y qué hay de Eve?

Un fuego insaciable empieza a arder en mi interior mientras me crujo los dedos y camino hacia él.

—¿La acosasteis hasta hacerla llorar? —Por las venas me corre pura furia mientras me acerco a él.

—Tú… —tartamudea Penelope, con la navaja temblándole en la mano—. Podrías ser la razón por la que saltó.

—Oye, no es mi culpa que esa zorra se suicidara —responde con los dientes apretados—. No soy responsable de lo que hacen esas zorras.

Las lágrimas se le acumulan en los ojos. La navaja que tiene en la mano cae al suelo. El dolor en su rostro es difícil de soportar, incluso para mí.

A la mierda con eso de mantener un perfil bajo.

Abro las fosas nasales.

—Y yo no soy responsable de lo que estoy a punto de hacerte a ti.

Le clavo la navaja hondo en el abdomen y la retuerzo hasta que se le salen las tripas.

Gime de dolor cuando la saco, y la sangre sale a borbotones de la herida.

—Sujétalo contra el suelo —le digo a Alistair.

Alistair le da una patada en las espinillas y tira a Josh al suelo. Su cuerpo aterriza contra la tierra embarrada con un golpe seco. Recojo la navaja que ha dejado caer Penelope y, agarrando ambos, le sujeto una de las manos.

—Agárrale la otra mano.

Alistair no dice ni una palabra y se limita a hacer lo que le pido mientras Penelope nos mira fijamente, todavía temblando en silencio por lo que acaba de descubrir.

Unos tipos cualquiera de la Phantom hicieron llorar a la hermana de Penelope. A saber qué mierda le hicieron para que fuera tan malo que no pudiera soportarlo. Ese único acto podría haber sido el catalizador para que saltara de The Edge.

Todo ello culminando en este momento.

Alistair y yo arrastramos a Josh a un claro más arriba, lejos de los árboles, con Penelope justo detrás de nosotros vigilando cada uno de nuestros movimientos.

No le voy a pedir que me ayude. Pero tampoco permitiré que detenga lo que estoy a punto de hacer.

Josh gime ruidosamente.

—Joder, duele.

La música de la fiesta suena fuerte incluso desde tan lejos. Rip Roach de XXXTentacion estalla a través de los cielos, dándome ánimos.

—No te muevas —espeto, y le coloco la mano por encima de la cabeza—. Esto te va a doler todavía más.

Le atravieso la mano con la navaja y la clavo en el suelo.

Chilla como un loco, sacudiendo la cabeza y la otra mano.

—¡Sujétalo! —le grito a Alistair, quien le aplasta la cara de un puñetazo.

A Josh se le ponen los ojos en blanco y Alistair le sujeta la mano por encima de la cabeza mientras yo le clavo la navaja de Penelope.

Aúlla de dolor y patalea.

—¡Mis manos! —chilla.

—Dylan… —dice Penelope con voz ronca detrás de mí.

Cuando me giro para mirarla, veo la pistola que Kai usó para dispararme en sus manos.

No debí darme cuenta de que la cogía mientras Ali y yo estábamos ocupados arrastrando a este cabronazo hacia atrás. Me levanto, ignorando al desgraciado que grita detrás de mí. Camino hacia ella y le tiendo la mano.

—Dámela.

Ella niega con la cabeza.

—No. Quiero hacerlo yo.

Joder.

Sabía que existía la posibilidad de que se arriesgara.

Por eso le dije que huyera.

Pero tendría que haber sabido que chicas como ella no dan media vuelta cuando el camino se tuerce. Le plantan cara.

Se arrodilla delante de Josh, que sangra por cada agujero que le hemos hecho.

—Por favor —suplica él—. Por favor, no lo hagas. Lo siento. Lo siento mucho.

Sin mediar palabra, le apunta al rabo y dispara.

Grita de dolor.

—¡Mi polla! —Y se vomita encima.

Ella se levanta y me lanza el arma, la expresión en su rostro es estoica, carente de emoción, como si le hubiera resultado fácil.

Y me quedo con la boca abierta, literalmente.

Eso ha sido… de locos.

Se me dibuja una sonrisa en la cara.

Impresionante.

Me meto la pistola en el bolsillo mientras ella saca de su bolso una botella de whisky no muy grande, que claramente ha robado de la fiesta.

Perfecto.

Cuando está a punto de dar un sorbo, se la robo de las manos.

—Oye, que me hace falta —dice.

—Mira —le digo, y derramo todo el contenido encima del cuerpo del tipo.

—¿Qué estás haciendo? —murmura Josh, tosiendo sangre—. Oh, Dios, por favor, no hagáis esto, no quiero m…

—¿Morir? —le interrumpo, y saco un mechero—. Demasiado tarde. Ya eres un cadáver andante.

—Espera, no, no, no, haré lo que quieras, yo…

A mitad de la frase, le prendo fuego.

Sus gritos son como música para mis malditos oídos mientras se quema vivo, incapaz de arrastrarse siquiera.

Un final perfecto para un gusano miserable como él.

Alistair silba mientras arranca algunas ramas de los árboles y recoge algunas ramitas recién caídas y las arroja todas encima de Josh. El fuego se intensifica cuando vierto un poco más de alcohol, vacío la botella y la lanzo también al montón.

El fuego gigantesco es mucho más grande que cualquier hoguera de la zona y, Dios mío, es un espectáculo digno de contemplar. Tengo el puto corazón en llamas, animado por el fuego, y grito de pura adrenalina.

Estoy seguro de que algunos de los que huyeron de la escena se preguntan qué coño está pasando aquí. Y me la suda. Como si quieren verlo arder, coño.

Echo un vistazo a Penelope, con las llamas bailando en sus ojos.

—Querías nuestra ayuda… ya la tienes. Pilla. —Le lanzo la navaja de vuelta, y consigue atraparla. Tal vez sí que la he subestimado… Así como a la oscuridad de su corazón.

—Vete a casa, Penelope —digo—. Y no le cuentes a nadie lo de esta noche.

36 Penelope

Vuelvo a la habitación de la hermandad y cierro la puerta.

El silencio es arrollador, pero todavía escucho los gritos dentro de mi cabeza.

He matado a alguien.

No por accidente.

Un puto asesinato de verdad.

Levanto las manos y miro la sangre que tengo en los dedos. Su sangre.

La sangre de la persona que hirió a mi hermana.

Y, Dios santo, sí que me siento poderosa.

Una sonrisa gigante se me extiende por la cara, y entierro la cabeza entre mis manos, extendiendo toda la sangre por mi piel mientras me río.

La puerta del baño se abre y sale Kayla, pero se detiene como si de repente se hubiera convertido en piedra.

—Pen… —Se estremece y abre mucho los ojos—. ¿Eso es… sangre?

La sonrisa en mi cara se disipa.

—Me… he hecho daño mientras volvía de la fiesta.

Ella cierra la puerta del baño, con el pelo aún mojado de la ducha.

—Eso no parece un accidente. ¿Te han hecho daño? —Se acerca a mí, agarrándose la toalla—. Oh, Dios, ¿debería pedir ayuda?

Cuando me agarra la muñeca, yo me aparto de un tirón, tuerce el gesto con confusión. Olfatea.

—¿Por qué hueles a humo?

—Había una hoguera —respondo.

No es mentira. Pero tampoco es la verdad al completo.

Ella traga, visiblemente consternada. Debo parecer la víctima que ha escapado de un asesino en serie.

Tal vez no esté tan lejos de la realidad.

—Estoy bien —digo, y añado una sonrisa amable—. No te preocupes por mí.

Trato de pasar a su lado, pero ella me bloquea el paso.

—Ni hablar. Esto no está bien, Pen. Sea lo que sea lo que estés pasando, no puedes hacerlo sola. —Hace una pausa—. Soy tu amiga. Déjame ayudarte.

Eso me deja hecha polvo.

Sé que es mi amiga.

Quiero que sea mi amiga, y quiero confiar en ella tan desesperadamente que tengo que forzar físicamente mis labios para que se mantengan cerrados.

No puedo implicarla en un puñetero asesinato.

—No puedo —digo entre dientes—. No quiero que te hagan daño.

—Entonces es algo realmente malo —dice—. Lo sabía. Son esos chicos, ¿a que sí?

Niego con la cabeza.

—No han sido ellos. Lo prometo.

Ella frunce el ceño.

—Pero te están metiendo en alguna movida, ¿verdad?

Suspiro.

—Mira… simplemente créeme cuando te digo que es mejor que no te involucres.

Me dirijo hacia la ducha y cierro la puerta detrás de mí antes de que intente convencerme de nuevo de que le cuente todo lo que he hecho esta noche.

Pero preferiría estar muerta antes que involucrar a otro alma inocente en toda esta oscuridad y toda esta depravación.

Me miro en el espejo, a la sangre que mancha mi piel. Una marca de honor.

Estiro la espalda y levanto los hombros, lanzo un suspiro de alivio.

Uno menos.

Siguen quedando muchos.

Pero voy a cazarlos uno por uno hasta quemar vivos a todos los cabrones que aparecen en su diario.

Igual que el desgraciado de Josh.

Dylan tenía razón.

Ha recibido su merecido.

Mis sueños están plagados de sangre y de sexo mezclado con violencia, una retorcida y volátil combinación.

No he descansado y, cuando me despierto, estoy empapada en sudor.

Me incorporo en la cama y miro a mi alrededor, pero Kayla ya se ha ido. Miro fijamente a la ventana, recordándome a mí misma que estoy despierta. Pero lo que ha pasado no eran sueños ni pesadillas, era la realidad.

De repente, el zumbido de mi teléfono me saca de mis pensamientos.

Crystal: ¿Vienes? Nos toca la clase a la que vamos juntas, pero no estás.

Abro los ojos como platos.

Mierda. ¿Me he olvidado por culpa de todo lo que ha pasado?

Me apresuro a coger mi horario del suelo y, joder, tiene razón. Empieza en dos minutos.

Me levanto de la cama y me pongo ropa adecuada. Una sudadera negra con capucha y unas mallas grises. Discreta, tal y como pretendo ser cuando entre en la facultad.

Salgo corriendo por la puerta y bajo las escaleras a toda prisa.

—Ahí va otra vez —bromea alguien desde la cocina, pero no le presto atención.

Sé que suelo llegar tarde. No es mi intención, pero supongo que es lo que ocurre cuando estás ocupada tratando de encontrar a los bullies de tu hermana y al mismo tiempo haces malabares con tres enfermos cachondos.

Voy directa al edificio principal y entro corriendo, luego finjo que venía andando despacio, aunque todo el mundo puede verme hiperventilando como una loca.

—¡Pen! ¡Aquí! —Crystal me hace un gesto con la mano al otro lado del pasillo.

La saludo yo también y sonrío, pero la sonrisa se me borra de inmediato de la cara cuando localizo a alguien conocido con una escayola alrededor de una mano, una bota ortopédica en la pierna y un bastón en la otra mano caminando hacia ella.

El estómago se me cae a los pies.

¿Ya ha vuelto a clase?

¿Cómo? ¿Por qué?

Esperaba que se mantuviera alejado durante mucho tiempo, pero ahora está aquí en carne y hueso. Pero lo peor es que me está mirando fijamente con un fuego letal en los ojos.

¿Sabe que maté a su amigo de la Phantom?

Trago saliva.

Ya es demasiado tarde para darme la vuelta y fingir que nunca he estado aquí.

Se me forman gotas de sudor en la espalda mientras me acerco a ellos.

Está hablando con él como si le conociera, y eso me sorprende.

—Hola, Pen, ¿cómo estás? No te veo desde hace días —dice Crystal—. Casi no llegas a tiempo a clase.

—Eso, Pen… ¿Dónde has estado? —Nathan ladea la cabeza.

Le miro con malicia por debajo de la capucha.

—Podría preguntarte lo mismo, Nathan.

—En el hospital —dice, y levanta la mano escayolada—. Me hice una herida muy fea que necesitó sutura, además de una fractura.

—¿Qué te ha pasado? —pregunta Crystal.

La adrenalina me inunda las venas.

Mierda, y yo que pensaba que lo del sótano era la peor parte.

Me equivocaba.

Es lo de después.

¿Qué va a decir?

¿Cuánto tiempo va a pasar hasta que todo lo que hicimos saga a la luz?

¿Me odiarán Crystal y Kayla?

Mi cuerpo bulle de ansiedad.

—Vaya tela, espero que no te duela mucho —dice Crystal—. ¿Cómo te lo hiciste?

Nathan me mira a mí.

—Me metí en una pelea chunga en una fiesta. Unos capullos intentaron acusarme de algo.

¿Está insinuando adrede que no fue él quien puso esa puta nota debajo de mi puerta?

—Pero yo no me amedranto con facilidad —añade con los ojos entrecerrados.

—A lo mejor es porque estabas en una fiesta con una fraternidad rival —digo. Sé que estoy provocándolo, pero no puedo evitarlo—. No parece la idea más brillante.

Él se acerca.

—¿Intentas culparme por haberme lesionado?

—Es lo que nos dicen siempre que algún chico nos toca sin permiso.

Ahora lo tengo justo en la cara, pero no me da miedo.

Si decide soltar la verdad aquí y ahora, les mostraré a todos esa maldita nota. Él me amenazó.

—¿Crees que sabes lo que es perder un miembro, Pen? —me escupe en la cara.

—Guau, chicos, calma —dice Crystal.

—Sé lo que es perder mi puta alma —gruño en respuesta.

—La has vendido al diablo, ¿eh? —responde—. ¿Por casualidad sabes lo que les ha pasado a mis colegas Josh y Kai? Se han esfumado de la noche a la mañana.

Unas llamas estallan en mi cuerpo cuando oigo sus nombres.

—Ni idea, gilipollas.

—Chicos, ¿por qué estáis peleando? Si vosotros no teníais nada que ver —dice Crystal. Luego se queda callada un segundo y me mira—. ¿A que no, Pen?

Respiro hondo.

—Claro que no.

Nathan bufa, sacudiendo la cabeza.

De repente, dirige la mirada hacia el pasillo y se le dilatan las pupilas. Luego sale corriendo hacia el aula de nuestra derecha. Pero en cuanto intento girarme para ver qué le ha asustado, una mano se posa en mi hombro y una voz oscura me susurra al oído:

—¿Hablando con amigos, Pen?

Reconocería el agarre y la voz de Felix en cualquier lado.

—Recuerda lo que te dije… —añade.

—No he dicho nada —respondo, pero ya se ha pasado a Crystal.

—¿Tú quién eres? —espeta, cruzándose de brazos.

Ella tartamudea, abrumada por su presencia.

—Eh… C… Crystal.

—Crystal, ¿qué más?

—Murphy —añade con indecisión.

Sus ojos se crispan.

—Es mi amiga —explico.

—Más le vale —dice, inclinando la cabeza.

Crystal da un paso atrás cuando él se le planta en la cara, pero enrosco la mano alrededor de su brazo y tiro de él hacia atrás.

—Felix.

—¿Qué? —dice, cortante.

—¿Puedes actuar un poco más civilizado? —le siseo.

Él se inclina y me dice en un murmullo grave:

—Deberías estar agradecida de que no matara a Nathan.

—No serás capaz —musito, con incredulidad.

—Créeme cuando te digo que le sacaría las entrañas como a un pescado en este mismo pasillo enfrente de todo el mundo solo por atreverse a dirigirte la puta palabra.

El rubor se extiende por mis mejillas, y me cuesta formar una simple palabra.

—Y… yo…

De repente, me da un azote en el culo.

—¿Todavía llevas el plug? —me susurra al oído.

Ahora se me pone toda la cara roja mientras asiento.

—Solo me lo he quitado para ir al baño.

—Buena chica —susurra, y me da un beso breve en la mejilla—. Porque sigues siendo mía, incluso aunque no lo quieras.

¿Qué?

¿Por qué actúa como si no me hubiera tocado las narices por insinuar que maté a mi propia hermana? No voy a dejar que le quite importancia.

Me zafo de su agarre y me alejo dando tumbos, aturdida por la excitación repentina que he sentido con su mano en mi culo.

—Empieza la clase. Tengo que irme.

No voy a dejar que haga esto. Especialmente ahora, en este pasillo, en frente de todos mis amigos.

—Sí, deberías ir a estudiar como una puta niña buena, Pen —dice, lo suficientemente alto como para que lo escuche todo el pasillo—. Te veo en la Skull & Serpent Society cuando acabes.

Me da tantísima vergüenza que me limito a agarrarle la mano a Crystal y entrar a toda prisa en la clase. Pero no se me borra la imagen de esa sonrisa engreída justo antes de cerrar de un portazo.

—Sentimos llegar tarde —le dice Crystal al profesor.

—Gracias, señorita Murphy. Por favor, sentaos las dos. —La profesora suspira, y hace un gesto hacia las sillas del fondo—. Ya he perdido demasiado tiempo.

—Lo siento —digo mientras nos dirigimos al fondo de la clase y el resto de estudiantes nos miran fijamente.

Solo han sido unos minutos, pero sé que llegamos tarde.

Esos chicos.

Siempre esos putos chicos.

—¿Estás bien? —pregunta Crystal—. ¿De qué iba todo eso con Nathan?

—Ah, nada —respondo—. Solo unas peleas entre algunas de las fraternidades.

—¿La Phantom y la Skull & Serpent?

Asiento.

—Siempre han tenido sus movidas, pero nunca han mandado a nadie al hospital ni desaparecido durante días.

Está tirando del hilo, y no sé qué decirle sin soltar prenda, cosa que no pienso hacer. Meter a Crystal en este lío es lo último que quiero.

—Probablemente, sí —mascullo.

—Pero tú eres «amiga» de Felix y de esos otros chicos, ¿verdad? —Hace las comillas en el aire con los dedos—. Quiero decir, parecía muy protector contigo.

—Oh, no quieres saberlo, créeme —respondo.

—Si no quieres contármelo, está bien, es solo que…

Me giro para mirarla.

—No quiero que te hagan daño.

Abre los labios, pero no dice nada.

—Lo siento —añado.

—No pasa nada —replica—. Lo entiendo.

Le poso una mano en el brazo.

—Eres mi amiga. Y es mejor que no sepas demasiado.

Ella asiente varias veces, luego se aparta de mí y se centra en la profesora, lo que probablemente sea lo mejor.

Descargo un poco de energía y agarro los libros mientras intento prestar atención a lo que dice la profesora, pero es complicado concentrarse cuando mi móvil no para de vibrar en el bolsillo.

Lo saco y compruebo los mensajes.

Dylan: ¿Lo has contado?

Penelope: No, ¿y tú?

Dylan: Necesito que vengas al despacho de mi padre. Ahora.

Penelope: No puedo. Estoy en mitad de la clase.

Dylan: Camina.

Penelope: No. Voy a catear.

Dejo el teléfono, pero sigue sonando, y me está tocando las narices.

Alistair: Deja de ignorarnos.

Penelope: ¿Tú también estás en esas ahora? Te lo he dicho, no le he contado ni una palabra a nadie.

Alistair: La gente está hablando. Saben que los chicos de la Phantom han desaparecidos.

Penelope: Pues vale, pero no he sido yo. ¿Qué hicisteis con… ya sabes?

No quiero decir cuerpos. No sé quién puede estar viéndolo.

Dylan: Aquí no.

Penelope: Entonces, ¿dónde? Necesito saber si es seguro caminar por el campus.

Dylan: Estás a salvo porque eres nuestra.

Joder. Eso no ayuda ni un poco.

Penelope: Nathan se ha acercado a «hablar» conmigo. ¿A eso lo llamas estar a salvo?

De pronto, me meten en un chat grupal con los tres.

Dylan: ¿Nathan ha vuelto? Esas cosas nos las tienes que decir, joder, Pen.

Penelope: Ha pasado hace tres segundos literalmente. No me ha dado tiempo. Calma.

Dylan: Me da igual cuándo haya sido. Aléjate de él. Yo me encargo.

Felix: No es necesario. Yo estaba ahí, observando.

Alistair: ¿Me robas el trabajo, bro?

Felix: Vete a la mierda.

Dylan: Parece que alguien sigue enfadado.

Alistair: A nosotros no nos metas, tío.

Felix: Habéis hecho algo, ¿a que sí? Decídmelo. Ahora.

Dylan: No es seguro por mensaje. Hablamos después de clase. Pen también viene.

Penelope: No me interesa veros pelear a los tres.

Felix: Pen…

Dylan: O vienes o te arrastro yo.

Alistair: Voy a disfrutar de esto.

Pongo los ojos en blanco.

Penelope: Está bien. Más os vale que merezca la pena.

Felix: Todo esto lo hacemos por ti, Pen. Que no se te olvide.

Vuelvo a dejar el teléfono. No me interesa que me den lecciones, especialmente Felix. Todavía estoy que echo humo con él por pensar siquiera que podría hacerle daño a mi hermana.

Esta clase no se acaba nunca.

Cuando por fin llego a la Skull & Serpent Society, uno de los chicos que abre las puertas me lleva de inmediato a la biblioteca privada. La misma en la que casi me ahogo con el semen de Felix, y el simple recuerdo me hace apretar las piernas.

—Es ahí —dice el chico, me empuja dentro y cierra la puerta detrás de mí.

Pero me quedo completamente congelada cuando me doy cuenta de que no estoy sola con Felix, Dylan y Alistair.

—Vaya, hola. ¿Y tú te llamas?

Es el puñetero decano. El padre de Dylan.

37 Penelope

—Penelope —responde Felix por mí—. Una amiga.

—Penelope, ¿qué más?

—Eh… —Mierda—. Richards.

Él entorna los ojos.

—Richards. Mmm… —El hombre me mira de arriba abajo, se mete las manos en los bolsillos de su traje caro—. Interesante. —Se vuelve a girar hacia los chicos—. ¿Qué hace ella aquí?

—Porque estaba con nosotros esa noche —dice Dylan mientras hace rodar un mechero entre el índice y el pulgar—. Ella puede confirmar lo que decimos. —Sus ojos aterrizan en mí—. ¿A que sí, Pen?

—Em… —No entiendo lo que está pasando aquí—. ¿Cómo?

Su padre entrecierra los ojos.

—¿Te han obligado a mentir?

—No —añade Alistair—. Es la verdad. Tú también estabas en la hoguera cerca de Hot Springs la otra noche, ¿a que sí? Estuvimos bailando.

Abro mucho los ojos.

Ay, mierda.

Me están usando como coartada.

—Sí, estuve con ellos. ¿Por qué lo pregunta?

La expresión del decano es fría como el hielo, muy diferente a cómo se comporta Dylan.

—Dos muchachos de la fraternidad Phantom han desaparecido, y necesito saber si estáis involucrados. —Entrecierra los ojos, mirándome—. Después de lo que pasó con Nathan Reed…

¿Por qué tengo la sensación de que está intentando implicarme a mí?

Mierda, ¿hasta dónde sabe?

Dylan frunce el ceño.

—Te lo he dicho, no hemos…

—¡Shhh! —Le interrumpe su padre con un solo dedo—. No quiero oírlo. Ya he pagado por los costes del hospital y por el daño. —Se ajusta el abrigo—. La familia ha decidido no denunciar a la universidad, pero el dedo no le va a volver a crecer. Deberíais sentiros afortunados de que solo quisieran dinero.

Trago saliva. Así que lo sabe.

—Ya te hemos dicho que no tuvimos nada que ver con eso —replica Felix, que se cruza de brazos—. Nathan está mintiendo.

—No me importa una mierda quién esté mintiendo. —El decano está furioso—. Esto se acaba ahora.

Cuando nadie responde, por fin se da la vuelta y camina en mi dirección.

—Si valoras tu plaza en esta universidad, será mejor que te alejes de estos muchachos.

Un escalofrío me recorre la espalda mientras el hombre pasa por mi lado y sale por la puerta.

—Guau… —musito.

Este hombre imponía, no solo por cómo caminaba, sino también por su actitud.

Nadie había conseguido callar del todo a estos chicos… hasta ahora.

—A mí me lo vas a decir —bufa Dylan, y se levanta de un salto del sofá.

—¿De qué coño iba eso? —De pronto, Felix atraviesa la habitación en dirección a Dylan—. ¿Qué cojones le has contado a tu padre?

—Te he dicho que nada —responde Dylan—. No tengo ni idea de cómo lo sabe. A lo mejor Nathan se lo contó a sus padres y ellos a mi padre.

—Bueno, amenazó a Pen —añade Alistair—. Si trata de implicarnos, siempre podemos echárselo en cara. Eso hará que lo expulsen, y sus padres no estarían muy contentos con eso.

—¿Por qué crees que su padre los sobornó? —dice Felix con los dientes apretados—. Es el único motivo por el que nos libramos después de dejar que siguiera vivo. —Ahora centra sus ojos en mí—. Estamos de mierda hasta el cuello.

—¿Y a mí por qué me miras? —pregunto—. Me habéis llamado vosotros, no al revés.

Se me pone delante.

—¿Qué hiciste anoche?

Estoy ardiendo solo por la intensidad de su mirada.

—Estuve en una fiesta.

—Con ellos —sisea entre dientes.

—No quisiste ayudarme. Encontramos a uno de los bullies de mi hermana.

Se le dilatan las fosas nasales.

—Lo sabía. —Mira fijamente a Dylan y Alistair—. Esos dos tipos de la Phantom… Fuisteis vosotros.

Alistair lanza las manos al aire.

—Me acojo a la Quinta Enmienda.

Dylan enciende un mechero y se saca un cigarrillo del bolsillo, y lo enciende.

—Tiramos unos cohetes.

Felix cierra los ojos y se los frota, pero ni eso logra contener el calor que desprende su cuerpo.

—Los matasteis.

—Bueno, uno de ellos murió, eso seguro —digo—. El otro solo tenía la cara destrozada.

Pero la mirada asesina que tiene Felix en los ojos cuando los abre hace que me arrepienta de inmediato.

—No te preocupes, Ali se ocupó.

—Tal y como acordaron que harían, según el trato que hicimos —digo en tono malvado.

Intentó culparme de la muerte de mi hermana y se negó a encontrar a los verdaderos responsables.

Felix se inclina hasta quedar a un pelo de mi cara.

—¿Así que dejaste que ellos mataran por ti? —Señala a Ali y Dylan.

Es casi como si lo considerara un insulto.

Yo trago saliva.

—Fue sin querer.

—¿Por qué? —gruñe.

—Porque Josh tocó a mi hermana —respondo.

—Josh… ¿Josh Walton?

—Sí —responde Dylan.

—Me lo reconoció en la cara —continúo—, y luego trató de hacer lo mismo conmigo.

—La salvé —dice Dylan desde el fondo—. De nada, por cierto.

Felix tuerce el gesto y se inclina sobre mí, luego resopla. Sacudiendo la cabeza, se va de la habitación.

—Necesito una puta copa.

Espera, ¿qué? No estará huyendo, ¿verdad?

Lo sigo mientras sale de la biblioteca y se dirige a la misma habitación en la que estuvimos antes con la barra y la mesa de billar.

—Felix —trato de llamar su atención, pero sigue andando hasta que está en la barra.

—¿Por qué huyes? —pregunta Dylan, que viene justo detrás nuestra con Alistair.

Felix coge un vaso y lo llena de whisky, se lo bebe de un sorbo, y luego se toma otro.

—Échame uno a mí también —dice Alistair mientras se acerca a la barra.

—Felix… —murmuro.

Felix le acerca un vaso y se lo sirve, pero golpea la botella con tanta fuerza que doy un respingo.

—No hagas eso. —Aprieta los dientes—. No pronuncies mi nombre como si te perteneciera.

Sus ojos se encienden, ardiendo con más intensidad que la noche en la que torturó a Nathan. Y me corta la respiración.

—¿Igual que tú pronuncias el mío como si te perteneciera a ti? —replico—. Sigo siendo mía, incluso con el trato que tenemos.

Alistair toma rápidamente el vaso de la barra y bebe un sorbo.

—¿Es por eso por lo que les hiciste que mataran por ti? —pregunta Felix, su voz suena oscura y pesada.

—No nos lo pidió —interviene Dylan—. Esos cabrones nos interrumpieron cuando estaba desnuda.

—¡¿Desnuda?!

El vaso que sostiene en la mano se hace añicos. Los fragmentos se le incrustan en la piel, pero no parece inmutarse.

Las palabras le salen entre dientes.

—¿Te la has follado?

Dylan hace una mueca divertida.

—Bueno… pudo aguantar mucho más que a mí solo.

Los ojos abrasadores de Felix se posan en Alistair.

Alistair frunce el ceño y baja el vaso.

—Espera… ¿No lo sabías?

—Pero si le metiste ese plug —dice Dylan—. Creí que lo hiciste como regalo.

Me giro para mirarle, asqueada e intrigada a partes iguales de que me consideren una recompensa que puedes entregar a cualquiera.

—¿Un regalo?

—¡Eso era para mí, y solo para mí! —dice Felix, arremete furioso contra Dylan—. Serás hijo de puta, ¿te la has follado sin mí?

Agarra a Dylan por el cuello de la camisa y levanta un puño.

—Quítame las manos de encima —espeta Dylan.

—Has tocado algo que me pertenece.

¿Cómo?

—Nos pertenece a todos —responde Dylan—. ¡Esa es la puta gracia del acuerdo que tenemos con ella!

—Yo permití compartirla —dice Felix, su voz retumba por toda la habitación—. Eso no quiere decir que puedas ir y follártela cuando yo no esté.

¿Es esto… lo que creo que es?

—¿Qué cojones has hecho con ella? —pregunta Felix, amenazando con volver a golpearle.

—Felix, cálmate —dice Alistair.

Pero Felix lo ignora.

—¿Se la has metido por el coño? ¿Te gustó follártela cuando yo ni siquiera estaba allí?

Oh, Dios mío. Me quiere sola para él.

Dylan sonríe con suficiencia.

—¿Estás celoso?

Felix le da un puñetazo en la cara, y yo me llevo la mano a la boca.

—Oh, Dios mío.

—Que te follen —gruñe Felix, empujando a Dylan.

Joder, están peleándose por mí de verdad. Esto no debería estar pasando.

—Sí, bueno, que te follen a ti también —replica Dylan, y le escupe sangre en la cara—. No te la mereces.

—Chicos, no nos peleemos por esto —dice Alistair—. No creo que merezca la pena.

—Y aun así tú también te la has follado mientras no estaba cerca, ¿no? —responde Felix—. Tú eres parte del problema.

—La última vez que me fijé, todos éramos parte de este acuerdo, y ella nos quería a los dos —dice Alistair—. Es una pena que no te guste compartir. A mí sí.

Dylan resopla.

—Deberías haberle visto la cara cuando se corrió encima de mí y lamió el semen de Ali.

Todo el cuerpo se me calienta solo de pensarlo.

—Cállate —dice Felix en tono áspero, prácticamente echando fuego.

—Pero tú no estabas ahí —añade Dylan.

—Y, por lo visto, con razón —mete el dedo Alistair.

—Nosotros no somos el problema aquí —dice Dylan, clavando un dedo en el pecho de Felix—. Eres tú.

—Yo sí que te voy a dar un problema —gruñe Felix.

—Chicos —murmuro.

Pero no me prestan atención.

Dylan se limpia la sangre del labio.

—Dame una buena razón para no partirte la cara ahora mismo.

—¿Quieres ponerme a prueba? —se burla Felix mientras se cruje los nudillos.

—CHICOS. ¡PARAD! —Me cuelo entre los dos con los brazos abiertos y fulmino con la mirada a Felix—. Basta ya.

Por mucho que me guste ver a los tres peleándose por mí, esto no va a servir de nada.

Felix me mira durante un segundo y me planteo darle donde más le duele diciéndole lo fuerte que me corrí. Pero no voy a caer tan bajo.

—Acordamos que haría lo que me dijerais. Los tres. Y, a cambio, me ayudabais a encontrar a todos los responsables del sufrimiento de mi hermana. —Me trago el nudo que tengo en la garganta.

—Y yo cumplí mi parte —responde, acercándose—. Hasta que huiste.

—Fui a por las únicas personas que querían ayudarme —respondo.

Le lanza una mirada rápida a Dylan y a Alistair.

—Oye, no nos mires a nosotros. Tú fuiste quien la espantaste.

—¿Se os ha olvidado que puede que sea la responsable de la muerte de Eve? —dice, con una mueca—. Visteis ese puto mensaje. Sabéis lo del puto pacto de muerte que hizo con Eve.

Se acerca al armario y saca el diario que había perdido. Lo mantiene abierto en una página concreta en la que pegué una foto mía y de mi hermana como recuerdo.

La retira, arrancando el pegamento que la mantenía unida, dejando al descubierto solo una parte del texto que pegué dentro. El último mensaje que ella me envió.

Su último adiós.

Pero sus palabras están distorsionadas. Maltratadas por el pegamento que mantiene la foto unida.

He hecho todo lo que has pedido y más. Nunca va a ser suficiente, y me niego a seguir viviendo... rota. Partida en dos por una decisión que no me correspondía tomar.

Así que voy a ponerle fin ahora.

Esta hoguera, cerca de The Edge, será la última noche que pase en esta maldita universidad...

Se me llenan los ojos de lágrimas al ver de nuevo esas palabras.

—No sabes de lo que estás hablando.

—Lo has puesto tú en el diario, ¿no? —pregunta Felix—. Como un pedacito de verdad enterrado junto al resto de mentiras. Como el pacto de muerte que hiciste con tu hermana.

—Para —siseo.

—¿Es eso cierto? —pregunta Alistair mientras se acerca.

Por eso me han estado atormentando. Por eso Alistair y Dylan colgaron esos carteles. Por eso intentaron acorralarme en la escalera. Por eso me persiguieron hasta el bosque con esas máscaras escalofriantes.

Por eso Felix intentó romperme.

Sacudo la cabeza y rebusco en el bolsillo para sacar el teléfono y luego veo la cara de mi hermana. Dios, hace tanto tiempo que no la veo que me duele mirarla. Pero esto tiene que acabar ya.

Así que me doy la vuelta y les enseño a Dylan y a Alistair el mensaje real.

Hermana, no puedo seguir con esto. Por favor, no te enfades conmigo. He hecho todo lo que he podido y más. Nunca va a ser suficiente, y me niego a seguir viviendo… rota. Partida en dos por una decisión que no me correspondía tomar.

Así que voy a ponerle fin ahora.

Esta hoguera, cerca de The Edge, será la última noche que pase en esta maldita universidad.

Te quiero, hermana.

Y, hagas lo que hagas, nunca te involucres con esos chicos de la Skull & Serpent Society.

Besos, Eve.

Dylan me coge el teléfono y yo se lo dejo para que lo vea más de cerca.

—Oh… vaya.

Exacto.

—Déjame ver —dice Alistair, y le quita el móvil de las manos a Dylan—. Ay, madre. Felix… —musita.

Me giro para mirarle, pero solo me lanza una mirada indiferente, sacudiendo la mano ensangrentada como si no tuviera importancia para él.

—Te creíste una mentira —le digo a la cara—. Una mentira que tú mismo te convenciste de que era verdad.

38 Felix

Mierda.

Nunca me he arrepentido de nada en la vida.

Hasta hoy.

—Ella me contó que hicisteis un pacto —digo, intentando encontrarle sentido.

Dylan vuelve a quitarle el teléfono a Alistair y me lo pone en la cara.

—¿Te parece que sea culpable?

Su tono de voz fluctúa tanto que casi parece que esté tan enfadado como ella.

—Míralo —espeta Dylan—. Y dime que todavía crees que fue ella.

Aprieto los dientes y miro fijamente el mensaje.

—Eve le dijo a Pen que la quería —añade Dylan.

—Este mensaje… ¿Por esto me habéis hecho toda esta mierda? —musita Penelope.

De repente, Alistair le coge la mano y se inclina para susurrarle algo. No puedo oírlo, pero veo cómo mueve los labios y lo único que dice es:

—Lo siento.

Ella asiente y le aprieta la mano.

—Gracias.

Dylan me agarra la mano y me estampa el móvil.

—Que. Lo. Mires.

Y no puedo apartar la mirada del mensaje de texto que claramente se envió desde el teléfono de Eve al de Pen. Está cargado de emociones que me recuerdan a la chica que era antes de saltar.

Seria. Enfadada. Angustiada.

Todo por razones que nunca comprendí.

Y malinterpreté aquellas palabras como una acusación.

Como si culpara a su hermana de haberle destrozado la vida hasta el punto de querer acabar con todo.

Y cuando llegó a esta universidad, me propuse hacerla sufrir tanto como sufrió Eve, y todo por los motivos equivocados.

Porque Pen tenía razón.

No fue culpa suya.

Entreabro los labios.

—¿Sabes?, me lo podrías haber preguntado —dice, dilatando las fosas nasales—. En lugar de robarme ese diario, que es lo último que me dejó antes de que decidiera acabar con su vida.

Me duele escuchar su voz agitada.

Más que cualquiera de los cristales que tengo incrustados en la piel.

—Sabía que era mala idea pediros ayuda. —Hace una mueca.

—No —digo en voz baja, y dejo el teléfono sobre la barra.

—Sabíais que necesitaba a alguien retorcido y sin restricciones para dar con el responsable —dice—. Pero si los tres estáis empeñados en pelearos por mí por celos, entonces más vale que cancelemos nuestro acuerdo aquí y ahora.

—No —repito.

—Estás enfadado con ellos por hacer exactamente lo que dijisteis que haríais —responde—. Y estás enfadado conmigo porque te he demostrado que no mentía y que estabas equivocado.

—Penelope… —refunfuño—. No me hagas decir que no de nuevo.

—Entonces, ¿vas a hacer lo que se supone que debes hacer? —pregunta—. ¿O vas a seguir sin ser de fiar?

Vale, estoy a punto de joder todo esto, incluida ella.

Me acerco a ella, y Dylan trata de interponerse, pero Penelope levanta una mano para mantenerlo a raya. Con una sola mano ha conseguido controlarlo a él y a Alistair. Y me doy cuenta de que no le he dado el reconocimiento que se merece.

—Mírame.

Levanta tímidamente los ojos, delineados como los de un gato.

Le levanto la barbilla.

—Fui el primero en follarme ese coño a pelo.

Abre los labios, y respira con dificultad.

Bajo la mirada.

—Y mataría a cada hijo de puta de este campus que te pusiera un dedo encima.

Se le escapa un gemido de los labios, y cierra la boca de inmediato.

Pero lo he oído. Desde luego que lo he oído, joder.

Se parece mucho más a nosotros de lo que deja ver.

Una niñita perversa con deseos oscuros y retorcidos, igual que los nuestros.

Presiono con el pulgar sus labios morados, tirando de ellos hacia abajo mientras lo bajo lentamente, manchándole la barbilla de pintalabios.

—Eres mía, Penelope.

Dylan se coloca detrás de ella y le pone una mano en la cintura.

—Nuestra.

Abro las fosas nasales, lo que le hace sonreír.

—Un acuerdo es un acuerdo después de todo. —Dylan se inclina para besarle el cuello—. ¿Dónde está la diversión si no podemos compartir?

Le hunde los dientes en la piel y, me cago en la puta, el gemido que le provoca me hace querer sacarle las tripas como a un pescado.

Nunca he sentido esta posesividad con nada ni nadie, pero esta putita con carácter ha conseguido sacarla como si nada.

Joder.

—¿La deseas? —pregunta Dylan mientras le cuela las manos por debajo de la sudadera y le agarra las tetas a la vez que me mira con desesperación.

Aprieto la mandíbula mientras intento que se me baje la polla.

—Entonces dale lo que quiere —continúa—. Y puede ser todo tuyo.

—Felix… —Ella gime mientras le pellizca los pezones por debajo de la sudadera.

Y, me cago en la puta, lo único que quiero es arrancárselo todo y demostrarle que puedo hacerlo mejor que él.

¿Qué cojones ha hecho conmigo?

Mis rodillas ceden y me arrodillo ante ella.

—He sido un puto idiota —digo—. Pero nunca cuestiones mi lealtad.

Le arranco las mallas y las bragas de un tirón.

Intenta darme un manotazo, pero la agarro por la muñeca y la fuerzo a apartarse, mirándola a los ojos con una codicia que nunca antes había sentido. Y entierro mi cara en ese dulce coño.

Lo necesito, joder. Lo necesito más que a mi puto ego.

Lo deseo más que nada en este puto mundo ahora mismo, así que lo tomo, lo quiera ella o no.

—No te muevas —gruño mientras le lamo el clítoris hasta que está hinchado—. Me muero de hambre, así que deja que me coma mi puto coño.

Intenta zafarse de mi agarre, pero le sujeto la muñeca con más fuerza mientras con la otra mano le agarro el culo y la acerco más a mí.

—Parece que la has echado de menos —dice Dylan.

—Cierra el pico —le gruño mientras muevo la lengua de un lado a otro y él juega con sus tetas desde atrás.

Ella rechina los dientes.

—Saca tu puta leng…

—¿Qué? ¿De aquí? —Recorro su hendidura con la lengua y ella contiene el aliento.

—No lo hagas —sisea.

—¿O si no qué? —respondo, y le acaricio con la lengua sus partes más sensibles. No lo suficientemente cerca como para llegar a ese punto, pero sí lo bastante como para que ella quiera acercarse—. ¿Vas a intentar darme otro bofetón?

—No voy a perdonarte —gruñe.

—No necesito perdón… —respondo—. Necesito piedad. Porque no puedo parar, joder. Y no pienso hacerlo.

Le clavo los dedos en el culo, la respiración se le acelera cuando me acerco a sus estrechos agujeros. Noto el duro diamante rozando mi mano. Pensé que se quitaría el plug después de salir corriendo como una loca, pero se lo dejó puesto, a pesar de que ya no confiaba en mí. Incluso cuando revelé mis verdaderas intenciones, seguía muy comprometida con el trato, demasiado asustada para decirme que no por miedo a lo que pudiera hacer.

Y eso… eso me pone mucho.

—Dios, me enciendes como nadie —gimo contra su piel.

Me agarra el pelo con las manos, y me invita a lamer más fuerte y más rápido. Cada vez más, su sabor es tan jodidamente adictivo que no me canso.

De repente, Dylan le saca la sudadera por la cabeza y le agarra ambos pezones, los retuerce hasta que grita.

—Eso es. Grita nuestros nombres, putita —digo con un gruñido.

—¡Dylan! —jadea—. Oh, Dios, sí.

Joder, esa es la palabra que estaba buscando: sí. Por fin lo admite.

—Deseas esto tanto como nosotros —le susurro contra los labios del coño, y le rodeo el clítoris hinchado hasta que le empiezan a temblar las piernas.

—Y… Yo…

Le azoto el culo. Fuerte.

—Ni se te ocurra negarlo.

—Pero solo hago esto para que…

¡ZAS!

Dylan le da un manotazo en la teta que la hace gemir fuerte.

—No te atrevas, Penelope.

—Pero el acuerdo —murmura, y mira por encima de su hombro a Alistair, quien se está masturbando por encima de la tela de los vaqueros solo con vernos.

Sucio hijo de puta.

—Te ayudaremos, joder… —le gruñe Dylan—. Pero primero me haré el favor a mí mismo.

Cuando escucho el sonido de una cremallera bajándose, me detengo y lo fulmino con la mirada.

—No.

Él frunce el ceño.

—¿Qué? Vamos a hacerlo, ¿no?

Me levanto y me relamo los labios, el sabor de su humedad es demasiado delicioso como para desaprovecharlo.

—Yo le puse ese puto plug, y voy a ser el que se lo quite. —La agarro de los muslos y la arrastro hacia mí—. Y mi polla será la primera que se la folle por ahí.

—¿Qué? —jadea ella.

Pero antes de que pueda decir ni una sola palabra más, la cargo en mis brazos y la llevo hasta la mesa de billar.

—Alistair, debajo de ella —espeta Dylan.

—Joder, sí —murmura Alistair, y se deja caer sobre la mesa antes de que me dé tiempo a decir nada.

—Más vale que valga la pena —les gruño.

—Si nos la vamos a follar, hay que hacerlo bien —replica Dylan, y agarra la botella de whisky, le da un largo trago antes de colocarla en el borde de la mesa.

Coloco a Penelope encima de Alistair, boca abajo, luego termino de romperle lo que queda de las mallas, le quito los zapatos y lo lanzo todo a una esquina.

—Espera, ¿qué estás haciendo? —pregunta, echándome un vistazo por encima de sus hombros.

Mientras cojo un poco de lubricante, Dylan le agarra la cara y la besa, y, joder, odio verlo, pero tengo que recordarme a mí mismo que esto es lo que acordamos. Alistair se saca la polla y se la frota por todo el cuerpo. No me importa una mierda lo que haga. Lo único que me importa es que ella se corra una y otra vez hasta que se desmaye de tanto orgasmo.

Cuando apoya las manos en la mesa de billar e intenta levantarse, Dylan saca el mechero y se lo pone en el cuello.

—Ni lo pienses, Pen. Ahora eres nuestra.

El miedo titila en sus ojos, pero cuando le recorro la hendidura con un dedo, noto que se moja más y más.

Le gusta estar asustada.

La emoción de las amenazas.

Y nada en este mundo es más embriagador que una chica que sabe cómo gritar.

—Te la voy a meter por el puto culo, Pen, y te va a doler —gruño—. Pero vas a disfrutar cada centímetro de mi polla dentro de ti.

Me subo a la mesa de billar y me coloco detrás de ella. Le abro las nalgas, Dylan le levanta la barbilla y la besa en los labios, y una punzada de celos me atraviesa como una daga, pero la ignoro.

—Alistair, fóllale el coño. Recuérdale a quiénes pertenece —dice Dylan, con una sonrisa.

Le lanzo una mirada fulminante, pero él me desafía con una mirada igual de posesiva por encima de su hombro, y casi me dan ganas de lanzarme contra él directamente desde el otro lado de esta mesa de billar.

Pero tengo su culo preparado para mí, y no voy a perderla de vista otra vez sabiendo que podría escaparse en cualquier momento.

Le saco el plug, y ella chilla.

—Joder, eso ha sido rápido.

Le presiono el culo con el pulgar cubierto de lubricante.

—Cuando acabe contigo, le suplicarás a Dios que se apiade de ti.

El miedo en sus ojos hace que la polla se me tense dentro de los pantalones.

Me la saco, con las venas marcadas cuando me acerco a su agujero. Alistair le mete la polla con facilidad y me dan ganas de estamparle la botella de whisky en el ojo.

En lugar de eso, me clavo en su culo, y la reclamo como debí hacer antes de que se fuera con ellos. Pero no voy a dejar que se la queden. La recuperaré y la haré mía para siempre.

Penelope

Me asalta una oleada de lujuria que se apodera de mi cuerpo mientras Felix me penetra por el culo y Alistair por el coño, y me siento tan apretada y llena que apenas puedo soportarlo. Cada borde de sus cuerpos me aprieta por dentro, y los piercings de Felix añaden tanta presión que quiero gemir. Pero, en cuanto abro la boca, Dylan me penetra, sofocando mis gemidos.

—Eso es, Pen. Trágatela hondo como una buena chica, joder —gime, entrando y saliendo de mi boca como si le perteneciera.

Los tres me toman a la vez, como en mis malditos sueños más depravados de los que nunca me atreví a hablar en voz alta. Pero es real y sucio y tan jodidamente excitante que me quiero morir.

—Qué apretada estás, joder —gruñe Felix, entrando y saliendo de mí—. ¿Cuántas veces han usado este maldito culo, Pen?

Ni siquiera puedo responder porque Dylan me está destrozando la garganta.

Cuando la saca, aspiro profundamente.

—Nunca —contesto deprisa, porque sé que no tendré mucho tiempo.

Dylan me abofetea la cara y me restriega la saliva por todas partes.

—No mientas, puta.

—Es verdad, lo juro —replico—. Nunca he…

—Entonces este culo me pertenece —gruñe Felix, y me embiste tan fuerte que veo las estrellas.

—Serás hijo de puta posesivo —responde Dylan, antes de volver a metérmela de un empellón en la boca.

Siento a los dos chocando dentro de mí, empujando y apartándose el uno al otro del camino para tomar el control, follándome el coño y el culo hasta que no puedo diferenciar dónde está cada uno.

Y se me hace la boca agua.

—Eso es, déjalo bien mojado, Pen. Babéalo todo como la puta que eres —gruñe Dylan.

Santo cielo, ¿podría ser esto más guarro?

Gimo cuando Alistair empieza a succionar mis pezones y llega a ese dulce punto.

—Sí, llénate con sus putas pollas hasta el fondo —dice Dylan—. Córrete sobre ellos como la buena zorra que eres.

Me cago en la puta. Es demasiado.

Estallo sobre el miembro de Alistair; las palabras de Dylan y las embestidas de Felix son demasiado para mí. Y gimo cuando Dylan se retira brevemente, pero suena más como un grito ahogado.

Felix gime conmigo.

—Eres una putita enferma y retorcida, ¿a que sí? —Me agarra un puñado de pelo y se introduce lentamente, luego sale—. Eres… —EMBESTIDA—. Simplemente… —EMBESTIDA—. Perfecta.

Ni siquiera puedo recuperar el aliento después del orgasmo cuando Alistair vuelve a penetrarme.

Dylan esparce mi saliva por toda su longitud y yo abro la boca con impaciencia.

No debería estar tan necesitada ni tan cachonda, pero no puedo contenerme.

Aunque estos desgraciados sean unos monstruos.

Ahora son mis monstruos.

Y yo soy la única que puede controlar esos deseos perversos que se agolpan en su interior mientras los liberan todos sobre mí.

La saliva y el líquido preseminal me cubren la cara mientras me penetran por todos los agujeros tres de los tíos más jodidos que he conocido nunca. Y con la boca de Alistair desbocada sobre mis pezones, todos mis sentidos se disparan.

Uno de ellos empieza a rugir de excitación, y yo también gimo. Felix estalla dentro de mí y, poco después, Alistair también. Siento cómo ambos palpitan en mi interior y me llenan hasta los topes, y los ojos se me ponen en blanco.

—Eso es, Pen, tómalo entero —gruñe Dylan, y él también se entierra hasta la empuñadura dentro de mi boca hasta que su semilla sale a chorros.

Me cuesta tragármelo todo mientras no deja de salir más y más.

—J… Joder —gruñe mientras se me enrojecen los ojos por la presión que siento dentro de mí—. Trágatelo todo como la guarra que eres.

Dios, debería odiar que me hable así. Despreciarlo, detestarlo.

Sin embargo, siento que el clítoris me palpita.

Salvajemente.

Mi lengua lucha contra la longitud de Dylan, pero aun así consigo empujarlo todo hasta el fondo de mi garganta y tragármelo.

Finalmente, se aparta y yo jadeo y aspiro. Por detrás, noto cómo la polla de Alistair sale lentamente de mí mientras Felix la saca, todavía dura.

—Dios, eso ha sido intenso… —murmuro, completamente extasiada.

Dylan me escupe en la cara y me lo frota por todas partes.

—No hemos acabado todavía.

¡ZAS!

Grito cuando la mano de Felix me deja un cosquilleo en el culo.

La voz de Felix se oscurece.

—Siguiente ronda.

39 Dylan

Alistair y yo le damos la vuelta sin esfuerzo para que su culo apunte hacia mí y, me cago en la puta, verlo cubierto de semen es otro rollo.

Agarro la botella de whisky y me bebo las últimas gotas de un trago, celebrando encantado la perversión que se está desatando. Y, sin pensárselo dos veces, Alistair se lanza a su coño como si su único propósito en la vida fuera comérselo entero.

—Cómeselo hasta que acabe gritando —digo, y le separo las nalgas y le meto mi polla semidura en el culo.

Ella grita de placer mientras alternamos lamidas y embestidas, volviéndola loca.

Podía verlo en sus ojos antes de metérsela en la boca… Le encanta que la usen, que le peguen, que la asfixien y la ensucien. Como si nunca hubiera aceptado lo jodida que está en realidad hasta que nos conoció.

Y, me cago en la puta, tener a una chica a la que le encanta que la humillen y la observen es lo mejor del puto mundo.

—Te gusta, ¿verdad? —le digo mientras le azoto el culo.

Ella gime de placer cuando la lengua de Alistair gira alrededor de su clítoris.

Su culo se siente igual de increíble que su coño cuando me la follé en las aguas termales, pero ver cómo Alistair la lame es otro nivel completamente diferente.

—Abre esa boquita sucia para mí, Pen —le dice Felix con voz grave, empujando con la punta de la polla contra sus labios—. Muéstrame lo hambrienta que estás.

Ella separa los labios tal como le ha pedido, y la embiste de un empujón sin remordimientos.

La forma en que se la folla me excita, y bombeo en su culo con la misma fuerza con la que él lo hace en su boca, sin parar ni un momento.

—Te has corrido dentro de ella, ¿no? —le gruño a Ali, cuyos ojos se posan en mi polla mientras se la hundo en el culo—. Pues límpiala.

La lame con avidez, chupándola y trazando círculos, mojándola bien. Ella gime de placer, prácticamente rebotando contra mí. Y sé que está disfrutando tanto como yo.

—Trágatela —gruñe Felix—. Trágatela como una buena putita.

Ella gorgotea con cada embestida de Felix, que le llena la boca con su tamaño. No se tira a muchas, pero, cuando lo hace, es para destrozarlas.

Y a mí me flipa verlo en acción.

—Para —me gruñe—. No necesito que me mires.

—Está bien. —Elevo las cejas—. Tengo algo mucho más apetecible a lo que mirar de todas formas. —Y dejo que mi mirada viaje hasta la lengua que lame los jugos de Pen.

—Abre la boca, semental —gruño.

Y me deja que se la meta a él también.

Desliza los dedos por su coño mientras su lengua se concentra en mi polla, y no puedo evitar enterrarme hasta la puta base.

—J… Joder —gruño—. Lo he echado de menos.

Cuando la saco un segundo para que respire, dice:

—Yo también.

Y sé que me ha estado esperando durante años.

Pero necesito mi chute, y él lo sabe.

Chicas, chicos, me da igual. Si tiene un agujero, estoy dentro, mientras consiga lo que necesito de ellos.

Pero Ali sabía que él siempre era lo primero, y yo sabía que él siempre estaba ahí cuando yo me ahogaba en mis propios deseos.

Hasta que apareció ella. Cada vez que la veía, se me ponía dura solo de pensar en enterrarme dentro de ella. Supe en el momento en que la conocí que necesitaba tenerla, incluso cuando él me deseaba con la misma intensidad.

Y tengo que admitir… que los celos le sentaban bien.

Pero no me gustan ese tipo de juegos.

Yo simplemente follo.

Y ahora mismo, necesito que se calle y haga lo que le digo.

—No hables, joder —digo—. Lame. —Y saca la lengua—. Buen chico.

Penelope

Felix me agarra de la barbilla y me obliga a mirarle.

—Mírame a mí.

Esos ojos intensos color avellana me ponen muy difícil mirar a otro lado.

Siento cada centímetro de su longitud en la garganta, cubierta de saliva y líquido preseminal. Cada vez que toca el fondo, casi que me pongo bizca.

—Eso es, atragántate con ella —gruñe mientras respiro entrecortadamente y toso.

La mezcla salada de él y de Dylan es embriagadora. De repente, la lengua de Alistair vuelve a rodar alrededor de mi clítoris. Y, Dios, apenas puedo contenerme mientras Alistair me lame como si no hubiera probado nada más sabroso en su vida.

—Joder, sí, lámenos enteros a los dos. —Dylan gime, metiéndose entre nosotros.

Gimo en voz alta de puro placer, y Dylan suelta una carcajada perversa.

—Qué cachonda estás, joder… Yo le daré a tu coño algo por lo que correrse.

Ahogo un grito cuando agarra la botella de whisky que está encima de la mesa de billar y yo me separo de Felix.

—¿Qué estás…?

Me la mete dentro y chillo por el frío.

—Eso es. Grita, puta, grita —dice Dylan.

—No te he dicho que pares —gruñe Felix mientras me agarra del pelo y me lleva la boca de nuevo hasta su punta.

Dios santo, esto está muy mal y aun así estoy empapada cuando Dylan mete y saca la botella. Es peligrosísimo y sé que no debería hacerlo, pero tampoco puedo parar.

Aunque me dije a mí misma que solo lo hacía por mi hermana, que odiaba a Felix por atreverse siquiera a sugerir que yo era la causante de su sufrimiento, poco a poco me estoy volviendo adicta a cada cosa perversa y retorcida que hacen. Así que apago mi cerebro y me concentro en el éxtasis puro que hay entre nosotros. Y cuando Felix empuja hasta la base, se me ponen los ojos en blanco.

—Joder, voy a correrme otra vez, y vas a tragártelo todo —gruñe, y me embiste tan fuerte que casi pierdo el control.

Porque, por alguna razón, cada embestida, cada gemido, hace que el coño me palpite.

Y esta botella de cristal, a pesar de ser peligrosísima, aviva el fuego que me arde en mi cuerpo.

—Oh, Dios —mascullo entre embestidas.

De repente, Dylan gime, estalla por todo mi cuerpo, y Alistair enseguida traza círculos sobre mi clítoris, provocando otra oleada de tsunami orgásmico. Gimo a gritos con Felix dentro de mí mientras mi coño se contrae alrededor de la botella.

—Vamos, joder, se ha corrido con la puta botella —dice Dylan, riéndose como un demonio—. Lámelo todo, Ali.

Me saca la botella y me hace jadear.

Felix aúlla y se entierra en mi garganta, agarrándome del pelo mientras me empuja tan al límite que veo las estrellas. Siento cómo combustiona dentro de mí, su polla palpita, su semen se desliza tan adentro que ya no hay marcha atrás.

Y lo único que puedo pensar es… ¿Cómo lo hacen?

¿De dónde sacan tanta energía para seguir, una y otra vez?

Felix saca la polla medio dura y me pone la mano en la boca.

—Trágatelo todo. —No la quita hasta que no he hecho lo que me ha ordenado, luego se inclina y me susurra al oído:

—Bien, pequeña Penelope.

Y, joder, eso hace que se me estremezca el coño literalmente.

De repente, la puerta del fondo se abre de un tirón, y decir que estoy sorprendida es quedarse corta. Estoy aquí plantada, completamente desnuda, con todo al aire, y este cabrón entra como si nada.

Dylan, Felix y Alistair se quedan quietos, como si el tiempo se hubiera congelado.

—Bueno, esto se pone interesante —dice Dylan.

—Más te vale tener una buena razón para interrumpirnos, Foley —gruñe Felix mientras se la guarda en los pantalones.

Los ojos de este tal Foley se cruzan brevemente con los míos y parpadea cuando me ve las tetas. Inmediatamente dirige la mirada hacia Felix.

—Me dijiste que viniera en cuanto el decano anunciara algo —dice el chico—. Bueno, pues es mucho mucho peor.

—¡Pues suéltalo entonces! —le gruñe Dylan, y también se la guarda en los pantalones y se sube la cremallera—. Si es tan importante como para arruinar nuestra sesión de sexo, desembucha de una vez.

El chico traga saliva mientras se agarra a la puerta con firmeza.

—Han encontrado un cadáver. Van a cerrar la universidad.

La botella de whisky se estampa contra el suelo.

40 Felix

Me subo la cremallera y me dirijo directamente hacia la puerta de la sala de billar con Dylan y Alistair apenas pisándome los talones después de acicalarse.

—¿Felix? —me llama Penelope mientras se baja a gatas de la mesa de billar y se pone la ropa. Odio tener que ignorarla, pero ahora mismo tengo problemas más gordos.

—¿Qué estás haciendo? —me dice Dylan—. Felix, ¿dónde vas?

—A hablar con tu puto padre —respondo, y empujo a Jason Foley al pasar.

—Espera, espera. —Dylan corre para colocarse delante de mí y bloquearme la salida—. No puedes irrumpir en su despacho así como así.

—Ya lo verás —digo con los dientes apretados.

—¿Por qué? ¿Qué crees que puedes conseguir?

—Evitar que involucre a la policía —digo—. Ali, Dylan, venís conmigo.

—Espera, ¿qué? —Ali frunce el ceño—. Ni de coña, no voy a ir allí cuando…

Lo agarro por el cuello de la camiseta.

—Habéis sido vosotros los que nos habéis metido en esta mierda. Ahora vais a sacarnos de esta.

—Oye, yo solo seguía sus órdenes. —Ali señala a Dylan, quien da golpecitos con el pie y suspira.

—Gracias, imbécil —dice Dylan.

Ali se encoge de hombros.

—¿Qué? Es la verdad.

—Me importa una mierda quién lo hizo. —Le empujo—. Pero necesito que esto pare. De inmediato. —Empujo un dedo contra el pecho de Dylan—. Ahora vais a decirme exactamente qué le hicisteis a ese cabrón.

—Lo clavamos al suelo —dice Dylan en voz baja, y su expresión se oscurece—. Y lo quemamos.

Penelope se aleja de la mesa de billar y nos observa pelear; solo de verla, aprieto los dientes.

—¿Ella estaba allí?

—Nos ayudó a hacerlo —dice Dylan.

Se me espesa la sangre de rabia.

—¿Y luego qué?

—Pues lo enterramos —responde Alistair—. Después de que Pen se marchara.

—Al parecer, no lo suficientemente hondo —dice Dylan, encogiéndose de hombros como si no fuera para tanto.

—¿Y qué hay del otro? —Chasqueo los dedos—. ¿El tío al que le distéis una paliza?

Alistair abre mucho los ojos.

—No lo sé. Lo dejamos allí.

—No se movía —añade Dylan.

Lo agarro del cuello de la camiseta y le escupo la rabia en la cara:

—¡Serás idiota! Uno de esos desgraciados podría seguir vivo, ¿y ni siquiera te molestaste en decírmelo?

—Cálmate de una puta vez, tío. Estaba sangrando por un oído cuando nos fuimos. No creía que fuera a sobrevivir —dice Dylan con los dientes apretados, me agarra las manos y las aparta de su cuerpo—. Y si querías opinar, quizá deberías haber estado allí.

Se me hinchan las fosas nasales cuando pienso en darle un puñetazo en el estómago.

Pero algo en los ojos de Penelope me impide hacerlo.

—Venid conmigo —espeto mientras me doy la vuelta para salir de la Skull & Serpent Society—. Los dos.

—Yo también voy —comenta Pen.

—Quédate en casa —le gruño.

—Los cojones. Si van a interrogar gente, necesito estar presente.

Me giro para encararla.

—¿Para qué? ¿Vas a chivarte?

Ella se cruza de brazos.

—Para que podamos hacer coincidir nuestras versiones y asegurarnos de que ninguno de nosotros suelte más información de la cuenta. —Ladea la cabeza—. Yo estaba allí también, por si se te ha olvidado.

Joder, casi me olvido de eso.

Si la vieron allí, también estará implicada, y la gente empezará a hacer preguntas. Y no sé si es capaz de soportarlo.

—¿Alguien más os vio con esos dos tipos? —pregunto.

Dylan bufa.

—Oh, mucha gente. Pero la mayoría salieron corriendo cuando empezó la pelea.

Pongo los ojos en blanco y me golpeo la frente con la mano.

—¿Podríais haber sido menos cuidadosos?

—¿Cómo? —Dylan resopla—. ¿Qué se supone que debía hacer? ¿Dejar que se fueran como si nada después de decirme a la cara que pretendían joder a Penelope?

Mierda. Solo de pensarlo me dan ganas de arrancar el puto rifle de decoración que hay en la pared y cazar a cada hijo de puta que se atreviera a ponerle un dedo encima a cualquiera de ellos.

—Vamos —gruño.

Varios coches de policía entran en la propiedad y la escuela cierra las verjas. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan inquieto.

Todo el mundo mira a los coches de policía aparcados en el recinto escolar, lo cual llama mucho la atención y levanta cotilleos.

Más allá de las verjas, varias ambulancias y un forense están aparcados cerca del bosque Priory. Todos los estudiantes se agolpan cerca de las rejas para ver cómo se desarrolla la escena, y nosotros corremos hacia la parte de delante, empujando a la mayoría de los estudiantes hasta que por fin podemos ver lo que está pasando.

—Oh, oh —murmura Dylan.

Suben una bolsa para cadáveres a una camilla.

Varios estudiantes emiten un grito de sorpresa.

—Mierda —dice Alistair, aspirando aire profundamente—. Demasiado tarde.

Una chica con un moño rizado y las tetas rebotando empuja a la gente mientras avanza a toda prisa hacia Penelope y la agarra del brazo.

—Pen, ¿lo has oído? Han encontrado un cuerpo en los terrenos de la universidad —dice, pero cuando sus ojos se desplazan para cruzarse con los míos, por fin se da cuenta de con quién está—. Oh…

Pen me lanza una mirada rápida antes de centrarse en la chica.

—Hay una ambulancia levantándolo. —Señala a las verjas, y Kayla sigue su dedo con los ojos.

Se queda pálida.

—Joder, así que es cierto.

Las dos miran fijamente el cuerpo mientras lo llevan al vehículo.

—¿Quién es? —pregunto, entrecerrando los ojos.

—Kayla —contesta con desdén—. Mi amiga.

Lo dice como si estuviera a punto de cortar a la chica en tiras.

—¿En serio estás con ellos? Pensé que dijiste que solo era cosa de una vez —susurra Kayla, pero puedo escucharla—. He oído algunos rumores sobre una pelea en el bosque entre… ellos. —Mira a Dylan—. Y que tú estabas también.

A Penelope se le pone toda la cara roja, y Kayla se da cuenta también. Agarra a Pen del brazo y la arrastra lejos de la multitud, así que yo las sigo.

—¿Así que estabas allí? ¿Viste la pelea? —Se lleva la mano a la boca—. Ay, Dios mío, dime que no estás involucrada. Te dije que eran peligrosos.

Me cuelo entre ellas, irguiéndome sobre la chica.

—Ya basta.

Los ojos de Kayla pasan entre los míos y los de Penelope, pero no se achanta.

—Si me pones un solo dedo encima, voy a largar de vosotros como si no hubiera un mañana. —Agarra a Penelope de la mano por detrás de mí—. Y me aseguraré de protegerla de gente como tú.

Le echa pelotas, eso seguro.

Dylan bufa.

—Eres muy mona pensando que esas amenazas funcionan con nosotros.

Me inclino hacia delante.

—Ni siquiera necesito ponerte un solo dedo encima.

Chasqueo los dedos.

—Kay, te quiero, pero… —Penelope suelta a Kayla rápidamente y da un paso atrás—. Es más seguro si voy con ellos.

Ella frunce el ceño.

—¿Con esos enfermos? ¿Seguro?

—Ella quiere estar con nosotros. Igual que eligió ser nuestro juguete —añado con una sonrisita—. Así que voy a darte un puto segundo para darte la vuelta y marcharte.

La expresión de Kayla se vuelve aún más horrorizada.

—¿O qué?

—Largo —gruño, bajo la mano lentamente hasta el bolsillo donde guardo mi navaja, pero sus ojos me siguen—. Antes de que cambie de idea.

