Don Quijote De La Mancha
by Miguel de Cervantes
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Don Quijote De La Mancha
Miguel de Cervantes
Obras Escogidas
El presente libro entrega la inmortal obra de Cervantes en una alabada versión del escritor Jacobo Danke, que conserva todos los episodios, los dichos y el sabor de la prosa cervantina. El texto se ha ilustrado con hermosos dibujos en blanco y negro de Mariano Ramos.
Miguel de Cervantes nació en Alcalá de Henares, España, en 1547. Hijo de un modesto cirujano, vivió con éste en Valladolid, Madrid y Sevilla. En 1570 se alistó en las milicias, siendo herido en la batalla de Lepanto. Cinco años después fue apresado, junto con los soldados de una galera, por un pirata turco. Trás cinco años de cautiverio, regresó a España, donde inició su cuantiosa producción.
literaria: más de veinte comedias, extremeses y novelas. La primera parte de su obra maestra, El Ingeniosó hidátgó, con Quijote de la Mancha, apareció en 1605, y la segunda, en 1617. Cervantes murió en Madrid en 1616.
Miguel de Cervantes Viento Joven
I.S.B.N.: 956-12-1094-0.
54 edición: noviembre de 2009.
Obras Escogidas
I:S:B:N:: 956-12-1295-1.
55ª edición: noviembre de 2009.
Dirección editorial: José Manuel Zañartu.
Dirección de arte: Juan Manuel Neira.
Dirección de producción: Franco Giordano.
Versión abreviada de Jacobo Danke.
1959 por Empresa Editora Zig-Zag, S.A.
Inscripción Nº 21.181. Santiago de Chile.
Derechos exclusivos de la presente versión reservados para todos los países.
Editado por Empresa Editora Zig-Zag, S.A.
Los Conquistadores 1700. Piso 10. Providencia.
Teléfono 8107400. Fax 8107455.
E-mail: zigzag@zigzag.cl / zigzag dot cl
Santiago de Chile.
El presente libro no puede ser reproducido ni en todo ni en parte, ni archivado ni transmitido por ningún medio mecánico, ni electrónico, de grabación, CD-Rom, fotocopia, microfilmación u otra forma de reproducción, sin la autorización escrita de su editor.
Impreso por RR Donnelley.
Antonio Escobar Williams 590. Cerrillos. Santiago de Chile.
ÍNDICE
Primera Parte
Segunda Parte
1 Donde se explica Quién era el Famoso Hidalgo Don Quijote de la Mancha
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, vivía hace tiempo un hidalgo caballero. Nuestro hidalgo, en cuya casa no siempre abundaba la comida, frisaba en los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, de rostro alargado; le gustaba levantarse muy temprano y salir a cazar. Lo atendían una criada, que pasaba de los cuarenta, una sobrina que aún no llegaba a los veinte, y un mozo que servía para ensillar el caballejo del hidalgo y para las labores del campo.
Nunca se supo si se apellidaba Quijada o Quesada, pero algunos aseguran que se llamaba Quijana. Este caballero, en sus ratos de ocio, los que no eran pocos, se aficionó a leer en forma desmedida libros que trataban de las aventuras de los caballeros andantes; tanto le absorbió el seso este tipo de lectura, que descuidó la conservación de su fortuna y hasta vendido parte de sus tierras para comprar más libros de esa especie. Naturalmente, esta extraña afición habría de hacerle-perder el juicio, ya que comenzó a creer en serio en la existencia de encantamientos, batallas, desafios, luchas con gigantes y un simnúmero de disparates, que no otra cosa contenían aquellas estrambóticas lecturas.
Pero lo más curioso de todo es que decidió convertirse él mismo en caballero andante para asombrar al mundo con sus hazañas, aplicando justicia allí donde no la había, protegiendo a los débiles y coronándose de gloria. Puso, pues, en marcha sus propósitos, y lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habían sido de sus bisabuelos y que habían permanecido durante siglos olvidadas en un rincón. Las arregló lo mejor que pudo; pero desgraciadamente, a la armadura le faltaba la celada, que es una pieza con la cual los caballeros se protegían la cabeza al entrar en combate, contratiempo que no desalentó a nuestro caballero, quien se fabricó una de cartón, y para probar si resistía una cuchillada, sacó su espada y le dio dos golpes, haciendo pedazos lo que le había costado una semana de trabajo. Para que no volviera a suceder algo igual, preparó otra celada de cartón y le puso unos fierrecillos por dentro, para añadirle consistencia, y esta vez no se atrevió a probar si resistiría una nueva cuchillada.
Terminada esta faena, se encaminó a ver a su caballejo, pobre bestia sumamente flaca y llena de magulladuras; sin embargo, le pareció que ni el famoso caballo Bucéfalo, de Alejandro el Grande, ni el no menos célebre Babieca, del Cid Campeador, se le igualaban. Cuatro días estuvo pensando qué nombre ponerle, porque consideraba que un caballero de sus merecimientos estaba obligado a poseer una cabalgadura que fuera digna de él; y al cabo de trazar varios nombres, acordó llamarle Rocinante, con lo que quería demostrar que el caballejo había sido rocín antes (rocin significa comúnmente un caballo escuálido y de mala figura), y que al ser rocín antes, había sido siempre el primer rocín de todos los rocines del mundo.
Puesto nombre a su caballo, quiso ponérselo a sí mismo, y en esto estuvo ocho días, y al fin decidió llamarse don Quijote, lo que prueba que su nombre verdadero debió ser Quijada y no Quesada, según queda dicho al principio de esta historia. Pero recordó que el valeroso caballero Amadís de Gaula al que pretendía imitar—no se había contentado con llamarse Amadís a secas, sino que añadió el lugar de su patria, para hacerla famosa también, y vino en llamarse Amadís de Gaula; por lo tanto, para no ser menos, él determinó llamarse don Quijote de la Mancha.
Hecho todo lo anterior, se dio cuenta de que sólo le faltaba una dama de quien enamorarse, porque así se estilaba entre los caballeros andantes. Y el dicho caballero se decía que, si un día tuviera que pelear con algún gigante y lo venciera, ¿ante qué dama lo enviaría previnióndole que iba de parte del sin par don Quijote de la Mancha, espejo de caballeros, a fin de que le sirviera como esclavo? Pues al vencerlo, aquél tenía que cumplir con las leyes de la caballería, una de las cuales consistía en enviar a sus enemigos derrotados a postrarse a los pies de la dama de sus sueños. Y después de cavilar lo suficiente, don Quijote se acordó de una moza labradora de que estuvo prendado en un tiempo y la que se llamaba Aldonza Lorenzo. Y como no encontrara otra dama que encuadrase mejor con sus sentimientos, decidió escoger a ésta y le puso Dulcinea del Toboso; le puso así porque este nombre le sonaba muy bien y porque ella era originaria de un lugar que se denominaba Toboso.
En el Que se Trata de la Primera Salida que Hizo de su Tierra Don Quijote
De esta manera, antes que brillara el sol, una mañana de julio, el hidalgo de nuestra historia se armó de punta en blanco, montó en su Rocinante y por la puerta falsa del corral salió al campo, muy contento porque veía que sin ninguna dificultad iba a ir por esos mundos de Dios a ayudar a los necesitados, a hacer justicia y a poner las cosas en su verdadero lugar. Mas, apenas había caminado unos cuantos metros, le asaltó una terrible evidencia: la de que, según las leyes de la caballeria andante, no podía enfrentarse a ningún otro caballero, ya que no estaba armado para eso. Sin embargo, aunque estuvo a punto de abandonar por esta causa su empresa, pudo más la locura que lo dominaba y decidió seguir adelante y hacerse armar caballero por cualquier con quien se topara, cosa que los libros de caballeria daban por correcta, según el recordaba haber leído.
Habiéndose aquietado, reanudó el camino, dejando que el caballo siguiente el que le pareciese mejor, en lo que, según don Quijote, residía la fuerza de las aventuras. Casi todo el día anduvo, sin que le aconteciera nada digno de contarse, y al anochecer él y su rocin, estaban cansados y muertos de hambre. Mirando alrededor de sí, nuestro caballero vio, no lejos del camino por donde jiba una venta (especie de hospedería o posada). Se apresuró en llegar a ella cuando ya era entrada la noche y descubrió en la puerta de la venta dos muchachas, las cuales se dirigían a Sevilla con unos arrieros y pernoctarían allí. Luego que divisó la venta, don Quijote se imaginó que era un castillo, y a escasos metros de la posada se detuvo, esperando que algún enano anunciara con su trompeta, desde las almenas, que un caballero. Ilegaba al castillo. Pero como advirtió que esto tardaba en realizarse, se aproximó a la puerta de la venta y vio a las muchachas de que, hemos hablado, las que le parecieron dos hermosas doncellas. En esos momentos un cuidador de puercos de las vecindades hizo sonar un cuerno para reunir a sus animales, y don Quijote, creyendo que era el enano, que antes había esperado, se llenó de contento por la forma como lo recibían.
Al ver a ese hombre armado tan estrafalariamente, las muchachas se atemorizaron y trataron de refugiarse en la venta; pero don Quijote se alzó la visera y mostrando su rostro seco y polvoriento, les dijo:
--No huyan, señoritas, no teman que les vaya a suceder algo, pues a la Orden de Caballería a que pertenezco no le está permitido hacerle daño a nadie.
Una vez tranquilizadas, las muchachas se echaron a reír por la forma como don Quijote las nombraba, y éste ya estaba enojándose porque creía que hacían burla de él. Por fortuna, en esos mismos instantes se hizo presente el dueño de la venta, un hombre gordo y pacífico, el cual casi se une a las risas de las muchachas, al ver a ese hombre tan extrañamente armado. Sin embargo, por temor o prudencia, decidió hablarle de manera comedida y de este modo le dijo:
-Si su merced busca posada, aquí la encontrará, aunque no haya cama alguna disponible.
Viendo don Quijote la humildad del alcaide del castillo (que tal le parecía el ventero y la venta), respondió: -Para mí, señor, cualquier cosa basta.
Y como el ventero era, a la vez, un pícaro, le contestó:
—Bien puede apearse, su merced, con la seguridad de que hallará en esta choza ocasiones para no dormir durante un año entero.
Y diciendo esto, se acercó a sujetar el estribo a don Quijote, el que se apeó con mucha dificultad. Después éste le recomendó al ventero que cuidara bien de su caballo, porque era el mejor del mundo, lo que no le pareció así al dueño de la venta, mientras conducía al animal a la cabailleriza.
Las muchachas le ayudaron a desembarazarse de parte de su armadura, y luego el ventero le puso una mesa a la puerta de la venta y le sirvió un poco de pescado y vino, con lo que don Quijote apAcó el hambre y la sed que le había procurado su primera salida.
En el Que se Cuenta la Graciosa Forma Como Fue Armado Caballero
En cuanto terminó de cenar, don Quijote llamó al ventero y, encerrándose con él en la caballeriza, se hincó de rodillas diciéndole:
-No me levantaré de aquí hasta que no me otorguéis un don, el cual redundará en alabanza vuestra y en favor del género humano.
El ventero, todo confuso, no hallaba qué hacer y se empeñaba porque don Quijote se levantara del suelo, a lo que el caballero no quería acceder, por lo que el ventero le prometió concederle el don.
-No podía esperar menos de vuestra magnificencia, señor mío -respondió don Quijote-; y el don que os pido es que me arméis caballero mañana. Esta noche en la capilla de vuesto castillo velaré las armas. Una vez que me arméis caballero, saldré por las cuartas partes del mundo en busca de aventuras, y a fin de socorrer a los menesterosos, que es lo que deben hacer los caballeros andantes como yo.
El ventero había sospechado que a su huésped le fallaba el juicio y decidió llevarle el amén, para divertirse a su costa. Le dijo que él también había sido caballero andante y que después de muchas correrías había ido a parar a ese su castillo, el que había puesto a disposición de todos los caballeros andantes que por ahí pasaran. Añadió que en su castillo no había capilla, porque la había hecho derruir para construir otra nueva; pero que eso no importaba, porque las armas se podían velar igualmente en el patio, y que al día siguiente se harían las ceremonias de rigor, para que quedara armado caballero.
Luego, el propietario de la venta le preguntó si llevaba dinero, a lo que don Quijote contestó que no. El ventero entonces dijo que no estaba bien que un caballero anduviese sin plata y sin camisas limpias, y que si eso no aparecía en los libros de caballería, era porque sus autores habían considerado ocioso escribirlo, agregando que los caballeros, iban siempre bien provistos de plata y de una cajita donde llevaban unigüentos para curarse las heridas que solfan recibir en los combates. Finalmente, señaló la conveniencia de que sus escuderos llevaran todos esos menesteres, cuando ocurria que los caballeros no tuvieran un sabio encantador amigo que les hiciese llegar sobre una nube una doncella o un enano para que les curaran las heridas. Don Quijote prometió surtirse de dinero y de las otras cosas, y en seguida se procedió a la veladura de las armas, en un corral que había a un lado de la venta, para cuyo efecto don Quijote las hizo amontonar en una pila que junto a un pozo estaba, mientras él embrazaba la adarga y empuñaba la lanza. Hecho esto, comenzó a pasearse gallardamente frente a la pila.
La noche había cerrado ya y el ventero les contó a cuantos había en la taberna la locura de su huésped. Admirándose de esta extraña locura, se acercaron a observarlo y vieron cómo don Quijote tan pronto se paseaba como, afirmándose en la lanza, fijaba los ojos largo rato en las armas.
En esto, {a uno de los arrieros} que estaban alojados en la venta {se le ocurrió darle de beber a su recua} , y para ello era necesario quitar las armas que estaban encima de la pila. Al verlo aparecer, don Quijote le dijo de esta manera: -¡Oh tú quien seas! ¡No te atrevas a tocar las armas del más atrevido caballero que jamás ha existido! Mira lo que haces y no las toques, si no quieres perder la vida en pago de tu atrevimiento.
No le hizo el menor caso el arriero y, tomando las armas de las correas, las arrojó lejos de ahí. Al comprobar tamaña vejación, don Quijote, poniendo el pensamiento en dona Dulcinea, exclamó:
—¡Socorredme, señora mía, en esta primera afrenta que a este vuesto caballero se le ha inferido!
Y diciendo estas y otras razones por el estilo, {soltó la adarga, alzó la lanza con las dos manos, y, le propinó un tremendo golpe en la cabeza al arriero, el que cayó al suelo, aturdido. Luego recogió sus armas y volvió a pasearse con la misma tranquilidad de antes.}
Sin embargo, momentos después llegó otro arriero a darles agua a sus mulos, y cuando trataba de quitar las armas de la pila, sin decir palabra, don Quijote volvió a soltar la adarga, alzó nuevamente la lanza y le partió la cabeza al arriero. Al ruido, acudieron todos los de la venta, el ventero entre ellos. Entonces don Quijote embrazó la adarga, echó mano a la espada y dijo:
—¡Oh señora! ¿Esfuerzo y vigor del debilitado corazón mío! Ya es hora de que te fijes en la aventura que está viviendo tu cautivo caballero.
Los amigos de los arrieros heridos, al ver en la forma que habían quedado, comenzaron desde lejos a tirarle piedras a don Quijote, quien se defendía lo mejor que podía con su adarga y no osaba apartarse de la pila para no desamparar las armas que estaba velando. El ventero daba voces para que no siguieran apedreándolo, porque ya les había dicho que era loco. También don Quijote gritaba tratándolos de alevosos y traidores, y que el señor del castillo era un mal hombre, pues permitía que maltrataran a los caballeros andantes, y que si él ya hubiera recibido la orden de caballería, verían cómo los castigaría, matando a toda la gente del castillo.
Decía esto con tanto brío, que infundió temor entre los que le atacaban, y dejaron de apedrearle y él permitió que retiraran los heridos y volvió a la vela de las armas con la misma tranquilidad de antes.
Disgustado el ventero por las palabras de don Quijote, decidió darle a la brevedad la orden de caballería, antes que sucediera otra desgracia. Volvió a repetirle que en ese castillo no había capilla y que para lo que restaba por hacer no era necesaria. Trajo luego un libro donde anotaba la paja y la cebada que le pedían los arrieros, y con un cabo de vela que sostenía un muchacho, a la par que con las dos doncellas, se acercó a don Quijote, al que hizo ponerse de rodillas y, simulando que leía una oración, en mitad de la leyenda alzó la mano, le dio en el cuello un gran golpe y después, con la propia espada del caballero, un espaldarazo, siempre murmurando entre dientes, como si rezara. Hecho esto, ordenó a una de las doncellas le ciñera la espada, lo que aquella realizó inmediatamente, sujetando la risa, pues ya habían visto de lo que era capaz de conquistar la espada, la espada se
4 De lo que Sucedio a Nuestro Caballero Cuando Salió de la Venta
Rayaba el alba cuando don Quijote salió de la venta y en esos instantes se acordó de lo que le había dicho el ventero, acerca de que tenía que llevar consigo camisas y dinero, por lo que determinó volver a su casa a aprovisionarse de aquellas cosas y de un escudero, que también le estaba haciendo falta.
No había andado mucho cuando le pareció que a su derecha, desde la espesura de un bosque que por ahí había, salían unos quejidos, y apenas oyó esto, dijo:
—Gracias doy al cielo porque me pone por delante la ocasión de acudir en ayuda o socorro de al guien que lo necesita.
Y volviendo las riendas, encaminó a Rocinante hacia el lugar de donde le parecía brotaban los quejidos. A poco de entrar en el bosque, vio una yegua atada a una encina y atado en otra, un muchacho de unos quince años, semidesnudo y que era el que se quejaba, y no sin causa, porque un labrador de gran estatura le estaba dando de azotes con una correa. Cada azote lo acompañaba con una reprensión y un consejo y el muchacho respondía:
-¡No lo haré otra vez! ¡Por la pasión de Dios que no lo haré otra vez y prometo de aquí en adelante tener más cuidado con el rebaño!
Al ver don Quijote lo que pasaba, dijo con voz airada:
—Descortés caballero, malo es lo que hacéis con quien no se puede defender. Subid sobre vuesto caballo y tomad vuestra lanza, que yo os haré comprender que es una cobardía lo que estáis haciendo.
El labrador había dejado arrimada una lanza en la misma encina a la que estaba atada la yegua, pero al ver encima de sí a esa extraña figura que lo amenazaba con su arma, se consideró muerto y con buenas palabras contestó:
—Señor caballero, este muchacho que estoy castigando es mi criado; lo tengo para que cuide una manada de ovejas que poseo, y es tan descuidado, que no hay día que no me falte una; y porque castigo su descuido, dice que lo hago de miserable que soy, para no pagarle el sueldo, con lo cual miente.
-¿Miente, delante mí, ruin villano? -dijo don Quijote-. Por este sol que nos alumbra, estoy a punto de atravesaros con mi lanza; pagadle inmediatamente, sin más replica, y desatadlo luego, que por Dios que nos rige, si no lo hacéis os aniquilaré en seguida.
El labrador agachó la cabeza y desató al muchacho, a quien don Quijote le preguntó que cuánto le debía su amo. El criado respondió que nueve meses, a siete reales cada mes. Sacó la cuenta don Quijote y halló que resultaban sesenta y tres reales, conminando al labrador a que los pagara sobre la marcha, si no quería darse por muerto. Medroso, el pícaro le contestó que no eran tantos, porque había que descontarle tres pares de zapatos que le había dado y un real por dos sangrías que le habían hecho una vez que estuvo enfermo.
-Bien está todo eso -replicó don Quijote-; pero valgan los zapatos y las sangrias por los azotes que sin culpa le habéis propinado, de modo que no os debe nada.
-Lo malo está, senhor caballero, que no ando con plata en este momento y que Andrés venga conmigo a casa, que allá le pagaré cuanto le adeudo. -¿Irme yo con él? -murmuró el muchacho-. ¿No, señor! Porque apenas se vea solo me arrancará la piel como a un San Bartolomé. -No hará tal—replicó don Quijote—; basta que yo se lo mande para que tenga respeto y sólo con que me jure por la orden de caballería que ha recibido, le dejaré libre y os pagará. -Mire vuestra merced lo que dice -exclamó el muchacho-. Mi amo no es caballero, ni ha recibido orden de caballería alguna. Es Juan Haldudo, el rico vecino del Quintanar. —Poco importa eso —ñadió don Quijote—, que aunque Hal-dudo, puede ser caballero, aparte de que cada uno es hijo de sus obras.
Andrés dijo:
—Pero este mi amo, ¿de qué obras es hijo, cuando me niega mi sueldo y mi sudor y mi trabajo?
—No te los niego, hermano Andrés —agregó el labrador—; hacedme el favor de venir conmigo, que juro por todas las órdenes de caballería que hay en el mundo que os pagaré hasta el último céntimo.
—Cumplid como lo habéis jurado—dijo don Quijote—; si no, os prometo que volveré por vos y os castigaré, aunque os escondáis más que una lagartija. Y si queréis saber quién os manda esto, sabed que soy el valeroso don Quijote de la Mancha, reparador de agravios y sinrazones.
Y en diciendo esto, picó espuelas y en breve tiempo se alejó de ellos.
El labrador lo siguió con la vista, y cuando vio que había traspuesto el bosque, se volvió a su criado y le dijo:
—Venid acá, hijo mío, que os quiero pagar lo que os debo, como aquel reparador de agravios me lo ordenó.
-Ojalá así sea -contestó Andrés-y que cumpláis el mandamiento de aquel buen caballero, tan valeroso y tan buen juez. Y si no me pagáis, que vuelva y ejecute con vos lo que prometió. —Soy de la misma opinión —respondió el labrador—. Pero por lo tanto que os quiero, deseo aumentar la deuda para que sea mayor el pago.
Y tomándolo del brazo, lo ató de nuevo a la encina y le dio tal paliza, que lo dejó por muerto.
Mientras tanto don Quijote trotaba felicísimo por lo que había hecho, pareciéndole que había cumplido magníficamente con la ley de la caballería. A media voz decía que podía considerarse dichosa, entre todas las bellas de la tierra, la hermosa Dulcinea del Toboso, por haber convertido en esclavo suyo a tan valiente y renombrado caballero como lo era y lo sería don Quijote de la Mancha, quien, habiendo recibido el día anterior la orden de caballería, hoy había reparado un agravio.
En esto llegó a un camino que se abría en cuatro y entonces recordó que era en las encrucijadas donde los caballeros andantes se ponían a pensar qué camino deberían tomar; y para imitarlos, permaneció un instante parado y después de un rato soltó la rienda a Rocinante, a fin de que siguiera el camino que se le antojara, lo que el caballejo hizo, dirigiéndose rumbo a su caballeriza.
Habría andado unas dos millas, cuando don Quijote descubrió un gran tropel de gente, constituido por unos mercaderes toledanos que iban a comprar seda a Murcia. Eran seis y cabalgaban cubriéndose con sus quitasoles, acompañados de cuatro mozos a caballo y tres arreadores de mulas a pie. Apenas los divisó don Quijote, se imaginó que una nueva aventura le salía al paso, y para hacer lo que había leído en los libros de caballería, con gentil continente y denuedo, se afirmó bien en los estribos, apretó la lanza, se llevó la adarga al pecho y plantándose en medio del camino, esperó que aquellos caballeros andantes se acercaran, que por tales los había tomado. Cuando estuvieron a la distancia necesaria para que pudieran oírle, levantó la voz y con ademán arrogante, dijo: -¡Todo el mundo se detenga, si todo el mundo no confiesa que no hay en todo el mundo doncella más hermosa que la emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso!
Al oír estas palabras, los mercaderes se detuvieron y al ver la extraña figura del que las había pronunciado, se convencieron de que estaba loco. Sin embargo, quisieron ver en qué paraba aquella confesión que se les pedía. Uno de ellos, que era un poco burlón y muy discreto, respondió:
—Señor caballero: nosotros no conocemos a esa señora de que habláis; mostrándosla y si ella es tan hermosa como afirmáis, no tendremos reparos en confesar que es la más hermosa.