Todo su cuerpo se estremece, y de pronto sale corriendo hacia su hermandad, pero no sin volver a mirar a Pen.

—¡Lo siento, Kay! —le grita Pen—. No tenías por qué ser tan gilipollas. —Me da un puñetazo tan fuerte en el costado que casi me tiemblan las rodillas—. Es mi amiga, joder, y no voy a perderla por vuestra posesividad.

—Era una amenaza, y yo me he deshecho de ella —siseo, agarrándola de la capucha—. Corta la relación con ella.

—Por encima de mi cadáver.

—Es un lastre, sabe demasiado —gruño.

—Me importa una mierda. —Se cruza de brazos a pesar de tenerla agarrada con fuerza por la ropa—. Confío en ella.

Aprieto lo dientes e intento concentrarme, pero lo único que veo son esos labios carnosos rogándome que le enseñe quién pone las putas reglas.

Y hay algo en eso que me enfurece irracionalmente.

¿Por qué cojones me importa tanto?

—Confías demasiado a la ligera —replico.

—Confié en ti —dice, pillándome momentáneamente desprevenido.

¿Ella… confiaba en mí?

¿Y yo rompí esa confianza al dudar de ella?

Abro las fosas nasales.

—Y mira a dónde te ha llevado.

—Felix Rivera. —Una voz severa me hace levantar la vista—. Suelta a esa chica.

Dean Caruso se acerca hacia la multitud y no parece hacerle la menor gracia.

Cuando vuelvo a dejar a Pen en el suelo, todo su cuerpo empieza a tensarse, e incluso la adrenalina me inunda las venas. Pero lo peor es que ahora todo el mundo nos está mirando.

Dean Caruso nos fulmina a los tres.

—Conmigo.

—¿Quién? ¿Él? —Dylan me señala como si yo fuera el culpable del asesinato.

Su padre gruñe:

—Todos vosotros.

Suspirando, miro a los chicos antes de seguirle al interior.

—Pero todavía no nos hemos puesto de acuerdo con las versiones —dice Dylan.

Le doy un codazo en el costado y le gruño en un susurro:

—Cállate. Nos están escuchando.

Todo el mundo nos mira por las razones equivocadas mientras caminamos hacia el edificio grande del fondo y entramos, bajo la atenta mirada de todos.

—¿Qué va a pasar? ¿Nos van a expulsar? —pregunta Pen.

Cuando la miro por encima del hombro, Ali entrelaza la mano con la suya, y me hace querer sacar la daga del bolsillo y lanzársela justo al corazón.

Joder. ¿Desde cuándo me he vuelto tan posesivo que no puedo ni ver cómo le dan la mano? ¿Me he vuelto loco?

Me lo quito de la cabeza mientras el decano nos acompaña escaleras arriba hasta el último piso del edificio. Por el camino, una multitud de estudiantes nos mira y cotillea de forma descarada, sin miedo a hablar de nosotros en público. Antes todos sabían que éramos peligrosos. Pero nadie esperaba que la policía se metiera en esto.

Un rostro conocido con una sonrisa burlona en el último peldaño de la escalera me hace detenerme y mirar fijamente.

—Nathan… —Siento como si mi cuerpo estuviera a punto de explotar—. ¿Esto es cosa tuya?

—Yo no he hecho nada. Aunque lo voy a disfrutar —contesta Nathan, sonriendo tanto que parece que va drogado.

Pienso terminar con la vida de este hijo de puta.

De inmediato voy a por mi cuchillo, pero Dylan me agarra del brazo y me detiene a mitad de camino.

—No lo hagas.

—Hazle caso a tu colega, Felix —escupe Nathan—. O esto se pondrá mucho más feo.

—Nada será más feo que el muñón ese que tienes por dedo —replico, y ladeo la cabeza cuando la rabia le cruza la cara—. Supongo que mi serpiente Nessie disfrutará de una comida muy sabrosa pronto.

Se le dilatan las pupilas, se abalanza sobre mí y me da un puñetazo en la cara.

El padre de Dylan gruñe:

—¡Oye! ¡Suéltalo!

Un policía que estaba cerca de las escaleras salta y nos separa, y apunta a Nathan con la pistola.

—¡Atrás!

Nathan se queda con el puño en alto a punto de soltar otro golpe y fulmina con la mirada al poli antes de bajarlo.

Y no puedo evitar sonreír.

Él sisea:

—Serás hijo de p…

—Ni una palabra más —exclama el padre de Dylan, que asiente al agente de policía—. Acompáñalo a la salida, por favor. No quiero más peleas en las instalaciones de la universidad.

El policía agarra a Nathan del brazo y lo empuja para que baje las escaleras, obligándole a que rompa el contacto visual.

Sé que ese cabrón me odia por lo que le hice, pero se lo merecía después de amenazar a Penelope, y posiblemente incluso hacer daño a Eve.

Y disfruto atormentando cada centímetro de su alma.

Si ha sido él quien nos ha delatado al decano para ajustar cuentas, me aseguraré de que lo pague.

Estamos solos con el padre de Dylan, que se vuelve hacia nosotros de golpe, como un toro a punto de embestir.

—Ya podéis darme un buen motivo para no echaros ahora mismo de esta universidad, panda de hijos de puta.

—Eh… —murmura Dylan—. ¿Porque soy tu hijo, quizá?

Fulmina a su hijo con la mirada antes de decirnos a todos:

—A mi despacho. Ahora.

—Espere, ¿yo también? —pregunta Penelope.

Él la mira con los ojos entrecerrados.

—Todos vosotros.

Le seguimos escaleras arriba y entramos en su despacho, pero en cuanto la puerta se cierra, Alistair pierde prácticamente todo el color de la cara.

Porque al lado de la silla del decano está el jefe de policía a cargo de toda la ciudad, así como de esta universidad. Y Alistair se limita a murmurar:

—Hola, papá.

41 Alistair

Mirar a los ojos a mi padre después de cometer un asesinato era la última cosa que me apetecía hacer, pero aquí estamos.

—Espera… ¿Ese es tu padre? —susurra Penelope detrás de mí—. ¿Cómo se llama?

—Diego King —respondo, pero solo me puedo concentrar en mi padre, que está ahí de pie como si quisiera borrar mi nombre de su testamento.

—Papá, no sé qué…

—Siéntate. Ya —me interrumpe, y desliza dos sillas más en nuestra dirección—. Sentaos todos.

—¿Qué está pasando? —pregunta Penelope mientras se sienta en una de las sillas.

Dylan agarra una de las que están frente al escritorio y pone los pies encima.

—Bueno, esto va a estar interesante.

Dean Caruso golpea el escritorio con el puño, haciendo que se le caigan los pies.

—¿Cuántas putas veces voy a tener que pedirte que te comportes?

Felix coge la silla que hay junto a Dylan y se sienta en ella con las piernas abiertas mientras yo cojo la que ha arrimado mi padre y me siento junto a Penelope, ignorando su mirada ardiente.

—Sois todos una puta decepción —murmura el padre de Dylan mientras se sienta tras su escritorio y agarra la madera como si tuviera que partirla en dos para demostrar algo—. Sabía que estabais metidos en asuntos turbios: drogas, alcohol y acostándoos con chicas…

—¿Chicas? —Dylan eleva las cejas, y nos miramos brevemente a los ojos.

—¿Pero matar a alguien en los terrenos de la universidad? —continúa Dean Caruso, ignorando a Dylan.

—¿Nos está acusando de algo?

—Sé que fuisteis vosotros tres. Ni se os ocurra negarlo —dice Dean Caruso—. No hay nadie en esta universidad tan hecho polvo como vosotros. —Se aclara la garganta—. Y lo sé porque uno de vosotros es vástago mío.

¿Por qué lo dice como si Dylan fuese una basura? Solo veo a un tipo que tiene deseos incontrolables, y al que a veces se le cruzan los cables.

—Oye, yo no veo ninguna prueba —replica Dylan.

—Hemos encontrado el puto cuerpo —dice mi padre con los dientes apretados—. No actuéis como si no lo supierais. He visto cómo mirabais la ambulancia.

Dylan se encoge de hombros.

—¿Qué es lo que ha pasado?

—Lo quemaron por completo —responde mi padre.

—Interesante. —Dylan nos mira brevemente a Penelope y a mí.

—Pero tú eso ya lo sabes dado que fuiste tú el que le prendió fuego —dice Dean Caruso.

Dylan enarca una ceja.

—De nuevo: ¿dónde están las pruebas?

Mi padre se adelanta dando pisotones y coloca un montón de papeles con fotografías por todo el escritorio.

—Esto. Esto es lo que habéis hecho vosotros dos.

Maldita sea. Josh tiene peor pinta de lo que recordaba.

—No me suena —dice Dylan.

—Deja que yo haga que te suene —gruñe mi padre—. Había una fiesta en el bosque cerca de las aguas termales, y la gente os vio discutiendo con unos chicos de la Phantom. —Nos señala a Dylan y a mí.

—¿Qué? ¿Por qué os creeríais a unos cualquiera? —replico, tratando de suavizar la situación—. Yo estaba estudiando.

Bueno, es la verdad… a medias.

—¿Entonces qué hago yo aquí?

—Porque eres el cabecilla, y sé que siempre estás metido en el ajo incluso cuando no estás presente —responde Dean Caruso.

Felix hace una mueca.

—Esto no es ni remotamente legal.

—Matar a alguien tampoco lo es, así que aquí estamos —añade.

Felix se pone de pie.

—No hemos hecho una mierda.

—Siéntate. Ahora —espeta Dean Caruso, su voz suena grave y tiene los ojos entornados mientras trata de someter a Felix.

Y, me cago en la puta, esto está a punto de convertirse en una pelea en la mismísima oficina del decano.

—Es verdad —dice Penelope de repente.

Mi rostro se vuelve de piedra cuando centro mi mirada en ella, al darme cuenta de lo que acaba de hacer. Y no soy el único. Tanto el padre de Dylan como el mío la están mirando.

—Ellos me protegieron —añade—. Josh intentó… aprovecharse de mí en contra de mi voluntad. —Traga saliva.

—¿Y luego qué? —continúa mi padre.

Ahora todos la miramos, tratando de encontrarle sentido a su historia.

—Un tipo llamado Kai también estaba allí —dice.

—¿El alumno de primer año de la casa Phantom? —pregunta el padre de Dylan.

Dylan asiente.

—Kai atacó a Dylan y a Alistair —dice—. No tuvimos más remedio que defendernos.

Mi padre hace una mueca.

—¿Así que prendisteis en fuego a Josh?

Ella niega con la cabeza.

—No. Hubo una fuerte discusión entre Josh y nosotros, y luego él sacó una pistola para amenazarnos. Así que Dylan lo apuñaló.

Mierda. ¿Por qué le está contando esto? Y además todo es un amasijo de mentiras.

Me tiembla todo el cuerpo ahora mismo y desearía poder rodearle el cuello con las manos y hacer que se calle. Pero mi padre me arrastraría a la cárcel de inmediato.

Joder.

Ojalá Felix no nos hubiera metido en este lío, para empezar. Podría haber vivido tranquilamente sabiendo que al menos tenía a Dylan como apoyo.

Pero ahora… lo más probable es que ninguno de nosotros salga de aquí sin grilletes en las muñecas.

—Entonces Kai vino a por nosotros también, pero se cayó mientras corría y se dio con una piedra en la cabeza, así que empezó a sangrar por el oído. Ahí es cuando por fin se acabó la pelea.

Abro los ojos.

¿Qué?

—Alistair, Dylan y yo corrimos a escondernos entre los arbustos para escapar mientras Kai se levantaba. Pero cuando no pudo encontrarnos, vi cómo quemaba el cuerpo de Josh y lo enterraba.

¿Qué coño está haciendo? Está mezclando la verdad con la mentira.

Mi padre entrecierra los ojos.

—Mmm…

—Juro que eso fue todo lo que hicimos. Kai mató a su propio compañero para poder incriminarle —dice, con la voz más sincera que he escuchado nunca—. Como venganza por no poder desquitarse conmigo.

—¿Así que te agredieron? —pregunta mi padre—. ¿Y estos chicos te defendieron? ¿Es eso lo que intentas decir?

Ella asiente.

—No queríamos causar ningún problema en esa fiesta. Esos chicos de la Phantom aparecieron de la nada.

—¿Dónde están las pruebas de todo esto? —pregunta mi padre.

Penelope se levanta las mangas de la sudadera para mostrar los moratones de sus muñecas.

Maldita sea.

A lo mejor me equivoqué con ella.

—Intenté quitármelos de encima, pero no pude. No sin que ellos me ayudaran.

Mi padre le agarra la muñeca y la inspecciona de cerca.

—¿Y viste a Kai quemando el cuerpo de Josh?

Ella asiente.

—¿Y qué hizo Kai después?

Sacude la cabeza.

—No lo sé. Nos fuimos lo más rápido que pudimos después de lo que hizo. Teníamos miedo de que nos pillaran. Y ahora ha pasado. —Traga saliva—. Por favor, no nos encierre.

No hicimos nada malo. Solo intentaron defenderme.

Contengo la respiración.

¿En serio va a colar?

Mi padre nos mira a todos nosotros.

—¿Entonces dónde está Kai ahora?

Hago una mueca.

—No lo he visto.

—Yo tampoco —comenta Dylan.

Todos nos miramos.

Porque todos sabemos lo que eso significa.

Si no lo han encontrado donde lo dejamos, entonces se ha escapado. Lo que significa que va a hablar.

—Mira, yo no sé nada de esto, ¿puedo irme? —dice Felix, bostezando.

—Tú te quedas —espeta el padre de Dylan—. Hasta que el jefe King no haya acabado contigo, te quedas aquí.

Felix pone los ojos en blanco, pero mi padre lo ignora.

—¿Así que me estás diciendo que un tipo llamado Kai de la casa Phantom quemó a uno de sus propios compañeros para poder culparos del asesinato, todo porque vosotros no le dejasteis aprovecharse de ella?

Todos asentimos.

—Así es, sí —dice Dylan.

Mi padre se frota la frente y lanza un fuerte suspiro.

—Está bien.

¿Cómo? ¿Se lo ha creído?

Vaya, esto es toda una primicia.

—Joseph, esto va a ser un caso tremendo —murmura, volviéndose hacia Dean Caruso.

—No quiero ir a la cárcel, por favor —musita Penelope—. Soy la víctima.

Mi padre levanta una mano.

—Nadie va a ir a la cárcel.

Todos nos quedamos boquiabiertos a la vez.

—Espera, ¿qué? ¿No habías dicho que éramos sospechosos? —pregunta Dylan.

—¿Prefieres que no confíe en su versión? —entorna los ojos.

Dylan traga saliva.

—No, señor, es la verdad.

—Entonces alégrate de que te librarás con una advertencia. —Mi padre agarra los papeles del escritorio—. Ahora, si me disculpáis, tengo mucho trabajo que hacer.

—¿Y qué pasa con el cuerpo? —pregunta el padre de Dylan—. No podemos ignorarlo como si nada.

—Deja que me encargue de eso —contesta mi padre—. Sé cómo manejar las cosas.

El padre de Dylan se inclina para hablar en voz baja, pero todos podemos oírle:

—Esto va a reventarnos en la cara. La familia de Josh no va a quedarse de brazos cruzados.

—Yo me encargo de eso. El caso no irá a los juzgados. Me aseguraré de ello.

¿Está insinuando que va a manipular las evidencias?

—Os dejo con Joseph —dice mi padre, mirándome a mí en participar—. Pronto hablaré contigo. — Me siento incómodo cuando me frota el pelo como si aún fuera un niño.

Cuando la puerta se cierra, Dean Caruso no parece muy contento.

—¿Os hacéis una idea de lo afortunados que sois?

—¿Así que definitivamente nos hemos librado? —pregunta Dylan, cruzando las piernas de forma que parece que se está poniendo cómodo.

—Ya quisieras. —El padre de Dylan agarra una pila de papeles de un armario y los lanza todos en nuestros regazos—. Diez mil palabras sobre cómo convertir esta universidad en un lugar mejor.

—¿Diez mil? —exclama Dylan.

Cuando arroja la pila también sobre el regazo de Felix, este responde:

—Oye, que yo no he hecho una mierda. ¿Por qué me llevo el castigo yo también?

—Porque ya es hora de que aprendáis que vuestros actos tienen consecuencias.

—Espera, ¿pero la suspensión sigue en pie? —pregunto.

—Sí —responde—. Os quedan cinco días. La próxima infracción consistirá en un servicio comunitario obligatorio y, si seguís sin aprender la puta lección, lo siguiente será la expulsión.

Abro los ojos de par en par.

—No quiero que me expulsen.

Esta educación es lo único que me permitirá salir de la puta mafia en la que está metido mi padre.

—Entonces que sirva de algo, joder —responde Caruso. Coge un puro de la caja que tiene sobre la mesa y se lo enciende—. Ahora salid de mi despacho. Todos vosotros.

No esperamos ni un segundo más antes de salir de allí corriendo escaleras abajo, pero cuando cierra la puerta de golpe, Dylan coge rápidamente a Penelope de la mano y la hace girar.

—Has mentido por nosotros —murmura.

Una breve sonrisa se dibuja en su rostro mientras susurra:

—Vosotros habéis matado por mí.

Dylan sonríe.

—Joder, no me lo creo. Esa es mi chica.

Felix se eleva sobre los dos, pero la expresión de su rostro me hace dar un paso atrás.

—¿Qué acabas de decir?

Penelope lo mira fijamente.

Oh, oh.

Dylan

Mi teléfono suena y nos distrae a todos. Lo cual es bueno, a juzgar por la mirada asesina que me lanza Felix.

Lo ignoro mientras me acerco el teléfono a la oreja y contesto.

—¿Hola?

—Hola, mi hombrecito.

Oh, mierda. Es mamá.

Trago saliva y me alejo de los chicos.

—Ey, ¿qué pasa?

—¿Como que qué pasa? Nunca me saludas de ese modo.

—Lo sé, pero es que no estoy solo —siseo al teléfono.

Alistair bufa.

—¿Quién es, D?

Trato de apartarlo con la mano, pero entrelaza sus dedos con los míos como si le resultase gracioso.

—Qué bonito.

Le lanzo una mirada asesina.

—¿Es tu madre? —pregunta Alistair.

—Dylan, esta noche doy una cena y quiero que vengas —dice mamá—. Y no me digas que hoy no puedes porque sé que tu padre te ha suspendido. De todas formas, no tienes nada mejor que hacer.

Frunzo el ceño.

—¿Te lo ha contado?

Los chicos resoplan a mi espalda, incluso Penelope parece divertirse.

—¿Le están echando la bronca? —le pregunta a Ali.

—Eso parece —responde Ali.

Trato de mandarlos callar, pero no sirve de nada.

—¿Están tus amigos ahí contigo? —pregunta mamá—. Tráetelos también.

—¿Qué? No, no —respondo de inmediato—. A ellos nos les gusta…

—¿Mi comida? Bobadas. Tráelos —dice con voz firme—. No acepto un no como respuesta, Dylan.

Oh, Dios. ¿Por qué se lo ha tenido que contar mi padre? Me muero de vergüenza.

—Mamá, yo…

—Y trae también a la chica que no paro de escuchar al fondo.

Le lanzo una mirada a Penelope, que se ríe como una colegiala. Inmediatamente cierra la boca.

—Cuantos más, mejor —añade mamá.

—¿Estás segura de que papá lo aprueba? —pregunto.

—Lo ha sugerido él —dice—. Acaba de llamar.

Pongo los ojos en blanco. Pues claro. Si no me puede castigar por el sistema judicial, lo hará obligándome a pasar «tiempo de calidad» con mi familia.

—¿Quién va a estar? —pregunto.

—Bueno, todos tus amigos, claro —replica—. Incluidas sus familias. Así que procura vestirte lo mejor posible. ¡Te veo esta noche, cielo!

Cuelga antes de que pueda rebatirle sus palabras.

Maldita sea.

Suspiro y vuelvo a guardarme el teléfono en el bolsillo. Los demás siguen riéndose de mi desgracia.

—Sí, ahora os reís.

—¿Tu madre te obliga a volver a casa otra vez?

Le doy una palmadita en el hombro a Felix.

—Sí, solo que, esta vez, también te espera a ti y a toda tu familia.

Abre los ojos de par en par.

—Y a Penelope también, por supuesto —añado con un guiño.

—¿Qué? —Penelope abre mucho los ojos.

A Felix se le va todo el color de la cara.

—¿Qué le has contado?

—Nada —contesto—. ¿Quién crees que se lo ha dicho?

Felix aprieta los puños mientras se gira para mirar las escaleras que dan al despacho de mi padre.

—Hijo de puta…

—Supongo que es una forma de tenernos controlados —bromea Alistair.

—Sacad los malditos trajes, muchachos—digo—. Es hora de fingir que somos chicos normales.

42 Felix

Doy golpecitos con el pie y suspiro ruidosamente mientras miro fijamente la casa de la hermandad Alpha Psi, a la espera de que cierta persona salga por fin por la puerta principal.

Está tardando una eternidad, y no me gusta nada esperar en la calle. Es demasiado obvio, demasiado fácil convertirse en un objetivo.

Impaciente, miro el reloj y me pregunto cuánto tardará. Para empezar, ni siquiera iba a ir a esta cena, pero Dylan prácticamente me suplicó que viniera para que sus padres no le echaran la bronca.

Y nunca puedo resistirme a una súplica.

Me aclaro la garganta y me apoyo en el lateral del coche.

La ventanilla baja y Dylan asoma la cabeza.

—¿Todavía nada?

—Nop.

—Si no llegamos a tiempo, mi madre me mata —dice Dylan—. Lo sabes, ¿verdad?

—Entonces ve buscando un ataúd —respondo.

—¿En serio, tío? —bufa Dylan, ajustándose las gafas de sol—. ¿No puedes llamar a Pen o algo? —pregunta.

Cruzo los brazos y me reclino despreocupadamente.

—¿Y tú?

Pone cara de engreído.

—Va contra la ley usar el teléfono mientras conduces.

¿Desde cuándo le importan las leyes?

Un día de estos, le voy a estampar el puño contra esa mandíbula de engreído y le voy a saltar un par de dientes.

Cuando la puerta del edificio de la hermandad por fin se abre, todos levantamos la mirada.

—Dios mío… —musita Dylan mientras se baja las gafas de sol.

Penelope sale con el pelo recogido en un moño y algunos mechones sueltos que le enmarcan la cara, los labios de un tono rojo oscuro, y los ojos con un ahumado oscuro.

Lo bastante oscuros como para apaciguar mi alma ennegrecida.

La comisura de mis labios se curva lentamente en una sonrisa de satisfacción cuando sale al porche con un vestido de estilo victoriano de color burdeos con encaje negro por encima, zapatos de plataforma y una gargantilla negra en forma de lágrima alrededor del cuello.

La espera ha merecido la pena.

—La perfección en persona —dice Dylan, relamiéndose.

Pulso el botón del interior del coche para que vuelva a subir la ventanilla.

—No seas así —masculla.

—Deja de babear —gruño en respuesta.

Ahora es la ventana de Alistair la que baja.

—Preciosa.

Le miro con los ojos entrecerrados.

—¿Desde cuándo te gusta tanto?

—Desde que no le prestas atención —dice Dylan.

Desvío la mirada de nuevo, porque tengo cosas mucho mejores que ver y que llevan el nombre de Penelope. Aunque, tal y como va vestida ahora, me parece que «zorra» sería un nombre mucho más apropiado.

Mi zorra. Y de nadie más.

Bueno, tal vez de estos dos payasos del coche. Si se comportan.

—Penelope —digo mientras se acerca.

—Felix —contesta, y eleva las cejas de forma arrogante.

Y aunque odie admitirlo, esa expresión le queda bien.

—Estás…

—¿Bien? —termina por mí.

—Apetitosa.

Se le ponen las mejillas más rojas que el colorete que se ha puesto. Pero dudo que se dé cuenta de que todos podemos verlo.

Dylan abre la puerta de repente y sale cuando ella está a unos pasos. Me empuja a un lado, agarra el tirador de la puerta del acompañante, y la abre de par en par mientras extiende la mano.

—Su carruaje personal la espera, milady.

Mis fosas nasales se crispan mientras me giro para apartarle la mano de la puerta de un manotazo.

Penelope sonríe.

—Qué caballeroso —murmura mientras se sube y se gira para mirarle—. Casi me hace olvidar lo soez que eres.

La cara de Dylan se desencaja lentamente, y es la imagen más majestuosa que he visto nunca; tanto que incluso me hace reír.

Rara vez algo me hace reír. No desde…

Dylan cierra la puerta de golpe.

—Puta.

—Te he oído.

—Me alegro —añade.

—¿Te vas a sentar tú también o voy a tener que meterte a la fuerza? —le digo.

Él levanta las manos.

—Vale, vale. ¿Estás celoso o qué?

—¿De esa interacción? —me mofo—. Difícil.

Se sienta tras el volante mientras yo me coloco a su lado y cierro la puerta.

A mi espalda, Penelope parece desconcertada por la otra chica que va en el asiento trasero mientras Alistair se sienta entre ellas.

—Em… No me habéis avisado de que no estábamos solos —dice Penelope, Dylan enciende el coche y arranca—. ¿Quién es?

Del otro lado del coche se oye una risita y mis ojos se dirigen instintivamente hacia el ruido.

—Lana. Sé amable. —La fulmino con la mirada a través del espejo retrovisor, y ella me devuelve la mirada con esa misma expresión familiar.

Se muerde el labio, desafiante.

—Yo siempre soy amable.

La miro con los ojos entrecerrados.

—Igual de amable que yo, ¿no?

Ella pone los ojos en blanco y hace una pompa con ese chicle asqueroso.

—Ya te gustaría.

—Esta es Penelope, es…

—Una amiga —interviene Penelope.

Me tiembla el ojo.

No me gusta cómo lo ha dicho.

Penelope le extiende la mano.

—Encantada de conocerte, Lana.

—¿Quieres un chicle? —le ofrece Lana.

—Oh, gracias, muy amable —dice Penelope.

—No lo hagas —murmura Alistair, mirándola de reojo—. Está envenenado.

—¿Cómo dices? —balbucea Penelope.

Lana le da un codazo en el costado a Alistair, y este gruñe de dolor.

—Claro que no, imbécil.

Penelope resopla mientras Lana le da el chicle.

—Ya me caes bien.

Menuda conversación.

Pongo los ojos en blanco.

—Lo mismo digo, chica —le dice Lana mientras Penelope empieza a mascar el chicle.

Dylan conduce bruscamente por las calles mientras Lana se enrolla un mechón de su largo pelo negro alrededor del dedo, con cuidado de no tocar la cinta roja que lleva atada en lo alto.

—Entiendo que te estás tirando a mi hermano, ¿no?

Penelope abre mucho los ojos y casi se atraganta con el chicle.

—Lana —le digo con desdén y le lanzo una mirada de advertencia.

Lana hace un gesto grosero con la mano.

—¿Qué pasa? Es la verdad, ¿no?

—No es asunto tuyo —gruño.

—Y una mierda. La familia siempre es asunto mío. —Se cruza de brazos y mira por la ventana.

—Vale, eso ha sido increíble —bromea Alistair.

—No empecéis a pelearos ahora. Intento conducir —espeta Dylan.

—Dios, odio tener que ir a esta estúpida cena —dice Lana, poniendo los ojos en blanco—. Tengo un puto examen muy importante mañana por la mañana, y ahora voy a tener que quedarme despierta hasta tarde para estudiar.

—Entonces, ¿para qué has venido? —respondo.

Ella levanta las cejas.

—¿En serio no sabes la respuesta?

—Y yo que creía que querías pasar un poco de tiempo de calidad con la familia —respondo.

Suelta una risa forzada.

—¿Con tus amigos? Buena esa.

—Creía que te caía bien. —Dylan hace un mohín.

—Dylan, me caes bien, pero, por favor, dile a tu madre que la próxima vez no invite a la puñetera lista de amigos al completo —responde—. Por favor te lo pido.

—Lana… —le advierto—. Ya está bien.

Se le dilatan las fosas nasales y vuelve a mirarme, con el largo pelo negro enredado en el dedo.

—Está bien.

Mientras el coche sigue avanzando, todos los de atrás se sientan con las piernas juntas como si tuvieran miedo de tocarse siquiera. Y nunca en mi vida había vivido un viaje en coche tan incómodo como este.

Cuando por fin llegamos a nuestro destino, Lana abre de golpe la puerta del coche y sale dando un portazo tras de sí.

La chulería de esta niña va a acabar conmigo algún día.

Me quedo mirando a Penelope a través del espejo retrovisor.

—¿Es tu hermana? —pregunta.

—Si hubiera podido elegir, habría escogido a otra —se burla Dylan, y le hundo el codo en las tripas hasta que tose violentamente.

—Vale, os veo dentro —farfulla, y abre la puerta del coche.

Penelope me dedica una mirada incómoda antes de salir también.

—Qué incómodo —musita Alistair.

—Gracias —digo mientras me bajo yo también y lo dejo solo en el coche.

Penelope se recoloca el vestido y comprueba su maquillaje en un espejito que se ha sacado del bolso.

—Así que tu hermana, ¿eh? Dios, sois como dos gotas de agua.

Me paro en seco y me doy la vuelta, con el ceño fruncido.

—¿Qué acabas de decir?

Ella se encoge de hombros.

—La arrogancia y el mal genio…

La empujo contra el coche y apoyo una mano sobre el metal, bloqueándole la salida.

—Yo no tengo mal genio —gruño.

Me sonríe en la cara.

Sonríe de verdad.

Y me dan ganas de darle un puñetazo al puto coche… y besarla al mismo tiempo.

—Lo que te decía —dice.

La agarro de la garganta con mi mano libre, y le aprieto las venas hasta que le cuesta respirar.

—Si andas provocando, más te vale estar preparada para las consecuencias, Pen —susurro, inclinándome para lamerle el cuello—. ¿Estás lista para eso?

—No cambiará los hechos —musita entre jadeos.

—Mi hermana no se parece en nada a mí.

Ella resopla.

—He hablado con ella dos segundos, y he visto todo lo que necesitaba saber.

Le aprieto la garganta más fuerte, y noto cómo se le desacelera el ritmo cardíaco, le cuesta mantener los ojos abiertos, y la imagen me la pone durísima.

Y todavía ni hemos llegado a la puta cena.

—Eres masoquista, ¿a que sí? —le susurro cerca del oído—. Te gusta la humillación y el dolor.

Cuanto más presiono sus venas con los dedos, más se suaviza su postura hasta que echa la cabeza hacia atrás y separa los muslos, cediendo ante mi cuerpo como si se convirtiera en gelatina.

Así que bajo la mano del coche y la deslizo por sus piernas, colándome por debajo del vestido hasta encontrar ese punto que la hace estremecerse. Y ya no necesito una puta respuesta de su boca. Su cuerpo habla por ella.

—Y tú eres un puto sádico —dice cuando por fin aflojo un poco la presión.

Sigo rodeándole el cuello con los dedos mientras me acerco lo suficiente para sentir su respiración entrecortada a cada centímetro que me acerco. Y es como si me hubiera metido cocaína directamente en el cerebro. Adictiva.

—Un sádico que te encanta que te utilice —digo, con los labios cerca de los suyos—. Y si no tienes cuidado con lo que dices, te meteré los dedos en el coño aquí mismo, en la calle.

Ella se queda boquiabierta.

—No serás capaz.

Hago una mueca con los labios.

—¿Qué te apuestas?

—¿Chicos? ¿Venís o qué? —nos llama Dylan desde las puertas de la propiedad de sus padres.

A la mierda el momento.

—Ya vamos —gruño, sin apartar los ojos de los suyos, y luego susurro—: Haré que te corras antes de que acabe la noche.

Me impulso para apartarme de ella y camino hacia las puertas, dejándola en un charco de su propia humedad.

Justo lo que se merece.

43 Penelope

Ya estoy sudando como un pollo, y ni siquiera hemos empezado la cena.

Dios, ¿cómo consigue esto siempre?

Una parte de mí quería que lo hiciera de verdad.

Me trago el nudo que se me hace en la garganta y me vuelvo a ajustar el vestido, que se me ha arrugado después de que Felix me haya recorrido el coño con el dedo. Pero lo peor de todo es que ya estaba mojada y él lo sabía.

Que le jodan a esa cara de engreído arrogante que tiene.

Tengo que dejar de permitir que me afecte. Aunque sé que, en el fondo, tiene tanta razón sobre mí como yo sobre él. Las personas a las que odias son las que mejor te conocen, y precisamente por eso las odias.

Suspiro fuerte y me dirijo a la entrada de la propiedad.

El lugar es gigantesco y ostentoso. Tampoco es que me sorprenda, teniendo en cuenta quiénes son los padres de Dylan y a qué se dedican. No son sus trabajos reales, pero la Sociedad secreta que se esconde detrás es la que aporta todo el dinero. No necesito verlo en acción para saber que está ocurriendo delante de nuestras narices. La mitad de la gente que va a la uni Spine Ridge son familia de criminales.

Atravieso el jardín de rosas por el sendero de piedrecitas hasta llegar a una gran carretera, donde hay un montón de coches aparcados bajo un garaje abierto. Hay una mujer en la puerta principal sonriendo alegremente.

—¡Bienvenido de nuevo, señor Caruso!

—Hola —dice con incomodidad mientras se cuela por su lado todo lo rápido que puede. Qué impropio de él.

—Y hola señor King y señor Rivera.

—Ahórratelo —espeta Felix cuando le pasa por el lado.

La cara de la señora tiene el aspecto de llevar una hora de pie en la nieve. Le lanzo una mirada fulminante a Alistair, que se limita a encogerse de hombros.

—Así es él.

¿Tiene que ser siempre así de capullo con todo el mundo?

Entramos en la mansión y me quedo boquiabierta ante los preciosos tapices, los cuadros antiguos y las obras de arte repartidas por el pasillo, y todos los vinos de apariencia costosa que hay en la parte de atrás. El padre de Dylan es un coleccionista, eso está claro.

—Bienvenidos, bienvenidos —nos dice una voz a la espalda. El padre de Dylan se acerca a nosotros con una gran sonrisa—. Tu madre ya ha terminado de preparar la cena, así que os estamos esperando en el comedor.

—¿Que mamá ha terminado de preparar la cena? —se burla Dylan—. Tenemos cocineros para eso.

—Dylan —le advierte su padre, y se inclina—, no insultes a tu madre.

Pone los ojos en blanco.

—Me sorprende. Eso es todo. Me muero de ganas.

Dylan pasa al lado de su padre como si tuviera un palo metido en el culo.

—¿Qué le ha dado? —le susurro a Alistair.

—Odia las reuniones familiares. No preguntes.

—Me muero por probar todos los platos deliciosos que ha cocinado —le dice Lana al decano Caruso, y hace que se le ilumine la cara.

—Gracias. Al menos alguien está emocionado —dice, y nos hace un gesto para que entremos en la sala—. Vamos dentro.

Seguimos al decano Caruso hasta dicha habitación, pero en el camino me tropiezo con Felix, que se ha detenido en mitad de la puerta.

—Felix…

Una voz grave procede de la habitación de al lado y, al asomarme por encima de su hombro, veo a un hombre sentado detrás de una gran mesa, con el rostro perfilado por una espesa barba negra, pelo liso y peinado hacia atrás, ojos entrecerrados y parcialmente tapados por un par de gafas, y postura autoritaria. Completamente opuesto a Felix en todos los sentidos, sin embargo, su voz suena… parecida.

Felix se aclara la garganta.

—Papá.

Ajá.

Vaya, eso no lo vi venir. Ni siquiera se parecen.

Felix camina hacia el lado opuesto de la habitación y planta el culo en una silla lo más lejos posible, y me da muchísima curiosidad saber por qué.

—Bienvenidos, bienvenidos seáis todos —dice una mujer mientras entra por la puerta del fondo de la sala con dos grandes platos llenos de comida deliciosa. Lleva el pelo negro recogido en un moño rizado y un pequeño, pero extravagante, sombrero. Debe de ser la madre de Dylan—. La comida casi está lista. Podéis sentaros donde queráis. ¡Como si fuera vuestra casa!

—Gracias, señora Caruso —dice Lana.

La señora Caruso tiene una sonrisa brillante. Tiene la cara casi perfecta, y hasta me dan ganas de preguntarle por su rutina de skincare.

—Tiene muy buena pinta, Jeong-Suk —dice el padre de Felix cuando ella coloca los platos.

—Oh, esto no es ni la mitad de lo que he preparado —dice riendo—. Vamos todos, ¡sentaos, sentaos!

Alistair y Dylan buscan asiento cerca del padre de Dylan, pero yo no puedo evitar apartarme hacia el lado de Felix y sentarme a su lado.

—Entonces, ¿ese tipo es tu padre de verdad? —pregunto.

—¿Qué hay con eso? —Felix agarra un cuchillo y empieza a juguetear con él.

—Nada. Solo estoy… sorprendida.

—¿Sorprendida? —Me mira de reojo.

—Bueno, es que no os parecéis en nada —respondo.

—No. —Vuelve a darse la vuelta, como si intentara no tener que hablar con nadie, y mucho menos conmigo.

—Está solo. ¿No deberíamos sentarnos a su lado? —pregunto.

—No, gracias.

Vaya. Qué seco.

—¿No te cae bien tu padre? —pregunto.

Vuelve a darse la vuelta hacia mí, con las fosas nasales dilatadas.

—¿Qué más te da?

Me encojo de hombros.

—No sé.

—Preferiría sentarme aquí —dice—. Donde se está tranquilo.

Vuelvo a mirar al hombre mientras degusta algunos de los aperitivos que ha servido la señora Caruso, como las galletas fritas crujientes cubiertas de cacahuetes y glaseado de miel.

—No parece de los que se dejan ignorar por su hijo.

—¿En serio quieres ir por ahí? —dice Felix con los dientes apretados.

—¿Siempre eres así de frío? —contesto.

—Habla con Dylan si quieres calor —responde.

Ignoro su evidente burla.

—¿Tu padre ha venido solo? ¿Dónde está tu madre?

De repente, clava el cuchillo en la mesa.

—No. Hables. De mi madre.

Todo el mundo nos mira.

Literalmente todo el mundo.

Y se ha hecho tal silencio que puedo oír los latidos de mi propio corazón.

—Felix, en la mesa no. Por favor. —Su padre sonríe—. Somos invitados en la casa de nuestros amigos.

Felix hace una mueca, y arranca el cuchillo de la mesa para luego echarse hacia atrás y marcharse.

—Por Dios —musito.

—Ignóralo, es muy sensible —dice Lana mientras se inclina sobre mi asiento—. Odia este tipo de eventos familiares. Le recuerda demasiado a algo que no tenemos.

Sonríe antes de seguir a Felix fuera.

—Lo siento —les digo a todos en la mesa.

—No pasa nada —dice Dean Caruso—. Levantemos el ánimo.

La señora Caruso entra con sus tacones altos con más platos todavía.

—¡A cenar!

Todo el mundo empieza a hablar de nuevo mientras ella sirve cantidades ingentes de comida, y a mí se me hace la boca agua al verla. En la mesa hay dos ollas llenas de estofado con todo tipo de carnes y verduras, así como salsas para mojar. Y mi favorita: kimchi. Cojo unas hojas, pongo un poco de verdura y kimchi, y lo enrollo en una bola antes de metérmela en la boca.

—Maldita sea, esto está delicioso —murmuro.

La señora Caruso se ríe.

—Pensé que tendría que explicar cómo se hace, pero veo que ya le has pillado el truco.

—Tuve una amiga coreana cuando era pequeña que me invitaba muchas veces a cenar a su casa. Bueno, me invitaba yo sola.

Todo el mundo se ríe.

—Propio de ti, desde luego —bromea Dylan mientras coge un poco de carne y la sumerge en la olla caliente.

Todo está delicioso.

—Oh, Dios mío, me encanta.

La señora Caruso, se ríe con satisfacción.

—Bueno, me alegra que estés disfrutando. ¿Cómo te llamabas? No lo entendí bien.

—Penelope —contesto.

—Penelope… ¿Qué más?

La habitación se queda en silencio por un segundo.

—Richards —murmuro entre sorbos del caldo que tengo en el cuenco.

Trago cuando todos me miran.

—¿Y cómo conociste a mi hijo? —pregunta el padre de Dylan.

Dejo la cuchara.

—Bueno… yo, eh…

¿Por qué de pronto siento como si me estuvieran interrogando?

—La ayudamos con un par de bullies —musita Dylan, poniendo unas hojas envueltas rellenas de carne y salsa en el plato de su padre—. Ahora, a comer, que la estáis asustando con tanta pregunta.

—Oh, bobadas —dice la señora Caruso—. Me alegro mucho de que haya venido.

Doy otro sorbo a la sopa antes de que decidan echarme; está demasiado buena.

—Al fin conozco a la novia de mi hijo.

Escupo casi media cucharada por toda la mesa.

Ahora todos me miran como si hubiera montado una escena. Y tal vez sea así. Quiero decir, la mitad de mi plato está cubierto de caldo.

Agarro una servilleta y la froto por todas partes.

—Lo siento.

La señora Caruso parece sorprendida.

—¿Entonces no eres su novia?

—¡Mamá! —jadea Dylan—. Ya sabes que yo no… —Le hace un gesto con la mano delante del cuello para que corte.

Por Dios, qué vergüenza.

—Ah, ya, tú no haces eso —musita, agitando la mano—. Tú eres «flexible». —Hace comillas en el aire.

—«Flexible»… —repite su padre, y le sigue una risa profunda—. Di que eres un mujeriego y ya está.

—Papá… —Dylan pone los ojos en blanco—. ¿En serio tenemos que hacer esto ahora? —Coge más carne—. Solo quiero comerme esta deliciosa cena que ha preparado mamá.

—Ay… —se enorgullece su madre, que enseguida corre a su silla y le da un beso enorme en la mejilla.

Lana y Felix vuelven a entrar en la habitación y se sientan de nuevo, rompiendo el ambiente incómodo. Me pregunto si habrán hablado en privado.

—¿Y a qué se dedica, señora Caruso? —pregunto, intentando ser amable—. Sé que el padre de Dylan es el director de Spine Ridge.

—Oh, trabajo en finanzas —murmura—. También hago algún trabajo para nuestra fundación, que regula algunos de los fondos que van a la universidad.

—Ah, ¿así que los dos formáis parte de la junta que la dirige?

Me mira como si estuviera sorprendida de que lo supiera.

—Interesante —dice el padre de Dylan como si estuviera diciendo algo sospechoso.

—Quería saberlo todo sobre Spine Ridge antes de empezar a estudiar ahí.

—Una alumna aplicada —dice el padre de Felix.

—Usted también forma parte de la junta, si no me equivoco —le digo—. Vi una foto de todos los miembros en la página web.

—Correcto —responde, ajustándose la corbata.

Lana se aclara la garganta.

—Papá también es el dueño de una cadena lujosa de clubes llamada…

—RIVERA —termino por ella.

—Estoy impresionado —dice el padre de Felix, con los ojos entornados—. Está claro que has investigado.

Felix me agarra de la rodilla por debajo de la mesa y la aprieta tan fuerte que me cuesta respirar.

—Para —me susurra al oído. Desliza la mano un poco más arriba, lo suficiente para empezar a sudar—. Antes de que te obligue.

—¿Estudias algo relacionado con negocios, entonces? —me pregunta el padre de Felix.

Asiento.

—No es mi carrera soñada, pero quería honrar el legado de mi hermana tras su muerte.

De pronto es como si acabara de surgir de entre los muertos por lo callada que se queda la mesa.

—¿Puedes pasarme un poco de kimchi? —le pregunta Alistair a Lana al cabo de un momento, para romper el hielo.

Ella pone los ojos en blanco y le pasa el plato sin ni siquiera mirarlo.

—Gracias, L —dice Alistair con una sonrisa.

—¿L? —Lana hace una mueca—. No. Ni de coña.

—Lana —le advierte su padre—. Nada de palabrotas en la mesa.

Ella refunfuña para sus adentros.

—Por eso odio este tipo de fiestas.

—¿Por qué? ¿Solo porque las usan para interrogar a la chica nueva? —dice Dylan con sarcasmo.

Me cuesta tragar.

—Relájate —musita—. Te estoy tomando el pelo.

—Claro que sí, D —responde Lana, entrecerrando los ojos. Luego se gira para mirarme—. No es ninguna broma. Quieren saber qué haces con ellos. Y yo quiero saber qué haces con mi hermano.

—¿Cómo? —mascullo, sin tener ni idea de d��nde viene todo esto.

—Nunca se ha obsesionado tanto con nadie, así que escupe —dice, clavando el cuchillo en la carne que tiene en el plato antes de metérsela en la boca—. O hablas o uso la fuerza.

De repente, lanzan un cuchillo desde el otro lado de la habitación, que perfora la pared detrás de Lana.

—Para. —La voz oscura de Felix me hace volver la mirada hacia él.

Se palpa tanta tensión en el ambiente que empiezo a preguntarme si estamos celebrando una cena o una pelea a muerte.

El padre de Felix deja el tenedor y el cuchillo y mira a Felix con cara de decepción.

—¿Qué acabo de decir sobre esto? —Cuando Felix no responde, mira a Lana también.

Lana pone los ojos en blanco otra vez.

—Nada de armas en la mesa.

¿Armas?

El padre de Felix añade:

—O cuchillos de untar. —Y clava su cuchillo en la mantequilla—. Ahora, pasadme los bollos, por favor.

Dios santo, qué fiesta tan rara.

Felix coge unas hojas de perilla y las llena solo de carne cocinada, que se mete en la boca de golpe, masticando deprisa.

—¿Para qué me has traído? —pregunto en voz baja.

—¿Te parece que quería hacerlo?

Ah, así que sí que seguía órdenes.

Miro a su padre.

—Veo que sois todos una panda de violentos, ¿eh? —murmuro.

Felix se encoge de hombros.

—Lo llevamos en la sangre.

—¿Entonces por qué odias tanto a tu hermana?

Ella se ríe detrás de mí.

—Oh, no nos odiamos. —Le acerca una mano y le da golpecitos en el hombro—. Es amor de hermanos.

Felix le aparta la mano de un tirón.

—Me muero de ganas de que esto se termine.

—¿Podemos cenar en paz, por favor? —musita Alistair, que mastica felizmente la comida—. Está demasiado rico como para estar peleando.

Lana lo ignora por completo.

—Sabes que solo intentan averiguar de dónde ha salido, ¿verdad? —le murmura Lana a su hermano.

—¿Quién? ¿Yo? —pregunto.

—¿Tú qué crees? —responde—. Eres la única chica nueva aquí.

Chica nueva. Interesante.

—Bueno, después de Eve, claro.

Abro los ojos de par en par.

¿Eve? Lana la conoce.

¿También comió con esta familia?

—Vale, ya he tenido suficiente —dice Felix, y deja el tenedor y el cuchillo, retira la silla con violencia y se marcha tirando la servilleta en el suelo.

—¿A dónde va? —pregunta la madre de Dylan.

—Al baño —se apresura a responder Lana, y agarra el bol de kimchi—. ¿Kimchi?

Retiro mi silla también y salgo corriendo detrás de Felix.

No sé dónde ha ido, pero estoy segura de que al baño no.

Corro sobre mis tacones por la gigantesca mansión hasta que, de repente, me arrastran hacia un lado, en un pequeño pasillo poco iluminado. Grito, pero una mano fuerte me tapa la boca.

Felix.

Se pone un dedo delante de los labios y luego me quita la mano de la boca lentamente.

Pero no la aparta de mi cara.

—¿Qué haces aquí? —pregunta.

Me late el corazón en la garganta.

—Podría preguntarte lo mismo. —Se le dilata la nariz y, cuando no dice nada, continúo—: ¿Has salido corriendo por lo que ha dicho de Eve?

Me rodea el cuello con los dedos de inmediato, apretando como si quisiera dejarme sin aliento.

—No hables de ella. Con ellos no. ¿Entendido?

Asiento con la cabeza y él afloja lentamente la tensión, pero su mano sigue muy cerca de mis venas, como una amenaza inminente.

—Ella también estuvo aquí —murmuro. Y no necesito que me responda para saber la respuesta.

—La familia de Dylan a veces invita a su círculo más cercano a cenar. Incluso a los amigos.

¿Entonces ahora formo parte de su círculo cercano?

Me agarra de la mano y me arrastra hasta el baño que tengo detrás y cierra la puerta.

—No es seguro hablar —gruñe—. No tienes ni puta idea de quiénes son nuestras familias ni de lo que son capaces.

—A ninguno parece asustarle la violencia —respondo—. Creo que puedo hacerme una idea.

—Entonces cállate, joder —gruñe—. No hables con nadie a menos que te pregunten.

Frunzo el ceño.

—¿Por qué? ¿Te da miedo que les cuente lo de nuestro trato?

Me agarra la muñeca con tanta fuerza que casi empieza a dolerme.

—Piensa muy bien lo que vas a decir, Pen.

—Saben lo de… —murmuro, dudando de si debería acabar la frase—. Piensan que soy la novia de Dylan, ¿verdad? ¿Están intentando saber si soy un buen partido?

Asiente.

—Ellos no saben que vosotros… compartís. —Trago saliva—. ¿Qué más no saben?

—Muchas cosas, y quiero que siga siendo así —responde.

Me zafo de su agarre de un tirón.

—Si quieres que actúe como si me gustara estar aquí, al menos podrías hablarme.

—¿Sobre qué? —Entorna los ojos.

—No lo sé… Finge que somos normales o algo. Háblame sobre tu familia antes de llevarme con ellos.

Cierra los ojos y suspira.

—No quieres conocerlos, créeme.

—En realidad, sí —respondo mientras se frota la frente—. ¿Qué hay de tu hermana, por ejemplo? Parece que os odiáis. ¿Por qué?

—Es complicado. Es mi hermana pequeña, y tengo que protegerla. A ella no le gusta nada. Pero, al mismo tiempo, actúa como una puta fulana con los tipos equivocados —gruñe—. Da igual.

Sigue frotándose, como si odiara incluso hablar de ellos, pero me alegro de conseguir al menos algo de información. Si estos tipos me están jodiendo, más vale que los conozca. Quién sabe, tal vez la información sea útil algún día.

—Dios, necesito una puta copa —masculla.

No hace falta que lo jure.

—Parecías estar a punto de matarme cuando he mencionado a tu madre.

Entreabre los dedos y deja al descubierto un ojo entornado, casi como si me estuviera observando, listo para atacar, y se me pone la piel de gallina.

—Mi madre… —baja la mano y se acerca— está muerta.

—Oh. —Desvío la mirada—. Lo siento.

Apoya la mano en la pared que tiene al lado.

—La mató mi padre.

Clavo la mirada en sus ojos de asesino, sin una pizca de miedo ni sufrimiento, y el aire se me queda atascado en los pulmones.

¿A su madre… la mató su propio padre?

¿Por qué?

¿Y cómo puede parecerle bien a Felix?

De repente, la puerta se abre y Dylan se apoya contra el marco.

—Hola, novia.

Entra sin permiso y cierra la puerta tras de sí.

Felix se da la vuelta, indignado.

—¿Qué coño haces aquí?

—Comprobar que estáis bien —musita, cruzando las manos detrás de la cabeza—. ¿Qué estáis haciendo?

Felix levanta una ceja.

—¿A ti qué te parece?

Dylan se encoge de hombros.

—No lo sé. Me parecía que quería pasar un rato a solas con mi novia. —Me agarra de la mano como si le perteneciera—. Mejor mantener la farsa, ¿no?

Felix le aparta la mano de un manotazo y se coloca entre los dos.

—Ni lo intentes.

La puerta se vuelve a abrir, esta vez, se asoma Alistair.

—Vaya, ¿qué está pasando aquí?

—Por Dios, ¿por qué nos estáis siguiendo? —gruñe Felix, y trata de cerrar la puerta, pero Ali se cuela antes—. Maldita sea. Cuando he dicho que era suficiente, me refería a todos vosotros.

—Está bien —respondo, y lo empujo para pasar—. Entonces me voy.

Me agarra de la muñeca antes de que pueda poner un solo dedo en el pomo de la puerta.

—Tú te quedas.

Se gira para mirarme, su mirada refleja pura posesividad.

—¿Por qué? Querías un rato a solas. —La forma en la que me mira me hace tragar saliva, es como si quisiera comerme viva a pesar de que acabamos de cenar—. No me necesitas.

Lo tengo tan pegado a la cara que tengo que dar un paso atrás, pero cuando me golpeo con el váter, no tengo más remedio que agacharme.

Pasa de agarrarme la muñeca a la barbilla.

—Tú eres todo lo que necesito ahora mismo.

Me acaricia los labios con el pulgar y, cuando me los separa, ni siquiera me quejo.

La necesidad de calmar una sed insaciable llena sus ojos ensombrecidos y empañados. Y cuando me empuja hacia atrás, mi cuerpo le sigue instintivamente, incapaz de apartar la mirada. Me golpeo contra la pared del fondo del baño y, de repente, el aire es demasiado denso como para poder respirar.

—De rodillas —gruñe.

44 Penelope

Siento un latido entre las piernas incluso cuando no debería, pero su voz tiene algo que me incita a obedecer.

Y me pongo en cuclillas delante de él mientras se baja la cremallera de los pantalones.

Este es el trato que hicimos. En cualquier lugar, en cualquier momento, soy suya, para someterme a cada una de sus sucias fantasías.

Y en este momento, estoy de rodillas en el baño de la familia Caruso, donde probablemente todo el mundo pueda oírnos. Pero a Felix no le importa y se saca la polla repleta de piercings, con el ampallang de la punta, y goteando líquido preseminal.

—Abre esa boquita tan sucia, Pen —dice.

—¿Aquí? ¿En la casa de los padres de Dylan? —replico—. ¿En serio?

—Me importa una mierda. Eres mía donde me salga de los cojones. —Me recorre los labios con el dedo y luego me lo mete en la boca—. ¿Verdad, Pen?

Asiento, no porque quiera, sino porque estoy obligada.

—Necesito descargar, y esta zorrita siempre está lista para recibir —gruñe, y me introduce los dedos tan hondo en la garganta que me provoca una arcada. Cuando oye el sonido, se la saca y me mete la polla dentro, sin dejarme espacio para respirar.

Pero cuando le miro a los ojos, no veo el mismo odio de antes. Esta vez hay algo diferente en él, como si intentase tragarse las palabras que se niega a decir en voz alta y quisiera desahogarse con mi boca.

Y, por alguna razón, quiero que lo haga.

—Eso es, más hondo —gime—. Sé que puedes.

—Bueno, si vamos a hacer esto ahora —dice Dylan con voz ronca—, yo también me uno a la fiesta.

Me da una arcada cuando Felix la saca y se masajea el tronco mientras aspiro oxígeno. Dylan se acerca y saca también su erección.

—Está bien —gruñe Felix—. Pero no voy a parar. Es mía.

—Oh, por mí no te detengas —dice, y empuja la punta contra mis labios—. ¿Por qué no hacer que pruebe las dos al mismo tiempo?

Abro mucho los ojos.

—¿Qué? No, eso no…

—Puedes soportarlo. —Dylan me agarra de la cabeza y me empuja sobre las dos longitudes.

Se me llenan los ojos de lágrimas mientras me esfuerzo por no dejar que se me salgan de la boca.

—Joder, tu lengua… es una puta maravilla —gime Dylan—. Envuélvenos con ella.

Hago lo que me pide, pero es difícil hacerlo con las dos a la vez.

Por el rabillo del ojo, veo que Alistair nos observa, y se masajea la polla semidura que se ha sacado. Le encanta disfrutar el espectáculo como el buen voyeur que es. Cuanto más chupo, más difícil se vuelve, y para mí es casi como un juego. Un juego para ver cómo de dura se la puedo poner antes de que intervenga.

¿Estoy igual de jodida que ellos? Puede ser. Pero cuando me centro en una tarea, es como si recuperara una pizca del poder que me han robado.

—Mírame, Pen —dice Felix con voz áspera, y me agarra del cuello mientras aparta a Dylan y me embiste hasta el fondo—. Quiero que me mires a mí cuando me entierre dentro de tu boca.

Con los ojos empañados de lágrimas, miro a los suyos y encuentro hambre y avaricia.

Toda la rabia contenida, toda la violencia que llevan dentro, nada me asusta tanto como la forma en la que quiere adueñarse de mí. Es como si quisiera poseerme. Encerrarme en una jaula y tirar la llave.

Y a mi mente retorcida no parece importarle.

¿Qué coño me está pasando?

—Joder —gime Dylan mientras me separa de Felix, sin dejarme siquiera recuperar el aliento antes de enterrarse hasta la empuñadura.

Me palpita en la garganta y se me saltan las lágrimas cuando vuelve a sacármela.

—Llora más, Pen. —Felix me las quita con la polla para luego restregármelas en la lengua—. Muéstrame cuánto me odias por desquitarme contigo.

Así que tenía razón. Está enfadado conmigo, con nosotros, con todos, pero probablemente sobre todo con su padre, y quiere descargar toda su furia.

Sin embargo, cada vez que ambos se deslizan por mi lengua, no paro de gemir. Mis mejillas siguen sonrojándose y mi coño sigue palpitando, a pesar de que todo esto esté fatal.

Felix me trata con tanta rudeza que no puedo evitar que las lágrimas rueden por mis mejillas. Y me las limpia todas y cada una con la polla, para volver a meterlas como una especie de maldito pago por ser su puta.

—Esto me pone cachondísimo —gime Alistair, todo su grosor brilla de líquido preseminal.

—Creo que ella también se está poniendo cachonda con tanta polla en la boca —gime Dylan, desliza la mirada lentamente por mi vestido—. ¿A que sí, Pen?

—Ya te digo, deja que lo pruebe a ver —dice Alistair mientras se agacha hasta el suelo, gatea por debajo de ellos y desliza lentamente un dedo por mis bragas.

Jadeo cuando traza círculos en mi punto sensible.

—Joder, está chorreando —dice, relamiéndose.

Se pone boca arriba y se desliza por debajo de mí, luego me aparta las bragas. Me separo de los dos chicos.

—Espera, ¿qué estás haciendo?

—Oh, no. Mira aquí arriba —gruñe Felix, me agarra de la barbilla y me obliga a que lo mire—. Nada de hablar. Abre la boca y sé una buena putita.

Vuelve a embestirme como si no hubiera tiempo que perder, y yo lucho por acomodarlo, sobre todo cuando Dylan también se une.

De pronto, la lengua de Alistair alcanza ese punto entre mis piernas y me estremezco tanto que casi me derrumbo.

—Oh, joder, qué bien sabe —dice, prácticamente gimiendo mientras me da lengüetazos.

Y, me cago en la puta, no puedo pensar con claridad.

—Te gusta su lengua, ¿eh? —dice Dylan, y me golpea la cara—. Claro que sí, putita.

—Chupa —ordena Felix, y hago lo que me pide casi de inmediato.

No porque sepa que tengo que hacerlo, sino porque la lengua de Alistair me vuelve loca.

Los líquidos salados me cubren la lengua y me los trago.

De repente, Alistair me penetra con la lengua, y yo jadeo y gimo al mismo tiempo mientras tengo a los chicos todavía dentro de la boca. Mis rodillas no pueden soportarlo más, y empiezan a temblar con vehemencia.

—No puedes aguantar, ¿eh? —Dylan sonríe—. Siéntate, entonces.

—¿Qué? —Abro los ojos.

—Ya me has oído —dice, mordiéndose el labio—. Siéntate.

—Siéntate en mi cara, Pen —gime Alistair debajo de mí.

Y me arrastra hacia abajo hasta que mis pies colapsan y las rodillas se me hunden en el suelo. Gime mientras pasa la lengua por mi hendidura.

Pero lo que realmente me deshace son sus palabras.

—Móntame la cara como te perteneciera.

Alistair

Dios, pocas veces he probado algo tan jodidamente delicioso.

Necesito más. Más. Mucho más, joder.

La devoro como si no hubiera nadie más en esta maldita casa; lamiendo y chupando con ansia su pequeño nudo hinchado hasta que gime con sus pollas aún en la boca.

Soy adicto.

Adicto a sus ruidos necesitados.

Adicto a su mirada cuando maúlla de placer.

Adicto a su sabor.

Esta maldita chica consume cada uno de mis pensamientos… Y no entiendo por qué. Pero ya no me importa. Todo lo que deseo es este puto coño, frotándose por toda mi boca y mi nariz.

—Joder, sí, eso es —gimo mientras trazo círculos alrededor—. Córrete en mi boca.

—Oh, Dios, ¿y qué pasa si me escuchan? —gime.

¡ZAS!

Dylan le da un manotazo con la mano abierta en la teta.

—¿Te parece que nos importe una mierda?

—Pero tus padres…

Le da otro manotazo.

—A mis padres les pueden dar mucho por culo si no les parece bien. Haré lo que me salga de los cojones, y lo que quiero ahora mismo es escuchar tus arcadas.

Vuelve a embestirla. Y no me hace falta verlo para saber que está pasando porque puedo oír sus gemidos amortiguados, y lo siento en la forma en la que se moja más y más.

—Joder, estás empapada —gimo.

—Como una buena zorrita debe estar —musita Dylan—. Ahora gime para que todo el mundo se entere.

—Oh, que te follen —escupe.

Aunque nos mande a la mierda y finja que nos odia, cada vez que nos la follamos se moja muchísimo. Nos está mintiendo, pero a la que más se engaña es a sí misma cuando dice que no lo desea.

—Sigue con esas, y puede que lo hagamos —le gruñe Felix.

Se la hunde en la garganta antes de que pueda contestar.

—Es mi turno de destrozarla —dice Dylan cuando Felix vuelve a sacarla, para que él se la meta en la garganta a continuación.

Apenas puede quedarse quieta, pero la mantengo con las manos en la cintura mientras ella se revuelve sobre mi cara. Cuanto más la penetran, más intensos son sus movimientos, casi como si estuviera sincronizada con ellos. Y yo estoy tan excitado que empiezo a empujar en el aire.

—Qué hambrienta —gime Felix—. Aquí tienes tu postre.

Le agarra la cara y escucho sus gemidos antes de descargar en ella.

—Trágatelo.

Su coño se contrae en torno a mi lengua mientras la lamo y ella se balancea hacia delante y hacia atrás sobre mi barbilla. Se retuerce, y noto cómo se deshace.

Dylan gruñe:

—Toma mi corrida también, zorra.

Y se libera dentro de ella, apretando el culo mientras le sujeta la cara.

Me cago en la puta, verla así, y sentir cómo se le desborda la humedad, me supera.

—Joder, no puedo aguantarlo.

Un fuerte gemido emana de lo más profundo de mi pecho mientras derramo mi semilla por todo el suelo del cuarto de baño.

—Joder, ¿te has corrido? —dice Dylan mientras sale de ella y me mira fijamente. Se le dibuja una gran sonrisa en la cara—. ¿Sin que nadie te toque?

—No me hace falta —digo entre jadeos mientras continúo lamiendo todos sus jugos—. Lo único que necesito es tener este coño en la cara.

Dylan se ríe.

—Oh, ahora sí que la has hecho sonrojarse.

—Para —dice ella, dándole un manotazo.

Felix la agarra de las muñecas.

—¿Te lo has tragado todo? —Ella abre la boca para mostrárselo—. Buena chica.

Salgo de debajo de ella, pero cuando me pongo de pie, Felix les sujeta la cara y le da un beso en los labios delante de nosotros. Estoy sorprendido. Normalmente nunca es cariñoso con nadie. Ni siquiera con Eve.

Cojo un pañuelo y me limpio, pero Dylan se acerca rápidamente y me besa antes de que pueda darme la vuelta.

—Si ellos se besan, yo también quiero —musita.

Alguien llama a la puerta y todos nos quedamos quietos.

—¿Hola? ¿Qué pasa ahí dentro?

—Lana —dice Felix en voz baja mientras Penelope vuelve a bajarse el vestido.

Se apresura a guardarse la polla en los pantalones y le da un último y apasionado beso en la boca a Penelope antes de abrir la puerta.

—¿Qué quieres?

Lana echa un vistazo por encima de su hombro y nos lanza una mirada rápida. Una sonrisa traviesa se le dibuja en los labios.

—¿Sabes que os he escuchado gemir, verdad?

Mierda.

—¿Qué estáis haciendo ahí dentro? —añade—. ¿Haciéndoos pajas los unos a los otros?

—Nada que te incumba —dice Felix, y cierra más hueco entre la puerta y él.

—Papá me ha dicho que viniera a buscarte —dice.

—Pues nos has encontrado —musita Dylan, dando un paso al frente—. Buen trabajo. ¿Quieres un premio?

Lana parece muerta de vergüenza.

—Bien, quedaos aquí y follad en el baño por lo que a mí respecta. Solo estoy transmitiendo el mensaje.

Pone los ojos en blanco y se marcha.

—Nos ha visto a todos juntos aquí dentro. ¿Qué pasa si se lo cuenta a tu padre? ¿O al padre de Dylan? —pregunto.

Felix se encoge de hombros.

—De todas formas creen que es tu novia. —Mira a Penelope por encima del hombro—. Más vale seguir con la farsa.

—Espera, ¿qué? —murmura Penelope.

—¡Dylan! —La voz de Jeong-Suk resuena por el pasillo.

—Joder —dice Dylan con voz ronca antes de abrir la puerta de un tirón y marcharse.

Cuando su madre se enfada, las cosas se ponen peligrosas.

Agarro rápidamente la cara de Penelope y le doy un beso en los labios. Parece sorprendida de que lo haya hecho, pero quiero que sepa que no ha sido solo por mi propio placer. Disfruto viendo el suyo.

—Que no se te olvide… que no solo eres suya, sino mía también —le digo antes de alejarme.

Felix me mira de reojo, pero no le presto atención.

Aceptó que la compartiéramos, y ni de coña pienso dejar que ahora se la quede él solo. Cojo unos pañuelos y se los doy, y ella se limpia la cara, que aún estaba cubierta de saliva.

—Gracias —murmura.

—Volvamos —respondo.

Todos salimos por la puerta y volvemos al comedor, pero, en cuanto pongo un pie dentro, me quedo helado.

—¡Alistair! —La voz de mi padre retumba en la habitación—. Así que no te has caído muerto en el baño después de todo.

Todo el mundo nos está mirando, y no me gusta nada.

—Has venido —musito.

—Pues claro que he venido. ¿Crees que tendrían una cena increíble sin mí? —bromea mi padre, riendo.

—¿Dónde está mamá? —pregunto.

—Está enferma en casa, así que he venido solo —responde—. Vamos, chico. Siéntate, vamos a comer.

—De todas formas, ¿qué hacíais en ese baño? —pregunta Dean Caruso, dando un mordisco a su comida.

Dylan se frota los labios mientras me mira fijamente y niega suavemente con la cabeza.

Lana nos fulmina a los tres con la mirada desde su asiento en la mesa.

—Eso, ¿qué hacíais ahí dentro, chicos? —Levanta las cejas mientras se intercambia miradas asesinas con Felix—. Sonaban unos gemidos muy fuertes.