A lo que replicó don Quijote:
-Si os la mostrara, ¿qué méritos tendríais de confesar lo que es verdad? Lo que importa es que, sin verla, lo creáis, lo confeséis y lo juréis; en caso contrario, entrad conmigo en batalla, uno a uno, como exige la orden de caballería, o todos juntos, como acostumbráis vosotros, hombres de baja ralea.
—Suplico a vuestra merced—replicó el mercader-, en nombre de todos estos príncipes que aquí estamos, que nos mostréis algún retrato de esa señora, aunque sea del tamaño de un grano de trigo, y quedaremos con esto satisfechos y seguros y vuestra merced contento. Y aunque su retrato nos muestre que es tuerta de un ojo y que del otro le brota supuración, diremos en su favor todo lo que vuestra merced quisiere.
-¡No le brota supuración, canalla, infame! -exclamó colérico don Quijote-. ¡Y no es tuerta ni corcovada, sino derecha como una estaca! ¡Pagaréis caro por la tremenda blasfemia que habéis pronunciado contra tamaña beldad como es mi señora!
Y diciendo esto, arremetió con la lanza, y si no es porque Rocinanite tropezó y cayó, mal lo habría pasado el atrevido mercader. Al caer Rocinante, su amo rodó varios metros, y al tratar de levantarse, no pudo hacerlo, tanto se lo impedían la lanza, la adarga y las espuelas. Y mientras pugnaba por levantarse, gritaba a voz en cuello: -¡No huyáis, gente cobarde, que no es culpa mía sino de mi caballo el que me vea aquí tendido!
Uno de los arreadores de mulas, al oír lo que don Quijote profería, no pudo soportarlo y aproximándose a él, le quitó la lanza, la hizo pedazos y con uno de ellos comenzó a darle de palos, dejándolo hecho una compasión, sin que por eso don Quijote cerrara la boca, amenazando al cielo y a la tierra y a esos bandidos, como él se figuraba que eran. Después de esto, los mercaderes reanudaron su camino.
5 Donde Se Siguen Relatando Las Desgracias De Nuestro Caballero
Como viera que no podía moverse, don Quijote comenzó a recordar los libros de caballería que relataban casos parecidos, como el de Baldovinos y del marqués de Mantua, todas cosas absurdas, pero que a él no le parecían. Y así, con mucho sentimiento, empezó a revolcarse por tierra y a decir con débil acento:
¿Dónde estás, señora mía,
que no te duele mi mal?
O no lo sabes, señora,
o eres falsa y desleal.
Quiso la suerte que en esos instantes pasara por allí un labrador, natural del mismo lugar de donde era don Quijote, y al divisarlo, tendido por el suelo, se aproximó y le preguntó que por qué se quejaba tanto. Don Quijote creyó que aquéI era el marqués de Mantua, y no le dijo lo que le pasaba, sino siguió diciéndole versos en los cuales daba cuenta de sus desgracias y de sus amores, lo que el labrador oyó con la boca abierta. Quitándole la visera, rota por los palos que le propinara el mercader, le enjugó el rostro lleno de sudor y de polvo, y una vez que lo limpió lo reconoció y le dijo:
-Señor Quijada: ¿quién os hizo esto?
Mas don Quijote continuó recitando los versos de los caballeros andantes, en vista de lo cual el labrador lo despojó de las armas para cerciorarse de sí estaba herido, y al no descubrir señal de sangre alguna lo levantó no sin poco trabajo y lo puso sobre el jumento que él traía; después recogió las armas y las colocó en la grupa de Rocinante, al que tomó de las riendas, y se encaminó rumbo a su pueblo, muy preocupado con los disparates que don Quijote pronunciaba y con las quejas y suspiros que lanzaba.
Cuando lo estimó oportuno, hizo su entrada en el pueblo y en casa de don Quijote, la que halló muy alborotada, notando la presencia del cura y del barbero del lugar, los que se llamaban Pero Pérez y maese Nicolás, respectivamente, y eran grandes amigos de don Quijote. El ama de casa decía a voz en cuello:
-¿Qué le parece, señor Licenciado Pero Pérez, la desgracia que le ocurre a mi señor? Seis días que no aparecen ni el rocín, ni la adarga, ni la lanza, ni las armas. Deben de ser esos malditos libros de caballería que él tiene y que lee a menudo los que le han hecho perder el juicio.
La sobrina de don Quijote agregaba más todavía:
—Sepa, señor maese Nicolás, que muchas veces mi tío estuvo los días y las noches leyendo esos desalmados libros y de repente los lanzaba lejos y se apoderaba de la espada y agarraba a cuchilladas las paredes; y cuando estaba muy cansado decía que había muerto a cuatro gigantes altos como cuatro torres, y el sudor que le corrió por la cara decía que era la sangre de las heridas que había recibido en la batalla. Yo tengo la culpa de todo esto, porque no avisé a tiempo a fin de que se pusiera remedio a los disparates de mi tío y se quemaran todos esos condenados libros, para que no siguieran haciendo daño.
-Lo mismo digo yo -murmuró el cura-y no pasará del día de mañana sin que no los haga quemar públicamente.
Todo esto estaban oyendo el labrador y don Quijote, después de lo cual el primero se dio cuenta cabal de la enfermedad de su vecino y comenzó a decir estrepitosamente:
-¡Abrid al señor Baldovinos y al señor marqués de Mantua, que viene malherido!
A estas voces salieron todos y como conocieran los unos a su amigo y las otras, a su amo y tío, que aún no se había apeado del jumento, corrieron a abrazarle. Don Quijote murmuro:
–Vengo malherido por culpa de mi caballo; llévenme a mi lecho y manden a llamar a la sabia Urganda (personaje que figuraba en los antiguos libros de caballería), para que me cure las heridas.
--Ya sabía yo de qué pie cojeaba mi señor. Suba a su cuarto, su merced, que aunque no venga esa sabia Urganda aquí sabremos curarle -dijo el ama.
Lo Ilevaron a la cama y, buscándole las heridas, no le hallaron ninguna, y don Quijote dijo que estaba todo molido por la gran caída que diera Rocinante mientras combatía contra diez bandoleros, los más atrevidos que podían hallarse en la mayor parte de la tierra.
Le hicieron mil preguntas más a don Quijote y a ninguna quiso responder, manifestando que sólo le dieran de comer y le dejaran dormir, que era lo que más le importaba.
DE LO QUE EL CURA Y EL BARBERO HICIERON CON LOS LIBROS DEL INGENIOSO HIDALGO
Al dormirse con Quijote, el cura pidió a la sobrina las llaves del aposento, donde estaban los libros, y entraron todos y hallaron más de cien volúmenes muy bien encuadernados. Cuando el ama los vio, tornó a salir del aposento para regresar llevando un tiesto con agua bendita, a fin de que el cura rociara los rincones, por si se hallara ahí algún encantador y les hiciera daño en vista de que querían expulsarlos de este mundo. Al licenciado le causó risa la simplicidad del ama y le mandó al barbero le fuese pasando uno a uno los libros, para ver de qué trataban, pues entre ellos podría haber algunos que no merecieran la pena del fuego.
Lo primero que maese Nicolás le pasó fueron los cuatro tomos de Amadis de Gaula. El cura dijo:
—Esto parece cosa de misterio; porque según he oído decir, éste fue el primer libro de caballerías que se imprimió en España, y de él se han derivado los demás. De manera que deberemos sin excusa condenarlo al fuego.
--No, señor --replicó el barbero-; yo también he oído decir que es el mejor de todos los libros de este género que se han escrito; y así como es único en su arte, hay que perdonarlo.
—Es verdad —agregó el cura—, y le otorgaremos la vida por ahora. Veamos ese otro que está junto a él.
El barbero explicó: -Es Las Sergas de Esplandián, hijo legítimo de Amadís de Gaula. -En ese caso -sentenció el cura-, no le habrá de valer al hijo la bondad del padre. Señora ama: abrid la ventana y echadle al corral y se dé principio a la hoguera que se habrá de hacer.
Así lo hizo el ama, llena de contento, y Esplandián salió disparado hacia el corral.
El barbero continuó:
-Este que viene es Amadís de Grecia; y aun todos los de este lado son de la misma laya que Amadís.
—Pues, vayan todos al corral—dijo el cura, que enponiéndose a quemar libros no era fácil detenerlo.
Por la ventana comenzaron a llover los volúmenes hacia el corral.
-¿Y ese tonel, qué es? -preguntó el cura señalando uno de los libros.
-Es Don Olivante de Laura -respondió el barbero.
-El autor de este libro -dijo el cura-es el mismo que escribió Jardín de Flores, y no sé determinar cuál de los dos es menos verdadero o más mentiroso; de modo que irá al corral por disparatado y engañoso.
-Este que sigue es Florismarte de Hircania -prosiguió el barbero.
Y de este modo, fueron cayendo hacia el corral libros de nombradía, tal como El Caballero Platir, El Caballero de la Cruz, Espejo de Caballeria, Bernardo del Carpio, Roncesvalles, Palmerin de Oliva, Palmerin de Inglaterra, Don Belianís, Historia del Famoso Caballero Tirante el Blanco, La Diana, de Jorge de Montemayor; La Diana Segunda, del Salmantino, y una serie que sería largo de enumerar. Algunas obras iban derechas al corral; otras merecían un poco de benevolencia, pero éstas eran las menos.
Estaban ocupados en esta obra de limpieza, cuando el curadijo:
-¿Qué libro es ése que está junto a aquél?
El barbero contestó:
-La Galatea, de Miguel de Cervantes.
-Hace muchos años que es amigo mío ese Cervantes -adijo el cura-, y sé que es más versado en desdicha que en poesías.
—Aquí vienen los tres últimos que restan —dijo el barbero—. Son: La Araucana, de don Alonso de Ercilla; La Austriada, de Juan Rufo, jurado de Córdoba, y El Monserrat, de Cristóbal de Virués, poeta valenciano.
--Los tres libros son los mejores que en verso heroico se han escrito en lengua castellana; guárdense como las más ricas prendas de poesía que tiene España -dijo el cura, cansado ya de examinar los libros de don Quijote.
De la Segunda Salida que Hizo el Caballero Don Quijote de la Mancha
Estaban afanados en la quema de los libros, cuando don Quijote comenzó a gritar:
-¡Aquí, aquí, valerosos caballeros; aquí debéis mostrar las fuerzas de vuestros valerosos brazos.
Cuando llegaron donde don Quijote, éste ya se había levantado de la cama y lo hallaron vociferando a diestro y siniestro y dando de cuchilladas, tan despierto como si nunca se hubiera dormido. Se abrazaron a él y a la fuerza lo acostaron de nuevo. Don Quijote se volvió hacia el cura y comenzó a delirar con sus delirios de siempre, en los que aparecían caballeros que se querían batir con él, añadiendo que el bastardo de Roldán (un famoso caballero andante de la antigüedad) lo había malherido con el tronco de una encina, todo por envidia, porque él, don Quijote, era el único que podía hacerle frente. Terminó diciendo:
—Y ahora, traiganme de comer, que es lo que más me vendrá al caso, que lo de vengarme es cuenta mía.
Le dieron de comer y nuevamente se quedó dormido y los que lo rodeaban, más maravillados aún de su demencia. Esa noche el cura y el barbero determinaron, para curar el mal de su amigo, que se tapiara el aposento de los libros, para que cuando se levantara no los hallase.
Así se hizo con suma rapidez, y cuando dos días más tarde don Quijote se levantó, lo primero que buscó fueron sus libros y como no hallara el aposento donde los tenía, andaba de una a otra parte sin encontrarlos. Al fin le preguntó al ama dónde estaba el aposento de los libros. Como estaba bien advertida, el ama dijo: -¿Qué aposento es el que busca su merced? Ya no hay aposento ni libros en esta casa, porque se los llevó el mismísimo diablo. -No era el diablo—replicó la sobrina—, sino un encantador que vino montado sobre una nube, la noche del día en que vuestra merced partió de aquí. Apeándose de una serpiente, entró en el aposento, y no sé lo que hizo adentro; lo cierto es que poco después salió volando, por el tejado, y dejando la casa llena de humo. Cuando fuimos a ver lo que había hecho, no hallamos libro, ni aposento alguno. El ama y yo sólo nos acordamos de que, al tiempo de partir aquel mal viejo, profirió una palabrotas diciendo que todo eso lo hacía por la enemistad que le tenía a su merced. También dijo que se llamaba Muñatón. -Frestón, diria -rectificó don Quijote. -No sabemos, si se llamaba Frestón o Fritón-respondió el ama-; de lo único que estamos seguras es de que en tón terminaba su nombre.
Don Quijote murmuro:
-Ese es un sabio encantador, gran enemigo mío; me tiene ojeriza porque ha comprendido que, andando el tiempo, habré de pelear en singular batalla con un caballero al cual favorece y al que habré de vencer sin que él pueda impedírmelo.
-Nadie duda de eso -dijo la sobrina-. ¿Pero, por qué, mi señor tío, os metéis en pendencias cuando sería mejor estar se tranquilo en casa?
-¡Oh, qué mal me conocéis, sobrina mía! -contestó don Quijote-. Antes que a mí me hayan tocado un pelo, no dejaré títere con cabeza.
No quisieron contradecirlo, porque advirtieron que volvería a montar en cólera. Lo cierto es que se estuvo quince días en casa muy sosegado, sin dar muestras de querer repetir los disparates de antes.
Durante este intervalo, don Quijote le pidió a un labrador vecino suyo, Sancho Panza, hombre de bien, gordo y rechoncho, sin pizca de malicia, le sirviera como escudero. Tanto le habló, que aquél accedió. Entre otras cosas que le dijo don Quijote estaba la de que lo acompañara de buena gana, pues podría sucederle alguna aventura que lo hiciera gobernador de una ínsula. Frente a estas y otras promesas, Sancho Panza dejó mujer e hijos y se convirtió en escudero de su señor don Quijote de la Mancha.
Y una vez que don Quijote se hubo apertrechado de dinero y de camisas y Sancho Panza de unas alforjas bien repletas de comestibles, don Quijote en su rocín y Sancho en su burro, una noche partieron sin despedirse de nadie y caminaron hasta que les amaneció.
DE LO QUE LE ACONTECIÓ AL VALEROSO DON QUIJOTE EN LA ESPANTABLE AVENTURA DE LOS MOLINOS DE VIENTO Y OTRAS MÁS
De pronto descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que había en el campo y así como don Quijote los vio, dijo a su escudero:
-Las cosas nos están resultando mejor de lo que pudiéramos desear. ¿Ves allí, Sancho Panza amigo, treinta o más desaforados gigantes, con los que pienso pelear y quitarles a todos la vida?
-¿Qué gigantes? -dijo Sancho.
-Aquellos que allí ves -respondió su amo.
-Mire vuestra merced -contestó Sancho-; ésos no son gigantes, sino molinos de viento.
-Se conoce que eres ignorante en lo que respecta a estas aventuras —continuó don Quijote-. Y si tienes miedo, hazte a un lado y ponte a orar, que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.
Y diciendo esto, picó espuelas a Rocinante, sin oír lo que Sancho le decía, asegurándole que no eran gigantes sino molinos. Pero don Quijote no le puso oídos y atacó exclamando:
—No huyáis, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero os acomete!
En esto se levantó un poco de viento y las grandes aspas comenzaron a moverse, y al ver esto don Quijote dijo: -¡Aunque mováis más brazos que un gigante Briareo (gigante que decían tuvo cien brazos y cincuenta vientres), me lo habréis de pagar!
Dicho esto, encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, con la lanza en ristre arremetió a todo galope contra el primer molino que encontró, y al darle la lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia, que hizo la lanza pedazos y se llevó tras sí al caballo y al caballero, al que hizo rodar muy maltrecho por el campo. Acudió Sancho a socorrerlo a todo galope de su burro y cuando llegó a su lado vio que no podía moverse.
-¡Válgame Dios! -dijo-. ¿No le advertí a su merced que mirara bien lo que hacía, y que no eran sino molinos de viento?
-Calla, amigo Sancho-respondió don Quijote-, que las cosas de la guerra son así. Aparte de que pienso que es el sabio Frestón el que me robó el aposento y los libros, el que cambió estos gigantes en molinos, para quitarme la gloria de vencerlos.
Sancho lo ayudó a levantarse y a subir en su Rocinante y siguieron camino al puerto de Lápice, lugar donde, según don Quijote, hallarían muchas y variadas aventuras. Aquella noche la pasaron entre unos árboles, y de uno de ellos don Quijote desgajó una rama seca, para reemplazar la lanza que se le quebró al atacar el molino.
Toda esa noche no durmió nuestro caballero andante, pensando en su señora Dulcinea, a fin de cumplir lo que había leído en sus libros cuando los caballeros pasaban sin dormir muchas noches en campos y despoblados, recordando a sus respectivas damas. Sancho, en cambio, durmió de un tirón y sólo abrió los ojos al día siguiente, cuando su amo lo despertó.
Reanudaron su camino al puerto de Lápice y llegaron a él a eso de las tres de la tarde. Don Quijote dijo:
-Aquí podemos hallar un sinnúmero de aventuras, hermano Sancho. Pero no acudas en mi socorro si me ves en mal trance, porque no eres armado caballero y no te está permitido.
Así lo prometió el escudero, y mientras hablaban aparecieron dos frailes montados en sus mulas. Detrás de ellos venía un coche con cuatro o cinco de a caballo y dos mozos muleros de a pie. Viajaba en el coche una señora vizcaína que iba a Sevilla. Aunque los frailes no viajaban con la señora, al divisarlos, don Quijote le dijo a su escudero que, o él se engañaba, o aquélla sería una de las más grandes aventuras en que se vería, porque aquellos bultos negros eran sin duda algunos encantadores que llevaban hurtada a una princesa y él tenía que oponerse a ello. Sancho contestó que aquellos bultos eran frailes y que el coche debía de ser de algunos viaieros.
Pero don Quijote no le quiso oír, y poniéndose en la mitad del camino por donde los frailes tendrían que pasar, dijo:
-¡Gente endiablada: dejad inmediatamente a las altas princesas que lleváis prisioneras; si no, preparaos a recibir la justa muerte que merecéis!
Detuvieron los frailes sus cabalgaduras y al ver a ese hombre de extraña figura dijeron que ellos no eran gente endiablada sino frailes de San Benito y que no sabían si en ese coche iban o no princesas prisioneras. Pero don Quijote no se avino a razones y atacó a uno de los frailes, al que derribó; el otro, al ver el peligro en que estaban, huyó rápidamente. Sucedido esto, don Quijote se acercó al coche y le dijo a la dama que ya la había librado de sus raptores y que ahora se dirigiera al Toboso a contarle a su señora Dulcinea lo que por ella había hecho. Como no dejara la vía libre para continuar el viaje, uno de los acompañantes de la señora, un vizcaíno tozudo, se acerco a don Quijote a fin de increparle su conducta, cosa que no agradó a nuestro caballero, desafiándolo a batirse.
DONDE FINALIZA EL DUELO QUE SE MENCIONA EN EL CAPÍTULO ANTERIOR
El vizcaíno montaba una mula y como advirtiera que don Quijote llevaba una rodela para defenderse, sacó del coche una almohada y se la puso al brazo. Enseguida se fueron uno contra el otro y el vizcaíno propinó un gran golpe con su espada en el hombro de don Quijote, y si no hubiera sido por la rodela, lo hubiera abierto hasta la cintura. Don Quijote sintió la fuerza del golpe y encomendándose a su Dulcinea arremetió a su contrincante, tratando de liquidarlo de una vez. El vizcaíno lo aguardó cubierto con su almohada y en el momento oportuno descargó la espada sobre el caballero manchego, con tan buena suerte para éste que logró desviarla y sólo le arrancó parte de la celada y le cercenó una oreja. No es de contar la rabia que esto le produjo a don Quijote, el que, alzándose de nuevo en los estribos, blandiendo con ambas manos la espada, la asestó con tal furia sobre la almohada y la cabeza del vizcaíno, que éste comenzó a echar sangre por boca, narices y oídos, agarrándose al cuello de la mula para no caer. Sin embargo, la bestia comenzó a corcovear y dio con su dueño en tierra. Don Quijote saltó de su caballo y poniéndole la punta de la espada entre los ojos, le dijo que se rindiera, o si no, le cortaría la cabeza. Así lo hubiera hecho, si las señoras que iban en el coche no se acercaran a don Quijote a rogarle que lo perdonara.
El caballero respondió que tenía mucho agrado en acceder a su pedido siempre que el vizcaíno fuera al Toboso y se presentara a la sin par Dulcinea, para que hiciera de él lo que se le anojara. Sin analizar lo que don Quijote les solicitaba, las temerosas damas le prometieron que así lo harían. El caballero respondió:
-Dando fe a vuestra palabra, no le haré daño, aunque bien merecido se lo tenía. 10 DE LOS GRACIOSOS RAZONAMIENTOS QUE TUVIERON DON QUIJOTE Y SANCHO PANZA
Cuando Sancho vio terminada la contienda y que su amo volvía a montar en Rocinante, se acercó a sostenerle el estribo, y antes que su amo montara, se hincó delante de él y besándole la mano, dijo:
—Sea su merced servido de darme el gobierno de la ínsula que en esta pendencia se ha ganado.
Don Quijote contestó:
–Advertid, hermano Sancho, que esta aventura y otras que se le parezcan no son aventuras de ínsulas sino de encrucijadas; tened paciencia, que más adelante se os ofrecerán aventuras donde no solamente os pueda hacer gobernador.
Agradecióselo mucho Sancho y comenzó a seguir a su señor, quien penetró en un bosque que había en las inmediaciones. En el trayecto, le habló de esta guisa:
—Sería acertado, señor, que nos acercáramos a orar a una iglesia, pues según lo maltrecho que quedó vuesto enemigo, no vayan a avisar a la justicia y demos con nuestros huesos en la cárcel.
-¿Dónde has visto o leído jamás -dijo don Quijote-que ningún caballero andante haya tenido que ver con la justicia, por más homicidios que hubiera cometido?
-No sé nada de homicidios-dijo Sancho-; lo que si sé es que la justicia tiene que ver con los que pelean en el campo. —No tengas cuidado —prosiguió don Quijote— que aquí estoy para defenderte. Pero dime, por vida tuya, ¿has visto caballero más valeroso que yo? ¿Has leído en alguna historia otro con mayores bríos para acometer?
Sancho respondió:
-La verdad es que jamás he leído ninguna historia, porque no sé leer ni escribir. Mas, osaré apostar que a amo más atrevido que vuestra merced no serviré en los días que me restan. Y lo que le ruego es que se cure la oreja, porque le está brotando bastante sangre; en las alforjas traigo vendas y un poco de ungüento blanco.
-Todo eso estaría de más -dijo don Quijote-si se me permitiera preparar una redoma del bálsamo de Fierabrás, que con una sola gota se ahorran tiempo y medicinas.
-¿Qué redoma y qué bálsamo es ése? -preguntó el escudero.
—Es un bálsamo cuya receta Ilevo en la memoria. Y cuando yo lo haga y vieras que en una batalla me parten en dos, procura encajar la parte que haya caído al suelo con la que quede en la silla; luego me darás a beber sólo unos sorbos del bálsamo a que te aludo y verás que quedo tan sano como una manzana.
—Si eso hay—dijo Sancho—, renuncio desde ahora al gobierno de la prometida ínsula y no quiero otro pago por mis servicios que la receta de ese medicamento, que no necesitaré más para vivir honrada y descansadamente, aunque antes habré de saber cuánto costaría fabricarlo.
–Con menos de tres reales se pueden hacer varios cuartillos –respondió don Quijote.
-Pecador de mí -replicó Sancho-: ¿qué espera, su merced, para enseñarme a hacerlo?
-Calla, amigo-contestó don Quijote-, que mayores secretos pienso enseñarte. Por el momento, curémonos la oreja, la que me está doliendo más de lo que yo quisiera.