—¿Gemidos? —Jeaong-Suk deja caer su hoja enrollada en la mesa.

—Estaba indispuesta —interviene Penelope.

El padre de Dylan frunce el ceño.

—¿Indispuesta? Espero que no fuera por la comida.

Ella sacude la cabeza.

—No, últimamente he tenido problemas estomacales. Los chicos… me ayudaron a sujetarme el pelo y la ropa —miente.

Lana ladea la cabeza y frunce el ceño, pero yo la ignoro.

—Pero ya me encuentro bien —añade Penelope.

—Bueno, me alegro de oírlo, querida —responde Jeong-Suk—. ¿Quieres más comida o estás bien?

Ella sonríe.

—Me sentaré con vosotros.

—Qué generoso de tu parte —se burla Lana.

—Lana —le advierte Felix.

Ella vuelve a poner los ojos en blanco.

—Dios mío, esto es ridículo.

—Vamos, chico, siéntate —dice mi padre, señalando la silla vacía—. Se te está enfriando la comida.

Penelope se sienta al lado de Felix, y yo me siento al lado de mi padre, que ha escogido la única silla vacía que quedaba en la mesa.

Me abraza de sopetón y casi me asfixia.

—Ven aquí, chico. Me alegro de que hayáis decidido venir todos.

—No teníamos otra opción —dice Felix, jugando con su comida.

—¿No? —musita Jeong-Suk mientras cocina más verduras en la olla.

—Digamos que papá…

—Dylan —le advierte su padre—. Ni una. Palabra. Más.

Toda la mesa se queda en silencio.

—Vamos a disfrutar de la comida maravillosa que nos ha preparado la señora Caruso —añade, mirándonos a todos.

—¿Así que eso significa que ya no tenemos que escribir esa redacción? —pregunto.

El padre de Dylan me lanza una mirada asesina mientras Dylan desliza el dedo por su garganta, diciéndome que me calle. Demasiado tarde.

—Esta cena no os sirve para libraros de vuestro castigo —dice su padre, bajando el tenedor y el cuchillo—. Seguís suspendidos durante toda la semana. Y ese trabajo todavía se tiene que entregar en su totalidad.

Un suspiro colectivo llena la habitación.

—Ahora sentaos y comed. La señora Caruso ha cocinado una cena increíble, y si algo se desperdicia, os haré escribir otra redacción.

45 Penelope

Después de que los chicos cumplieran su suspensión y todos escribiéramos la redacción de diez mil palabras, el padre de Dylan por fin nos dejó libres.

Los días siguientes, todos en el campus me miran como si fuera un lobo con piel de cordero. Por toda la universidad se han extendido rumores sobre mi historia con esos tipos de la Phantom, y aunque la mayoría creen mi versión, ninguno se atreve a acercarse.

Todo porque soy parte del grupito que se vio envuelto en el crimen sin resolver.

Mientras camino por el pasillo, Dylan y Alistair salen de la clase donde Felix los espera apoyado contra la pared. Le pasa un cigarro a Dylan mientras sujeta el suyo, y Dylan enciende los dos antes de que caminen por todo el pasillo en mi dirección.

Una sonrisa ladina se extiende en la cara de Dylan cuando me ve; Alistair se mantiene distante, como siempre. Pero los ojos de Felix son los que más me aterran. Posesivos. Codiciosos. Una mirada envolvente capaz de abrirme un agujero en el pecho y arrancarme el corazón mientras sigue latiendo.

Caminan directos hacia mí, pero, en lugar de darme la vuelta, me enfrento a ellos de cara, como hice la primera vez que me los encontré en estos mismos pasillos.

Y, cuando se acercan, Dylan corre hacia mí y me rodea el cuello con los brazos tan fuerte que casi me ahoga.

—Hola, linda ratita —dice, y me frota el pelo hasta dejármelo todo alborotado.

—Ay, por Dios, ya te he dicho que no me llames así —respondo y lo empujo, pero no se aparta y, por algún motivo, eso me hace reír.

—Vale, putita —rebate.

Me quedo boquiabierta.

—Estamos en público.

—¿Y qué? No te hace menos nuestra —dice Felix mientras se coloca detrás de mí y se inclina con el cigarro entre el índice y el pulgar—. ¿Quieres una calada?

Niego con la cabeza.

—No, gracias. Mi tío murió de cáncer de pulmón. Conozco las consecuencias.

Felix se encoge de hombros.

—Como quieras.

Le da otra calada, y luego me coloca la mano en la cintura como si nada.

—¡No se fuma en el pasillo, Rivera! —grita un profesor desde el fondo del pasillo.

Felix se limita a levantar una ceja y a seguir fumando hasta que llegamos donde está el profesor, luego lo tira al suelo enfrente de él y lo pisotea.

—Ahí está. Todo tuyo.

—Serás insufrible…

—¿Te has olvidado quién está en la puta junta de la universidad? —dice Felix mientras se guarda las manos en los bolsillos, lo que es señal de que se está cabreando.

—Ya conoces las normas…

—Me aseguraré de que cambien esa puñetera norma —interviene Felix—, y el día que eso pase, tú no te vas a enterar porque estarás en la puta calle.

Luego se aleja como si no hubiera pasado nada, aunque el profesor parecía estar horrorizado de que tenga esa clase de poder.

Cuando localizo a Kayla hablando más allá de las enormes puertas del edificio, dejo a los chicos y me acerco corriendo.

—Hola, chicas. Siento llegar tarde a nuestro picnic.

Me miran como si hubiera vuelto de entre los muertos.

—¿Estás segura de que quieres unirte? —Crystal echa un vistazo por encima de mi hombro—. Parece que has estado ocupada.

Me encojo de hombros.

—No se entrometerán. —Lanzo una mirada asesina por encima de mi hombro—. ¿Verdad, chicos?

Dylan se encoge de hombros.

—Ali, ¿quieres que vayamos a pillar unas hamburguesas?

—Uf, sí, me apunto —responde, y se alejan juntos mientras Felix sigue conmigo.

—¿No vas con ellos? —le pregunto.

—No —responde, cerniéndose sobre mi espalda como un maldito fantasma—. Alguien tiene que estar pendiente.

Frunzo el ceño.

—¿Como que pendiente? —Eso ha estado feo—. No soy una puñetera cría.

Eleva las cejas.

—No me importa lo que pienses.

Se inclina hacia mí, y se coloca a la misma altura.

—¿Se te ha olvidado lo de los Phantoms? Kai sigue por ahí. Tienes una diana en la espalda ahora mismo. Así que yo vigilo.

Aprieto los dientes.

—Pues vale. —Le señalo con un dedo en el pecho—. Pero no quiero oír ni un insulto hacia mis amigas, ¿entendido?

Me agarra el dedo y se lo lleva a los labios con suavidad, luego chupa la punta.

—Vuelve a darme órdenes. Lo mismo hasta me acaba gustando.

Me caliento como una tetera a punto de silbar.

—Ay, por Dios. —Quito el dedo antes de sonrojarme y me doy la vuelta, decidida a ignorarlo.

—Parece que tenéis problemas conyugales —bromea Kayla.

—Ya le gustaría poner un anillo en este dedo —replico.

—Vamos, nos están esperando —dice Crystal.

Felix refunfuña detrás de mí, así que lo fulmino con la mirada, pero no abre la boca. Bien. No quiero que arruine lo único bueno que tengo.

—¿Hace falta que venga él? —me susurra Kayla.

Asiento.

—Lo siento. Es cosa de los Phantoms. Está preocupado por mí después de… Bueno, desde el incidente en las aguas termales. —Pongo los ojos en blanco.

—He oído que unos tipos intentaron aprovecharse de ti —susurra Crystal—. ¿Es verdad?

Los rumores corren como la pólvora por ahí.

—Más o menos.

—Lo siento —añade Crystal.

—No pasó nada excesivamente malo —digo—. Ali y Dylan estuvieron allí para protegerme.

—¿Ali? ¿Ya tienes apodo y todo? —Kayla me da un codazo—. Estás acercándote más de la cuenta, tía.

—Oye —masculla Felix, y las dos nos giramos para mirarle—. No la toques.

Kayla hace una mueca.

—Qué tipo tan encantador eres, ¿no? —bufa—. Gilipollas.

Él se acerca a ella.

—Te enseñaré lo encantador que puedo llegar a ser.

Vuelven a encararse, así que me meto entre ellos.

—Parad. Joder, parad de una vez, ¿vale? —le espeto a él—. Si no sabes comportarte con ella, te vas.

—No —sisea con los dientes apretados.

—¿Por qué no? No va a pasar nada. —Señalo a mis amigos, que están en el césped—. ¿Quién va a intentar hacerme algo a plena luz del día mientras estamos haciendo un picnic? Ni siquiera los Phantoms son tan estúpidos.

—Preferiría cortarme mi propio dedo antes que dejarte sola —dice con firmeza.

No solo hace que Kayla abra los ojos. Todo el mundo a nuestro alrededor nos mira fijamente.

¿Llegaría tan lejos solo para mantenerme a salvo?

Noto cómo me sonrojo de nuevo, y lo odio.

Y a juzgar por su mirada penetrante, ya sé que discutir con él va a ser inútil.

—Está bien —gruño, cruzándome de brazos—. Siéntate con nosotros. Pero calladito. No quiero oír ni una queja.

—Te sigo —dice, y también mira a Kayla.

Ella pone los ojos en blanco y se da la vuelta para alejarse, y yo voy detrás.

—Siento lo que ha pasado —le digo.

—No entiendo qué les ves. En serio que no —dice.

—Siento que te traten como una mierda. Ya le he dicho que tiene que parar de hacerlo. —Trago saliva—. Sois mis amigos, y tienen que aceptarlo, fin de la historia.

—¿Entonces están saliendo contigo o algo? —pregunta Crystal.

Me acomodo un mechón de pelo detrás de la oreja, soltando una carcajada porque no sé cómo responder a esto sin parecer ridícula.

—¿Con esos chicos? Seguro que sí —dice Kayla, poniendo los ojos en blanco.

Crystal se ríe.

—Son demasiados para mí, pero al menos te protegen.

—¿Que la protegen? —bufa Kayla—. Más bien la acosan.

Felix vuelve a refunfuñar, pero no dice nada. Bien. No quiero más problemas. Ya tengo suficiente con él siguiéndome a todos lados.

Caminamos hacia el resto de chicos sentados en el césped, y todos me miran con sorpresa como si no esperaban verme aquí.

—Hola, Pen. Cuánto tiempo —dice Jeremy.

—¡Pen! Hoy no estás cubierta de lefa, por lo que veo —dice Calvin, y Jeremy le da un puñetazo en la rodilla por decirlo en voz alta. Me alegro de no haber tenido que hacerlo yo.

—Mira con quién ha venido —le sisea Jeremy.

Calvin levanta la vista hacia Felix y se queda pálido.

—Em… ¿Qué hace aquí?

—Es su acosador —anuncia Kayla, como si no fuera para nada una broma.

—Es mi amigo. No va a ser un incordio, lo prometo —añado.

Calvin casi se atraganta.

—¿Un amigo?

Me giro para mirar a Felix.

—Se quedará sentado en una esquina, lejos. ¿Verdad, Felix?

Él pone los ojos en blanco y suspira.

—No te voy a perder de vista.

Me da muchísima vergüenza que lo haya dicho en alto como si fuera algo normal, todos lo han escuchado.

—Ay, por Dios —murmura Jeremy.

Calvin resopla.

—Oh, se lo ha montado bien.

—Ignoradlo y ya está —digo mientras Felix se sienta en la punta más alejada del mantel de picnic; se le crispan las fosas nasales como si el olor de la comida lo sacara de quicio.

—Te fastidias —se burla Kayla—. El cabrón es como una estatua.

—Oh, venga, no puede ser tan malo —dice Crystal, sonriéndome—. A ella le gusta, así que debe tener algo bueno.

Vale, ahora sí que me estoy sonrojando.

—Solo me está ayudando.

—¿Con qué? —pregunta Calvin.

Ay, Dios. ¿Cómo respondo a eso?

—Él…

—Es su protector silencioso —bromea Kayla, y se coloca un dedo frente a la boca—. Como un maldito guerrero ninja.

Los chicos se ríen y Jeremy dice:

—Me ha dado vergüenza ajena.

—Pues no me extrañaría que de repente le diera una patada ninja a alguien solo por mirarla —dice Calvin.

—Ven aquí y lo compruebas —responde Felix.

—Felix —le advierto. Luego se cruza de brazos y desvía la mirada, molesto de narices—. Como os he dicho, pasad de él.

—Guau —murmura Calvin—, estoy flipando.

—Cómete el puto sándwich —dice Jeremy, y le mete en la boca el sándwich que ha traído Calvin con tanta saña que la mitad cae sobre la manta.

Yo me río.

—Menos mal que he traído muchos más. —Saco una bolsa enorme y les doy unos sándwiches—. Invita la casa.

—¡Hala! Gracias, Pen —dice Crystal mientras coge uno—. Todo un detalle de tu parte.

—Solo quería hacer algo para compensar. Ya sabéis, por estar tan desaparecida. —Miro por encima de mi hombro a Felix, que está sentado, mirándome—. Y por él, que se ha portado como un imbécil contigo, Kayla.

Ella me sonríe.

—No es tu culpa. La tiene toda él —dice con inquina—. Deberíamos quedar en el club más tarde. Tal vez allí nos libremos de él.

—¡Ay, sí! —exclama Calvin—. Conozco un sitio en el centro. Es encantador. Es como un bar de drags.

—Perfecto —responde Kayla.

—Es exclusivo —responde Jeremy—. No hay forma de que entremos sin entradas. Y no conozco a nadie de dentro.

—Bueno, podemos intentarlo —dice Crystal.

—Conozco un sitio mejor —interviene de pronto Felix, y todos lo miran como si no pudieran creer que esté a punto de proponer algo—. El club RIVERA.

Kayla se queda boquiabierta.

—¿Qué? Pero ese es…

—De mi padre —termina por ella, con la cabeza ladeada—. Y bastante exclusivo… a menos que conozcáis a alguien de dentro.

Frunzo el ceño.

¿Qué hace proponiendo eso?

No obstante, probablemente sea uno de los lugares más seguros, quedaría lejos de las manos de los Phantom y le facilitaría mantenerse alerta en busca de Kai.

—Espera… ¿En serio estás sugiriendo que vayamos al club de tu padre? —pregunta Calvin, con la mandíbula casi en el suelo—. Hostia puta.

—Calvin, no puedes estar diciéndolo en serio —dice Jeremy, poniendo los ojos en blanco—. ¿De verdad? ¿Estás babeando por el club RIVERA?

—¿Qué pasa? Aquello está lleno de bombones, y no me refiero a la comida. —Se lame los labios—. Necesito ver esa mierda por mí mismo.

—Vendido —murmura Jeremy por lo bajo.

—No me digas que no te gustaría ver a un caballo colgante bailando en el escenario —rebate Calvin.

—Espera, ¿esto es en serio? ¿Nos estás invitando? —pregunta Kayla, y nos señala a todos mientras mira a Felix—. ¿A tus enemigos acérrimos?

—No sois mis enemigos —replica—. O ya lo sabríais, creedme.

Kayla pone los ojos en blanco.

—Gracias. Me hace sentir mucho mejor.

—¿Por qué no le damos una oportunidad? —pregunta Crystal—. No puede estar tan mal si es el club más exclusivo de la ciudad. Además, tenemos que celebrar que has aprobado el último examen. —Se lanza sobre Kayla y le rodea el cuello con los brazos—. Vamos, Kayla. ¿Podemos ir? Por favor.

Kayla suspira con fuerza.

—Vale, vale.

Crystal aplaude y le planta un beso en la mejilla a Kayla.

—Nos merecemos una salida.

Miro a Felix. No sé por qué está haciendo esto. Casi parece que tiene un motivo oculto.

Pero no quiero decepcionar a mis amigos.

Por eso, con una sonrisa de satisfacción en la cara, digo:

—Muy bien… Si el señor Rivera en persona nos ha invitado, creo que es hora de que hagamos una visita a ese club.

46 Penelope

Esa noche

Me siento en una mesa circular con mis amigos, disfrutando del espectáculo subido de tono que tenemos delante. Una chica da vueltas alrededor de la barra con un bikini que apenas le cubre nada mientras la música retumba a través del techo de este lujoso local. La parte delantera del club está llena de gente bailando, pero nosotros estamos en una sala apartada destinada únicamente a clientes VIP.

Por suerte para nosotros, el padre de Felix es el dueño del sitio, así que nos ha metido a todos en una zona especial con bailarines privados y muchísima bebida cara.

Y aunque estoy disfrutando del espectáculo, no puedo evitar fijarme en ellos cuando entran los tres en la sala. La ajustada camisa negra de manga larga de Felix apenas cubre sus músculos, y los vaqueros grises que lleva debajo probablemente valgan más que el reloj que lleva en la muñeca. Dylan se cuelga despreocupadamente la chaqueta sobre el hombro, con el pelo rubio platino despeinado y un collar negro colgando del cuello por encima de una costosa camisa blanca. Alistair lleva el mismo conjunto de rejilla sobre una camisa negra que vi la noche de la hoguera, y tengo que admitir que le sienta muy bien con esos músculos marcados.

Están guapos a rabiar, y tengo que tragarme el nudo que se me ha formado en la garganta.

Dylan me ve y aparto rápidamente la mirada, pero aun así se dirige a nuestra mesa.

—Pen —dice Kayla, dándome un codazo—. Viene tu chico.

—No es mi chico —siseo.

—¿Quién no es tu chico? —pregunta Dylan, con una ceja enarcada.

Me sonrojo.

—No importa.

Dylan se inclina sobre el sofá en el que estamos sentados, y Calvin suelta una risita tan sonora que Jeremy tiene que darle un codazo.

—Puedo ser tu chico si quieres.

Kayla se queda boquiabierta, y Crystal susurra:

—Ay, mi madre.

—Dylan —siseo—, deja de avergonzarme.

—¿Crees que te estoy avergonzando? —musita y se inclina hacia delante para enroscarse mi colgante en el dedo, tira de él despacio hasta que me hace moverme a mí también—. Puedo hacer que te dé aún más vergüenza aquí mismo, en este momento… —Tira de mí hasta que está tan cerca de mi oído que siento su aliento en la piel—. Podría comerte en este sofá y hacer que te corras tan fuerte que acabaras rogándole a Dios y gritando mi nombre delante de todos tus amigos.

—Para —murmuro, aunque se me corta la respiración de pensarlo.

—Solo si me lo pides con amabilidad —murmura.

—Por favor… —continúo, odiándome con cada fibra de mi ser. Y a él. Sin duda a él.

Miro por encima de su hombro y veo a Felix charlando con alguien en la parte de atrás. Una chica con el pelo largo y negro atado con una cinta roja en la parte superior, además de serios problemas para controlar la ira. Lana.

Mientras Dylan se echa hacia atrás de nuevo, inclino mi cuerpo hacia un lado y veo a un tipo manoseando a Lana mientras baila con ella. Felix le golpea en la cara.

Suelto un grito ahogado que hace que Dylan se gire inmediatamente para mirar.

El tipo que ha recibido el primer golpe intenta devolverle el puñetazo a Felix, pero cuando este saca una navaja, se marcha, enfurecido.

—Oh… Claro. —Dylan no parece sorprendido en lo más mínimo.

—¿Qué? —digo.

—Ah, que Lana siempre atrae a la chusma equivocada —dice Dylan, cruzándose de brazos—. Pero Felix lo tiene controlado.

Felix agarra a Lana de la muñeca y ella se zafa de un tirón, luego le señala el pecho con el dedo mientras se enzarzan en una discusión acalorada.

—Pensaba que se odiaban —digo.

—Qué va. Tienen una relación complicada, eso es todo —contesta Dylan mientras los observa—. Pero Felix no va a dejar que nadie le ponga un dedo encima a menos que lo merezcan.

Puede que Felix no tenga el corazón de piedra después de todo.

—Le importa su hermana pequeña —añade Dylan, y me guiña un ojo—. Pero no le digas que he dicho eso, o no viviré para contarlo.

—Entendido —farfullo.

Él resopla.

—Ah, y no le digas a Lana que la he llamado «pequeña». Me matará.

—¿Tienes hermanos o hermanas? —pregunto, en un impulso.

Dylan me mira.

—Un hermano pequeño. ¿Por qué?

Me encojo de hombros.

—Simple curiosidad.

—Está en el instituto. Y no estoy seguro de si alguna vez dejaré que estudie en nuestra universidad.

Tiene sentido, teniendo en cuenta lo que pasa en Spine Ridge.

Lana se marcha a la gran sala del club, lejos de la zona privada, dejando a Felix malhumorado. Resopla para calmarse y se dirige a otra mesa, enfrente de la nuestra, donde Alistair se está tomando una copa despreocupadamente.

—Bueno, esa es mi señal —murmura Dylan, y se levanta de la mesa—. Pásalo bien con tus amigos. —Les lanza una mirada y sonríe, luego se marcha pavoneándose.

—Tu chico sí que es especial —musita Calvin.

—Ay, Dios —digo, hundiendo la cara entre mis manos—. Que no es mi chico.

—No, lo son los tres, ¿a que sí? —dice Jeremy.

Crystal ahoga un grito.

—¿Qué? ¿En serio?

—¿No lo sabías? —jadea Jeremy—. Me extraña.

—¿Podemos dejar de hablar de ellos, por favor? Vamos a jugar a algo —digo, golpeando dinero sobre la mesa—. Invito a una copa al primero que se atreva a meterle dinero a la bailarina en la ropa interior.

Dylan

—Tío, ¿estás seguro de que es una buena idea? —pregunto a Felix y me acomodo en nuestro sofá de siempre mientras Penelope y su grupo de frikis están sentados alrededor de la mesa de detrás del escenario.

No puedo dejar de mirar su vestido negro con los hombros al aire ceñido en la cintura. Como un apetitoso cebo esperando a que le dé un mordisco.

Y, como yo, probablemente todos los tíos del club estén pensando lo mismo.

Me aclaro la garganta y me centro en Felix.

—Invitarlos aquí parece un movimiento arriesgado.

—Voy a estar atento —dice Felix—. Si cualquiera de la Phantom aparece, cierro el local.

—Los clientes de tu padre entran y salen —dice Alistair, y pide tres chupitos a un camarero.

—Si intentan molestar a Penelope o a sus amigos, intervendré —dice Felix—. Tendrán que obedecer o los echaré.

—No tengo claro que a tu padre le haga gracia —musito mientras me recuesto en mi sitio.

Felix me fulmina con la mirada.

—Me importa una mierda lo que piense.

—Guau, casi parece que quieres impresionarla —bromeo.

La expresión asesina que tiene en la cara me da la vida.

Le devuelvo la mirada.

—Y yo aquí pensando que el único que se estaba pillando por ella era Alistair.

Eso, echa más leña al fuego.

—Dylan —bufa Alistair—. ¿En serio?

—¿Qué? —Le echo un vistazo—. Es verdad, ¿no?

—Dije que compartiríamos —gruñe Felix—. Nunca dije que podíais enamoraros de ella.

—Relájate. No estoy enamorado —responde Ali—. Solo disfruto lo que tenemos juntos.

—No existe un «juntos». —Felix hace comillas en el aire con los dedos—. Solo hay un acuerdo. Una vez que se termine, se acabó.

Frunzo el ceño.

—Echa el freno, ¿me estás diciendo que quieres deshacerte de esta cosita que tenemos? ¿Ahora que por fin se está poniendo interesante?

—Te puedes poner interesante con cualquier otra puta mujer. U hombre, me la suda —gruñe Felix—. Pero no te encariñes.

Ali resopla.

—Solo intentas escapar de tus propios sentimientos.

Felix casi se lanza desde el otro lado de la mesa.

—¿Qué acabas de decir?

—Felix —le advierto—. Cálmate. Hemos venido para salir de fiesta, no para pelear.

—He venido a vigilar —gruñe Felix en respuesta—. Y me estáis distrayendo.

Se da la vuelta en el sofá y se centra en el grupo de chicas. Pero sé que solo está intentando convencerse a sí mismo de que no le ha dolido el comentario de Alistair. Ali siempre sabe llevarlo al límite con un chasquido de dedos. Así logra llegar a mí también.

Pero esto no se trata de lo que dice Ali, y lo sabe.

Por desgracia, Felix siempre tarda mucho en darse cuenta de lo que realmente quiere.

Y, para entonces, suele ser demasiado tarde para conseguirlo.

La camarera vuelve con nuestras bebidas, y yo agarro mi vaso con avidez y me lo bebo de un sorbo mientras miro al cachas que se ha sacado la polla empalmada en el escenario delante de las chicas. Todas gritan como si nunca antes hubieran visto una, y me hacen reír.

Desde este lado de la sala, lo único que veo es un culo enorme y musculoso al que podría darle un mordisco, y me relamo de excitación.

—¿Ya te estás poniendo cachondo? —bromea Ali.

Le levanto una ceja.

—Oh, venga, ¿no puedo disfrutar de las vistas?

Él sonríe.

—Para eso te he traído.

Me muerdo el labio, apoyo una mano en su muslo y aprieto.

—A lo mejor deberíamos invitarlo a pasar un buen rato luego.

—¿Desde cuándo estáis saliendo? —pregunta Felix, de repente.

—¿Quién necesita salir cuando puedes follar y ya está? —musito, y le doy un sorbo a su chupito cuando no mira.

Felix bufa.

—¿Estás seguro de que Ali piensa lo mismo?

Me giro para mirar a mi mejor amigo, pero parece replegarse en su caparazón como hace siempre que no quiere participar en la conversación.

Suspiro en voz alta.

—No practico la exclusividad. Ninguno de nosotros lo hacemos. —Me cruzo de brazos—. Ya lo sabes.

Felix se gira para mirarme.

—Demuéstralo.

No diré que no a un reto, y menos si viene de él.

—Muy bien. —Me paso la lengua por el interior de la mejilla—. Observa.

Miro a una chica que baila alrededor de la mesa contigua a la nuestra, donde se está celebrando una fiesta privada. Lleva lanzando miradas a nuestra mesa desde que nos hemos sentado aquí, pero yo no le he devuelto el flirteo hasta ahora.

Me paso la lengua por los labios viéndola bailar y, cuando por fin nuestras miradas se cruzan, me echo hacia atrás, abro las piernas y le guiño un ojo.

Ella sonríe y sigue bailando, pero al cabo de un rato agarra su copa y se acerca a nuestra mesa.

—Hola —dice—. ¿Os lo estáis pasando bien por aquí?

—No lo suficiente —respondo.

Alistair pone los ojos en blanco.

—Siéntate con nosotros —digo, y le doy unas palmaditas al sofá.

—Bueno, si insistes. —Se deja caer entre Ali y yo, su copa se derrama por el suelo—. ¡Ups!

—¿Estás seguro de esto, Dylan? —pregunta Alistair, visiblemente molesto.

—Felix me ha pedido algo. Y yo obedezco de inmediato, cómo no —bromeo, y le lanzo una mirada rápida a Felix, que parece igual de molesto de que me resulte tan fácil.

Me giro hacia la chica.

—¿Cómo te llamas, guapa?

Ella lanza una risita mientras empiezo a darle vueltas a su pelo.

—Farah.

Agarro su copa y la dejo en la mesa, luego le agarro la mano.

—Un nombre maravilloso para una chica aún más maravillosa.

—¿Siempre eres así de encantador? —bromea.

—Solo cuando quiero serlo —respondo con una sonrisa elegante mientras la acerco a mí—. Me gusta cómo estabas bailando.

—Oh… ¿Quieres bailar? —Con un guiño, ella se levanta y me arrastra con ella—. Vamos.

Alistair parece disgustado cuando dejo que me arrastre, pero me encojo de hombros y le hago una mueca. Él sabe cómo soy. Cualquier agujero, en cualquier momento, en cualquier lugar. Ese es mi lema.

Pero si puedo darle en la cara a Felix y demostrarle que no tengo exclusividad con nadie, sería la guinda del pastel.

Suena la música, hago girar a la chica y la acerco. El pelo se le pega a los labios rojos, me pone las tetas en la cara, apenas cubiertas por el vestido corto y brillante que lleva. Una distracción perfecta para esta noche.

Y bailo con ella al ritmo del bajo sensual y pesado, arrastrándola tan cerca de mí que noto su cuerpo húmedo y su respiración agitada.

Por el rabillo del ojo, veo a Felix sacudir la cabeza y a Alistair exhalar un suspiro y apretar los dientes. Sé que no le gusta compartir… pero nunca puede decirme que no.

—¿Crees que puedes hacerlo mejor, Felix? —le grito desde el otro lado de la sala.

Se le dilatan aún más las fosas nasales, se levanta y camina hacia nosotros. Y la sonrisa en mi cara no puede ensancharse más cuando empieza a bailar detrás de Farah.

La hace girar mientras yo me suelto, le agarra el cuerpo y baila con ella como si fuera el dueño del puto local.

Pero mis ojos se fijan en Penelope, que aprieta la copa con el rostro cubierto de rabia. De asco.

Se levanta de un salto del sofá redondo y se marcha furiosa por la salida de la sala privada, seguida de una de las chicas.

Me cago en la puta, con eso basta.

Me alejo de Farah y la dejo en la pista de baile. Felix me sigue rápidamente.

—Un momento… ¿Vais a dejarme aquí sin más? —pregunta la chica.

—Sip —respondo.

—Pero estábamos bailando —dice Farah.

—Y ahora hemos terminado —digo mientras vuelvo a nuestro sitio en la sala.

—¿Y qué hay de ti? —le pregunta Farah a Felix.

Pero le enseña el dedo.

La chica se larga, pero no me importa una mierda. Para mí no era más que un juego, como todo en esta vida. Pero el juego se estropeó en cuanto vi a Penelope cruzada de brazos, con cara de querer comerse la mía.

Mierda.

Nunca me afecta nada, ¿por qué ahora sí?

—Bueno, la cosa ha ido bien —dice Felix mientras vuelve a nuestro sofá.

—He ganado. Eso es todo —respondo.

Alistair deja el vaso y se levanta.

—Pero ¿a qué precio?

Me acerco a él y le agarro la cara con una mano.

—Sabes que siempre volveré. —Y le beso con fuerza, como hago siempre después de acabar con mis juguetes. Me muerde el labio, pero me chupo la sangre y lo beso con más intensidad aún.

—Odio que me pongas celoso —gruñe.

—Y a mí me encanta ver tus celos —respondo—. Ahora cállate y bésame, joder.

Penelope

Me dirijo directamente al primer baño que encuentro en este sitio pijo, está lleno de gente hasta los topes. La música está demasiado alta y necesito un descanso de tanto ruido.

Incluso los cuartos de baño parecen carísimos, con papel pintado de color púrpura y dorado, varios cuadros dorados de mujeres semidesnudas y suelos de gruesas losas de mármol.

Me encierro en un cubículo y me siento en el váter, inhalando y exhalando para calmarme.

Pero cuanto más tiempo paso aquí, más me convenzo de que no es solo la música alta y la gente bailando lo que me tiene sobrestimulada.

Porque lo único que se me pasa por la cabeza es la imagen de Dylan y Felix bailando con esa chica.

Sacudo la cabeza, refunfuñando de frustración conmigo misma.

A la mierda. No debería molestarme tanto. Hicimos un trato, ni más ni menos. Mi cuerpo por su ayuda. No significa nada. Ellos no significan nada para mí, y yo no significo nada para ellos.

—¿Penelope?

La voz de Lana me hace levantar la cabeza mientras me clavo los dedos con tanta fuerza en la piel que empiezo a sangrar.

—¿Estás ahí dentro? —pregunta.

—Sí —respondo.

Da unos toquecitos en la puerta.

—¿Estás bien?

—Sí.

No dejes que te afecte. Lo han hecho para eso.

Aspiro otra gran bocanada y abro la puerta, salgo con la cabeza alta.

—Necesitaba un respiro de tanto ruido.

Bueno, tampoco es mentira del todo.

Saco el pintalabios de mi bolsito y me retoco los labios en el espejo enorme que está frente a los cubículos.

Lana se coloca a mi lado y se pasa los dedos por la larga melena negra, luego se ajusta el vestidito rojo y se recoloca la cinta roja del pelo.

—Tienes más ovarios que yo.

Frunzo el ceño y me aplico otra capa de pintalabios.

—¿A qué te refieres?

—Si yo viera a mi novio bailar con otra chica, probablemente les daría una paliza —bufa.

—¿Novio? —murmuro—. Ah, no, Felix y Dylan no son…

—Deja de mentir —me interrumpe Lana—. Sé lo que eres para ellos. Es a lo que se dedican. —Masca el chicle—. Llevan haciéndolo un tiempo. Incluso enfrente de tu hermana. Para ellos todo es un juego.

—¿Qué? —Me detengo a mitad de camino de pintarme el labio superior.

—Sabes que juegan con todo el mundo, ¿verdad?

—No, me refería a lo de mi hermana —digo tartamudeando.

Ella se echa el pelo hacia atrás.

—Ah, todos en tu universidad saben que follaban. Me lo contaron unos amigos que estudian allí. Fueron un cuarteto como por tres meses.

Se me cae el pintalabios de la mano.

¿Un cuarteto?

¿Que… follaban?

¿Con mi hermana?

Me mira a los ojos y frunce el ceño.

—Espera… ¿No lo sabías?

Me siento mareada. Asqueada. Estoy a punto de vomitar.

—¿Hola? —musita Lana cuando no digo nada.

Pero en lugar de contestarle o vomitar en el retrete que tengo al lado, salgo corriendo por la puerta.

47 Felix

—¿Dónde está Penelope? —pregunto mientras miro por la sala.

Dylan despega los labios de los de Alistair y se gira para mirarme.

—Creo que ha ido al baño. Pensaba que ya habría vuelto.

—No.

Joder. Algo pasa.

Me vuelvo a levantar del sofá.

—Voy a comprobarlo.

Sus amigos siguen en el mismo sofá. ¿Por qué tarda tanto?

Por no mencionar que hace rato que no veo a Lana tampoco. Si está hablando con Penelope a mis espaldas, voy a echarle una bronca de campeonato.

Estoy ansioso y siento que los nervios me queman mientras salgo por la puerta, dispuesto a reventar a quienquiera que intente apartarla de mi vista. Si han entrado algunos Phantoms, pienso darles una paliza hasta que no sepan ni en qué día viven.

Me abro paso por la discoteca entre los que están bailando, pero cuando veo a Lana saliendo del baño, avanzo a empujones. Algunos me lanzan miradas furiosas y fruncen el ceño, pero me importa una mierda. Soy el hijo del dueño. ¿No les gusta? Que se piren.

—Fuera de mi camino —gruño.

Cuando me acerco lo suficiente, la agarro del brazo y la giro hacia mí.

—¿Dónde está Penelope?

—¿Qué? ¿Y yo por qué tendría que…?

—Estaba en el baño contigo —la interrumpo.

Ella frunce el ceño.

—No sé dónde está. Salió corriendo.

—Dime por qué. —Le aprieto el brazo más fuerte—. ¿Qué ha pasado?

—Quítame las manos de encima. —Trata de zafarse, pero no va a ocurrir—. Solo estaba hablando con ella.

—¿Qué le has dicho? —espeto.

Me fulmina con la mirada.

—Le he contado sobre vosotros y Eve, y que estuvisteis follando con ella.

Se me dilatan las pupilas.

Mierda.

¿Por qué cojones le ha contado eso?

—Pensaba que lo sabía —musita.

La aparto de un empujón.

—Por Dios, Felix —grita, pero no la escucho.

Joder. Joder. ¡Joder!

Ya ni siquiera me importa lo que diga Lana. Necesito encontrar a Penelope. Ahora mismo.

—¡Felix! —me llama Dylan desde atrás mientras empujo la marea de gente—. ¿Dónde vas?

—¡Penelope se ha ido! —le grito.

Abre los ojos, e inmediatamente le hace una señal a Alistair, que nos sigue. Pero estoy demasiado ocupado intentando salir de este club abarrotado como para que me importe si vienen o no. Cada segundo que pasa es uno desperdiciado.

Ya podría estar a medio camino de la ciudad.

Si no la encuentro pronto, las cosas pueden ponerse chungas muy rápido.

—¡Mierda! —grito cuando por fin llego a la puerta.

—¿Va todo bien, señor? —me pregunta uno de los guardias, y abre un paraguas para colocarlo sobre mi cabeza porque está lloviendo.

—¿Has visto pasar corriendo a una chica con el pelo morado? —le pregunto a toda prisa.

—Em… Creo que sí. Es posible —musita.

Lo agarro por el cuello de la camisa.

—Dime a dónde ha ido. Ahora.

Señala en dirección a una calle de sentido único que conduce a las afueras de Crescent Vale City.

—Por ahí, señor.

Mierda. Es justo la dirección que esperaba que no hubiera seguido. Solo queda un único punto de interés al que podría ir.

Ni siquiera le doy las gracias antes de salir corriendo directamente bajo la lluvia torrencial. No puedo perder el tiempo.

—¡Espera, Felix! —grita Dylan a mi espalda, pero no puedo esperar por ellos—. ¿Dónde vas?

Le miro por encima del hombro.

—Al cementerio.

Abre mucho los ojos.

—¿Qué? ¿En el que…?

—Donde está enterrada su hermana —termina Alistair mientras por fin me alcanzan—. Pero ¿por qué?

Me detengo enfrente de mi coche y los miro a ambos.

—Sabe lo que tuvimos con Eve. —Lo abro—. Subíos.

Penelope

Las gotas de lluvia me resbalan por la cara, se mezclan con mis lágrimas mientras contemplo la lápida de mi hermana. Su nombre está grabado en la piedra de la misma forma que está grabado en mi piel.

Me subo la manga del vestido y miro su nombre, grabado con tinta.

Hermoso, igual que ella.

A diferencia de esta tumba deprimente.

—Eve… —murmuro mientras me empiezan a fallar las rodillas—. ¿Por qué? ¿Por qué no me lo contaste?

No me lo puedo creer. No puede ser verdad, joder.

Mi hermana… ¿en un cuarteto?

¿Con los chicos de la Skull & Serpent?

La imagino paseando con ellos por el campus, tocándose, besándose y enrollándose a escondidas. Me estremezco al pensarlo.

Esa no era la Eve que yo conocía.

Mi Eve era inquebrantable en sus convicciones. Quería hacer del mundo un lugar mejor. Odiaba a la gente que le hacía daño a los demás. Era la viva imagen de mi madre, con el alma de mi padre.

Entonces ¿por qué no puedo quitarme las palabras de Lana de la cabeza?

¿Por qué siento la necesidad de hacerle caso?

Cuando caigo de rodillas sobre el barro, ruedan más lágrimas por mis mejillas.

—Tú no me habrías ocultado esto —musito sobre la tumba de Eve—. Eres mi hermana. Las hermanas se lo cuentan todo.

Desearía más que nada que pudiera responderme. Oír su voz por última vez, susurrándome que todo es mentira y que está bien. Que no ha muerto, que simplemente se ha escapado.

Entierro la cara entre las manos, incapaz de mirar su nombre sin sentirme destrozada.

Tenía todas las pistas justo delante de mí.

Y, hagas lo que hagas, nunca te involucres con esos chicos de la Skull & Serpent Society.

Las palabras se repiten en mi cabeza una y otra vez.

Debería haberlo sabido. Lo tenía justo enfrente todo este tiempo.

Ojalá pudiera leer sus mensajes ahora mismo. Una última vez.

Pero se me ha apagado el móvil, y no soy capaz de irme para enchufarlo en ningún sitio.

¡CRAC!

El sonido de ramas rompiéndose me pone en tensión. Me giro rápidamente para ver qué es. Dos, no, tres tipos emergen de entre los árboles que cubren la zona en la oscuridad de la noche.

—Penelope… —A Dylan se le quiebra la voz.

Me pongo de pie, sin vergüenza ni miedo, y saco mi navaja.

—Me habéis mentido.

Felix se queda ahí de pie, mirándome con la misma expresión arrogante y estoica en la cara como si no le importara nada, y me duele. Me duele muchísimo.

—Me dijisteis que era vuestra amiga —gruño.

—Eso no era mentira —dice Felix.

—¡Os la follasteis! —grito.

La voz me sale descontrolada, como mi corazón, pero me da igual quién me escuche.

Estos cabrones me han destruido. Me han usado. Han jugado conmigo.

¿Y para qué?

Solo para que acabara encontrando al que acosó a Eve hasta matarla.

Y aun así, cuanto más los miro, más claro veo que puede que me hayan estado mintiendo todo este tiempo solo para cubrirse las espaldas.

—¿La acosasteis hasta que os vendió su cuerpo? —pregunto—. ¿Es eso?

Alistair niega con la cabeza, pero no le creo.

—¡Dejad de mentirme! —chillo—. ¡Está muerta por vuestra culpa!

—No —espeta Felix con severidad.

Y odio cómo me mira, lleno de desprecio, como si detestara lo que estoy diciendo.

Pero sabe tan bien como yo de lo que son capaces.

Lo que pasa es que no se atreve a reconocerlo.

Y odio que, incluso ahora, me siga mintiendo.

Felix arrastra a los otros dos con él y los obliga a hacer lo que le da la gana. Él fue el comienzo de todo mi sufrimiento… y de la perdición de mi hermana.

Así que le apunto con la navaja y voy directa al corazón. Pero en el momento en que la punta de mi navaja golpea el pecho de Felix, me detengo. Me empieza a temblar la mano.

No me detiene.

Sigue con las manos en los bolsillos.

Como si aceptara la muerte con los brazos abiertos.

Y no puedo obligarme a atravesarle la piel, por mucho que lo desee.

—¿Disfrutas viéndome sufrir? ¿Por eso me sedujiste a mí también? ¿Para poder torturarme como hiciste con ella? —pregunto, con la voz tan quebrada como mi ánimo. Se me contrae el rostro y las lágrimas empiezan a correr por mi cara—. La matasteis.

—No —reitera Felix.

—¡Sí! ¡Deja de mentir! —le grito en la cara—. Saltó por lo que le hicisteis. ¡Lo mismo que me habéis hecho a mí! ¿Qué os pidió que hicierais, eh? ¿También la intentasteis ayudar? ¿Encontrando a enemigos falsos a los que hacer daño?

—No —vuelve a decir, como si le resultara sencillo—. Pero ojalá lo hubiéramos hecho.

Hago una mueca.

—Debería arrancarte el puto corazón. Se merecía a alguien mejor que tú.

—Así es —interviene Alistair—. Se merecía a alguien mejor que nosotros.

—Nadie elige de quién se enamora —añade Dylan, acercándose.

—¡No te acerques o lo hago, joder! —grito, hundiendo más la hoja en el pecho de Felix.

—Pues hazlo —dice, mirándome directamente a los ojos—. Mátame.

Su mano se enrosca alrededor de la mía, y empuja el cuchillo cada vez más adentro de su pecho.

—Así que admites que le hicisteis daño —digo con los dientes apretados.

—Admito… —musita, con la mirada fría como el hielo—. Que la queríamos.

Se me dilatan las pupilas.

—¿Qué? —Sacudo la cabeza—. No.

Cuando separa de nuevo los labios, me rompo aún más de lo que creía posible.

—Ella también nos quería a nosotros.

Me estremezco en el sitio y me tiembla la mano.

—No…

—Es verdad —dice Dylan—. Todos la queríamos.

—Al punto de convertirse en una obsesión —añade Alistair—. Algo que nunca comprendí realmente hasta que te conocí.

—No, estáis mintiendo —digo, retrocediendo lentamente mientras todos respaldan a Felix—. Era una buena chica.

—¿Como tú? —suelta Felix.

—Eso es distinto. Yo busco venganza —respondo.

—Y ella buscaba que la aceptaran tal cual era —replica Dylan, sonriendo de medio lado—. Una chica con carácter, igual que tú.

—Mientes —escupo.

—Ojalá fuera así. Cuando estábamos todos juntos… —dice Alistair, frotándose la nuca— parecía que lo que teníamos era especial.

—Pero nos lo arrebataron igual que te lo arrebataron a ti —dice Felix, y sus ojos sanpaku son aún más escalofriantes ahora que sé la verdad.

—No te atrevas a insinuar eso —suelto—. No fuisteis ni a su puto funeral.

—Ah, ¿no? —Felix ladea la cabeza—. Recuerdo haberte mirado a los ojos.

—No vinisteis a despediros. ¡No estuvisteis en el tanatorio!

—Porque mi padre no nos dejó —dice Dylan—. Para que nadie pensara que teníamos algún tipo de relación.

Frunzo el ceño y lo fulmino con la mirada.

—¿Tu padre lo sabía?

Dylan se frota los labios y absorbe algunas gotas de lluvia.

—Nos encontró desnudos en un aula.

—Si la gente se enteraba de que teníamos algo, nos iban a culpar de su muerte —dice Alistair, lanzando su pelo rizado y empapado hacia atrás.

No puedo hacerme a la idea de todo esto. De verdad que no.

Y cuando Felix da un paso hacia mí, le apunto con la navaja en señal de defensa.

—Para.

—Después de todo, ¿todavía no nos crees? —pregunta.

Sacudo la cabeza.

—No. Me advirtió sobre vosotros. Sabía que erais un peligro.

—En eso no se equivocaba —bufa Dylan—. Es lo que tiene ser un cabrón pervertido.

—No. Todavía piensa que acosamos a su hermana —dice Felix.

—Pues claro que lo hicisteis, maldita sea. Estabais allí también esa noche, en el acantilado desde el que saltó. No la parasteis, joder —gruño.

Se acerca aún más, las gotas de la lluvia le ruedan por la frente.

—Tú tampoco.

—¡Lo intenté!

—Hubiera saltado detrás de ella si hubiera sabido lo que iba a hacer —gruñe en respuesta.

Cuando sigo negando con la cabeza, me enseña la palma de su mano. Tiene un tatuaje muy peculiar, una línea circular que va desde el borde de la mano hasta el nudillo. Siempre me he preguntado qué significaba, pero nunca pensé que tuviera importancia.

Hasta ahora.

—Dylan —espeta—, enséñaselo.

Dylan alinea su puño con el de Felix, pero lo gira noventa grados, de modo que los nudillos de Felix apuntan hacia el lateral de su mano. Y justo ahí, la línea circular del tatuaje se completa, formando medio círculo.

El siguiente es Alistair, que apunta con el puño a un espacio vacío mientras empuja con el lateral de la mano los nudillos de Dylan, haciendo que el tatuaje forme tres cuartos de círculo.

Y se me corta la respiración.

Es el mismo tatuaje que tenía mi hermana.

48 Felix

—Yo lo has visto antes —dice Alistair—, ¿a que sí?

Penelope asiente, pero no es capaz de decir nada.

—Ella tiene la última parte del círculo —dice Dylan.

—Era parte de nosotros —digo, acercándome.

Se le llenan los ojos de lágrimas.

—¿Por qué…? ¿Por qué me mintió?

La navaja en su mano se mantiene firme, pero no tengo miedo, ni siquiera cuando la punta me penetra la piel. Aun así, me acerco y rodeo su mano con la mía. Lentamente, cede ante mi agarre y le bajo la mano.

De repente, se desploma sobre mí, llorando a lágrima viva.

Y yo me quedo ahí, sin saber qué hacer con ella.

Nunca la había visto llorar así. Ni siquiera cuando la perseguíamos, la intimidábamos, la acosábamos, la utilizábamos, nos la follábamos, le hacíamos daño. Nunca… hasta ahora.

Miro a Dylan, abre mucho los ojos y frunce los labios indicándome que haga algo. Pero estas cosas no me salen de forma natural.

Después de un rato, levanto la mano y le doy golpecitos en la espalda.

La navaja rueda de su mano y cae al suelo, y me rodea con los brazos.

Y, me cago en la puta, hace demasiado tiempo que no sentía un abrazo así.

Es el tipo de abrazo que solo me han dado dos personas en toda mi vida.

Ella y Eve. Y es el tipo de abrazo capaz de encender un corazón apagado hace tiempo y prenderle fuego, incluso en este clima frío y lluvioso.

No sé qué decirle, salvo…

—Lo siento.

No suelo pronunciar esas palabras, pero hoy son necesarias.

Las cicatrices que llevamos son profundas y feas, y aún hoy siguen doliendo.

Me mira a los ojos.

—¿Qué?

Tuerzo los labios.

—No me hagas repetirlo.

—Sé lo que has dicho. Es que nunca lo habías dicho.

—Entonces no lo tomes a la ligera —digo.

Se limpia un poco las lágrimas, tiene los ojos emborronados y manchados de rímel.

—Me cuesta tanto creerlo.

—Significaba mucho para nosotros. —Le agarro la barbilla y le levanto la cara para que mantenga su mirada fija en mí—. Tú significas mucho para nosotros.

—No queríamos que husmearas en nuestros asuntos y descubrieras lo de Eve —dice Alistair—. Porque sabíamos que no tardaría mucho en enterarse toda la universidad.

—Y mi padre me mataría si eso pasara —añade Dylan. Eleva una ceja mientras la agarra por la cintura con las dos manos—. Pero te pareces más a tu hermana de lo que creíamos.

Se separa de mí y levanta las manos.

—Uf, espera un momento, hay demasiado que asimilar. ¿Me estáis diciendo que sabíais que era su hermana, y aun así queríais follar conmigo?

—No era nuestra intención —respondo, pasándome la lengua por el interior de la mejilla—. Pero hicisteis que fuera imposible mantenernos alejados.

Retrocede aún más hasta casi llegar al sendero que sale del cementerio.

—¿Por qué no me lo dijisteis?

Me acerco, pero ella camina de espaldas, casi como si todavía tuviera miedo.

De todos nosotros.

Y ese solo pensamiento me hace sentir enfadado y excitado.

—¿Nos habrías creído?

Rueda los labios juntos antes de negar con la cabeza.

—No me disteis la oportunidad.

Dylan también se acerca, con la mano extendida, pero solo hace que retroceda más deprisa.

—Venga, Pen. No hagas esto.

—Os follasteis a mi hermana… y ahora folláis conmigo también —dice con los dientes apretados.

Odio como habla de nosotros.

Como si lo único que nos importara fuera eso.

Se me dilatan las fosas nasales.

—Vuelve a decirlo así. —Recojo las manos en un puño—. Te reto, joder.

—No estoy aquí para ser su reemplazo —dice, tragando saliva—. No voy a dejar que nadie juegue conmigo.

—Tú no eres un reemplazo —digo con desdén, furioso de que haya dicho eso en voz alta—. Tú… Tú eres mucho mucho más para nosotros… Para mí… —Respiro con dificultad porque hasta ahora había evitado pensar en ello.

De hecho, casi logré convencerme a mí mismo de que no era verdad.

—Incluso más que Eve.

Ella sacude la cabeza.

—No te creo. —Hace una mueca—. Habéis bailado con esa chica.

—Bailé con esa chica para sacarte de mi cabeza —la interrumpo—. Para demostrarme a mí mismo que seguía siendo el mismo cabrón insensible de siempre.

Abre los ojos, sorprendida.

—Guau… ¿Felix Rivera tiene sentimientos de verdad? —bromea Dylan—. Nunca pensé que llegaría ese día.

—Cállate —mascullo.

Cuando se da la vuelta, gruño.

—Si sales corriendo ahora, te haré recordar a quién perteneces.

—Que te follen —dice, y me saca el dedo.

Se acabó, joder.

Sale corriendo hacia los árboles, y me basta una mirada por encima del hombro para saber que todos vamos a la caza. Mientras corro tras ella con Dylan y Alistair pisándome los talones, mis pies bullen de energía. Pasamos entre los árboles y saltamos tumbas, acercándonos cada vez más. La adrenalina se dispara por mis venas y, para cuando la alcanzo, me recorre un puto torrente de deseo.

—Mía —gruño mientras la agarro del pie y la freno en seco.

Ella se cae al suelo y yo la inmovilizo y me arrastro sobre ella.

—Suéltame —gruñe mientras se retuerce debajo de mí.

—No —respondo, agarrándola por las muñecas y sujetándoselas por encima de la cabeza.

La lluvia le cae sobre la cara, mezclándose con las lágrimas y el rímel corrido, formando un espectáculo inquietantemente bello.

Dylan y Alistair se ciernen sobre mí. Su rostro se contorsiona en el momento en que se da cuenta de que no tiene a dónde huir, dónde esconderse. No hay escapatoria.

—¿Por qué? —Su voz desesperada suena como una súplica. Y aunque me encanta ese sonido, es casi como si me estuviera pidiendo que la usara.

Pero eso ya no es una opción.

—¿Por qué no dejas que me vaya? —musita; sus labios rojos y carnosos son tan atractivos que casi me dan ganas de inclinarme y besarlos para aliviar el dolor—. ¿Por qué te importa siquiera?

Me lamo los labios.

—Porque eres nuestra, y es hora de que entiendas lo que eso significa.

Ella hace una mueca.

—No me puedo creer que haya caído en la misma trampa que mi hermana.

¿Una trampa?

—Ella no cayó en ninguna trampa —dice Alistair—. Ella nos encontró.

Frunce el ceño.

—¿Entonces qué? ¿También le hicisteis todas esas mierdas morbosas?

Asiento lentamente para que entienda el tipo de relación que teníamos.

—Todo eso y más —dice Dylan, lamiéndose las gotas de lluvia de los labios—. ¿Y sabes qué? Le gustaba.

Ella niega con la cabeza.

—No, no puede ser verdad.

Ladeo la cabeza.

—A lo mejor no conocías tan bien a tu hermana como creías.

—Ella no era más que vuestro juguete sexual —suelta Penelope.

Hundo el puño en el barro, salpicando por todas partes mientras le gruño:

—No digas eso. —Abre los ojos ante mi rabia repentina—. Solo porque la usamos como una puta no quiere decir que solo fuese eso. Para nosotros, no.

Ella se estremece, pero no sé si es por el frío o por lo que acabamos de contarle.

—Pero vosotros me llamáis así —musita.

—Exacto —digo.

El aire está cargado de tensión mientras ella contiene la respiración, a pesar de querer decir tantas cosas al mismo tiempo.

Sé que me odia.

Me seguirá odiando para toda la eternidad, y yo lo supe desde el principio.

Entonces, ¿por qué siento como si un millón de esas navajas suyas me estuvieran apuñalando el puto corazón?

Agacho la cabeza para que no pueda verme los ojos.

Porque me traicionarían, maldita sea.

Le agarro la cara y le doy un beso, mirándola a los ojos en busca de una reacción. Pero están cargados de preguntas para las que ni siquiera yo tengo respuesta.

Me dije que no volvería a hacerlo.

Que Eve sería la última, y que preferiría morir follando con chicas cualquiera antes que enamorarme de una sola de ellas. Que si insistes en mentirte y decirte a ti mismo que nada de eso importa, empezarás a creértelo.

Pero incluso eso era mentira.

Una sonrisa lenta y marchita se dibuja en mis mejillas. Me rindo.

—¿Quieres saber por qué no te dejo ir? —le susurro al oído.

Ella asiente.

—Porque te necesito.

Se le corta la respiración.

Y odio lo débil que me hace sentir.

—Para saciar mis deseos retorcidos.

Ella se estremece.

—Y cuando alguien piensa siquiera en tocarte, me dan ganas de sacarle los ojos y abrirle los sesos por atreverse siquiera a pensarlo.

—¿Qué? —murmura.

Me inclino hacia atrás para mirarla a los ojos. Me mira como si no pudiera creérselo, y no la culpo porque incluso a mí me cuesta asimilarlo. La última vez que me sentí tan perdidamente posesivo con alguien fue con Eve.

Pero con Penelope… es incluso peor.

Quiero poseerla. Marcarla. Matar a cualquiera que se atreva a alejarla de mí.

Y me vuelve completamente loco.

Le acaricio el pelo con los dedos despacio, agarro algunos mechones y los huelo.

Puedo oler su miedo, su excitación mientras me siento encima de ella y la palma de mis manos desciende lentamente por sus brazos. Ya ni siquiera se resiste.

—No quiero compartirte —susurro—, pero tú sabes tan bien como yo que nunca aceptarán que te reserve para mí solo.

Gimo mientras saco la lengua para lamerle la piel; su sabor es tan adictivo que podría lamerla todo el día y seguiría sin ser suficiente.

—Te necesito, joder, Penelope —digo—. Necesito que mantengas tu parte del trato. —Mi lengua desciende trazando una línea desde el lóbulo de su oreja hasta su cuello, lamiendo cada gota de lluvia hasta que no queda ninguna. Pero necesito más. Mucho más, joder—. Necesito que grites por mí y solo por mí. ¿Puedes hacerlo? —Le muerdo la piel hasta que le hago sangre con los dientes, y ella grita de dolor y de placer.

—Joder… eres perfecta —murmuro, lamiendo su sangre.

—¿Qué…?

Pero antes de que pueda acabar la frase, mis labios se estrellan contra los suyos.

Y me importa una mierda que nos vean.

Penelope

Me quedo aturdida.

¿Me necesita?

¿En serio ha dicho eso en voz alta?

No, no puede ser cierto. Deber referirse a mi cuerpo.

Después de bailar con aquella chica, quiere saciar sus necesidades conmigo.

Pero entonces, ¿por qué me está besando así? Con avaricia, con hambre, como si quisiera destruirme no solo con palabras, sino también con la lengua. Como si quisiera adueñarse de mi puñetera alma.

Su lengua me recorre el paladar y se apodera de mi boca mientras su mano me envuelve lentamente la garganta. Pero no le tengo miedo.

Si me desea tanto como dice, no me hará daño.

Incluso cuando me mordió, no fue más allá. Fue como si el sonido de mi grito le frenara antes de pasarse de la raya.

¿Y si me desea de verdad?

La idea cruza mi mente, pero la ignoro porque con sus labios es difícil concentrarse. Me aprieta la garganta con la mano mientras me gruñe en la boca.

—Dios, lo odio. Odio lo que me has hecho.

¿Qué le he hecho?

De repente, me suelta y se baja de mi cuerpo, y me levanta el vestido empapado.

—¿Qué estás haciendo? —murmuro.

—Voy a sacarte el alma del cuerpo a lengüetazos.

¡RAS!

Chillo, pero Alistair me pone la mano en la boca y susurra:

—No hagas ni un ruido. A menos que quieras que te vean así. —Se muerde el labio inferior.

Sacudo con la cabeza y miro a Felix, que me ha hecho pedazos la ropa interior.

En el momento en el que su boca aterriza en mi coño, pongo los ojos en blanco.

—Joder, ya estás mojada para mí —murmura Felix contra mi piel, y mueve la lengua de un lado a otro por mi hendidura.

—Oye, no te la quedes para ti solo —dice Dylan mientras se coloca a mi lado—. Déjanos divertirnos a nosotros también.

Pero los labios de Felix se separan de los míos para mirar a Dylan, y creo que nunca lo había visto tan enfurecido.

—No interrumpas mi comida.

Joder. Eso me ha puesto cachonda.

Siento el calor subiendo tanto por mis mejillas como por mi centro.

No dejes que te afecte, no dejes que te…

Me cubre el clítoris con la boca y succiona tan fuerte que retuerzo los dedos de los pies.

—Siento cómo gimes contra mi mano, Penelope. —Alistair se pone de rodillas frente a mí y se baja la cremallera—. Sigue haciendo ese ruido. Incluso cuando no puedas respirar. —Retira lentamente la mano, me separa los labios y empuja su gruesa y prominente erección dentro de mí.

—Más te vale ser rápido —refunfuña Felix—. Porque no pienso contenerme, y si te arranca la polla de un bocado, es cosa tuya.

Felix acelera el ritmo y mis gemidos se vuelven más rápidos y profundos con cada pasada de su lengua. Pero cuando sus dedos se unen, estoy a punto de morir y subir al cielo. Los introduce mientras gime contra mi coño, lamiéndome como si fuera su última comida antes de morir.

Está mal, fatal, pero quiero más, mucho más.

Y cuando Alistair me penetra la garganta, me lo trago hasta el fondo, gimiendo como la puta que dicen que soy.

Y por una fracción de segundo, me pregunto… ¿Cuánto tiempo?

¿Cuánto tiempo pasará hasta que nuestro trato termine y todo lo que quede sean unos ojos hambrientos y un cuerpo anhelante de atención?

No, no pienses eso.

Ya te has acostado con otros antes.

De repente, los dedos de Felix tocan ese punto profundo que hace que mi coño se contraiga, y de la nada estallo en un orgasmo, la humedad se derrama de mí tan rápido como mis ojos se abren de par en par.

—Eso es. Ahógame con tu humedad —jadea Felix, lamiéndolo todo como si de verdad lo disfrutara.

No, estaba equivocada. Nunca me he acostado con nadie así.

Jamás.

Ni antes ni después.

Porque nada, absolutamente nada, es comparable a esto.

¿Podré vivir sin esto?

—Alistair.

La voz de Dylan interrumpe mis pensamientos de golpe.

—Los ojos aquí arriba.

Ambos miramos a Dylan, que ya se ha sacado su enorme polla y se está masturbando. El lento endurecimiento de su miembro lleno de piercings me hace tragar saliva, y la longitud de Alistair palpita dentro de mi boca como si también estuviera ansiando una polla. Dylan pasa por encima de mi cuerpo y agarra a Alistair por el pelo, obligándole a acercar la cara a su erección.

—Sigue follándole la boca y yo me follaré la tuya.

Dylan embiste la boca de Alistair sin previo aviso, y la longitud de Alistair vuelve a palpitar dentro de mí y, me cago en la puta, me pone muchísimo ver cómo se la chupa mientras yo se la chupo a él.

Una mezcla de saliva, lluvia y sudor me cubre la cara, pero no me importa.

—No pares —gime Alistair. Y no sé si se refiere a Dylan o a mí, pero, llegados a este punto, me da igual.

Felix sigue bombeando dentro de mí, alternando los dedos con la lengua y a veces las dos cosas juntas, haciéndome delirar de necesidad.

—Fóllate su lengua como si te perteneciera —dice Dylan con voz áspera.

Y gimo cuando Alistair empuja más fuerte, más rápido, más profundo, bajo sus órdenes.

Es como si el hecho de que le digan lo que tiene que hacer le hiciera querer complacer, igual que a mí.

Y aunque odio esa parte de mí, él parece haber aceptado que forma parte de sí mismo.

Quizá yo también debería aceptarlo.

Abro los ojos de golpe, pero ni siquiera puedo procesar mis propios pensamientos mientras me penetra el grosor de Alistair y veo la cara de Dylan contraída, a punto de estallar.

Pero justo antes de hacerlo, sale de la boca de Alistair y lo empuja. Toso, ahogándome con mi propia saliva mientras su polla también sale.

—Quiero mi turno con ella —gime Dylan.

Felix se retira y levanta la cabeza.

—Levantadla.

—¿Qué? —Dylan frunce el ceño—. ¿Por qué no me dejas a mí primero?

Felix entrecierra los ojos.

—Haz lo que te digo, joder.

Dylan aprieta la mandíbula, pero aun así se pone manos a la obra, obligado a obedecer al puto cabecilla que no quiere compartir.

¿En qué clase de movida me he metido?

De repente, Alistair y Dylan me levantan por los brazos y me sostienen frente a Felix, cuya cara de suficiencia me hace odiarme por haber disfrutado tanto de lo que me ha hecho con la lengua.

Felix retrocede y se sienta en una tumba; se le nota la erección a través de los vaqueros grises empapados, los pectorales musculosos se le marcan bajo la tela de su camisa negra de manga larga, el pelo perfila su dura expresión y tiene los ojos entornados, oscuros e intensos.

Y entonces me hace señas.

—Siéntate a horcajadas sobre mí.

Me lamo los labios, dudando entre hacer lo que me dice… o huir.

¿Pero a dónde me ha llevado eso?

De vuelta a sus brazos.

No hay forma de escapar de ellos o de este torbellino de lujuria que recorre mi cuerpo y que se apodera de mi cerebro.

Así que quizás debería… rendirme.

No pares.

No mires atrás.

No caigas.

Corre.

Esas palabras de mi hermana… Por fin las entiendo.

Dejo escapar un suspiro de exasperación.

Mi consciencia.

Mi ego.

Mi corazón.

Todo se ha ido volando con ese único soplo.

Y me siento libre como un pájaro.

Me acerco a Felix con el vestido todavía arremangado y el coño al descubierto mientras me planto frente a él bajo la lluvia torrencial. Se baja la cremallera de los vaqueros y se saca su polla larga y cubierta de piercings, cuyos metales siguen siendo un espectáculo para la vista.

Levanta la mano para acariciarme, me agarra por la cintura y tira de mí más cerca, más cerca, abajo, abajo, abajo, hasta que tanto su punta como ese piercing tocan mi entrada.

Y entonces desciendo lentamente.

La sensación es celestial, y aunque ya la había experimentado antes, nunca me había sentido tan bien como ahora que soy… libre.

Libre de mi propia crítica, libre de consecuencias.

Solo estamos ellos y yo, sus pollas y mi cuerpo deseoso y sediento de liberación.

—Eso es, Penelope. Rómpete para mí —gime Felix, y me agarra la cintura con las dos manos mientras me penetra—. ¿Te gusta ser mi putita?

Gimo cuando su piercing me toca el clítoris.

—Joder, sí.

Se acabó el negarlo.

La sonrisa que se le dibuja en la cara casi le hace irreconocible en comparación con su habitual expresión estoica.

—Entonces abre esas putas nalgas. —Me levanta el vestido con las manos hasta que me deja el culo al descubierto—. Y demuéstrales lo mucho que quieres ser su puta también.

49 Alistair

Se me hace la boca agua solo de pensar en tomarla como lo hace Felix, pero Dylan se me adelanta. Camina hacia ellos y coloca la mano en su culo, luego empuja la punta contra ella. Le escupe y lo extiende por todas partes antes de empujar más y más hondo.

Los gemiditos de Penelope hacen que mi miembro palpite y me trago el nudo de la garganta mientras los veo rebotando.

Dios santo, no hay nada más sexy que ver a las dos personas a las que deseas follar juntas.

Me acerco y rodeo la tumba, observando la escena de sexo como si no nos viera nadie. Y me encanta. Vivo por esto, y muevo la mano instintivamente hacia mi longitud para domar mi deseo. No puedo evitar acercarme hasta que mi cuerpo está junto al de Dylan. Noto cómo se le tensan los músculos al penetrarla y le susurro al oído:

—Dios, me encanta ver cómo te la follas. Me la pone dura.

—Serás cerdo… —gime Dylan, pero no se detiene.

En su lugar, se hunde hasta la base y la rodea con los brazos para agarrarle las tetas desde atrás, las pellizca hasta que grita.

Justo entonces, Felix la besa, absorbiendo todos sus ruidos para que nadie la escuche.

Me toco a mí mismo mientras rodeo a Dylan con un brazo y observo cómo se pone caliente y duro con ella.

Pensaba que detestaría verle con ella, pero estaba muy equivocado.

Solo me da más que ver, más que saborear, más que compartir. Quiero tocarles a los dos a la vez, porque ambos son mi obsesión en partes iguales.

—Hazlo más sucio —gruñe Dylan—. Escúpele.

Abro la boca y le lleno el culo de saliva por encima de su hombro.

—Buen chico —gime, y se inclina hacia un lado para besarme también.

Y, joder, si pudiera vivir así con ellos cada día hasta mi muerte, lo haría sin dudarlo.

Penelope

Me están follando dos tíos a la vez bajo una lluvia torrencial.

Nunca pensé que haría algo así.

O que se sentiría tan jodidamente bien.

Mi clítoris zumba de deseo cuando Felix me penetra una y otra vez mientras yo reboto en su regazo. Tengo los brazos rodeándole el cuello, y él me mira como si yo fuera la única chica en el mundo. Y hay algo en eso que me vuelve salvaje de deseo.

—¿Eres mía? —gruñe.

Asiento, y por mi espalda ruedan gotas de sudor mientras Dylan me penetra el culo sin parar.

Felix me rodea la garganta con la mano.

—Dilo.

—Soy tuya —susurro.

Me aprieta la garganta hasta que me siento mareada.

—Más fuerte.

—¡Soy tuya! —grito.

Y no me importa una mierda si me escuchan.

Ya he partido mi alma en pedazos y esparcido los fragmentos.

Ahora no soy más que un recipiente para sus deseos.

Un juguete para usar y jugar hasta que se cansen de mí, y les suplique que lo hagan.

—Ahora métete mi polla como la buena puta que eres y fóllatela como si te perteneciese —dice, y su mirada penetrante me hace querer asentir.

Nos movemos en sintonía mientras Dylan me penetra el culo, y Alistair añade saliva cuando se lo ordena. Y siento cómo me desmorono frente a ellos.

Estamos follando en el cementerio, encima de una puta lápida de verdad, sin que nos importe lo más mínimo.

—Joder. Te voy a llenar el culo con mi leche —gime Dylan, y me penetra tan fuerte que duele.

Así que me inclino y beso a Felix, enterrando todo el dolor dentro de su boca con mi lengua azotando la suya. Pero él toma mi beso como si lo estuviera esperando, agarrándome la cara mientras su lengua baila alrededor de la mía. Noto el sabor de mi propia humedad, pero no me importa. Lo único que quiero es que me arranquen cada fibra del cuerpo hasta que no quede nada de mí salvo hilos que puedan manejar a su antojo.

Que me usen, que me corrompan, que me destrocen sin remedio.

Porque eso es lo que acepté.

Ese es el trato que hice con el mismo demonio.

Felix separa sus labios de los míos, a pesar de mi desesperación, y murmura:

—Eso es, Penelope. Mira en lo que te has convertido. Mira lo que te hemos hecho. Mira en lo que te has transformado.

—Nuestra. Putita —dice Dylan, penetrándome con cada palabra. Lanza un fuerte gemido, y siento cómo explota dentro de mí—. ¡Joder!

—Ni se te ocurra dejar de montarme, Pen —me advierte Felix.

Y sigo, porque él me lo pide, porque ya no sé quién soy, porque he perdido todo control… y es lo más mágico que he sentido en la vida.

Oigo cómo Dylan y Alistair se besan y gimen a mi espalda.

—Me toca —dice Alistair, y empuja a Dylan para agarrarme el culo—. Dios, llevo tanto esperando esto.

No se lo piensa antes de penetrarme también, es tan grueso que apenas puedo soportarlo.

—Tú puedes, Pen —dice Alistair, y me acaricia con suavidad la nalga—. Sé que puedes.

Soy incapaz de resistirme a los ánimos, y prácticamente me derrito en el momento en que me penetra hasta el fondo.

—Buena chica —gime Alistair.

Mis labios forman una O mientras lucho por mantener la compostura.

—No te corras todavía, Pen —dice Felix, y me tira del pelo hasta que echo la cabeza hacia atrás y dejo expuesto mi cuello. La lluvia cae sobre mi piel y él lame cada una de las gotas como si estuviera sediento de más—. Tómanos a todos hasta que no puedas soportarlo.

—Joder —digo con voz ronca mientras tengo a ambos enterrados hondo dentro de mí.

Puedo sentir cómo palpitan uno al lado del otro.

Si esto es lo que la gente entiende por que te recoloquen los órganos, ahora lo entiendo, porque es justo eso, y se me hace la boca agua.

—Por favor —murmuro.

Felix se muerde el labio inferior y se tensa dentro de mí.

—¿Por favor qué, Penelope?

—Por favor… Lo necesito. Más. Más rápido.

—Tus deseos son órdenes. —Dylan se coloca detrás de Alistair y se escupe en la polla antes de bajarle los pantalones a Alistair de un tirón y hundirse en él también.

Y decir que estoy perpleja sería quedarme muy corta.

Están follando encima de mí.

—Oh, joder —gime Alistair.

No necesito ver para saber lo que está pasando, porque puedo sentir a Alistair rebotando contra mí mientras gime, y el sonido es tan excitante que automáticamente empiezo a balancearme sobre Felix.

—Oh, joder, esto es demasiado —murmuro.

—Puedes hacerlo. Aguanta su polla como una buena chica, Pen —me ordena Dylan—. Mientras le doy por el culo a este cabrón.

No puedo creer que Dylan pueda hacerlo otra vez, pero, al mismo tiempo, no debería sorprenderme. Sabía que estos chicos eran unos pervertidos sexuales. Solo que no sabía hasta qué punto hasta que fue demasiado tarde para dar marcha atrás.

Y ahora estoy metida hasta el fondo, me sienta preparada o no.

—Joder, más rápido, Dylan —gime Alistair mientras se introduce dentro de mí con el mismo fervor.

Es como un juego para ellos para ver quién se corre más fuerte.

—Joder, noto tu corrida —gime Alistair.

—Úntasela a ella —responde Dylan.

Ali se retira, solo para cubrirme el culo con la mezcla de sus fluidos antes de volver a entrar con fuerza.

Felix se recuesta sobre la piedra y coloca su mano debajo de mi ombligo, como si estuviera sintiéndose a través de mí. Pero la presión que ejerce me produce un placer tan intenso que siento que voy a correrme.

—Oh, Dios, no puedo aguantar más —musito.

—Aguanta —gruñe Felix.

—Y una mierda —replica Dylan, aunque Felix no le estaba hablando a él—. Voy a correrme en su culo también.

Siento cómo empuja a Alistair contra mí mientras Dylan lo embiste con fuerza y lo llena entero. Y Alistair explota junto con él, gritando como si el alma se le saliera del cuerpo, y yo me dejo llevar con él.

—Ahora —gime Felix.

Y me deshago contra los dos, la ola de éxtasis que siento entre las piernas es demasiado y me desplomo sobre Felix, chocando mi boca con la suya.

Y cuando Alistair sale, Felix se entierra hondo dentro de mí, arrancándome un último gemido mientras se corre en mi interior.

—¡Joder! —ruge Felix.

Pero el beso apasionado y devorador que viene después… eso es lo que más me impacta.

Es como si todos los átomos del universo hubieran colisionado y se hubieran dividido solo para nosotros.

Un beso tan posesivo y ansioso que me absorbe la esencia misma de la vida, y ni siquiera me importa si me mata.

—¿Quién anda ahí?

Un grito me hace apartar los labios de Felix y levanto la vista hacia una luz brillante que se ve a lo lejos.

—Ay, mierda —murmura Dylan mientras se la guarda en los pantalones y se sube la cremallera—. El vigilante.

Felix me empuja y se sube la cremallera antes de agarrarme la mano.

—¡Corre!

—¡Oye! ¿Qué coño estáis haciendo? —grita el vigilante cuando nos ve.

Corremos a toda velocidad entre los árboles, con la adrenalina fluyendo por las venas mientras los tres chicos corren tras de mí.

Pero en lugar de sentirme como una presa, me atormenta la mirada visceral que tienen en los ojos.

Y entonces me doy cuenta de que no son los únicos obsesionados.

50 Dylan

—¡Volved aquí! —nos grita el vigilante, pero escapamos de él con facilidad mientras nos persigue entre las vallas del cementerio.

De vez en cuando, miro a Penelope, cuyo rostro irradia rebeldía, la misma que inunda mis venas cada vez que rompemos las reglas. Todo lo que está mal se siente tan bien, y sé que ella también lo nota.

Riendo, escapamos de la propiedad mientras el vigilante se queda atrás, y corremos hasta el coche aparcado enfrente. Abro la puerta del copiloto y Penelope, Ali y yo nos metemos dentro, apretujándonos en la parte de atrás mientras Felix se pone al volante.

—Agarraos fuerte —gruñe mientras mete la marcha atrás y las ruedas comienzan a chirriar.

Salimos disparados, dejando atrás al hombre furioso en la puerta, gritando a pleno pulmón. Ninguno de nosotros puede oír lo que dice, ni nos importa.

Sé que Felix conduce de maravilla. Por eso siempre se pone al volante cuando las cosas se ponen feas.

—¡VAMOS! —grito mientras serpenteamos por las calles—. Así me gusta.

—Os encanta ser unos delincuentes, ¿verdad? —comenta Penelope.

Le pongo la mano en la rodilla y le clavo los dedos en la piel mientras le digo:

—Y a ti eso te fascina.

Ella resopla.

—No es que tenga elección.

La agarro por la barbilla y la obligo a mirarme.

—Pudiste elegir. —Una sonrisa maliciosa se me dibuja en los labios—. Y lo hiciste hace bastante tiempo.

Me inclino lentamente, con la mirada alternando entre ella y el espejo retrovisor, a través del cual Felix me mira furioso. Eso no me impide reclamar su boca justo delante de él. Y no puede hacer nada por detenerme.

Sabe a cielo y a infierno al mismo tiempo, una mezcla tóxica de la que no me canso y, si pudiera, me la follaría aquí mismo, en este coche. Pero estamos empapados y necesito que recupere algo de energía antes de volver a empezar.

—Dios, eres mi perdición —le susurro al oído.

Mi lengua se vuelve loca por ella. La última vez que sentí algo así fue con Eve, y ni siquiera eso se acercó a la reacción visceral con la que mi cuerpo responde a Penelope. Ella enciende mi cuerpo como nada más lo hace, y podría reducir el mundo entero a fuego y cenizas solo de pensar en perderla.

Pero no soy el único.

Hay otros dos en este coche que comparten los mismos sentimientos, y tengo la sensación de que, algún día, esto nos explotará en la cara.

Retrocedo un poco y la observo mientras acerca sus labios a los míos, ansiosa de más.

Preciosa.

Abre los ojos y su expresión se agria al darse cuenta de que estaba mirando sus bonitos labios, que me suplicaban que los besara.

—Imbécil —sisea.

Yo sonrío de medio lado.

—Y te encanta.

—Me sorprende que te importe —dice Penelope, y enarca una ceja—. ¿No tienes novio?

Miro furtivamente por encima del hombro a Alistair, que se lame los labios.

—Ah, sí… Pero a él no le importa.

La mano de Alistair se desliza lentamente por su muslo hasta tocar mis dedos, y con la otra mano le agarra la barbilla para apartarla de mí con un beso que, al parecer, es tan bueno que la hace gemir. Y me dan ganas de arrancarla de sus brazos.

—No soy suyo, y él no es mío —digo, dándole besitos por el cuello—. Pero tú… Tú nos perteneces a los dos.

—Bajad las revoluciones ahí atrás —espeta Felix.

—¿Celoso? —murmuro mientras le sostengo la mirada a través del espejo.

—Cállate —gruñe y pisa el acelerador, conduciendo a toda velocidad.

—Oh, bueno, si no puedo besarla a ella… —Me inclino y le agarro la cara a Alistair, y lo beso delante de Penelope.

—Vaya, la cosa se está calentando aquí detrás —musita.

Separo mis labios de los de Ali.

—Quizás incluso podamos secarnos.

—Os secáis en casa —replica Felix.

Penelope ahoga un grito.

—Espera, ¿y qué hay del club? ¿No deberíamos volver? He dejado a mis amigos solos. Pensaba que estábamos volviendo.

—No les pasará nada —responde Felix, agarrando más fuerte el volante—. Voy a llevarte a casa. A salvo.

Ella traga saliva y se recuesta, a pesar de que juraría que estaba a punto de partirle la cara. Pero hay algo en su elección de palabras que la ha calmado.

—Vale.

Vaya. Nunca pensé que llegaría el día en el que se rindiera sin más.

Me siento erguido para mirarla.

—¿Cómo? ¿Sin quejarte?

Ella sacude la cabeza.

Felix la mira a través del espejo.

—Buena chica.

Sus mejillas se tiñen de un tono rojizo y casi no puedo creer que haya sido tan fácil. ¿Por qué ahora le hace caso sin discutir? ¿Ha pasado algo en el cementerio?

—Pero les voy a escribir un mensaje —dice.

Pongo los ojos en blanco. Ya debería saber que le importa demasiado lo que los demás piensan de ella.

—¿Qué les vas a decir? —digo, moviendo las caderas—. ¿Que te han dado una follada increíble en el cementerio?

Ella me da un codazo y yo gimo de dolor y excitación.

—Les voy a decir que lo siento mucho y que yo invito a todo para compensar el haberme ido —responde.

—Oh, qué caballeroso de tu parte —comento mientras vuelve a guardarse el móvil en el bolsillo.

Alistair le aprieta la rodilla.

—¿Estás bien?

—Genial —responde, y vuelve a estremecerse.

—Dylan —gruñe Felix, y hace una seña hacia mi abrigo, tirado en la parte de atrás.

Me agacho de inmediato y la cubro con él.

—Tendrías que haberme dicho que tenías frío.

—He dicho que estoy bien —dice.

—Todavía no confías en nosotros, ¿eh? —murmura Alistair, y le acaricia la rodilla lentamente.

—No me fío de vosotros conmigo —responde, y nos mira—. Confío en vosotros para matar.

Felix entrecierra los ojos.

—¿Eso es lo único que ves en nosotros? ¿A unos asesinos?

—Veo lo que acordamos —responde—. Mi cuerpo por vuestra ayuda.

El coche se detiene enfrente de los terrenos de la universidad, y las puertas se abren despacio para nosotros. Reconocen la matrícula de mi coche mediante un sistema automatizado, lo que facilita la entrada y salida de la propiedad. Por desgracia, también permite a mi padre bloquearnos la salida cuando se enfada con nosotros.

Entramos en la propiedad, el silencio llena el coche hasta que se vuelve incomodísimo.

De repente, Penelope prácticamente salta por encima de mi regazo para mirar por la ventana con las manos pegadas al cristal.

Ahoga un grito.

Todos lo hacemos.

Porque la casa a la que pertenece, la de la hermandad Alpha Psi, está en llamas.

51 Penelope

Prácticamente me tiro del vehículo cuando se detiene frente a la hermandad. Empujo a Dylan y salto fuera, observando con horror cómo las llamas lamen el techo del edificio.

¿Qué coño ha pasado?

Los bomberos ya han llegado y están apagando el fuego con agua lo mejor que pueden, centrándose en una habitación concreta a la izquierda. El resto de habitaciones parecen intactas desde fuera, pero quién sabe cuánto tiempo lleva allí el fuego, destruyendo todo a su paso.

—¡Penelope! —me grita Kayla mientras corre hacia mí—. Tilda me ha llamado, y he venido con Crystal lo más rápido que he podido.

—¿Qué ha pasado aquí? —pregunto, contemplando el fuego vivo.

—No lo sé, alguien ha dicho que hubo una pequeña explosión, pero nadie ha visto nada.

Se me dilatan las pupilas. ¿Una explosión? Eso quiere decir que es…

—Alguien quería quemar esa habitación —murmura Dylan mientras se acerca con sigilo por mi espalda.

—Por Dios, Pen, ¿dónde estabas? —pregunta Kayla, agarrándome el vestido—. Estás empapada. —Mira a Dylan—. Los dos lo estáis.

—Estaba en la tumba de mi hermana —digo.

Ella me suelta el vestido.

—Oh. Solo me preguntaba por qué nos habías dejado así.

—Lo siento —murmuro, hechizada por las llamas.

—Oh, Dios mío, esta es una de mis peores pesadillas —dice Crystal mientras se acerca a nosotros, y tira de las dos para darnos un abrazo—. Espero que nadie haya salido herido. Qué miedo.

—No pasa nada —dice Kayla—. Los bomberos están haciendo todo lo que pueden.

—¿Qué habitación es? —pregunto.

—La nuestra no —responde Kayla—. Pero tendrías que haber visto las llamas antes. Ya han sofocado la mayoría.

Felix y Alistair salen también, y Kayla les lanza una mirada de sospecha.

—No traéis más que problemas. Tenéis que alejaros de ella.

Felix levanta una ceja con gesto amenazante.

—Además, ¿qué hacen aquí? —musita Kayla mientras dejamos de abrazarnos.

—Me han ayudado a pasar un momento difícil —le digo y le sonrío—. No quiero que esto arruine nuestra amistad. —Miro por encima del hombro a los tres chicos—. ¿Podrías aceptarlos por mí, por favor?

—No van a marcharse, ¿verdad? —musita Crystal.

—Estoy tan atrapada con ellos como ellos lo están conmigo —respondo.

Dylan me guiña un ojo mientras Alistair da un paso atrás y se coloca la capucha, pero Felix parece el más molesto de todos porque Crystal y Kayla lo están mirando, y no de forma amistosa.

Al cabo de un rato, han apagado el fuego y solo queda humo y cenizas revoloteando por el edificio. Los bomberos hablan entre ellos, discutiendo sobre un objeto que uno de ellos sostiene, y me pongo nerviosa.

—¿Qué creéis que han encontrado? —pregunta Crystal.

—No puede ser nada bueno —responde Kayla.

—El detonador —musita Dylan.

—¿Cómo? —Frunzo el ceño.

—Ese incendio no ha sido un accidente —añade.

Trago saliva.

—¿Cómo estás tan seguro?

Señala el edificio.

—El fuego se limitó a esa habitación.

—¿Y qué?

Felix se aclara la garganta.

—Era la habitación de tu hermana.

Se me va toda la sangre de la cara y siento que voy a vomitar.

Inmediatamente me acerco a los bomberos.

—¡Penelope! —grita Kayla.

—Penelope, vuelve aquí —sisea Felix, pero lo ignoro.

Intento escuchar lo que dicen los bomberos sobre el objeto que han encontrado, pero es difícil con el ruido de las sirenas.

—¿Está seguro? —escucho decir a Tilda, la líder de la hermandad.

—Seguro. Tendremos que presentar un informe.

Tilda asiente.

—De acuerdo. ¿Y ahora dónde nos quedamos?

—Primero hay que inspeccionar el edificio para comprobar que es seguro. Eso llevará al menos una semana.

—¿Una semana? —oigo exclamar a las otras chicas que viven en el edificio.

Dean Caruso aparece de la nada.

¿Llevaba aquí todo este tiempo observando el incendio como nosotros?

—No se preocupen, señoritas. Llamaré de inmediato a mis contactos para que les consigan otro alojamiento. —Suspira—. Mientras tanto, reserven una habitación en un hotel y envíen las facturas a mi oficina. Pero solo por una noche. Mañana les buscaré una solución.

Les habla a todas restando importancia, pero yo estoy preocupadísima.

Y cuando sus ojos se encuentran con los míos, sé que la cosa no va a acabar bien.

—Todo el mundo de vuelta a sus casas. El espectáculo ha terminado —anuncia a la multitud que se concentra para observar el fuego, pero sus ojos siguen fijos en los míos.

—Tilda, te dejo a cargo de esto —dice.

Tilda mira a los bomberos.

—¿Puedo tomar prestado esto un segundo?

Ellos asienten.

—Un minuto.

Coge el objeto y se acerca a mí.

—Penelope… Lo siento, pero no puedes seguir quedándote en nuestra hermandad.

Abro los ojos como platos.

—¿Qué? ¿Me estás echando?

Cuando asiente, Dylan da un paso al frente.

—Oye, ella no ha hecho nada.

Tilda sostiene en alto el objeto. Es un fragmento de una bengala, achicharrada y con un pedazo plástico. Dentro hay un trozo de papel con mi nombre escrito.

Esto debe ser una broma pesada.

Tiene que serlo.

—¿Qué? —balbuceo.

—No nos queda más remedio puesto que lleva tu nombre.

Estoy furiosa.

—¿Me estás acusando de provocar este incendio? Ni siquiera estaba ahí.

—Estaba con nosotros —dice Felix desde el fondo, cruzándose de brazos.

Tilda le dedica una breve mirada en señal de reconocimiento.

—No sabemos quién lo hizo —dice Tilda con voz seria—. Pero esta cosa tiene tu nombre, y no puedo arriesgarme.

—Eso es muy injusto para ella —interviene Dylan, pero levanto la mano para que se calle.

No necesito que me defiendan. Puedo hacerlo sola.

—Lo siento, Penelope. Pero ya está bien. Ya te saltaste las normas, y te advertí que mi paciencia tiene un límite —dice. Se da la vuelta y les devuelve la bengala a los bomberos antes de regresar—. Necesito que abandones la propiedad. Cuando la casa vuelva a estar abierta, podrás venir a recoger tus cosas. Pero no podrás unirte de nuevo a nosotras.

Me duele tanto que me empiezan a escocer las lágrimas en los ojos, pero me niego a dejarlas caer.

No soy la culpable de este incendio, pero me iré con la cabeza bien alta.

—Está bien. Si así es como solucionas las cosas. —Me aparto de ella, cerrando los ojos mientras me alejo.

Kayla y Crystal me siguen.

—Espera, Pen, no puedes estar diciéndolo en serio —dice Crystal.

—¿Vas a dejar que Tilda te eche? —añade Kayla—. Sé que no lo hiciste tú.

—No lo hice, pero eso a ella no le importa. Necesita echarle la culpa a alguien, así que me toca pagar el puto pato a mí.

Miro a los chicos. Esos chicos cuya influencia va mucho más allá de los muros de esta universidad. Cuyos encuentros letales dejan tras de sí un reguero de enemigos sedientos de venganza. Es por ellos, y ellos lo saben. Lo veo en sus ojos. Respiro hondo.

—Fueron a por la habitación de mi hermana —digo—. Así que es una venganza contra nosotros. Eso, o apuntaron mal.

—Lo dudo —dice Dylan a unos metros de distancia.

—¿Me estás diciendo que han intentado… matarte? —pregunta Crystal, con la cara blanca como la pared.

—Es una posibilidad —contesta Felix por mí, y da unos pasos al frente—. Por eso se viene con nosotros. —Felix hunde lentamente los dedos en mi hombro y me sujeta con fuerza—. Estará a salvo en la Skull & Serpent Society.

Kayla resopla.

—Me cuesta creerlo.

Todo el cuerpo de Dylan se tensa.

—Si alguna vez alguien intenta ponerle un solo dedo encima a Penelope, yo mismo le sacaré las tripas.

Las pupilas de Kayla se dilatan y Crystal ahoga un grito.

Nunca lo habían dicho en alto, y menos delante de mis amigas.

Y es como si el mundo entero se hubiera quedado en completo silencio.

Felix vuelve a apretarme el hombro.

—Venga, vámonos.

—Espera. —Me zafo de su agarre para abrazar a Kayla y a Crystal.

—Solo quiero que tengas cuidado.

—Estaré bien, no os preocupéis por mí —digo mientras me separo—. Luego hablamos.

—Escríbeme todos los días para saber que no te han asesinado —dice.

Me río mientras dejamos de abrazarnos y vuelvo con los chicos.

—Lo haré.

—¿Que no la han… asesinado? —repite Crystal con voz temblorosa.

—Estaba de broma —musita Kayla, pero sé, por la forma en la que me mira mientras me alejo, que no es así. Aunque Crystal no tiene que enterarse.

52 Penelope

Los chicos me llevan de vuelta a la Skull & Serpent Society y aparcan el coche en la propiedad antes de que nos bajemos. Dylan me abre la puerta y me ofrece su mano.

—Milady.

Yo me río por la nariz.

—Eso es excesivamente caballeroso, incluso para ti.

Cuando agarro su mano, dice:

—Me pareció un buen contraste después de haberte recolocado los órganos. —Me acerca de un tirón, demasiado cerca, y casi no puedo respirar cuando me sonríe en la cara—. ¿Te gusta?

Ni siquiera sé cómo responder.

—Em… ¿Sí?

Entrecierra los ojos.

—¿Te estás poniendo nerviosa, Pen?

Joder. Ahora sí que no puedo evitar que el calor me inunde la cara.

—Estás deseando que te den una paliza, ¿verdad, Dylan? —dice Felix mientras cierra de un portazo.

—Solo me estoy divirtiendo —responde.

—¿Metiéndote conmigo otra vez? —Aparto la mano de un tirón.

—¿Metiéndome contigo? —Bufa, todavía sujetándome pegada a él—. Yo lo llamaría provocarte.

—Ya vale de jueguecitos —espeta Felix, y se dirige hacia la puerta—. Entrad.

—Guau —le ladra Dylan en respuesta, y la mirada con la que lo fulmina Felix es tan graciosa que incluso me hace reír.

—En realidad, tiene razón —dice Alistair mientras nos alcanza—. Los Phantoms la han convertido claramente en su objetivo. Es demasiado peligroso quedarse aquí fuera.

Tiene razón.

Aquella bengala en la habitación de mi hermana era un mensaje.

Eso quiere decir que estamos acercándonos a quienquiera que la hiciera sufrir a ella… Y ahora, a mí.

Trago saliva mientras Alistair me quita la mano de la de Dylan y me arrastra con él.

—Vamos.

—Oye, esperad por mí —gruñe Dylan, y sube las escaleras del edificio saltando.

Entramos dentro y atravesamos el vestíbulo principal, donde están las escaleras. La última vez que estuve aquí, estaba oscuro y repleto de luces brillantes y muchísima gente bailando por todas partes. Ahora es como una antesala fantasmal con puertas y ventanas por todos lados, todas cerradas.

—Por Dios, a este sitio le hace falta un poco de luz —musito por lo bajo.

—A Felix no le gusta que la gente pueda mirar desde fuera —dice Alistair.

Frunzo el ceño.

—Es un edificio de varias plantas. ¿Quién va a fisgonear en el segundo o tercer piso? —Señalo la ventana en lo alto de las escaleras, donde unas gruesas cortinas bloquean la luz.

—Déjalo —responde Dylan, y acciona un interruptor.

Una enorme lámpara de araña se enciende en el pasillo e ilumina la estancia con bonitos cristales que reflejan su brillo en las paredes. Me detengo y contemplo su belleza durante unos instantes. Solo esa lámpara debe de costar una fortuna, me pregunto cuánto dinero se habrá invertido en esta Sociedad… En estos chicos.

Alistair me suelta la mano y se aleja hacia el otro lado del pasillo.

—Si me necesitas, estaré en mi habitación. —Y me guiña un ojo.

—Vamos, quiero enseñarte mi habitación —dice Dylan, y me arrastra con él antes de que me dé tiempo a responder.

—Dylan… —gruñe Felix desde el otro lado del vestíbulo.

Dylan lo ignora y me empuja hacia una habitación diferente. Me recuerda a una cueva, con escalones que descienden hacia una zona donde un arco rojo y aterciopelado en la pared perfila una preciosa cama con dosel beige y cortinas blancas alrededor. A la izquierda de la cama hay una chimenea y a la derecha una puerta a través de la cual se ve una gran bañera. Unas luces tenues con intrincados diseños marroquíes inundan el dormitorio, y los muebles parecen tan mullidos que probablemente podría quedarme dormida en ellos y no despertarme nunca.

—Vaya —murmuro.

—Es mejor que el sexo, ¿a que sí? —musita Dylan, y salta sobre la cama y se tumba como un modelo, acariciando el colchón como si quisiera que me uniera a él—. Pero lo mejor de esta cama es que estés tú en ella.

Resoplo mientras me acerco a él.

—Tienes que estar de broma, ¿no?

Eleva una ceja, y me hace reír aún más.

Me agarro a uno de los barrotes de la cama con dosel.

—¿En serio te funciona esto con las chicas?

Frunce el ceño.

—¿Ahora te metes tú conmigo? —Se levanta—. No me lo puedo creer. Ven aquí, ratita.

Se abalanza sobre mí y me levanta para tirarme sobre la cama mientras yo chillo y me río al mismo tiempo, y me da vueltas hasta quedar encima de mí.

—Espera, ¡estás completamente empapado!

—No me importa. Ya te tengo —dice, y me sujeta las manos por encima de la cabeza—. Igual que cuando te pillé el día que huiste de la fiesta de Halloween.

Un calor repentino me recorre el cuerpo. Dios, odio recordar ese día. No porque me disgustara, sino porque, cada vez que lo pienso, todavía siento un cosquilleo en el clítoris.

—No estabas solo —replico—. Si lo hubieras estado, te hubiera costado mucho más.

—Oh. —Los ojos se le iluminan de curiosidad—. ¿Estás sugiriendo que no habría sido capaz de pillarte yo solo? —Me agarra las manos con más fuerza—. ¿Qué habrías hecho para evitarlo?

—Tengo navajas —respondo, tragándome el nudo que tengo en la garganta.

—¿Y crees que eso me detendría? —replica, mordiéndose el labio inferior—. Los retos me la ponen dura.

Levanto la rodilla, empujando contra su bulto, que palpita al contacto, e incluso tengo que admitir que me siento poderosa al ser la causante de esa reacción.

—No podrías conmigo tú solo.

Él gimotea de placer y saca el mechero, lo acerca tanto a mis pechos que puedo sentir el calor atravesando la tela.

—Me gusta tu tenacidad, Pen. Me gusta cómo enfrentas el dolor sin miedo. —Y se inclina para besarme el cuello, apagando el mechero en el momento que amenazaba con quemarme el vestido.

De repente, alguien se aclara la garganta sonoramente y hace que ambos giremos la cabeza.

Felix está de pie en la puerta, agarrado al marco con una mano y con una mirada posesiva, casi trastornada, en el rostro.

—¿En serio estás haciendo esto ahora? —gruñe.

—Sí, ¿qué pasa? —replica Dylan.

A Felix se le dilatan las fosas nasales.

—Está mojada.

—No solo por la lluvia —contesta Dylan con una sonrisa socarrona.

Agarra la puerta de Dylan tan fuerte que casi escucho cómo se rompe.

—Suéltala. Ahora.

Prácticamente puedo ver el humo que le sale a Felix por la boca cuando habla y, Dios mío, se me sube el corazón a la garganta.

—Tú sí que sabes cómo aguar una fiesta —dice Dylan, y suspira fuerte mientras rueda para quitarse de encima de mí.

Me siento erguida y me recoloco el pelo, fingiendo que no pasa nada, porque me da la sensación de que no solo está enfadado con Dylan.

De repente, Felix se abalanza sobre mí, me agarra de la muñeca y me arrastra con él.

—Espera, ¿qué le estás haciendo? —dice Dylan.

—Solo porque tenga frío no quiere decir que tengas que quemarla —dice Felix con los dientes apretados.

Me arrastra por el pasillo hasta su habitación, abre la puerta de una patada, me empuja dentro y la cierra de un portazo antes de echar el pestillo. Golpea con una mano la madera junto a mi cara.

—No me provoques, Pen.

Frunzo el ceño.

—Yo no…

—Si vuelves a dejar que te toque así…

—¿Así cómo? —Entorno los ojos—. ¿Como si realmente pudiera ser algo más que alguien que me utiliza por mi cuerpo?

Se le tensan los músculos de los brazos, como si le costara un gran esfuerzo contenerse.

—Tú me perteneces a mí.

Aguanto la respiración mientras se acerca a mí, con la mano libre subiendo por mi cuerpo sin tocarme. Todavía puedo sentir la corriente eléctrica entre nosotros, y sé que él también la siente.

—Solo estoy dispuesto a compartirte si estoy presente.

Entrecierro los ojos.

—¿Estás celoso?

Se le oscurecen los ojos y aprieta la mandíbula.

—No confundas mi posesividad con celos. Yo les permito que jueguen contigo.

Bufo.

—Pero solo cuando te place.

Le da un puñetazo a la madera, y doy un respingo.

Pero entonces me agarra la cara y estrella sus labios contra los míos.

No es un beso dulce ni amable, es uno impío, lleno de deseos tácitos. Un beso que lo consume todo, que me hace encoger los dedos de los pies y con el que me tiemblan las rodillas.

Cuando se separa, mis labios ansían más.

Me mira a los ojos durante un instante, pero parece una eternidad.

Sus manos siguen sobre mi rostro, y la mirada que me dirige es tan hipnótica que siento que no puedo respirar cuando me mira.

—Has desbloqueado algo dentro de mí que creía haber erradicado.

No sé si eso es un cumplido o una amenaza.

—No importa lo que haga, lo que diga, con quien juegue… Todo me recuerda a ti.

¿Con quien juegue? ¿De qué está hablando?

¿Se refiere a la chica esa del club?

Me trago el nudo que tengo en la garganta.

—Basta de juegos —dice, y se aparta para agarrarme de la mano y arrastrarme con él—. Es hora de ducharse.

—¿Qué? Si acabamos de salir de un aguacero —balbuceo.

Demasiado tarde. Ya ha abierto el grifo y el agua me cae directamente encima y me moja el vestido. Instintivamente, cierro los ojos al sentir el chorro de agua.

Genial, ahora estoy mojada otra vez.

—Vamos a quitarte esto.

Abro los ojos de par en par. Está justo delante de mí, bajo el mismo chorro de agua, con su costosa camisa negra de manga larga y los pantalones todavía puestos. El cuchillo que sostiene en sus manos brilla bajo la luz del baño.

Corta la tela que me cubre los hombros y luego me quita el vestido, tirando lentamente de la tela hasta dejar mis pechos al descubierto.

¡RAS!

Se deshace del resto de la ropa con una precisión casi enfermiza. Como si lo hubiera planeado. Como si lo hubiera estudiado.

Su nuez sube y baja, y no sé por qué me fijo en eso, pero lo hago. Y cuando se arrodilla despacio para quitarme lo que queda, dejándome completamente desnuda, se me pone toda la piel de gallina.

Me quita los tacones y los lanza a un lado como si le estorbaran.

Pero no me suelta el pie.

—Estás jugando a un juego peligroso, Penelope —murmura.

Se inclina y me da un beso en el pie.

—Un juego que no tiene ganadores.

Sus ojos se clavan en los míos mientras arrastra los labios hasta mis rodillas, y yo contengo el aliento con expectación, mi coño palpitando de excitación otra vez.

Dios, solo ha pasado una hora desde la última vez que follamos en el cementerio, y ya siento que podría volver a hacerlo.

¿Es esto lo que sentía mi hermana cuando estaba con ellos? ¿Es esto lo que le hacían? ¿Por eso sentía que no podía escapar?

Su avaricia es asfixiante.

Y me hacen querer ofrecerles el oxígeno que me queda en los pulmones.

—Si Dylan ya ha conseguido ponerte así, entonces tendré que ser yo quien lo solucione. No voy a dejar que te enamores de ellos —dice.

¿Enamorarme de ellos?

¿De Dylan y Alistair?

Me presiona el gemelo con el cuchillo, justo encima de donde me está besando.

—Si no quieres jugar según mis reglas, entonces juguemos según las tuyas.

No puedo responder porque su lengua está por todas partes, dejándome sin aliento.

—Tú y yo hicimos un trato —murmura, dejando un rastro de besos mientras sube por mis muslos arrastrando el cuchillo con él. Estoy aterrada y excitada a partes iguales—. Así que dime qué quieres que haga.

Cuando su lengua recorre mi hendidura, lanzo un gemido.

La fría hoja que se clava contra la cara interna de mi muslo hace que me calle. Y él deja de besarme para mirarme, con el cuchillo clavándose en mi piel.

—Dímelo.

—Encuentra a los bullies de mi hermana —murmuro mientras bajo la mirada.

Justo entonces, saca la lengua para lamerme de nuevo y casi pierdo el equilibrio. Me apoyo contra las paredes mientras el agua cae sobre mí.

—¿Qué más? —dice, lamiéndome.

—Castígalos —digo.

Su lengua es implacable. Su voz es oscura, autoritaria:

—Sé específica.

—Hazles daño —respondo.

Cubre con la boca mis partes más sensibles, trazando círculos como si estuviera decidido a hacer que me corra otra vez, y no creo que pudiera detenerlo aunque quisiera.

—¿Cómo? —pregunta.

—¿Qué? —musita.

Y entonces se aparta y me deja vacía.

—Si tú no te entregas por completo, yo tampoco.

Dios, el simple hecho de tener su lengua tan cerca hace que el clítoris me palpite, y le odio por llevarme al límite así. Lo odio y a la vez me encanta.

—Córtales la lengua —murmuro.

Y enseguida se lanza sobre mí con tal intensidad que me cuesta incluso emitir un gemido.

—Sigue —jadea.

—Arráncales los dedos —digo.

—Sí —dice, haciendo rodar su lengua hasta que las piernas me empiezan a temblar.

—Sácales los ojos.

De repente, me penetra con el mango del cuchillo, y yo jadeo, pero inmediatamente se convierte en un gemido cuando empieza a follarme con él mientras sigue dando vueltas con la lengua. El borde afilado de la hoja debe estar cortándole la piel, pero el dolor no parece importarle lo más mínimo.

Una mezcla de rabia y deseo animal inunda mi cuerpo mientras él sigue lamiéndome, y apenas puedo mantener la compostura.

—Ahora, culmina—gruñe.

—Mátalos —susurro.

Y hunde la lengua tan hondo junto con el cuchillo que maúllo de placer.

—¡Joder, Felix, me corro!

—Eso es, córrete en mi boca —gime mientras me lame como si pudiera saborear la venganza en mi humedad.

Mis manos en la pared apenas pueden sostenerme. Él se levanta y me atrapa justo antes de que me caiga, empujándome contra la pared, y sus labios vuelven a estrellarse contra los míos.

El cuchillo sale disparado de mí y cae con un ruido estrepitoso sobre el suelo de baldosas, pero no me importa.

Solo quiero más besos de estos, más caricias suyas, más de todo lo que es tan depravado que vendería mi alma por recibir solo una migaja.

—Los llevaré al infierno por ti.

Su voz suena oscura, pesada y tan hipnótica que empiezo a hacerme adicta.

Dios, ahora entiendo lo que le hicieron a ella.

Le arranco la ropa a Felix y la tiro a un lado; los pantalones, la camisa y todo lo que se interpone entre nosotros. Pero cuando nuestros labios se separan por un instante, contemplo todos los intrincados tatuajes de su cuerpo, el tatuaje de la calavera y la serpiente que lleva, igual que Dylan y probablemente también Ali, y muchos más.

Porque lo que se escondía bajo esas camisas abotonadas hasta el cuello y esas sudaderas negras era un tatuaje en el cuello de un fénix que le sube desde el pecho hasta la barbilla.

Y justo debajo, tiene a Medusa.

Un tatuaje que normalmente uno se hace cuando… han abusado de ti.

Mierda.

Inhalo profundamente al tocarlo y él se estremece cuando lo hago.

—Lo siento.

—No lo sientas.

—¿Esto es…? ¿Te han…? —murmuro.

—Fue hace mucho tiempo —dice, apretando la mandíbula.

¿Así que es real? ¿Le pasó de verdad?

Guau.

De todas las personas, él era la última que hubiera imaginado que podría ser… una víctima.

Este hombre tiene muchas más capas de las que pensé en un principio.

Un alma torturada empeñada en devolverle al mundo exactamente lo que este le ha dado.

Desolación.

Me agarra la mano con fuerza.

—No me tengas lástima.

—Yo no…

—Sé lo que veo —dice, y se le dilatan las fosas nasales—. Te he mirado lo suficiente como para reconocer cada puta emoción de tu cara.

Trago saliva.

¿Siempre ha estado tan obsesionado?

¿O es que nunca me di cuenta porque estaba demasiado ocupada haciéndole objeto de mi desprecio?

—Lo siento, es solo que…

—No lo esperabas de alguien como yo.

Asiento. Siempre pensé que era impenetrable, duro como el acero, frío como el hielo.

Pero tal vez no siempre fue así.

Alguien le hizo ser así.

—La vida es cruel —responde—. Aprendí la lección a una edad muy temprana. —Traga saliva—. Y si alguien te quita algo que es valioso para ti… Lo aniquilas.

Él cierra el grifo, pero yo aún no he terminado de ducharme. Ni de enfriarme. Empalmado, sale de la ducha y vuelve con unas toallas de color rojo oscuro.

—Toma.

Me lanza una que apenas me cubre el cuerpo, pero me las arreglo y me seco. Vuelve con una de sus camisetas cuando estoy a punto de envolverme con ella.

—No tengo ropa de mujer, así que esto debe servir.

Es una de las suyas.

Me lo pongo y me queda grande, pero lo suficiente como para taparme el culo. Pero el olor… Me recuerda a él.

El rubor se extiende por mis mejillas.

Cuando se aleja, lo sigo hasta su habitación, y me pregunto por qué no hacemos que acabe él también.

Pero estoy demasiado ocupada mirando boquiabierta su habitación, que es muy diferente a la de Dylan. Ya he estado aquí antes, pero sigue dejándome fascinada. Y ahora que no me persigue nadie, por fin puedo echar un vistazo de verdad.

Es oscura y lúgubre, está llena de calaveras; es enorme, con dos grandes ventanales al fondo, donde hay una cama alta. Al otro lado de la habitación hay varias mesas llenas de botellas de alcohol a medio terminar y vasos vacíos, testigos de alguien ahogado en su propio dolor.

Me froto los labios entre sí y atravieso la habitación. Hay muchos asientos de cuero de aspecto lujoso repartidos por toda la estancia, junto con un banco y algo que parece una cruz con correas. Todos los muebles tienen un patrón de calaveras. Justo lo que esperaría de alguien que adora la muerte.

Trago saliva.

Al fondo, cerca de la ventana, hay una mesa de madera con una pequeña jaula encima.

La criatura que hay dentro me llama la atención.

Es una serpiente.

Y se está comiendo una rata muerta.

—Nessie.

Casi doy un bote del susto.

Lo tengo justo detrás, con nada más que una toalla rodeándole la cintura.

—Nuestra mascota, una serpiente —añade.

Frunzo el ceño y sonrío al mismo tiempo.

—¿Una mascota?

—Las serpientes también pueden ser mascotas —responde.

—No, quiero decir, ¿tú tienes una mascota? —Me río por la nariz.

Él entrecierra los ojos.

—¿Tan difícil es de creer?

Me encojo de hombros, sin dejar de sonreír porque tiene razón. Es difícil de creer viniendo de un hombre tan frío como él. Aunque supongo que este tipo de mascota le va como anillo al dedo, sobre todo con ese tatuaje.

—En realidad, no —respondo.

Cuelo los dedos en la jaula para tocarle el cuerpo, y tiene un tacto extraño.

—¿Quieres cogerla? —La levanta antes de que pueda responder y luego la coloca sobre mi cuello—. No muerde.

—Vaya, me dejas más tranquila —balbuceo, sintiéndola deslizarse.

Él ladea la cabeza y me observa por un momento.

—No estás asustada.

—No… ¿Debería?

Una sonrisa se dibuja suavemente en sus labios.

—Tal vez no seas exactamente igual que Eve.

Hago una mueca.

—¿Le daban miedo las serpientes?

Yo ni siquiera sabía eso. ¿Por qué él sí?

Me quita a Nessie de los hombros y la coloca de vuelta en su jaula.

—Quizás no te contó todo sobre ella.

Bajo la mirada y suspiro.

—Ojalá hubiera confiado en mí. Tal vez así no habría tenido que pasar por todo esto.

Con un solo dedo, me levanta la barbilla y me obliga a mirarlo.

—Tal vez había una razón para no hacerlo. Estaba tratando de protegerte.

—¿De qué?

Me estremezco en el sitio.

—De nosotros.

Demasiado tarde.

53 Felix

Se le pone toda la piel de gallina.

Pero no quiero que sienta miedo. Esa etapa ya la pasamos hace tiempo.

—También intentaba protegerte del resto —digo.

Me doy la vuelta, cojo mis pantalones de chándal de la pila de ropa limpia y me los pongo bajo su atenta mirada, sabiendo que probablemente me está mirando el culo. No me importa.

—¿Del resto? ¿Te refieres a los Phantoms? —pregunta al rato.

De repente, alguien golpea la puerta con el puño.

—¡Oye! ¡Abrid!

Dylan.

Cierro las manos en un puño.

—No estoy de broma. Te estás acostando con ella, ¿a que sí? —gruñe.

—No es asunto tuyo —rebato.

—¡Pues vaya! —Estrella los puños contra la puerta de nuevo—. Me dices que no lo haga, ¿y luego tú lo haces a mis espaldas?

Penelope me mira de brazos cruzados, como si estuviera montando una escena por nada.

—Vamos. No seas injusto con él.

Se acerca a mí y me tiende la mano.

Yo me limito a devolverle la mirada.

De repente, se abalanza sobre mí y me roba la llave del bolsillo.

Intento atraparla, pero se escapa de mis brazos como un maldito ratón que huye de un gato y corre inmediatamente hacia la puerta.

—Penelope —le advierto—. No abras esa puerta.

Mirándome directamente a los ojos, mete la llave en la cerradura.

Maldita sea.

Me está poniendo a prueba.

Está viendo hasta dónde puede llegar.

Y la verdad es que… más lejos de lo que querría.

La parte mala es que ahora lo sabe.

Aprieto los dientes mientras la veo abrir la puerta.

—Luego vas a pagar por esto —siseo.

—Puedo soportarlo —responde, y luego se gira hacia Dylan—. No estamos follando.

—Os he escuchado hablar de la Phantom. ¿De qué va todo esto? —Mira por encima de su hombro y sus ojos conectan con los míos—. ¿Le estás contando todo?

Supongo que ahora que se ha descubierto el pastel, no tiene sentido seguir ocultándole todo esto.

Asintiendo con la cabeza, me doy la vuelta.

—La Phantom no es la única otra casa en este campus.

Dylan entra en mi habitación como si fuera suya y coge mi vaper para llenarlo con algo nuevo que he comprado. Penelope le sigue.

—Espera, ¿qué es lo que no me habéis contado? ¿Quién más hay? ¿Y qué quieren?

Me tumbo en la cama y suspiro con fuerza.

—Dylan, adelante, cuéntaselo, ya que te has invitado tú mismo a mi habitación.

Da una calada y se sienta en mi silla.

—Esta universidad es mucho más que una facultad. Hay mucho más bajo la superficie de lo que la mayoría de la gente cree.

Parece que se está devanando los sesos pensando en ello.

—Esta universidad no es solo para ricos —dice con una sonrisa burlona—. La gente paga para entrar. Gente del ámbito criminal.

Hace un gesto con la mano.

—¿Y vosotros sabéis esto…?

—Porque mi padre forma parte de la junta que lo financia todo —termino por ella—. Pero eso ya lo sabías.

Dylan sonríe de medio lado.

—Así que ya sabes el tipo de personas que son nuestras familias.

—¿Todos vosotros? —pregunta, confundida—. ¿Pero qué hay de Ali? Su padre es el jefe de la…

—Policía. Un sapo —interrumpo.

Ella traga saliva. Probablemente esté empezando a darse cuenta de por qué el padre de Ali nos dejó ir tan fácilmente.

—¿Así que literalmente todo el mundo en esta universidad es corrupto?

—Todo el mundo no —responde.

Ella frunce el ceño.

—Pero ¿cómo sabes quién es un criminal y quién no?

—Ahí es donde entran en juego las diferentes casas de las fraternidades —responde Dylan.

—Entonces, ¿me estás diciendo que estas casas son como bandas?

Él asiente.

—Se podría decir que sí.

Ella entrecierra los ojos.

—Entonces ¿sois parte de una banda?

Dylan se encoge de hombros.

—Preferimos llamarlo «sociedad».

Penelope bosteza y se lleva la mano a la boca cuando me doy cuenta.

Me froto la frente.

—Suficiente.

—No, no, espera, quiero saber más —tartamudea Penelope.

—Necesitas dormir —digo, dando golpecitos en la cama.

—Sí, hora de dormir. —Dylan camina hacia ella y le agarra la mano.

—Dylan —le advierto mientras me incorporo—. Se queda aquí.

—¿Qué? —musita Penelope—. Pero tienes más habitaciones, ¿no?

—Sí, deja que te las enseñe —dice Dylan, e intenta arrastrarla con él.

Así que me acerco a ellos, la agarro de la mano y la atraigo hacia mí.

—Tú te quedas conmigo —les digo, mirándolos fijamente a los dos—. Tengo que vigilar.

—¿Por qué? —bufa Dylan—. Esos Phantoms no van a venir aquí.

—¿Estás seguro? —replico.

Dylan chista.

—Pues vale. Yo también sé vigilar.

—Te quedas dormido demasiado rápido —digo, colocando ambas manos en sus hombros—. Yo me encargo.

Se detiene y se queda mirándome durante un momento. Sabe que tengo razón.

—Está bien —dice—. Pero más vale que recuerdes que este acuerdo es entre los cuatro. —Y nos mira embobado a los dos antes de salir por la puerta y cerrarla de un portazo.

Penelope deja escapar un suspiro.

—Vaya dos…

—Ignóralo —digo mientras la vuelvo a tumbar en la cama—. Ven. A dormir.

La acuesto sobre la segunda almohada de mi cama y nos cubro con la manta, luego le rodeo la cintura con el brazo para que no se mueva.

—Emm… vale —susurra.

—¿Qué? —respondo.

—Pues que esto es raro.

—¿Por qué?

Puedo sentir el calor de su cuerpo contra el mío, y mi polla se estremece contra los pantalones de chándal, pero lo ignoro.

—Bueno, pues porque ni siquiera has… tomado lo que querías de mí.

Su mano se desliza lentamente bajo la manta, pero le agarro la muñeca justo antes de que me la toque.

—Ahora no.

Se le corta la respiración.

—Pero tú siempre…

—Entonces a mí tampoco me conoces tan bien como creías —la interrumpo.

Ella vuelve a relajarse.

—Duérmete y ya está —le digo.

—Pero no estoy cansada —responde.

—Es de madrugada. Claro que lo estás —replico—. Deja de mentirte.

Ella suspira.

—¿Y tú qué? ¿Vas a dormir?

—Los malos nunca descansan.

—Entonces, ¿te vas a quedar tumbado a mi lado y a esperar que me quede dormida? —pregunta.

—No. Voy a asegurarme de que esta habitación no acabe igual que la de Eve.

Ella inhala profundo.

—Pero no te puedes quedar despierto para siempre.

—Ya lo verás —gruño en respuesta, y la pego a mí para que quede con la cabeza apoyada en el hueco de mi cuello.

Cada mechón de su pelo me hace cosquillas en la piel, pero su olor… Dios, su puto olor me ancla a la realidad.

—Cierra los ojos —murmuro—. Yo me quedaré aquí y te cuidaré.

—Vale… Buenas noches.

No me fío de esta docilidad.

Ella siempre ha sido de plantar cara, y ahora…

¿Está empezando a confiar en mí?

Mi cuerpo se tensa contra el suyo.

No puedo volver a cometer los mismos errores.

No puedo dejar que esto me destruya otra vez.

54 Penelope

Cada vez que respira, lo siento en lo más profundo de mis huesos.

Como un guardián al acecho, permanece inmóvil, esperando en silencio hasta que me quedo dormida.

Pero lo único en lo que puedo concentrarme es en esos brazos musculosos que rodean mi cintura y en la agradable sensación de seguridad que me proporciona su cuerpo, como un cálido y aterciopelado capullo que me protege de cualquier oscuridad que haya ahí fuera.

¿Cómo voy a dormirme así?

Mi corazón late a mil por hora, como si estuviera corriendo una maratón. Cada vez que se mueve, siento un cosquilleo en todo el cuerpo. Y no entiendo por qué.

Respiro hondo y espero, pero él tampoco parece estar durmiendo.

Quizás no mentía cuando dijo que no dormía.

No me extraña que tenga los ojos tan hundidos y rojos, la verdad.

Me trago el nudo que tengo en la garganta.

¿Estará relacionado con el tatuaje de Medusa?

Los malos nunca descansan.

Sus palabras reverberan en mi mente.

Y desde este rincón de la cama, miro fijamente la mesita de noche, donde un vaso volcado lleno de un líquido cristalino gotea lentamente sobre la madera, y el olor a alcohol penetra en mis fosas nasales.

Se me pone la piel de gallina y vuelvo a cerrar los ojos, preguntándome si mi hermana lo sabía.

Si esa fue la razón por la que cayó.

Pero, en el fondo, creo que ya sé la verdad.

Porque yo también lo siento.

—Penelope… Penelope… —La voz de mi hermana me obliga a abrir los ojos de par en par.

Sus dedos buscan los míos justo antes de caer.

—Aléjate, Pen —dice, pero su voz suena distorsionada, no es la de siempre.

Trato de moverme, pero tengo los pies hundidos en arenas movedizas en lo alto de la colina, y el barro poco a poco me va absorbiendo por completo.

—¡Eve! —grito su nombre mientras cae lentamente hacia atrás por la colina.

—No va a volver, Pen. —Me giro para mirar y ver a Felix agarrándome la mano, y por mucho que intento soltarme, solo consigo quedarme más atrapada.

Y yo lo único que quiero es llegar hasta mi hermana.

—No cometas los mismos errores que yo —susurra Eve—. Encuentra mi mensaje.

Grito con todas mis fuerzas mientras su cuerpo desaparece por el saliente y cae en la grieta de la desesperación.

Me incorporo en la cama y jadeo violentamente, con gotas de sudor resbalándome por la espalda mientras me concentro en mi entorno.

Sigo en la cama de Felix, en su habitación, aquí, a salvo.

Solo ha sido una pesadilla.

Una pesadilla que ocurrió en realidad y que se sigue repitiendo en mi mente.

Entierro la cara entre mis manos por un momento y respiro hondo para calmarme.

Cuando me he tranquilizado un poco, abro los ojos y miro a mi alrededor. Para mi sorpresa, Felix está ahí.

Pero tiene los ojos cerrados.

¿Se ha quedado dormido?

Tiene un brazo sobre mis muslos y el otro debajo de la cabeza, y no puedo evitar quedarme mirándolo por un segundo. Se ve mucho menos amenazante que el asesino que literalmente le cortó el dedo a alguien por enviarme una amenaza. Así, casi parece… adorable.

Trago saliva.

Dijo que no dormiría, pero mírale…

Los ojos hundidos de su rostro se han reducido un poco, como si pidiesen a gritos un buen descanso.

Me pregunto si el trauma le impedirá dormir.

Quizá por eso es tan duro con todo el mundo, incluso consigo mismo.

Aparto lentamente su brazo y salgo de la cama.

Tengo que salir de este lugar asfixiante y aclararme las ideas, porque esa pesadilla ha sido demasiado real y perturbadora. ¿Y por qué ha aparecido Felix en ella?

Tiemblo mientras cruzo el pasillo, tratando de encontrar un baño para lavarme la cara que no esté conectado con ninguna de sus habitaciones. Pero la luz que sale por debajo de una de las puertas del pasillo me llama la atención. Es de madrugada. ¿Quién está despierto a estas horas y por qué?

La puerta no está del todo cerrada, así que echo un vistazo por la rendija.

Es Alistair, está ocupado con algo en su escritorio, pero no sé qué.

La curiosidad me empuja a abrir más la puerta.

Sus brazos se mueven con dificultad y sus ojos no dejan de pivotar entre lo que tiene delante y un teléfono.

En el que hay una foto mía.

—Sé que estás ahí.

Su voz repentina me asusta un poco, y me agarro a la puerta, preguntándome si debería irme corriendo.

—Puedes pasar —dice—. No me importa.

Debería irme.

¿Pero cómo voy a hacerlo con esa foto en su teléfono?

Me mira por encima del hombro.

—No muerdo.

—Lo dudo —murmuro a medida que me adentro más.

Él sonríe.

—Puede que algún día te sorprenda.

Me acerco a él, atraída tanto por mi propia foto como por la idea de descubrir qué está haciendo en plena noche. Tomó esa foto en los terrenos de la escuela, donde lo encontré estudiando en el banco de fuera mientras yo buscaba a Dylan.

—¿No deberías estar durmiendo? —pregunto.

Contemplo por encima de sus hombros cómo sus manos se mueven meticulosamente de izquierda a derecha sobre una fina hoja de papel. El dibujo solo está a medio terminar, pero reconozco claramente mi propio rostro, mucho más bello de lo que aparece en el espejo.

—Oh —musito, sorprendida.

Alistair deja el lápiz en el escritorio.

—No puedo evitarlo. —Sus ojos siguen pegados al papel—. Las imágenes me inundan la cabeza y no puedo dormir si no las saco.

—Me has dibujado —murmuro.

—¿Te parece raro?

Tardo un poco en responder porque estoy atónita. No sé si es porque me da miedo o porque me impresiona su nivel de detalle, porque, maldita sea, es casi como si se dedicara a esto.

—No. Estoy impresionada.

Se gira para mirarme.

—Gracias.

Sonrío, pero mi atención se desvía hacia el resto de la habitación, que está tan llena de trastos que me pregunto cómo alguien puede vivir así. Ropa usada y sin usar, joyas, obras de arte y baratijas por todas partes. Un pequeño huevo de cristal me llama la atención y pulso el botón que tiene en un lado. De dentro sale una niña diminuta con mallas, que baila sin parar al son de una canción infantil.

—Lo conseguí en una tienda de diseño de alta gama —dice Alistair, rompiendo el encanto.

—¿Has comprado esto? —pregunto.

—Lo he robado —responde.

Como si fuera lo más normal del mundo.

—Pero ¿por qué? —pregunto.

—Porque me gusta la emoción —dice.

Hay muchísimas cosas. ¿Son todas robadas? Estoy alucinada.

—Así que ¿no pretendes usar nada de esto? —pregunto.

Él niega con la cabeza.

No me cabe duda de que robó aquellas cosas en la tienda cuando lo pillé con las manos en la masa.

Quizás sea una manía suya. Un vicio.

De repente, mis ojos se posan en una pila de cuadernos y cojo uno, preguntándome qué habrá dentro.

Hojeo las páginas. Dentro hay un montón de dibujos de Dylan en todo tipo de poses, tanto con ropa como sin ella. Seductoras y sexys, incluso. El nivel de detalle es asombroso y me pone la piel de gallina. Hasta que paso a la página siguiente… donde de repente veo mi propio rostro.

—Espera… —musita.

Demasiado tarde. No puedo dejar de pasar las páginas. Es como una película que cobra vida.

Una imagen tras otra de mi propio rostro y mi cuerpo en diversas poses y lugares. En el césped y en la facultad, con una sonrisa y una mirada seductora. E incluso esa en la que él estaba sentado en el banco y yo le pregunté por Dylan.

La foto que hizo con su móvil.

¿Para esto era?

Mi corazón se detiene en el momento en que me veo desnuda en la página. Y en la siguiente. Y en la siguiente.

—¿Has dibujado todo esto? —pregunto, y me giro para mirarle.

Él asiente.

—No podía parar de dibujarte.

Incluso hay una en la que estoy tumbada en la cama, durmiendo.

Me tiemblan las páginas en las manos.

—Has estado en mi habitación más de una vez, ¿verdad?

Se hace una larga pausa.

—Sí.

Debería haberlo sabido en el momento que descubrí que me robó el diario.

Es de los que les gusta espiar. Colarse. Invadir.

Cuando me doy la vuelta, está justo delante de mí.

—¿Por qué? —me sale la voz en un suspiro entrecortado.

Acerca su mano a mi rostro y me acaricia con tanta delicadeza que casi me derrumbo.

—Creía que ya había encontrado a mi musa, pero cuando apareciste tú, invadiste cada rincón de mi mente —me dice.

Miro de reojo el papel que hay sobre su escritorio. Es un dibujo a medio terminar en el que dos tipos, uno de ellos él, me están penetrando por delante y por detrás encima de una tumba.

No me había dado cuenta de hasta qué punto llegaba su obsesión.

—¿Estás asustada?

No sé cómo responder. Si debería estar asustada o impresionada.

Sacudo la cabeza despacio, pero cuando la palma de su mano se ablanda contra mi piel, instintivamente me inclino hacia ella.

—Solo estoy confundida. Creía que Dylan y tú…

—Siempre habrá un Dylan y yo —interrumpe mientras desliza la mano por mi nuca y me acaricia el pelo con los dedos—. Pero tú… has despertado algo en mí que no puedo ignorar.

De repente, aplasta sus labios contra los míos y no sé cómo reaccionar.

Con los ojos muy abiertos, dejo que me bese, sus labios calientes recorren mi boca como si llevara años deseándolo y nunca hubiera tenido la oportunidad.

Es como si el tiempo se hubiera detenido y solo quedáramos nosotros, estos dibujos y su obsesión por mí. Está poniendo todo su ser en este beso, y hace que mi cuerpo se derrita entre sus manos.

Pero aun así lo alejo.

—¿Qué pasa si nos ven?

—Pues que nos vean. —Se acerca tanto que puedo sentir su aliento—. No son los únicos que pueden tenerte. Nos perteneces a todos.

Cuando se inclina para besarme de nuevo, mis ojos se posan en el diario que está justo al lado del dibujo que hizo de mí en el cementerio. La pesadilla vuelve de golpe a mi mente, y lo empujo para cogerlo.

—No lo hemos tocado desde lo de los carteles, lo juro —dice, siguiéndome.

—Es que… debe haber algo dentro que me he perdido.

Vuelvo a hojear las páginas, dándoles la vuelta y revolviéndolas, con la cabeza a mil. Al final hay un trozo de papel rasgado en el lomo, apenas perceptible. ¿Y si han arrancado más de una página?

—¿Dónde está esta página? —pregunto.

—No lo sé —responde Ali—. No fuimos nosotros.

Lo miro con los ojos entrecerrados.

—Créeme —dice, y me agarra la mano para darme un beso en la parte superior—. Haría daño a cualquiera que intentara lastimarte así.

Trago saliva. Tal vez tenga razón. Tal vez no lo hicieron ellos.

Pero nadie más lo ha tocado, lo que significa que el papel ya estaba arrancado antes de llegar hasta mí.

¿Podría estar todavía en su antigua habitación?

Abro los ojos como platos.

—El incendio —musito.

Y salgo corriendo de inmediato por la puerta, agarrando fuerte el diario.

—¿A dónde vas? —pregunta Ali, alcanzándome.

Abro los labios, pero me detengo a mitad de camino.

Si le digo la verdad, no me dejará hacerlo.

—Felix me está esperando —miento cuando agarra la puerta—. Solo estaba yendo al baño, eso es todo.

Entrecierra los ojos.

—¿Estás segura de que esa es la verdad? —Se inclina con una sonrisa maliciosa en la cara—. ¿O simplemente estás intentando huir de mí?

El rubor se apodera de mis mejillas porque tengo sus besos grabados a fuego en la mente. Pero tengo que dejar de pensar en eso. Tengo cosas más importantes en la cabeza.

—Tengo que dormir —digo—. Me lo dejaron claro.

Frunce el ceño y señala su cama, que parece cómoda.

—Puedes dormir aquí conmigo.

—Si Felix se despierta y ve que no estoy, no se lo tomará bien —aclaro.

Ali respira hondo y suspira.

—Está bien, si insistes. —Pero antes de que pueda irme corriendo, me agarra del brazo y presiona sus labios contra los míos de nuevo, y el beso hace que la cabeza me dé vueltas. Cuando separa despacio los labios, siento mariposas por todo el cuerpo—. Así te acordarás de mí.

No caigas.

Joder.

No me extraña que mi hermana escribiera eso en su diario.

No eran solo divagaciones… era una advertencia.

Y no la tomé en serio.

Trago saliva y le hago un gesto de asentimiento a Ali, tras lo cual, me suelta.

—Buenas noches, Penelope —me dice mientras me alejo por el pasillo.

Cuando echo un vistazo por encima del hombro, su puerta se cierra, y corro de vuelta a la habitación de Felix para colarme dentro y agarrar mi mochila. Por suerte, sigue durmiendo. Camino hacia la pila más cercana de ropa limpia dentro de su armario y robo unos pantalones y una chaqueta. Luego agarro un par de zapatillas de mi número, así que ya estoy totalmente vestida y lista para salir.

Solo tengo un lugar en mente, y necesito estar bien vestida y preparada para lo peor.

No puedo esperar a que Felix y Dylan se despierten y me ayuden. ¿Y si no quieren?

Además, puede que ni siquiera me dejen ir. Y si no lo hago ahora, mañana las pruebas pueden haber desaparecido.

Quienquiera que haya prendido fuego en la habitación de mi hermana tenía un motivo, un propósito… Un objetivo.

Yo.

Lo que significa que están tratando de ocultar algo.

Y voy a descubrir qué es.

55 Penelope

La luna ilumina mi camino de vuelta a la hermandad, a sabiendas de que no soy bienvenida ahí. Pero necesito saber por qué incendiaron su antiguo cuarto.

Tiemblo por el frío y acelero el paso, con la esperanza de que mis músculos me mantengan lo suficientemente caliente hasta llegar allí. Bostezo, todavía cansada por la falta de sueño, pero si espero a mañana, puede que la prueba no esté y no puedo arriesgarme.

Cuando finalmente llego al edificio, levanto la vista. Todas las luces están apagadas, y parece una casa fantasma. Está claro que no hay nadie dentro. Todas deben haber aceptado la propuesta del decano y se habrán quedado en un hotel.

Supongo que no sabrán que he estado aquí.

Localizo la salida de incendios en la parte de atrás del edificio y salto para agarrarme a la barra más baja. Empleo todas mis fuerzas para subirme hasta la segunda barra y agarrarme con los pies. Finalmente, consigo subir las escaleras hasta el segundo piso, donde está su ventana.

Me muevo por los balcones y abro la ventana rota. El cristal ya está destrozado y tiene un gran agujero en el centro. No es algo que pueda haber causado solo un incendio.

La abro todo lo que puedo y me meto dentro.

La habitación es de color gris ceniza, está cubierta de hollín y el ambiente parece estar privado de oxígeno.

Toso y contemplo la vista.

Apenas quedan retazos de muebles. El colchón de la cama está destrozado, solo quedan los burletes y el metal. El techo está ennegrecido, al igual que el suelo de madera, y el escritorio de la esquina tiene quemaduras. Cerca de la cocina pequeña, opuesta a la ventana, hay un lugar más claro en el suelo al que le siguen quemaduras muy profundas, lo que me recuerda a una explosión.

¿Es donde explotó la bengala?

Me acerco a él y me pongo en cuclillas para inspeccionar. Aunque no soy una experta, es lo que parece.

Sigo el suelo con la mirada, buscando bajo cada esquina e incluso debajo de la cama. Aquí debe haber algo que explique por qué han intentado quemarlo. No pueden haber pensado que estaba durmiendo en esta habitación, ¿verdad?