Sacó Sancho las vendas y el ungtiento de las alforjas, y don Quijote, al ver rota su celada, comenzó a jurar por los Santos Evangelios y clamar venganza contra el vizcaíno que tal desaguisado le infiriera. Sancho le recordó la penitencia que le había dado a su enemigo vencido y que era la de ir a humillarse a los pies de Dulcinea del Toboso y que si ya había cumplido con ella no debía infligirle otro castigo. Don Quijote encontró razonables las palabras de su escudero y después que éste le hubo curado la herida, comieron unos mendugos de pan y un pedazo de queso que Sancho había puesto por precaución en las alforjas. Luego reanudaron la marcha a fin de llegar antes que anocheciera a algún castillo donde les dieran alojamiento. Pero por más que apuraron el tranco de sus cabalgaduras, únicamente lograron arribar a la choza de unos cuidadores de cabras.
11 De lo que Sucedió a Don Ouijote con unos Cabreros
Fueron bien acogidos por los cabreros, y éstos, tendiendo en el suelo unos cueros de ovejas, los invitaron a sentarse y a compartir su modesta cena, quedándose de pie Sancho, como correspondía al escudero de un caballero andante. Al advertir esto su amo lo instó a tomar asiento con ellos. Sancho exclamó:
-¡Gran merced! Pero digole a mi amo que, en teniendo de comer, me da lo mismo engulirlo de pie o sentado. Así que estas honras que mi amo quiere hacerme por ser él miembro de la caballería andante y yo su escudero, conviértamelas mejor en algo que me sea de mayor provecho.
Don Quijote le rebatió:
—Con todo eso te has de sentar, porque a quien se humilla Dios lo ensalza.
Y tomándolo del brazo lo forzó a sentarse junto a él.
Los cabreros no entendían jota de esa jerigonza de escuderos y caballeros andantes, y no hacían otra cosa que comer y observar a sus huéspedes, quienes comían con muy buen apetito lo que les servían. En el intentanto, don Quijote hablaba de las épocas pasadas, cuando la tierra ofrendaba generosamente sus bienes a los hombres y no había maldad ni malicia sobre el mundo. Terminó refiriéndose a cómo la humanidad se había pervertido y para lo cual había sido necesario crear la orden de los caballeros andantes, a fin de amparar a las viudas, socorrer a los huérfanos y a los menesterosos y defender la virtud de las doncellas. También alabó en forma especial la acogida que le habían dispensado los cabreros, aunque ellos ignoraban que él pertenecía a dicha orden.
Uno de ellos adujo que con mayor razón aún podría don Quijote valorizar la buena voluntad con que lo habían agasajado si se dignaba escuchar los cantos de un compañero que sabía tocar el rabel y que no tardaría en unirse al grupo. Aún no acababa de decir esto, cuando se oyeron los sones de un rabel y dentro de un instante apareció el que lo tocaba, un joven de unos veintidós años y de muy buena presencia, llamado Antonio. El que había hecho el ofrecimiento a don Quijote, dijo:
—Podrías procurarnos el placer de cantar un poco, para que este señor huésped vea que por estos montes y selvas hay también quien sabe de música.
-Con sumo gusto —replicó el joven, y sin hacerse más de rogar se sentó sobre el tronco de una encina y templando su rabel se puso a cantar con bien modulada voz. Al terminar su canto, don Quijote le rogó que continuara; pero Sancho se opuso, pues el sueño ya lo estaba venciendo, debido al exceso de vino que había ingerido durante la cena. Dijo:
—Bien puede su merced acomodarse para pasar la noche, que el trabajo que estos buenos hombres tienen en el día no les permite amanecerse cantando.
-No lo niego —replicó don Quijote—; pero acomódate tú donde quieras, que nosotros los caballeros andantes mejore estamos velando que durmiendo. Con todo, convendría que volvieras a curarme la oreja, pues me está doliendo mucho.
Hizo Sancho lo que se le mandaba y al ver uno de los cabreros la herida de su huésped, dijo que él le pondría un remedio con el que sanaría rápidamente. Y tomando unas hojas de romero, las mascó y mezcló con un poco de sal, y aplicándoselas a la oreja lo vendó bien, asegurándole que no necesitaría de otra medicina.
12 De lo que Contó un Cabrero a los que Estaban con Don Quijote
En eso estaban cuando llegó otro mozo, que era el que les llevaba las provisiones de la aldea, y dijo:
-¿Sabéis lo que pasa en el lugar? Esta mañana murió ese famoso pastor y estudiante Ilamado Crisóstomo, y se murmura que murió de amores por Marcela, la hija de Guillermo el Rico, la que anda por ahí vestida de pastora. Dicen que dejó en su testamento que lo enterraran en el campo, como si fuera moro, al pie de la peña donde está la fuente del alcornoque, porque, según es fama, ahí fue donde vio por primera vez a Marcela. Además dejó establecidas en su testamento otras cosas a las que los abades del pueblo no quieren se dé cumplimiento, por parecer cosas de paganos. Ambrosio, el gran amigo del muerto, estudiante y pastor también, es de opinión que deben cumplirse y así andan de alborotados todos. Mañana lo traerán a enterrar con gran pompa y será algo digno de verse y que no me perderé.
-Todos haremos lo mismo -respondieron los pastores-. Sortearemos al que se quede cuidando las cabras, mientras nosotros vamos a los funerales.
A uno de ellos, de nombre Pedro, don Quijote le rogó la explicara quién era el muerto y quién la pastora. Pedro respondió diciendo que el muerto era un hidalgo de mucha fortuna, vecino de aquellas sierras, el cual había estudiado en Salamanca muchos años, habiendo vuelto de allá hecho un sabio. Agregó: -Sabía la ciencia de las estrellas, porque puntualmente nos decía el cris del sol y de la luna. -Eclipse y no crisis se llama -arguyó don Quijote.
Pedro prosiguió su cuento, agregando:
-Asimismo, adivinaba cuándo el año iba a ser abundante o estil.
-Estéril, queréis decir -exclamó don Quijote.
--Estéril o estil --respondió Pedro--, qué más da. Su padre y las amistades de su padre se hicieron muy ricos, porque hacían lo que aquél les decía: lo que, según el año, debían sembrar y cosechar.
-Esa ciencia se llama Astrología -dijo don Quijote.
Pedro prosiguió:
No pasaron muchos meses después que vino de Salamanca, cuando un día amaneció vestido de pastor y justamente también se vistió de pastor su grande amigo Ambrosio, que había sido su compañero de estudios. Cuando los del lugar vieron tan de improviso vestidos de pastores a los dos estudiantes, se quedaron admirados y no hallaban qué pensar. Por aquel entonces ya había muerto el padre de Crisóstomo, dejándole heredero de enormes bienes. Por fin se supo que se había vestido de pastor a causa de esa pastora Marcela, que nuestro zagal nombró denantes y de la que se había enamorado el pobre Crisóstomo. Quién es esta rapaza?
Hija de un labrador muy rico llamado Guillermo. Su madre murió al darle a luz, y el padre, de pura pena, murió al poco tiempo. Un tío se hizo cargo de Marcela, muchacha de belleza singular y que a los quince años todos los jóvenes deseaban tomarla por esposa. Pero ella respondía a su tío, frente a estos requerimientos, que aún no estaba en edad para cargar con las responsabilidades del matrimonio.
Hasta que un día amaneció convertida en pastora y se fue al campo con las demás zagalas del pueblo, a cuidar de su ganado.
"Así como ella se dejó ver--prosiguió el cabrero--, multitud de labradores e hidalgos, ricos los más de ellos, vistieron también el traje de Crisóstomo, o sea, el de pastor, para poder requerirla de amores, cosa que Marcela no esquiva, pues siendo virtuosa como es, no le teme a nadie. Por esta razón, mozos y pastores andan hechos una lástima, tristes y llorosos porque no pueden conseguir su amor. Y si hemos de conceder crédito al zagal que vino de la aldea, Marcela produjo la muerte de Crisóstomo, tanto con su belleza como con su altivez. De manera, señor, que no dejéis de hallaros mañana en su entierro, acontecimiento digno de ser presenciado por las causas que motivaron la muerte de Crisóstomo y porque acudirán a él muchas personas.
DONDE SE DA FIN AL CUENTO DE LA PASTORA MARCELA Y SE NARRAN OTROS SUCESOS
Apenas despuntó el alba se levantaron los pastores y se acercaron a don Quijote a preguntarle si todavía estaba dispuesto a asistir al entierro de Crisóstomo. El caballero dijo que no pensaba en otra cosa y al rato después iban todos cabalgando. No habrían andado una legua cuando vieron venir hacia ellos seis pastores vestidos de negro y con las cabezas coronadas con guirnaldas de ciprés; cada uno llevaba en la mano un grueso bastón. Iban con ellos, también, dos gentileshombres de a caballo, con otros tres mozos de a pie que les acompañaban. Al juntarse, se saludaron cortésmente y al preguntarse hacia dónde se dirigían, supieron que todos se encaminaban al sitio del entierro y así continuaron juntos el camino. Uno de los de a caballo, hablando con su compañero, dijo:
—Paréceme, señor Vivaldo, que podremos dar por bien empleado el tiempo que demoremos asistiendo a este entierro, que ha de ser muy interesante, a juzgar por lo que nos han contado estos pastores.
-Así me parece a mí también —respondió Vivaldo.
Don Quijote les preguntó qué habían oído de Marcela y de Crisóstomo. Uno de los caminantes dijo que esa madrugada se habían encontrado con esos pastores tan tristemente vestidos y que les preguntaron los motivos de esa vestimenta. Añadió que uno de ellos les contó lo de la extraña belleza de Marcela, como igualmente los amores de muchos que la requerían y la muerte de Crisóstomo.
El que se llamaba Vivaldo preguntó a su vez a don Quijote por qué andaba armado de esa manera y por tierras tan pacíficas. Don Quijote le respondió que la tranquilidad y el halago se habían hecho para los cortesanos; pero que su profesión no le permitía andar de otra manera, y que él, aunque indigno, era el menor de los caballeros andantes.
Apenas le oyeron decir esto, le tuvieron por loco y para enterarse de qué género de locura era la suya, Vivaldo volvió a preguntarle qué quería decir caballeros andantes. Don Quijote contestó:
-¿Vuestras mercedes no han leído los anales e historias de Inglaterra, donde se tratan las famosas hazañas del rey Arturo, al que en nuestro romance castellano llamamos Artús, y el cual es fama en todo el reino de Gran Bretaña que no murió, sino que por arte de encantamiento se volvió cuervo, por lo que, de entonces a la fecha, ningún inglés ha matado cuervo alguno? Este mismo rey instituyó aquella famosa orden de la Tabla Redonda, la que fue extendiéndose por diversas partes del mundo. Esto, pues, señores, es ser caballero andante y de lo que he hecho profesión, yendo por estas soledades y despoblados en busca de aventuras, con ánimo deliberado de ofrecer mi brazo y mi persona.
En estas y otras pláticas iban, cuando vieron que por la hendidura de dos altas montañas descendían unos veinte pastores vestidos de lana negra y coronados con guirnaldas. Unos seis de ellos, traían andas cubiertas con ramos de flores. Uno de los cabreros que los vio, dijo:
-Esos que ahí vienen son los que traen el cuerpo de Crisóstomo y el pie de aquella montaña es el lugar donde él mandó que le enterrasen.
Se apresuraron en llegar, y muy a tiempo, porque habían puesto ya las andas en el suelo y cuatro de los pastores cavaban una sepultura al lado de una dura peña. Luego, don Quijote y los que con él iban comenzaron a mirar las andas y vieron un cuerpo vestido de pastor y cubierto de flores. El difunto debía de tener unos treinta años y a pesar de estar muerto se notaba que debió ser muy hermoso y gallardo. Alrededor del cadáver, sobre las mismas andas, había algunos libros y muchos papeles abiertos y cerrados.
14 Donde Se Continuá Tratando Lo Relacionado Con Los Funerales De Crisóstomo
Asistían todos en silencio a la sepultación de los restos del desgraciado pastor, cuando vieron aparecer una maravillosa visión. Era la pastora Marcela, tan hermosa, que no hay palabras como para describirla. Los que hasta entonces no la habían visto la miraron llenos de admiración, y los que estaban acostumbrados a verla no quedaron menos en suspenso.
Apenas la hubo visto Ambrosio, la increpó de este modo:
-¿A qué vienes, fiero basilisco de estas montañas? ¿Vienes a solazarte con la desventura que llevó a la tumba a mi pobre amigo?
Marcela respondió:
-No, Ambrosio; a ninguna de esas cosas vengo, sino a poner en claro que no soy yo la causante de la muerte de Crisóstomo. Así, ruego a todos los presentes que me escuchen, que no he de gastar muchas palabras para persuadirlos de que les digo la verdad.
En seguida prosiguió:
-Según decís, el cielo me hizo hermosa y por esta razón debo estar obligada a amaros. Si no, decidme: Así como el cielo me hizo hermosa, me hubiera hecho fea, ¿sería justo que yo me quejara porque vosotros no me amábais? Cuanto más que habéis de considerar que yo no escogí la hermosura que tengo; y así como la víbora no merece ser culpada por la ponzoña que tiene, puesto que con ella mata por habérsela dado la naturaleza, tampoco yo merezco ser reprendida por ser hermosa. Nació libre y para vivir libre escogí la soledad de los campos. A los que he enamorado con la vista he desengañado con las palabras; y si los deseos se sustentan con esperanzas, no habiéndole dado yo ninguna a Crisóstomo ni a otro cualquiera, bien se puede decir que antes lo mató su porfía y no mi crueldad. Y si se me hace cargo de que eran honestos sus pensamientos, y por eso estaba obligada a corresponderlos, digo que cuando en este mismo lugar donde se cava su sepultura me descubrió la bondad de su intención, le dije yo que la mía era vivir en perpetua soledad. Si a Crisóstomo mató su impaciencia, ¿por qué ha de ser culpable mi honesto proceder y recato?
Diciendo esto, sin querer oír ninguna respuesta, volvió las espaldas y se internó por lo más espeso del monte, dejando admirados, tanto de su discreción como de su hermosura, a todos los que allí estaban. Más aun: algunos flechados por ella trataron de seguirla, con lo que demostraban que no habían aprovechado el desengaño recibido a través de las palabras de la pastora. Lo cual, visto por don Quijote, le pareció que allí convenía salir en socorro de las doncellas menesterosas, y puesta la mano en el puño de la espada, dijo en alta voz:
—Nadie se atreva a seguir a la hermosa Marcela, so pena de provocar mi furiosa indignación. Ella ha demostrado con claras razones la poca o ninguna culpa que ha tenido en la muerte de Crisóstomo.
Ya sea por las amenazas de don Quijote, o porque Ambrosio les rogó a sus amigos que terminaran pronto, ninguno de los pastores se movió, hasta que, cavada la sepultura, pusieron el cuerpo, no sin derramar abundantes lágrimas. Cerraron la sepultura con una gran piedra y le esparcieron muchos ramos y flores.
15 Donde Se Narra la Desgraciada Aventura Que Tuvo Don Quijote Con Unos Desalmados YANGÜESES
Habían cabalgado unas dos horas cuando don Quijote y Sancho llegaron a un hermoso prado y allí decidieron descansar. Se disponían a pasar un momento tranquilo, pero Rocinante, apartándose de ellos, se fue a alborotar una manada de jacas que pacían por esos contornos, las cuales no lo recibieron muy bien que digamos, pues la emprendieron a mordiscos y a patada limpia con el intruso. Aparte de esto acudieron los propietarios yangúeses, quienes terminaron de moler a palos al pobre Rocinante. Al ver esto, don Quijote dijo:
—Estos no son caballeros, sino gente de baja ralea. Ayúdame, Sancho, a vengarme del agravio que le han inferido a Rocinante.
-¿Qué venganza habremos de tomar -dijo Sancho-si ellos son más de veinte y nosotros apenas dos?
-¡Yo valgo por ciento! -respondió don Quijote.
Y echando mano a la espada, arremetió contra los yangúeses; lo mismo hizo Sancho, movido por el ejemplo de su amo. Don Quijote dio una cuchillada a uno y le abrió una chaqueta de cuero que vestía. Naturalmente, no tardaron los dos en rodar por el suelo, lo que los arrieros aprovecharon para zurrarlos con unas estacas de que se habían armado. Don Quijote cayó justamente entre las patas de Rocinante, el que todavía no lograba levantarse.
Percatándose los yangüeses, de lo que habían hecho, se apresuraron a reanudar la marcha. Sancho comenzó a lamentarse:
—¡Ay, ay, ay, señor don Quijote! ¿Por qué no me da unos tragos de aquella bebida del feo Blas, para ver si se me quitan los dolores a los huesos?
-¡Ojalá la tuviera a mi alcance! -contestó don Quijote-. Pero te juro que en cuanto pueda habré de prepararla.
-Mire su merced si se puede levantar -prosiguió Sancho-y ayudaremos a Rocinante, aunque no se lo merece, porque él es el causante de esta paliza.
-Saca fuerzas de flaqueza -dijo don Quijote-, que yo haré lo mismo, y veamos cómo está mi cabalgadura.
–De lo que yo me maravillo es de que mi jumento no haya recibido un solo palo –murmuró Sancho.
—Siempre la aventura deja una puerta abierta en las desdichas para que éstas se remedien —sentenció don Quijote—. Lo digo porque esta bestezuela podrá reemplazar a Rocinante, llevándome de aquí a algún castillo, donde se me curen las heridas.
Quejándose amargamente, Sancho se levantó a duras penas, aparejó su asno, acomodó a su amo sobre él, levantó a Rocinante, y conduciendo al asno por el cabestro, se encaminó hacia donde calculó podía estar el camino real. Y no habían andado una legua cuando vieron aparecer una venta, la que don Quijote consideró ser un castillo. Sancho le replicó que no era un castillo sino una venta, y su amo que un castillo, y así, discutiendo ambos, llegaron frente a ella. 16 DE QUE SUCEDIO AL INGENIOSO HIDALGO EN LA VENTA QUE ÉL IMAGINABA SER CASTILLO Al ver a don Quijote atravesado sobre el asno, el ventero le preguntó a Sancho qué tenía. Sancho respondió que no era nada, sino que se había caído de una peña y se había magullado las costillas.
La mujer del ventero era muy caritativa, y con ayuda de su hija y de una criada asturiana llamada Maritornes, acostaron a don Quijote, y la ventera al descubrir los cardenales que en el cuerpo tenía el caballero, dijo que más que caída esos parecían golpes. Sancho contestó que no habían sido golpes sino que la peña tenía muchas puntas y que eso había provocado los cardenales. Al mismo tiempo dijo que si les sobraban vendas se las dejaran a él, porque sólo de asistir a la caída de su amo también comenzó a dolerle el cuerpo y a llenársele de moretones.
-¿Cómo se llama este caballero? -preguntó Maritornes.
-Don Quijote de la Mancha -respondió Sancho-y es caballero aventurero y de los más famosos que jamás se hayan visto.
-¿Qué es caballero aventurero? -replicó la moza.
-Sabe, hermana mía -respondió Sancho-, que caballero aventurero es una persona que tan pronto sale apaleado como puede ser emperador; hoy es la más desdichada criatura del mundo y mañana podrá tener dos o tres coronas de reinos que dar a su escudero. -¿Y cómo vos, siéndolo de este buen señor, no tenéis siquiera un condado? -interrogó la ventera. —Aún es temprano —respondió Sancho—, porque todavía no hace un mes que andamos buscando las aventuras, y si mi señor don Quijote se recupera bien de estas heridas, como igualmente yo, no trocaría mis esperanzas por el mejor título de España.
Don Quijote estaba escuchando muy atento esta charla, y sentándose en el lecho como pudo, tomando la mano de la ventera, dijo:
—Hermosa señora, podéis llamaros venturosa por haber alojado en este vuesto castillo a mi persona.
Después de estas y muchas otras razones apagaron la luz, y mientras Sancho se dolía de las magulladuras de sus costillas, don Quijote comenzó a pensar en su señora doña Dulcinea del Toboso. Dio la casualidad que en el mismo recinto había alojado también un arriero y que al filo de la medianoche Maritornes entró a tientas en el cuarto, quizá si en busca de algo que allí se le hubiera olvidado. Al sentir que la moza entraba, don Quijote creyó que era alguna princesa del castillo, y cogiéndola de una muñeca, le dijo:
–Ruégoos me dispenséis, pero no puedo ser infiel a la memoria de mi idolatrada señora. De no ser así, gustoso os habría adorado, hermosa criatura.
El arriero, que tampoco había podido pegar pestañada, pensó que se trataba de un asalto, y levantándose se lanzó sobre la cama de don Quijote, al que molió a bofetadas y puntapiés. Como el camastro del caballero andante no era muy firme, se vino al suelo, bullicio que despertó al ventero, y encendiendo éste un candil entró en el lugar del bochinche. Al verlo llegar, Maritornes se escondió en la cama de Sancho y el escudero, al sentir ese extraño bulto entre sus sábanas, principió a la vez a repartir golpes de lo lindo.
Para librarse de ellos, Maritornes se abrazó a Sancho, y al ver esto el arriero y el ventero se encaminaron a defender a la moza; pero era tal la confusión que se había armado, que el arriero le pegaba a Sancho, Sancho a la Maritornes y el ventero a Sancho. Habiéndosele apagado el candil al dueño de casa, cundió en tal forma la batalhola, que despertó a un cuadrillero de la Santa Hermandad, huésped también de esa posada, el cual entró a obscuras al aposento, diciendo:
-¡Haced caso a la justicia, a la Santa Hermandad!
Con lo primero que tropezó el cuadrillero fue con el cuerpo inanimado de don Quijote. A tientas se sujetó de sus barbas, y al notar que no se movía, sospechó que estuviera muerto y que los que estaban peleando dentro del cuarto fueron su asesinos. Entonces vociferó:
-¡Ciérrense las puertas de la venta y que no salga nadie!
¡Aquí han muerto a un hombre!
Al escuchar su vozarrón, el ventero se retiró a su habitación y todos los demás hicieron lo propio, menos Sancho y don Quijote, porque no se podían mover de apaleados. Soltando las barbas del manchego, el cuadrillero salió en busca de luz, para prender a los delincuentes. 17
Donde Se Prosiguen las Peripecias que Pasaron Don Quijote y Sancho en la Venta que el Caballero Pensó que Era un Castillo
Cuando pudo sacar el aliento, don Quijote habló a Sancho:
—Sancho, amigo, ¿duermes?
-¿Cómo voy a poder dormir? -contestó el escudero todo quejumbroso.
Don Quijote prosiguió:
-A fe mía que es ésta una de las mis raras aventuras que me puedan acontecer. Creo que estamos en el castillo de un moro encantado, pues vino la princesa de este castillo y yo le dije que le debía fidelidad a mi señora doña Dulcinea, y yo que estoy diciéndoselo cuando un enorme gigante comenzó a aporrearme sin la menor compasión.
—Siquiera usted platicó con esa beldad; pero yo, ¿qué tuve sino los mayores porrazos que pienso recibir en mi vida?
En esto volvió el cuadrillero trayendo un candil, y al verlos en tan animada conversación se sintió confundido. Don Quijote estaba aún boca abajo y el cuadrillero, acercándosele, dijo:
-¿Cómo está usted, buen hombre?
Don Quijote respondió, fuera de sí:
-Emplee conmigo palabras más comedidas. ¿En esta tierra se les habla de esta suerte a los caballeros andantes como yo, majadero?
Ante la dureza de las expresiones de don Quijote, el cuadrillero montó en cólera, y con el mismo candil le golpéo en la cabeza y se alejó, dejándolos nuevamente a obscuras. Sancho murmuro:
—Sin duda, señor, que éste es el moro y debe guardar el tesoro para otros, y para nosotros sólo los puñetes y los candidazos.
-Así es -respondió don Quijote-; pero levántate, llama al alcaide de esta fortaleza y procura que te den un poco de aceite, vino, sal y romero para hacer el bálsamo milagroso que sé hacer, pues harto lo necesitan ahora las heridas que el fantasma me infirió.