Pero cuanto más busco, menos sentido tiene todo.

Un ruido detrás de la puerta me pone en alerta.

Me quedo lo más quieta posible, escuchando los ruidos, y siento el corazón en la garganta.

El pomo de la puerta se gira.

Saco la navaja de mi mochila.

La puerta se abre de un tirón, y dos chicos que reconozco tienen la mirada puesta en mí. Me empieza a hervir la sangre.

Kai y Nathan.

—Sabía que había oído algo. Resulta que al final no era una rata —dice Nathan—. Penelope, me sorprende verte aquí.

Inmediatamente doy un paso atrás, agarrando la navaja.

—Tienes agallas, Nathan.

Kai se desplaza hacia un lado, con el rostro medio oculto tras el cuerpo de Nathan, y se me corta la respiración. Una profunda herida le recorre el ojo de arriba abajo, dejándolo parcialmente ciego. Tiene la cabeza cubierta de vendajes, probablemente por el golpe que le propinó Dylan con la pistola.

Pero, madre mía, está completamente destrozado.

—Estás vivo —musito.

—Pues claro que sí. —Se le dilatan las fosas nasales—. No gracias a ti. Por suerte, la clínica del centro vinculada a mi familia me acogió y me atendió.

—¿Qué estás haciendo aquí? —digo con voz ronca.

—¿Creías que te íbamos a dejar escapar después de lo que hiciste? —dice Kai con rabia.

—No te acerques —gruño, sosteniendo la navaja delante de mí.

Nathan se ríe.

—¿Crees que eso nos detendrá? Estás sola, Penelope. Sin ningún perro que te proteja.

—Felix está fuera del edificio —siseo.

—No, no lo está —dice Nathan—. Te hemos seguido hasta aquí.

Ahogo un grito.

¿Me han estado espiando?

Mierda.

—Te estabas tropezando en esa maldita escalera —se burla Nathan.

—¿Qué coño te importa? ¿Qué quieres de mí? —gruño.

—Tú y tus follamigos me habéis marcado de por vida —interrumpe Kai, haciendo una mueca.

—Tal vez no deberías haber intentado sobrepasarte —respondo—. Yo no tenía nada que ver con la pelea que teníais con los chicos de la Skull & Serpent, pero me metisteis de todas formas.

—Tú eres la razón por la que Felix me cortó el dedo —escupe Nathan.

—Así que fuimos a vengarnos —dice Kai—, y acabamos perdiendo otro de los Phantoms, junto con mi ojo.

—Fuiste tú. Ibas buscando pelea y la encontraste —respondo.

—No se mantuvieron alejados de Eve cuando debían hacerlo —dice Kai.

—A mi hermana no la nombres, joder —digo con los dientes apretados.

Él resopla.

—Ni siquiera sabes a lo que te enfrentas.

—Vete —replico.

Cuando Nathan se acerca aún más, agarro más fuerte la navaja.

—No. Has venido, y quiero mi venganza por perder el dedo.

—Pues no haberme metido esa nota por debajo de la puerta, entonces —gruño—. Sabías con quién te estabas metiendo. Esos chicos me protegieron. No van a dudar en acabar contigo.

—Ellos son los putos responsables de toda esta mierda. —Nathan inclina la cabeza—. No tienes ni idea, ¿verdad?

—¿De qué?

—De por qué todo el mundo quiere ese puto diario.

Abro los ojos de par en par.

¿Sabe lo del diario?

¿Y quién es «todo el mundo»?

Kai se ríe.

—¿De qué sirve contárselo? No nos lo va a dar.

—¿Daros qué? ¿El diario? —Bufo—. Por encima de mi cadáver.

Kai se cruza de brazos.

—¿Ves? Te lo he dicho.

—¿Para qué coño lo queréis de todas formas? —pregunto.

Kai sostiene un trozo de papel chamuscado entre sus manos. Un papel que reconozco perfectamente porque es del mismo color que las páginas del diario de mi hermana.

—Para quemarlo entero.

Han quemado la habitación de mi hermana… ¿por una sola página del diario?

La rabia me cala en los huesos, y arremeto contra ellos. Los ataco a los dos con la navaja.

—¡Dame esa puta página! —grito, cortando el aire con mi navaja, ambos esquivan mis golpes.

—Vaya, mira esto. —Nathan me agarra de la muñeca y me detiene en el aire—. Cuánta violencia para una chica tan pequeña.

—¡Suéltame! —chillo.

—No, me parece que no —dice Nathan—. Mereces sufrir después de lo que tú y tus amiguitos nos hicisteis.

—¡Yo no he hecho nada! —grito—. ¿De dónde coño habéis sacado esa página?

—Oh, ¿esta? —Kai la balancea como si fuera una zanahoria—. La he encontrado debajo de su cama apenas unos minutos antes de que te colaras por la ventana.

—Dámela —gruño—. No te pertenece.

—No, ¿pero sabes lo que sí me pertenecía? —Se acerca hasta que lo tengo justo delante de mi cara—. Mis putos ojos. Y me quitasteis uno.

—Se lo debes a tu amiguito muerto —respondo—. Provocó a Dylan hablando de mi hermana.

Nathan me retuerce el brazo, y Kai me agarra por la garganta.

—¿Es que no lo ves, joder? Toda esta puta violencia apunta directamente a ti y a tu puta hermana. No tienes ni idea de con qué estás jugando.

—Entonces dímelo, joder —replico.

Nathan resopla.

—¿Crees que podemos? Nos matarían antes de que pudiéramos contárselo a nadie.

Frunzo el ceño.

¿Matarlos? ¿Quién?

Los dedos de Kai se clavan en mi piel.

—Suficiente. No hace falta contarle nada que no tiene que saber.

Nathan también se inclina para susurrarme al oído:

—Deberías haber hecho caso a mi advertencia, Penelope. Ahora seguirás los pasos de tu hermana.

Se acabó.

Le doy una patada a Nathan en las pelotas y echo la cabeza hacia atrás tan fuerte que la estampo contra la nariz de Kai, haciéndole sangrar.

—¡Joder! —gruñe mientras se agarra la nariz y Nathan se tambalea de dolor.

No espero ni un segundo antes de cortar detrás de mí. Atravieso el dobladillo de la camisa de Kai y le clavo el cuchillo directamente en el vientre.

—Ahh… —Se desploma en el suelo mientras saco la navaja.

Nathan se abalanza sobre mí con el puño, pero lo esquivo por los pelos y salto sobre él. Le rodeo el cuello con el brazo y le aprieto la navaja contra la garganta.

—Ni te muevas —siseo.

Traga saliva contra la hoja.

—Te vas a arrepentir de esto, Pen. No sabes dónde te estás metiendo.

—Lo dudo —bufo, y le obligo a darse la vuelta y mirar a Kai.

—Dame la puta página, Kai. O te juro por Dios que lo mato delante de ti.

Echa fuego por los ojos. Sé lo mucho que se preocupan por sus compañeros. Las casas están dispuestas a morir por los suyos. Y no hay nada que no harían para salvarlos.

Kai respira con dificultad mientras empuja el papel quemado hacia mí.

—Está bien. ¿Quieres morir? —gorgotea—. Adelante.

¿Morir? ¿De qué coño está hablando?

Kai empieza a poner los ojos en blanco poco a poco.

—No puedo respirar.

—Penelope —dice Nathan con voz rasposa—. Suéltame.

—Entonces, elige: seguirme o salvar a tu compañero —gruño, y lo empujo hacia delante, luego agarro el papel del suelo.

Nathan se pone de rodillas frente a Kai mientras corro hacia la puerta. Justo antes de cerrarla, se gira para mirarme.

—Quémalo y huye. —No sé por qué no lo siento como una amenaza, sino como una advertencia—. ¿Me has oído? —gruñe mientras cierro la puerta y salgo corriendo por el pasillo para alejarme de ellos—. ¡Acabaré contigo!

Felix

Estoy tumbado a oscuras. Siempre esperando. Siempre vigilando.

Mi cama está húmeda. Fría y caliente al mismo tiempo. El sudor me corre por la espalda.

La puerta se abre.

Cierro los ojos y me escondo bajo la manta.

Nunca puedo dormir.

Se oyen pasos en la habitación y el corazón me empieza a latir a toda prisa.

Ya viene.

Una y otra vez.

Como cada noche desde mi último cumpleaños.

Pero no quiero.

Solo quiero gritar.

Déjame en paz. Déjame en paz.

Y chillar con todas mis fuerzas.

En mitad de la noche, me incorporo en la cama, empapado en sudor.

Pero sin el calor que me reconforta.

Tardo un momento en orientarme mientras parpadeo rápidamente.

¿Me he quedado dormido?

Nunca me ha pasado, ni en un millón de años.

No sin drogas o alcohol.

Pero su olor…

Me giro para mirar.

Penelope.

No está.

Me quito las mantas de un tirón y miro alrededor de la habitación.

—¿Penelope?

No hay respuesta.

Corro hacia el baño y miro dentro, pero no está por ninguna parte.

Joder.

Se ha ido.

Salgo disparado de la habitación y me dirijo directamente a la habitación de Dylan. Tiene que estar allí. Tenía tantas ganas de dormir con ella que estoy seguro de que la ha sacado a la fuerza de mi cama. Ardiendo de rabia, abro la puerta de un golpe y entro sin pedir permiso.

—¿Dónde está?

Dylan está roncando medio desnudo en su cama y da un respingo.

—Eh, ¿qué? ¿De qué estás hablando?

Le quito la manta de un tirón para pillarlo en el acto, pero no hay nadie con él.

¿Pero qué…?

—¿Dónde está Penelope? —gruño.

Frunce el ceño mientras se levanta.

—Por Dios, Felix. Creía que estaba contigo.

—Se ha ido —digo, buscando por su habitación, dejándola patas arriba.

—No está aquí —dice Dylan.

Abro la puerta del baño, pero tampoco está.

—Entonces, ¿dónde cojones está?

—No tengo ni idea, ¿vale? Deja de destrozar mi habitación.

—¿Qué es todo ese ruido?

Levanto la vista. Alistair está de pie en la puerta con los brazos cruzados y bostezando.

—Penelope ha desaparecido —le digo.

Frunce el ceño.

—¿Eh? Pero si me dijo que volvía a tu habitación.

Se me dilatan las pupilas y me abalanzo sobre él, lo agarro por la camiseta.

—¿Me la has quitado?

—No, vino ella solita —responde, agarrándome las manos—. Suéltame.

—¿Dónde está?

—No quería dormir, pero le dije que volviera a tu habitación. No sé dónde fue después —dice—. Aunque parecía impactada por el diario.

—¿Cómo? —Frunzo el ceño. Nada de esto tiene sentido.

—Por lo visto, le falta una página —dice Ali.

Dejo de agarrarle la camiseta y él se suelta, sacudiéndose.

¿Por qué coño ha salido del edificio sabiendo que esos cabrones de la Phantom están ahí fuera?

A menos que…

—La antigua habitación de Eve. —Lo empujo y salgo por la puerta.

Joder. Debería haber sabido que ese diario guardaba algo importante. Ya no estaba en el maldito cuaderno, sino que seguía en su antigua habitación.

Como un secreto destinado a permanecer oculto.

O a ser descubierto… por alguien en particular.

—¿Qué? ¿Por qué iría allí? —grita Dylan, siguiéndome por los pasillos hasta las escaleras—. El edificio está quemado entero.

—Es donde Eve guardaba su diario. Está buscando la página que falta.

Cojo unos pantalones limpios de la pila que hay cerca del cuarto de la colada, junto con un par de zapatos de repuesto, y me los pongo antes de salir por la puerta.

Tengo que encontrarla.

Salgo corriendo a la calle y me dirijo directamente a la residencia de la hermandad, con el olor a cenizas quemadas penetrando en mis fosas nasales a medida que me acerco. Las puertas están precintadas y cerradas con cinta adhesiva, pero sé que está ahí dentro.

Voy a la parte trasera, donde encuentro una escalera bajada.

Bingo.

Salto y subo hasta arriba, donde hay una ventana abierta en el extremo más alejado del balcón, con el cristal roto. Me acerco, pero cuando miro dentro, no hay nadie y la puerta está abierta de par en par.

El suelo está manchado de sangre.

Aquí ha estado alguien.

Mierda. La he perdido.

Bajo corriendo las escaleras y vuelvo rápidamente a la casa de la fraternidad. En lugar del coche de Dylan, me pongo el casco, cojo mi moto del garaje y salgo disparado de la propiedad. Tiene que estar en algún lugar dentro del recinto de la universidad. Es imposible que haya escapado tan rápido.

Conduzco por el campus en su búsqueda, ignorando a cualquiera que me llame la atención por conducir en moto a estas horas de la noche. Pero me da igual que se despierten por el ruido. Tengo que encontrar a Penelope, joder.

¿Dónde está, maldita sea?

Cruzo el campus hasta llegar al bosque. Cerca del acantilado, veo un teléfono brillando en la oscuridad.

Penelope.

Corro hacia The Edge, me detengo y salto de la moto.

Está sentada justo al borde del acantilado, con los pies colgando en el aire.

Mierda.

Saco el móvil y envío a Ali y a Dylan la ubicación.

—Penelope… —Me quito el casco y lo dejo en el asiento—. ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Por qué has salido corriendo en mitad de la noche, joder?

Me mira por encima del hombro, pero su mirada severa me produce un escalofrío en la espalda.

—¿Por qué no me contasteis la verdad? —dice con voz ronca, cargada de ira y rencor.

Frunzo el ceño mientras me acerco, confundido.

—¿De qué cojones estás hablando?

—He vuelto a la habitación de mi hermana para buscar los restos del diario que había arrancado. —Sostiene un trozo de papel con la letra de Eve, escrito igual que el resto del diario—. Cortasteis con ella.

56 Penelope

Observo el inmenso vacío del espacio, preguntándome cuán profunda debió de ser la caída. Si se sintió en paz con su decisión. Si le dolió.

—No fue así como pasó.

Respiro hondo y me giro para mirar a Felix.

—Deja de mentirme.

Su mirada se fija en el trozo de papel del diario que tengo en las manos.

—¿Qué hay en ese papel?

Leo las palabras en alto:

«No tuve otra opción.

U obedecía, o me largaba.

Lloré al pronunciar esas palabras.

Y no hicieron nada.

Nada.

Absolutamente nada.

Les supliqué con la mirada, con lágrimas en los ojos, que lucharan por mí.

En lugar de eso, rompimos.

Y mi corazón se hizo mil pedazos.

303».

Aprieto los dientes hasta que casi puedo oír su voz asustada pidiendo ayuda. La ignoraron. La traicionaron. La hicieron sentir que no valía nada.

—¿Largarse? Eso no es…

—¡No trates a mi hermana de mentirosa! —grito.

Alistair y Dylan irrumpen a la carrera desde el bosque.

—Oh, mierda —musita Dylan.

—¿Penelope? ¿Qué haces en el borde? —pregunta Alistair mientras se acerca a nosotros—. No estarás pensando…

—¿Qué más os da? —espeto—. Estuvisteis todos ahí cuando saltó, y no hicisteis nada para detenerla. —Estoy hirviendo de la rabia—. Sois la razón por la que saltó. ¡Y me habéis mentido!

Alistair abre mucho los ojos.

—¿Cómo?

Dylan se gira hacia Felix.

—¿De qué está hablando?

—De la ruptura —dice Felix, y traga saliva—. Lo escribió en su diario y escondió la página.

—Joder —murmura Dylan.

—Lo sabíais, y nunca me lo contasteis —digo, apretando el papel con fuerza—. No me extraña que lo arrancase. Le aterraba que destruyerais la única prueba de quiénes la hicieron saltar.

—Espera, nosotros no le dijimos que hiciera eso —dice Dylan.

—¡No os hizo falta! ¡Estaba desolada! —grito y se me quiebra la voz.

Dylan me mira fijamente, con el dolor filtrándose en sus ojos.

—¡Os lo suplicó! ¡Os rogó que no terminarais! —digo con voz ronca.

—No fuimos solo nosotros. —Felix da un paso al frente—. Fue de mutuo acuerdo.

¿Cómo?

¿Cortó mi hermana?

No, eso no es lo que dice el papel.

Ella no haría eso.

—¡Deja de mentirme! —grito.

—Es la verdad —dice Dylan—. Pasó justo antes de la hoguera.

Alistair me mira atentamente, como si le doliera admitirlo.

—Nos dijo que no podía seguir juntos y que deberíamos ver a otras personas.

—Y eso hicimos —dice Dylan.

—Mentira —gruño, con lágrimas empañándome los ojos.

—No tuvimos elección —dice Felix con voz ronca y apretando los puños.

¿Que no tuvieron elección? ¿Cómo? ¿Por qué?

—Pero si hubiera sabido que saltaría de ese puto acantilado después de cortar con nosotros, la hubiera obligado a quedarse, Penelope. —Su voz está cargada de emoción, y hasta duele oírla.

—Os suplicó —murmura.

—No nos dijo nada —responde Dylan.

—Tenía el corazón tan destrozado que quería quitarse la vida —digo.

La tensión se corta en el aire, y el silencio lo complica todo.

—Deberíamos haber luchado por ella —dice Alistair después de un rato—. Pero no lo hicimos porque así lo quiso ella.

—Solo confirmó lo que sabíamos que tenía que pasar —añade Dylan.

¿Lo que tenía que pasar? ¿De qué está hablando?

—Todo este tiempo habéis hecho que os acompañe en una puta caza de brujas falsa para encontrar a un supuesto acosador cuando en realidad erais vosotros tres.

—No era falsa. No sabíamos que se arrepentía de su decisión —dice Dylan—. Pensamos que alguien más la llevó a hacerlo.

—No hay nadie más. Lo hemos buscado —gruño en respuesta.

—Eso no lo sabes —dice Felix con los dientes apretados—. No nos eches la culpa de esto, Pen.

Se oye más ruido y saco mi navaja y la apunto directamente hacia ellos.

—¡No os acerquéis! —grito.

—Está manipulando la historia —espeta Felix—. Fue decisión de Eve. ¿Y si hubiera arrancado más páginas con el nombre de su acosador?

No le creo.

Tantas putas pruebas. Todo el mundo advirtiéndome que estos chicos eran problemáticos.

¿Por qué no he hecho caso?

Felix se acerca más.

—Penelope, no permitiré que persigas a tu hermana hasta la maldita tumba. ¿Me oyes?

—Si me tocas, te rajo —gruño.

Se le tensa la mandíbula.

—Dame mil puñaladas, que seguiré sujetándote.

Me quedo sin palabras por un momento

¿Mil puñaladas?

¿Todo ese dolor y toda esa sangre y aun así no dejaría de estar a mi lado?

Trago saliva.

Solo lo hacen para que les des una segunda oportunidad.

Tu hermana trató de advertirte.

No dejes que te hagan esto.

No confíes en ellos.

Apunto a mi propia garganta con la navaja mientras me quedo de pie frente al borde del abismo.

Se quedan quietos.

—Juro por Dios que, si os acercáis, lo hago.

—Penelope, suelta la navaja —advierte Felix.

—He dicho que atrás.

Pero cuando Felix se niega a alejarse, doy un paso atrás.

Uno fatal.

Piso una piedra suelta y caigo hacia atrás, gritando.

Entonces una mano me agarra por la muñeca.

Los ojos de Felix se clavan en los míos.

—Ni se te ocurra —gruñe.

El corazón me late a mil por hora mientras miro hacia el abismo entre mis pies.

Un movimiento en falso y me haré mil pedazos, igual que mi hermana.

Pero no quiero morir.

La voluntad de vivir se apodera de mí y me agarro al borde del precipicio, desesperada por sujetarme a algo.

—No voy a dejar que vuelva a suceder —gruñe Felix—. Aguanta.

Alistair se desliza hasta el borde y me ofrece su otra mano como punto de apoyo mientras Dylan tira de la cintura de Felix para ayudarle a subirme.

Me arrastran hasta el acantilado, donde todos caemos al suelo, yo encima de Felix, sin aliento.

Catártico.

—Joder, por los pelos —dice Dylan, jadeando salvajemente.

—Lo hemos conseguido —dice Alistair, respirando con dificultad.

Felix levanta la mano y agarra un mechón de mi pelo, me lo acomoda detrás de la oreja mientras el dorso de su mano permanece sobre mi piel.

—Casi mueres —dice.

Piel de gallina.

No. No puedo permitir que hagan lo mismo conmigo.

Me levanto del suelo arrastrándome y me alejo de ellos.

—¿Dónde vas? —espeta Felix.

—Lejos de vosotros —respondo mientras me alejo.

—Penelope —dice Dylan—. Venga. Vámonos a casa juntos y lo hablamos allí.

—No quiero hablar con vosotros —digo.

—¿Qué? —Felix se pone de pie a toda prisa—. No, tú te vienes a casa con nosotros.

—Ni de coña —respondo—. Vais a dejar que me vaya. Y os vais a mantener alejados. Fin.

—Penelope… —suspira Alistair.

—¡Penelope! —gruñe Felix, y su voz retumba por el cielo.

Levanto la navaja y la clavo en la rueda de su moto.

Luego me acerco al coche de Dylan.

—¡No, no, no! —grita.

Demasiado tarde.

¡BAM!

La rueda se desinfla poco a poco.

Los miro por encima del hombro y digo con rabia:

—Dejadme. En. Paz.

Felix me mira con los ojos entrecerrados, pero, cuando me alejo, no me sigue como antes.

—¿Qué vas a hacer? —pregunta Dylan con voz ronca a mi espalda—. No puedes dejar que se vaya así.

Pero ninguno da un paso.

Bien.

Ya es hora de que se den cuenta de que esto no acabará bien para ellos si lo hacen.

De hecho, después de todo el daño que le hicieron a mi hermana, deberían estar agradecidos de que no los haya arrastrado conmigo por ese maldito acantilado.

57 Dylan

Aprieto con los dedos el cigarro mientras voy mirando por el campus. No he visto a Penelope en días, y me estoy poniendo nervioso de cojones.

¿Dónde estará?

Sé que nos dijo que la dejáramos en paz, e hicimos lo que nos pidió… pero eso no justifica que se salte las clases.

¿Qué estará tramando?

Doy golpecitos con los pies en el asfalto mientras trato de escuchar las conversaciones a mi alrededor, pero no me puedo concentrar.

—Dylan —dice Alistair, dándome un ligero golpe—. ¿Hola? ¿Estás ahí?

—Eh, ¿qué? —musito.

—Hay una fiesta esta noche en la casa Phantom. —Se inclina para susurrar—: ¿Quieres que la liemos?

Me encojo de hombros.

—No, gracias.

Alistair frunce el ceño y se echa hacia atrás.

—Vaya. ¿En serio?

Doy otra calada.

—No me interesa.

Se queda boquiabierto.

—Vaya. ¿A Dylan Caruso no le interesa una fiesta? Eso es nuevo.

Lo ignoro y saco el teléfono para buscar entre mis mensajes hasta que la encuentro.

Dios_del sexo: ¿Dónde estás?

Salen tres puntos. Y luego se detienen. Más puntos. Y otra vez para.

Dios_del sexo: Tienes clase.

Más puntos. Y luego nada.

Dios_del sexo: Maldita sea, Penelope, deja de ignorarme.

No me contesta, y me enfurece más que otra cosa.

Dios, normalmente no le habría dado importancia.

¿Cuándo empecé a involucrarme tanto?

Una sola chica ha conseguido que pierda el norte.

—A mí tampoco me contesta los mensajes —dice Alistair.

Sé que nos pidió que la dejásemos en paz, pero eso no quiere decir que tenga que arruinar su propia educación.

—¿Qué cojones estará haciendo? —murmuro para mis adentros—-. Oye, ¿has visto a Felix por algún casual?

Alistair frunce el ceño.

—No, pensé que tú sabrías algo de él. No le veo desde hace horas.

Entrecierro los ojos. Sospechoso.

—No me ha dicho nada.

Ali se encoge de hombros.

—No sé. La última vez que le vi fue en la Skull & Serpent Society. Estaba arreglando su moto. Dijo que hoy estaría ocupado y que no le molestara.

Me extraña porque no recuerdo que me dijera nada.

De repente, me suena el teléfono. Número privado.

Contesto, pensando que podría ser ella desde un teléfono nuevo.

—¿Penelope?

—¿Todavía no te has deshecho de esa chica?

La voz áspera al otro lado de la línea me dice todo lo que tengo que saber.

—Papá… —digo con los dientes apretados, y me alejo del grupo—. ¿Qué quieres?

—Dado que sigues hablando de esa chica, ¿entiendo que sigues teniendo contacto con ella? —pregunta.

—¿Qué más te da?

—Porque anoche entraron en la casa de la hermandad a la que pertenecía y han destruido algunas pruebas —dice—. Y si es cosa suya, necesito hablar con ella de inmediato.

—¿Cómo sabes que ha sido ella? —Frunzo el ceño.

No estaba allí, así que no hay forma de que lo sepa.

—Solo porque sea la habitación de la hermana no quiere…

—Tengo fuentes fiables que me cuentan que vieron con sus propios ojos cómo entraba en la habitación. Voy de camino a la universidad ahora mismo.

¿Fuentes fiables? ¿Qué cojones?

—Mira, no sé dónde está, y no estoy interesado en ayudarte.

—Dylan —me advierte—. Recuerda quién eres.

Quién soy. Por supuesto, siempre me pone delante de las narices el apellido Caruso como si fuera una maldita zanahoria colgando.

Pero no necesito que me lo recuerden.

—No tengo nada que ver con ella. Déjame fuera de esto.

Y termino la conversación antes de que pueda hacer más daño.

Penelope

Me cuelo por la entrada trasera de la facultad, poniendo atención en quién me ve. Cualquiera relacionado con esos chicos podría darles mi ubicación, y verlos es lo último que quiero ahora mismo.

Solo quiero centrarme en mis estudios. O, al menos, en lo que queda de ellos.

Después de saltarme las clases que comparto con Dylan, Alistair, o Felix, no me quedan muchas más. Incluso las que tengo con Crystal y Kayla han tenido que pagar los platos rotos. Estoy segura de que si alguno de los chicos las ha visto, se habrán asegurado de preguntarles por mí. Pero no puedo arriesgarme a que Kayla o Crystal les cuenten dónde estoy.

Antes de darme cuenta, esos chicos vendrían a buscarme. Me encerrarían en una habitación. Me obligarían a rendirme hasta que ya no pueda correr.

Ya lo han hecho antes, y volverían a hacerlo.

Es parte de su naturaleza.

Despiadados.

Irremediables.

Y no puedo permitirme volver a caer en eso nunca más.

Suspiro profundamente y recorro los pasillos con la capucha puesta, agarrando con fuerza mi bolso y ocultando mi rostro para asegurarme de que nadie me reconozca. Sin embargo, la voz de Kayla me hace volverme.

—¿Penelope?

Mierda. Un segundo ha sido suficiente para que me reconozca.

Me doy la vuelta y salgo corriendo.

—¡Penelope, espera! —me llama, pero no puedo arriesgarme.

Es demasiado peligroso, incluso para ella, ahora que sé lo que han hecho.

Miro por encima del hombro para ver si me está siguiendo, pero no hay nadie. He conseguido despistarla. Uf.

Giro la cabeza y me choco de frente con otra persona.

Caigo al suelo y se me desparraman las cosas de la mochila. Pero la persona que tengo delante ni siquiera parece darse cuenta de que hemos chocado.

Un montón de estudiantes se han reunido como si estuvieran mirando algo.

Recojo rápidamente mis libros e intento echar un vistazo entre los pies inquietos, rodeando con cautela algo que hay en medio del círculo de gente.

Pero cuando veo un rastro de sangre, se me caen los libros de las manos. Me levanto y empujo a la gente, desesperada por saber si mis sospechas son ciertas.

Cuando llego a la parte delantera, me freno en seco.

En el suelo del pasillo, en medio del círculo de personas, hay un cadáver.

Con mil cortes.

Los ojos arrancados de las órbitas.

La boca abierta con la lengua cortada, apenas queda un muñón.

Trago saliva y caigo sobre mis rodillas.

La gente empieza a gritar.

Todo el pasillo está plagado de gente que corre de un lado para el otro después de darse cuenta de lo que acaban de presenciar.

¿Pero yo? Lo único que hago es mirar fijamente la placa de identificación de la parte delantera de la chaqueta del cadáver.

Peter Young.

El chico que estaba en el diario de mi hermana.

Unas horas después

Varios de los alumnos que vieron el cadáver han recibido asistencia psicológica y, probablemente, necesiten un seguimiento. Pero no parece que nadie más haya visto lo que le sucedió a Peter. Al parecer, el cadáver fue colocado allí cuando se estaban impartiendo todas las clases y los pasillos estaban vacíos.

Sin embargo, corren rumores de que se vio una serpiente reptando por el pasillo.

Y dudo que se refieran al animal.

—¿Está segura de que no vio nada? —me pregunta el oficial de policía.

Niego rápidamente con la cabeza.

El policía guarda el papel, suspira y me coloca una mano en el hombro.

—Mira, presenciar algo así es duro. Lo sé bien. —Me deja una nota en la mano—. Llama a este sitio si necesitas a alguien con quien hablar.

Me da unas palmaditas en el hombro y se marcha. Kayla está justo detrás de mí, observándome desde un lado, pero no me acerco a ella. No me atrevo.

Si me acerco demasiado, puede que ella muera también.

El cuerpo ya no está, ni tampoco el rastro de sangre, pero no se me olvida.

Lo vi con mis propios ojos.

Esas heridas…

No solo fueron infligidas por un asesino.

Eran mis palabras exactas.

Solo una persona podía haberlo hecho.

Era un ajuste de cuentas.

Oigo un ruido detrás de mí y giro la cabeza en dirección al ruido. Juraría que he visto a alguien desaparecer en una sala más adelante.

Corro hacia allí y abro la puerta, pero, cuando miro dentro, no hay nadie.

—¿Felix? —lo llamo.

Pero nadie responde.

—Sé que has sido tú —dice.

De nuevo, no hay respuesta.

¿Ha dejado el cadáver para que lo encuentre o me lo he imaginado todo?

¿Como un regalo?

Un escalofrío me recorre la columna de arriba abajo.

Le pedí que matara por mí.

Y me prometió que llevaría a todos mis enemigos al infierno.

Que, uno a uno, los que nos atormentaron a mi hermana y a mí caerían.

Ha visto las páginas, así que conoce sus nombres.

Lo único que tenía que hacer era encontrarlos y destruirlos.

Y eso ha hecho.

Nunca pararán.

Vuelvo a abrir la puerta y salgo sin mirar atrás.

No puedo. No puedo volver atrás.

No importa lo grandioso que sea el gesto.

No importa lo imponente que sea la obsesión.

Tengo que mantenerme alejada.

58 Penelope

Unos días después

Hojeo las páginas del diario mientras me pregunto si se me ha escapado algo sobre estos chicos. Tiene que ser eso. ¿Por qué si no escondería esa página?

No entiendo por qué Dylan, Ali y Felix dirían que fue de mutuo acuerdo.

Por sus palabras parecía desesperada y desolada. ¿Quién escribiría algo así y aun así querría romper la relación? No tiene sentido.

Trago saliva al encontrar el mismo texto.

Al final hay un número. El 303.

¿Por qué pondría esto aquí?

¿Fue por error?

Lo he visto antes, pero no pensé que fuera importante.

¿Qué pasa si lo es?

Hojeo más páginas hasta llegar a la 303, pero no parece haber nada significativo en ella, aparte de una foto de ella y los chicos pegada en la parte superior, adornada con corazones y caritas sonrientes.

¿Qué significa?

No pondría estos números sin motivo, ¿verdad?

Este cuaderno no era solo un diario. Ella escondió esa página a propósito para que los chicos no la encontraran, lo que significa que contiene un mensaje. Un mensaje que quería que yo encontrara.

—¿Qué intentas decirme, Eve? —musito en el cubículo del baño.

—¿Penelope?

Aguanto la respiración.

—¿Pen? Soy yo, Kayla. —Llama a mi puerta.

Suspiro y me pongo de pie; cierro el diario antes de quitar el pestillo.

—Oye —dice, asomándose—. ¿Estás bien?

Niego con la cabeza y salgo del cubículo para beber un poco de agua en el lavabo, metiendo la cabeza bajo el grifo. Después de tragar, digo:

—Tenías razón sobre esos chicos. Debería haberme mantenido alejada, y no lo hice.

—Lo siento. Me gustaría no tenerla. Es solo que no quería que te hicieran daño. —Me frota la espalda.

—Nunca me contaron que estaban liados con mi hermana y que rompieron con ella justo antes de la hoguera.

Ella se frota los labios entre sí.

—Lo siento. No sabía que también eran pareja. Su muerte te afecta mucho, ¿verdad?

Asiento y la miro a través en el espejo.

—No puedo dejar de buscar en el diario, preguntándome qué se me escapa. Si pudiera… —Me froto la frente—. Si pudiera hablar con ella y preguntarle.

Tira de mí para abrazarme.

—Lo siento, tía. Sé que ha sido muy duro para ti —dice—. Esos chicos juegan con la mente de todo el mundo. Es lo suyo. Destruyen todo a su paso, empezando por tu hermana y terminando contigo.

Aspiro una bocanada de aire.

—Yo estaba ahí cuando saltó.

—No podías haberla detenido. Ya había tomado una decisión —dice.

—¿Cómo lo sabes? —pregunto.

Ella se retira y me mira a los ojos.

—Tilda me contó que escuchó a Eve llorando en el baño antes de la hoguera.

Frunzo el ceño.

—¿Tilda? ¿Tilda estaba allí aquella noche?

Ella asiente.

—No en la hoguera, sino en la hermandad. Por lo que Tilda me contó, parecía que Eve acababa de tener una discusión muy fuerte en el despacho del decano.

Se me dilatan las pupilas.

—Espera… ¿En el despacho del decano? ¿Estás segura?

—Tilda no miente sobre esas cosas. Le rompió el corazón darse cuenta de que podría haber sido una de las últimas personas en hablar con Eve. —Desvía la mirada—. Antes de que…

Trago saliva y vuelvo a mirar hacia el espejo, mirándome fijamente.

A la imagen del rostro de mi propia hermana que se refleja justo frente a mí.

303.

Los números.

Abro los ojos de par en par.

Golpeo el diario contra el lavabo y abro la primera página, donde dejé el papel roto.

303.

—¿Qué es eso? —musita Kayla mientras echa un vistazo por encima de mi hombro—. ¿Es de… Eve?

Hojeo el diario hasta encontrar la advertencia escrita en las páginas. La advertencia que pensé que era para mí.

«No pares.

No mires atrás.

No caigas.

Corre.

303».

No era solo una advertencia.

Es la puta clave.

Me giro y agarro a Kayla del brazo.

—¿Cuál es el despacho del decano? ¿Qué número?

Parece angustiada.

—No sé. Eh… ¿El tres, tal vez?

—¿De qué planta?

—La tercera —dice.

Y es todo lo que necesito saber.

Le doy un beso rápido a Kayla en la mejilla.

—¡Gracias, gracias, gracias!

—De nada, supongo —murmura, confundida.

Cierro el diario y lo guardo en mi mochila, luego, salgo corriendo.

—¡Penelope! —grita Kayla mientras me sigue fuera del baño—. ¿A dónde vas?

—Tengo que averiguar algo. Luego hablamos —le grito por encima del hombro—. ¡Gracias!

Corro por los pasillos del edificio principal, empujando a la gente que parece claramente molesta porque me atravieso en su camino. Pero no puedo esperar más ahora que sé que mi hermana dejó esas pistas a propósito. Quería que descubriera que estuvo en la oficina del decano esa noche.

¿Qué es lo que pasó allí dentro?

¿Qué fue lo que le dijo?

¿O es que pasó algo más?

La idea de que le haya hecho daño me pone de los nervios y subo las escaleras lo más rápido que puedo. Primer piso. Segundo piso. Tercer piso.

El corazón me late a mil por hora y me detengo un momento para recuperar el aliento antes de dirigirme a su despacho. El número 303 figura en una placa sobre la madera, atrayéndome como una polilla a la luz mientras mi mano se cierne sobre el pomo de la puerta.

Para mi sorpresa, no está cerrada con llave.

Tal vez al padre de Dylan se le olvidó la última vez que estuvo aquí.

Abro la puerta y entro. El olor a humedad invade mis fosas nasales mientras cierro la puerta detrás de mí y miro a mi alrededor. El polvo cubre las baldas de su estantería, y las reviso para ver si encuentro algún informe sobre mi hermana. Por ahora, ninguno coincide con su nombre.

Me acerco a su escritorio, me siento detrás y enciendo el ordenador. El sudor me resbala por la espalda mientras espero a que se encienda. Cuando aparece el botón de inicio, abro inmediatamente su bandeja de entrada y busco el nombre de mi hermana para ver si ha tenido algún contacto con ella. Pero, para mi sorpresa, no hay ninguno.

Ni un solo correo electrónico con su nombre.

No tiene sentido porque veo que claramente envía correos electrónicos a otros alumnos.

¿Los ha borrado para que nadie encontrase ninguna prueba?

Por un instante, desvío la mirada hacia las notas que hay sobre su escritorio, pero enseguida me fijo en una pequeña pila de papeles dentro de una caja. Son amarillos, del mismo color que el papel que metieron por debajo de mi puerta.

Agarro uno y lo toco.

Tiene la misma textura también.

En la esquina del escritorio hay un libro con notas personales, y la curiosidad me lleva a abrirlo. Su letra está por todas partes, en cada fecha, con todos sus compromisos para el resto del año.

Pero lo que más me llama la atención son las letras y cómo están escritas. El bucle de la E y el rizo en la parte inferior de la F…

Saco el móvil y busco la foto que tomé de la nota que metieron bajo mi puerta, y me empieza a temblar la mano.

Es la misma.

La misma letra.

El mismo papel. El mismo color. La misma textura.

El corazón me da un vuelco.

Salió de aquí.

¿El padre de Dylan me amenazó?

Pero no tiene ningún sentido. Es el decano. ¿Por qué se rebajaría tanto como para hacer que varios alumnos metieran notas bajo la puerta de una chica cuando podía simplemente llamarla a su despacho y hablar con ella? Es el que tiene el poder. Podría echarme de esta universidad cuando le diera la gana. No lo entiendo.

De repente, la puerta se abre de golpe y me encuentro mirando directamente a los ojos del hombre cuya oficina he invadido.

—Tú —dice, con voz acusatoria—. ¿Qué estás haciendo aquí?

—Esperándole —respondo.

Es en parte mentira, en parte verdad. Por mucho que odie siquiera mirar a este hombre, necesito saber la verdad. Deja su maletín sobre la mesa junto a la puerta.

—¿Has allanado mi oficina?

—La puerta estaba abierta —respondo, y me levanto de su asiento.

—Imposible —bufa.

Me encojo de hombros.

—Sabes que es ilegal entrar sin permiso en mi oficina, ¿verdad? —Me mira entrecerrando los ojos mientras se quita el abrigo como si estuviera a punto de ponerse a trabajar—. Podría expulsarte solo por el atrevimiento.

Me cruzo de brazos.

—¿Es con eso con lo que amenazó a mi hermana?

Se detiene mientras cuelga el abrigo y me mira fijamente a los ojos.

—Sí, sé lo de vuestra pequeña «charla» justo antes de la hoguera. —Hago comillas en el aire con los dedos.

Se le crispan las fosas nasales mientras se acerca al escritorio, pero no le temo a él ni a las consecuencias de estar aquí. Porque si hay una pizca de verdad en todo esto, él está en un lío más gordo que yo.

—Cuéntame, ¿qué es lo que crees que sabes? —musita y se acerca al escritorio.

Agarro uno de los papeles amarillos de su mesa y lo sostengo.

—Alguien coló una nota por debajo de mi puerta. Con este mismo papel.

Él resopla.

—¿Qué tiene eso que ver? Hay muchísimos papeles de este tipo en el mercado.

—Llevaba su letra.

Se le dilatan las pupilas, y se inclina.

—Mira, no sé qué se te pasa por la cabeza, pero…

Levanto el teléfono y le enseño la foto de la nota.

Ahora ya no puede negarlo.

—Mandó a unos alumnos para que me amenazaran.

Él resopla.

—Ridículo.

—No me extraña que no nos lo contara —gruño—. ¿Por qué?

De repente, el decano da un puñetazo en el escritorio.

—Esta es mi oficina. ¿Me escuchas? Vete de aquí.

Lo miro fijamente, decidida a no moverme ni un centímetro.

—No. ¿Qué le dijo a mi hermana? —interrumpo—. Tengo derecho a saberlo.

Una sonrisa maliciosa se dibuja en su rostro, y es la primera vez que veo a Dylan en él. Pero esta sonrisa… es mucho más siniestra de lo que Dylan podría ser jamás.

—Eres tan entrometida como ella. Siempre metiéndose en los asuntos que no le incumben —dice con rabia.

—Así que admite que obligó a Nathan a ponerme esa nota bajo la puerta —gruño.

—Le dije a mi hijo que no se relacionara con gente como tú, y ahora mira lo que has hecho: irrumpir en mi oficina como si fuera tuya —replica.

—Respóndame —digo.

—¿O qué? ¿Me vas a amenazar con esa navajita tuya?

Parpadeo.

¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde?

—Sí, te he visto jugueteando con esa cosa —bufa—. Eres una niñata. No tienes ni idea de lo peligroso que es esto.

—¿De qué está hablando? —musito.

Se le oscurecen los ojos de forma aterradora.

—Mi hijo no es tu puto juguete —dice molesto y golpea con ambas manos sobre el escritorio—. Eres una amenaza para él. Igual que lo era tu puñetera hermana.

Mi rostro se tensa mientras me inclino hacia adelante, casi aplastando el teléfono en mi mano.

—¿Por eso me envió esa nota?

—Aléjate. De. Él —reitera.

Me pongo firme, incapaz de contener mis emociones.

—Saltó por su culpa.

Tuerce el gesto.

—¿Cómo te atreves?

Se me dilatan las fosas nasales.

—La obligó a romper con esos chicos, ¿verdad?

Él resopla.

—Da igual cómo lo llames. Le dije a mi hijo que tenía que dejarlo antes que se le fuera de las manos, y no siguió mi consejo hasta que fue demasiado tarde.

Espera… ¿El decano también obligó a los chicos a cortar con ella?

Casi no separa la mandíbula para decir con rabia:

—Le di una oportunidad a esa chica, y no la aprovechó.

Abro los ojos de par en par.

¿Cómo?

¿Una oportunidad? ¿Como si morir fuera una puta elección?

—La amenazó igual que me amenazó a mí —gruño—. Quería que desapareciera.

—Estaba jugando con mi hijo, con sus sentimientos y con su cabeza —gruñe, inclinándose sobre el escritorio como si quisiera agarrarme—. Le di la opción de salir de la universidad. De forma discreta. —Hace una pausa—. Pero decidió armar un escándalo.

Un escándalo.

Un puto escándalo.

A eso reduce su suicido.

—Y si no dejas de relacionarte con mi hijo, te obligaré a que te vayas también —advierte—. A menos que quieras que tus padres se queden sin hijas.

Abro los ojos como platos mientras me alejo del escritorio, con el corazón acelerado, y salgo corriendo por la puerta sin mirar atrás ni una sola vez.

59 Alistair

Observo a las chicas de la hermandad reunidas cerca del edificio, esperando a que los bomberos les permita entrar en su casa. Al parecer, ya se ha declarado que el lugar es seguro, así que están ultimando algunos trámites y asegurándose de que nadie entre en la habitación incendiada. Es evidente que habrá que hacer algunas reformas, pero eso no es motivo suficiente para impedir que un grupo de chicas recuperen sus preciadas pertenencias.

Una chica que reconozco se adelanta en la cola y, cuando por fin les dan el visto bueno, todas se apresuran a entrar en sus habitaciones como si llevaran años sin pisarlas.

Supongo que ya es hora de hacer una visita.

Me levanto del banco y camino hacia la hermandad de la chica, pero, en lugar de entrar como todo el mundo, me cuelo por la parte trasera del edificio y subo por la salida de incendios. Una de ellas conecta con un balcón al que suelo saltar a menudo, y me meto por la ventana sin pensarlo dos veces.

Un grito agudo me impide posar el otro pie en el suelo.

—¡Por Dios! —Kayla me mira como si hubiera visto un fantasma—. ¿Alistair?

Me llevo un dedo a la boca mientras apoyo los dos pies en el suelo y me pongo de pie.

—¿Por qué no has llamado al timbre? —pregunta.

La miro con una ceja levantada.

—Como si me fueran a dejar entrar.

Hace una mueca.

—Bien visto. —Suspira—. De todas formas, ¿qué haces aquí? No he visto a Penelope si es a ella a quien buscas.

Niego con la cabeza.

—En realidad, he venido a hablar contigo.

Ella frunce el ceño.

—Vale, ahora sí que estoy confundida.

—Eres su mejor amiga. He supuesto que te habría dicho algo sobre por qué ha huido de repente.

Ella ladea la cabeza.

—Espera un momento. —Me señala con el dedo—. Pensaba que se estaba quedando en la casa de vuestra fraternidad.

Me froto los labios entre sí.

—Desapareció y no ha respondido a ninguno de nuestros mensajes ni llamadas.

Se le tuerce la cara con una mueca.

—Oh, no, esto no pinta bien. —Se sienta en la cama—. Ay, Dios, ¿y si le ha pasado algo? —Se agarra el collar que cuelga de su cuello—. Debe estar cerca de los terrenos de la universidad, ¿no?

Me encojo de hombros.

—Eso es lo que trato de averiguar.

Ella me mira con los ojos entrecerrados.

—Esto es todo por culpa de vosotros tres. Siempre causando problemas allá donde vais. Primero con Eve, y ahora con Penelope.

Desvío la mirada.

—Sí, bueno, parece que tenemos un imán para las violentas.

—¿Violentas? —Resopla—. ¿Penelope?

—No la conoces como yo —digo, cruzándome de brazos—. De todas formas, ¿hay alguna posibilidad de que pueda comprobar la habitación quemada?

Kayla pone los ojos en blanco.

—Haz lo que quieras. No voy a detenerte. Pero si alguien te pilla, es cosa tuya. A mí no me metas en esto. —Señala la puerta—. Está al final del pasillo, a la izquierda. No tiene pérdida porque está toda precintada.

Asiento.

—Gracias. —Y paso por su lado.

—Oye —dice, y echo un vistazo por encima del hombro—, si vuelves a ver a Penelope, dile que me llame. Me tiene preocupada.

Asiento y continúo por el pasillo, pasando frente a varias puertas abiertas donde las alumnas están colocando de nuevo su ropa y reorganizando sus cosas como si acabaran de venir de un largo viaje. Nadie parece darse cuenta de que me estoy colando, así que es buena señal.

Me dirijo hacia la habitación del fondo con la puerta precintada, lo arranco todo y entro, luego cierro la puerta detrás de mí. El sitio está completamente ennegrecido, y el sabor a hollín impregna mi lengua.

Me siento en la cama donde una nueva estudiante ya se ha instalado, pero para mí siempre será la de Eve. Sin embargo, se derrumba debajo de mí y me cuesta incluso ponerme de pie entre los escombros.

Mi mirada se detiene en una parte extraña del yeso de la pared, justo detrás de la cama. Parece una tapa suelta, como si alguien la hubiera abierto y cerrado varias veces sin que nadie se diera cuenta. Pero el fuego ha chamuscado los bordes y, tal vez…

Meto los dedos por debajo de la tapa, que se resquebraja cuando tiro de ella, y se desprenden trozos de pintura quemada.

Detrás hay una pequeña hendidura y en el fondo se ve una imagen plastificada que ha sobrevivido al incendio. La saco. Es una fotografía de Eve y Penelope con un hombre y una mujer adultos con las manos sobre sus hombros. Pero lo que me hace fruncir el ceño es el apellido que aparece en la parte de atrás…

—La familia Ricci —murmuro, frunciendo el ceño.

Qué raro.

Nos dijo que su apellido era Richards.

¿La foto es un montaje?

¿O es que Eve… nos mintió?

Penelope

—Aquí está —dice mi madre, y me entrega el móvil de Eve—. No lo he tocado desde… Bueno, ya sabes.

—Gracias —digo.

—¿Para qué lo necesitas? —pregunta.

Desvío la mirada.

—Necesito saber algunas cosas.

Se agarra a la puerta principal y se inclina para susurrar:

—Has averiguado algo, ¿a que sí?

Asiento.

—Por favor, no se lo digas a papá. Todavía no.

Tira de mí de inmediato para darme un abrazo.

—Cuando estés preparada.

—Gracias —respondo—. Necesito asegurarme primero.

—Por supuesto —dice.

—Pero sí, he encontrado a los responsables de su decisión —digo mientras me retiro.

Mi madre me agarra la cara y nuestras frentes chapan para mirarnos de la forma más íntima.

—Pen, hazles la vida imposible.

Sus palabras se me graban en el alma.

—Oh, no te preocupes. Pienso hacer que les duela.

—¿Emilia? ¿Quién es? —la llama papá desde el salón.

Mi madre me empuja.

—Vete. Antes de que te vea. Luego hablamos.

Asiento con la cabeza y salgo corriendo de la propiedad justo antes de que aparezca mi padre.

Normalmente no soy de las que huyen así.

Quiero muchísimo a mi padre, tiene un corazón de oro.

Pero si supiera la verdad… Que Dios se apiade de las almas de la Spine Ridge.

Voy hasta la parada del autobús y me subo. Sé a dónde voy, pero solo tengo ojos para una cosa.

El teléfono de Eve. Está roto. Con la pantalla casi despegada.

Pero aun así he conseguido cargarlo con mi batería portátil.

Me cuesta concentrarme con los ruidos del bus, pero sigo revisando meticulosamente cada imagen, cada mensaje, cada archivo. Mi madre no quería hacerlo porque le resultaba demasiado doloroso incluso mirarlo, mucho menos reconocer que aún existía una pequeña parte de ella, como una imagen congelada en el tiempo, inalcanzable, abandonada en algún lugar al descubierto.

El teléfono de mi hermana es una puerta de entrada a sus recuerdos, y lo examinaré sin descanso, aunque mi vida dependa de ello.

Hasta que encuentre la respuesta a mi pregunta.

El porqué.

Por qué necesitaba acabar con todo. Por qué el decano quería que se fuera. Por qué nunca les dijo la verdad.

Un correo electrónico, enviado a sí misma con una foto adjunta el día de su muerte. Por si acaso alguien intentaba borrar su teléfono, dejó pruebas repartidas por todas partes. Porque sabía que algún día las vería. Que no pararía hasta descubrir la verdad.

Casi aplasto el móvil entre mis manos.

Hasta que encuentro el correo que envió al decano.

En la imagen hay un predictor con dos líneas rosas. La misma imagen que se envió a sí misma para tenerla como prueba.

Supongo que el dicho es cierto…

Una imagen vale más que mil palabras.

Igual que el caos que voy a desatar.

Agarro el teléfono y llamo a mi madre.

—Ya sé la verdad. Estaba embarazada.

Empieza a sollozar.

—No llores, mamá. —Me trago mis propias lágrimas—. No pasa nada.

Se hace el silencio e inspira hondo.

—¿Recuerdas lo que te conté hace mucho tiempo?

—¿La historia de cómo os conocisteis papá y tú?

—Sí.

Trago saliva.

—Te prometo que voy a arreglarlo.

—Bien —dice.

Cuelgo la llamada y llamo a Jeremy de inmediato.

—Hola. Soy yo. ¿Tienes un momento?

—¿Penelope? Claro. ¿Dónde te has metido? No te he visto por la facultad. Creía que te habían expulsado o algo.

—Me estaba tomando un pequeño descanso —musito—. Oye, tengo una pregunta sobre el negocio de tu padre.

—Espera, ¿mi padre? —Resopla—. ¿Acaso necesitas gasolina?

—Lo digo en serio.

—Vale, ¿qué necesitas saber?

—Voy a necesitar que me eches una mano. ¿Cuánto cuesta comprar un par de barriles y que los lleven a casa? —Me guardo el teléfono de Eve en el bolsillo—. Es para una amiga.

Dylan

Esa noche

En mitad de la noche, mi puerta se abre de un tirón y golpea contra la pared tan fuerte que me caigo de la cama y me doy con la cabeza en la alfombra.

Gruño.

—Joder… ¿Qué cojones…?

—Levántate, Dylan, joder —me gruñe Felix mientras me quita la almohada de la cara. Tío, esa cara de enfadado era lo último que quería ver después del sueño húmedo y salvaje con Penelope que acabo de tener.

—¿Por qué? —musito—. ¿Qué haces aquí?

—Mira por la maldita ventana —gruñe.

Casi me arrastra por el suelo. Me zafo de su agarre y me ajusto los pantalones de chándal grises.

—Vale, vale, madre mía, ya voy.

Justo cuando doy un paso, Alistair entra en mi habitación.

—¿Lo habéis visto, chicos?

—¿Ver el qué? —musito mientras le lanzo una mirada por encima del hombro, cuando me doy la vuelta de nuevo y me acerco a la ventana, se me desencaja tanto la mandíbula que casi tengo que recogerla del suelo.

El edificio principal de la universidad…

Está totalmente envuelto en llamas.

60 Dylan

Llamamos a golpes en las puertas de todo el mundo para decirles que se despierten antes de bajar las escaleras y salir fuera junto con el resto que ya está despierto. El fuego es gigantesco, y se traga el edificio como si las puertas del infierno se hubieran abierto por debajo del suelo, y la imagen es…

Gloriosa.

Nunca en mi vida he visto un fuego de este tamaño, y eso no me pasa a menudo.

—Vaya —musito mientras todos miramos fijamente al fuego abrazador.

—¿Qué hacemos? —murmura Alistair detrás de mí.

—El departamento de bomberos ya estará avisado —dice Felix, señalando a los estudiantes que están cerca del edificio llenando cubos con agua de la fuente.

Pero cada cubo que echan desaparece como una gota en una sartén caliente.

—Vamos —dice Alistair, y me agarra de la mano para llevarme con él—. Tenemos que comprobar si hay algún superviviente que necesite ayuda.

—Esto me da muy mala espina —dice Felix, pero aun así nos sigue mientras nos dirigimos hacia el fuego.

El fuego me quema la piel, incluso desde la distancia.

Por el amor de Dios. ¿Cómo ha pasado esto?

—Rápido, ¡llénalo de agua! —Un compañero me arroja un cubo en la mano, mirándome fijamente—. No te quedes ahí quieto. ¡Ayuda!

Le estampo el cubo en la mano a Alistair y le empujo.

—Hazlo tú.

Lo mete a regañadientes en la fuente y se lo pasa al siguiente de la fila, pero sigue mirándome fijamente, como si quisiera que supiera que está sufriendo en silencio.

—¡El departamento de bomberos está de camino! —grita alguien.

—¿Ha llamado alguien al decano ya? —pregunta otra persona.

Abro los ojos como platos.

—Por favor, no. Se le va a ir la olla.

La chica que tengo al lado baja el teléfono.

—Demasiado tarde.

Gruño y pongo los ojos en blanco.

—Ay, Dios.

—Hola, ¿un poco de ayuda, por favor? —me espeta Alistair, y me lanza miradas asesinas.

Suspirando, me acerco a él.

—Vale, vale, ya voy.

—¡Felix! —grita Alistair, y le lanza otro cubo.

—Que le den. —Felix lo tira a un lado—. Que se queme.

Hago una mueca, y no sé si gritar o reírme mientras se aleja con aire despreocupado, se sienta en el borde de la fuente y enciende un cigarrillo. Maldito cabrón. Debí haberlo sabido.

—Pásalo —dice Alistair, y me lanza un cubo lleno de agua en las manos.

Pesa de cojones, y lo empujo al siguiente de la fila.

—Ahí lo llevas.

—¡Siguiente! —dice Alistair, y me lanza otro en las manos.

—Por Dios, no tan rápido —replico.

—¿Dónde te crees que estamos? ¿En una fiesta en la piscina? —resopla Alistair.

Le tiro un poco de agua por el comentario.

—¡Guardaos la diversión para después! —Un tipo grande y fornido nos grita mientras echa más cubos al fuego—. ¡Traed más!

Escucho las sirenas a lo lejos, lo que me hace frenar en seco.

—Escucha eso —digo, con la respiración acelerada mientras intercambiamos cubos.

—Son los bomberos —dice Alistair entre jadeos—. No deberían tardar mucho. Sigue un poco más.

Un coche entra a toda velocidad por las puertas, pero no le presto atención porque estoy demasiado ocupado empujando cubos de un lado a otro.

—Oye, Dylan —dice Felix, y giro la cabeza.

El cubo que tengo en la mano cae al suelo.

—Ha llegado tu padre —añade Felix mientras le da una calada al cigarro.

Mi padre mira fijamente el fuego con la boca abierta.

—Madre de… —Antes de darme cuenta, me tiene agarrado por el cuello de la camiseta mientras me grita con rabia.

—¿Dónde está?

—¿Qué? ¿Quién?

—¡La chica! —contesta, furioso—. Penelope.

Nunca lo había visto tan furibundo.

—No lo sé. No la he visto.

—Ya debería haber hablado contigo.

—No. No sé de qué estás hablando. —Frunzo el ceño, y le aprieto las manos para que me suelte—. ¿Cómo ibas a saber que se pondría en contacto conmigo?

—Oh, por favor, has estado saliendo con ella a diario —bufa, y me aparta de un empujón—. Deberías haberte deshecho de ella cuando tuviste la oportunidad.

Se me dilatan las fosas nasales.

—¿Qué cojones tiene que ver Penelope con nada de esto?

—¡Es la que ha provocado este maldito incendio! —dice con rabia.

Abro los ojos como platos, y me quedo sin saber qué decir por un momento.

No puede ser verdad. No sería capaz de prenderle fuego a la puñetera universidad ¿O sí?

Alistair deja el cubo en el suelo y se acerca para colocarse a mi lado.

—No lo entiendo… —murmuro.

—¿Qué coño es lo que no entiendes? —gruñe—. Es la causante del destrozo de la universidad. Necesito saber dónde está, ahora.

¿Por qué querría quemar la universidad? No tiene ningún sentido. No estaba enfadada con la universidad. Estaba enfadada con nosotros por romper con su hermana. Ella pensaba que nosotros hicimos que saltara. Y no voy a negar que nuestra decisión pudo haber influido en ello.

Pero hay algo más…

—¿Has hablado con ella? —pregunto.

—Tenía que largarse —dice mi padre, mirándome fijamente a los ojos—. Era por tu bien.

—¿La has echado? —gruñe Felix, encaminándose hacia él—. No tenías ningún derecho.

Mi padre lo fulmina con la mirada, mirándolo de frente.

—Tengo todo el derecho. Esta es mi universidad y puso en peligro a toda esta maldita institución, además de a vosotros tres.

—¿En peligro? —Bufo—. Tonterías. Eso lo dices por tus prejuicios hacia Eve. Ni siquiera sabes si es ella quien está detrás de todo esto. Por ahora todo son conjeturas.

Alistair se mete.

—No es más que una chica. No podría haber empezado este incend…

—¿Una chica? ¿Es que no sabes a qué puñetera familia pertenecen ella y su hermana? —interrumpe mi padre.

Me encojo de hombros.

—Pues sí. El apellido de la familia es Richards.

Mi padre se inclina y escupe:

—No. Es la heredera de la familia Ricci.

¿La familia… Ricci?

Mi padre me dijo una vez que había una familia mafiosa empeñada en hacer que los gánsteres más despiadados pagaran por sus crímenes, robándoles el dinero y dándoselo a los pobres.

Un Robin Hood moderno que solo daba caza a los ricos de la mafia.

A mi familia, la de Felix y, literalmente, todos los que están en la junta.

¿Y Penelope forma parte de ello?

—¿Lo entiendes ahora? —dice con rabia.

Asiento.

—No puede ser —dice Felix—. Dijo varias veces que su nombre era Penelope Richards. Incluso en la cena.

—El decano tiene razón —interviene Alistair, y todos lo miramos cuando se saca una foto de la cartera, donde tanto Eve como Penelope aparecen retratadas junto a sus padres—. Encontré esto en la antigua habitación de Eve después de que se quemara. Solo que no sabía qué significaba.

Le da la vuelta para mostrar el apellido Ricci en la parte de atrás.

Joder.

—Os ha mentido a todos —dice mi padre—. Vino aquí con un objetivo. Y ahora lo ha cumplido, joder.

No me lo puedo creer.

Penelope se las ha arreglado para engañarnos a todos.

Todo empieza a cobrar sentido.

Su falta de miedo, esa expresión desquiciada que a veces le cubría el rostro, las navajas, toda esa violencia… Nada de eso la asustaba.

Porque había crecido viviendo la misma realidad que nosotros.

—Nunca antes había escuchado el apellido Ricci—dice Alistair—. ¿Qué lo hace tan importante?

—Son enemigos de literalmente cualquier familia criminal de este planeta —musito—. Incluidas las nuestras.

—Espera, ¿qué? —Alistair abre mucho los ojos como si no pudiera creer lo que le estoy diciendo.

—Odian a los tipos malos —añado.

—Vaya… —musita Alistair—. Esto se acaba de complicar muchísimo.

—La pequeña Pen… tan deliciosamente malvada —digo, sonriendo de medio lado.

Mi padre se aproxima a Felix que lo mira con desdén en la mirada.

—Tú eres el cabecilla —espeta—, encuéntrala. Castígala.

Penelope

Hace quince minutos

Miro fijamente los bidones puestos en el sótano en el que me he colado. No me ha costado mucho, solo he tenido que romper una vidriera que había debajo de unos arbustos para poder pasar y luego he podido meter los bidones de plástico.

Todo el lugar está repleto de libros viejos y apuntes sobre antiguos alumnos. Información que probablemente el decano quiere conservar.

Qué pena por él.

Pateo los bidones y dejo que el contenido se derrame sobre los papeles y el suelo.

Saco el móvil del bolsillo y le envío un mensaje a mi padre.

Penelope: Ya está hecho. Ahora sé la verdad.

Papá: Nombre.

Respiro hondo.

Penelope: Dean Caruso, de Spine Ridge.

Papá: Gracias, Penelope.

Penelope: ¿Y ahora qué?

Papá: Ya sabes lo que hacemos… Destruir.

Después de guardarme de nuevo el teléfono en el bolsillo, saco la caja de cerillas que he comprado en la tienda y enciendo una de inmediato.

El fuego baila en mis ojos.

Oigo la voz de mi madre susurrándome en la oscuridad.

¿Recuerdas cómo nos conocimos tu padre y yo?

Él me vio cuando nadie más lo hacía. Me ayudó a salir de la calle, me dio un hogar, me dio amor y adoración… Me dio venganza.

Tu abuela me destrozó el alma cuando me echó a la calle en mi momento más vulnerable.

Así que le destrozamos la vida…

Y la redujimos a cenizas.

Y, con una sonrisa en la cara, arrojo la cerilla encima del aceite y luego salto por la ventana; salgo a toda velocidad mientras el fuego se convierte en una llamarada de venganza.

61 Felix

Penelope… Ricci.

Penelope «Richards» nos ha mentido, joder.

Mi expresión se oscurece mientras miro a Dylan.

—Va a pagar por lo que ha hecho. —Estoy furioso, sobrepasado por esta rabia intensa—. La encontraremos.

Después de todo lo que he hecho por ella, toda la gente a la que he matado, todos los cuerpos que he ido acumulando… ¿Así es como me lo paga?

Salgo a toda velocidad y tiro el cigarro a un lado. No hay tiempo que perder.

—No puedes estar hablando en serio, Felix —dice Alistair mientras sigue mis pasos—. ¿Vas a trabajar para el padre de Dylan?

—Él me la suda —dice Felix—. Le ha prendido fuego a la puta universidad.

—¿Y qué? —bufa Felix mientras nos alcanza—. Nosotros hemos quemado muchas cosas. Es un puto edificio. Lo repararán o lo reconstruirán.

Me freno en seco y le señalo con un dedo.

—No se trata de un puto edificio. Esto es por su traición.

Traga saliva y me mira fijamente a los ojos.

—¿Confías en mi padre?

Tenso la mandíbula.

—No, pero sé a quién le debo lealtad.

—A la junta —dice Dylan, rechinando los dientes.

—La familia es lo primero —dice Alistair, y pone los ojos en blanco.

—Espera, no puedes estar… No —dice Dylan—. No puedes convertir esto en una disputa familiar. Será una puñetera guerra.

Me inclino para acercarme.

—Yo no he hecho una mierda. Ha sido ella.

—No. Que le den a esto. Que le den a la familia —gruñe Dylan, y me agarra del dedo—. Mi padre no está contando toda la historia. Sé que está ocultando algo.

—Sí, bueno, igual que ella. —Me doy la vuelta de nuevo—. Y voy a descubrir por qué lo ha hecho.

—Ni siquiera sabes si lo ha hecho ella —dice Alistair mientras me marcho—. Podría haber sido cualquiera.

—Lo dudo —respondo, encaminado hacia la casa de la fraternidad—. Solo hay una persona en este mundo que le guarde tanto rencor a esta universidad. —Cojo mi moto, a la que acabo de cambiarle las ruedas en el garaje, y me pongo el casco—. Es ella, sin duda. Y voy a encontrarla y castigarla por lo que ha hecho. —Arranco el motor—. Con o sin vosotros.

Salgo disparado antes de que vuelvan a intentar que cambie de opinión.

Sé lo que tengo que hacer.

¿Quiere una maldita guerra? Yo se la daré.

En la entrada, me encuentro con Crystal, una de las amigas de Penelope, y me detengo en seco.

—¿La has visto?

Ella se acomoda un mechón de pelo detrás de la oreja.

—¿A quién?

—A Penelope —digo con rabia.

—Sí, acaba de salir corriendo por la carretera —musita, temblando por el frío nocturno—. Lo siento, debería haberla frenado.

Salgo a toda velocidad, dejando atrás a Crystal, muy nerviosa, que se agarra el camisón.

El viento me golpea la cara mientras salgo del recinto escolar y más vehículos del cuerpo de bomberos se dirigen al lugar del incidente. Pero no presto atención al fuego que arde detrás de mí. No hay tiempo que perder. Han pasado más que unos minutos desde que empezó el incendio. A estas alturas, podría estar en cualquier parte.

Joder. Joder. ¡Joder!

—¡JODER! —grito contra el casco.

Bajo a toda velocidad por la larga carretera que baja de la montaña, mirando detrás de cada roca, cada árbol, cada maldita ramita para ver si se esconde allí.

—¡Penelope! —grito con fuerza, con la esperanza de que me oiga—. Cuando te tenga entre mis manos, ¡voy a hacer que desees no haber venido nunca a Spine Ridge!

Zigzagueo por la carretera, esquivando por los pelos una roca que se ha desprendido de la montaña. El sudor me corre por la espalda mientras intento concentrarme entre la escasa luz. En plena noche, la única guía que tengo es la luz de la luna que se refleja en la carretera.