Levantóse Sancho Panza, y yendo en busca del ventero tropezó con el cuadrillero, al que le dijo:
-Señor, quienquiera que seáis, hacednos la merced de darnos un poco de romero, aceite, sal y vino, para curar a uno de los mejores caballeros andantes que hay en la tierra y que yace en cama malherido por el moro encantado que habita en esta venta.
Al oírlo, el cuadrillero tuvo a aquel hombre por falto de seso, y como ya estaba amaneciendo, le pidió al ventero que le suministrase cuanto Sancho pedía. Sancho se lo llevó y don Quijote hizo con todo ello una mezcla y la puso a cacer hasta que estuvo en su punto. Pidió luego una redoma, y como no la había, el ventero le obsequió una alcuza de hojalata y don Quijote pronunció sobre la alcuza más de ochenta padrenuestros, avemarías, salves y credos. Después quiso probar las virtudes del precioso líquido, y se bebió el resto que no había cabido en la alcuza. Apenas lo hubo tomado, cuando comenzó a vomitar y a sudar, y entonces pidió que lo arroparan y dejaran solo. Hiciéronlo así y él durmió más de tres horas, y al despertar se sintió tan aliviado, que estimó había acertado con el bálsamo de Fierabrás y que en adelante podría acometer sin temor alguno cuantas batallas se pusieran a su alcance.
Sancho se maravilló del cambio operado en su amo, achacándoselo al bálsamo milagroso, y le rogó le dejara probar a él. Diole don Quijote un sorbo, pero debido tal vez a que el estómago de Sancho era más duro que el del caballero, no pudo vomitar y le sobrevinieron tantas angustias que pensó le había llegado su última hora, por lo que se puso a maldecir al bálsamo y al que se lo había dado. Dos horas estuvo así el pobre Sancho y quedó más molido que antes.
Como don Quijote se sintiera aliviado, quiso reanudar su búsqueda de aventuras, confiando en las excelencias de su bálsamo. Ensilló a Rocinante y al asno de su escudero, a quien también ayudó a vestir. Cuando ambos estuvieron montados, don Quijote llamó al ventero y le dijo:
-Gracias os doy, señor, por las atenciones que me habéis dispensado en este castillo. Yo os lo pagaré vengándoos de cualquier enemigo que tengaís, pues ése es mi oficio.
El ventero contestó:
-Sé vengarme yo solo de las ofensas que se me infieren, y si habéis de pagar serán las atenciones que recibísteis en esta venta.
-¿En esta venta? -profrió don Quijote-. Pues yo tenía creído que era un castillo. Y como buen caballero andante, no os pagaré nada, porque ningún caballero andante de mi categoría lo hizo jamás, llegase a posada, castillo o venta.
Picó espuelas y se marchó. El ventero entonces trató de cobrarle a Sancho, y éste contestó que si el amo no pagaba, tampoco pagaría él. Había entre los huéspedes de la venta unos individuos amigos de divertirse a costa ajena, y los cuales, acercándose, lo bajaron del asno, y poniéndolo dentro de una manta, comenzaron a mantearlo, es decir, a tirarlo por los aires y a recibirlo en la misma manta. Principió a quejarse de lo lindo el escudero, y al escuchar sus ayes el amo volvió grupas, y sólo de esta manera dejaron libre y tranquilo al desdichado Sancho Panza. 18
Donde Se Cuenta Lo Que Hablaron Sancho Panza y Su Señor y Otras Aventuras Dignas de Mencionarse
Sancho se juntó con su amo, y como iba marchito y desmayado, don Quijote le dijo:
–De aquí en adelante procuraré tener a la mano una espada hecha con tanta maestría, que al que la llevare consigo no puedan hacerle víctima de ningún encantamiento.
–Tan desventurado soy—respondió el escudero—, que cuando su merced consiga esa espada ésta sólo servirá a los armados caballeros, así como el bálsamo, y que los escuderos se las arreglen solos.
En estos coloquios estaban cuando don Quijote vio que por el camino que seguían venía hacia ellos una grande y espesa polvareda, y en viéndola, se tornó a Sancho y le dijo:
--Este es el día, Sancho, en que se registrarán tantas hazañas mías, que quedarán escritas para siempre en el libro de la fama. ¿Ves aquella polvareda que allá se levanta? Pues es un numerosísimo ejército compuesto por multitud de gente.
-Entonces deben de ser dos los ejércitos -dijo Sancho-, porque de esta otra parte se levanta asimismo otra polvareda semejante.
Comprobó don Quijote lo dicho por su escudero, y se alegró sobremanera, pues, su locura le hizo pensar que eran dos ejércitos que venían a embestirse en aquella espaciosa Ilanura. -Has de saber, Sancho -murmuró-, que el que viene de frente hacia nosotros, es conducido y guiado por el célebre emperador Alifanfarón, señor de la Isla Trapobana; el que marcha a nuestras espaldas es el de su enemigo, el rey de los Garamantas, Pentapolín, el que siempre entra en batalla con el brazo desnudo. -¿Por qué se quieren tan mal estos señores? -preguntó el escudero.
Don Quijote dijo:
—Porque Alifanfarón es pagano y está enamorado de la hija de Pentapolín, dama muy hermosa y agraciada y muy cristiana; su padre no quiere que se case con el rey pagano si éste no deja primero su religión y se convierte.
—Por mis barbas, que yo ayudaré en lo que pueda al rey Pentapolín —exclamó Sancho.
-En eso harás lo que te corresponda -dijo don Quijote-. Pero subámonos a ese altillo para que veas y yo te nombre a los caballeros que componen los dos ejércitos.
Así lo hicieron y se colocaron sobre una colina, desde la cual se divisaban ambas polvaredas. Don Quijote comenzó a decir:
-Aquel caballero que trae en el escudo un león coronado, rendido a los pies de una doncella, es el valeroso Laurcalco; el de las armas con flores de oro, el temido Micocolembo; el de los miembros gigantescos que está a su mano derecha, Brandebarbarán de Boliche, y tiene por escudo una puerta, la que se asegura es una de las que Sansón derribó del templo de los filisteos. Al frente de este otro ejército cabalga Timonel de Carcajona y trae en el escudo un gato de oro, con una palabra que dice Miu, primera sílaba del nombre de su dama, la sin par Miulina.
Don Quijote continuó enumerando a los célebres caballeros que irían a enfrentarse. Pero Sancho le interrumpió diciendo que no veía a ninguno, y que, por el contrario, lo que oía eran balidos de ovejas y de carneros. Con lo que no mentía.
El caballero andante respondió que era el miedo lo que lo hacía oír aquello, y ordenándole se apartara de su paso, atacó con su lanza a las ovejas y borregos. Cuando los pastores lo vieron, le pidieron que no hiciera eso, y como él no les obedeció, comenzaron a tirarle piedras con sus hondas; una de ellas le hundió varias costillas. Don Quijote se acordó entonces de su bálsamo y se empinó la alcuza, justo en el momento que una piedra se la hacía afficos y le volaba unos cuantos dientes y muelas. Los pastores vieron que se inclinaba al cuello de Rocinante, y decidieron continuar su camino llevándose unas ocho ovejas que el caballero alcanzó a matar.
Sancho acudió en ayuda de su amo y le dijo que él estaba equivocado, que eso no eran ejércitos, sino manadas de ovejas y carneros. A lo que respondió:
-Lo que pasa, Sancho amigo, es que algún encantador, por envidia a las hazañas que yo iba a realizar, los trocó momentáneamente en lo que aseguras son. Pero mejor es que me mires cuántos dientes me arrancaron esos malandrines.
El escudero le metió los dedos en la boca y comprobó que no le quedaba casi ninguno.
19 De las Discretas Razones que Sostuvo Sancho con su Amo y de las Aventuras que les Ocurrieron
Platicando sobre las causas de sus desventuras, los sorprendió la noche y no tenían dónde cobijarse, aparte de que sus estó-magos ya no podían soportar el hambre, pues les faltaban las alforjas donde llevaban algo de alimento. Para colmo, la noche era muy obscura, y yendo así de esta manera, vieron que venía hacia ellos una gran cantidad de luces, como si fueran estrellas que se movieran. Frenaron sus cabalgaduras y se estuvieron quietos, contemplando lo que podía ser aquello. Sancho comenzó a temblar de miedo, por lo que don Quijote dijo:
-Sin duda, Sancho, ésta debe de ser una grande y peligrosa aventura y es menester que ahora demuestre yo todo mi valor y esfuerzo.
-¡Desdichado de mi! -respondió Sancho-. Y si esta aventura es también de fantasmas, ¿dónde habrá costillas que la resistan?
Apartáronse los dos a un lado del camino y tornaron a mirar lo que aquellas lumbres podían significar, y no tardaron en descubrir muchos encapuchados enarbolando antorchas encendidas, todos a caballo. Detrás de éstos iba una litera cubierta de luto, a la que seguían otros seis jinetes, enlutados hasta las patas de las mulas que montaban. Los encapuchados murmuraban entre sí, en voz baja y compasiva.
Esta extraña visión a tales horas y en despoblado, bastó para aterrorizar a Sancho, el cual volvió grupas sin averiguar más; todo lo contrario de su amo, el que creyó que aquella litera debería transportar a algún caballero malherido o muerto y al que sólo él estaba en condiciones de vengan. Y enristrando su lanza, se afirmó en la silla y se atravesó en el camino por el que los encapuchados forzosamente tendrían que pasar. Alzando la voz dijo:
-¡Deteneos, caballeros, y decidme quiénes sois y qué lleváis, o qué hicísteis u os han hecho, para castigaros o tomar venganza por vosotros!
Uno de los encapuchados contestó:
–Tenemos prisa y es larga nuestra jornada y no podemos detenermos a daros cuenta como nos lo pedís. –Y picando espuelas trató de seguir adelante.
La respuesta que le dieron enfureció a don Quijote, y cogiendo a la mula del freno atacó a un encapuchado, el que rodó por el suelo hecho una compasión. Un mozo que iba a pie comenzó a insultar a don Quijote, quien, montando aun más en cólera, embistió al resto de la cabalgata, sembrando la confusión y haciéndola huir. Junto al primero que derribó el manchego, había una antorcha ardiendo, y al verle la cara don Quijote, le aplicó la punta de la lanza y le exigió que se rindiera.
—Harto rendido estoy —se lamentó el infeliz—; no me puedo mover; tengo una pierna quebrada. No me mate vuestra merced; si no, cometerá gran sacrilegio, pues soy licenciado y he recibido las primeras órdenes.
-¿Quién diablos os trajo aquí, siendo hombre de Iglesia?
-le replicó don Quijote.
—Soy el bachiller Alonso López; vengo con otros once sacerdotes, que son los que huyeron con las antorchas; acompañamos el cadáver que va en la litera, el de un caballero que murió de calentura y de peste, y al que conducimos a su tierra natal para sepultarlo. –En ese caso, no me daré el trabajo de vengarlo –murmuró don Quijote–. Y quiero que sepa vuestra reverencia que soy un caballero de la Mancha, llamado don Quijote, y mi oficio y ejercicio es andar por el mundo aliviando agravios. -No sé lo que es aliviar agravios -continuó lamentándose el bachiller-, pues el que me habéis hecho no es pequeño, ya que quedaré con la pierna quebrada para toda la vida. Y ya que ésta ha sido mi suerte, suplico al señor caballero andante que me ayude a salir de aquí, pues la mula me tiene cogida una piema entre el estribo y la silla.
Don Quijote dio voces a Sancho para que le ayudase, pero el escudero andaba muy ocupado en desvalijar una mula donde los frailes transportaban sus alimentos, y sólo cuando hubo cumplido este trabajo, se reunió con su amo. Una vez en su cabalgadura el bachiller, le devolvieron la antorcha y don Quijote le pidió que a su nombre les rogara a sus compañeros lo disculparan por el agravio que les había hecho. Sancho añadió:
-Y si esos señores desean saber quién es el valeroso caballero que los diezmó, decidles que es el famoso caballero don Quijote de la Mancha, que por otro nombre también se hace llamar El Caballero de la Triste Figura.
Cuando se marchó el bachiller, don Quijote le preguntó a Sancho por qué le había puesto ese nombre, y su escudero le contestó que se le había ocurrido al mirar su rostro a la luz de la antorcha que portaba el bachiller, y que lo había inspirado la triste figura que presentaba su amo, tal vez por el cansancio de la batalla o por la ausencia de sus dientes.
-No, no es eso—dijo don Quijote—, sino que al sabio que debe tener la misión de escribir la historia de mis hazañas le habrá parecido bien que yo tome un apelativo como lo tomaban los caballeros de antes: El de la Ardiente Espada, El del Unicornio, etcétera. El sabio debió habértelo inspirado, y luego haré pintar una triste figura en mi escudo o en mi rodela. -No hace falta que la pinte; basta con que lo miren a vuestra merced -respondió Sancho.
Reanudaron la marcha y entraron a un hermoso valle y allí acamparon para aplacar el hambre que los devoraba. Estaban comiendo de lo mejor, cuando Sancho cayó en la cuenta de que no tenían vino ni agua para aplacar la sed. Y esto los tuvo muy afligidos. 20 EN EL QUE SE TRATA DE LA JAMÁS VISTA NI OÍDA AVENTURA QUE LLEVÓ A CABO EL VALEROSO DON QUIJOTE DE LA MANCHA
-No es posible que no haya agua por aquí -exclamó Sancho-, ya que estas yerbas dan testimonio de que debe haber cerca alguna fuente o algún arroyo, que son los que les dan vida. Convendría que siguiéramos adelante para convencernos de ello.
Le pareció bien el razonamiento a don Quijote, y tomando de la rienda a Rocinante y Sancho del cabestro a su asno, comenzaron a caminar por el prado, a tientas, ya que hemos dicho que la noche estaba muy obscura. No habrían andado doscientos pasos, cuando llegó a sus ódos un gran ruido de agua, como si se despeñara de elevados riscos. Mucho se alegraron del hallazgo, parándose a escuchar de dónde procedía el ruido, oyeron otro que les heló la sangre, especialmente a Sancho, de por sí tímido y miedoso. Eran unos golpes acompasados, con crujir de hierros y cadenas; y añadidos al estruendo de agua, hubieran llenado de pavor a cualquier que no hubiese sido don Quijote. El caballero saltó sobre Rocinante, embrazó la rodela, terció la lanza y dijo a Sancho:
–Sancho amigo: has de saber que yo nació para resucitar la edad dorada de la caballeria; yo resucitaré a los Caballeros de la Tabla redonda, a los doce Pares de Francia y a los Nueve de la Fama y superaré sus hazañas. Quédate aquí y espérame hasta tres días, y si no vuelvo es porque no he salido bien de esta aventura, y entonces encaminate al Toboso y le dirás a la incomparable señora mía, doña Dulcinea, que su cautivo caballero murió por acometer cosas que lo hicieran digno de llamarse suyo.
Al oír estas palabras, Sancho se largó a llorar y le rogó a su señor que no acometiera esa aventura porque era de noche, que esperase mejor a la mañana, ya que no tardaría en despuntar la aurora. Don Quijote se negó a acceder, y como Sancho viera lo decidido que estaba, urdió la treta de manearle las patas de lanteras a Rocinante, sin que su amo se diera cuenta. Cuando don Quijote espoleó a su cabalgadura, ésta no pudo moverse, y Sancho aprovechó para decirle que el cielo había oído sus lágrimas y sus preces y que don Quijote tenía que obedecer este mandato.
Muy a su pesar, don Quijote tuvo que aguardar a que amanciera, y para no hacer muy larga la espera, Sancho le prometió contarle algunos cuentos. Resignado don Quijote se dispuso a escucharlo y el escudero comenzó una historia desatinada sobre los amores de un cuidador de cabras con una pastora, hija de un ganadero rico, interrumpiéndose a cada rato y dejándola por último sin terminar, lo que fastidió no poco a su amo.
Al fin clareó el alba y don Quijote renovó sus deseos de mezclarse en la aventura que prometía aquel ruido de cadenas y de hierros. Antes, Sancho había soltado las patas del caballejo, para que no se sorprendiera su treta, y al cerciorarse de la decisión de su amo, acordó acompañarlo y no esperar tres días su regreso. Conmovió a don Quijote este gesto de su escudero y ambos emprendieron la marcha en dirección a aquellos espantosos ruidos. Al poco rato, entraron a un pequeño prado en donde había unas casas maltrechas, al pie de unas altas peñas, desde donde se precipitaba un enorme torrente. Con cautela fueron acercándose a las casas, encomendándose con Quijote de todo corazón a su señora Dulcinea y también a Dios para que no se olvidara de él. Al doblar un recodo, apareció la razón de aquellos ruidos infernales, los que eran producidos por unas piezas de batán (piedras para moler cereales). No fue pequeña la decepción de don Quijote, y Sancho Panza, libre ya del temor que lo había acosado, dio rienda suelta a su risa. Al principio, don Quijote quiso acompañarlo en las chanzas, pero de repente reaccionó y tomando la lanza la propinó tal lanzazo al escudero, que si éste no agacha la cabeza, ahí mismo queda convertido en cadáver.
21 En el que se trata de cómo Conquistó nuestro Caballero el Yelmo de Mambrino
En estó comenzó a llover y caballero y escudero no hallaban dónde guarecerse, podían haberlo hecho en la casa de los batanes; pero don Quijote le había cobrado tal aborrecimiento porque no habían sido lo que él creyera, que prefirió continuar el camino a la buena voluntad de su cabalgadura.
Habían caminado un buen trecho cuando don Quijote divisó a lo lejos a un jinete que llevaba una cosa relumbrante sobre la cabeza.
—Si no me engaño —dijo—, hacia nosotros viene uno que trae en la cabeza el yelmo de Mambrino.*
-Mire bien, su merced -contestó Sancho-; no nos vaya a suceder algo parecido a los batanes.
—Ya os he dicho, hermano, que ni por broma me nombréis los tales batanes —replicó don Quijote.
El caso es que el yelmo y el jinete que don Quijote veía no eran sino un inocente barbero que iba a practicar una sangria a un enfermo. Como comenzara a llover, el barbero, para resguardar su sombrero nuevo, se puso en la cabeza la bacía en que pensaba realizar la tal sangría, y ésta, al mojarse con la Iluvia, relumbrada como si fuese de oro.
Cuando el jinete estuvo cerca, sin pronunciar palabra, don Quijote lo embistió con la lanza, y si el otro no anda muy listo y no se apea a tiempo, de seguro que lo habría atravesado de parte a parte. Al bajarse de la cabalgadura, el pobre diablo echó a correr a lo que daban las piernas, dejando en el suelo la bacía. Don Quijote la tomó, la revisó cuidadosamente y dijo:
—A fé mía que el que usaba este yelmo debió de tener muy grande la cabeza; y no deja de extrañarme que no tenga ni celada siquiera, y que le falte la mitad.
Sancho exclamó, riéndose:
—A mí me parece que es bacía de barbero y no yelmo, como asegura su merced.
-¿De qué te ríes? -le preguntó su amo.
Para no provocar la cólera de su señor, Sancho replicó:
-Ríome de la gran cabeza que debió de tener el dueño de este aparato, que más se asemeja a una bacia de barbero.
-Lo que ocurre -prosiguió el caballero-es que el que poseía este yelmo, sin conocer en absoluto su valor verdadero, al ver que era de oro puro, le mandó cortar la mitad para aprovecharse de su precio, y con la otra mitad se fabricó un yelmo. Pero yo lo haré acomodarse a mi uso en cuanto tropiece con algún herrero.
A un requerimiento de Sancho, don Quijote lo autorizó para que despojara de sus arreos al asno del barbero y se los pusiera al suyo. Consideró justo que así lo hiciera.
Reanudaron la marcha, y al cabo de un rato Sancho se lamentó:
-Si vuestra merced se dignara dejarme hablar, puesto que me lo ha prohibido, diría una cosa que me está carcomiendo el alma. –Puedes hablar –dijo don Quijote–; pero no te desmidas en tu verborrea. —La verdad es que, en vez de ir en busca de aventuras así, al azar, podríamos averiguar si por aquí cerca hay algún monarca que esté en guerra con otro para ir a ofrecerle nuestros servicios y de este modo ganar fama y dinero. —Primero hay que acometer grandes empresas para conquistar fama y después tratar de acudir en ayuda de algún emperador o rey todopoderoso —sentenció don Quijote—. No creas que la ocasión faltará y que yo pueda entonces darte un título de nobleza, hacerte conde, por ejemplo. Pero llegado el caso, tendrá que afeitarte por lo menos cada dos días esa barba indecente que te has dejado crecer.
A lo que Sancho contestó:
--Es qué si vuestra merced me hace conde, entonces tendré un barbero especial que me acompañé a todas partes, para que me afeite. 22 DE LA LIBERTAD QUE DIO DON QUIJOTE A MUCHOS DESDICHADOS QUE MAL DE SU GRADO IBAN ADONDE NO QUISIERAN IR Terminaban de conversar estas cosas, cuando don Quijote divisó a lo largo del camino doce hombres que eran llevados con las manos esposadas y con cadena al cuello. Los acompañaban dos hombres a caballo, armados de escopetas, y dos a pie, armados también, con dardos y espadas. Sancho Panza, en cuanto los vio, dijo:
—Esta es cadena de galeotes, gente forzada del rey que va a las galeras.
—Comoquiera que sea—dijo don Quijote—; aunque la llevan, esta gente va por la fuerza y no por su voluntad. Y es aquí donde encaja la ejecución de mi oficio, que es el de socorrer a los que necesidad de ello tienen.
Llegó en esto la cadena de los galeotes y el caballero andante, con muy finas razones, les pidió a los guardas le explicaran las causas porque eran conducidos así esos hombres. Uno de los de a caballo dijo que eran galeotes, gente condenada a servir en las galeras, y que no había más que decir.
—Con todo —prosiguió don Quijote—, querría saber por qué causa los llevan.
—Vuestra merced acérquese y pregúnteselo a cada uno —respondió el guarda.
Don Quijote se aproximó al primero que tenía a la mano y le preguntó lo que quería saber.
—Por enamorado —le contestó el reo.
—¿Por eso no más? —dijo don Quijote—. Pues si por eso no más condenan a galeras, yo haría mucho tiempo que estaría apegado al remo.
—No es ese tipo de amores — murmuro el pícaro — lo que me lleva a las galeras, sino que me enamoré tanto de una canasta llena de ropa fina, que si la policía no me descubre abrazado a ella, todavía continuaría estrechándola contra mí. Me enjuiciaron y me echaron tres años de “gurapas”.
—¿Qué son las “gurapas”? —preguntó don Quijote.
—Las galeras —contestó el galeote.
Don Quijote interrogó al segundo reo, pero éste no le respondió, tan triste y melancólico iba. El de la canasta de ropa se encargó de hacerlo por su compañero:
—Este, senhor, va por canario, digo por músico y cantor.
Cantó en el asiento.
—¿Pues cómo? —repitió don Quijote—, ¿por músicos y cantores también van a galeras? No lo entiendo.
—Señor caballero —dijo uno de los guardas—, para esta gente non sancta, cantar en el asiento es confesar su delito mientras le dan tormento. Este confesó ser cuatrero, es decir, ladrón de animales.
Después de escuchar a la mayoría de los presos, don Quijote les rogó a los guardas que dejaran libres a esos infelices y que si no lo hacían de buena gana él los obligaría con la potencia de su brazo.
—Donosa majadería —respondió el guarda—. Siga vuestra merced su camino y enderécese esa bacía de barbero que trae en la cabeza, y no ande buscándole los tres pies al gato.
—¡Vos sois el gato y el bellaco! —respondió don Quijote. Y lo arremetió con tal presteza, que dio con el guarda en el suelo, malherido de un lanzazo; con mucha suerte para el caballero, pues era el que manejaba la escopeta.
Al ver esto, los otros guardas no hallaban qué hacer, y esto fue aprovechado por los galeotes, quienes comenzaron a despojarse de las cadenas, lo cual produjo una confusión mayor aun. Como estaban en minoria y eran tantas las pedradas que llovían sobre ellos, los guardas decidieron huir. Y una vez libres de ellos, don Quijote reunió a los presos y les dijo que, como muestra de gratitud, se dirigieran, cargando sus cadenas, a la ciudad del Toboso y le contaran, punto por punto, a su señora doña Dulcinea, el bien que les había hecho.
Uno de ellos, el más bribón, le dijo que no podían con las cadenas retroceder el camino, pues la Santa Hermandad mandaría a perseguirlos, y que en vez de ir al Toboso mejor mostrarían su gratitud rezando en cualquier momento algún padrenuestro o algún aventura en honor de él y de su dama. Oído esto por don Quijote, montó en cólera y los apostrofó; pero los galeotes le mostraron su agradecimiento volviéndose contra él y su escudero y los maltrataron de lo lindo a pedrada limpia. No contentos con este vejamen, les robaron las ropas y cada uno se fue por su lado, dejando a don Quijote y a su escudero todos maltrechos y doloridos.
23
DE LO QUE ACONTECIÓ A DON QUIJOTE
EN SIERRA MORENA
Habiendo salido tan mal parados de la aventura con los galeotes, montaron en sus cabalgaduras y ambos se introdujeron por los breñales de Sierra Morena, cosa que encontró muy atinada Sancho, porque de este modo podrían eludir, por algunos días, la persecución de la Santa Hermandad. Iban, pues, al tranco de sus bestias, cuando don Quijote divisó en el suelo un cojín y una maleta pequeña. Ordenó a Sancho que se apeara a ver de qué se trataba. Sancho obedeció en seguida y cuál no sería su sorpresa al hallar unas camisas de fina tela, un libro manuscrito y en un pañuelo como cien escudos de oro. Dio cuenta de ello a don Quijote, quien se puso a hoje el libro y después de un rato se convenció de que lo que ahí estaba escrito lo escribió un galán desengañado en amores. Don Quijote se quedó con el libro y regaló a Sancho las monedas de oro, ante cuyo gesto el escudero no pudo menos que besarle las manos. Luego prosiguieron la marcha.
Junto a unos corpulentos alcornoques, decidieron pasar la noche. Sancho no contaba con que uno de los galeotes que ellos habían libertado se había refugiado en esos mismos lugares; habiéndose percatado el truhán que se encontraba en aquel sitio sus libertadores, decidió robarle el asno al escudero. Tal como lo pensó lo hizo. De manera que al día siguiente, al no hallar su cabalgadura, Sancho rompió a llorar, sollozando con tanta fuerza que don Quijote le prometió regalarle tres asnos, de los cinco que él tenía en casa. Consolóse pronto Sancho y a la vera de su amo continuó introduciéndose en la sierra.
Don Quijote iba pensando que ese paraje era el que convenía a sus aventuras y recordaba que los antiguos caballeros andantes habían buscado lugares parecidos para ejercer su oficio. Estaba sumido en estas cavilaciones, cuando vio a un hombrecillo de enmarañada barba y cubierto de andrajos, que saltaba como un gato montés entre unos picachos; y a juzgar por lo poco que pudo observar, creyó que aquél sería el dueño de las ropas y del oro que habían recogido del suelo y decidió ir en su busca para devolvérselos, gesto éste que no le gustó mucho a su escudero, frente a la eventualidad de tener que devolver los objetos y el dinero que ya creía suyos.
Yendo en esta disposición de ánimo, sintieron el silbido de un cuidador de cabras y no tardaron en cruzarse con él. El cabrero les preguntó cómo habían llegado hasta ese paraje tan inhóspito; pero don Quijote se limitó a preguntarle por el hombrecillo que saltaba de picacho en picacho.
El cabrero le respondió:
-Es el que hace unos seis meses vino aquí en una mula que luego hallamos muerta junto a un arroyo. De él son un cojín y una maleta que hay en estos alrededores y los que, por precaución, yo no he querido tocar.
-Nosotros los llevamos consigo para devolvérselos -dijo don Quijote-. ¿Podríais darme mayores detalles de esa persona?
-Lo que sé es que un día vino hasta nosotros, elegantemente vestido, y nos preguntó cuál era la parte más enmarañada de esta sierra, pues tenía que cumplir una penitencia. Nosotros se la indicamos y desde entonces, harapiento y desgreñado, a veces sale a asaltar a los cabreros para quitarles el alimento. Nosotros pensamos Ilevarlo al pueblo para curarle su locura, ya que sus acciones son las de un loco; pero no es fácil empresa hacerlo.
Don Quijote se conmovió profundamente al oír la historia del desdichado joven, y estaba sumergido en estas cavilaciones cuando, con gran sorpresa de todos, lo vieron aparecer. El pobre, cubierto de andrajos, como ya hemos dicho, se aproximó a don Quijote y lo abrazó largamente, como si se conocieran de antes.
24 Donde Se Prosigue la Aventura De Sierra Morena
E1 astroso Caballero de la Sierra díjole a don Quijote:
--Quienquiera que seáis, y aunque no os conozco, agradezco las muestras de cortesía que me habéis dado y perdonad si no tengo cómo retribuirlas.
—Lo único que deseo, es serviros en algo y si es posible mitigar el dolor que os ha traído a este lugar.
El rotoso caballero miraba de alto abajo a don Quijote y después que lo hubo mirado bien, dijo:
-Si tienen algo que darme de comer, por amor a Dios dénmelo. Después haré lo que me pidan.
Sancho Panza y el cabrero hurgaron en sus respectivos zurrones y le pasaron comida al infeliz, quien en vez de comer engullía sin masticar el alimento. Cuando terminó de comer, les hizo señas para que lo siguieran y los condujo a un verde prado, donde todos se sentaron sin decir palabra. Al cabo de un rato, el Caballero de la Sierra dijo:
—Si es vuesto gusto escuchar el relato de mis desventuras, me habréis de prometer que no me interrumpiréis por nada de este mundo.
Así lo prometieron y él inició la relación de sus desdichas:
—Mi nombre es Cardenio, y el lugar de mi nacimiento uno de los mejores de Andalucía; mi familia es noble y mis padres muy ricos. Todos estos dones del cielo habrían de verse enturbiados por un apasionado amor que se despertó en mi corazón hacia una doncella casta y pura, llamada Lucinda, a la que, en verdad, amaba secretamente desde mi infancia. Un día fui a pedir su mano y su padre vio con buenos ojos que la hija se uniera en matrimonio con alguien de mi alcurnia. Pero me sugirió la conveniencia de que fuera mi progenitor el que formalizara la petición de mano, cosa que consideró muy justa y cabal, pues es lo que se estila entre personas bien nacidas. Corrí a casa a solicitar a mi padre este dulce encargo.
Al entrar en su aposento, lo encontré con una carta entre los dedos, y antes que yo pudiera decir algo, murmuró: “El duque Ricardo quiere que vayas a hacerle compañía a su hijo mayor, no como criado sino como amigo”. El duque Ricardo es una de las más grandes personalidades de Andalucía y habría sido ofenderlo el no aceptar tan amable invitación. Enmudecí de sorpresa al leer la carta y más cuando mi padre me notificó que de ahí a dos días debía yo partir a hacer la voluntad del duque.
Para qué describiros cómo fue nuestra despedida con Lucinda. Llantos y desmayos y juramentos de toda especie. “Fui cariñosamente acogido de parte del duque Ricardo, pero quien más me demostró su afecto fue el hijo segundo del duque, don Fernando, mozo gallardo, gentilhombre y enamorado. Tenía éste amores con una labradora muy bonita, pero a la que no podía hacer su esposa por cuestiones de alcurnia. Don Fernando me contó todas sus cuitas y yo trataba de consolarlo a la medida de mis fuerzas. Cierra vez, don Fernando me dijo que la única manera de apartar de su pensamiento la hermosura de la labradora, sería ausentándose unos dos meses de aquel lugar, para lo cual podríamos dirigirnos a casa de mi padre. Acepté en el acto, ya que esto me daría oportunidad de volver a ver a mi Lucinda. Yo no contaba con la doblez de don Fernando, pues su prisa por partir de esa comarca se debía a que había logrado engañar a la labradora, y una vez realizado este mal acto se había convencido de que en verdad no la quería como para hacerla su esposa. Partimos con rumbo a la ciudad, lo recibió mi padre con las mayores muestras de deferencia, volví a verme con Lucinda y mi amor estalló más apasionado que nunca. Por mi mal, un día le participé de mis amores a don Fernando, y éste, desde ese instante, comenzó a interesarse en forma extraordinaria por Lucinda, hasta el punto de leer las cartas que ella me enviaba y las que yo le remitía. Por cualquier cosa, la conversación suya giraba alrededor de Lucinda, lo que empezó a despertar mis celos. “Acaeció, pues, que habiéndome pedido Lucinda un libro de caballerías, a la que era muy aficionada, en el que se trataba de Amadís de Gaula...”
Al oír esto don Quijote, exclamó:
-Si su merced hubiera comenzado por ahí, diciéndome que vuestra dama Lucinda era aficionada a los libros de caballería, yo hubiera avalorado inmediatamente sus altas condiciones, y no habríais tenido que gastar palabras para alabar su hermosura y entendimiento. Y hubiera querido que junto con Amadís de Gaula le remitiésseis Don Rugel de Grecia. Y perdonadme por la interrupción, que me ha hecho faltar a la promesa que os empeñamos al comenzar vuesto relato.
Mientras decía esto don Quijote, el mozo había agachado la cabeza, dando muestras de estar profundamente pensativo, y después de un rato más o menos largo dijo que nadie le quitaría de la cabeza que el maestro Elisabat tenía amores ilícitos con la reina Madasima. Al oír esto, don Quijote sa lió en defensa de la reina y afirmó que el que asegurara lo contrario era un bellaco y que se entendería con él, donde fuera y a la hora que fuera.
Cardenio, como es de suponer, no estaba en sus cabales, y al sentirse ofendido por don Quijote, cogió una piedra y se la lanzó con tal violencia que lo tiró de espaldas. No tardó Sancho Panza en salir en defensa de su amo, y también recibió una andanada de puñetazos y de patadas que lo dejaron hecho una compasión. Terminada su faena, Cardenio huyó a esconderse en la espesura, lo que aprovechó Sancho para descargar su furia contra el cabrero por no haberles advertido a tiempo sobre estos súbitos ataques que le sobrevenían a Cardenio y de esta manera haber evitado tan inesperado castigo. 25
Que Trata de las Extrañas Cosas que Sucedieron a Don Quijote en Sierra Morena y de la Imitación que Hizo a la Penitencia de Beltenebros
Despidióse don Quijote del cabrero y Sancho lo siguió de malas ganas, internándose ambos por lo áspero de la montaña. Sancho reventaba de deseos de hablar, pero no hallaba modo de iniciar la conversación. Al fin no aguantó más y solicitó la venia del caballero para decir algunas palabras, cosa que le fue concedida. Dijo Sancho:
-¿Por qué insistió tanto su merced en las virtudes de esa reina Madasima? De no ser así, el mozo habría terminado su historia, su merced no habría recibido esa pedrada y yo me habría ahorrado los puñetes y las patadas.
-La verdad es que ese maestro Elisabata que aludió el loco era un hombre muy prudente y de muy sanos consejos y respetaba altamente a su señora la reina Madasima. Y entiende con todos sus cinco sentidos que cuanto yo hago o hiciere es conforme a las reglas de caballería, que las sé mejor que cuantos caballeros las profesaron en el mundo.
-¿Y es de buena regla —respondió Sancho— que andemos perdidos por estas montañas, sin senda ni camino, por sólo buscar a un loco?
-Calla, Sancho-dijo don Quijote-, porque te hago saber que no sólo me trae por estos lugares el deseo de hallar al loco, sino la hazaña que tengo que realizar y con la que ganaré perpetuo nombre y fama en toda la extensión de la tierra. -¿Y es de mucho peligro esa hazaña? -preguntó Sancho. Y el de la Triste Figura respondió: -Todo dependerá de tu diligencia. -¿De mi diligencia? -Sí, porque si vuelves pronto de adonde quiero enviarte, más pronto terminará mi pena y más luego comenzará mi gloria. Amadís de Gaula fue el más perfecto de los caballeros andantes y el que lo imitare estará más cerca de alcanzar la perfección de la caballería. Una de las cosas en que este caballero demostró mayor prudencia fue cuando se retiró, desdeñando a la señora Oriana, para hacer penitencia en la Peña Pobre, mudando su nombre por el de Beltenebros (que se compone de bello y tenebroso). Y a él deseo yo imitar. -¿Y qué es lo que vuestra merced quiere hacer en este tan remoto lugar? -preguntó Sancho. —Quiero hacer penitencia por doña Dulcinea del Toboso; me daré de cabeezazos contra las piedras y muchas otras locuras. Y tú iras donde ella a testimoniarle mis sufrimientos, para que su corazón se apiade de mí. -¿Yo iré hasta ella? -interrogó el escudero. -Le llevarás una carta y volverás con su respuesta. -A fe mía-prosiguió Sancho-,-, tendrá que prestarme usted su Rocinante, porque yo soy malo para caminar y su merced sabe que el rucio me lo robaron. —Irás en Rocinante, a condición de que lo cuides como él se merece.
Sancho continuó:
-¿Y qué haremos para escribir esa carta, como asimismo el recibo de los tres pollinos que su merced me ofreció cuando me robaron el mío? -Aprovecharemos la libreta de Cardenio -dijo don Quijote-. Aunque estoy recordando que Dulcinea no sabe leer ni escribir; y más aun, en los doce años que la amo, si la habré visto tres veces es mucho, tal es el recato con que sus padres, Lorenzo Corchuelo, y su madre, Aldonza Nogales, la han criado. -Ta, ta –dijo Sancho-. ¿De manera que la hija de Lorenzo Corchuelo es la señora Dulcinea del Toboso? Bien la conozco y sé decir que es una moza muy forzuda y que se gasta un vozarrón que se deja oír desde el campanario de la iglesia hasta el otro extremo de la aldea.
Escribió la carta don Quijote y extendió el recibo de los pollinos, y ambos papeles se los entregó a Sancho. El escudeiro ensilló a Rocinante, y ya iba a partir, cuando don Quijote le pidió que viera algunas de las locuras que haría, para que se las relatara a Dulcinea del Toboso y ella se apiadara de su enamorado corazón. En un dos por tres, don Quijote se desnudó y comenzó a dar zapatetas en el aire y a hacer cabriolas en el suelo. Sancho no quiso ver más, y picando espuelas se alejó a cumplir con el encargo.
Donde se Prosiguen las Finezas que de Enamorado Hizo Don Quijote en Sierra Morena
Una vez que hubo partido Sancho, don Quijote decidió imitar en lo posible las penitencias de caballeros como Amadís de Gaula y Roldán; y es así como, en aquella Sierra Morena, a medio vestir, comenzó a pasearse por el prado, recitando versos dedicados a su señora doña Dulcinea del Toboso o poniéndose a rezar, para lo cual se fabricó un rosario con trozos de alcornoque.*
Mientras tanto, su fiel escudero había llegado a la venta donde lo mantearon y tuvo miedo de que le volviera a acontecer lo mismo. Pero como era la hora de comer y el hambre se lo llevaba, decidió rondar cerca de la puerta. En esto estaba cuando salieron de la venta el barbero y el cura, que habían hecho el inventario de los libros de don Quijote y hecho quemar lo que ellos consideraban más pernicioso.
El barbero dijo:
–Dígame, señor Licenciado, àquel que va a caballo no es Sancho Panza, el que salió junto con su amo, sirviéndole de escudero?
-Sí, ése es —respondió el cura.
Se aproximaron a Sancho y el cura lo llamó por su nombre:
-Amigo Sancho Panza: ¿dónde está vuestro amo?
Sancho se negó a darles noticia alguna respecto al paradero de don Quijote. En vista de lo cual, el barbero exclamó: -Si no nos decís dónde está, pensaremos que le habéis muerto y robado, puesto que venís encima de su caballo.
Atemorizado, Sancho respondió:
-No soy hombre que robo ni mato a nadie. Mi amo quedó haciendo penitencia en la mitad de esa montaña.
Y luego contó de corrido cuanto sabía, añadiendo que llevaba una carta para la señora Dulcinea del Toboso, la hija de Lorenzo Corchuelo, de quien don Quijote estaba muy enamorado.
Quedaron admirados de lo que Sancho contaba y pidieron les mostrar la carta. Comenzó Sancho a buscar el libro en que había sido escrita y no lo pudo hallar, por la sencilla razón de que había quedado en poder de don Quijote. Pálido se puso al no encontrarla y empezó a arrancarse las barbas de desesperación. Visto lo cual por el cura y el barbero le preguntaron qué cosa le había acontecido.
-¿Qué me ha de suceder —respondió Sancho—, sino que en un instante he perdido tres pollinos? En el mismo libro donde venía la carta para Dulcinea, venía también una autorización de mi señor para que su sobrina me diera tres pollinos de cuatro o cinco que hay en casa.
Consolóle el cura diciéndole que en cuanto viera a su señor haría darle una nueva autorización. Tranquilizado, Sancho dijo que no le daba mucha pena la pérdida de la carta, porque la sabía de memoria.
–Dila, Sancho –murmuró el barbero–, y después la copia-remos.
Hizo un esfuerzo el escudero...
-Alta y sobajada señora... —No dirá sobajada, sino soberana señora —lo interrumpió el barbero. -Así es —continuó Sancho-. Luego hablaba de “el llagado y falto de sueño” y “el herido besa a vuestra merced las manos, ingrata y muy desconocida hermosa”, para terminar con: “Vuestro hasta la muerte. El Caballero de la Triste Figura”.
Agregó que cuando volviera con la respuesta de Dulcinea, su amo se haría emperador, y a él, Sancho, lo casaría con alguna dama de la emperatriz, pues así se lo había prometido. El cura y el barbero no quisieron sacarlo de su error, y después de darle de comer, acordaron, en secreto, disfrazarse aquél de doncella andante, y éste de escudero, e irían donde don Quijote a fin de arrancarle una promesa y quitarlo de las penitencias que estaba haciendo.
27 En el Que se Narra de Cómo Salieron con su Intención el Barbero y el Cura
Disfrazáronse ambos, el cura con unas faldas que le pidió prestadas a la dueña de la venta, y el barbero con una barba hecha de la cola de un buey. Pero apenas habían salido, el cura dijo que ese disfraz no le convenía, pues no sería bien visto que un cura se vistiera de mujer, y propuso al barbero cambiarán de disfraz, a lo que éste accedió sin poner inconvenientes. Reanudaron, pues, el camino, guiados por Sancho, el cual les iba contando lo que les aconteció con el loco de la sierra.
Al otro día Ilegaron al lugar donde Sancho había dejado las señales para no extraviarse, y decidieron que el escudero se adelantase al encuentro de don Quijote y luego volviera para darles noticias sobre su señor.
Alejóse Sancho y ellos permanecieron junto a un arroyo esperando. De pronto oyeron que alguien cantaba tristemente y decidieron averiguar quién era. No tardaron en divisar al loco de que les había hablado Sancho. Al verlo, el cura le rogó que dejara esa vida, pues se ponía constantemente en peligro. El loco le agradeció el interés que se tomaba por él y les pidió que escucharan el relato de sus desventuras, provocadas por la traición que le hiciera su entrañable amigo don Fernando, al arrebatarle el amor de su querida Lucinda. cosa que el barbero y el cura conocían por habérsela narrado Sancho en el trayecto.
Terminaba su historia Cardenio el loco, cuando oyeron estas lastimeras voces:
-¡Ay, Dios! ¿Será posible que en este desolado lugar vaya a encontrar yo mi sepultura?
Acudieron al sitio de donde procedían los lamentos, y vieron a un pastor inclinado sobre el arroyo, disponiéndose a lavarse los pies. Por el ruido que hicieron, el pastor se volvió, y cayéndosele el sombrero, dejó en descubierto una hermosa cabellera rubia, larga, como de mujer. El cura y el barbero le preguntaron si podían servirle de algo y ella dijo que lo único que buscaba era la soledad y el olvido en aquellos agrestes parajes. Preguntáronle las razones de su determinación, y ella, después de vacilar un poco, declaró que era hija de una humilde familia, que el hijo de un noble señor la había seducido, prometiéndole matrimonio, palabra que no cumplió para casarse con otra. Sobresaltado, Cardenio le preguntó el nombre, y ella contestó que se llamaba Dorotea y que su seductor se llamaba don Fernando, y la dama con quien se había casado, Lucinda. Añadió Dorotea que había huido de casa de sus padres para esconder su vergüenza en aquella serranía y que sólo esperaba la muerte como único remedio de sus males.
No pudiendo soportar más el peso de su dolor, Cardenio le confesó que él era el verdadero novio de Lucinda, y que don Fernando los había traicionado a ambos, agregando que aún era tiempo de remediar los daños causados si volvían juntos a la ciudad a enrostrarle su proceder al seductor y obligarlo a una justa reparación. El cura y el barbero se ofrecieron a ayudarlos, y en esto estaban cuando oyeron las voces de Sancho Panza.
Cuando estuvieron junto al escudero, éste les contó que había hallado a don Quijote en camisa, muerto de frío y de hambre y que le había dicho a don Quijote que su sin par señora doña Dulcinea del Toboso había leído su carta y que le ordenaba abandonara inmediatamente aquella sierra. A lo que el caballero había respondido que lo haría después de cumplir con algunas hazañas que lo hicieran digno de su amada.
28
EN EL QUE SE TRATA DEL GRACIOSO ARTIFICIO QUE SE EMPLEÓ PARA SACAR A DON QUIJOTE DE LA PENITENCIA QUE SE HABÍA IMPUESTO
El barbero explicó brevemente a Dorotea y a Cardenio lo que se proponían hacer para sacar a don Quijote de aquella sierra donde cumplía la absurda penitencia. Oído lo cual Dorotea se ofreció para desempeñar el papel de doncella menesterosa, arguyendo que ella lo haría mejor que el barbero, por cuanto era una auténtica mujer y llevaba ropas apropiadas; añadió que había leído también muchos libros de caballeria y que sabía lo que se estilaba cuando las doncellas afigidas pedían la ayuda de los caballeros andantes. Al verla tan hermosa y acicalada, Sancho preguntó al cura quién era esa doncella, y aquél le respondió que era la rica heredera del gran reino de Nicomicón, la cual había ido en busca de don Quijote para solicitarle la defendiera contra los agravios que le había hecho un mal gigante.
Montó Dorotea la mula del cura, mientras el barbero se acomodaba al rostro la cola de buey. Luego dijeron a Sancho los guiara donde don Quijote estaba, advirtiéndole fingiera ante su amo no conocer al barbero ni a Dorotea. Ni Cardenio ni el cura los acompañaron a fin de no crear dificultades en la misión que llevaban.
Tres cuartos de legua habían andado cuando hallaron a don Quijote, el cual ya se había vestido. En cuanto Dorotea lo vio, fustigó a la mula y al llegar junto a don Quijote, se hincó de rodillas ante él, diciéndole:
-De aquí no me levantaré hasta que vuestra bondad y cortesía me otorguen el don que vengo buscando desde lejanas tierras, atraída por vuestra resonante fama.
Don Quijote respondió:
—No os responderé palabra, hermosa señora, mientras no os levantéis.
-No me levantaré -prosiguió Dorotea-si no me prometéis el don que vengo a pediros.
-Os lo otorgo y concedo -murmuró el caballero.
Sancho se acercó a don Quijote y le dijo al oído que esa doncella era princesa del gran reino de Micomicón, de Etiopía, y que el don que le solicitaba era matar a un gigantazo que la perseguía y agraviaba.
-Sea quien fuere -contestó don Quijote-, que yo haré lo que me dicte la conciencia. -Agregó, volviéndose a la doncella-: Levantaos, hermosa dama, que yo os otorgo el don que me pedís.
-Lo que pido - continuó Dorotea - es que vuestra magnánima persona acuda conmigo a donde yo le llevare y no se mezcle en ninguna otra aventura hasta que no me vengue de un traidor que me ha usurpado el reino.