A lo lejos, veo algo corriendo entre la hierba, en dirección al bosque que se extiende más allá de la carretera. El reflejo de unas zapatillas metálicas destella bajo la luz de mi moto.

Penelope.

Acelero y voy aún más rápido, con la esperanza de alcanzarla antes de que desaparezca entre los árboles.

Detrás de mí, unos neumáticos nuevos, apenas usados, derrapan por la carretera, y por el ruido que hace el motor sé que son Alistair y Dylan.

Pero no tengo tiempo para esperarlos.

Me desvío de la carretera y conduzco por la hierba, dejando un surco limpio a mi paso. Justo antes de que se adentre en el bosque, conduzco hasta ella, derrapo de lado con la moto y le bloqueo el paso.

—Oh, no, ni de coña.

Salto de la moto cuando empieza a tambalearse y me tiro encima de ella. Rodamos juntos unos metros por la ladera de la montaña hasta que nos detenemos en medio de la hierba, con solo la luz de mi moto iluminando la oscuridad de su rostro.

Lucha contra mí para intentar soltarse. Y pierde los dos zapatos en el proceso.

—¡Aléjate de mí!

Forcejeamos en el suelo, revolcándonos por el barro hasta que finalmente consigo dominarla y me siento encima de ella. Le inmovilizo las muñecas contra el suelo y le grito:

—¿Creías que podías huir después de lo que acabas de hacer?

Las lágrimas le manchan las mejillas.

Me quito el casco y lo tiro a un lado, luego vuelvo a saltar encima de ella.

—¡Has quemado la puta universidad!

Apenas separa los labios.

—¡Demuéstralo!

Se me dilatan las fosas nasales y me inclino. Le agarro unos cuantos mechones de pelo cerca del cuello y los huelo.

—Te huele el pelo a gasolina. Quemada. —Me reclino para mirarla a los ojos—. Igual que tu maldito corazón.

—Que te follen. —Me escupe en la cara.

Me limpio la saliva despacio y le agarro la boca, forzándole a bajar la barbilla. Meto los dedos dentro y los paso por su lengua.

—Muérdeme —gruño—. Te reto.

La mirada asesina que tiene en los ojos casi me da ganas de comérmela a besos.

Pero es que… Ha hecho algo imperdonable.

Vuelvo a sacar los dedos y le aprieto las mejillas.

—Sabes que no voy a dejar que te salgas con la tuya en esto.

—¿Y qué? —gruñe—. Ya no me importa.

No me gusta su tono. Es como si se hubiera rendido.

Pero no tiene permitido rendirse hasta que haya acabado con ella.

—¿Por qué? ¿Por qué lo has hecho?

Se encoge de hombros.

—Todos vosotros merecéis ir al infierno por lo que le hicisteis a mi hermana.

—Maldita sea, Pen, ya te he dicho que nosotros no la hicimos saltar. Solo porque cortara con nosotros no significa nada. ¡Y la universidad no tiene nada que ver con eso! —grito en respuesta.

Una sonrisa retorcida se le dibuja en el rostro y desaparece de inmediato.

—Esta universidad tiene todo que ver con eso. Y verla arder es lo mejor que me ha pasado en la vida.

Mierda. Dylan tiene razón. Está igual de loca que nosotros.

¿Acaso acabo de darme cuenta? ¿O siempre ha ocultado esta parte de ella?

El coche se detiene con un chirrido a nuestra espalda y echo un vistazo por encima del hombro. Dylan y Alistair bajan de un salto y corren hacia nosotros. Y Penelope se retuerce en el suelo debajo de mí para intentar escapar, pero la mantengo sujeta con fuerza.

—No pienso permitir que te escapes otra vez —gruño.

—¡Yo no soy el puto enemigo! —chilla, todavía pataleando.

Dylan le agarra de inmediato un pie, mientras Alistair le sujeta el otro.

—Hola, Penelope. Me alegro de verte por fin —dice Dylan—. ¿Qué tal la barbacoa?

Ella sonríe con aire burlón.

—Aprendí del mejor.

Él fanfarronea:

—Vaya, gracias.

Le golpeo el brazo.

—Esto no es una puta broma. Ya sabes lo que ha desatado con este fuego.

—¿Desatado? —Ella resopla—. Oh, dile al mundo lo que he desatado, Felix. ¿Les vas a contar lo del cadáver que dejaste delante de todos en la facultad?

Dylan frunce el ceño.

—Eh… ¿De qué está hablando, Felix?

—Eso, cuéntaselo, Felix —se burla.

Pero ella sabe tan bien como yo por qué había un cadáver en ese pasillo.

—Hice lo que me pediste. Un contrato es un contrato. Un cuerpo por un cuerpo.

—Mentira. Solo querías recordarme que no puedo huir de ti, igual que ahora tampoco puedo. —Se retuerce debajo de mí.

La golpeo contra el suelo y le saco el aire de los pulmones.

—Lo hice por ti.

Me mira fijamente durante un momento, parpadeando rápidamente, como si estuviera digiriendo las palabras.

Pero ninguna de ellas parece calar en ella.

—Creéis que podéis esconderos del mundo, pero yo os voy a desenmascarar a todos.

Vuelve a forcejear conmigo, pero le agarro las manos y las aplasto contra la hierba.

—Nos mentiste. Tu apellido no es Richards. Es Ricci. —La miro a los ojos—. Tu familia es famosa por destruir a todas las familias criminales con las que se cruza. Y ahora has intentado hacerlo con nosotros.

—Te aplaudiría por haberlo descubierto, pero ahora mismo tengo las manos ocupadas —musita ella.

Le clavo los dedos en las muñecas.

—Deja de decir gilipolleces.

Ella enarca una ceja.

—¿Por qué? ¿Para que puedas convencerte de que me merezco esto? —Empieza a enfurecerse—. Eres igual que tu padre. ¡Él mata a su mujer, y tú matas a tus novias!

¿Cómo se atreve? ¿Cómo cojones se atreve a meter a mi padre y a mi madre en esto?

Hundo el puño en el suelo justo al lado de su cabeza.

—¡Mi padre mató a mi madre para protegerme de ella!

Se le dilatan las pupilas, y deja de retorcerse. Por un momento, lo único que hacemos es mirarnos fijamente, contemplando el vacío que nosotros mismos hemos creado.

—¿Qué? —masculla después de unos segundos.

No quería recordar ese día.

Nunca lo hago.

Pero ha conseguido sacar a la superficie todas mis debilidades, y de eso tengo la culpa yo.

—No tienes ni puta idea de todo lo que hacen nuestras familias por la gente a la que queremos. —Aprieto los dientes, y echo la cabeza hacia atrás para mirar a Dylan a los ojos—. Átala.

—¿Qué? —dice con voz ronca.

Dylan asiente y corre de vuelta al coche para volver con un poco de cuerda que siempre guardamos en el maletero para emergencias como estas.

Penelope vuelve a forcejear conmigo.

—Ríndete, Pen. Ya sabías que esto iba a pasar en el momento en el que decidiste quemar el edificio.

—¡Que te follen! No voy a dejar de gritar. No me importa a dónde me llevéis. Voy a gritar hasta que se me salgan los pulmones por la boca.

Dylan me lanza un rollo de cinta adhesiva.

—Gracias. Lo voy a necesitar porque no se calla.

Se le llenan los ojos de lágrimas mientras se centra en Dylan.

—¡Pensaba que todos la queríais y la habéis llevado a la muerte junto con tu padre!

—¿Mi padre? —musita Dylan.

—Habló con Eve la noche en la que…

Muy bien, le tapo la boca con la cinta adhesiva. Se acabaron tantas tonterías.

—¿Qué acaba de decir?

—Da igual —digo—. Se está inventando cosas para eludir la responsabilidad. —Me giro para mirar cómo le atan las piernas—. Pero ahora sabemos la verdad. Ha estado intentando acabar con nuestras familias y con nosotros desde el primer día.

Alistair frunce el ceño.

—¿De verdad crees que es por eso?

Mi rostro se oscurece.

—Llevadla al coche.

Penelope se queja y gruñe a través de la cinta, pero son solo balbuceos, y no voy a quitársela para escuchar lo que tenga que decir. No hasta que volvamos a nuestro lugar seguro: la Skull & Serpent Society.

—Pilla —me dice Alistair al lanzarme la cuerda, y la ato alrededor de sus muñecas.

Luego la cargamos hasta el coche.

Se retuerce en nuestros brazos, pero es inútil. Con facilidad, la tiramos sobre el asiento trasero del coche y cierro la puerta mientras Dylan y Alistair se suben.

Recojo mi casco del césped y levanto la moto del suelo.

—Nos vemos allí —le grito a Dylan, que sube la ventanilla, y el coche se aleja a toda velocidad.

Cuando me subo a la moto, el ulular de los búhos me hace detenerme. Hay algo inquietante en estar aquí fuera de noche. Algo no encaja, pero no sé decir qué.

Lo único que sé es que debería haberme fiado de mi instinto.

Quien nace rata, muere rata.

Arranco el motor y salgo disparado.

62 Penelope

Me retuerzo contra las cuerdas cuanto puedo, pero me han atado tan fuerte que apenas puedo moverme. Es como si ya hubieran hecho esto antes, y la verdad es que no me sorprendería.

Conozco a estos chicos tan bien como ellos me conocen a mí.

Todos formamos parte de la misma vida corrupta, de la misma historia jodida. Solo que esta vez no son ellos los que han cometido el crimen. Y me siento muy orgullosa de ello.

Aun así, la forma en que Felix me miró me heló hasta los huesos. Nunca lo había visto tan afectado. Como si quisiera arrancarme el corazón del pecho y pisotearlo.

O como si yo hubiera pisoteado el suyo.

No es que importe. Lo hecho, hecho está. No puedo, ni quiero, volver atrás.

Por lo que a mí respecta, ese lugar puede reducirse a cenizas. Hice lo que tenía que hacer para vengar a mi hermana. Pero no puedo permitir que descarguen su rabia conmigo.

—Ignora a los bomberos —le dice Alistair a Dylan.

¿Los bomberos? ¿Ya han apagado el fuego? Qué rapidez.

Gruño ruidosamente para llamar su atención, pero ellos me ignoran.

Tengo que salir de aquí, pero ¿cómo? Apenas puedo mover el cuerpo, solo rodar, que no sirve de nada. Y si me vuelven a llevar a la Sociedad, no voy a volver a ver la luz del sol.

Tal vez pueda morder la cinta. Al menos así podré pedir ayuda.

Empiezo a morder, intentando ignorar el sabor asqueroso con el que toda esta cosa se me pega en la cara, pero el material es gomoso y difícil de romper.

Para cuando he abierto una pequeña raja, el coche se detiene, y Dylan se baja. En cuestión de segundos, la puerta trasera se abre, y me sacan por los pies.

Farfullo contra la cinta, intentando gritar.

—¡Haaaa! —Por supuesto, sueno como una cavernícola.

Dylan me echa sobre su hombro.

—Abre la puerta.

Oigo a Alistair subir las escaleras corriendo.

Mierda.

No puedo dejar que me lleven dentro.

Miro alrededor, con la esperanza que haya alguien cerca que sea testigo de esto, pero es de madrugada, y todo el mundo está o durmiendo u ocupados con el fuego.

¡Joder!

—¡Nummmm! —gruño, y empujo con la lengua la cinta hasta que le hago un agujerito—. ¡No me hagáis esto!

La moto de Felix frena a nuestra espalda.

—Espera, Dylan —dice, y se baja, se quita el casco y saca la cinta del compartimento de atrás.

—¡AYUDA! —grito lo más fuerte que puedo.

—Oh no, qué va —gruñe Felix, y me pone un trozo de cinta aún más grande en la boca.

Mierda. Todos mis esfuerzos, a la basura.

Me hacen subir los escalones y me llevan a la casa de la Sociedad, y cuando las puertas se cierran tras nosotros, se me cae el corazón a los pies.

Supongo que escapar queda descartado.

Al menos he conseguido vengarla. Es lo único que importa.

—¿Dónde la llevamos? —pregunta Dylan.

—Arriba. A mi habitación —dice Felix.

Todos suben las escaleras, con Felix justo detrás de mí. A veces percibo un atisbo de sus ojos, fríos como un témpano. Y toda esa pasión que antes brillaba con tanta intensidad ahora ha sido sustituida por puro odio.

Cierro los ojos y suspiro.

Si voy a terminar así, al menos lo haré con mi dignidad intacta.

Dylan respira pesadamente al llegar arriba.

—Dios, esto no es nada fácil sin haber dormido.

—Luego duermes —dice Felix—. Tenemos trabajo que hacer.

—¿Trabajo? —musita Alistair.

Felix mira a Alistair mientras entran en la habitación.

—Castigo.

Nessie, la serpiente, me sisea cuando los chicos me llevan dentro.

Felix chasquea los dedos.

—Ponedla en la cruz.

Abro los ojos como platos.

¿La cruz? ¿La cosa esa de madera que vi antes?

Oh, Dios, ¿piensa usarla como algún tipo de mecanismo de tortura?

Me estremezco cuando Dylan se acerca al aparato y me deja en el suelo, para luego atarme las piernas a cada extremo de la cruz. Casi me caigo, pero Alistair me agarra la mano y la sujeta al brazo izquierdo de la cruz, mientras Dylan me ata los tobillos. Cuando terminan, estoy completamente atada y las cuerdas han desaparecido. Una atadura sustituida por otra. Joder.

En el momento en que Felix saca un cuchillo enorme, Dylan y Alistair retroceden.

Trago saliva cuando se acerca y deja que sus ojos me recorran. Me baja la cremallera del abrigo y aparta la tela, dejando al descubierto la camiseta blanca y los pantalones cortos azules que compré en una tienda barata después de huir del campus.

—Con todo el daño que has causado… ¿Pensabas que saldrías impune? —dice Felix con los dientes apretados—. Ya te gustaría.

¡RAS!

La camiseta cae al suelo hecha pedazos.

Aunque el corazón me va a mil por hora, le sostengo la mirada.

—Por fin estaba empezando a confiar en ti —dice—, y entonces saliste corriendo y nos traicionaste.

¡RAS!

El sujetador se parte en dos y aterriza en el suelo. Sus ojos descienden lentamente hasta mis pezones, y veo cómo se le tensan los músculos de la mandíbula cuando traga saliva, como si tratara de contenerse para no devorarme.

—Felix… —musita Alistair.

—¡¿Qué?! —espeta Felix, dándose la vuelta.

—¿Qué estás haciendo? —pregunta Alistair.

—¿No es obvio? —replica Felix, mientras su labio superior se estira en una media sonrisa y el cuchillo se desliza lentamente por debajo de la tela de mis pantalones cortos—. Voy a recordarle cuál es su sitio.

¡RAS!

Sin mirarme, me corta los vaqueros; los hace jirones empezando por una pierna antes de rajar la otra. Resbala por mi cuerpo como el agua y me deja en bragas.

—Pero nosotros fuimos los que rompimos con Eve. Tiene todo el derecho a enfadarse —dice Alistair.

—A enfadarse, sí. ¿A prenderle fuego a la puñetera universidad? No —dice Felix, y vuelve a girarse hacia mí—. Eso es llegar demasiado lejos. —La fría hoja sobre mi piel dispara la sangre por mis venas—.

Si tocas la universidad… tocas el dinero de nuestras familias. Así que, ahora, te tocaré yo a ti.

¡RAS!

Las bragas resbalan por mi cuerpo y caen al suelo, y se me pone la piel de gallina. Enseguida me acarician dos dedos y me cuesta concentrarme.

—Este coño era mío. Mío —dice con rabia mientras me acaricia el clítoris una y otra vez—. Pero este coñito se ha atrevido a destruir todo a su paso. Y ahora, lo va a pagar caro.

El sudor me corre por la espalda mientras lucho contra las ataduras y él sigue frotándome hasta que estoy mareada.

—¿No deberíamos interrogarla? —pregunta Dylan.

—Prefiero divertirme un poco antes —replica Felix, moviendo los dedos de arriba abajo por mi hendidura—. Ver cómo se le ponen los ojos en blanco mientras le niego justo lo que tanto anhela.

Se inclina para susurrar:

—Puede que rompiéramos con tu hermana porque ella lo quiso, pero no tengo intención de dejarte marchar nunca. No te equivoques, Pen. Puede que me odies, pero serás mía hasta el día en que exhales tu último puto aliento.

Sus dedos se hunden en mí, y mis labios se cuartean por la cinta que los cubre, desesperada por gemir.

—¿Creías que los orgasmos estaban bien? —dice con la mandíbula apretada, penetrándome hasta que estoy muy mojada—. ¿Qué te parece si te los niego?

Se retira de nuevo, dejándome caliente y molesta.

Joder. Lo odio. Odio lo mucho que conoce mi cuerpo. Cómo sabe hacer que me rinda.

Se acerca a su armario y saca lo que parece una rosa de silicona con un bulto en el centro. Mis ojos se abren de par en par cuando se acerca de nuevo y lo enciende delante de mí. Se relame los labios.

—Este clítoris hinchado no va a aguantar, Pen.

Lo presiona contra mi coño y, Dios, la sensación es como la de una lengua, pero vibra. Nunca he sentido algo así, y jadeo de inmediato.

—Ya puedes sentir lo cerca que estás, ¿a que sí? —dice Felix con los ojos entrecerrados.

Entonces aparta de nuevo la rosa de mi clítoris, dejándome desbordada de puro deseo. Con una sonrisa peligrosa y maliciosa en los labios, se inclina para susurrarme:

—Quiero ver cuánto puedes soportar.

Y presiona la rosa contra uno de mis pezones; vibra hasta que se me tensa, luego lo cubre con la boca, lo succiona y mordisquea hasta que escuece. Y casi casi quiero gemir. De repente, se separa y me arranca la cinta de la boca. La quemazón repentina me hace sisear.

—¿Ya estás lista para hablar, Pen?

—Que te follen —contesto.

Estampa el puño contra la pared de detrás de la cruz, y me encojo de miedo.

—¿Por qué lo has hecho? Te dejamos ir, como pediste. ¿Y luego vas y quemas la puta universidad?

—No te debo ninguna explicación —digo con los dientes apretados.

Se acerca tanto que casi puedo oler la rabia que desprenden sus labios.

—Esta universidad es nuestro legado, nuestra puta herencia. Y tú la has quemado.

Se me dibuja una sonrisa en los labios.

—Y me sentí tan tan bien haciéndolo…

La violencia de sus ojos me recuerda a los míos cuando supe lo que le había pasado a mi hermana.

—Te sientes mejor, ¿eh? —gruñe—. Después de la pataleta.

Está intentando provocarme, pero no voy a dejar que lo consiga.

—No sabes lo que has hecho. —Le da otro puñetazo a la pared, pero no me da miedo—. Debería matarte.

—Hazlo, entonces —digo con voz rasposa.

El cuchillo me toca el cuello casi al instante.

—¿Me estás retando, Pen?

—No te inmutaste cuando dejaste que mi hermana muriera, así que ¿por qué parar ahora? —me burlo.

Se le dilatan las fosas nasales.

—Hay que tenerlos bien puestos para suplicar que te mate.

—Pen —dice Alistair, cruzándose de brazos—, tú no eres así.

Me río.

—¿Qué no soy así? Yo soy esta. Al completo. Es solo que no querías verlo con tus gafas de color de rosa.

Dylan resopla.

—Vaya, estoy impresionado.

—Gracias —digo con sarcasmo—. Significa mucho viniendo del pirómano oficial.

La sonrisa de engreído se desvanece de inmediato.

—No recuerdo que fueras tan fría.

—Eso es porque no prestaste atención —espeto en respuesta.

—Por Dios, vuelve a ponerle la cinta, ¿quieres? —le gruñe Dylan a Felix.

Felix me aprieta las mejillas.

—Dame un solo motivo para no hacerlo, Pen.

—¿Por qué tendría que hacerlo? —digo entre dientes apretados—. ¿Cuando ni siquiera me contasteis la maldita verdad sobre mi hermana?

—Oye, que nosotros no te ocultamos nada intencionadamente. —Dylan se encoge de hombros—. Solo nos olvidamos de contártelo.

—¡Le arruinasteis la vida! —chillo.

—Fue de mutuo acuerdo —dice Dylan.

—Ella no quería. Tu padre…

—Ya está bien. —De repente, Felix vuelve a ponerme la cinta en la boca—. No quiero oír tus mentiras.

—¿Que mi padre qué? —bufa Dylan.

Intento hablar, pero mis palabras quedan ahogadas.

—Está intentando confundirte —dice Felix.

Él enarca una ceja.

—Si tú lo dices.

—Te ha llamado pirómano.

—Bueno, eso es verdad —se mete Alistair. Los dos le clavamos la mirada, y él añade—: ¿Qué? Le gusta el fuego.

Dylan suspira.

—La verdad es que sí. —Me mira a los ojos, y yo no desvío la mirada porque quiero que sepa que lo pienso de corazón—. Pero eso de pirómano suena tan… cruel.

Es que él es cruel.

Los tres lo son.

Y se merecen ir al infierno por lo que le han hecho.

Felix juega con el cuchillo deslizándolo por mi mejilla, siguiendo el recorrido de una gota de sudor.

—Formas parte de la familia Ricci, lo que significa que alguien te ha mandado a hacerlo. Y si no nos lo dices por voluntad propia… Supongo que tendremos que obligarte, Pen.

—Si vamos a hacerlo, mejor que lo hagamos bien —gruñe Dylan, y camina hasta el armario para sacar una vela—. Déjame hacer mi magia. —Aparta a Felix y enciende la vela, y sigo con los ojos la llama parpadeante—. ¿Te han quemado alguna vez, putita?

Sacudo enérgicamente la cabeza, desesperada por escapar del fuego que me lame la piel.

—No me hagas perder el tiempo —le gruñe Felix a Dylan.

—Oh, no te preocupes, voy a encender la habitación —responde Dylan, con una llama peligrosa en los ojos—. Con sus gritos.

La cera de la vela empieza a derretirse, y la inclina justo sobre mi pecho. Cuando la cera caliente cae sobre mi piel, ahogo un grito.

Dios, está muy caliente.

Pero en el momento en que cae sobre mi piel, se enfría al instante y se vuelve sólida de nuevo.

—Joder… hazlo otra vez —dice Alistair, y se muerde el labio mientras observa a Dylan jugar conmigo.

Incluso después de todo lo que ha pasado entre nosotros, siguen queriendo follar conmigo. Siguen queriendo poseerme.

Cuando grito, Felix se ríe.

—Grita todo lo que quieras, Penelope. Nadie va a oírte.

Me retuerzo contra las ataduras y mascullo contra la cinta, pero no se entiende nada.

Dylan se limita a sonreír de medio lado.

—Oh, ¿quieres más? Bueno, solo tenías que pedirlo. —Coloca la vela sobre mi otro pecho y se me dilatan las pupilas—. ¿No querías fuego? Pues siente cómo te quemas.

63 Dylan

Derramo aún más sobre este pezón que sobre el otro, dejándola revolviéndose contra la cruz. Dios, me encanta verla retorcerse.

Nada en este mundo puede satisfacerme tanto como esto.

Llámame pirómano, me da igual. El fuego hace que mi alma cante. Y si puedo usarlo tanto para castigar como para dar placer a la mujer que deseo más que a nada pero que no puedo tener, que así sea.

—Esto sería mucho mejor si se retorciera de deseo también —bromea Alistair mientras se sienta en la silla cerca de la puerta con un lápiz y un papel.

Nos miramos a los ojos y sé lo que está pensando. Le guiño un ojo, y él sonríe en respuesta. Me encanta cómo reacciona a todo lo que le hago con un hambre insaciable. Y haría cualquier cosa por ver más de eso. Siempre he sido un espíritu libre, pero dejaría que me ataran.

Alistair tira de su cremallera y dibuja algo en el papel con vehemencia. Probablemente sea Penelope, atada a esta cruz, a merced de sus amigos.

Pero mientras dibuja, empieza a tocarse. Y, joder, ya está duro, y el brillo de la punta me hace tragar saliva. Con ganas.

Me giro para mirar a Penelope, que ha cerrado los ojos, pero sus mejillas sonrojadas delatan que lo estaba mirando igual que yo. Le echo más cera en el pecho para espabilarla. Chilla y abre los ojos de golpe cuando la cera le llega hasta el ombligo.

—No desvíes la mirada, Pen —digo, y le levanto la barbilla—. Veo cómo lo miras. Lo deseas, ¿verdad?

Frunce el ceño y aparta la cabeza de un tirón.

—Puedes negarlo cuanto quieras, pero los dos sabemos que es verdad. —Deslizo un dedo a lo largo de su hendidura y lo sumerjo en su humedad. No debería sentirme tan bien castigando a la chica a la que quiero follarme con tantas ganas que casi me duele.

Pero no puedo contenerme. La pregunta es, ¿puede ella?

Se me dibuja una sonrisa en los labios.

—Te jode seguir deseándonos.

Se muerde la lengua, pero sus piernas apenas pueden aguantar mis embestidas. Le tiembla todo el cuerpo.

—Estás tan mojada y necesitada. Incluso cuando nos desprecias. —Me inclino para susurrar—: Pero solo las putas buenas tienen permitido correrse.

La siento palpitar, así que me retiro justo antes de que estalle.

Suelta un suspiro exasperado por la nariz.

Maldita sea, no pensé que sería tan excitante negarle el orgasmo.

Pero no estamos aquí por placer. Estamos aquí para averiguar la verdad sobre por qué prendió fuego a la universidad.

Acerco la vela a su abertura.

—¿Vas a hablar ahora?

Le recorre un escalofrío y sacude la cabeza, el sudor rueda por su cuerpo ante la idea de que la queme.

—¿No? Tal vez tener el coño cubierto de cera te haga cambiar de opinión.

Dejo caer un poco sobre sus partes sensibles, y el chisporroteo la hace sisear y sacudirse contra las ataduras. Me tenso en los pantalones, pero lo ignoro porque no quiero distraerme de mi objetivo. Alistair gime en el fondo, haciendo malabarismos entre el dibujo y su propia satisfacción.

—No pares.

—Nuestro chico quiere más, Pen… Y voy a dárselo. —Derramo más hasta que ni siquiera su coño puede distinguir ya el dolor del placer.

Dejo la vela y la froto con dos dedos, mezclando la cera caliente con su humedad.

—Estás tan jodida como nosotros —musita, perdido en sus ojos—. Lo nuestro podría haber funcionado. Pero tuviste que arruinarlo todo.

La penetro con los dedos llenos de cera y jadea cuando derramo más cera sobre sus pezones.

—Joder —gime Alistair al fondo, el lápiz cae sobre el dibujo antes de correrse sobre el papel. La hoja se cae, mostrando a Penelope, desnuda, cubierta de cera, mi lengua rodando por su piel, salpicaduras de semen por todas partes.

Exquisito.

Miro a Alistair por encima del hombro, sonriendo de placer.

—¿Tan rápido? Qué pervertido, cabrón.

Alistair

No esperaba excitarme tan rápido, ni tan desesperadamente.

Pero supongo que incluso yo tengo mis límites.

Y cuando Dylan juega, las cosas se salen de control muy rápido.

No hay nada que me excite tanto como ver a las dos personas que más deseo haciendo guarradas juntas.

Hago rodar el lápiz por mi semen hasta que queda cubierto.

No debería haberme gustado tanto. Pero supongo que todos los de esta habitación somos unos putos sádicos.

Ella está en esa cruz por un motivo, y no es solo para que juguemos con ella.

Me levanto y dejo caer el papel al suelo mientras vuelvo a subirme la cremallera.

—Me toca.

Dylan se aparta mordiéndose el labio y me acerco con el lápiz.

—¿Qué es lo que decías del padre de Dylan? —Deslizo mi propia humedad por el lápiz—. Tal vez tenga que refrescarte la memoria.

Le meto el lápiz y ella jadea mientras lo hago rodar por su interior, cubriéndola con mis jugos. Y la miro a los ojos, absorbiendo todo el arrepentimiento, todo el odio, todo el anhelo, todas las emociones que le quedan. Como un borracho que busca desesperadamente una última gota antes de vaciar la botella.

—Si ya no puedo tenerte… Al menos mi puto semen se quedará ahí para toda la eternidad —digo con voz ronca, y le pellizco los pezones llenos de cera tan fuerte que grita.

No quiero hacerle daño, pero, después de lo que ha hecho, no me queda más remedio.

—A la mierda, no vamos a dejarla escapar —gruñe Felix, irrumpiendo para empujar el mango del cuchillo dentro junto con el lápiz—. Si no podemos tenerla, nadie podrá.

—¿No se supone que deberíamos interrogarla? —pregunta Dylan.

—Solo dirá mentiras —dice Felix con los dientes apretados mientras mira a Penelope a los ojos.

—Lo sé, pero… ¿Por qué no deja de mencionar a mi padre?

—¡Porque es quien nos obligó a cortar con ella y con Eve! —espeta Felix.

Penelope bufa, pero el sonido pronto se convierte en una risa amortiguada, tanto así que todos la miramos como si se hubiera vuelto loca.

Esto no me gusta ni un pelo.

Le saco el cuchillo y el lápiz.

—¿De qué te ríes? —gruñe Felix, agarrándole la cara con una mano.

—Vale, quiero saber lo que tiene que decir. Ahora. —Dylan le arranca la cinta y la tira por la ventana.

Pero ella no para de reírse a carcajadas.

—¿Qué coño te resulta tan gracioso? —pregunta Dylan.

—Todos pensáis que alguien me ha metido en esto, pero he sido yo. Todo es cosa mía —dice entre risas—. Y ni siquiera te das cuenta de que todo es culpa de tu puto padre.

Dylan frunce el ceño.

—¿Mi padre? No, no tiene nada que ver con lo que sea que estés haciendo. Vino literalmente a ayudar a los bomberos.

Le cambia la cara. Con una expresión estoica.

Como si de repente hubiera tirado la toalla y pensado: «Qué más da… A la mierda».

—Habló con Eve justo antes de la hoguera y le dijo que o cortaba la relación o la echaría de la universidad —contesta, aturullada.

¿Dean Caruso habló con Eve antes de morir?

—¿Qué? —musita Dylan, y se aleja mientras mira fijamente a Penelope con la cara desencajada. Él niega con la cabeza—. No, eso no tiene ningún sentido. ¿Por qué iba a…?

—¡Porque estaba embarazada, joder!

64 Dylan

Estoy tan aturdido por sus palabras que casi no puedo mantenerme en pie.

Eve… ¿embarazada?

Golpeo una mesa mientras retrocedo y casi me caigo, pero consigo agarrarme a la madera como si mi vida dependiera de ello.

—No, no puede ser.

—¿Que estaba qué? —le gruñe Felix.

La expresión seria de su cara me da escalofríos.

—Estaba. Embarazada. —Me mira fijamente a mí—. El bebé era tuyo.

El corazón nunca me había latido tan rápido.

Ni siquiera al matar a alguien.

—¿Un bebé? —murmura Alistair—. Espera, ¿cómo lo sabes? ¿Y de quién era el bebé? ¿De Dylan?

—No… —susurro, perplejo.

—No hagas como si no lo supieras —dice, con el rostro impasible, a pesar de que es ella quien cuelga de la cruz como si fuera nuestro juguete.

—No lo sabíamos —dice Alistair.

Ella frunce el ceño.

—¿Por qué si no os pondríais de su parte?

—¿De qué parte? —pregunta Alistair.

—¡De su padre! —chilla.

Ahora todos me miran, y toda la sangre abandona mi piel.

¿Un bebé? ¿Cómo puede ser?

Joder, necesito sentarme.

Mi cuerpo gravita hacia la silla más cercana.

—Eve contactó con tu padre y le pidió ayuda —me cuenta Penelope.

Pero me pitan los oídos. Lo único que escucho es que estaba embarazada… ¿De mí?

—Ni de coña, estás mintiendo —dice Felix, y se gira para mirarme—. No dejes que te envenene la mente.

—¡Es verdad, joder! —chilla—. Lo juro por su puta tumba.

Felix la agarra de la garganta.

—No te atrevas.

—¿No me crees? —dice con voz chillona mientras él le clava los dedos en la piel—. Busca en su teléfono.

Alistair y yo nos fijamos inmediatamente en sus cosas, que nos trajimos cuando la atrapamos en el camino montaña abajo. Y ambos saltamos sobre ellas como tiburones sedientos de sangre.

—Joder, déjamelo a mí —le gruño.

—Yo también quiero verlo —dice Alistair.

Peleamos como dos perros rabiosos hasta que Felix viene hacia nosotros para golpearnos a los dos en la cintura y nos roba el teléfono de las manos.

—Dádmelo.

Lo desbloquea de inmediato y observamos por encima de su hombro.

—Las fotos de hace tres meses —dice Penelope.

Va deslizando hasta que encontramos una foto que vale más que mil palabras.

Una prueba con dos líneas rosas.

Mierda.

Es verdad.

Estaba embarazada.

Felix lo aprieta con tanta fuerza que la pantalla se rompe.

—¿Estás segura de que es suyo? —pregunta sin mirar a Penelope siquiera.

—No tenía escapatoria. Al padre de Dylan no le gustó que estuviera embarazada. Así que le dio a elegir: o se marchaba o la destruiría a ella y a nuestra familia.

—¿Cómo sabes que mi padre está implicado? —pregunto, y se me quiebra la voz.

—Hay un correo. Él lo borró de su cuenta. Lo comprobé en el despacho. Pero ella lo conservó —responde Penelope, tragando saliva.

Felix hace scroll enérgicamente por el teléfono hasta que encuentra lo que está buscando.

El correo de Eve con mi padre, donde literalmente amenaza con hundirla totalmente junto con toda su familia si no aborta o desaparece por completo.

Joder.

Me encuentro mal.

—Por eso la hizo saltar —añade Penelope—. Para borrar toda prueba.

—Pero el teléfono sobrevivió —musita Alistair.

—¿Y estás segura de que ese bebé era de Dylan? —pregunta Felix con los dientes apretados, todavía encorvado sobre el teléfono como si estuviera memorizando cada detalle del correo electrónico y la foto.

—Podría ser de… cualquiera de nosotros —musita Alistair, y nuestras miradas se cruzan en un momento de dolor compartido.

Dios.

La chica que se nos fue… estaba embarazada.

Y uno de nosotros perdió a su bebé.

—Sí —responde Penelope.

Alistair se hunde en la silla, con las manos entre las piernas, y la cabeza vencida entre los hombros, como hace siempre que se siente derrotado.

Felix deja el teléfono en la mesa y cierra los ojos, se frota la frente. El silencio de la habitación es abrumador.

—Deja que se baje.

—¿Qué? —digo con la voz entrecortada.

—Suéltala —dice con voz rasposa, con los dedos tan hundidos en la cabeza que me empieza a preocupar que pueda romper su propio cráneo.

—¿Y qué hay del castigo? —pregunto—. ¿Del fuego?

—¡Solo provoqué ese maldito fuego porque tu padre la hizo saltar! —grita Penelope.

La miro a los ojos y hago una mueca.

Si eso es verdad… Mi padre es la persona que estábamos buscando todo este tiempo.

Se le llenan los ojos de lágrimas.

—Ella no quería romper la relación. Él la obligó.

¿Mi padre… es el responsable de la muerte de Eve?

—Oh, Dios —musito; me duele el corazón.

—Y no hicisteis nada —dice Penelope, las lágrimas ruedan por sus mejillas—. Os rogó con los ojos. Os suplicó que la salvarais.

—¿Por qué no nos lo dijo? —murmuro.

—¿En serio piensas que tu padre iba a permitir que ella sembrara ese tipo de división? —interviene Felix, todavía sumido en sus propios pensamientos.

—Le tenía terror. No veía otra salida —dice Penelope con los dientes apretados—. Y cuando murió, tu padre trató de encubrir su implicación deshaciéndose de todo… y de todos. Incluyéndome a mí.

—Espera, entonces la nota… —empieza Alistair.

Pero Penelope lo interrumpe:

—Nathan trabajaba para el padre de Dylan. Quemó la antigua habitación de Eve para borrar cualquier prueba que quedara.

Los ojos de Felix casi resplandecen de violencia.

—¿Nathan estaba en la puta casa Alpha Psi?

Penelope asiente.

—Y también Kai. Así es cómo conseguí la página arrancada.

—¿Por qué no nos lo dijiste? —Cierra la mano en un puño, casi se le salen los ojos del cráneo de la rabia—. Los habría apuñalado a los dos y les habría arrancado el puto corazón.

—Porque ya no confío en vosotros —dice con los ojos llenos de lágrimas—. Eve está muerta por todos vosotros.

—Saltó porque no quería vivir sin nosotros —rumia Alistair—. Y nosotros la abandonamos. Porque ella nos lo pidió.

La mirada de Penelope me mata.

Inmediatamente me dirijo hacia ella, me saco la navaja del bolsillo, corto las ataduras y la libero de la cruz. Cae al suelo y la atrapo entre mis brazos.

—Lo siento. Lo siento muchísimo —susurro, aferrándome a ella—. Deberíamos haberte hecho caso.

Llora en mi hombro, sollozando como nunca, y el sonido me rompe el corazón en mil pedazos.

—Te dije que no volvería a hacerte daño —dice Alistair—. Mentí. Y lo siento. —Se baja de la silla y cae al suelo, se arrodilla delante de ella a cuatro patas como si le suplicara perdón.

Se separa de mi abrazo y se queda mirándolo, sus labios se separan lentamente como si no supiera qué responder.

La culpa inunda mi cuerpo mientras caigo de rodillas frente a ella igual que Alistair.

Humillados.

Todo por nuestra culpa.

—Levantaos —gruñe Felix.

Pero ni siquiera me digno a mirarlo, y mucho menos a escucharlo.

Lo único que me importa es la chica a la que le rompimos el corazón por no contarle la verdad sobre Eve y nosotros; por dejar que las cosas fueran tan lejos que sintió que tenía que quemar toda la escuela por venganza.

La clase de venganza que solo existe en mis fantasías.

Dios, es magnífica.

Una jodida diosa de fuego a la que quiero adorar.

—¿Qué estás haciendo? —murmura cuando la agarro del pie y lo beso.

—Disculpándome.

—No sirve de nada. No va a deshacer lo que pasó. No traerá a Eve de vuelta.

—Lo sé. Y por mucho que me humille, nada podrá arreglar eso. —La miro a los ojos—. Pero no quiero perderte a ti también.

Se le dilatan las pupilas, casi como si estuviera sorprendida de que lo haya admitido.

Pero no me asusta reconocer que es la dueña de mi alma.

—Levantaos. —La voz oscura y dominante de Felix hace que se me erice la piel, pero lo ignoro.

—No —contesta Alistair—. Hemos cometido un error trayéndola aquí y atándola a esa cruz.

Se oyen ruidos de alguien rebuscando al fondo, pero no les presto atención. Felix no para nunca, siempre intentando deshacerse de lo que siente, pero yo me niego a escapar de mis sentimientos.

—¿Habéis olvidado quién nos pidió que la castigáramos? —dice Felix.

Sé que fue culpa de mi maldito padre, pero nosotros elegimos obedecer, sabiendo lo que hacíamos.

—¿Puedes perdonarme? —musito mientras miro a Penelope, quien nos observa boquiabierta como si no supiera qué hacer.

—No supliquéis su perdón —gruñe Felix, dando un paso adelante.

Por un momento, me ofende que insinúe que no lo hagamos. Hasta que vuelve a hablar.

—No os lo merecéis.

Ambos lo miramos por encima del hombro, e incluso ha captado la atención de Penelope.

Aprieta el puño.

—Ganáoslo.

Camina hacia nosotros y, literalmente, nos levanta a los dos del suelo sin esfuerzo y nos pone de pie. Me agarra la mano y me planta un montón de cuchillos pequeños, y a Alistair le da una pistola y un cuchillo enorme. Luego se equipa con un arsenal de armas que solo había visto una vez: cuando estalló aquella guerra entre los Phantoms y la Skull & Serpent Society.

Se coloca entre nosotros, centrando toda su atención en Penelope mientras le agarra la cara con una mano y le acaricia la mejilla con el pulgar.

—Dime lo que necesitas. Sé específica.

Se le dilatan las pupilas y separa los labios, es como si reconociera esas palabras.

Pero no recuerdo haberle escuchado decirlas.

¿Acaso han tenido una conversación privada de la que no estoy al tanto?

Ella traga saliva mientras intercambian miradas.

—Hacedle daño. Marcadle donde más le duela.

Su expresión se ensombrece de esa forma que solo aparece cuando está en plena matanza, y le agarra la mano para llevársela lentamente a los labios y plantarle un beso como si estuviera sellando un trato.

—Lo llevaré al infierno por ti.

65 Felix

Agarro mis herramientas y mis armas, las meto todas en una mochila y me la echo sobre el hombro.

—Espera, ¿qué está pasando? —pregunta Dylan mientras me coloco el chaleco protector.

—Una guerra —gruño en respuesta, y agarro el cuchillo más afilado de la caja de herramientas que guardo en mi habitación.

Ni siquiera me molesto en mirar a estos dos mientras se arrastran.

No merecen ni una pizca de su perdón, y mucho menos respirar el mismo aire que ella.

Gracias a ella sabemos la verdad de lo que le pasó a Eve.

Y no voy a dejarlo pasar.

Ese bebé… podría haber sido mío. O de Dylan. O de Alistair.

Pero nunca lo sabremos.

Está muerto por la decisión de un puto pirado.

Voy a aniquilarlo.

Con determinación, me guardo algunos cuchillos más en el cinturón y el bolsillo. Así es cómo voy a redimirme.

—¿Una guerra contra quién? —pregunta Alistair.

—Oh, me cago en mi puta vida —musita Dylan, sacudiendo la cabeza—. Vas a por…

—El decano —respondo, y me ajusto la hebilla del cinturón para que todos los cuchillos estén en el lugar correcto, listos para ser usados cuando los necesite. Y voy a necesitarlos todos.

Cuando me doy la vuelta, tengo a Dylan de frente.

—Espera. No irás a por él en serio, ¿no? —Levanta las manos—. Vamos, Felix. Tenemos que hablarlo primero.

—Hablar es para los culpables que intentan evitar sus responsabilidades —respondo—. Cometí un error una vez. No voy a volver a hacerlo.

Frunce el ceño.

—¿Alguna vez has pensado las cosas antes de actuar?

Pero le ignoro y me concentro en preparar todo mi equipo. Voy a ser bueno y guardar algunos repuestos para Ali y Dylan también, en caso de que al final decidan comportarse como hombres.

—¡Felix! —Dylan trata de llamar mi atención, y lo consigue cuando me bloquea la salida—. Es mi padre.

—Y mató a Eve junto con su bebé.

Me mira fijamente como si estuviera cometiendo el peor error de mi vida. Pero no hay forma de que me eche atrás.

—Le he hecho una promesa a Penelope y pienso cumplirla, aunque me cueste mi propia vida. Porque eso es lo que merece.

Penelope abre los ojos de par en par mientras digo esas palabras, pero no me avergüenzo.

—Tiene razón, D —dice Alistair, mirándonos a ambos—. Tu padre… ha destrozado vidas, literalmente.

—Felix. —Dylan se coloca en mi cara—. No lo hagas. Eres mi amigo. No me conviertas en tu enemigo.

—Entonces, elige —gruño en respuesta, e inclino la frente sobre la suya—. Porque puedes interponerte en mi camino y conseguir que te aplaste… o ayudarme a hundir a ese hijo de puta.

Rechina los dientes mientras nos miramos fijamente.

Pero al final cede.

Desvía la mirada y da un puñetazo al aire, gruñendo en voz alta.

Detrás de él, Penelope ha conseguido una camiseta blanca grande y se la ha puesto para cubrir sus partes íntimas.

—Espera, ¿en serio vas a…?

Me guardo el último cuchillo en el bolsillo y digo:

—Voy a matar a ese hijo de puta.

Agarro mi arsenal de cuchillos y le lanzo algunos a Alistair.

—Tú vas a ayudarme.

Intercambia unas miradas breves con Dylan, pero aun así se los guarda en el bolsillo mientras asiente.

Miro a Dylan y le tiendo un cuchillo.

—¿Te apuntas?

Se pasea por la habitación con cara de cabreo, pero al final cede y me quita el cuchillo de la mano.

—Esto es un error. Tiene que serlo. No puede ser que…

—Tu padre prefirió arruinaros la vida y matar a Eve y a su bebé antes que dejar que seas padre —interviene Penelope mientras da un paso al frente.

Dylan se traga su orgullo.

—Me estás pidiendo que le haga daño a mi propio padre.

—No te estoy pidiendo nada —dice Penelope, y agarra uno de mis cuchillos de repuesto y lo presiona contra su mano—. Te estoy diciendo que lo hagas.

Agarra la mano de Dylan como si fuera un salvavidas, se pone de puntillas a su lado y se inclina para susurrarle al oído. No sé lo que le dice, pero se le iluminan los ojos como si acabara de encender una hoguera.

Y, joder, ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que vi esa faceta suya.

Da vueltas a los cuchillos y se los mete en el cinturón con la misma confianza de siempre. Todo el conflicto parece haber desaparecido de su rostro cuando da un paso adelante y me mira directamente a los ojos.

—Estoy listo.

Asiento y me dirijo a la puerta con ellos, pero, cuando Alistair y Dylan salen, Penelope me detiene. Me agarra la muñeca y me obliga a detenerme. No puedo soltarla. Ni siquiera cuando lo único que deseo es saborear su sangre en mis labios y arrancarle el corazón del pecho.

Pero ella…

Sus necesidades son más importantes.

—Espera —murmura, y yo obedezco.

No porque deba, sino porque lo necesito. Por ella.

Ella traga saliva cuando la miro, siento una incomodidad en el pecho que me hace respirar con dificultad. Sé que le he hecho daño. Deposité mi confianza en la persona equivocada, y eso la lastimó a ella y a su hermana de forma irreparable.

Pero moriría hoy mismo con tal de devolverle aunque sea una pizca de su dignidad.

—Llévame contigo.

Sus palabras me calan hasta los huesos.

Joder.

De todas las cosas que podría haberme pedido, no esperaba esto.

—No —respondo.

—No era una sugerencia —dice, y se pone un par de pantalones anchos junto con unas botas que no son de su talla—. Voy contigo.

Se me dilatan las fosas nasales. Aunque odie tener que decepcionarla, es por su propio bien.

—Es demasiado peligroso.

—Me da igual. Necesito estar ahí —dice, su mirada clavándose en mí, casi perforándome la cabeza—. Me lo debes.

Mierda.

¿Cómo podría negarme cuando saca eso?

Rechino los dientes.

—No te lo estoy pidiendo —dice, se da la vuelta y agarra su mochila, la llena con más cuchillos de mi arsenal de repuesto. Tiene la mochila tan llena cuando vuelve que apenas puede permanecer cerrada.

Casi resulta adorable.

Me inclino y digo:

—Deja que haga esto por ti.

—Puedes hacerlo mientras observo —responde, y coloca los brazos en jarra—. Yo voy también.

Se me dibuja una sonrisa torcida en los labios.

—No voy a poder detenerte, ¿verdad?

Abre una de las navajas y la sostiene al frente como si fuera a cortarme.

—Inténtalo. Te reto a hacerlo.

Coloco una mano en su cabeza y le apretujo el pelo hasta que está todo alborotado.

—No lo haré, pequeña.

—¿Pequeña? —Se ruboriza y sacude la cabeza y se libera de mi agarre.

Elevo las cejas.

—¿Qué? ¿Prefieres «puta»?

Ahora se ruboriza aún más.

Le levanto la barbilla.

—Nuestro acuerdo termina después de hoy.

De repente, la puerta de enfrente de mi habitación se abre. Y la persona que sale del baño es una de las pocas capaces de hacer que mi rabia pase de cero a cien. Especialmente cuando lo único que le cubre el cuerpo es una toalla. Y su brazo cruza la cintura de Jason. Mis fosas nasales y mis ojos se crispan al mismo tiempo.

—¿Lana?

Su mirada se cruza con la mía mientras el pánico se apodera de sus ojos lentamente.

—Oh…

—¿Qué cojones…?

Me abalanzo de inmediato contra Jason, pero ella lo protege con su cuerpo y me frena de agarrarlo por la garganta.

—Oye, Felix, relájate.

—¿Qué haces tú aquí? —grito—. Y desnuda. —Mis ojos se posan en los suyos y estoy a punto de arrancarle la polla—. ¿Te estás follando a mi hermana?

Ella me coloca la mano abierta sobre el pecho.

—Escucha, imbécil. Puedo follarme a quien me dé la gana.

—Es de mi puta Sociedad —contesto, colocándome frente a él—. Ya hay que tenerlos bien puestos, Foley.

Él levanta las manos.

—No quiero entrometerme entre tu hermana y tú.

—¡Haberlo pensado antes de meterle la polla! —Y le doy un empujón.

Lana se mete entre los dos y me empuja.

—¡Felix, para! ¡He venido porque he querido!

—¿Cuántas veces? —pregunto.

—No es asunto tuyo —responde.

—Soy tu hermano. Es asunto mío protegerte —replico.

Se adelanta mientras Jason agarra la puerta como si estuviera a punto de estampármela en la cara si me acerco demasiado.

Pero la suave mano de Lana en mi hombro me distrae.

—Felix, agradezco que te preocupes por mi bienestar, pero soy una adulta igual que tú.

—Tienes dieciocho —digo con los dientes apretados, luego fulmino a Jason con la mirada por haberse atrevido a tocarla—. Es casi…

¡PAM!

Agarro a Penelope y nos tiramos al suelo. Ha ocurrido algo en mi habitación, pero no puedo verlo porque el humo llena tanto la habitación como el pasillo.

Lana tose y gatea hasta Jason.

—¡Jason!

—Estoy aquí —musita.

—Por ahora —replico.

—¡No es momento! —espeta Lana en respuesta.

Está bien. Volcaré mi rabia sobre el que se haya atrevido a atacarme en mi propia casa. Me giro hacia mi habitación y miro por la ventana. Algo la ha roto. Una bola de metal de la que sale humo.

Pero la peor parte es que el cristal de la jaula de Nessie se ha hecho pedazos, y está reptando por el suelo a lo suyo. Nadie toca mi puñetera serpiente.

Furioso, hundo el puño en el suelo.

—¡Joder! —Ayudo a Penelope a levantarse del suelo—. Vienen a por nosotros.

Penelope se separa de mis brazos.

—No, no puede ser cierto. No atacarían…

Otra bomba atraviesa la ventana del baño, y Lana y Jason se ponen a cubierto.

—Mierda, ¡salid, salid! —grito, agarrando a todo el mundo y corriendo por el pasillo tan rápido como puedo.

—¿Qué está pasando? —pregunta Lana mientras caminamos hacia el vestíbulo principal, que está completamente cubierto de humo.

—¡Dylan! —grito por la casa.

—¡Aquí abajo! —grita—. Estaba en el baño. ¿Qué está pasando?

Estallan más bombas y saltan fragmentos de cristal. Los disparos llenan la casa. La gente grita y corre a refugiarse. Alistair es el que está más cerca de la puerta. La explosión le lanza contra una viga y gime de dolor.

¿Quién coño vendría a por nosotros aquí?

A menos que…

—¡Dylan! —grito—. Abre la puta puerta principal.

—¿Qué? —chilla en respuesta—. ¿Estás loco?

—¡Hazlo!

Pero antes de que pueda dar siquiera un paso, la puerta se abre de golpe y vuelve a tirarlo al suelo.

Mientras me aferro a la escalera, se me desencaja la mandíbula al ver quién está en el hueco de la puerta. Un hijo de puta de barba cincelada y pelo canoso con tatuajes que le suben desde la mano y que se esconden bajo su gabardina entra en la casa con una pistola, apuntándonos. Una voz siniestra retumba a través de los pasillos.

—Quita tus putas manos de encima de mi hija.

66 Penelope

Abro los ojos de par en par al ver al hombre que irrumpe en la Skull & Serpent Society.

—¿P… papá?

Ay, madre.

Felix, Lana y Jason se giran para mirarme como si yo supiera lo que está pasando.

—Espera, ¿ese es tu padre? —A Lana casi se le salen los ojos de las órbitas.

Felix me agarra del hombro.

—¿Lo has llamado para que viniese?

¡BANG! ¡BANG! ¡BANG!

Tres disparos precisos nos separan cuando Felix se agacha para cubrirse detrás de una columna. Las tres balas quedan enterradas profundo en la piedra.

Joder.

—¡Penelope! Ya voy a por ti —gruñe mi padre, y gira la cabeza solo un momento—. Atacad.

Entran más hombres en el edificio.

—¡Defendeos! —grita Dylan desde abajo.

De la nada, los chicos de la Skull & Serpent Society empiezan a atacar a los hombres que ha traído mi padre.

Se abren todas las puertas, y se lanzan cuchillos y armas por la sala.

—¡Parad! —grito, pero nadie me oye entre la avalancha de armas que se disparan una tras otra.

—¡Penelope, respóndeme! —Felix ruge mientras lanza uno de los cuchillos contra uno de los hombres de mi padre, que carga contra Dylan con un machete.

Pero estoy demasiado ocupada intentando encontrar a mi padre entre la confusión de las armas y las bombas de humo.

De repente, Felix me agarra de los brazos y me sacude.

—¡Que me lo digas!

—No. Solo le dije que sabía quién era el causante de la muerte de mi hermana. Y le di su apellido… —Abro los ojos como platos y ahogo un grito—. Caruso.

Felix desvía inmediatamente la mirada hacia donde se está produciendo la mayor parte de la pelea. Alistair y Dylan luchan contra los guardias de mi padre, abriéndose paso a puñetazos y navajazos como si su vida dependiera de ello. Pero la mayoría de los tipos solo parecen concentrados en una cosa.

—¡Dylan! —decimos los dos a la vez.

Bajo corriendo los escalones, pero Felix salta por encima de la barandilla y esquiva con sus botas la columna de piedra para aterrizar con más seguridad. Y cuando bajo el último peldaño de la escalera, clava el cuchillo en uno de los guardias de mi padre.

Mierda. Mierda. ¡Mierda!

Tengo que hacer algo.

¡BANG!

Me pongo a cubierto detrás de la columna.

Una bala pasa rozándome, a tan solo un centímetro, aunque me ha dejado el pelo chamuscado.

Cuando me asomo para ver quién ha disparado, veo que entra más gente por la puerta lateral. Pero no llevan el mismo tipo de armas que la gente de mi padre.

¿Qué está pasando?

Se escuchan más disparos, y Alistair me pasa justo por al lado, se esconde detrás de la misma columna donde estoy yo.

—Penelope. Tienes que huir.

Sacudo la cabeza.

—Es mi padre.

Abre mucho los ojos.

—¿Qué? ¿Lo has llamado tú?

—Le envié un mensaje, pero no sabía que vendría a buscarme.

¡BANG!

El disparo suena tan fuerte que hace que me tiemble todo el cuerpo.

—¡Pues dile que pare! —espeta Alistair.

—¡No le veo, joder! —replico.

Frustrado, se asoma desde detrás de la columna, pero le disparan.

—No veo nada. Hay demasiado humo.

—Está entrando gente por la puerta de la derecha —le digo y señalo en dicha dirección.

—Joder, Dylan está por allí —dice Alistair—. Tengo que ir a ayudarle.

Alistair sale corriendo antes de que pueda decirle nada.

Dylan

Levanto el mechero, y todos esos cabrones creen que lo estoy agitando para asustarlos y se parten de risa. Pero con una sonrisa de satisfacción, me saco un bote de desodorante del bolsillo.

—¡Decidle hola a mi amiguito!

Y mientras me río a carcajadas como un completo lunático, le prendo fuego a esta mierda y, con ella, arde todo el pasillo junto con los que iban entrando.

—¡Wooo! ¡Esto sí que es una buena barbacoa!

Les prendo fuego a algunos tipos y salen chillando como gallinas. Se lo merecen por intentar colarse en nuestra puta Sociedad.

Me doy la vuelta para mirar al otro lado del pasillo. Hay agujeros de bala repartidos por las paredes y por el suelo, y hay hombres peleando y acuchillándose por todas partes. Felix y Penelope están al otro lado del vestíbulo, luchando contra los hombres que entran a raudales por la entrada principal. Penelope mira fijamente el bote que tengo en la mano.

—¿Lo has visto? —grito con entusiasmo.

Abre los ojos de par en par, pero aun así asiente. Su boca abierta, seguida de una sonrisa impresionada, me llena de orgullo. Se da la vuelta y apuñala a un tipo en las entrañas.

Quemaría el mundo entero con tal de ver esa sonrisa. Esa sed de lucha.

Joder.

Y yo aquí, pensando que el trato que hicimos sería solo temporal.

Carnal.

Alistair no es el único que ha caído.

Y dudo que sea el último.

Algo me pica cerca de la pierna, y mis ojos se desvían hacia abajo. Una serpiente se desliza entre mis pantorrillas.

—Nessie —murmuro, y la cojo—. ¿Qué estás haciendo aquí?

Me había olvidado por completo de que su jaula se había roto por las explosiones de las bombas.

Ella me sisea.

Maldita sea, ¿qué hago con ella? No puedo dejar que la aplasten los escombros o que esos cabrones le disparen.

Me la guardo rápidamente en el bolsillo.

Pero en el momento en que me doy la vuelta, todo se funde a negro.

Penelope

Hace unos minutos

Justo enfrente de mí, Felix le raja el cuello a otro tipo y lo estampa contra el suelo antes de atacar a otro guarda.

Si no detengo esto, van a matar a todo el mundo.

—¡Papá! —grito.

—¡Penelope! —me llama—. ¡Ven hacia mí!

—¡No puedo! —chillo en respuesta—. ¡Detén a tus hombres!

—¡Hemos venido a salvarte! —replica.

No sé qué hacer. Es demasiado peligroso cruzar. Vuelan disparos desde todas las direcciones, y de la gente que hay en la entrada del lado… no reconozco a nadie.

¿Qué cojones está pasando?

Alistair le hunde la navaja en el pecho a alguien más adelante y lo tira al suelo, la sangre se acumula a sus pies. Pero no se detiene e inmediatamente salta sobre la espalda de un tipo que estaba a punto de atacar a Felix. Felix se da la vuelta y le atraviesa el vientre como si le resultara sencillo.

Me trago el pánico y me centro en la lluvia de fuego que viene de la puerta principal. Tiene que estar en algún lugar entre el humo.

—¡Papá! —grito hacia el otro lado de la sala.

Pero los ruidos de una guerra sin cuartel entre estas familias de la mafia ahogan mi voz.

No quiero que se peleen.

Por más problemas que me hayan traído estos chicos, hay alguien mucho peor ahí fuera.

De repente, un tipo de la entrada de la derecha que no se parece en nada a uno que contrataría mi padre me apunta a la cara con su pistola antes de que tenga la oportunidad de sacar la navaja.

Desde las escaleras, Felix salta justo encima de él, le da un codazo en la cabeza y le aplasta el cráneo. Se levanta y se vuelve hacia mí, respirando agitadamente, con todo el cuerpo cubierto de sangre.

—¿Estás bien?

Asiento, pero no sé si es verdad.

Un tipo con un machete carga contra él desde atrás.

Abro los ojos de par en par y, por instinto, me subo encima de Felix y le clavo el cuchillo en las tripas.

El tipo gime y la sangre le brota de la boca antes de sacarla. El tipo cae muerto delante de nosotros.

Los fuertes brazos de Felix me sujetan la cintura y el brazo mientras mira al hombre.

—Eso podría haberme matado.

Me limpio la navaja en los pantalones y me la guardo otra vez en el bolsillo.

—Supongo que ahora ambos nos debemos la vida.

Cuando estoy a punto de irme, me agarra del brazo y me obliga a quedarme quieta. Su mirada es feroz. Y se inclina para susurrar:

—Te protegeré con mi vida.

Me da un beso justo debajo de la oreja.

Estoy demasiado aturdida como para responder.

Sus labios me dejan una marca abrasadora en la piel.

Se marcha sacando más cuchillos del cinturón y sigue con la cacería.

Yo me quedo aturdida, completamente confusa y fascinada por lo mucho que está luchando por mí.

Hasta que veo cómo a Dylan le golpean en la nuca con una pistola mientras tenía la espalda vuelta hacia la entrada lateral.

—¡Dylan! —La voz de Alistair retumba por los pasillos mientras lucha contra otros dos tipos, incapaz de ayudarle.

Salto por encima de un cadáver y corro a su lado, pero se llevan el cuerpo de Dylan a rastras por la entrada lateral.

Y un grupo de tipos con armas pesadas bloquea el paso.

Mierda.

67 Dylan

Al despertar, me duele la cabeza. Pero mis brazos… ¿Qué cojones me pasa en los brazos? Los tengo por encima de la cabeza y me duelen como si alguien tirara de ellos. Cuando abro brevemente los ojos, veo humo y destellos por todas partes.

¿Qué está pasando? ¿No estábamos… peleando?

Abro los ojos de golpe.

El padre de Penelope. Sus secuaces inundaron el edificio.

Levanto la cabeza hacia los dos tipos que me arrastran por la acera hacia el lado derecho de la fraternidad.

—¿Pero qué…? —musito con la voz ronca.

—Sujétalo más fuerte —dice uno de los hombres, y me aprieta las muñecas tan fuerte que siento que me van a arrancar las manos.

Me levantan del suelo, y detrás de mí se abre la puerta de un coche.

Mierda, tengo que salir de aquí, rápido.

—¡Quitadme las manos de encima! —grito, y me revuelvo mientras me suben al asiento trasero. Todavía tengo la cabeza jodida del porrazo que me han dado, y ni siquiera puedo mover bien las piernas. Aun así, pataleo como puedo. Me meten los pies dentro y cierran la puerta, que se bloquea al instante.

Mierda.

—Deja de destrozarme el coche, Dylan.

Mis ojos se abren de par en par al oír esa voz. Me quedo paralizado cuando estoy a punto de darle una patada a la ventanilla y levanto la mirada.

Mi padre está sentado en la parte delantera, junto a su chófer.

Me mira por el retrovisor.

—¿Estás herido?

—¿Qué? —Me quedo boquiabierto—. ¿Qué estás haciendo aquí?

Sus ojos permanecen fijos en los míos.

—Salvarte el culo.

Frunzo el ceño, confundido.

—¿Cómo has…?

—La buena de Crystal me dijo que os vio perseguir a Penelope, así que supe que la traeríais de vuelta aquí y que inevitablemente os convencería con todas esas patrañas.

Espera, ¿qué?

Me agarra el brazo de forma repentina.

—Pero no te preocupes, hijo. Me he encargado de ello.

Mi expresión se transforma en una mueca de asco.

—Espera un momento… Todos esos hombres de ahí fuera…

—Obedecen a su padre —dice—. Sabía que vendrían, así que he venido a sacarte antes de que incendiaran el lugar.

Me siento derecho a pesar de que me duele la cabeza, busco mi teléfono en el bolsillo y pulso un botón.

—¿Cómo sabías que iba a venir? —En sus ojos veo la verdad y se me dilatan las pupilas—. Tú le dijiste dónde encontrarla…

—¿Crees que tenía otra opción? Después de que la atraparais, sabía que os llenaría la cabeza con sinsentidos. Tenía que ponerle freno.

Tenso la mandíbula y me zafo de su agarre.

—¿Así que le hiciste saber a su padre que podía matarnos a todos?

—A ti no —espeta—. A tus putos amigos. Te han arruinado la vida. Y estoy bastante seguro de que seguirán cagándola hasta que todos acaben muertos, incluida ella. —Se retira y sisea con rabia—: Por fin.

La rabia aflora lentamente a la superficie.

Mi padre sabía que me contaría la verdad.

Así que en lugar de reconocer su error, se adelantó y dejó que sus enemigos supieran exactamente dónde estábamos para que se ocuparan de todos sus problemas sin tener que mover un solo dedo.

—Tú… Tú has hecho esto… —musito—. ¿Todo por Eve?

—Qué más da —responde.

—¿Así que no lo niegas?

—Me he encargado de todo. Alégrate —añade.

—¿Que me alegre? —repito, luego me río por por la nariz antes de que mi expresión se torne completamente seria—. ¿Sabías que Eve estaba embarazada?

Se limita a mirarme con severidad.

Rechinando los dientes, espeto:

—¡Contéstame!

—Sí.

Dios mío.

Ahora entiendo cómo debe sentirse Felix todo el tiempo.

Tanta rabia.

—Todo este tiempo has sabido que Eve estaba esperando un bebé, tal vez incluso mío, y no te molestaste en decírmelo.

—Ni siquiera sabía a cuál de tus amigos se había follado, y luego intentó embaucarte con su error de por vida —espeta—. Hice lo que tenía que hacer. Me ocupé de ella. Es lo que hace un padre por su hijo.

Estoy que echo humo. Totalmente desquiciado de la rabia.

—Penelope tenía razón.

—Olvídate de ella, Dylan —dice mi padre, y centra su atención en mí a través del espejo retrovisor—. Esas Ricci son peligrosas. Casi te han arruinado la vida en dos ocasiones. Te he salvado.

—No —digo siseando, con el puño apretado—. ¡Mataste a Eve y a su hijo!

En un arranque de rabia, me abalanzo sobre él y le clavo el cuchillo en el hombro. Si no estuviera tan aturdido por el golpe, le habría apuñalado en el cuello.

Mi padre gruñe de dolor, pero consigue levantar la ventanilla que separa el asiento trasero del delantero para dejarme encerrado. Golpeo el cristal con los puños hasta que la piel se me agrieta y los nudillos se me llenan de sangre.

No pienso rendirme.

No pienso parar.

Ni ahora ni nunca.

No hasta haberlo perseguido hasta el último rincón del mundo.

Felix

Lanzo un cuchillo al tipo que le está pegando a uno de mis novatos y lo tiro al suelo.

—Gracias —murmura el no iniciado.

—Considéralo tu novatada —respondo, y él asiente con una sonrisa de satisfacción antes de seguir peleando con los hombres que se acercan por ambos lados. Es un asalto implacable, y no parece estar coordinado en absoluto. Casi como si alguien, aparte de su padre, también estuviera enviando gente para atacarnos.

Me fijo en Penelope, que está luchando contra unos tipos cerca de la entrada lateral, clavándoles sus cuchillos en la garganta. Bombas de humo llenan la zona, nublando todo, y ella corre, tosiendo los pulmones.

Más hombres se arremolinan en el frente, pero aun así decido correr a ayudar a Penelope, abriéndome paso entre la gente como si fueran de mantequilla.

—¡Pen! —La agarro de la mano y tiro de ella hacia mí.

—Dylan —dice entre jadeos—. No está.

—¿Qué quieres decir con que no está? —pregunto.

—Le han golpeado en la cabeza —dice—. He mirado en todas partes, pero no lo encuentro.

Joder. ¿Acaso se lo han llevado a alguna parte para asesinarlo a sangre fría?

Me vuelvo por un momento para sacar uno de mis cuchillos de la carne de uno de estos cabrones, listo para perseguir a quienquiera que se llevara a Dylan. Porque yo no dejo a ninguno de mis chicos por detrás.

¡CLIC!

Me detengo.

—No te muevas.

Cuando levanto la vista para ver la cara del hombre con gabardina, me está apuntando con su pistola. Apenas desencaja la mandíbula cuando habla.

—Entrégame a mi hija.

Empujo a Penelope detrás de mí, a pesar de que podría apretar el gatillo en cualquier momento. Me niego a moverme. Me da igual quién sea. Nadie apunta a mi chica con un arma.

¡BANG!

Un disparo me atraviesa el hombro y aprieto los dientes de dolor.

—Aparta —gruñe—. La próxima bala te la incrusto en el cerebro.

El instinto me hace abrir la navaja y empujar la punta contra su vientre.

—Venga, hazlo. Rájame si te atreves —me provoca.

Y necesito hasta el último gramo de autocontrol para no hacerlo, porque puedo sentir cómo la bala se mueve en mis músculos. Pero es su padre. Y ya le he hecho bastante daño.

—Después de toda la mierda que le habéis hecho a mis hijas… Tienes huevos, eso tengo que admitirlo —dice el tipo con los dientes, apuntando con el arma más cerca de mi frente—. Pero tu reinado del terror en este puto campus acaba hoy.

De repente, Penelope se lanza desde detrás de mí y agarra la muñeca de su padre.

¡BANG!

El disparo retumba y la bala se incrusta en la pared a mi espalda. La piel me arde por el roce del tiro al pasar por mi mejilla, y me aparto bruscamente del penetrante olor a acero quemado. Una gota de sangre caliente resbala por mi cara, y la recojo con el dedo índice.

—Para —dice Penelope, y su voz hace eco en las paredes.

Su padre la coge inmediatamente del brazo y tira de ella.

—Vamos.

—Espera, papá —dice, y se zafa de su agarre—. Él no es el enemigo.

—Claro que sí —sisea su padre—. Es el responsable de la muerte de mi hija junto con la familia Caruso. —El arma emite otro chasquido, lista para disparar.

Ella lo agarra del brazo y le obliga a bajarla.

—Eve estaba embarazada.

Abre los ojos como platos e inmediatamente vuelve a clavarlos en mí.

—¿De ti?

—No lo sabemos —respondo.

Se le dilatan las fosas nasales.

—¿En plural?

—Es… complicado.

—Eve tenía una relación con Felix, Dylan y Alistair —explica Penelope—. Ellos no la mataron.

—¿Una relación? —repite, con cara de recelo.

—Es la verdad —dice.

—Y aun así nunca pensó en suicidarse antes de conoceros.

Se me tensa el rostro mientras miro fijamente al cañón de su pistola, sin miedo.

—Y asumo toda la responsabilidad.

Penelope le agarra la cara a su padre y lo obliga a mirarla.

—Eve saltó porque el decano la hizo elegir entre abandonar el campus o quedarse con el bebé.

Enrosca el dedo en el gatillo y le tiemblan los labios.

—Ese es el Caruso del que hablaba —dice, sosteniéndole la mirada todavía—. No de Dylan.

—Pero este imbécil…

—No es al que quieres matar —dice.

Él aprieta la mandíbula y mira a su alrededor por un momento antes de bajar la pistola. Con dos dedos en la boca, emite un silbido único e inconfundible, y los disparos y el lanzamiento de cuchillos cesan de repente.

—Retiraos —ordena, y sus hombres dejan de pelear y caminan de vuelta a la entrada principal.

Los chicos de la fraternidad vuelven a ponerse en pie y se sacuden la ropa, pero permanecen alerta y en tensión. No es de extrañar, con estos mafiosos armados hasta los dientes intentando llevarse a Penelope lejos de mí.

Su padre casi me mata para conseguirlo.

Y hubiera muerto si no hubiera sido por su intervención.

¡BANG!

Se oyen disparos desde la entrada lateral y los tres nos agachamos para ponernos a cubierto detrás de una columna.

—¿Más colegas tuyos? —pregunto.

—No, mis hombres obedecen mis órdenes —replica su padre—. Estos van por su cuenta.

—Por ahí es por donde sacaron a Dylan a rastras. —Se aferra a mi camiseta—. ¿Y si trabajan para su padre?

Joder.

—Han intentado matarnos a todos, incluida a ti —respondo, y miro la entrada.

—Entonces, ahora es nuestro enemigo —contesta su padre con voz rasposa, y recarga el arma.

Nos llueven más balas y vuelvo a esconderme.

—Espera un segundo… —Penelope abre mucho los ojos—. ¿Dónde está Alistair?

68 Alistair

Me aferro con todo mi ser mientras el coche derrapa por la carretera. Enrosco los dedos en el capó y me subo con todas mis fuerzas. A pesar del fuerte viento, no me suelto. Nos dirigimos directamente a las verjas y, si no actúo, a saber adónde se llevarán a Dylan.

A través de la ventanilla de atrás, veo a Dylan dando patadas y puñetazos al cristal que se interpone entre él y su padre. Hay sangre por todo el interior del coche y muchos gritos. Ninguno de ellos se ha percatado de mi presencia.

Pero lo harán.

Me deslizo por la parte superior del coche, agarrándome a ambos lados para apoyarme mientras viramos de un lado a otro. Con una mano, agarro con fuerza la ventanilla antes de sacar del bolsillo la pistola que me dio Felix y romper el cristal del conductor.

El tipo chilla a todo pulmón mientras disparo.

¡BANG!

El tipo cae muerto al instante y el coche empieza a girar.

—¿Qué cojones? —grita el padre de Dylan.

Empujo el cuerpo sin vida del chófer contra él, y me siento en el asiento del conductor.

—¡ALISTAIR! —exclama Dylan, eufórico.

—¡Fuera de mi coche! —grita su padre.

—Ni de coña —contesto mientras sigo conduciendo para que no nos estampemos contra la pared.

Intenta intervenir, tirando del volante como si quisiera que nos matemos, y yo consigo esquivar las puertas por los pelos. Un trozo del retrovisor lateral se desprende contra el metal, pero aun así, pasamos.

—¡Por el amor de Dios, suelta…! —gruñe su padre mientras lucha por quitarme el control.

—¡Ali! ¡Pulsa el interruptor! —grita Dylan detrás del cristal y señala a una especie de botón en el salpicadero que pulso de inmediato.

El cristal que nos separa baja e inmediatamente le hace una llave en la cabeza a su padre para ahogarle.

Mientras tanto, sigue intentando hacerse con el volante. Nos salimos de la carretera y nos adentramos en el bosque, atravesando gruesas ramas que agrietan el parabrisas mientras intento esquivar a duras penas los árboles del bosque Priory, que se abre ante nosotros.

—¡Suelta! —le gruñe Dylan.

—J…Joder, quítame las manos de e… encima —gorgotea su padre mientras la cara se le pone roja.

Abre la puerta de un tirón y, sin pensárselo dos veces, se tira del coche en marcha.

Piso el freno tan fuerte como puedo y derrapamos por la hierba hasta llegar a The Edge, el precipicio.

Con la respiración agitada, miro por el retrovisor a Dylan, que está tan sorprendido como yo de que hayamos sobrevivido.

—Has venido a por mí —dice Dylan entre jadeos.

—Claro que sí —respondo—. Donde tú vayas, voy yo.

Una gran sonrisa aflora en sus mejillas, se inclina para agarrarme la cara y me besa en los labios.

—No lo querría de otra manera —dice cuando vuelve a retirarse, mientras se muerde el labio—. Ahora solo necesitaría a Pen para estar en el cielo.

—¿En el cielo? ¿Cuando tu padre casi hace que nos maten? —replico.

Él se encoge de hombros y hace una mueca, asiente lentamente.

—Voy a ignorar esa parte. —Hace un gesto de dolor mientras se agarra la cabeza—. Joder, sí que me han dado fuerte con la pistola.

Me bajo del coche y le abro la puerta de atrás para ayudarle a salir.

—¿Dónde están Pen y Felix?

—En la casa de la Sociedad —respondo.

Dylan se detiene.

—Espera, ¿todavía sigue el ataque?

—Me fui mientras los tipos del padre volaban el lugar —contesto—. Aunque estoy seguro de que Felix se encargará de ello.

Dylan centra la mirada en el cuerpo que se arrastra por la hierba.

—Ya, bueno, su verdadero objetivo está justo aquí.

Penelope

—¡Se lo ha llevado el padre de Dylan! —grito—. Y seguramente Alistair haya ido detrás de él.

—¿Dylan? ¿Dylan Caruso? —dice mi padre.

—Tenemos que ayudarle —digo, y me giro hacia Felix.

Felix asiente, y me agarra de la mano.

—Iremos en mi moto.

—Eh, echa el freno —interviene mi padre, y me agarra del brazo antes de que Felix me lleve con él—. ¿Qué te hace pensar que voy a dejar que te lleves a mi hija contigo?

El rostro de Felix se oscurece cuando me suelta la mano y mira a mi padre. La tensión entre ellos podría partir una puta columna en dos.

—Puedes confiar en mí.

Mi padre resopla y se burla:

—¿Confiar en ti? Le destrozaste la vida a mi otra hija, literalmente, ¿y me estás pidiendo que confíe en ti?

Trago saliva y doy un paso al frente.

—Déjame hacerlo, papá. —Le coloco una mano en el brazo—. Confiaste en mí para que averiguase la verdad, y lo hice. Así que, por favor… confía en que sé lo que hago con Felix.

¿Cómo que confió en ella?, piensa Felix. Entonces el padre de Dylan tenía razón en al menos un detalle: su padre estaba al tanto de las investigaciones en el campus.

A Felix se le dibuja una sonrisa en los labios.

—¿De qué te ríes? —pregunta mi padre.

—Parece que tu hija ha elegido —responde.

Se le dilatan las fosas nasales y vuelve a levantar el arma.

—Cuidado, chico.

Todos los guardias que tenemos detrás están en alerta, listos para empezar a atacar de nuevo a la mínima señal.

—¡Papá! —le advierto, y le agarro el arma para que deje de apuntar a Felix—. Para. Por favor. Si me quieres, déjame que haga esto.

Solo después de unos segundos, es cuando se detiene de verdad.

—No quiero perder a otra hija… —Me mira a los ojos—. Pero valoro tu amor más que nada en este mundo.

Se me llenan los ojos de lágrimas y me lanzo a abrazarle, pillándole desprevenido. Aun así me rodea la cintura con el brazo.

—Yo también te quiero, cariño —dice.

Felix sigue ahí de pie, mirando fijamente a los hombres que siguen esperando en la puerta principal.

—¿Me dejarán pasar sin meterme una bala en la cabeza?

—Tal vez —responde papá—. Lo que no puedo prometerte es que conserves todas tus extremidades.

Le doy un pisotón en el pie y gruñe de dolor.

—Papá.

—Está bien —dice con los dientes apretados cuando quito el pie. Se centra en Felix como si quisiera arrancarle los ojos—. Siempre que mantengas las manos alejadas de mi hija.

Felix levanta las manos como si estuviera comprometido a mantener una tregua.

Y la verdad es que nunca antes lo había visto tan dócil. Normalmente ya habría cortado un dedo o dos.

Mi padre se guarda el arma en el cinturón y hace un gesto con la mano.

—Marchaos.

No me tomo su permiso a la ligera.

—Gracias, papá.

Felix y yo corremos hacia la salida, pasando por el lado de los hombres de mi padre, aunque algunos de ellos todavía hacen muecas cuando le miran a los ojos. Pero no me importa que me juzguen. Ahora mismo, necesitamos detener al padre de Dylan, y quiero mi puta venganza.

En el exterior, Felix se monta en la moto.

—Súbete.

Me tiende un casco y me apresuro a ponérmelo, luego salto sobre el asiento de atrás.

—Agárrate fuerte —dice, luego se baja la visera y acelera.

Me agarro con firmeza a su cintura durante el viaje, derrapamos en las curvas y los neumáticos chirrían sobre el asfalto. Nunca había ido tan rápido, pero no sé si mi corazón se acelera por la velocidad o por lo cerca que estoy de su cuerpo. Siento cada uno de sus músculos contraídos y su respiración entrecortada y, por un segundo, me pregunto si su corazón también se ha acelerado.

Una parte de mí quiere ponerle un cuchillo en la garganta por dejar que mi hermana muriera. Por hacerme daño después de quemar todo el lugar.

Pero no sabían que Eve estaba embarazada. O que el padre de Dylan era el responsable de su sufrimiento.

Y cuando se dieron cuenta de su error… Lo único que quisieron fue arreglar las cosas, a pesar de lo realmente complicado que es.

Suspiro y cierro los ojos, a la espera de que amaine la tormenta dentro de mi corazón, pero es tan implacable como la oscuridad de fuera. No tardamos mucho en llegar a las puertas de la propiedad, que siguen abiertas para permitir la entrada de los bomberos y la policía. Pasamos junto a un nuevo convoy de coches y salimos del campus.

Apenas han pasado un par de minutos desde que asaltaron a Dylan y lo noquearon con una pistola.

No pueden haber ido muy lejos, ¿verdad?

El cuerpo de Felix se aprieta contra mis manos mientras mira a nuestro alrededor, comprobando si hay algún coche por algún lado.

—¡Ahí! —grito y señalo a un coche tirado en el césped justo detrás de unos árboles cerca de donde se celebró la hoguera en verano.

Felix pisa inmediatamente el acelerador y tomamos una curva cerrada, dirigiéndonos directamente hacia el coche. Hay un cuerpo acurrucado en la hierba cerca de él, y dos tipos se levantan arrastrándose del suelo.

Dylan y Alistair.

Dylan

Me alejo de Ali y me pongo en pie a la vez que me abalanzo sobre mi padre, enfurecido. Con un simple movimiento, saco un cuchillo y lo agarro con fuerza mientras me acerco.

—Dylan, ¿estás seguro de que quieres hacer esto? —pregunta Alistair mientras me sigue de cerca.

—Tengo que hacerlo —respondo—. Todas las cosas de las que le ha acusado Penelope… Todo es cierto.

Aspiro una bocanada de aire. El bebé. La ruptura. Eve saltando porque no vio otra salida.

Todo por su culpa.

Agarro el cuchillo tan fuerte que me deja una marca dolorosa en la palma de la mano.

Pero no hay dolor físico que se acerque al que siento en este corazón malherido.

La pérdida, el duelo… La rabia infinita.

Mi padre huye arrastrándose como un cobarde. Como un gusano.

—Pero no se quedó ahí —gruño, alzándome sobre el cuerpo de mi padre—. Literalmente te lanzó a ti, a Felix, a toda la Sociedad, a su peor enemigo, solo para poder librarse fácilmente de todos y escapar de cualquier tipo de culpa.

—¿Qué? —musita Alistair.

Él no sabe lo que escuché en el coche. La verdad despiadada que salió de la boca de mi padre.

—Llamó a Ricci y le contó dónde estábamos para que os mataran y pudiera secuestrarme.

—Espera —balbucea mi padre cuando le coloco el cuchillo en la garganta—. Haría cualquier cosa por ti, Dylan, y lo sabes. Soy tu padre.

—¡Tú ya no eres mi padre, joder! —le grito en la cara—. ¡Casi matas dos veces a las chicas que amaba!

—¿Dylan? —La voz de Penelope llama mi atención, y levanto la mirada.

Sé que me ha oído, pero no me arrepiento de haberlo dicho en voz alta.

Felix la rodea con un brazo para evitar que corra hacia mí.

Está aquí. Está a salvo.

Pero Eve no lo estuvo.

Deberíamos haberla protegido de él.

Me acerco con el cuchillo y me imagino cortándole la garganta. Pero con cada segundo que pasa y cada gota de sudor que me recorre la frente, la idea de hacerlo me resulta cada vez más difícil.

—No eres capaz de hacerlo, ¿verdad?

Me quito de encima de él y lo levanto del suelo para que estemos de frente. Con el cuchillo apuntándole a la cara, me preparo para el ataque.

—Hazlo, entonces —dice—, si tienes tantas ganas de matarme.

Rechino los dientes, pero no importa cuánto lo intente, no soy capaz de apuñalarlo.

¡Joder!

¿Por qué no puedo hacerlo? Se merece cada segundo de dolor.

De repente, Penelope sale corriendo de la nada y lo apuñala en el vientre. Él se encoge y yo retrocedo conmocionado.

—Esto es por llevar a mi hermana hasta el precipicio —gruñe Penelope.

—¡Dylan! —grita Alistair, pero apenas puedo oírlo.

Mi padre se tambalea hacia atrás, mientras lucho por aferrarme al cuchillo con el que estaba decidido a apuñalarle.

—Dylan, ¿qué estás haciendo? —pregunta Penelope, pero apenas puedo oírla. Cuando me agarra del brazo, me quedo con la mirada fija en su agarre y luego busco sus ojos.

¿Qué me está pasando?

De repente, mi padre saca una pistola y apunta a Penelope con ella.

La empujo para apartarla.

—¡No!

¡BANG!

La bala me impacta en el hombro y la fuerza me derriba sobre la hierba.

—¡Dylan! Mira lo que me has hecho hacer. —La pistola de mi padre sigue apuntando a Penelope—. Esta chica tiene que morir.

Cuando me giro para mirarla, Felix ya se ha puesto delante de ella.

—Preferiría morirme a ver cómo la matas delante de mí —dice Felix con voz ronca.

¿Está dispuesto a morir por ella?

Nunca imaginé que su obsesión por ella fuera tan profunda… pero quizá él tampoco. Y tengo la sensación de que ninguno de nosotros supo que se estaba enamorando de ella hasta que fue demasiado tarde para parar.

Por un momento, estoy demasiado aturdido como para moverme, no solo por el dolor, sino también por todas las emociones acumuladas.

Hasta que Ali se interpone entre ella y el cañón.

—No voy a dejar que la mates.

Mi padre rechina los dientes. Con cada segundo que pasa, su mirada se vuelve más loca, como si la simple idea de que la protegiéramos entre todos le resultara inconcebible.

—Esta chica es la responsable de todos vuestros problemas, igual que su maldita hermana, ¿y ahora la protegéis? —gruñe.

De repente, deja de apuntarlos a ellos con el arma… Y me encañona a mí.

—¿Qué estás haciendo? —pregunto, retorciéndome en el suelo.

—Levántate —gruñe.

Hago lo que me dice solo por el cañón de la pistola y la amenaza inminente.

—Ven aquí —dice.

Todos están en tensión, incluido yo.

¿Es capaz de dispararme de verdad? Si se supone que todos los planes, todas las mentiras, eran para protegerme, ¿no?

Mueve el arma de un lado a otro y dice:

—Ven. ¡Ya!

Todo rastro de emoción ha abandonado su rostro, algo que nunca antes había pasado.

Al menos, no estando yo delante.

Pero supongo que ha mantenido oculta esta faceta suya todo este tiempo.

Trago saliva y me acerco a él.

—Dylan, ¡no lo hagas! —dice Penelope.

—No te metas —replico, aterrado de que pueda intentar hacer algo—. Felix, agárrala —le digo.

Él asiente, pero Penelope se resiste, lucha contra el agarre firme de Felix sobre su hombro.

—¡No! Joder, ¡que no me voy a ningún sitio! —grita con los ojos empañados de lágrimas—. No voy a abandonarte.

Me sorprende la sinceridad de su voz.

¿Me perdonará algún día por lo que he hecho?

Mi padre me agarra del brazo ensangrentado, tira de mí hacia él, y me clava el cañón en la cabeza.

—Tú me has llevado a esto. He sacrificado todo por ti, ¿y para qué?

—Lo has hecho por ti mismo —gruño—. Nunca te he pedido nada.

—¡Esa chica iba a arruinarte la vida! —espeta en respuesta, y me hunde más la pistola en la cabeza.

—Así que le arruinaste la suya en su lugar —digo con los dientes apretados.

Casi escupe las palabras:

—¡No tenía otra elección!

—Así que lo admites —dice Penelope con voz rasposa desde el lado, con las lágrimas corriéndole por las mejillas.

Verla llorar me duele más que la herida que tengo en el hombro.

Joder. Ojalá pudiera librarla de este dolor.

—Admites que la mataste —dice Penelope.

Mi padre resopla y deja escapar una risa forzada.

—Yo no la obligué a tirarse por el acantilado. Ella tomó esa decisión.

—¡Pero le dijiste que se fuera y abortara o que se atuviera a las consecuencias! —grita Penelope.

Todo el mundo guarda silencio durante unos segundos, pero el aire crepita como un relámpago.

—Hice lo que tenía que hacer para proteger a mi hijo y…

—Tu reputación —interrumpo—. Porque de eso se trata todo esto, ¿verdad?

Pero, en lugar de responder, se limita a hundir más el cañón en mi sien, confirmando mis sospechas.

—Y luego obligaste a Nathan y a Dylan a acosarme para que yo también me fuera —dice Penelope—. Le prendieron fuego a la casa Alpha Psi porque tú se lo pediste, ¿verdad?

—Nathan es una herramienta —suelta mi padre—. Se supone que tenían que robar el diario y destruir las pruebas, pero ni siquiera fueron capaces de hacer eso bien.

No me extraña que esos tipos no quisieran hablar. Si lo hacían, iban a acabar muertos.

—Esto nunca fue por mí… —murmuro, apretando el puño a pesar del dolor—. Fue por ti y por tu enfermiza necesidad de ser una familia perfecta. —Respiro hondo—. Pero esa familia se ha reducido a cenizas por tu culpa.

Giro sobre mis talones y le doy un puñetazo en la cara, pero él retrocede y choca su frente contra la mía. Le doy otro puñetazo, esta vez en el estómago.

¡BANG!

La pistola se dispara, una bala me atraviesa la cintura.

—¡Dylan! —dice Alistair, intentando acercarse a nosotros.

—¡No os metáis! —grito en respuesta.

—Venga, chico —me provoca mi padre—, te volaré los sesos antes de que llegues a tocarme siquiera.

—Serás hijo de…

Le agarro de la muñeca, obligándole a bajar el arma, pero no me suelta sin forcejear. Luchamos por el control mientras retrocedemos hasta The Edge.

—Ríndete —le digo—. Dámela.

—¿Y dejar que me arruines la vida con tus payasadas? —replica—. Y una mierda.

Me golpea el estómago con tanta fuerza que me retuerzo y casi vomito.

—Mereces pudrirte en la cárcel por el resto de tu vida —siseo, levantando la mirada hacia él.

—Mataré a cada uno de estos hijos de puta a los que llamas amigos antes de dejar que eso ocurra —dice.

Abro los ojos como platos cuando apunta el arma directa hacia Penelope.

No.

No puedo dejar que eso pase.

Me lanzo sobre él con todas mis fuerzas y hago que pierda el equilibrio.

¡BANG!

El arma se dispara y él se tambalea hasta el borde, pero me agarra del tobillo antes de caer y me arrastra con él.

69 Alistair

—¡Dylan!

Sin pensarlo, corro hasta The Edge, ignorando la advertencia de Dylan, ignorando todo lo que sé que me mantendría a salvo.

Apenas se sostiene con una sola mano agarrada a un puñado de raíces de un árbol que hay cerca. Me tiro al suelo y me deslizo hacia él con la mano extendida.

—¡Agárrate de mi mano!

Pero Dylan apenas puede alcanzarme con el brazo, que sigue sangrando a borbotones por la herida que le ha hecho su propio padre. Mientras, el hombre se aferra a su tobillo y tira de él hacia abajo.

Las piedras se resbalan, y más polvo y tierra se precipitan al abismo.

—¡No te sueltes! —grito.

—Me arrastras contigo, ¿me oyes? —gruñe su padre—. Si me dejas caer… —Saca la pistola y apunta a Dylan—. Me lo llevo conmigo.

Trago saliva.

Mierda. ¿Qué hago? No soy ni de lejos tan fuerte como para levantarlos a los dos.

Dylan patalea.

—¡Suéltame!

De repente, Dean Caruso me apunta a mí.

—Deja de moverte o le meto una bala a tu amigo.

¿Ha perdido la cabeza? ¿O siempre ha estado así de loco?

—¡Felix! —lo llamo por encima de mi hombro, pero ya está mucho más cerca de lo que creía y se arrodilla frente a nosotros y agarra la muñeca de Dylan también. Penelope viene corriendo hacia nosotros, también, temblando de miedo cuando se asoma al precipicio.

—Está vivo —dice, sorprendida.

—No por mucho si no nos levantáis a los dos —dice su padre con voz áspera.

—¡Que te mueras, hijo de puta! —Dylan patalea aún más.

—¿Qué? —Penelope jadea y se inclina para mirar por encima de The Edge y ver cómo el padre de Dylan se aferra como un puto parásito.

—Os mataré a todos si no me subís —dice su padre, y esta vez apunta con la pistola a Penelope.

Ella se queda helada cuando ve el cañón apuntándole a la cabeza.

—Ni se te ocurra —le gruñe Felix, sosteniendo a Dylan con firmeza—. Si una sola gota de sangre rueda por su piel, te arrancaré cada uno de los miembros de tu cuerpo.

El decano abre los ojos de par en par y luego los entrecierra en un segundo.

—La mataré delante de ti antes de que tengas siquiera la oportunidad de hacerlo.

Los dedos de Dylan se sueltan lentamente del trozo de piedra al que se aferra. Pero es la mirada de sus ojos lo que más me asusta. La única vez que la he visto fue el día que Eve murió.

Remordimiento y derrota.

Como si estuviera a punto de rendirse.

De entregar su vida… para salvar la de ella.

—No, ni se te ocurra —le digo—. Dylan, ni se te ocurra soltarte, ¿me has oído?

—No puedo dejar que gane —dice.

—Dylan —musita Penelope, llorando a mares—. Por favor, no lo hagas.

—Todo esto es por mí y por mi padre —dice—. Todo este sufrimiento… podría terminar tan fácilmente.

—¡Dylan! —grita y aprieta el puño—. No te lo perdonaré, joder.

Se le dilatan las pupilas y se le tensa la mandíbula en respuesta.

Todos miramos a Penelope.

—Si te mueres ahora, nunca, jamás, te perdonaré.

—Pen…

—¡No! ¿Querías que te perdonara? —Traga saliva frente al arma cargada—. Entonces, gánatelo.

Dylan traga saliva y, de golpe, recupera la determinación. Se aferra con más fuerza a las rocas que se desmoronan, luchando por seguir con vida.

En un abrir y cerrar de ojos, abre la cremallera del bolsillo… y desde él se desliza Nessie.

Felix frunce el ceño.

—¿Nessie?

Se arrastra por la pierna de Dylan hasta su padre, que empieza a entrar en pánico.

—No, no, aléjate —dice con voz nerviosa—. ¡Aléjate de mí!

Intenta disparar, pero falla.

Nessie se desliza por su mano y su brazo, con la cola enroscada en la pierna de Dylan, decidida a no soltarse.

—¡Vete! —grita el decano, retorciéndose para intentar que se caiga, pero, cuanto más se mueve, más pierde el agarre del tobillo de Dylan.

Y todos contemplamos atónitos cómo Nessie abre sus fauces y le muerde en plena cara.

—¡Argg! —grita, y se da golpes en la cara con la pistola, que cae al vacío.

Pero Nessie no tarda en atacarle de nuevo, esta vez en el ojo.

—¡AHHH! —grita y, en medio del pánico, se le suelta la mano—. ¡No, no, no!

Demasiado tarde.

Lo último que oímos son sus gritos agónicos mientras se precipita hacia su fin.

Y nos quedamos ahí, sin poder apartar la vista.

Penelope

¿A qué están esperando? No hay tiempo que perder.

Doblo las rodillas y le tiendo una mano a Dylan.

—¡Agárrame la mano!

Felix y Ali vuelven a la acción, le tiran de la muñeca mientras Dylan finalmente me coge la mano con el brazo ensangrentado. Lo agarramos y lo traemos de vuelta al suelo, lejos del borde de la muerte. Respiro aliviada cuando aterriza sobre mí, gimiendo de dolor.

—Hijo de puta… —farfulla Felix—. No vuelvas a hacer esa mierda.

Dylan se ríe, pero vuelve a gruñir de dolor; rueda hacia la hierba para quitarse de encima de mí y recuperar el aliento.

—Dios, cómo me gustaría echarme un cigarro ahora mismo.

Ali se gira y le da uno que se saca del bolsillo.

—Vaya, qué rapidez —dice Dylan.

—Lo llevo siempre para matar el gusanillo —musita.

Dylan bufa y se lo lleva a la boca.

—Nunca mejor dicho. —Lo enciende, a pesar de que la lluvia casi apaga la llama, pero no le importa, da una larga calada y expulsa el humo.

—Toma —dice, y se lo pasa a Ali, que también le da una calada.

—Gracias —dice Ali después de otra más, y se lo da a Felix—. Cógelo.

Felix no se queja y le da una calada también.

—Joder, vaya noche.

—¿Y tú qué, Pen? —pregunta Ali—. ¿Quieres probar?

Pero lo único que puedo hacer es mirarlos fumando ahí, sobre la hierba húmeda, empapados y cubiertos de sangre y vísceras de sus enemigos, completamente ajenos a la magnitud de sus actos.

Una extraña carcajada escapa de mi boca por lo absurdo que es todo, pero poco a poco se convierte en un llanto incontenible. Todas las emociones se desbordan como un grifo que han dejado abierto. Como si todo lo que llevaba encerrado en el corazón por fin hubiera encontrado una forma de salir y desvanecerse.

Por fin se ha hecho justicia para mi hermana.

—¿Estás llorando? —pregunta Ali.

Dylan se acerca a rastras, a pesar del dolor, y dice:

—No, no, no llores.

—Ay, mierda —gruñe Felix, y aplasta la colilla contra la hierba.

—Casi mueres —digo.

—Estoy vivo —dice Dylan, y se gira de lado para limpiarme las lágrimas de las mejillas con el pulgar—. Gracias a ti.

—Oye, que nosotros también tenemos un poco de mérito —protesta Ali.

—Estoy vivo gracias a todos vosotros, por supuesto —dice Dylan con una sonrisa.

Felix le da una palmadita en el hombro bueno.

—Pensaste en rendirte de verdad. Que te jodan.

—Conociéndote, habrías bajado al mismo infierno a por mí—bromea Dylan.

—Puedes apostar que sí —responde Felix.

—Bueno, suerte que no nos ha hecho falta —dice Ali, y agarra a la serpiente enroscada en la pierna de Dylan—. Gracias a la pequeña Nessie.

La coge y la acaricia mientras Dylan se sienta lentamente en la hierba.

La lluvia nos salpica, y Dylan levanta la cara al cielo. A pesar del frío, a pesar de las heridas del hombro y la cintura, a pesar de que acaba de perder a su padre, sigue teniendo una sonrisa en la cara.

—Lo siento —digo.

—¿Por qué? —pregunta.

—Aunque era un desgraciado, seguía siendo tu padre —digo.

Traga saliva y cierra los ojos mientras la lluvia cae sobre él.

—Pensaba que estaría enfadado. Dolido. Resentido. —Hace una pausa—. Pero lo único que siento es paz.

Felix y Alistair lo miran, y Ali le agarra de la mano.

—Tuviste que tomar una decisión difícil.

—No me arrepiento —dice Dylan—. Ni por un segundo. —Luego gira la cabeza para mirarme a mí—. Porque os hizo daño a ti y a Eve. Nunca se lo perdonaré. —Se lame una gota de agua que tiene sobre el labio—. Y en lugar de pudrirse en la cárcel… que se pudra en el infierno.

De repente, paran un montón de coches y salen varios hombres de mi padre armados como si estuvieran a punto de ir a la guerra. Pero nosotros estamos aquí sentados en la hierba intentando recuperar el aliento, y el contraste es enorme.

—¿Dónde está? —pregunta mi padre en cuanto sale del coche.

Dylan hace una mueca y señala hacia The Edge.

—Cayó como una albóndiga. Creo que encontrarás sus tripas esparcidas por el suelo ahí abajo. Espaguetis con sorpresa.

Mi padre tuerce el gesto y frunce el ceño, confundido.

—¿Cómo?

—Saltó —dice Felix.

—¿Cómo saltó? —A mi padre se le ensombrece el rostro—. Lo dudo mucho. ¿Lo habéis matado?

—No —intervengo—. Nos amenazó con matarnos a nosotros.

—Así que lo tirasteis por la borda.

—Me arrastró con él —dice Dylan, mientras acaricia la serpiente—. Y Nessie se encargó de él.

—Nessie… —repite mi padre como si todo formara parte de una broma terrible, pero no lo es—. ¿La serpiente?

Dylan esboza una sonrisa de satisfacción.

—La verdadera heroína aquí es Nessie.

Mi padre resopla y sacude la cabeza.

—No me lo puedo creer…

—Pues es la verdad —digo, y no estoy segura de que vaya a creerme.

—Nos encargamos de la amenaza. Nadie te ha pedido que vinieras al rescate de Pen —dice Felix.

Mi padre agarra más fuerte la pistola.

—Mide tus palabras, o te meto una bala entre esos dientes tan brillantes que tienes.

—Felix, papá —interrumpo mientras me levanto del suelo. Le bloqueo la vista con mi cuerpo—. Ya se ha derramado demasiada sangre esta noche.

Mi padre se limita a mirarme, como si se estuviera planteando si matar también a estos chicos a mis espaldas, por si acaso. Pero no se lo voy a permitir.

Puede que se lo merezcan, pero yo no podría vivir sabiendo que ya no están.

Simplemente no podría.

Respiro hondo y les echo un vistazo por encima del hombro. Estos chicos que me han protegido con sus vidas, que quisieron recibir una bala por mí, que han matado al único responsable del sufrimiento de mi hermana, aun sabiendo que les costaría todo.

Todo porque les importaba tanto mi hermana que querían encontrar al que le hizo daño con la misma desesperación con la que yo necesitaba saber quién fue.

Una vez pensé que eran acosadores. Chicos malos. Villanos.

Pero en realidad son héroes.

Antihéroes.

Y se merecen mucho más que todas las desgracias que les tocaron.

—Eres consciente de que la muerte de Caruso no va a salir gratis —dice mi padre—. Va a suponer…

—Un gran cambio dentro de la organización —musito—. Lo sé.

Me lanza una mirada de reproche por haberlo dicho en voz alta.

—Sabes que nosotros no…

—No usamos ese nombre —termino por él—. También lo sé.

Ahora suspira. Fuerte.

—Pero ahora sabemos la verdad —digo—. Que es exactamente lo que te dije que haría cuando vine aquí. —Una leve sonrisa se dibuja en mis labios—. ¿No estás orgulloso de mí, papá?

Su expresión se suaviza y baja el arma, luego abre los brazos.

—Ven aquí.

Corro a su abrazo, y me fundo en la seguridad de su calor y su amor.

Algo que nunca más volveré a dar por sentado, jamás.

—Has vengado a tu hermana. Te has encargado del responsable.

—E incluso le ha prendido fuego a la universidad —añade Dylan con una sonrisa, como si estuviera orgulloso de mí o algo, y me hace reír.

Mi padre centra su mirada en mí y dice:

—Estoy orgulloso de ti.

—Gracias, papá —digo, y lo abrazo fuerte.

—Vámonos a casa —dice, e intenta arrastrarme con él.

—Todavía no —digo—. Tenemos que asegurarnos de que los atienden primero. —Miro a los chicos, que están todos ensangrentados después de la gran pelea de la Skull & Serpent, especialmente Dylan.

—De acuerdo. —Mi padre chasquea los dedos, y algunos de sus hombres avanzan con un maletín de primeros auxilios. Se ponen a curarles las heridas de inmediato, encargándose primero de Dylan, ya que es el más perjudicado.

—No me toques —espeta Felix y le quita la cinta y la gasa de las manos a uno de ellos. Sin embargo, le está costando ponérsela sobre el corte. Sonriendo, me acerco a él y me arrodillo para ayudarle.

Le quito la gasa de las manos y me mira con recelo mientras se la pongo alrededor de la herida. Pero no intenta detenerme.

Sé que el tipo de dolor por el que ha pasado haría que cualquiera se sintiera aprensivo al contacto. Así que poder hacer esto por él, que me deje ayudarle, es todo un cumplido.

Entreabre los labios:

—No tienes que…

—Cállate.

Ladea la cabeza y me lanza la misma mirada atrevida a la que me he acostumbrado tanto que me hace sentir mariposas en el estómago.

—Después de todo lo que me has visto hacer… ¿Sigues pensando que es sensato provocarme?

—Sí —replico mientras le coloco el vendaje—. Porque si no lo hiciera, no habría sido la chica por la que darías la vida.

Sus ojos hundidos brillan con una obsesión tan intensa que me obliga a detenerme y mirar la profundidad de su alma, un abismo en el que podría caer sin llegar jamás al fondo.

Levanta la mano para acariciarme la mejilla.

—Habría recibido esa bala por ti.

Me tiemblan los labios cuando los roza con el pulgar.

—Me alegra que no tuvieras que hacerlo.

En su rostro se dibuja una pequeña, aunque visible, sonrisa.

Alguien se aclara la garganta.

—¿Habéis terminado? Me estáis dando arcadas.

Todos miramos en la misma dirección. Lana acaba de bajar de un salto de su moto, con el casco todavía en las manos. Estaba tan preocupada que ni siquiera la he oído llegar.

—¿Qué ha pasado? —pregunta.

—El decano está muerto —dice Dylan—. Ha… saltado.

—¿Saltado? —Entorna los ojos—. ¿Por qué me resulta difícil de creer?

Dylan desvía la mirada. Es evidente que le cuesta mucho hablar de ello.

—No importa —digo—. La cosa es que es el culpable de la muerte de mi hermana y de que la casa Alpha Psi haya quedado reducida a cenizas.

—Hala —dice con una mueca—. ¿Y luego atacó la Skull & Serpent Society?

Asiento.

—Él y… bueno, los hombres de mi padre. —Los señalo a ellos y a mi padre, y todos la saludan como si fuera lo más normal.

—Hola —dice con una sonrisa, y luego mira a un chico que no se puede mantener de pie—. Yo soy la chica que te ha disparado en el pie.

Supongo que es una forma de romper el hielo después de una pelea como esta.

—No empecemos otra guerra —digo.

—Ya se han encargado de la amenaza —dice mi padre—. Mis hombres solo están aquí para protegerme a mí y a ti.

Me mira y luego lanza una mirada severa a Lana, como si quisiera decirle que no intente nada, y eso me hace resoplar.

—No quiero chafaros este espectáculo macabro —dice Lana,

—Me sorprende que hayas escapado sin un rasguño —dice Felix.

—Sé disparar —dice, enarcando una ceja—. No como tú.

—Ooooh. —Dylan hace una mueca de dolor—. Duro.

Alistair le pone la mano en la boca.

—No lo hagas, a menos que quieras ser la próxima víctima de Felix.

Felix se levanta con los puños apretados.

—Dame una buena razón para no tirarte por ese puto barranco y que puedas unirte al decano.

Ella se acerca, sonriendo.

—¿Porque soy tu hermana? —Le da unas palmaditas en el hombro—. Estoy orgullosa de ti, hermano.

Felix vuelve a destensar los puños y le pone los ojos en blanco.

—A ver, me encantaría seguir charlando sobre el decano muerto y todo eso, pero tengo malas noticias para todos —dice mientras se cruza de brazos—. Papá está en el campus.

—¿Papá? —pregunto—. ¿El tuyo, dices?

Asiente y la expresión de Felix se agria.

—Mierda.

Ayudo a Dylan a levantarse del suelo y lo sostengo junto a Ali mientras caminamos.

—Exacto —dice—. Así que vámonos antes de que nos meta una bala en la cabeza él mismo.

—¿No tienes que ir al hospital antes? —le pregunto a Dylan.

Él tose.

—Nah, estaré bien. Puedo soportar un poco de dolor. Además, la universidad tiene una clínica excelente.

—Dudo que hayan tratado apuñalamientos y heridas de bala —replico.

Se le dibuja una sonrisa en la cara.

—¿Qué te apuestas?

Pero mientras le ayudo a caminar lejos del acantilado, Lana dice:

—Oye, Pen.

Me detengo y giro la cabeza.

—Dime.

—Gracias por proteger a mi hermano antes en la Skull & Serpent Society. —Y sonríe—. No eres ni la mitad de mala para él de lo que pensaba.

—¿Eso es un cumplido?

Se encoge de hombros.

—Puede.

—Gracias —respondo, y cuando sonríe, yo lo hago también.

—¿Estáis haciendo migas gracias a un asesinato? —musita Dylan—. Ay, qué monas.

Ella pone los ojos en blanco.

—Cállate antes de que te dispare a ti también.

70 Felix

Volvemos a los terrenos del campus. Dylan y yo en mi moto, Ali junto con Lana en la suya, mientras Penelope vuelve en coche con su padre. No creo que confiara lo suficiente en mí como para dejarme llevarla de vuelta a salvo, pero como sé que él la cuidará, no le llevo la contraria.

Ya he sufrido suficiente por hoy.

Por ahora, solo quiero descansar y ver cuánto daño ha sufrido la casa de la Skull & Serpent Society. Vamos a tener que hacer una limpieza a fondo para la que necesitaremos a todos nuestros hombres.

El dinero no será un problema, teniendo en cuenta de quién es el campus. La junta sigue en pie, a pesar de que uno de sus miembros haya saltado hacia su muerte. Los demás probablemente querrán poner fin a esto lo antes posible para reanudar la actividad como de costumbre, y no cabe duda de que lo utilizaré a mi favor.

Me pregunto a cuántos de los miembros de la junta ha traído mi padre… y si podré convencerles de nuestra inocencia antes de que decidan echarnos para siempre.

Cuando entramos en el campus, el fuego parece haberse extinguido ya. Todavía hay bastantes bomberos en el recinto evaluando los daños, pero la amenaza inmediata parece haberse disipado y el edificio sigue intacto, aunque muy quemado.

Nos detenemos todos cerca del gran edificio que incendió Penelope, apago el motor y espero a que Dylan se baje antes de hacerlo yo también. Lana y Ali también se detienen delante del edificio, que sigue vigilado por varios agentes, incluido el padre de Ali. Probablemente siguen buscando al culpable, y todos nos miramos cuando el coche de Ricci se detiene. Penelope sale y pone cara de incomodidad.

—¿Qué?

—Nada —dicen Ali y Dylan a la vez.

Lana me lanza su casco.

—Deja de comértela con los ojos.

—¡¿Qué dices?! —contesto.

—Y deja esa lengua quietecita —dice antes de pasar junto a los policías, agitando el carné de estudiante con su nombre.

Un nombre que impone.

El padre de Penelope y sus hombres la siguen mientras todos entramos, pero en cuanto él intenta pasar, los guardias lo detienen.

—Tú no.

Sus hombres se llevan la mano al bolsillo.

Mierda, no.

—¿Qué estáis haciendo?

—No podemos liarnos a tiros aquí, en mitad del campus, delante de todos los demás estudiantes —dice Dylan.

—Si yo no puedo entrar, mi hija tampoco —gruñe su padre.

Sale de nuevo y le pone la mano en el pecho.

—Estaré bien, papá. Por favor.

—Estoy preocupado por ti —dice mirando a los policías—. Y estos hombres no están aquí para protegerte a ti, eso está claro.

—En realidad, son los hombres de mi padre —dice Ali.

—Los chicos me protegerán —dice, acariciándole la cara antes de lanzarme una mirada por encima del hombro.

Cuando su padre me clava una mirada severa, asiento.

—La protegeré con mi vida. Te doy mi palabra.

—La palabra de un criminal significa bien poco para mí… —dice con los dientes apretados. Sin embargo, mueve los dedos y sus hombres se retiran de nuevo—. Pero no me opondré. Por ella.

—Gracias, papá —dice, y le da un beso dulce en la mejilla antes de seguirnos dentro del edificio que intentó quemar.

Toda la planta baja está cubierta de hollín. Trozos de papel pintado y de pintura enroscados y colgando sueltos. Cuadros destrozados. Las alfombras han desaparecido. Incluso una parte de la escalera está chamuscada.

—Madre mía… qué bien lo has hecho —se jacta Dylan.

Ali le mete un codazo en la cintura de inmediato, lo que le hace gemir.

—El examen, digo —añade Dylan con una tos.

—Gracias —responde Penelope con una sonrisa.

—Se presentó e hizo justicia —musito.

—Con las notas —añade Dylan.

—¿Con qué si no? —respondo, levantando una ceja con descaro.

Pasa una alumna conmocionada mirándonos fijamente y nos quedamos callados hasta que vuelve a irse.

Mejor no decir en voz alta que somos los responsables de todo este lío.

Alistair y yo agarramos a Dylan, pero él se aparta de nosotros enseguida.

—Puedo andar solo, gracias.

—¿Estás seguro? —pregunta Ali.

—Estoy bien —responde, todavía sangrando por la venda que le colocaron de prisa—. No os preocupéis por mí.

Entrecierro los ojos.

—Ya, te vas a la enfermería ahora.

—Me muero de ganas —dice.

Empujo mi hombro por debajo del suyo y lo obligo a caminar en la dirección.

—No voy a perder a otro puto amigo.

—Casi parece como si te importara —musita Dylan.

Pero él sabe tan bien como yo que moriríamos los unos por los otros.

—Bueno, ya está bien de cháchara —digo, y lo arrastro por los pasillos hasta la clínica.

En cuanto entramos, la enfermera casi se queda de piedra.

—Por Dios… ¿Qué te ha pasado?

Prepara rápidamente las camas y colocamos a Dylan en una de ellas antes de sentarnos en las otras.

—Me he metido en una pelea —respondo—. ¿Puedes ocuparte de él primero?

Dylan gime de dolor cuando le agarra del brazo y le quita el vendaje, luego le echa un poco de alcohol en la herida. Se le contrae el rostro de dolor.

—Ay, querido… Esto necesita operación.

—¡¿Operación?! —jadea Dylan—. Joder.

—¿Qué? ¿Te dan miedo los bisturís? —se burla Penelope.

—¡La anestesia! —responde.

Ali resopla.

—Resulta que acaba confesando todos los errores pasados y empieza a hablar sobre el amor verdadero al despertarse.

Dylan se cubre la cara.

—No tendría que haberte llevado a aquella cita en el dentista, en serio.

—Oh, la disfruté muchísimo —musita Ali.

—Ahórrese las sutilezas —digo—, ¿cómo lo ve, enfermera?

La enfermera sonríe.

—Lo de la operación era una broma. —Guiña un ojo—. Puedo sacar la bala y coserle. Sin problema.

Dylan entorna los ojos y le lanza una mirada molesta, lo que nos hace reír a todos.

—¿Qué hay de la otra herida de bala? —pregunta Penelope.

—¡¿Otra?! —dice la mujer casi chillando.

La mando a callar.

—No se tiene que enterar todo el campus.

La enfermera pone los ojos en blanco y dice:

—¿Dónde? Enséñamela.

Dylan se levanta la camiseta. La herida todavía supura sangre y está cubierta de tierra.

—Ostras —dice la enfermera, e inmediatamente coge su equipo y se sienta frente a él—. Túmbate.

Él obedece e inmediatamente le sube la camiseta, luego inspecciona la herida.

—Esto va a doler.

Cuando le echa alcohol, él sisea:

—J… Joder.

—Te lo he dicho —dice la enfermera.

—Por Dios —musita Penelope.

—Ya te he dicho que está acostumbrada a estas mierdas —replica Dylan.

—Nada de hablar —espeta la enfermera, le clava unas agujas en la cintura y el hombro y luego se pone a trabajar en él, escarbando como si intentara encontrar alguna baratija. Por fin aparecen las balas y ella las deja caer en un cuenco.

—Ahí está. Ahora a coserlo.

Vuelve a coger su equipo de sutura, termina el trabajo y lo limpia.

—Gracias —musita Dylan, y vuelve a incorporarse.

—De nada. Supongo que no vas a contarme quién te lo ha hecho, ¿verdad? —pregunta.

—Lo siento, es confidencial —responde Dylan.

Ella vuelve a poner los ojos en blanco.

—Siempre estáis con las mismas chorradas.

Lana resopla, pero disimula la risa escondiéndose tras la mano.

La enfermera empieza a curar las heridas de Ali, que no son más que arañazos y cortes leves, fáciles de limpiar con alcohol. Me extrae con facilidad la bala que tengo alojada en el hombro y sutura la herida. Otra me rozó la mejilla, y para eso basta con un poco de pegamento después de limpiarla, pero aparte de eso estoy bien.

Me quito la chaqueta, cubierta de sangre y empapada por la lluvia, y la tiro a la papelera. Ya me compraré otra nueva.

Ali hace lo mismo con su sudadera, y se deshace de todo hasta que ambos nos quedamos solo con camisetas blancas.

—¿Qué hay de ti? —le pregunta la enfermera a Lana—. ¿Estás bien? ¿Tienes alguna herida?

Ella se echa el pelo hacia atrás.

—Ni un rasguño. Nadie me toca sin mi permiso. —Lana me mira a mí y a la tirita que tengo en la mejilla.

Dylan estalla en carcajadas cuando me ve la cara.

—Dios, solo por esto ya merece la pena.

—Cállate —le gruño.

—Vale, entonces ya he terminado —dice la enfermera.

—Gracias por ocuparte de ellos —dice Penelope—. ¿Están ya listos o necesitarán más curas?

—Cámbiale la venda cada día —dice señalando a Dylan—. Vigílale la herida. Si se le infecta, id a un hospital.

—Vale —contesta Penelope mientras ella y Ali ayudan a Dylan a levantarse.

—Ya me encuentro mucho mejor —dice Dylan mientras se aleja de ellos de un empujón—. Puedo andar.

—¿Estás seguro? Seguramente tengamos que subir todas las malditas escaleras —digo.

Él se encoge de hombros e inmediatamente hace una mueca de dolor.

—El dolor es de cobardes.

Ali resopla y sacude la cabeza.

—Típico.

Un agente de policía se aclara la garganta cerca de la puerta.

—¿Habéis terminado?

Es el padre de Ali.

Asentimos y lo seguimos fuera.

—Tu padre está arriba —nos dice mientras nos guía escaleras arriba, pasando por la parte que se quemó. Seguimos subiendo más escaleras hasta que por fin llegamos al piso más alto. En el que estaba el despacho del decano.

—¿Está en el antiguo despacho del decano? —pregunta Ali con el ceño fruncido.

—Típico —dice Lana—. Tomar el control. Marcar territorio.

Dylan tose como un loco.

—Ahí dentro —dice el señor King señalando la tercera habitación del tercer piso.

—Vale —digo, suspirando cuando todos me miran—. Voy delante.

Abro la puerta y el policía se sitúa fuera, vigilando mientras entramos.

Mi padre está de pie detrás del escritorio, mirando hacia abajo por la ventana como si estuviese contemplando su nueva y rica visión del mundo.

—Habéis tardado bastante —dice, y nos mira por encima del hombro, la expresión severa de su rostro me hace sudar.

Parece que no le impresionan lo más mínimo que tengamos la cara empapada y manchada de sangre.

Cómo no.

—Sentaos —espeta—. Todos vosotros.

La puerta se cierra tras nosotros y nos sentamos en las sillas del fondo.

—Vaya circo habéis montado… —musita.

—Señor, puedo explicárselo —dice Dylan.

—Y tanto que lo harás —dice mi padre mientras se da la vuelta—. Porque desde el momento en que dejé esta universidad en manos de Caruso, ha quedado reducida a cenizas.

—Eso es culpa mía —dice Penelope.

—Vaya —dice Lana—. ¿Lo vas a admitir, en serio?

Abro mucho los ojos.

—¿Qué estás haciendo? —siseo.

—Quería sacar a Caruso de su escondite —añade ella, ignorándome.

—¿Sacarlo? —gruñe mi padre.

—Era el responsable de la muerte de mi hermana —dice—. Eve Ricci.

—Esto se pone interesante… —musita lana, y se cruza de piernas.

—Lana —le advierte mi padre, y centra la mirada en Penelope—. Ricci… Ese no es el apellido que me dijiste.

Penelope traga saliva.

—Lo sé.

—Yo tampoco se lo habría dicho a nadie sabiendo cómo son nuestras familias —dice Dylan—. No la culpo por dar un nombre falso.

—¿La defiendes? —pregunta mi padre—. ¿Después de quemar la universidad entera?

—Bueno, no está quemada del todo —dice Dylan, y se encoge de hombros—. Solo la planta baja.

Mi padre se quita las gafas y se frota la nariz y los ojos.

—Esa elección de palabras no te va a servir de nada.

—Caruso la tenía amenazada —digo, cruzándome de brazos.

—Lo único que escucho son acusaciones sin pruebas. ¿Dónde está?

—Muerto —responde Ali con una sonrisa extraña incluida—. En la zanja de debajo de The Edge.

Mi padre se pone blanco como la pared mientras deja caer la mano.

—¿Qué demonios ha pasado?

—Intentó matarnos a todos —digo—. Fue en defensa propia.

Entrecierra los ojos cuando se centra en mí.

—¿Me estás diciendo que lo habéis matado?

Dylan se encoge de hombros.

—Bueno, técnicamente, lo hizo Nessie, pero…

—¿Nessie? —interrumpe mi padre.

—Nuestra serpiente —respondo.

Lana resopla.

—Esto es ridículo.

—Es la verdad —replica Ali.

—¿Dónde están las pruebas? —pregunta mi padre—. A menos que podáis dar una prueba sustancial voy a tener que dejar que el oficial King os arreste a todos.

—¡¿Cómo?! —jadea Lana—. Pero si yo no he hecho nada, ¡ni siquiera estaba allí!

Dylan se saca rápidamente el teléfono del bolsillo, pulsa algo y sube el volumen.

—Grabé todo lo que dijo mi padre.

Cuando reproduce el clip, la voz despreciable de su padre desgrana cada parte de sus planes diabólicos. Una conversación entre él y Dylan después de que intentara llevárselo en el coche. Pero Dylan es un chico listo. Sabía que no debía confiar en su padre.

En el momento en que acaba la grabación, respiro aliviado. Joder, aunque me alegro de que Dylan se asegurara de grabar esa conversación, no me gusta escuchar la voz de ese gilipollas.

—Ahí tienes tu prueba —dice Dylan, y le pasa el móvil.

Mi padre lo coge y vuelve a reproducir el clip.

—Bueno, supongo que no eres tan tonto como pareces —musita Lana.

—Hala —responde Dylan—. Seguro que estás picada porque Felix no te deja montarte en esta. —Hace gestos lascivos señalándose la polla.

Lo que me pone muy muy difícil no golpearle en la cara y las pelotas.

Dios sabe lo mucho que le gusta poner a prueba nuestra amistad.

—Déjatela en los pantalones —gruño en respuesta.

Lana se ríe.

—No, gracias, no me quedo con la basura de otros.

—Vaya —dice Alistair—. Bueno, supongo que la basura de unos es el tesoro de otros. —Y le guiña un ojo a Dylan.

—Ya está bien, Lana —le gruñe mi padre, y ella inmediatamente cierra el pico y desvía la mirada, no sin antes poner los ojos en blanco, lo que me pone de muy mala leche.

Mi padre deja escapar un suspiro y se gira hacia la ventana para contemplar la escena de fuera.

—Entonces… Resulta que Caruso no era más que un criminal de poca monta. —Suspira de nuevo—. No puedo decir que me sorprenda. De todos los miembros de la junta, siempre fue el más… difícil de tratar. —Se da la vuelta de nuevo—. Su muerte ha sido… desafortunada. Pero inevitable, al parecer.

—¿Va a arrestarnos? —pregunta Dylan.

—¿Por la muerte de tu padre? —replica mi padre, y Dylan traga saliva—. No.

Casi se oye un suspiro colectivo de alivio.

—Teniendo en cuenta sus actos, se tratará este asunto en privado.

—Vamos, que lo vas a barrer debajo de la alfombra —dice Lana.

—Sin embargo, os haré a todos responsables del increíble desastre que hay en la casa de la Skull & Serpent Society.

—Jo… —se queja Dylan.

—¿Y qué hay de la universidad? —pregunta Ali.

—Va a hacer falta una reforma integral —explica mi padre—. Y no precisamente barata.

—Tranquilo. Seguro que encontramos la manera de arreglarlo —responde Penelope, cruzando los brazos.

—No lo dudo, señorita Ricci —dice con una sonrisa—. Conozco a su padre. Seguro que estará encantado de pagar la factura con tal de mantener… el orden.

El orden. En otras palabras: para evitar que estalle una guerra masiva entre las familias de la mafia.

—¿Qué hay de nosotros? ¿Estamos expulsados? —pregunto sin rodeos.

Mi padre se aclara la garganta.

—No.

En la habitación, todos suspiramos de alivio.

—¿Y quién se va a poner al mando ahora que Caruso está muerto? —pregunta Lana despreocupadamente.

—Yo lo haré —responde mi padre, y ella casi se cae de la silla.

—¡¿Cómo?!

—No te hagas la sorprendida —responde—. Ya es hora de que alguien empiece a gestionar este lugar como es debido. —Nos mira a todos—. Dad gracias de que os permita quedaros para arreglar el desastre que habéis montado.

—¿Ella podrá quedarse también? —pregunta Ali mirando a Pen.

Alguien llama a la puerta y mi padre desvía la mirada.

—Adelante.

Dos imbéciles, uno con una cicatriz espantosa cubriéndole el ojo y otro al que le falta un dedo, entran.

Así que hago lo único que se me ocurre y saco mi navaja, dispuesto a arrancarles los dedos y el ojo que les quedan.

71 Felix

—Qué cojones… —musita Penelope, los ojos se le abren de par en par en el momento en que ve a Kai y a Nathan en la puerta.

—Más os vale salir cagando leches de aquí antes de que os arranque otro dedo y el otro ojo —les gruño.

No pensé que tendrían pelotas para presentarse aquí, pero parece que tienen ganas de perderlas también.

Nathan saca su navaja.

—¿Qué coño estáis haciendo aquí?

—Podría decir lo mismo de vosotros —dice Dylan y se saca su cuchillo.

—Hijo de puta —gruñe Kai, y se centra en Dylan—. Tú eres el cabrón que me hizo perder un ojo.

—Intentaste llevarte a mi chica. Ojo por ojo —replica Dylan.

—Guardad esas armas —dice mi padre.

—Y una mierda, ¿es que no sabes quiénes son estos gilipollas? —gruño—. ¡Amenazaron a Penelope!

—Prendieron fuego a la casa Alpha Psi —dice Penelope.

—Por no hablar de que Kai y su coleguita intentaron abusar de ella —añade Dylan.

—¡Oye! —gruñe Kai—. Que eso no fui yo.

—Tú ayudaste a tu amiguito Josh —replica Ali.

—Lo quemasteis vivo, joder —rebate Kai.

—Chicos… —trata de intervenir mi padre, pero todos tenemos las navajas fuera, listos para empezar otra pelea. Hasta que escucho el chasquido de una pistola detrás de mí—. Bajad las armas. Ahora.

Miro por encima de mi hombro y veo el cañón de una pistola apuntándonos.

—O juro por Dios que aprieto el puñetero gatillo.

—¿Qué? —Dylan bufa—. Es tu hijo, no le dispararías.

Sonrío de medio lado.

—Oh, ya te digo que sí.

Kai parece perplejo.

—¿Qué?

Mi padre quita el seguro.

—Maté a mi propia esposa.

Los ojos de Kai y Nathan se abren de par en par y, sin prisa pero sin pausa, bajan sus cuchillos, así que yo también lo hago. Sigo queriendo sacarles las tripas, por supuesto, pero no merece la pena perder la vida. Y sé que mi padre nos metería una bala a todos con tal de dejar clara su postura.

—Bien. —Mi padre vuelve a activar el seguro y baja la pistola.

Me giro para mirarle.

—¿Qué hacen aquí?

—Los he invitado porque estoy cansado de vuestras disputas en este campus —responde—. Todos habéis hecho cosas aborrecibles.

Dylan frunce el ceño.

—Oye, no puedes comparar…

—Quemasteis vivo a uno de los suyos —dice mi padre.

A Ali se le desencaja la mandíbula.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque nosotros se lo contamos —dice Kai.

—Nadie os ha preguntado nada —digo.

—Que os calméis. —La voz firme de mi padre retumba por todo el despacho—. No voy a permitir que esta lucha continúe. Todo esto es una mancha vergonzosa en la reputación de esta universidad de cara al público.

—Como si la mayoría de gente no supiera ya que esta universidad está llena de familias de criminales —musita Lana y pone los ojos en blanco, pero su padre la ignora.

—El señor Torres y el señor Greed han confesado personalmente sus crímenes —dice mi padre—. Para los cuales fueron obligados en su mayor parte.

—De verdad… —Dylan enarca una ceja.

Y tengo que admitir que todo esto parece demasiada casualidad.

—Caruso nos dijo que mataría a nuestras familias si no hacíamos lo que nos decía —explica Nathan.

—Ahora entiendo por qué no confesaba quién fue —dice Penelope.

Nathan levanta la mano para mostrar los cuatro dedos y el muñón.

—¿Crees que quería perder un dedo?

—Te habría quitado más si Penelope no fuera tan generosa —replico.

Aprieta los puños y rechina los dientes, pero la mirada estricta de mi padre lo mantiene a raya.

—Espera, ¿entonces sabías que Caruso no era trigo limpio? —Dylan frunce el ceño.

—Sí —responde mi padre—. Solo que no sabía hasta qué punto, por eso necesitaba que aportaras pruebas, y lo has hecho. —Mi padre se aclara la garganta—. Todos vosotros, a excepción de Lana, haréis servicios comunitarios para la universidad.

—¿Qué? —dicen Ali, Dylan y Penelope a la vez.

—No hay peros que valgan —dice mi padre—. Habéis perjudicado gravemente a este centro y a sus estudiantes. Esta es vuestra única oportunidad para compensarlo. —Nos clava la mirada uno por uno—. Aprovechadla. No tendréis otra.

—¿Para eso los has traído aquí? —pregunto—. ¿Para darnos un castigo colectivo?

—Para que dejarais de pelear —responde, mirando a cada uno de nosotros a los ojos—, ahora que el responsable de vuestra mala conducta está muerto.

Dylan traga saliva, mientras que la mirada de Penelope se cruza con la de Kai y Nathan.

—Hicimos lo necesario para… sobrevivir —dice Nathan con rabia.

—Incluso si para ello teníamos que robar ese diario y quemarlo —añade Kai.

—Bueno, me alegro de que no tuvierais la oportunidad de hacerlo —replica, y se aferra con tanta fuerza a la silla que los dedos se le ponen blancos.

—Los Phantoms y los Skull & Serpents dejarán de pelear. ¿Queda claro? —La voz de mi padre retumba en la sala.

Todos asentimos.

—Quiero que respondáis.

—Sí, señor —musitamos todos de forma colectiva, con suspiro incluido.

—Bien. Ya se ha derramado suficiente sangre. Hay que centrarse en reconstruir tanto la universidad como la confianza.

—Confianza —bufo.

Mi padre continúa con su discurso.

—Todos os presentaréis ante el jardinero el lunes por la mañana, a las siete en punto.

—¡¿A las siete?! —A Dylan se le desencaja la mandíbula.

—Sí. ¿O prefieres no aparecer en absoluto? —Mi padre arquea una ceja—. Eso se puede arreglar.

Una sonrisa ridículamente esperanzada se dibuja en la cara de Dylan.

—¿Te refieres a que no tendría que ayudar?

—Me refiero a para siempre —responde mi padre, bajando la mirada. Dylan mira hacia otro lado de inmediato.

De repente, la puerta se abre de golpe y entra el padre de Penelope.

—Suficiente interrogatorio por hoy.

—Ricci… Qué bien que te unas a nosotros —dice mi padre con evidente sorna mientras vuelve a coger sus gafas y se las pone—. Kai. Nathan. Dejadnos.

Vuelven a salir de la habitación. Una pena porque estaba deseando seguir atormentando a ese cabrón por lo del dedo un rato más.

Mi padre se aclara la garganta.

—¿Cómo has conseguido sortear a los agentes?

—Rivera —replica su padre con cinismo—, han sido lo bastante amables como para permitirme el acceso después de que mis guardias los persuadieran.

Oh… Ha amenazado a los policías con dispararles. Un movimiento audaz.

—Creo que mi hija ya te ha dado suficiente información.

—Dime, ¿fuiste tú quien la metió en esto? —pregunta.

La habitación está cargada del mismo tipo de tensión que sentí justo antes de que todo el vestíbulo de la Skull & Serpent Society se llenara de balas.

—Mi hija murió en este centro. Deberías alegrarte de que no presente cargos —dice.

O de que no haya enviado a sus hombres a masacrarnos a todos.

—Entonces te alegrará saber que el verdadero culpable está muerto —replica mi padre.

—¿Cómo lo sabes? —Ricci lo mira con desdén—. Podrías ser tú en la sombra.

—Puedo asegurarte… que Caruso actuó solo —responde mi padre.

Ricci agarra más fuerte la pistola.

—Tu palabra significa bien poco para mí.

Mi padre lanza el móvil de Dylan al otro lado de la sala.

—¡Oye! Que es mío —murmura Dylan, pero hacen oídos sordos a sus quejas.

—Ahí tienes la prueba —dice mi padre—. Escucha la grabación de voz.

Ricci vuelve a reproducir la pista, y todos nos encogemos al oír al padre de Dylan admitir que presionó a Eve hasta que no vio otra salida.

Ricci refunfuña.

—Entonces… ¿Te vale con eso? —pregunta mi padre.

—Puede —responde Ricci.

—No hay más que se pueda hacer. El responsable ya está muerto. Y esta institución se regirá por normas decentes y honestas ahora que estoy aquí para encargarme de todo.

—Sí, ¿eh? —responde su padre—. Dudo que mejore mucho la cosa.

—Te aseguro que los castigos serán rápidos y severos.

Sus ojos esconden una chispa que conozco demasiado bien.

—Vamos, Penelope —dice su padre, y la agarra de la mano—. Ya hemos hecho todo lo que teníamos que hacer aquí.

Penelope se va con él a regañadientes, pero sus ojos siguen fijos en los míos, casi como si se preguntase si voy a interponerme. Si lucharé por lo que es mío.

Arrastro la silla hacia atrás y su padre se detiene en seco.

—Espera.

Todos me miran.

Soy consciente de que nuestros padres probablemente se matarían entre ellos, pero eso no significa que tenga que renunciar de golpe a todo lo que siempre he querido. Y lo único que de verdad quiero está ahora mismo en esa maldita puerta, a punto de irse.

—Puede quedarse.

Su padre bufa y resopla.

—Ah, ¿sí? No recuerdo haberte preguntado tu opinión…

Penelope se zafa de su agarre.

—Puedo cuidarme sola, papá.

—No vas a quedarte en este lugar despreciable —responde.

—Eso no lo decides tú por mí. Déjale hablar —dice Penelope, soltándose de su padre.

—Felix, ¿qué estás haciendo? —pregunta mi padre.