--Podéis estar segura de que os restituiré el trono --prosiguió don Quijote-. Y manos a la obra, que en la tardanza dicen que suele estar el peligro.
Pusiéronse en camino, y mientras esto hacían, el cura sacó un par de tijeras y en un santiamén preparó un disfraz para Cardenio, a fin de que don Quijote no pudiera reconocerlo. Cuando el caballero andante y su comitiva se juntaron a ellos, don Quijote se extrañó al ver al cura en esos lugares. En esos mismos instantes, la mula que montaba el barbero lanzó un par de tremendas coces, lanzando al suelo a su jinete, el cual, al rodar maltrecho, perdió las barbas postizas.
Alarmado el cura, se aproximó al barbero, y pronunciando unas palabras misteriosas le restituyó las barbas. Maravillado, don Quijote le rogó que cuando dispusiera de tiempo le enseñara esas palabras mágicas, a lo que el cura accedió muy gustoso. 29
QUE TRATA DE LA DISCRECIÓN DE LA HERMOSA DOROTEA, CON OTRAS COSAS DE MUCHO GUSTO Y PASATIEMPO Dorotea se dispuso a relatar su historia, de acuerdo con lo que había convenido con el cura y el barbero, a fin de convencer a don Quijote para que abandonara sus penitencias de Sierra Morena. Empezó así: -Mi padre se llamaba Tinacrio el Sabidor y era muy entendido en magia, valiéndose de la cual supo que mi madre, la reina Jaramilla, habría de morir primero que él y que de allí a poco tiempo más, también iba a pasar a mejor vida, dejándome completamente huérfana. Pero mi padre decía que no le afligía tanto la idea de mi orfandad, como la de que un descomunal gigante, señor de una inmensa ínsula cercana a nuestro reino y llamado Pandafilando de la Fosca Vista, porque siempre mira de través como si fuera bizco, en cuanto supiera que me había quedado huérfana de padre y madre, trataría de arrasar nuestro reino, cosa que no haría si yo accedía a casarme con él. Afiadió el autor de mis días que no fuera a cometer la insensatez de oponerle resistencia, porque con ello comprometía la seguridad de mis fieles vasallos, y que lo mejor que podía hacer era trasladarme a España y tratara de buscar a un caballero andante de gran fama, el que se llamaba o se hacía llamar don Azote o don Gigote... –Don Quijote, diría, señora—exclamó Sancho Panza—; o, por otro nombre, el Caballero de la Triste Figura. -Así.es -dijo Dorotea-; y agregó más aun: que había de ser alto de cuerpo, seco de rostro y que en el lado derecho, debajo del hombro izquierdo, tendría un lunar pardo con algunos pelos de manera de cerdas.
Al oír esto, don Quijote le ordenó a su escudero:
-Ayúdame a desnudarme, Sancho hijo, que quiero ver si soy el caballero que aquel sabio rey dejó profetizado.
-No hay para qué desnudarse -respondió Sancho-; que yo sé que tiene vuestra merced un lunar de esas señas en la mitad del espinazo.
-Con eso basta—agregó Dorotea. Y continuó—: Y apenas hube desembarcado en Osuna, oí hablar de tantas hazañas realizadas por el señor don Quijote, que comprendí en seguida que era el mismo que venía a buscar.
Don Quijote la interrumpió:
-¿Cómo pudo desembarcar en Osuna, señora, cuando no es puerto de mar?
Antes que Dorotea contestara, el cura lo hizo por ella:
-La señora princesa querrá decir después que desembarcó en Málaga y que la primera parte donde oyó noticias vuestras fue en Osuna.
-Eso quise decir -murmuró Dorotea-; y ésa es mi amarga historia y lo que me ha deparado la suerte al encontrar a don Quijote, por lo que ya me considero reina y señora de todo mi reino, pues-él me ha prometido ir conmigo donde yo quiera llevarlo, a fin de matar al gigante Pandafilando y restituirme lo usurpado según lo profetizó Tínacrio el Sabidor, mi buen padre, quien también dejó dicho y escrito que si este caballero de la profecía, después de degollar al gigante, quisiera casarse conmigo, que no titubeara en ser su legítima esposa, dándole posesión de mi reino. -¿Qué te parece, Sancho? -dijo don Quijote-. ¿No te lo había advertido yo? Ya tenemos reino que mandar y reina con quien casarnos.
Lleno de contento, Sancho fue a tomar las riendas de la mula de Dorotea y haciéndola detener se hincó de rodillas ante ella, suplicándole que le diera las manos para besárselas en señal de que la reconocía como reina y señora.
-Esta es mi historia -añadió Dorotea-, y de toda la gente que me acompañaba todos se ahogaron en el mar en un temporal, habiéndonos salvado yo y el barbado escudero que me acompaña.
–Jura ir con vos al fin del mundo –dijo don Quijote– y partirle en dos la cabeza a vuesto fiero enemigo.
A todo esto tropezaron con un jinete que resultó ser Ginés de Pasamonte, el que había robado el asno de Sancho, y éste al verle, comenzó a darle tantas voces, que Ginés huyó y Sancho recuperó alborozado su cabalgadura.
Don Quijote estimó oportuno adelantarse un poco con su escudero, para preguntarle cómo había realizado su embajada ante su señora doña Dulcinea del Toboso. A lo que respondió Sancho que la carta no se la había entregado porque se le quedó dentro del libro, pero que, como la sabía de memoria, la había dictado a un sacristán y así había salido airoso de esa dificultad.
30 De los Sabrosos Razonamientos Que Sostuvieron Don Quijote y Sancho Panza
- Todo eso está muy bien -dijo don Quijote-. Pero continúa. ¿Qué hacía aquella reina de la hermosura? ¿La hallaste ensartando perlas o bordando con hilo de oro alguna cosa para este su cautivo caballero?
--No--dijo Sancho-. La encontré cargando dos fanegas de trigo en el corral de su casa.
—Cuando le diste la carta, ¿la besó, hizo una ceremonia digna de tal carta?
-Me dijo que pusiera la carta sobre un saco de trigo, pues no podría leerla hasta que no terminara su faena.
-Discreta señora—comentó don Quijote—. Seguramente, era para recrearse leyéndola con calma y a solas. Y cuando llegaste junto a ella, ¿no sentiste un fino olor agradable, aromático?
Sancho respondió:
-Lo que sé decir es que sentí un olorcillo algo hombruno, seguramente porque al mover los sacos de trigo había sudado en abundancia.
-No debió ser eso, sino que, o estabas arromadizado o te oliste tú mismo. Y bien -prosiguió-, ¿qué hizo cuando acabó de cargar el trigo y después de leer la carta?
-La carta -dijo Sancho-no la Ieyó, porque dijo que no sabía leer ni escribir; prefirió rasgarla y hacerla pedacitos, diciendo que no quería darla a leer a nadie porque no se enteraran de sus secretos. Finalmente me encargó dijera a vuestra merced que allá quedaba con más ganas de verle que de escribirle y que le suplicaba y mandaba que saliera de esos matorrales y se dejara de hacer disparates y se pusiera luego camino al Toboso. -Todo va bien hasta ahora - respondió don Quijote-. ¿Pero qué te parece que debo hacer, respecto a lo que me manda mi señora Dulcinea, habiéndome comprometido con la princesa que nos acompañó? —¡Ay! —dijo Sancho—; ¿piensa vuestra merced dejar perder un casamiento tan rico como éste? —Estás en lo cierto —contestó don Quijote—; antes acompañará a la princesa y después iré a ver a Dulcinea.
En ese momento, los que iban a la zaga de ellos les gritaron para que se detuvieran, pues deseaban pasar a una posada que había a orillas del camino, a fin de comer algo.
En esto estaban, cuando entró un muchacho y abrazándose a las piernas de don Quijote, le dijo que él era Andrés, al que su amo había amarrado a una encina para azotarlo.
-Sí, te reconozco -exclamó don Quijote, y volviéndose a los circunstantes les contó la historia y cómo había logrado que el amo de Andrés lo desatara y le pagara hasta el último céntimo que le adeudaba. Andrés lo interrumpió:
—Pero la cosa no terminó así, señor caballero andante, sino que en cuanto vuestra merced desapareció, volvió a atarme y me propinó tan feroz paliza, que caí al hospital.
-¿Tal hizo? -prorrumpió el caballero-. ¡Yo lo buscaré para castigarlo como se merece!
—Mejor que buscarlo, señor, dadme algo que comer, porque voy camino a Sevilla y no pienso regresar jamás.
Don Quijote ordenó a Sancho le diera pan y queso, y Andrés se apresuró a partir, dejando a don Quijote todo corrido y a los que lo acompañaban a punto de reventar de la risa.
31 Que Trata de lo que Sucedió en la Venta a toda la Cuadrilla de Don Quijote
Al otro día llegaron a la venta donde habían manteado a Sancho, y éste, aunque confundido por el recuerdo de lo que le habían hecho, tuvo que alojarse ahí no más. Don Quijote y sus acompañantes fueron muy bien recibidos por el ventero, su mujer, la hija de ambos y la criada Maritornes. Después de los saludos de rigor, don Quijote manifestó hallarse muy cansado y se recogió a dormir.
Había transcurrido algún rato, cuando Sancho salió del cuarto donde dormía con Quijote, diciendo a grandes voces:
-¡Acudid, señores, que mi amo don Quijote está librando una reñida batalla con el gigante enemigo de la princesa Micomiconay le ha partido la cabeza como si fuera un nabo!
En esto oyeron gran ruido en el aposento y a don Quijote que gritaba:
-¡Aguarda, malandrín, que de nada te servirá tu cimitarra! Sancho añadió:
-¡No se paren a escuchar vuestras mercedes, sino entren a parar la pelea o a ayudar a mi amo, que yo vi correr la sangre por el suelo!
Entraron todos en el aposento y hallaron a don Quijote en camisa de dormir, con la manta de la cama enrollada en el brazo izquierdo y blandiendo la espada con la mano derecha. En sueños, creyó que había llegado al reino de Micomicón y había dado tantas cuchilladas a unos cueros Ilenos de vinos que ahí tenía el ventero (pensando que los cueros eran gigantes), que el pavimento entero estaba inundado del rojo líquido.
Al ver el ventero el estropicio que había hecho don Quijote, se puso furioso y se lanzó contra el caballero andante, y si no es por la intervención de los demás, habría dado buena cuenta de él.
Como don Quijote no despertara aún, alguien le echó un jarro de agua fría. Mientras tanto, Sancho andaba buscando la cabeza del gigante, y como no la encontrara dijo:
-Yo sé que toda esta casa está encantada. La otra vez, en este mismo lugar, me propinaron muchos mojicones y porrazos, sin que yo supiera de dónde venían. Y ahora no aparece la cabeza que vi cortar con mis propios ojos, así como vi saltar la sangre a borbotones.
Al oíro, el ventero farfulló:
-¿No ves, bandido, que la sangre no es otra cosa que el vino derramado de los cueros, por quien los agujereó, y el cual maldito sea?
-No sé nada —respondió Sancho—, sino que, si no encuentro la cabeza, el condado que mi amo me prometió se va a hacer sal y agua.
Tenía el cura tomado de las manos a don Quijote, el que, creyendo que la aventura había terminado, se hincó de rodillas y dijo:
—¡Bien puede, alta y hermosa señora, vivir más tranquila, sin temor al gigante que la molestaba! Y con esto y con la ayuda de Dios, ya he cumplido mi promesa.
-No estaba yo borracho -dijo triunfalmente Sancho-., y ahora estoy seguro de que mi amo me dará el condado que me tiene prometido.
Con no poco trabajo lograron convencer a don Quijote de que se acostara y luego lo dejaron dormir, pues daba muestras de estar muy cansado.
32 Que Trata de Otros Raros Sucesos Que en la Venta Sucedieron
Cuatro hombres a caballo, luciendo lanzas y adargas y los rostros con antifaces negros, y una mujer vestida de blanco, también con antifaz y sentada en un sillón, se pararon ante la venta y luego penetraron en ella. Al verlos entrar, Dorotea se cubrió la cara y Cardenio se refugió en el aposento de don Quijote.
La dama de blanco se sentó en una silla que había a la entrada de la venta y dando un profundo suspiro dejó caer los brazos como si estuviera enferma. El cura quiso saber qué personas eran y se acercó a uno de los mozos que iba en la comitiva y le preguntó. Pero el mozo no pudo darle mucha luz, porque dijo que a él y a otro compañero los habían contratado en el camino; que iban a Andalucía; que mandaba el grupo un señor muy severo, y que la señora no hacía más que suspirar y quejarse, y que, al parecer, era monja o estaba en trance de serlo a la fuerza, pues no podían obedecer a otra cosa sus suspiros y lamentos.
Por su parte, al ver a la triste dama, Dorotea se acercó a prodigarle sus cuidados; pero ella no le contestó siquiera. Entonces apareció el señor de severo aspecto y dijo a Dorotea que no se molestara en atender a esa mujer, pues sólo abría la boca para decir mentiras solamente y no sabía agradecer nada.
Con no poca extrañezas de Dorotea, la dama contestó:
—Por haber dicho siempre la verdad, me veo en estas desven- turas; en cambio, vos sí que sois el falso y el mentiroso.
Al oír Cardenio estas razones, puesto que lo separaba de la dama sólo el grosor de la puerta del aposento, comenzó a dar voces diciendo:
-¡Válgame Dios! ¿Qué voz es ésta que ha llegado a mis oídos?
La dama escuchó estas palabras, y, como no viera a nadie, trató de encerrarse en su aposento; pero el señor de aspecto severo la retuvo. A ella, con la turbación, se le cayó el antifaz, lo mismo que a él, cosa que advirtió Dorotea espantada, pues pudo reconocer en el caballero al que era su legítimo esposo.
Lanzando un grito, Dorotea perdió el conocimiento y don Fernando la reconoció en el acto. A todo esto, Cardenio había abandonado la habitación de don Quijote, y no fue pequeña su sorpresa al descubrir a Lucinda junto a don Fernando, el cual reconoció en seguida a Cardenio. Vuelta en sí Dorotea, todos quedaron mudos y en suspenso. Lucinda fue la primera en hablar y le dijo a don Fernando que la permitiera unirse al único hombre que amaba y que él dejara ya su capricho de retenerla en su poder. Al oír esto, Dorotea cayó en la cuenta de quién se trataba respecto a Lucinda, y como viera que don Fernando seguía sujetándola, se postró a los pies de éste, suplicándole que la permitiera unirse para siempre a él, ya que era su legítima esposa. Dijo esto con tanto sentimiento y dolor, que todos los circunstantes se conmovieron igual que ella. Después de un rato, don Fernando soltó a Lucinda y quiso echar mano a la espada para arremeter a Cardenio; pero el cura, el barbero y hasta Sancho le rogaron no hiciera tal; después, los propios amigos de don Fernando intervinieron, y éste se ablandó y abrazó a Dorotea, pidiéndole perdón por las ofensas que pudiera haberle inferido; otro tanto hizo con Lucinda y Cardenio, y todos los presentes se mostraron muy emocionados por el feliz término de aquellos dos conflictos amorosos. 33
Donde se Habla de la Historia de la Famosa Infanta Mícomicona y de Otras Graciosas Aventuras
El único que no demostraba mucha alegría era Sancho, porque vio que la linda princesa Micomicona no era otra que la sin par Dorotea, y que de este modo perdía el condado o la insula prometidos por su amo, quien dormía a pierna suelta, ajeno a cuanto estaba aconteciendo. Se coló en el aposento de don Quijote, a quien despertó, y dijo:
-Bien puede vuestra merced, señor de la Triste Figura, dormir cuanto quiera, pues no tendrá que matar ningún gigante ni devolver a la princesa a su reino, que ya todo está hecho y concluido.
-Eso también creo yo -exclamó don Quijote-, porque he tenido con el gigante la más feroz y descomunal batalla; de un solo revés le corté la cabeza y fue tanta la sangre que le salió que parecían arroyos.
-Como si fueran de vino tinto -prosiguió Sancho-; porque sepa vuestra merced que el gigante muerto era un cuero horadado, y la sangre, seis arrobas de vino.
-¿Qué es lo que dices, loco? -replicó don Quijote.
—Levántese vuestra merced y verá lo que ha hecho, y que tendremos que pagar, y verá a la princesa convertida en una dama llamada Dorotea.
—No me maravillaría nada de eso —dijo don Quijote—, pues la otra vez que estuvimos aquí, viste que las cosas ocurrían por arte de encantamiento. —Así lo creyera yo, pero todavía me acuerdo cuando aquí me mantearon y hasta vi que el ventero era uno de los que sujetaban la manta para enviarme por los aires.
Mientras esto discurrían amo y escudero, el cura puso a don Fernando y a sus amigos en antecedentes sobre la locura de don Quijote, añadiendo que, ya que el asunto de Dorotea había llegado a feliz término, había que buscar otro pretexto para poderlo llevar a su tierra. Al cabo de una breve discusión, don Fernando determinó que Dorotea debía seguir adelante con su comedia, ya que se trataba de hacer una buena obra.
Salió en esto don Quijote, y no fue escasa la extrañezca de don Fernando al verlo armado de esa manera. El caballero andante fijó los ojos en la hermosa Dorotea y dijo:
-Mi escudero me ha informado que vuestra grandeza ya no existe, porque de princesa que erais, os habéis convertido en una simple doncella. Si esto se debe al rey Nigromante que es vuesto padre, os diré que no tiene idea de las historias caballerescas, porque si las hubiera leído tanto como yo, sabría que caballeros andantes de menor fama que yo se batieron con gigantillos, como yo me batí hace algunas horas...
-Eran dos cueros de vino y no un gigante -replicó el ventero.
Don Fernando lo hizo callary don Quijote continuó diciéndole a Dorotea que no diera crédito a los cambios que en la persona de ella había hecho su padre el nigromante, porque no había ningún peligro en la tierra que él no lo arrostrase con su espada, y que cortándole la cabeza a su enemigo pondría en la de ella la corona de su reino, dentro de breves días más. Dorotea respondió que seguía siendo la de antes y que si notaban algunos cambios eran favorables; le pidió que mudara de opinión sobre su padre, el que era un hombre advertido y prudente. Terminó diciendo que como ya se hacía de noche, pernoctaran todos ahí y al día siguiente se pusieran en marcha.
Don Quijote se enojó mucho con Sancho y éste replicó que si Dorotea seguía siendo la princesa Micomicona, para él era miel sobre hojuelas, porque todavía tenía esperanzas de obtener el condado; pero que no había habido tal gigante, sino dos cueros de vino.
Se disponían a cenar cuando llegó a la venta un hombre vestido como un moro, seguido por un jumento, sobre el cual montaba una mujer vestida también al estilo morisco. Era un capitán español que había estado cautivo de los moros, que iba acompañado de una mora a la que quería hacer su esposa, después que ésta hubiera sido bautizada en la fe cristiana. Dorotea y Lucinda no tardaron en hacerse amigas de la mora, que se llamaba Zoraida, e igualmente los hombres trabaron amistad con el ex cautivo. 34
QUE TRATA DE OTRAS COSAS QUE
SUCEDIERON EN LA VENTA Y
MUY DIGNAS DE SABERSE Durante la cena, el cautivo dijo que era oriundo de las montañas de León y contó detalladamente sus aventuras, agregando que tenía dos hermanos más y que él hacía muchos años estaba ausente de su casa. Terminaba su relato cuando llegó a la venta un coche con algunos hombres de a caballo. Pidieron alojamiento, pero la ventera les dijo que no había rincón disponible. Unos de los jinetes replicó que en alguna forma había que acomodar a su señor, el oidor. La ventera se asustó al oír esto, y respondió que cedería su propia habitación.
Descendió del vehículo un personaje vestido como visten los oidores; llevaba de la mano a una hermosísimajoven, su hija. El cautivo se sobresaltó al oír al jinete que se trataba de un oidor y le preguntó que de dónde era su amo. El criado le contestó que el licenciado era Juan Pérez de Viedma y que era natural de las montañas de León. El capitán comprendió que el recién llegado era hermano suyo, y reuniendo al cura, al barbero, a Cardenio y a los demás que formaban su grupo, les pidió consejo, respecto a si se daría inmediatamente a conocer o esperaría una mejor ocasión, pues ahora él se hallaba en la más completa miseria a causa de su cautiverio y esto no podía parecerle bien a un tan alto personaje como era el oidor, su hermano.
El cura se comprometió a preparar el terreno, y sentándose a la mesa del oidor, mientras los otros se refugiaban en sus cuartos respectivos, le relató que había sido amigo de un valeroso capitán en Constantinopla, donde los dos habían estado cautivos varios años. -¿Y cómo se llamaba ese capitán? —preguntó el oidor. -Rui Diaz de Viedma y era natural de las montañas de León.
El capitán se había ocultado en un rincón, para ver cómo reaccionaba el oidor, el cual, una vez que el cura hubo terminado su relato, con lágrimas en los ojos de la rica que ese bravo capitán del que le había hablado era su hermano, que hacía años no sabían de él y que su padre sufría y penaba por su ausencia.
Oído esto por Rui Diaz, se dio a conocer, llevando de la mano a Zoraida. Hubo gran regocijo entre ambos hermanos, y después de tantas emociones se recogieron todos a dormir, menos don Quijote, quien dijo que a él, como caballero andante, le tocaba montar guardia en la puerta, de ese “castillo”, para velar el sueño de tantas beldades que se alojaban ahí.
Dorotea, Lucinda y la hija del oidor se alojaron en el mismo cuarto, y ya se disponían a dormir cuando captaron una linda canción que subía desde el patio, donde se hallaban las mulas de los viajeros. Al escuchar dicha canción, Clara de Viedma, la hija del oidor, se puso trémula, y habíandole al oído a Dorotea le confió su secreto: el que cantaba era el hijo único de un gran señor de Aragón, del que estaba locamente enamorada y él de ella. Al saber que Clara emprendería viaje con su padre, se había disfrazado de mozo de mulas y la había seguido. Los dos no podían hablar de su romance, circunstancia que tenía medio trastornada a Clara. Dorotea le dijo que mejor descansaran y que al día siguiente podrían hallar una fórmula para resolver favorablemente las cosas.
Maritornes y la hija de la ventera, entretanto, quisieron di- vertirse a costa de don Quijote, quien, como dijimos, montaba guardia. Y como en toda la venta no había ventana alguna sino en lo alto un agujero, por donde echaban la paja hacia fuera, Maritornes y la hija de su ama treparon hasta allí y llamaron a don Quijote. El caballero andante, acordándose de la vez anterior en que la doncella había penetrado a su cuarto, respondió: -No me venga a tentar vuestra merced, porque yo sólo pertenezco a la sin par señora doña Dulcinea del Toboso.
Maritornes respondió que la hija de su ama se contentaría con besarle su mano, lo que para ella sería como un preciado galardón. Don Quijote aceptó, y subiéndose sobre Rocinante metió la mano en el agujero, circunstancia que aprovechó Maritornes para amarrarle una cuerda en la muñeca y sujetar la dicha cuerda en el cerrojo de la puerta.
Después de lo cual escapó junto con su compañera, muertas de la risa ambas.
En tan inconfortable posición el alba sorprendió a don Quijote, el que comenzó a dar grandes gritos para que vinieran a libertarlo de eso que él creía un nuevo encantamiento. En esto estaba cuando arribaron a la venta cuatro jinetes muy bien vestidos, y con sus escopetas sobre el arzón de las cabalgaduras. Se apearon y comenzaron a golpear rudamente para que les abrieran. Uno de los caballos de los recién llegados se acercó a Rocinante a olerlo, y éste se movió de su lugar, dejando a don Quijote colgado de la muñeca, sin poder tocar tierra con los pies. 35
DONDE DE PROSIGUEN LOS INAUDITOS
SUCESOS DE LA VENTA Fueron tantos los gritos que don Quijote profirió que el ventero salió a ver qué sucedía. Maritornes aprovechó para entrar en el pajar y soltar el cordel que tenía asido de la muñeca al caballero andante, el cual rodó por el suelo. El ventero y los caminantes recién llegados lo rodearon, pero él, poniéndose de pie, montó en Rocinante y desafió a que desmintieran que no había sido víctima de un encantamiento. Ninguno quiso hacerle caso y esto provocó la rabia y el despecho de don Quijote.
A todo esto, uno de los cuatro caminantes, entró donde estaba durmiendo el mozo de mulas que en la noche anterior había cantado tan bonito, y reconociéndolo, lo cogió de un brazo para despertarlo. El mozo se restregó los ojos y por poco no cae muerto de estupor. El hombre dijo:
-¿Cómo es posible, don Luis, que vistáis esas ropas miserables, siendo vos de tan ilustre linaje? Vuesto padre está muy enfermo por vuestra ausencia y nos ha enviado a nosotros para que os llevemos ante él.
El muchacho respondió:
—No me iré hasta no dar término a un asunto que traigo entre manos.
—De buen o de mal grado tendréis que acompañarnos, pues ésa es nuestra misión.
Los demás circunstantes se maravillaron de que el hombre Ilamara don Luis a ese mozo de mulas, e intervinieron, especialmente el oidor, a fin de poner en claro esa situación. Después que el oidor lo reconoció, lo tomó de una mano y lo llevó aparte, a fin de que se explicara. El mozo, al principio, no hallaba qué decir; pero luego, con lágrimas en los ojos, le abrió el corazón al oidor, diciéndole que desde que había visto a su hija, doña Clara, se había enamorado perdidamente de ella y que lo único que perseguía era ser su esposo cuanto antes. Estupefacto, el oidor le pidió que le diera un tiempo para pensarlo, pues, los cuatro criados que pretendían llevárselo no podrían hacerlo hasta el día siguiente.
Mientras tanto, dos huéspedes de la venta, aprovechando esta confusión, querían irse sin pagar, pero el ventero los sorprendió, y con palabras gruesas les afeó su proceder. Los huéspedes se sintieron ofendidos y se abalanzaron contra el ventero, propinándole una lluvia de mojicones. La ventera, su hija y la Maritornes comenzaron a dar voces y se aproximaron a don Quijote para que acudiera en socorro del ventero; mas éste declaró que no podría hacerlo por estar comprometido ya en la aventura de la princesa Micomicona.
—Además —agregó—, éste es asunto de escuderos; y es Sancho el que debe resolverlo, pues un caballero como yo no puede intervenir en semejante negocio.
En el curso de estos acontecimientos entró en la venta el barbero, al cual don Quijote había desafiado para quitarle la bacía que él creía era el yelmo de Mambrino. No bien descubrió a Sancho, que estaba atendiendo a lo que antes fuera su cabalgadura, se fue encima de aquél y quiso quitársela; pero Sancho le dio una trompada que lo dejó bañado en sangre. Sin embargo, el barbero no le aflojó, y pedía le restituyeran su asno y lo demás que le pertenecía. Sancho dijo: -Mientes, porque este asno con sus arreos lo ganó mi amo en buena guerra contra ti.
El barbero tomó como testigos a los presentes y les dijo:
-No sólo me despojaron de mi asno, sino también de una bacia para hacer sangrías que yo entonces llevaba sobre mi cabeza para defenderme del aguacero.
Don Quijote no se pudo contener, y exclamó:
—Para que vean vuestras mercedes en el error en que está este escudero al afirmar que el yelmo de Mambrino que yo le disputé es una bacia, mandaré a Sancho a buscarla y así podrán dar fe de lo que digo.
Fue Sancho y la trajo.
36 Donde Se Acaba de Averiguar La Duda del Yelmo de Mambrino y Otras Aventuras Sucedidas
-¿Qué les parece, señores -dijo el barbero-, lo que aseguran estos gentileshombres, pues porfian que ésta no es bacia sino yelmo?
-Y al que dijere lo contrario, si es caballero; le diré que miente, y si es escudero, que miente mil veces más -bramó don Quijote.
Empezó una discusión general, a la que se unieron unos cuadrilleros que habían llegado en esos momentos a la venta. A fin de darle un corte al asunto, don Fernando se ofreció para mediar en la cuestión, pues querían divertirse un rato a costa de las locuras de don Quijote. Propuso, don Fernando, que cada cual emitiera su voto asegurando si era bacía o yelmo de Mambrino el tiesto que el barbero reclamaba. Los cuadrilleros y los criados que habían ido en pos de don Luis se decían que era un disparate lo que pensaban realizar, puesto que ese aparato era una bacía para hacer sangrias, y ahí y en cualquier parte del mundo.
Los ánimos comenzaron a calentarse y en un dos por tres se fueron todos a las manos, armándose una batahola fenomenal. Estaban pegándose en lo mejor cuando don Quijote, a voz en cuello, pidió que suspendieran la pelea, repitiendo una vez más su convicción de que ese castillo estaba encantado y que por eso se estaban dando aquella paliza sin sentido.
Los ánimos poco a poco se apaciguaron y el asunto de la bacía pasó a segundo término. Luego que sobrevino la calma, el oidor reunió a don Fernando, a Cardenio y al cura para someterles a consideración el asunto relacionado con don Luis. Después de una larga deliberación, acordaron que don Fernando hablase con los criados, dándose a conocer quién era, y les dijese que él asumía la responsabilidad y se llevaba consigo a Andalucía al falso mozo de mulas, ya que era evidente que éste no volvería jamás al lado de su padre aunque lo hicieran pedazos. Los cuatro criados aceptaron y uno de ellos se quedó para servir a don Luis, mientras los otros tres partían a poner en antecedentes a su señor.
Uno de los cuadrilleros recordó que entre las órdenes de prisión contra algunos delincuentes llevaba una contra don Quijote por haber dado libertad a los galeotes. Una vez que comprobó que aquel caballero alto y flaco era don Quijote, se acercó a éste y lo cogió de la garganta hasta el punto de que casi no le dejaba respirar. Mientras tanto, gritaba:
-¡Traigo aquí orden de apresar a este salteador de caminos!
Al oír esto, don Quijote montó en cólera y cogió a la vez del gaznate al cuadrillero, y lo hubiera estrangulado a no mediar sus otros compañeros y los que allí estaban. Nuevamente parecía reanudarse la trifulca y entonces Sancho dijo:
–Vive Dios, que es cierto lo que mi amo asegura en cuanto a los encantamientos de este castillo, pues no es posible vivir una hora en paz dentro de él.
Al renovar los cuadrilleros su intención de llevarse preso a don Quijote, éste se echó a reír, y dijo:
-¿Qué caballero andante ha habido, hay, ni habrá en el mundo que no tenga bríos para dar él solo cuatrocientos palos a cuatrocientos cuadrilleros que se le pongan por delante?
37 De la Notable Aventura De los Cuadrilleros
Mientras don Quijote decía esto, el cura trataba de persuadir a los cuadrilleros, de que el caballero andante no estaba en su sano juicio, lo cual le costó mucho trabajo, pues aquéllos querían llevárselo preso a toda costa por haber libertado a los galeotes. Una vez apaciguados los cuadrilleros, quisieron hacer de mediadores entre Sancho Panza y el barbero, al que le había quitado los arreos de su asno. En cuanto al yelmo de Mambrino, el cura, a escondidas, le dio ocho reales por la bacía. El ventero, a quien no le pasó por alto la dádiva y recompensa que el cura había hecho al barbero, exigió que don Quijote pagara el perjuicio que había hecho en sus cueros de vino; en caso contrario, no saldrían de allí ni Rocinante ni el asno de Sancho, todo lo cual fue pagado por el magnánimo don Fernando.
Como viera con Quijote que ya todo se había aquietado en la venta, decidió solicitar de Dorotea el permiso para continuar viaje y enfrentarse con el gigante que le había usurpado el trono. Dorotea respondió que la voluntad de su caballero era la de ella y que podían continuar el viaje. Entonces, don Quijote ordenó a su escudero que ensinara a Rocinante, el caballo de la princesa Micomicona y su propio asno. Sancho repuso, meneando la cabeza:
-¿Para qué salir a vagar por los caminos y pasar hambres y miserias, si la que vuestra merced cree que es princesa, lo es tanto como mi madre, porque de ser lo que ella dice no andaría besándose a escondidas con alguien que hay en esta venta?
Dorotea se puso colorada, pues era cierto que mientras ella creía que nadie los miraba, permitía que don Fernando la besara. Al oír las palabras de Sancho, don Quijote se enojó de tal manera que obligó a su escudero a apartarse de su presencia. Dorotea, entonces, intervino en favor de él, asegurándole que Sancho no tenía la culpa, sino esos fantasmas que en aquel castillo había y que le hacían ver cosas que nunca habían sucedido. Se ablandó don Quijote, y mandó a llamar a su escudero, el que, poniéndose de hinojos, ante su amo, le rogó que lo perdonara, a lo que don Quijote accedió gustoso, agregando:
—Ahora te darás cuenta de que estamos en un castillo encantado.
–Puede ser que algunas cosas sean obra de encantamiento –dijo Sancho–; pero lo que me hicieron con la manta el otro día ésos sí que no eran fantasmas, sino gente de carne y hueso.
Los que desconocían el caso quisieron averiguar qué asunto era ése de la manta. El ventero se encargó de relatarlo y todos rieron a mandíbula batiente, con gran vergüenza del pobre escudero.
Como ya hacía dos días que estaban en la venta, el cura y don Fernando decidieron tramar la forma de devolver a su casa al caballero andante, a fin de que se curara de su locura. Para ese efecto idearon construir una gran jaula de madera, y después de disfrazarse algunos de ellos, se introdujeron en el aposento de don Quijote, y mientras dormía, lo maniataron y lo metieron dentro de la jaula. Cuando terminaron de clavar la puerta de la jaula, se oyó una voz temerosa, tan temerosa como pudo imitarla el barbero, la cual decía a don Quijote que no se afligiera por la prisión en que yacía, porque así convenía a la suerte de sus aventuras; que dentro de poco tiempo se casaría con la sin par señora doña Dulcinea del Toboso y que tendrían hijos muy dignos de la gallardía y el valor de su señor padre. El Caballero de la Triste Figura creyó a pie juntillas lo que le decía la voz; luego, algunos de los disfrazados tomaron en hombros la jaula y la depositaron en una carreta con bueyes que para el efecto habían hecho traer.
38 Del Extraño Modo Como Fue Encantado Don Quijote de la Mancha, Con Otros Famosos Sucesos
Y a dentro, de la jaula, don Quijote le dijo a Sancho que jamás había sabido que a los caballeros andantes se les transportara de ese modo, en carreta, en vez de llevarlo dentro de una nube por los aires o en un carro de fuego. Después salieron de la venta la mujer del ventero, su hija y la Maritornes, fingiendo que Floraban la desgracia del caballero. Don Quijote les dijo:
—No lloréis, mis buenas señoras, que todas estas aflicciones tienen que acontecerles a todos los que profesan la caballería andante.
Luego, comenzaron a despedirse todos los concurrentes, rogándole con Fernando al cura le escribiese diciéndole cómo iba la curación de don Quijote; así lo prometió el cura y emprendieron la marcha, cada cual a su destino. Al costado de la carreta con la jaula iban con Fernando y el barbero, ambos todavía disfrazados; seguían los cuadrilleros y también el cura. A retaguardia del cortejo, Sancho, montado en su asno y llevando de las riendas a Rocinante.
Habían caminado un buen trecho cuando los alcanzaron seis o siete hombres a caballo, siendo saludados cortésmente por ellos. Al ver esa extraña procesión, uno de los jinetes, que resultó ser un canónigo, preguntó a uno de los cuadri- lleros por qué llevaban en aquella jaula a ese hombre, y el cuadrillero le respondió que se lo preguntara personalmente, porque ellos no sabían de qué se trataba. Al escuchar esto, don Quijote dijo: -¿Son, vuestras mercedes, caballeros versados, y peritos en libros de caballería? Porque si lo son, les comunicaré mis desgracias, y si no lo son, no me cansaré en relatarlas.
Llegaron a tiempo el cura y el barbero para evitar que fuera descubierta la treta ideada por ellos, justo cuando el canónigo decía que había leído más libros de caballería que cualquier otro. Entonces don Quijote contestó:
—Si es así, sabed, señor, que voy encantado en esta jaula por envidia de unos malos encantadores. Soy caballero andante y de los que siempre recordará la fama.
--Dice verdad el señor don Quijote de la Mancha -terció el cura-. Este señor es el Caballero de la Triste Figura, autor de valerosas hazañas y no menos grandes hechos.
Sancho Panza agregó:
—Quiéranme bien o quiéranme mal por lo que voy a decir, mi señor don Quijote está tan encantado como lo está mi madre. Come y bebe como los demás hombres. Pues yo he oído decir a muchas personas que los encantados ni comen, ni beben, ni duermen, ni hablan; y si a mi amo no lo atajan, hablará más que treinta abogados juntos.
El cura invitó al canónigo a que marcharan adelante, para revelarle el misterio del enjaulado, lo cual hizo, contándole todas las periepcias de don Quijote al volvérsle el seso leyendo tantos libros de caballería, y que ahora lo llevaban a su tierra a fin de curarle esa locura. El canónigo estuvo de acuerdo en lo perjudicial que era aquel tipo de lectura y el daño que hacía en las personas simples o ignorantes.
El barbero se acercó para decirle que ése era el lugar más conveniente para detenerse a descansar y darles de comer a los bueyes. El cura accedió y ordenó que fueron a la venta más próxima algunos de sus criados y trajeran qué comer. Por su parte, el canónigo determinó quedarse con el cura y con el resto de la caravana, pues estaba ansioso de saber algo más de lo relacionado con la locura del caballero manchego. 39 QUE TRATA DE LO QUE CONTÓ UN CABRERO A TODOS LOS QUE ESTABAN CON DON QUIJOTE, Y DE LA VUELTA DEL CABALLERO A SU ALDEA Pronto volvieron los criados que el cura enviara a buscar alimentos, y a la sombra de unos árboles se sentaron para disfrutar de la comida y de las bellezas del paisaje.
A todo esto, don Quijote dijo que lo apremiaban ciertas necesidades y que si lo dejaban salir de la jaula, no haría nada que ellos no quisieran que hiciese. El canónigo le estrechó la mano en señal de asentimiento y don Quijote salió de su prisión y se encaminó a un apartado lugar. Al rato, acudió a reunirse con el resto de la caravana.
En esos instantes vieron salir de entre la maleza una hermosa cabra, la que se detuvo junto a los que estaban comiendo. Apareció el cabrero, y tomándola de los cuernos, dijo, como si el animal fuera capaz de entender:
—Cerrera, cerrera, ¿por qué os mostráis espantada? ¿Por qué no estáis en el rebaño con vuestras hermanas?
Los presentes se admiraron de que hablara así al animal y el cabrero dijo que lo hacía porque la cabra era muy inteligente y entendía todo. Explicó después que, así como él, había muchos pastores por esas inmediaciones, debido a que todos ellos lo hacían en son de penitencia: porque habiéndose enamorado de una hermosa muchacha llamada Leandra, ésta los había despreciado por un soldadillo vano, y presuntuoso, con el cual se fugó, y la que, a su vez, fue abandonada por el soldadillo fanfarrón. El padre de Leandra, como castigo, había encerrado a la joven en un convento, de donde quizás nunca había de salir. Cuando oyó esto con Quijote, dijo: —Decidme de qué convento se trata, que yo iré allá, libertaré a la bella Leandra y vos podréis casaros con ella.
Extrañado, el cabrero le preguntó al canónigo que quién era ese estrafalario señor, a lo que el clérigo contestó que se trataba del sin par caballero don Quijote de la Mancha, amparador de viudas y de huérfanos, y reparador de agravios. El cabrero exclamó:
-Según el modo como va vestido, para mí que ha leído muchos libros de caballería y se le debe haber trastornado el seso.
Don Quijote montó en cólera y se precipitó sobre el cabrero, trenzándose los dos en una descomunal riña. El ruido de una trompeta los distrajo, y cuantos ahí estaban vieron una procesión de gente encapuchada que llevaba un anda de la Virgen haciendo rogativas para que cesara una larga sequía que estaban padeciendo por esos lugares. En cuanto don Quijote vio el cortejo, creyó que eran unos malhechores que llevaban cautiva a alguna hermosa dama, y cabalgando a Rocinante, los atacó blandiendo su espada. Uno de los encapuchados llevaba una especie de horquilla de palo, la que servía de sostén cuando necesitaban descansar los que portaban el anda; y apenas comprendió que don Quijote los atacaría, adelantándose, le propinó un feroz garrotazo que lo echó por tierra, y si no es porque los demás intervienen, ahí mismo habría dado buena cuenta de él.
Corrió Sancho a socorrer a su señor, y éste le pidió que lo depositara nuevamente en el carro encantado que hasta ese sitio lo había transportado. Ya en el carro, los componentes de la caravana siguieron cada uno su camino, y fue de este modo como el Caballero de la Triste Figura regresó a su aldea natal, siendo recibido por su sobrina y por su ama en medio de una gran alegría.
Segunda Parte
De lo que Cura y el Barbero Pasaron a Causa de la Enfermedad de Don Quijote, y Otras Cosas más Dignas de ser Conocidas
Más de un mes el barbero y el cura dejaron pasar sin ir a casa de don Quijote, por temor a que al verlos le volviese su locura sobre la caballería andante. Pero un día decidieron visitarlo, llenos de curiosidad respecto a si habría sanado o no.
Don Quijote estaba sentado en la cama y los recibió muy amablemente. Después de conversar diversos asuntos, el cura quiso poner a prueba al caballero, y dijo que el Gran Turco se aprestaba para una cruenta guerra. Entonces don Quijote dijo:
—Yo tengo el secreto para que nuestro rey encare triunfalmente al Gran Turco.
-¿Y qué secreto es ése? -preguntó el barbero.
—No lo revelaré, porque no faltará quien se lo comunique al rey y se lleve las palmas de la gloria.
Después de jurarle y rejurarle que no se lo dirían a nadie, don Quijote declaró:
—Si el rey quisiera vencer al Gran Turco y a sus doscientos mil soldados, lo único que tendría que hacer sería juntar a todos los caballeros andantes que vagan por los caminos de España. Hasta con la mitad de ellos bastaría.
Grande fue la sorpresa del cura y del barbero, y aún no sa- lían de ella cuando sintieron que el ama y la sobrina discutían airadamente con Sancho Panza, el que se empeñaba en entrar en la casa. -¡Vete de aquí, mostrenco, que tú eres el que viene a sacar al amo y a llevarlo por esos mundos de Dios! -decía el ama. —Ama de Satanás: el sacado soy yo, por vuesto amo, quien me ha prometido una ínsula si le acompañó como escudero.
Don Quijote dio voces diciendo que lo dejaran entrar, lo cual aprovecharon el barbero y el cura para retirarse. Cuando estuvieron solos don Quijote y Sancho, el caballero andante dijo:
-Mucho me pesa, Sancho, que digas que fui yo el que te sacó de tus casillas. Juntos salimos y juntos hicimos mil caminos, y si a ti una vez te mantearon, a mí también me molieron a golpes.
Después de una pausa, don Quijote prosiguió:
—Y bien, Sancho amigo: ¿Qué dice de mí la gente, de mi valentía y de mis hazañas?
-¿No se enojará vuestra merced si le digo la verdad? -murmuró Sancho. Y como don Quijote le prometió que no se enojaría, Sancho continuó-: Pues dicen de vuestra merced que es un loco de remate y de mí que soy un mentecato.
Don Quijote respondió que aquello no lo cogía de sorpresa, pues a todos los grandes hombres siempre se les había calumniado.
-Y eso no es nada, mi señor -prosiguió Sancho.
-¿Que aún hay más? -interrogó el caballero.
-Anoche llegó el hijo de Bartolomé Carrasco, quien se recibió de bachiller en Salamanca—dijo Sancho—, y el tal bachiller, llamado Sansón Carrasco, me contó que ya andaba circulando en libros la historia de vuestra merced bajo el título de El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, y que en él también me citan a mí y a la señora Dulcinea del Toboso. —Yo te aseguro que debe ser algún sabio encantador el autor de nuestra historia —sentenció don Quijote. —A lo mejor es así—dijo Sancho—. Y si vuestra merced quiere, haré venir hasta acá al bachiller Sansón Carrasco. -Me darás un gran placer si lo haces —respondió el caballero.
Del Ridículo Razonamiento que Pasó entre Don Quijote, Sancho Panza y Sanson Carrasco
Don Quijote recibió con muestras de gran cortesía al bachiller Sansón Carrasco, el que, a pesar de su nombre, era esmirriado de contextura. Al ver a don Quijote el bachiller se puso de rodillas y exclamó:
–Déme las manos, vuestra merced, que es uno de los más famosos caballeros andantes que ha habido y que habrá en toda la redondez de la tierra.
Don Quijote le rogó que se levantara, y dijo:
-¿Verdad que una historia mía anda circulando por el mundo?
-Tan verdad es que hasta ahora ya hay impresos más de doce mil volúmenes. Y no se me escapa que pronto se imprimirá en todas las lenguas del orbe, porque el autor tuvo el cuidado de pintar muy a lo vivo toda vuestra fama de caballero andante, la que incluye vuesto gran ánimo para acometer las empresas, para soportar los sufrimientos y la honestidad y continencia, en sus amores con mi señora doña Dulcinea del Toboso.
–Nunca –dijo a este punto Sancho– he oído tratar de doña a mi señora Dulcinea, y en esto debe de andar errada la tal historia.
—No es objeción de importancia —dijo Sansón Carrasco. -No, por cierto -añadió don Quijote-. Y dígame, señor bachiller, ¿qué hazañas mías son las que más se ponderan en esa historia? -En eso hay diferentes opiniones -contestó el bachiller-. Unos prefieren la de los molinos de viento; otros, la de los batanes, etc. El historiador no se dejó nada en el tintero: menciona hasta las cabriolas que el buen Sancho hizo en la manta. —En la manta no hice yo cabriolas —le rebatió Sancho—. Pero en el aire sí, y aún más de las que yo quisiera. —Algunos censuran al autor porque se le olvidó relatar qué hizo Sancho con los cien escudos que encontró dentro de la maleta, en sierra Morena —continuó el bachiller. --Los gasté en mi persona y en la de mi mujer y de mis hijos
--murmuró Sancho.
Estaban en esta plática cuando oyeron relinchar a Rocinante. Don Quijote encontró esto de buen augurio y le rogó al bachiller le aconsejase a qué regiones debería dirigirse en su próxima salida.
–Vaya vuestra merced a Aragón, que para San Jorge se van a celebrar unas famosas justas y vuestra merced puede derrotar a los más arriesgados caballeros.
-Así lo haré —replicó don Quijote, añadiendo que dentro de ocho días haría nuevamente su salida, rogándole al bachiller no dijera nada a nadie, especialmente al cura, al barbero, al ama y a la sobrina, a fin de que no estorbaran su valerosa determinación. El bachiller le prometió no revelar su secreto, y él y Sancho se despidieron de don Quijote.
De la Discreta Plática que Pasó Entre Sancho y su Mujer Teresa Panza, y Otros Asuntos que Merecen Relatarse
Llegó Sancho tan contento a su casa que no dejó de extra-ñarle a su mujer, Teresa Panza. Sancho le explicó que estaba contento porque iba a salir otra vez al servicio de don Quijote. Teresa le dijo:
—Idos con vuesto don Quijote a vuestras aventuras y dejadnos a mí y a mis hijas con nuestras malas venturas.
Mientras Sancho y su mujer conversaban de la manera como queda dicho, el ama y la sobrina no andaban menos preocupadas, pues habían sospechado que don Quijote se aprestaba a hacer otra de sus salidas. Cuando trataban de persuadirlo a que dejase la caballería andante, llamaron a la puerta, y el que llamaba no era otro que Sancho Panza. Al verlo, el ama corrió a esconderse lejos, tanto era lo que lo aborrecía, y don Quijote salió a recibirlo con los brazos abiertos y lo invitó a pasar a su aposento.