—Lo que debería haber hecho hace mucho tiempo, cuando podría haber evitado que alguien cometiera un error, pero decidí no hacerlo porque me convenció de que era lo mejor para ella —respondo, y me acerco a Pen—. No voy a cometer el mismo error otra vez.

Traga saliva mientras se aleja de su padre y se acerca a mí.

Levanto instintivamente la mano para acariciarle la cara y le acomodo un mechón suelto de pelo morado detrás de la oreja. Solía odiarla con todo mi ser, pero nunca entendí por qué. Hasta ahora.

Me hace sentir cosas que creí haber enterrado junto con Eve.

—No puedo dejar que te vayas, Pen —digo mientras la acaricio. Apoya la cara en la palma de mi mano—. No hasta que me hayas perdonado.

Separa los labios y se estremece en el sitio, y nada me apetece más que besarla aquí, delante de todos estos cabrones, porque no me importa una mierda lo que piensen, ni lo mucho que se odien nuestros padres.

Porque yo no.

No la odio, joder.

Incluso cuando la castigaba, no la odiaba. Odiaba lo que me empujaba a hacer, cómo me obligaba a abrir mi corazón en canal y a apuñalarlo mil veces.

Pero si yo hubiera estado en su lugar, si hubieran acosado a Lana hasta llevarla al límite, habría tomado la misma decisión.

No soy de los que suplican.

Pero, por ella, lo haré.

Y si quiere recuperar su libertad, si quiere que acabe todo esto con los tres, lo único que tiene que decir es la palabra mágica.

«Sí».

72 Penelope

—Lo harás? —pregunta Felix—. ¿Me perdonarás?

Niego con la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas.

Nunca he llorado por él abiertamente, pero cuando me lo pide a bocajarro delante de toda esa gente, sabiendo lo mucho que le importa su orgullo, ¿cómo no hacerlo?

—Tú… Siempre pensé que nunca podría volver a enamorarme después de Eve. Hasta que apareciste tú y consumiste mi mundo. Y eres muchísimo más de lo que ella fue jamás para mí. He recibido un disparo por ti. He matado por ti. Y mataría a un millón de hombres más si eso sirve para que me perdones todo el dolor que te he causado.

Se lame los labios y me roza la piel con el pulgar para recoger una lágrima.

—Pero si no… —dice, y me mira directamente a los ojos—. No pararé. Nunca dejaré de luchar por ti.

Sacudo la cabeza.

—Entonces, lucha.

Una sonrisa demencial se forma lentamente en sus labios.

—No te gustan las cosas fáciles, ¿eh?

Me río entre lágrimas.

—Que le den a eso. Que le den si está mal. No me importa. Que le den a cualquiera que lo piense. No, no voy a perdonarte.

Me agarra la cara con las dos manos y susurra:

—Es tu última oportunidad para alejarte, Pen. O nuestro nuevo acuerdo durará hasta el fin de nuestros días.

—¿Un nuevo acuerdo? ¿Es que había uno antes? —musita Lana, pero los dos la ignoramos.

No tardo ni un segundo en decir la palabra:

—Hecho.

Incluso aunque me odien por prenderle fuego a la universidad, incluso aunque los odie por hacerme daño…

No hay manera de que el odio sea tan fuerte como la necesidad que siento en lo más profundo de mi corazón de estar cerca de ellos. De pertenecer a estos chicos tan retorcidos.

De repente, estampa sus labios contra los míos, alejando cualquier duda que tuviera en la cabeza. Porque este beso… Dios, no podría vivir sin este beso.

—¡Tomaaa! —celebra Dylan, y despego los labios para mirar por encima del hombro de Felix.

Parece que su padre está enfadado de narices.

—¿Te importa explicarte?

—O se queda o me voy —gruñe Felix, mirando de reojo al padre por encima de su hombro—. Fin de la historia.

El padre de Felix rechina los dientes.

—Esto… ¿Esto es lo que eliges después de todo este desastre?

Él asiente, sin un ápice de vergüenza en su rostro.

—Por ella merece la pena.

Y que diga eso… Dios, no creo que pueda sonrojarme más.

—Penelope… —musita mi padre—. Después de todo lo que ha pasado. Con tu hermana. Contigo… ¿Por qué quieres quedarte?

Miro a Felix, y a Dylan y Alistair que están sentados en sus sillas, mirándome con auténtica devoción, y me doy cuenta de que ya he caído demasiado hondo, demasiado rápido como para dar un paso atrás.

Suspiro.

—Porque soy suya.

El alivio que se refleja en sus caras hace que me sienta mejor con mi decisión, a pesar de que sé que estoy decepcionando a mis padres. Odian este lugar con todo su ser, y por buenas razones. Pero no conocen a estos chicos como yo.

—Quiero quedarme.

Destruirían el mundo por mí.

—¿Estás segura? —pregunta mi padre—. Este lugar no se ha portado bien con nuestra familia.

—Lo sé —respondo, y miro en su dirección—, pero nos hemos encargado de la persona responsable. Y la universidad ha pagado un alto precio por ello. Me he asegurado de que así sea.

Mi padre traga saliva y me pone una mano en el hombro.

—No me fío de esta gente —dice—. Pero confío en ti.

—Gracias, papá —digo, cubriendo su mano con la mía.

Mira a los chicos de reojo.

—Pero si tengo que volver aunque sea una vez…

—No se preocupe, señor. Estará en buenas manos —responde Alistair.

—En manos expertas —añade Dylan, y se pasa la lengua por los dientes.

Puede que mi padre no sepa a qué se refiere, pero desde luego que yo sí.

—Lo dudo —musita Lana—. Pero supongo que es una decisión tomada.

—No está abierta a debate —dice Felix—. ¿Entonces qué, papá? ¿Ella o yo?

Su padre suspira y se frota la cara.

—Está bien —dice al cabo de un rato.

Se me dibuja una sonrisa en la cara.

—Pero… —Su padre se detiene hasta que todos le miramos—. Nada de seguir matando.

Felix refunfuña, pero no contesta.

—Y fuegos tampoco —añade su padre, fulminándonos a Dylan y a mí con la mirada.

—Jooo —se lamenta Dylan y Alistair le pega—. Nadie ha dicho nada de barbacoas.

—En los terrenos de la universidad, no —dice Rivera.

Dylan lanza un fuerte suspiro.

—Pues vale.

—Como dice Felix… No está abierto a debate —responde Rivera, y agarra un boli y un papel—. Bueno, ya que habéis decidido destruir la facultad, vais a ayudar a reconstruirla.

—Eh, eh, espera un momento —musita Dylan—. Puede que mi padre fuese rico, pero yo no tengo tanto dinero.

—Yo me haré cargo de la universidad —dice Rivera—. Alguien tendrá que contribuir a la restauración del edificio de la Skull & Serpent Society. —Se baja las gafas—. Y según he oído, quedó bastante dañado por cierto tiroteo.

—Yo me encargo de eso —dice de repente mi padre.

Todos las miradas están puestas en él.

—Ya que mi hija va a quedarse en estos terrenos, quiero que esté segura y cuidada.

—Qué amable de tu parte —dice Rivera con sarcasmo—. Teniendo en cuenta que tus hombres tuvieron la delicadeza de dejarlo como un colador.

—Repararé los daños —responde mi padre—. Para saldar la deuda.

Está tratando de evitar otra guerra. Muy listo.

—Y para formar parte de la gestión, supongo —musita Rivera.

—No podría rechazar una oferta así —responde mi padre, con una sonrisa arrogante en el rostro.

Espera, ¿es esta la forma de Rivera de pedir una tregua?

—Supongo que está decidido, entonces —dice Rivera, tomando algunas notas.

—Y con respecto a lo de… —musita Dylan.

—¿Tu padre? —Rivera lo mira.

Dylan traga saliva.

—Tuvo un desafortunado… accidente —añade Rivera con una sonrisa altanera—. Uno fatal. Cosas que pasan.

—¿Así que nos hemos librado? —pregunta Alistair.

—Buena esa —se burla Lana.

—Caruso era un cabo suelto —responde su padre—. Y ya nos hemos encargado de él.

—Nosotros —dice Dylan.

El jefe de policía King enarca una ceja.

—Y en señal de agradecimiento no os voy a arrestar.

Alistair hace una mueca.

—Así que supongo que todos tenemos algo por lo que estar agradecidos —añade con mirada severa antes de sonreír como el chalado que es.

Como toda su familia.

Después de todo, supongo que no somos tan diferentes.

—Vale, ¿hemos terminado ya? —pregunta Lana—. Porque me gustaría volver a casa.

—Lo mismo digo —comenta Alistair.

De pronto, Felix me pone una mano en el hombro y me aparta de mi padre.

—Venga, vámonos.

Asiento con la cabeza y dejo que tire de mí, a pesar de que mi padre no quiere dejarme marchar.

—Te escribiré todos los días, ¿vale?

Cuando pasamos por su lado, mi padre gruñe a Felix.

—Si le pasa cualquier cosa… Me encargaré personalmente de meterte una bala en el cráneo.

A Felix se le forma una sonrisa en los labios.

—Lo único que va a pasarle… somos nosotros.

—¿Nosotros? —Frunce el ceño mientras Dylan y Alistair pasan a nuestro lado rápidamente para evitar más castigos.

Felix me aprieta fuerte el hombro y susurra:

—Es nuestro secretito.

Dylan pasa junto a nosotros y se queda mirando por la ventana al pie de la escalera mientras coge el teléfono.

—¿Qué está haciendo? —pregunto.

Alistair suspira y pasa por nuestro lado.

—Probablemente llamar a su madre.

De repente, siento que el corazón me pesa en el pecho.

—Hola… ¿Podemos hablar? —musita Dylan mientras va de un lado para el otro—. Es sobre papá.

—Dios mío. —Alistair se acerca a él y le quita el móvil de la mano a Dylan—. Por teléfono no.

Dylan parece furioso.

—¿Qué?

—Hazlo en persona —dice Ali, mirándole con atención.

Tarda un poco en calmarse.

—¿Cómo? ¿Qué se supone que tengo que decirle? ¿«Lo siento mamá, he matado a papá»?

Alistair lo manda a callar.

—Baja la voz.

Dylan traga saliva.

—Devuélveme el móvil.

Alistair se lo lleva al oído.

—Lo siento, señora Caruso. A Dylan le gustaría hablar con usted en persona hoy. —Y cuelga la llamada antes de que Dylan pueda decir nada más.

Dylan sacude la cabeza.

—No me hagas ir allí. —Se le llenan los ojos de lágrimas—. No dejes que me enfrente a ella así.

Casi salgo corriendo hacia él, pero el agarre firme de Felix me mantiene sujeta.

—Alistair se encarga.

—Pero me necesita. Nos necesita —digo, mirando a Felix a los ojos.

—Ya es lo suficientemente duro decírselo a su madre. No necesita espectadores —dice Felix, y me clava los dedos en la piel—. No tenemos que ver cómo se le parte el corazón.

Odio admitirlo, pero Felix tiene razón. Mis emociones solo se interpondrán en el camino. Sería egoísta pedirle que me deje ir con él. Por mucho que desee ayudarlo ahora mismo, sé que no podría hacer nada más de lo que Alistair ya está haciendo. Aunque sea consciente de que Dylan está sufriendo porque tiene que darle a su madre la peor noticia que jamás escuchará. No solo eso, sino que tendrá que elegir entre decir la verdad o mentir para protegerse de la ira de su madre.

Y que yo esté presente no se lo pondrá más fácil. Alistair lo conoce mucho mejor que yo, y ya es lo suficientemente duro hacer esto. No necesita que estemos allí también.

—Alistair —lo llamo—. No dejes que lo haga solo.

Él asiente.

—No puedo hacerlo —musita Dylan.

—Sí que puedes —dice Alistair, y le aprieta el hombro—. Sé que puedes.

—Y mi hermano pequeño…

—Tienen que saberlo. En persona. Cara a cara. —Alistair se coloca a su altura—. Necesita a su hijo ahora más que nunca.

Dylan asiente en silencio varias veces.

—Estaré contigo, en cada paso que des. —Alistair pasa el brazo por encima de los hombros de Dylan y dice—: Vamos, yo conduzco.

73 Penelope

Horas después

Felix y yo hemos estado ayudando con la limpieza de la zona principal de la universidad, pero en el momento que veo el coche, dejo todo lo que estoy haciendo y corro hacia fuera.

—¿Cómo está? —le pregunto a Alistair mientras sale del coche.

—Podría estar mejor —responde.

Dylan sale y cierra la puerta. Nunca le he visto los ojos tan rojos como ahora.

Corro de inmediato hacia él y le doy un abrazo enorme.

—Lo siento.

—No lo sientas —responde, y me coloca una mano en la espalda. Se estremece de dolor—. Ahh.

Me retiro y me doy cuenta de que le estaba presionando las heridas.

—Perdón, no me acordaba.

Me coge la cara y apoya la frente en la mía.

—No pasa nada. Deja de preocuparte por mí.

—¿Cómo se han tomado la noticia? —pregunto.

Frota sus labios entre sí.

—No muy bien.

Trago saliva.

—¿Les has contado…?

—¿Que se tiró por el acantilado? Sí. ¿Que intentó matarme a mí y a mis amigos? No.

Parte de la tensión de mi cuerpo se disipa de inmediato.

—No quería echar más sal a la herida —añade—. Así que solo le he contado que… le vimos saltar —añade con un fuerte suspiro—. Mamá se pondrá bien. Le llevará un tiempo superarlo, pero… la conozco. Puede con ello.

Me acaricia la cara y me regala una sonrisa amable.

—Tú lo haces todo más llevadero.

—Oye —refunfuña Alistair.

—Y tú también —dice Dylan, y extiende el brazo—. Ven aquí.

Alistair se une al abrazo y Dylan añade:

—Gracias por estar ahí para mí.

Primero besa a Alistair y, al verlos, siento aleteos en el pecho. Pero cuando se gira hacia mí y me besa en los labios, siento esos mismos aleteos entre las piernas.

—Bueno, ¿no estáis los tres muy cómodos? —Una voz conocida llama nuestra atención.

Separo los labios para sonreír a Lana mientras le da unos golpecitos de broma a su hermano en el brazo.

—¿No quieres unirte a la marcha? —Le guiña un ojo—. Cuantos más, mejor, ¿no?

—No me van los tíos —contesta Felix con expresión severa.

—Ah, ¿no? —se burla, enredando en su dedo el lazo rojo que lleva en el pelo—. Jo… Serías un novio estupendo.

Se lleva los dedos a los labios y le lanza un beso a Felix antes de que ella se aparte para evitar su ira.

—Espero que hayas entrenado pierna —le gruñe Felix.

—Ay, madre —murmura Dylan.

—¿Por qué? ¿De qué está hablando? —le pregunto a Dylan, que empieza a sonreír con picardía cuando los mira.

A Lana le brillan los ojos.

—Porque cuando te pille —empieza Felix, y Lana sale pitando— ¡te voy a dar para el pelo!

Salen corriendo, y Alistair y Dylan se ríen.

—Eso va a doler —dice Alistair.

—Sí, cuando él se caiga al suelo —responde Dylan—. Ella es muchísimo más rápida.

—¿En serio? —pregunto.

—Ya te digo —dice Dylan—. Hacen esto continuamente, y casi nunca gana. Es una cura de humildad.

—¿Felix Rivera? ¿Humilde? —Resoplo.

—Son dos gotas de agua —dice Alistair mientras los seguimos de vuelta a la casa de la Skull & Serpent Society.

Su persecución termina cuando ella llega a los escalones y le lanza una mirada mezquina antes de dirigirse al interior.

—Zorra —refunfuña Felix.

Alistair se cubre la boca cuando se ríe.

—Pero la quieres —dice Dylan.

Felix lo mira por encima del hombro, picado por no haberle podido seguir el ritmo.

—Cállate.

Me río.

—Es muy gracioso veros.

Felix pone los ojos en blanco y se guarda las manos en los bolsillos, fingiendo que no le importa.

—Pues vale.

Nos dirigimos hacia el edificio, donde varios chicos ya han empezado a arreglar las ventanas rotas con cartón y cinta adhesiva.

—Buen trabajo, chicos —dice Dylan, y le da unas palmadas en la espalda a uno de sus amigos—. Vamos a ponernos manos a la obra.

El cartón no es una solución permanente, pero es un buen apaño mientras conseguimos un vidriero. Me alegra que mi padre esté dispuesto a ayudar. La casa está destrozada, con desconchones en las paredes y muebles desvencijados por todas partes.

—Bueno, aquí tenemos tarea —dice Dylan, cruzándose de brazos.

—Sí, buena suerte con eso —dice Lana y sube las escaleras—. Me voy a buscar a Jason.

—Lana —le advierte Felix, pero lo único que consigue es que le saque el dedo.

Y me hace reír. Hace bien.

—Voy a meter a Nessie en la jaula de repuesto. Ahora vuelvo —dice Dylan, y se retira a la cocina.

—Coge una escoba —le dice Alistair a Felix—. Vamos a limpiar este sitio.

—Los cojones —dice Felix, me agarra de la mano y me arrastra escaleras arriba—. Tenemos asuntos que zanjar.

—¿De qué estás hablando? —pregunta Ali mientras nos sigue hasta arriba de las escaleras.

—¡Oye! —nos llama Dylan desde abajo, cargando a Nessie—. ¿Dónde vais?

Pero no puedo responder porque me están arrastrando.

Dylan nos sigue rápidamente.

Felix me lleva a su habitación y cierra la puerta cuando estamos todos dentro. El suelo sigue cubierto de cristales, agarra una escoba y se la coloca a Ali en la mano.

—¿Quieres barrer? Adelante.

Vale, parece que vamos a hacerlo ahora mismo.

Ali barre rápidamente la mayor parte de los cristales hacia una esquina mientras yo agarro parte del relleno que se ha salido del carísimo asiento y lo vuelvo a meter dentro.

—¿Qué estás haciendo? —me pregunta Felix con voz ronca.

—Ayudar.

—No —dice, y su mirada es letal—. No ayudes. No hagas nada. Quédate sentada.

¿Qué? ¿Por qué?

Frunzo el ceño, pero me siento de todas formas.

—V…Vale.

Felix empieza a limpiar meticulosamente su habitación hasta que la mayoría de los escombros desaparecen, y al final Dylan empieza a ayudarle también, aunque se nota que no le apetece mucho. Cuando terminan, es como si Felix se quitara un gran peso de encima.

Suspira con fuerza.

—No es suficiente.

—¿El qué? —pregunto.

—Esto. Trabajo. Esfuerzo. Sudor. —Abre las fosas nasales—. Necesito más.

—Puedes seguir limpiando abajo si quieres —respondo—. Puedo ayudar.

—No. Ya has hecho más que suficiente. —Aprieta la escoba en las manos tan fuerte que temo que se rompa—. Pero no… No basta con lo que he hecho para reparar el daño que he causado.

—No habéis sido vosotros los que habéis hecho esto. Fueron los hombres de mi padre…

La escoba cae al suelo.

—Calla y úsame.

Abro los ojos de par en par.

—¿Qué?

—Ya me has oído. —Me mira completamente serio—. Úsame igual que yo te he usado a ti.

Estoy tan aturdida que no me salen las palabras y me cuesta respirar.

Maldita sea… Es una propuesta difícil de rechazar.

—Vaya… La cosa se pone interesante —dice Alistair mientras se levanta del suelo y tira los últimos cristales a la basura.

—Que te use… ¿cómo? —pregunto, ladeando la cabeza.

La mandíbula de Felix se tensa.

—Sabes exactamente cómo.

—Vaya, esto me gusta —murmura Dylan mientras se sienta en una silla hacia atrás, apuntando en mi dirección como si fuera a ver un programa y no quisiera apartar la vista.

—¿Cualquier cosa que quiera? —pregunto, levantando una ceja.

—Todo lo que necesites —responde.

Su mirada es letal, como si pudiera partir un cuello a mi voluntad, y eso me hace sentir poderosa. Un tipo de poder que no se toma, solo se concede. Y ahora mismo, él me lo está entregando en bandeja de plata.

—¿Crees que puedes soportarlo? —pregunto mientras me acerco a él.

En sus ojos brilla la gula.

—Saca lo peor de ti. Todo lo que hayas querido llamarme. Todo el dolor que querías soltar. Dámelo a mí.

Estoy justo delante de él y no me puedo resistir.

¡ZAS!

Le dejo la marca de mi mano en la mejilla, al rojo vivo.

Llevo queriendo hacer eso muchísimo tiempo, desde que supe la verdad. Y, joder, qué bien sienta sacarlo por fin.

—Otra vez… —dice.

Pero en lugar de abofetearle, señalo la cruz de la que me colgaron.

—Ponte ahí de pie.

Aunque frunce el ceño, hace lo que le digo. Lo sigo y me planto frente a él, provocándole con una mirada traviesa. Luego le agarro la muñeca, la sujeto a la cruz igual que hizo él conmigo, y le ato la correa de cuero. Hago lo mismo con la otra muñeca, dejándolo inmovilizado.

Ahora sabe cómo se siente.

Pero no he terminado. Ni por asomo.

Le agarro la cara y me inclino, rozo mis labios con los suyos, pero no lo bastante cerca como para besarle.

—Quiero ver hasta dónde eres capaz de soportar.

—Oh, joder… —gruñe Dylan—. Esto me la va a poner dura.

Me aparto justo cuando se inclina para besarme, y me encanta dejarlo con las ganas. Me dirijo a su armario y rebusco en los cajones. Está lleno de juguetes sexuales de los que ni siquiera sé el nombre, pero algunos parecen interesantes y, sin duda, son algo que me encantaría usar. Por ahora, con este juego de esposas será suficiente.

—¿Dura, dices? —Miro a Dylan por encima del hombro—. Entonces, date la vuelta en la silla.

Con una sonrisa obscena en la cara, gira la silla con facilidad y vuelve a sentarse.

—Demasiado tarde. Ya lo está. —Y se señala la polla, que se le marca bajo la tela de los pantalones.

Pero lo ignoro, le agarro las manos y se las sujeto contra el respaldo de la silla hasta que chilla.

—Au. Dios, con esto hasta podría olvidarme de que me han pegado un tiro.

—Bien. —Y se las esposo, luego me cuelgo la llave que está en una cadena alrededor del cuello.

—Vaya, ¿es esto algún tipo de venganza por lo que te hicimos? —pregunta, y doy un paso atrás para verlos a ambos ahí atados, indefensos.

—Puede —digo.

Admito que sienta genial tenerlos en la misma posición en la que me mantuvieron a mí. Pero esta vez soy yo quien manda… y vaya si sienta bien.

—Ali, cierra las cortinas —digo. Aunque están agujereadas, al menos nos darán un poco de privacidad para todas las guarradas que tengo en mente.

Inmediatamente entra en acción y hace lo que le pido.

—Buen chico.

Se vuelve para lanzarme una mirada de sorpresa y luego mira de reojo a Dylan.

Sé que así es como lo llamó Dylan.

Pero ahora me toca a mí.

Me voy a divertir muchísimo torturando a estos chicos.

Me siento en el borde del enorme sofá que volví a rellenar y abro las piernas.

Felix se queda boquiabierto, y una respiración entrecortada sale de su boca en cuanto empiezo a tocarme por encima de la tela de los pantalones que le he cogido prestados.

—Me lo negasteis una y otra vez, llevándome al límite para luego dejarme con las ganas —digo, tocándome justo enfrente de ellos—. Así que dejad que os devuelva ese favor.

Deslizo las manos arriba y abajo hasta que mi humedad empieza a empapar los pantalones.

No hay suficientes fregonas en el mundo para recoger la baba que se está derramando en esta habitación.

—Oh, joder… —gruñe Dylan, retorciéndose en la silla como si le costase quedarse quieto.

—Disfrutad de lo que no podéis tener —digo, y me llevo los dedos a los labios para lamerlos justo antes de meterlos dentro.

Felix traga saliva, esforzándose por no gruñir, pero ya está empalmado. Veo cómo le asoma por los pantalones, suplicando que la libere.

—Penelope… —dice con voz ronca—. Esto es…

—¿Cruel? —lo interrumpo.

Tocarme así nunca había sido tan maravilloso hasta que los he visto retorcerse por probar un bocado.

—Excitante —dice, su nuez se desliza en su garganta.

Se me dibuja una sonrisa en la cara. Me alegro de que por fin lo reconozca.

Miro a Ali, que me ha estado observando desde el alféizar de la ventana, agarrándose la erección como si quisiera tocarse.

—Tú —le digo—. Gatea hasta mí.

Y, en cuestión de segundos, está de rodillas. Obedecer es algo que le sale natural.

Así que, por supuesto, voy a premiarle a él primero.

—Joder… —dice Dylan con voz rasposa cuando ve que Ali se arrodilla y se arrastra por el suelo hasta mí.

Freno a Ali con el zapato, apartándolo justo antes de que llegue a mis pies.

—Quítame los pantalones.

Se pone a ello con avidez, los desliza por mis muslos con cuidado, como si no quisiera dañar la costosa mercancía. Como si fuera muy valiosa.

Y eso… Eso es poder.

Alistair me baja los pantalones y los lanza lejos, luego me besa las pantorrillas como si quisiera adorarme.

Y por fin oigo el primer gemido de Felix.

—¿Es esta tu forma de castigarme? —pregunta—. ¿Dejar que mis amigos tengan lo que yo no puedo?

—Oh, no… —murmuro, volviendo a empujar a Ali contra el suelo con el pie para que no pueda alcanzarme—. Nadie va a tocar esto hasta que yo lo diga. Y hasta entonces… Gime y suplica.

—Suplicaría por este coño cada día de mi vida —musita Ali, de rodillas frente a mí, y separa las piernas para tocarse.

—Demuéstramelo, entonces… Enséñame cuánto lo deseas —digo, me abro de piernas y empiezo a acariciarme justo enfrente de él.

—Joder, me estás poniendo muy cachondo —dice Dylan, mordiéndose el labio.

—Dijisteis que era vuestra puta… —digo, inclinando la cabeza mientras se retuercen en sus ataduras—. Pero yo os he convertido en la mía.

74 Dylan

Dios, creo que nunca había estado tan cachondo como ahora.

¿Así es cómo se sentía ella?

No me extraña que quiera que suframos lo mismo.

—Sí —gime Ali, tocándose por encima de la tela de sus pantalones—. Soy tu puta, igual que tú eres la mía.

Solo me había suplicado así a mí. Pero supongo que Pen nos tiene a todos bien atados. Y yo estoy más que dispuesto a someterme a lo que ella quiera.

Penelope desliza los dedos a través de su hendidura, y es como sentir que la estuvieran tocando mis propios dedos, sintiendo su humedad, sumergiéndose en ese coño como si quisiera ahogarme en él.

—Dios, me estás torturando —musito.

—Bien —responde con una sonrisa maliciosa—. Ni se te ocurra mirar a otro lado.

Se retuerce sobre su propia mano y se mete los dedos en el coño, mojándolo todo. Se lame los labios, y los míos se entreabren en respuesta, muriéndose por un beso.

Respiro agitadamente al verla introducirse los dedos. Tengo los pantalones a reventar con la polla tan dura que podría matar con ella.

Dios, podría matar por esto.

De verdad que sí.

Alistair

—¿Lo quieres? —pregunta, mirándome a los ojos.

Asiento con la cabeza de inmediato.

—Pues suplica.

Su voz severa me enciende. Dios, nunca he estado tan excitado en mi vida.

—Por favor —gimo, y mancho los pantalones de líquido preseminal.

—Sácatela.

Me bajo inmediatamente la cremallera y saco mi longitud palpitante, cubriéndola de líquido preseminal.

—Demuéstrame cuánto —dice.

Empiezo a tocarme delante de ella, todavía de rodillas, y no puedo apartar la vista. Parece una diosa, incluso con la camiseta que le ha cogido prestada a Felix y le queda grande. Para mí ella nunca ha sido otra cosa que algo deseado. Algo que ansío tanto que sacrificaría mi vida por ello.

Y tal vez eso me convierte en un desgraciado, pero me importa una mierda. Por ella, con gusto me pondría de rodillas.

Empiezo a respirar entrecortadamente y ella comienza a acariciarse el clítoris, y me trago el nudo que tengo en la garganta. Instintivamente empiezo a empujar las caderas contra mi mano y a gimotear.

—No te corras —murmura—. O no te dejaré tocarme.

—Joder. —No puedo aguantar.

—Puedes hacerlo. Quieres complacerme, ¿verdad? —musita, introduciéndose los dedos.

—Sí, por favor —musito.

Traza círculos en sus partes más sensibles cada vez más rápido, alternando con embestidas en el coño, y el espectáculo me hace la boca agua.

—Joder, me voy a correr, y tú vas a mirar mientras lo hago —dice.

En cuestión de segundos, gime tan alto que seguro que lo ha escuchado toda la casa.

Pero a ninguno nos importa.

Lo único que hago es gemir mientras la veo deshacerse con sus propios dedos, deseando que en su lugar estuviera montando los míos.

—Por favor —musito.

—¿Tantas ganas tienes? —contesta, inclinándose para levantarme la barbilla.

—Sí, por favor —digo.

Ser así me sale de forma natural. Es lo que siempre me ha gustado, lo que Dylan siempre me ha hecho, pero ahora que lo hace ella… Joder, puede que me haya vuelto adicto.

—Entonces córrete encima como una buena puta —responde.

Y eso es todo lo que necesito para empezar a embestir mi propia mano como un poseso, moviendo las caderas mientras el semen cae a chorros sobre mi camiseta blanca. Es mucho, y está por todas partes; estoy completamente empapado.

—J… Joder —gruñe Dylan a mi espalda.

—¿Estás pasando un mal rato? —murmura ella y se levanta del sofá—. Deja que te ayude.

Dylan

Penelope se acerca contoneándose, y yo tiro de las muñecas, intentando liberarme, pero es inútil. Claro que sí. Conozco de sobra estos malditos grilletes. Los he usado mil veces, y nunca se me pasó por la cabeza que una chica de pelo morado acabaría usándolos conmigo.

Y que, para colmo, me encantaría.

Se planta junto a la silla y me revuelvo, intentando que la erección no me reviente el pantalón. Cuando se inclina, dejándome las tetas a un palmo de la cara, no puedo evitarlo: me lanzo hacia delante con la intención de morderlas.

—Ah, ah —musita, retrocediendo de nuevo—. Esto es solo para los chicos buenos. Y habéis sido tan malos…

Gimo de desesperación, pero entonces ella se agarra a mi silla.

—Quieres ser bueno conmigo, ¿a que sí?

—Sí. Dios, sí —respondo, levantando la vista hacia ella.

—Entonces sé una buena puta y cómete este coño. —Me pone el pie en el regazo, me agarra la cara y la coloca entre sus piernas.

Saco la lengua de inmediato, desesperado por saborearla. Y, joder, su clítoris sigue palpitando de deseo.

Gimo mientras ella se aprieta contra mí, enterrándome la cara en su abertura.

—Eso es. Usa tu lengua —dice, y me agarra por detrás de la cabeza para acercarme más.

Muevo la lengua arriba y abajo cuando empieza a rozarse contra mí.

Casi no puedo respirar, y la verdad es que no me importaría ahogarme en este coño porque merece la pena.

—Joder, sí, asfíxiame —digo entre lametones.

—Estás gimoteando por mí, ¿verdad? —murmura con un puñado de mi pelo blanco entre las manos—. Haz ese sonido otra vez.

Es casi como si me saliera de forma natural mientras me retuerzo en esta silla, gimiendo contra ella.

—Tu polla lo desea desesperadamente, ¿a que sí? —me pregunta.

Asiento con la cabeza contra su abertura.

—Lo deseo… Dios, quiero enterrar la lengua dentro de ti.

—Pues hazlo. Haz que me corra y tal vez deje que lo hagas tú también —dice, volviéndome loco de lujuria.

Subo y bajo la lengua por su humedad, succionando su clítoris como si mi vida dependiera de ello. Cuando saco la lengua, ella se mece, rozándose contra mi cara.

—Joder, voy a correrme otra vez —gime.

—Penelope… —dice Felix con voz rasposa, y aunque yo lo ignoro, ella no puede.

Sus ojos se clavan en él mientras le doy vueltas en el clítoris lo más rápido que puedo, y es casi como si me arrebatara el placer. Como si fuera su venganza definitiva… negándose siquiera a mirarme mientras usa mi cara, y detesto que me guste.

Sus gemidos son cada vez más fuertes, sus ojos siguen fijos en los de él, como si quisiera castigarlo con los orgasmos que le damos. De repente, estalla en mi cara, y yo la lamo con deleite. Es tan excitante, joder. Demasiado. Y mientras gimoteo, exploto dentro de mis pantalones, llenándome de semen.

Pero me da igual.

Así de excitado estoy.

Ella se levanta de encima de mí, para sonreír cuando ve la mancha.

—Vaya… ¿Te has puesto demasiado cachondo, puta? —musita, como si lo disfrutara.

No me importa.

Felix se lo buscó. Y yo estoy encantado de participar, mereciendo el mismo castigo por lo que me toca.

—¿Ves? Tú también podías hacerlo —dice Ali.

Los dedos de Pen se deslizan brevemente por mi polla, que palpita en mis pantalones, sin dejar de bombear.

—Un orgasmo arruinado —murmura—. Justo lo que te mereces.

—Joder, Penelope, yo también quiero —gruñe Felix, visiblemente afectado.

Ella se girar para mirarle.

—Ah, ¿sí? —Ella se pasea hasta él, manteniéndose justo fuera de su alcance, a pesar de que está a punto de desgarrar las ataduras para agarrarla—. ¿Y qué estás dispuesto a hacer?

Felix

Me trago el nudo que tengo en la garganta cuando se quita los zapatos delante de mí y se quita la camiseta. Completamente desnuda, labios fruncidos, culo respingón, lista para la acción. Joder, sabe cómo ponerme cachondo.

—Yo no voy a suplicar como esos dos cabrones desgraciados. —Ya tengo la polla completamente erecta y sé que estoy mintiendo, pero, joder… Nunca me habían hecho algo así antes.

¿Me lo tengo merecido? Sí.

¿Lo detesto? Debería.

Pero cuanto más se acerca, más me palpita la polla, y la verdad se hace demasiado difícil de negar.

Me tiene atado.

Levanta la ceja, juguetona.

—Ah, ¿no? —Cuela los dedos dentro de mis pantalones y los desliza tan abajo que noto cómo me roza la punta de la polla. Contengo el aliento—. Porque nada me gustaría más que oírlo.

Cuando me toca, gimo, incapaz de contener el ruido.

Llevo rebosando de deseo desde el segundo en que empezó a tocarse, y ha sido una maldita tortura mirar sin poder tocarla, lamerla, chuparla y follármela hasta arrancarle el alma del cuerpo.

Saca la mano, y mi polla sigue palpitando.

—Pero vamos a ver cuánto tiempo aguantas así —murmura, y me baja la cremallera y los pantalones y los calzoncillos hasta que mi polla sale disparada, balanceándose arriba y abajo, con las joyas cubiertas de líquido preseminal.

Me toca la punta con el dedo, extendiéndolo como si fuera lubricante, antes de empezar a tirar suavemente de mí. Joder, la siento en todo el cuerpo. Una excitación desenfrenada.

Me masturba hasta que se me entrecorta la respiración y me ruedan gotas de sudor por la frente… y entonces se detiene.

Mi miembro sube y baja de nuevo, desesperado por descargar, pero no puedo hacerlo. Estoy atado y no alcanzo a cogerla, y mucho menos para correrme.

Joder.

¿Eso es lo que quiere? ¿Mantenerme al límite igual que la obligué yo cuando la até a esta cruz?

Se me dibuja una sonrisa en los labios, y agacho la cabeza.

—¿Por qué sonríes?

—Eres cruel —respondo, y la miro a los ojos por debajo de mis pestañas—. Igual que yo.

—Mmm. —Se le forma una sonrisa en los labios y vuelve a tocarme, empezando desde el principio, lento y tortuoso—. ¿Y no te encanta?

Dios, no puedo soportarlo. Sus dedos se enroscan alrededor de mi pene, bajando hasta llegar a mi piercing de nuevo, y, joder, casi podría eyacular aquí y ahora. De repente, vuelve a apartarse y me deja agonizando.

—Joder… —digo con rabia.

—Lo está disfrutando —musita Dylan desde su asiento.

—No jodas —respondo.

—Yo también —dice Alistair, todavía de rodillas cerca del sofá.

Penelope se ríe.

—Un castigo digno del delito de jugar con mi cuerpo porque alguien te lo ordenó. —Sonrío de medio lado.

—Oh, habría jugado contigo sin importar lo que nadie dijera.

—Supongo que ahora no te toca a ti decidirlo, ¿no? —dice, frotándome la polla de nuevo hasta que todo mi cuerpo se tensa y todos mis músculos empiezan a estremecerse.

Joder. Pensaba que nada podría hacerme estallar.

Pero esto… Este tipo de tortura sin duda podría.

Se aparta, dejando mi polla balanceándose mientras se tumba en la cama y separa las piernas, mostrando su húmeda abertura, y, joder, nunca he deseado nada más en mi vida.

Me sacudo las muñecas contra las correas, pero, haga lo que haga, no se aflojan.

—Sabes que eso no servirá —dice—. Lo he intentado, créeme. —Sigue trazando círculos sobre su clítoris, como si tratara de provocarme—. Tú sigue mirado. Abre los ojos.

Echa la cabeza hacia atrás, con el pelo cayéndole por la espalda y el cuerpo arqueado mientras empieza a masturbarse cada vez más rápido. Y yo sudo por todos los poros de mi cuerpo, con dificultad para respirar. La puta polla me palpita de deseo.

Sus gemidos son cada vez más fuertes, unos gemidos que ojalá le estuviera dando yo, pero, en lugar de eso, estoy aquí atado, obligado a aguantar notando el pulso entre las piernas.

—Joder —gruño.

Se toca en círculos para luego meter los dedos, gimiendo tan alto que toda la casa puede oírla, y sé que se ha corrido. El sonido y las vistas activan un interruptor dentro de mi cabeza.

Un gemido ahogado sale de mi garganta mientras eyaculo un poco encima de la cama.

Mierda.

Me he corrido sin tocarme siquiera.

Pero es un orgasmo arruinado, y no me siento ni de lejos satisfecho.

—Vaya… Te ha gustado, ¿eh? —murmura mientras se arrastra por la cama y se tumba, abierta de piernas—. Ven a por él, entonces.

Tiro de las correas, pero no se sueltan.

—Desátame.

—Desátate tú solo —dice.

—¿Qué? —jadea Dylan—. No podemos.

—Pues ponedle más ganas —musita.

Cuando Ali se pone de pie, ella levanta un dedo.

—No los ayudes. Siéntate en la cama y espera mientras te masturbas.

Hace lo que ella le manda, arrodillado en la cama, moviéndose contra su propia mano como un puto desesperado. Y, joder, lo único que quiero es follármela boca abajo, con la cara hundida en la almohada hasta que se atragante con su propia saliva.

Se me tensan los músculos y tiro de las correas otra vez. Las oigo crujir, pero no ceden del todo.

Aunque hay algo que tengo clarísimo… En cuanto me libere, voy a follármela hasta que se le olvide cómo se llama. Y nos va a encantar a los dos.

75 Penelope

—Venga, adelante… —musito, mirando a Dylan—. Demuéstrame cuánto lo deseas.

Dylan mueve la silla cada vez más cerca.

—No puedo.

—Sí, sí que puedes.

Tiene que aprender lo mismo que yo.

Que la satisfacción viene con un alto precio: la locura.

—¿Cómo?

Ladeo la cabeza y entrecierro los ojos.

—Ya sabes cómo.

Traga saliva.

—Por favor…

—Por favor, ¿qué?

—Por favor, desátame —suplica.

Dios, me encanta oír cómo se arrastra.

—¿Por qué? —pregunto, y vuelvo a deslizar la mano por entre mis piernas—. Dame un buen motivo.

—Te deseo —dice, borracho de lujuria.

—Sigue —digo.

—Quiero besarte, lamerte, follarte, volverte loca —dice—. Por favor.

Eso es. Es lo que estaba buscando.

Me bajo de la cama y me acerco a él despacio. Traga, y la saliva le resbala por la comisura de los labios mientras me mira desde abajo. Y yo le bajo la cremallera y le saco la polla, ya dura.

—¿Lo quieres?

Asiente con vehemencia.

—Dios, sí, por favor.

Me subo a horcajadas y me coloco encima de su longitud.

—Penelope —gruñe Felix—, no te los folles sin mí.

—Haré lo que me dé la gana —murmuro, mirándolo por encima del hombro—. ¿Quién va a impedírmelo?

La rabia de su rostro es gloriosa cuando empiezo a mecerme sobre el regazo de Dylan. Los ojos casi se le van a la nuca cuando desciendo sobre él, para luego volver a subir antes de dejarme caer de nuevo, dejándolo tenso.

—Joder, sí. —Forcejea con las muñecas contra los grilletes, empuja con los músculos hacia arriba para encontrarse con mi cuerpo con un deseo frenético.

Esto es el tipo de amor que deseo. Puro desenfreno, sin restricciones. Sin más mentiras. Sin negaciones. Toda la puta sumisión que pudieran desear.

Me muevo sobre su regazo, disfrutando cada segundo, con la cabeza echada hacia atrás, dejándome llevar por el placer. Dylan se inclina, su lengua buscando cualquier roce con mi piel mientras mis tetas rebotan contra su pecho.

—¿Vas a correrte dentro de mí? —digo—. ¿Vas a llenarme entera?

—No —gruñe Felix—. Ese coño es mío.

Pero Dylan no lo escucha siquiera mientras gimotea:

—Sí, Dios, sí, voy a correrme.

—Entonces, dámelo —le susurro al oído, asfixiándolo entre mis pechos.

Un gemido amortiguado se le escapa de los labios, y siento el pulso de su longitud dentro de mí.

—Penelope… —Felix gruñe mientras me bajo despacio del regazo de Dylan.

Camino hacia él, mientras el semen empieza a caer hasta el suelo.

—¿Qué quieres, Felix?

—A ti —dice al cabo de un rato, con los dientes apretados.

Elevo las cejas.

—¿Cuánto?

—Más que a nada… —dice con la respiración entrecortada.

Le coloco las manos en la mejillas y me inclino para susurrar contra su boca:

—Ya sabes lo que quiero escuchar.

Después de unos segundos llenos de más gruñidos, por fin dice con rabia:

—Por favor.

Se me dibuja una sonrisa en los labios mientras subo la mano hasta la correa y le suelto una mano.

—Solo una. Porque quiero oírlo decir otra vez.

Pero en cuanto se desabrocha la correa, me rodea la garganta con la mano y me aprieta con fuerza. Aspiro aire, pero no pasa de los dedos que me aprietan la base del cuello.

—¿Qué quieres escuchar? —dice con rabia. Se inclina para susurrarme al oído—: Penelope… ¿por favor?

Gimo por el sonido de su voz grave zumbando en mi oído.

—¿Quieres que sea tu puta? —pregunta, y siento cómo sonríe contra el borde de mi oreja.

¡RAS!

La otra correa se suelta gracias a la increíble fuerza de sus músculos.

—Te equivocas. Ahora tú te conviertes en la mía.

Me empuja con fuerza sobre la cama, con la mano todavía alrededor de mi garganta, me abre las piernas del todo y me penetra sin preguntar, sin suplicar, sin decir ni una sola palabra.

Y, joder, es justo lo que deseaba.

Con la mano alrededor de mi cuello, me penetra salvajemente, descargando toda su rabia sobre mí.

—Me vuelves loco, joder —dice, con la voz ronca llena de deseo—. Ahora, toma mi polla como una buena puta.

Casi no puedo respirar, pero no me importa.

Felix se entierra hasta la base y yo gimo, aturdida.

¡RAS!

Me arranca la cadena del cuello con facilidad y le arroja la llave a Ali.

—Libéralo.

—¿Qué? —musita Ali—. Pero si ha dicho…

—No me importa. Ese juego se ha acabado. Ya era hora de que tomáramos el control. —Afloja un poco el agarre en mi cuello para que pueda respirar—. Porque esto es lo que querías desde un principio, ¿verdad? Joderme hasta que me rompiera. —Me recorre la piel con los dedos, como si quisiera saborearla antes de devorarme—. Bueno, no te preocupes, Pen, sé cómo dártelo.

Se retira para luego embestir con toda su fuerza, y se me ponen los ojos en blanco. Aunque me lo he pasado de miedo dándoles su merecido, esto es la guinda del pastel.

—Por fin, joder. —Dylan gime mientras salta sobre la cama e inmediatamente me agarra el pezón, retorciéndolo y pellizcándolo hasta que chillo—. No me había dado cuenta de lo adicto que soy a tocarte, Pen.

Ali también se sube a la cama, observándonos mientras sigue masturbándose.

Pero Felix no cesa y vuelve a empujar hasta la empuñadura.

—Te gusta que te posean.

—Joder —mascullo cuando me toca el punto G.

Se deja caer sobre mí, moviéndose contra mi cuerpo.

—Porque siempre has sido mía, ¿a que sí? Incluso sin ese puto acuerdo que teníamos.

Asiento, incapaz de hablar.

—Esto no es temporal, Pen. Una vez que eres mía, lo eres para siempre. ¿Entendido?

Asiento con la cabeza, sin importarme una mierda si tengo que sacrificar mi alma al diablo para que me folle, porque con gusto entregaría mi vida aquí y ahora.

Me agarra las manos y me las sujeta por encima de la cabeza.

—Dilo. Pronuncia esas palabras —dice, penetrándome.

—Soy tuya —digo—. Para siempre.

Se inclina y me lame la piel desde la oreja hasta el cuello, luego, susurra:

—Buena chica. Ahora dime lo que quieres.

—Quiero que me folles —digo.

Me da una palmada en la vulva y dice:

—No. Dime lo que quieres de verdad. No lo que quiere tu coño. Sino tu cabeza.

—Quiero que esto dure para siempre —murmuro—. Quiero que todo el mundo lo sepa. Y no quiero compartiros nunca. —Miro a Ali y a Dylan—. A ninguno de vosotros. Quiero ser la única.

Se le dibuja una sonrisa en los labios.

—¿Nos quieres a todos para ti sola? —Desliza un dedo por toda mi hendidura, trazando círculos en mis zonas más sensibles—. ¿Los tres juntos? Menuda zorra avariciosa.

—Sí —gimo cuando vuelve a embestir lentamente.

—Entonces serás nuestra, y nosotros seremos tuyos —gruñe, penetrándome tan fuerte que me tiembla todo el cuerpo—. Hasta tu último —embestida— puto —embestida— aliento.

—Sí —gimo, delirante de deseo.

Se inclina y susurra:

—Si eso es lo que realmente quieres, haré tu deseo realidad. —Entrelaza sus dedos con los míos—. Porque amo cada centímetro de tu alma retorcida.

Abro los ojos de golpe, pero, antes de que pueda responder, me penetra tan profundamente que se me encogen los dedos de los pies y me cubre los labios con los suyos. El beso es embriagador, de otro mundo.

Mi cuerpo explota por el orgasmo que me recorre, llevándose mi alma a lo más profundo.

Me da la vuelta sobre la cama e inmediatamente me penetra el culo, impidiéndome reaccionar a lo que acaba de decir.

De repente, Ali se sitúa cerca de mi boca.

—Abre bien, Pen.

Me mete su enorme polla, que apenas me cabe en la garganta.

Felix me embiste desde atrás, empujándome cada vez más sobre la polla de Ali, y hace que me lloren los ojos. Pero cada lágrima que rueda por mi mejilla me hace sentir más necesitada.

Me he convertido en su puta de verdad, y no lo cambiaría por nada.

—Joder, sí, monta esta polla —gime Felix, y me azota el culo. Puedo sentir cada una de sus joyas, cada centímetro de él mientras me llena.

Dylan se masturba, acariciándome los pechos mientras rebotan, y cuanto más me ahogo con la longitud de Ali, más fuerte me tira Dylan de los pezones.

—Eso es, Pen, llévatelo hasta el fondo. Enséñame de lo que eres capaz —dice Dylan con voz rasposa.

Ali apoya la mano bajo mi barbilla, inclinándome suavemente hacia arriba mientras me esfuerzo por tragármelo.

—Lo haces genial —murmura—. Pero siempre querré más. ¿Crees que puedes soportarlo?

Asiento, y me lo llevo aún más hondo, a pesar de que me provoca una arcada.

—Buena chica.

Para eso lo hago.

Por las palabras dulces después de la degradación total.

El cuerpo de Dylan se tensa por completo contra mí.

—Oh, Dios, no puedo aguantar.

Y me cubre con más semen, llenándome la espalda. La vista excita a Ali.

—Joder, voy a correrme otra vez. —Ali me penetra hasta el fondo hasta que entierro mi nariz en su camiseta cubierta de semen—. Métetela hasta el fondo. Trágatelo todo.

Su longitud palpita dentro de mí mientras me da todo lo que tiene, y es tanto que me cuesta tragarlo todo.

Felix me penetra con tanta fuerza que apenas puedo pensar con claridad.

—Joder, voy a llenar este culo. —Felix gime, empujando tan rápido que me obliga a mantener a Ali en mi boca—. ¿Querías volverme loco? Lo has conseguido. Voy a destrozarte el culo.

Es tan brusco conmigo que me escuecen los ojos, pero me encanta. No sabía cuánto me gustaba que me usaran así hasta que conocí a estos tipos.

Estos chicos retorcidos que han atrapado mi corazón y se niegan a dejarlo ir.

Una. Dos. Tres. Gime con fuerza y termina dentro de mí.

Cuando Ali por fin sale de mí, toso salvajemente, lamiéndome los restos de los labios. Pero apenas Felix me suelta, las rodillas me fallan y caigo sobre la cama por mi propio peso.

Jadeando, Felix me agarra y se acurruca contra mí por detrás, abrazándome en cucharita, mientras mi cabeza descansa sobre el regazo de Dylan. Ali se tumba junto a él y pasa el brazo por encima de los dos.

Un cuarteto perfecto de locura.

—Dios… ha sido increíble —dice Dylan con voz rasposa.

Ali se ríe.

—Sí que lo ha sido.

—Sé que tendríamos que estar limpiando, pero primero necesitaba esto —añade Dylan.

—Aunque aún no os he perdonado —musito entre jadeos.

—Lo sé —murmura Felix en el hueco de mi cuello—. Pero tenemos toda una vida para arreglarlo.

—Mmm… Solo si soy la única chica.

Me mira con los ojos entrecerrados.

—¿Quién más si no?

—Bueno, bailasteis con una en el club de tu padre.

Esboza una sonrisa ladeada.

—Estás celosa.

Le doy una bofetada en la barriga, de broma.

—Intentabais ponerme celosa.

—Tal vez —broma Dylan.

—No —interviene Felix.

—Felix estaba intentando fingir que no sentía nada por ti —dice Ali.

Frunzo el ceño.

—Espera… Creía que eso era…

—¿Mentira? —Ali levanta una ceja, y mira a Felix. Si las miradas mataran, Ali ya estaría muerto.

—No seas cobarde, no lo niegues —dice Dylan.

—¿A quién estás llamando cobarde? —espeta Felix, y se apoya en el codo, listo para pelear.

—¿También os peleabais así por Eve? —les pregunto.

—¿Qué? —Dylan frunce el ceño.

—No —responde Felix, y espera a que me dé la vuelta y lo mire antes de continuar. Me aparta el pelo—. Tú significas muchísimo más para mí de lo que Eve me importó jamás.

Sonrío, y Dylan resopla y me mira:

—¿Por qué sonríes?

—¿Así que lo decías en serio?

—¿Quién? —Dylan señala a Felix y después a él mismo—. ¿Él o yo?

—Los dos.

—Bueno, yo… —musita Dylan, y levanto la vista hacia él.

—¿Te estás sonrojando? —pregunto.

Pone los ojos en blanco, se ríe y se da una bofetada.

—No, claro que no.

—Dile que la quieres y ya está ���refunfuña Felix—. Deja de mentirte a ti mismo y admítelo.

¿Por qué de repente me siento tan cálida y blandita por dentro?

Joder. No suelo ser así en absoluto, pero con ellos…

Me siento protegida. Necesitada. Deseada.

—Yo también te quiero —digo, con voz suave—. A todos vosotros.

Aunque los odiara por lo que me hacían, no podía negar que los necesitaba.

Ali me mira con admiración.

—Incluso cuando me sacabas de quicio, nunca he dejado de quererte.

Le sonrío, y se inclina para darme un beso dulce en los labios.

—Pero el amor es algo extraño para tipos como nosotros —añade—. Es más como una…

—Obsesión —completa Felix.

—Lo sé —respondo, satisfecha.

Dylan me acaricia el pelo.

—Si lo quieres saber, la respuesta a tu pregunta es sí.

Se inclina y me agarra la barbilla para darme un beso posesivo pero tierno en los labios.

—Y me alegro de que tú también me quieras.

—Y a mí —gruñe Felix, y me río, pero entonces me calla con un beso obsesivo que roza la locura.

Siempre tan celoso, incluso cuando no tiene motivos, porque la pelea ya se ha acabado.

Yo soy suya y ellos son míos.

Epílogo Penelope

Días después

Recojo los últimos restos de suciedad del suelo y los tiro a la basura.

—Listo. Ya está todo. Tiene mucha mejor pinta ahora —musito mientras echo un vistazo al pasillo de la facultad. Aún queda mucho por hacer, pero al menos los pintores han hecho un trabajo fabuloso arreglando las paredes. Todavía se están restaurando los suelos y la escalera, pero todo tiene mucho mejor aspecto que antes, después del incendio que sufrió.

Debo decir que ser yo quien lo quemó y luego tener que limpiar toda mi mierda ha sido, cuando menos, catártico. Y es agradable ver a los chicos haciendo algo que no sea completamente destructivo. Verlos trabajar con una pala y un pincel es bastante… sexy.

—¿Qué miras, Pen? —musita Dylan, pasando la brocha por las paredes donde aún no han llegado los pintores.

—¿Disfrutando de las vistas? —añade Ali mientras tira un trozo de un mueble roto a la papelera—. Porque yo sí.

—Pervertidos —dice Felix mientras se levanta después de limpiar el suelo a mano.

—Y tanto que sí —respondo—. Y orgullosos.

La verdad es que no me importa que me pillen mirándolos.

Ya saben que me encanta observarlos.

Ali me choca la mano, y Dylan se sube la camisa blanca de botones, luego desliza el pincel por sus abdominales, esquivando la herida de bala.

—¿Te gusta esto?

—Madre mía. —Felix suspira con fuerza y coge sus cigarrillos. Pero en cuanto intenta encender uno, su padre aparece de repente por detrás y se lo quita de las manos.

—Aquí no se fuma.

Felix refunfuña.

—Entre todos vais a acabar conmigo.

—Seguro que te alegra saber que ya habéis terminado por hoy —responde su padre.

—¿Qué? ¿Todos? —pregunta Dylan, deteniéndose con el pincel en el aire.

Cuando el padre de Felix asiente, Ali suelta de inmediato la escoba que tenía en las manos.

—De locos.

—Pero mañana por la mañana os quiero a todos de vuelta, a la misma hora y puntuales —dice.

—Jo… —gruñe Dylan.

—Ya casi hemos terminado —murmuro.

—Solo nos queda la casa de la Skull & Serpent Society al completo.

—Tenemos al padre de Penelope para que nos ayude —dice Ali—. Estoy seguro de que no necesita un puñado de estudiantes vagos para limpiar esa mierda.

Dylan se cruza de brazos.

—Además, no fuimos nosotros quienes destruimos aquello.

—Técnicamente, sí lo fuisteis, ya que toda esta jodienda apunta a vosotros cuatro —dice, y pone una mano sobre los hombros de Ali y Dylan—. Así que alegraos de que limpiar en vuestra semana de vacaciones sea lo único que os pida que hagáis.

Les da unas palmaditas en la espalda.

—Ahora salid de aquí y disfrutad del resto del día.

Kayla, Crystal, Jeremy y Calvin ya nos están esperando en una mesa en el comedor.

Felix refunfuña con una bandeja en la que solo lleva una taza de café.

—¿Es necesario que hagamos esto?

Dylan le clava un codo en la cintura.

—Sé amable.

—Estoy siendo amable, joder —responde con rabia.

—Lo hacemos por ella —dice Ali, dándole un bocado a su manzana—. Además, sus amigos no están mal.

—Ey, chica —dice Jeremy cuando nos acercamos, dando palmaditas en el asiento de al lado—. Aquí hay sitio de sobra.

—¿Hay sitio también para ellos? —pregunto.

Kayla hace una mueca y respira hondo, pero el suave codazo de Crystal la hace superar sus reservas rápidamente.

—Sí, sí. —Se echa a un lado para dejar más espacio—. Por allí hay más sillas. —Señala otra mesa—. No hay nadie sentado, así que podéis cogerlas.

—Sentimos llegar tarde —digo mientras me siento.

—Todavía ayudando con la limpieza, ¿eh? —pregunta Calvin—. ¿Estáis intentando ganar puntos extra?

Sonrío.

—Más o menos.

Dylan me susurra al oído:

—¿No lo saben?

Niego con la cabeza.

—Es mejor que siga así.

—¿Que siga así, qué? —pregunta Kayla.

—Ah, nada —responde Dylan—. Estábamos diciéndonos guarradas.

Ella abre mucho los ojos y pone una cara rara.

Dios, ¿por qué siempre tiene que dejarme en vergüenza?

—Entonces, ¿seguís juntos? —pregunta Kayla.

El rubor me sube a las mejillas, pero Ali me rodea con el brazo para acercarme a él.

—Sip.

—Espera… En plan, ¿con los tres? —pregunta Calvin—. Vaya, así se hace, Pen. Triple polla.

Ahora sí que me estoy sonrojando.

—¿Cómo va la Alpha Psi? —trato de cambiar de tema.

—Oh, las chicas están bien —responde Kayla con una sonrisa—. La reparación de la habitación de tu hermana va por buen camino. No ha sido barato, pero había que hacerlo.

—Me alegra oírlo —digo.

—Solo quiero saber una cosa… ¿De verdad se ha ido? —pregunta Crystal.

—¿El qué? —dice Felix,

—El que la amenazó, el que provocó ese incendio en la casa de Alpha Psi y puede que incluso en la escuela… ¿Lo han cogido?

Ali, Dylan y Felix se miran unos a otros y luego a mí, como si estuvieran esperando a que les contara la verdad a mis amigos. Pero no sé si alguna vez contaré la historia completa de lo que pasó. Del padre de Dylan, del tiroteo, de mi hermana, de todo.

—Sí, se ha ido —digo, tragando saliva—. Para siempre.

Dylan suelta un suspiro de alivio.

—¿Pero entonces sabes quién fue? —pregunta Jeremy.

Felix frunce el ceño.

—¿Acaso importa?

—Bueno… —Jeremy se revuelve en su asiento, intimidado por la mirada desafiante de Felix—. No sé, imaginaba que después de todo el daño que causó…

—Ya pasó. Se acabó. No volverá a ocurrir —dice Felix, y le da un sorbo a su café.

Crystal suspira y asiente.

—Me alegro. No necesito saber quién fue. Solo que se ha acabado. Ya es hora de que esta facultad vuelva a ser aburrida.

Todos se ríen y la tensión se rompe.

El móvil de Felix empieza a vibrar y lo coge.

—Pen… Es la hora.

—¿La hora? —musito. No pensé que se me pasaría tan rápido.

—Nuestra cita —añade.

—Cierto —digo mientras me pongo de pie.

—¿Ya tienes algo importante que hacer o qué? —pregunta Calvin.

—Espero que no sea una de esas guarradas de las que has mencionado —musita Jeremy.

Kayla refunfuña:

—Qué asco. No quiero oírlo.

Me río.

—No, vamos a RINGO.

—Espera… ¿El estudio de tatuajes en Crescent Vale City? —pregunta Kayla.

—¿Te vas a hacer un tatuaje? —musita Crystal, como si no se hiciese a la idea de que me lo vaya a hacer.

—Sí, ya tengo uno que me hice hace mucho con mi hermana —respondo.

—¡Guay! ¿Puedo verlo? —me pide Crystal, poniendo ojos de cachorrito.

—Ah, pues…

—Se nos acaba el tiempo, señoritas —musita Dylan mientras se pone de pie y me arrastra con él—. Vamos, Pen.

—Tenemos que irnos —añade Ali—. Nos vemos luego.

—Os enseñaré mis tatuajes la próxima vez —les digo a todos, y les guiño un ojo.

Me escuece la piel, pero no es nada que no pueda soportar. Ya me he tatuado antes. Solo que había olvidado cómo era.

—Listo —dice el tatuador mientras se aleja sobre la silla para coger un espejo.

Me levanto un poco más la camiseta, dejando al descubierto la parte inferior de mis pechos, y compruebo el tatuaje que tengo justo debajo. Un conjunto alargado de palabras se extiende por mi pecho con una hermosa caligrafía.

Felix. Dylan. Alistair.

Se me dibuja una sonrisa en los labios mientras me giro hacia ellos.

—¿Qué os parece?

—Perfecto —responde Dylan.

Alistair asiente también.

—Me gusta.

Me vuelvo hacia Felix, que se limita a estudiarlo, y se pasa la lengua lentamente por los dientes.

—Exactamente como debe ser.

—Bueno, me alegro de que os guste —dice el tatuador mientras camina hasta la caja registradora.

—¿Efectivo o tarjeta?

Felix da un manotazo con su tarjeta de crédito.

—Tarjeta.

Mi alarma empieza a sonar y miro la hora.

—Mierda, llegamos tarde. —Agarro a Dylan y a Ali de la mano y salgo corriendo por la puerta.

—Oye, esperadme —dice Felix, mientras nos sigue de cerca.

—Venga, que solo hay que bajar la calle —digo, y los arrastro todo el camino hasta Los Cups y los Cakes de Fi.

—Solo ha pasado un minuto. Tranquila —dice Dylan.

Cruzamos la calle y compruebo mi móvil varias veces para meternos prisa.

—Es aquí.

En cuanto entramos, los ojos de mi madre casi me hacen soltar el bolso. Es la primera vez que me ve con los chicos. Los mismos con los que salía mi hermana. Los mismos que tienen parte de culpa. La saludo con un gesto torpe y me acerco a la mesa en la que está sentada con una taza de té humeante en las manos. Hay sillas suficientes para todos y, cuando me siento, ella agarra su té.

—Hola —digo.

Toma un sorbo antes de responder.

—Pen —dice—. Me alegra que estés bien. —Mira con desconfianza a los chicos que están a mi lado—. Pero ellos…

El ambiente es incómodo.

La camarera viene a tomar nota de los pedidos de los chicos, pero, como no dicen nada, pido por ellos:

—Cuatro cafés solos, por favor.

La camarera vuelve a irse, pero la cafetería sigue pareciéndonos demasiado pequeña para todos los que estamos sentados en esta mesa.

—Mamá —murmuro.

—¿Está muerto?

Asiento con la cabeza y ella toma aire con dificultad.

—Lo siento —digo, y extiendo la mano.

—Casi pierdo a otra hija —musita, y se le llenan los ojos de lágrimas—. La única que me queda.

No puedo dejar que llore así. Salto de la silla, rodeo la mesa y la abrazo fuerte. Lloramos, sonreímos y nos abrazamos tan fuerte que no quiero soltarme.

—Después de que tu padre me contara lo que pasó, creí que te había perdido —musita.

—No voy a irme a ninguna parte. Al menos no en mucho tiempo. Te quiero, mamá. —Me retiro y la miro a los ojos, llorando también—. He hecho justicia por ella.

Sonríe entre lágrimas.

—Estoy orgullosa de ti. —Cuando me separo, sigue con los ojos fijos en los chicos—. ¿Qué hay de ellos?

Vuelvo a sentarme en mi silla.

—¿Qué hacen aquí contigo? —pregunta.

—Me ayudaron a matar al responsable —explico.

Felix y Ali asienten. Dylan traga saliva.

—Era mi padre.

Mi madre hace una mueca.

—Entonces sabes que de casta le viene al galgo.

Agarro a Dylan de la mano para calmarlo. Sé que es duro para él. Esa noche perdió a un padre, por muy malvado que fuera.

—Sé que mi padre hizo cosas imperdonables. Pero yo no soy él —dice Dylan—. Y dedicaré cada día del resto de mi vida a demostrárselo a su hija. —Se inclina—. Y le prometo que la cuidaré bien.

Ella aprieta los labios.

—Sé lo que le hiciste a Eve…

—La quería —dice Dylan, y le aprieto la mano—. Igual que quiero a Penelope.

—¿Y los otros? —pregunta.

Felix me agarra del muslo.

—Es tan nuestra como nosotros lo somos de ella —dice Felix.

—Sí —añade Alistair—. Seríamos capaces de morir por ella.

—¿Y pretendéis quedaros con mi hija después de haber provocado la muerte de la otra? —suelta con rabia.

—Mamá —murmuro—. Los quiero.

Se me queda mirando un momento, con la mandíbula desencajada. Y creo que nunca la había visto tan sorprendida.

—¿Que… los quieres?

—Sí —contesto.

La camarera vuelve con nuestros cafés, pero el silencio es bestial y parece que dura una eternidad hasta que por fin se vuelve a marchar.

—Conque quieres a estos chicos… —musita mi madre.

—Y no pienso dejar de hacerlo —digo—. Nunca.

Ali y Felix me agarran con más fuerza del brazo.

Mi madre suspira, con la derrota reflejada en el rostro.

—Solo espero que hayas tomado la decisión correcta.

—La protegeré con mi vida —dice Ali.

—Y yo mataré a cualquiera que se atreva a hacerle daño —añade Felix.

—¿Incluso a ti mismo? —replica mi madre.

Una sonrisa suave se extiende por mis labios.

—Yo misma los mataré si eso sucede.

Dylan me mira con una sonrisa burlona.

Sé que le gusta cuando me pongo violenta.

Mi madre resopla.

—Bueno, parece que has encontrado unos chicos que encajan contigo.

—¿Qué te digo? —musito—. De tal palo tal astilla.

Ella sonríe y me calienta el pecho.

—Creo que te he contado demasiado sobre mi vida y sobre cómo conocí a tu padre.

—Nop. Me dio toda la inspiración que necesitaba —contesto, y le lanzo un guiño.

—Esta chica es pura dinamita —dice Dylan, relamiéndose—. Y no la querría de otra manera.

—Siempre que la protejas… —dice mamá.

—Hasta el día en que muramos —responde Ali.

—¿Y cómo sé que eso es verdad? —pregunta ella.

Todos los chicos se suben la camiseta a la vez, enseñando los nuevos tatuajes que llevan en el torso. Mi nombre.

Ella ahoga un grito.

—Ella nos pertenece a nosotros —dice Felix, bajándose la camiseta. Me agarra la cara con firmeza y me obliga a mirarle. El cariño en sus ojos oscuros es imposible de ignorar—. Y nosotros le pertenecemos a ella.