Apenas se encerraron los dos en el aposento, el ama fue en busca del bachiller Sansón Carrasco, pareciéndole que, como era amigo de su señor, lo haría desistir de sus propósitos. Arrojándose a sus pies, dio muestras de su gran pesadumbre. El bachiller le dijo: -¿Qué os sucede, señora ama, que parece que se os va a arrancar el alma? —Lo que pasa, señor Sansón, es que mi amo se sale, sálese, sin duda. -¿Y por dónde se sale? ¿se le ha roto alguna parte del cuerpo? —Lo que quiero decir es que piensa salir otra vez, y con ésta será la tercera.
El bachiller la tranquilizó.
-Volveos a casa, preparadme un buen almuerzo, y ya veréis las maravillas que soy capaz de hacer.
A todo esto, don Quijote y Sancho no se ponían de acuerdo respecto a una petición que había hecho el escudero: la de que, en adelante, le pagara un sueldo mensual, porque la promesa de la ínsula no era suficiente. Don Quijote se opuso tenazmente, porque él jamás había sabido que un caballero andante pagara sueldo a su escudero, sino que ambos compartían la mala o la buena suerte.
Estaban en estas pláticas cuando llegó Sansón Carrasco y detrás el ama y la sobrina. Aproximándose a don Quijote, el bachiller exclamó:
-¡Oh espejo de la caballería andante! ¡No aplacéis por más tiempo vuestra tercera salida, porque mucho necesitan de vos las viudas, los huérfanos y las doncellas desvalidas!
El ama y la sobrina oyeron con espanto lo que el bachiller decía y que contrariaba sus propios deseos; pero ellas ignoraban que el bachiller, el cura y el barbero se habían puesto de acuerdo para que así lo hiciera.
Tres días más, pues, salía don Quijote montado en su Rocinante y Sancho en su rucio. El bachiller los acompañó un rato y luego emprendió el regreso.
DONDE SE CUENTA LO QUE ACONTECIÓ A DON QUIJOTE YENDO A VER A DULCINEA DEL TOBOSO, Y OTRAS COSAS IMPORTANTES
Caminaron toda la noche en dirección al Toboso, que ésas eran las intenciones de don Quijote. Al día siguiente continuaron caminando, y cuando lograron divisar la ciudad, Sancho se puso muy inquieto, pues se acordaba de que le había mentido a don Quijote aquella vez que lo envió con la carta a Dulcinea. Por otra parte, también lo tranquilizaba el hecho de que don Quijote tampoco había visto jamás la casa de Dulcinea. El caballero determinó esperar la medianoche para entrar en la ciudad, y se estuvieron haciendo hora en un bosque de encinas.
En el instante oportuno se introdujeron en la ciudad, cuyos habitantes dormían a pierna suelta. Don Quijote dijo: -¿Dónde está el palacio de mi sin par señora doña Dulcinea?
-¿De qué palacio me habláis, señor? -murmuró Sancho-. Ya os dije que en mi visita anterior la encontré cargando unos sacos de trigo.
-Esa debió ser otra de las malas jugadas que me hace algún sabio encantador, envidioso porque yo he alcanzado tanta fama y gloria.
Caminaban en el silencio de las callejas cuando tropezaron con un labrador que llevaba dos mulas, y éstas arrastraban un arado. Don Quijote le preguntó: —Decidme, buen amigo, ¿dónde quedan por aquí los palacios de la sin par princesa doña Dulcinea del Toboso? —Yo soy forastero en este lugar—contestó el labrador—. Pero si le preguntáis al cura o al sacristán, ellos os sabrán informar, aunque para mí que en el pueblo no hay princesa alguna.
Reanudaron sus indagaciones, y Sancho aconsejó a don Quijote fuera a buscar refugio en un bosque de las inmediaciones entretanto él regresaba a ubicar el palacio de Dulcinea. Don Quijote encontró acertado el consejo, y ambos partieron a las afueras de la ciudad.
Sancho volvió solo a cumplir con lo que él mismo había aconsejado, pero no bien hubo perdido de vista a don Quijote, se apeó y se sentó al pie de un árbol a meditar lo que debía hacer. Después de mucho cavilar vio que venían a su encuentro tres aldeanas montadas en sus respectivas borricas, e inmediatamente el escudero urdió la treta que habría de sacarlo bien del paso.
Regresó al trote adonde estaba don Quijote, y le dijo:
—Aprestaos, señor mío, a entrevistaros con el mayor sol de la hermosura que en el mundo hay.
-¿Es posible que sea verdad lo que estoy oyendo? - replicó el caballero.
–Tan verdad es—prosiguió Sancho—, que ahí viene en camino, acompañada de dos doncellas más.
Salieron al encuentro de las aldeanas y no bien estuvieron a su alcance, Sancho puso la rodilla en tierra y dijo:
-Reina y princesa, servíos recibir a vuesto cautivo caballero, que permanece atónito ante vos, al famoso don Quijote de la Mancha, llamado por otro nombre El Caballero de la Triste Figura.
A todo esto, aunque no muy seguro de que la que estaba delante de él fuera su señora Dulcinea, don Quijote también puso la rodilla en tierra, a pesar de que no se atrevía a pronunciar palabra. Sancho prosiguió: -¡Oh noble señora! ¿Cómo vuesto corazón no se enternece al ver de hinojos ante vos a tan magnánimo señor?
Una de las aldeanas dijo:
-¿Por qué estos señoritos vienen con pullas a nosotras? Apartaos, que tenemos mucha prisa.
La que Sancho nombraba como Dulcinea se impacientó, y espoleando a su borrica salió disparada seguida de las otras dos. Tan fuerte tren le imprimió a su carrera que dio con su humanidad en el suelo. Se acercaron presurosos don Quijote y su escudero para atenderla en tan duro trance. Pero ella, saltando a las ancas de la borrica, quedó montada como los hombres y reanudó su galope.
Don Quijote permaneció muy melancólico frente al desenlace de la aventura y les echó toda la culpa a los sabios encantadores que le tenían envidia, pues en lugar de permitirle adorar a su Dulcinea, la habían trocado por una labradora carirredonda y chata, de no muy señoriles modales. Sancho, a punto de reventar de la risa, azuzó más aun la creencia de su amo, maldiciendo de lo lindo a los envidiosos encantadores. Antes de ponerse en marcha, don Quijote preguntó:
-Cuando tratábamos de ponerla sobre la borrica, ¿sentiste algún olor delicado que se evadía de la persona de Dulcinea? Porque, a decir verdad, el que yo sentí no se parecía a ningún perfume de gran fineza; antes más bien era como de ajos crudos.
El pícaro del escudero añadió que ni eso siquiera habían respetado los sabios encantadores, enemigos de su amo. Y después de estas y varias otras razones, ambos se encaminaron hacia Zaragoza, donde se habrían de realizar unas muy sonadas fiestas y ellos querían llegar a tiempo.
De la Extraña Aventura que Sucedióa Don Quijote con la Carreta de las Cortes de la Muerte y luego con el Bravo Caballero de los Espejos
Al paso de sus cabalgaduras se dirigían a Zaragoza, cuando tropezaron con una carreta que les salió al camino, cargada con los más diversos y extraños personajes. El que manejaba la carreta tenía cara de demonio; otro, el rostro de la muerte; había también un ángel con grandes alas pintadas; un emperador con una corona de oro, al parecer; a los pies de la muerte estaba el dios Cupido, con su arco, carcaj y saetas; venía además un caballero armado de punta en blanco.
Al verlos, don Quijote, parando a Rocinante en medio del camino, dijo:
—Carretero, cochero, o diablo, o lo que eres, no tardes en decirme quién eres, adónde vas y quién es la gente que va en tu carricoche.
El diablo de la carreta respondió que eran una compañía de cómicos que acababan de representar un auto* denominado El auto de las Cortes de la Muerte y que en un pueblo cercano los esperaban para repetir la misma función.
Satisfecho con Quijote con la respuesta, les dio la enhora-buena. Pero en esos mismos instantes un cómico disfrazado con muchos cascabeles y enarbolando un palo en el extremo, del cual colgaban tres vejigas Ilenas de aire, comenzó a danzar estrafalariamente alrededor de Rocinante, golpeando el suelo con las vejigas. El pobre caballejo se asustó tanto, que largó a correr a campo traviesa, tropezó y dio con su jinete en tierra. Para acudir en ayuda de su amo, Sancho se apeó del rucio, circunstancia que fue aprovechada por el de los cascabeles, pues montando en él partió a galope hacia el pueblo, que era la meta de la compañía.
Una vez que Sancho hubo levantado a su señor, éste quiso castigar a los cómicos que iban en la carreta; pero Sancho lo persuadió de no hacerlo, ya que los cómicos, al sospechar las intenciones del caballero, se habían armado de piedras y esperaban resueltamente el ataque de don Quijote. Afortunadamente el de los cascabeles también rodó del asno de Sancho y el animal se volvió hacia donde estaba el escudero, lo que dio por concluido el asunto.
A la noche siguiente, don Quijote y Sancho se refugiaron en un bosque de alcornoques, y después de comer algo, el escudero se puso a dormir y su amo a pensar en las desventuras que solfan acontecerle. No pasó mucho rato sin que el caballero no oyese un ruido como de armas que provenía del camino. Aguzó la vista y vio que eran dos hombres de a caballo y que uno de ellos caña derribado al suelo con gran ruido de armas, mientras el otro decía:
—Apéate y quita los frenos a los caballos, que a mi parecer este sitio abunda en yerba.
Luego que dijo esto, también se apeó y por el ruido de armas que hizo, don Quijote coligió que se trataba de un caballero andante. Acercándose a Sancho lo despertó, asegurándole que tenían en perspectiva una nueva aventura.
A todo esto, se oyó el rasguear de una vihuela y una voz doliente que entonaba una hermosa canción. Cuando hubo terminado, la misma voz murmuro:
-¡Oh la más hermosa y la más ingrata de las mujeres! ¿Es posible, serenísima Casildea de Vandalia, que consientas que se consuma en peregrinaciones y ásperos y duros trabajos este tu cautivo caballero? ¿No te basta que a todos los caballeros que he encontrado haya hecho confesar que eres la más hermosa de las hermosas, aun a los caballeros de la Mancha?
—Eso sí que no —replicó don Quijote—; nunca he confesado eso ni lo confesaré, pues iría en perjuicio de mi sin par señora, doña Dulcinea.
Habiendo oído El Caballero de los Espejos (que tal era su nombre) que alguien hablaba en los alrededores, dijo con voz sonora:
-¿Quién va? ¿Es acaso de los que se consideran contentos o de los afligidos?
-De los afligidos -respondió don Quijote.
A lo que el de los Espejos añadió:
—Alléguese a mí y hágase cuenta que se allega a la misma tristeza en persona.
Don Quijote se reunió con El Caballero de los Espejos, seguido de su escudero. Sentáronse todos en el suelo, incluso los dos escuderos, ya que El Caballero de los Espejos también llevaba uno a su servicio, y se pusieron a charlar sobre caballerías andantes y sobre sus respectivos amores. Habiéndose mezclado Sancho en la conversación, esto fue muy mal visto por el de los Espejos, quien aseguró que ningún libro de caballeria autorizaba que los escuderos hablasen sin el consentimiento de sus amos. Entonces, para dejar a sus anchas a ambos caballeros, Sancho y su colega se internaron en el bosque y allí enhebraron su propia conversación.
DONDE SE PROSIGUE LA AVENTURA
DE DON QUIJOTE CON EL
CABALLERO DE LOS ESPEJOS
–Para mí ha sido una desgracia enamorarme y hacer señora de mis pensamientos a Casildea de Vandalia –exclamó El Caballero de los Espejos–, pues la tal señora me ha ordenado combatir con gigantes, mover enormes rocas y lanzarme de cabeza a una profunda quebrada. Todo en vano, pues cumplo mis hazañas y ella vuelve a exigirme otras más descabelladas. Ultimamente me ha ordenado que recorra España y venza en singulares combates a cuantos caballeros andantes encuentre en mi camino, obligándolos a confesar que no hay mujer de más aventajada hermosura que ella ni caballero más valiente que yo. Pero de lo que mayormente me jacto es de haber vencido al tan famoso caballero don Quijote de la Mancha, llamado también El Caballero de la Triste Figura, haciéndole confesar lo que acabo de deciros. Al vencerlo, toda su fama ha pasado a mí, porque me demostró más poderoso que él.
Maravillado estaba don Quijote ante las palabras del caballero; pero decidió esperar a hacerle confesar por su propia boca las mentiras que estaba contando. Dijo:
—Podréis haber vencido a todos los caballeros andantes del mundo, pero lo que pongo en duda es que hayáis vencido a don Quijote de la Mancha: podría ser que sea otro que se le parezca, aunque me parece imposible que pocos se le parezcan. —Por el cielo que me cubre —afiadió el de los Espejos— que es verdad que vencí y rendí a un hombre alto de cuerpo, seco de rostro, entrecano, de nariz aguileña: pelea bajo el nombre de El Caballero de la Triste Figura; lleva por escudero a un labrador llamado Sancho Panza; monta un célebre caballo, llamado Rocinante, y tiene por señora de sus pensamientos a una tal Dulcinea del Toboso. Si todas estas señas no son suficientes, aquí está mi espada, con la que haré dar crédito a un a la misma incredulidad. -Sosegaos -dijo don Quijote-. Habéis de saber que ese don Quijote de que habláis es el mayor amigo mío y por todas las señas que me dais puede ser el que vos habéis vencido. Al mismo tiempo, creo, que tampoco puede ser cierto aquello, pues él tiene muchos enemigos encantadores, uno de los cuales debe de haber tomado su forma para dejarlo en ridículo. Y si eso no basta todavía, ¡aquí está el mismo don Quijote, dispuesto a sostener esa verdad con las armas, a pie o a caballo!
Diciendo esto se levantó y echó mano a la espada. El Caballero de los Espejos respondió:
-El que una vez pudo venceros transformado, bien puede tener la esperanza de abatiros en vuesto propio ser. Pero como no es de caballeros batirse en la obscuridad como los malhechores, esperemos a que el sol sea testigo de nuestras obras, y la condición de nuestra batalla será la de que el vencido quedará a merced del vencedor y hará cuanto éste le ordene.
-Acepto la condición -respondió don Quijote.
Amaneció y don Quijote no pudo verle el rostro a su contendor, pues éste se había puesto la celada antes que estuviese claro; sin embargo, notó que era hombre musculoso y no muy alto de estatura. Sobre las armas llevaba una especie de túnica cubierta de resplandecientes espejos; sobre la celada tenía grandes y gallardas plumas. Por su parte, Sancho descubrió, y no sin terror, que el escudero del de los Espejos tenía una nariz descomunal, llena de verrugas.
Una vez dispuestos al combate, ambos caballeros decidieron tomar la distancia reglamentaria, antes de embestirse. Sancho le rogó a don Quijote lo ayudara a subirse a un alcornoque, para contemplar desde ahí la batalla, y estaba ayudándolo a trepar, cuando El Caballero de los Espejos decidió atacar, pero con tan mala suerte, que su caballo se atascó a medio camino y no hubo espuela que lo decidiera a moverse. Vista esa maniobra por don Quijote, atacó violentamente con su lanza, arrojando de la silla al Caballero de los Espejos, el que cayó a tierra sin conocimiento. Don Quijote se apresuró a alzarle la celada a su contendor, y cuál no sería su sorpresa cuando se cerció de que no era otro que el bachiller Sansón Carrasco. Acudió prestamente Sancho y le dijo que no debería ser el bachiller, sino algún encantador que había adoptado sus apariencias, sugiriéndole a su amo que le enterrase la espada y así tendría un enemigo menos en el mundo. Don Quijote encontró razón a su escudero, y ya estaba por enterrarle la espada, cuando apareció el otro escudero, desprovisto de la nariz, suplicándole no matara al bachiller. Ahora la sorpresa fue de Sancho, pues reconoció en su colega nada menos que a un compadre suyo, Tomé Cecial, y comenzó a persignarse, porque creyó a pie juntillas que se trataba de un nuevo encantamiento. Al preguntarle por su horrenda nariz, el compadre se la sacó del bolsillo, con lo que Sancho cayó en cuenta de que era una nariz falsa.
Don Quijote le ordenó al vencido bachiller que se dirigiera al Toboso y se pusiera a las órdenes de su señora, doña Dulcinea. Sansón Carrasco prometió hacerlo, y montando en sus respec tivas cabalgaduras, amo y escudero emprendieron la marcha, el uno molido en las costillas y el otro no menos mohino.
La verdad de lo ocurrido es muy sencilla. Cuando el bachiller sugirió a don Quijote saliera por tercera vez en busca de aventuras, ya se había combinado con el cura y el barbero, de modo que él se disfrazaría de Caballero de los Espejos, buscaría a don Quijote, lo retaría a duelo, y al vencerlo (cosa que creía muy fácil), le ordenaría se volviera a su casa y no la abandonara hasta pasados cinco años. Escogió por escudero al compadre de Sancho, Tomé Cecial, y es sabido lo que después pasó, habiendo tenido la aventura un desenlace que nadie esperaba.
DONDE SE NARRA LA ASOMBROSA AVENTURA DE DON QUIJOTE CON LOS LEONES
Muy contentos reanudaron la marcha con Quijote y Sancho, y a poco andar los alcanzó un jinete muy elegante, totalmente vestido de verde. Al divisarlo, don Quijote le rogó hicieran el camino juntos, a lo que el jinete accedió de buen grado y no sin extrañهza al observar el raro atavío del caballero andante. Don Quijote se percató de la curiosidad del señor vestido de verde y se dio a conocer diciéndole que era El Caballero de la Triste Figura, célebre ya en todo el mundo. Su interlocutor respondió explicándole que él se llamaba don Diego de Miranda y que iba en demanda de su aldea.
Mientras conversaban éstas y otras cosas más, don Quijote alzó la vista y descubrió que por el mismo camino venía un carro adornado con banderas. Inmediatamente pensó que el destino le deparaba una formidable aventura y llamó a Sancho para que le pasara la celada, que éste llevaba en las alforjas de su rucio. Sancho se había desviado de la ruta para solicitarles un poco de leche a unos pastores que por ahí había. Al sentirse llamado, Sancho no halló dónde poner unos requesones que le dieran los pastores, y en su prisa los recibió en la celada que su señor estaba pidiéndole. Picó espuelas Sancho y le entregó la celada a don Quijote, quien se la colocó sin advertir los requesones que en ella pusiera Sancho. Al aplastarse contra su cabeza los reque- sones, expelieron todo su suero y éste comenzó a correrle por la cara y las barbas a don Quijote. -Me parece que se me están deshaciendo los sesos -dijo el caballero.
Sancho replicó, sin atreverse a confesar la verdad:
—Otra burla de algún mago encantador, de los que no quieren bien a vuestra merced.
Cuando el carro de las banderas estuvo frente a ellos, don Quijote le dijo a un hombre que iba sentado en el pescante:
-¿Quién sois y adónde vais?
—Soy leonero y llevo en este carro dos jaulas con sus respectivos leones. Se los mandan de regalo al rey.
Don Quijote replicó:
-Conque leonictos a mí, ¿eh? Abrid en seguida esas jaulas y os demostraré la valentía y la fuerza de mi brazo.
Sancho y don Diego de Miranda, al que don Quijote llamaba El Caballero del Verde Gabán, trataron de impedir tamaña locura de don Quijote; pero fue en vano. Bajándose del caballo, don Quijote desenvainó la espada y le ordenó nuevamente al leonero que abriera la jaula, a lo que el pobre hombre accedió, después de advertirle inútilmente al caballero que se trataba de leones bravos y hambrientos.
Don Diego de Miranda, Sancho y el leonero huyeron a lo que les daban sus piernas y cabalgaduras, y don Quijote se enfrentó a la fiera. El león se desperezó, se asomó fuera y volviéndole el trasero se metió de nuevo en la jaula. Don Quijote se dio por satisfecho y llamó al leonero a fin de que cerrara la jaula. Don Diego de Miranda y Sancho regresaron, no sin haberse maravillado de la temeridad de don Quijote. El caballero andante, muy ufano, ordenó a Sancho le regalara al leonero dos escudos de oro, y éste partió gozoso, prometiendo relatarle al mismo rey lo que había visto con sus propios ojos.
Llegados que hubieron a la mansión de don Diego de Miranda, fueron muy bien recibidos, y don Quijote y Sancho permanecieron cuatro días como huéspedes de la familia del Caballero del Verde Gabán, después de lo cual (con mucho pesar de Sancho, pues sabía que les esperaban días de hambre y estrecheces) reanudaron el camino en dirección a Zaragoza.
Donde Se Cuentan Las Bodas De Camacho El Rico, Con El Suceso De Basilio El Pobre
Escaso trecho habían recorrido Sancho y don Quijote cuando tropezaron con cuatro jinetes montados en sus respectivos asnos. Como se maravillaran de las trazas que lucía don Quijote, éste les dijo que era un caballero andante, que iba en busca de aventuras por el mundo, y que su apelativo era El Caballero de los Leones, a causa de su última aventura, pues como los antiguos caballeros andantes, él también podía cambiarse el apelativo por el que más le gustara. Los jinetes manifestaron que acudían a la celebración de unas bodas que darían mucho que hablar en toda la comarca, la del rico Camacho y de la hermosa Quiteria. Don Quijote inquirió mayores detalles sobre los novios, y uno de los jinetes le informó que ambos eran labradores; que Quiteria amaba desde niña a otro zagal llamado Basilio, pero que el padre de ella se oponía a estos amores, porque Basilio no tenía tanta fortuna como Camacho y que, probablemente, de esto se derivaría una gran tragedia sentimental para Basilio, después que Quiteria tomara por esposo a Camacho.
El novio había hecho engalanar los alrededores, ya sea con guirnaldas y con luminarias y ya se preparaban todos para las festividades que se llevarían a cabo. Don Quijote no quiso entrar en el pueblo, a pesar de los ruegos y súplicas de sus acompañantes, alegando que los caballeros andantes pasaban la noche a la intemperie o en los prados, antes que hacerlo bajo techo, lo cual no contaba con la aprobación de Sancho, ya que éste no podía olvidar la fineza y comodidad con que habían sido tratados en la mansión de don Diego de Miranda.
Al día siguiente, temprano, continuaron los preparativos, y amo y escudero apreciaron personalmente la cuantía de aquellos desposorios. Había comida como para alimentar a un regimiento; docenas de novillos, cientos de gallinas desplumadas y colgando de los árboles; el caldo se hacía en varias calderas de enorme capacidad. Después de unas magníficas danzas hicieron su arribo los novios y su comitiva, quedando don Quijote y Sancho deslumbrados por el lujo de los atavíos y la riqueza de las joyas.
De repente hizo su aparición, delante de los novios, un mancebo vestido de negro y coronado con ramas de ciprés; llevaba en la mano una especie de bastón con punta de hierro. Llegó lamentándose en alta voz por su mala suerte, pues el ser más pobre que Camacho le impedía tomar por esposa a la bella Quiteria. De súbito, antes que nadie pudiera impedirse, sacó de su bastón una especie de estoque, y afirmando su empuñadura en tierra, se atravesó de parte a parte el cuerpo, cayendo al suelo bañado en sangre.
Enorme consternación produjo el suicidio de Basilio, que no era otro el desventurado joven, y rodeándolo todos le rogaron al cura lo confesase rápidamente, pues a juzgar por los movimientos del suicida, estaba ya por entregar su alma. Basilio, con débil voz, pidió a Quiteria fuese su esposa, aunque le quedasen pocos instantes de vida. El resto de los concurrentes insistió porque la novia le diera esta satisfacción al moribundo, y habiendo tenido la autorización de Camacho, Quiteria le cogió una mano a Basilio y el cura los declaró a los dos marido y mujer. En cuanto terminó la ceremonia, Basilio se levantó de un salto y se pudo ver que aquello no había sino una comedia urdida por el joven. El estoque no había penetrado sus carnes sino por un canuto de hierro que Basilio llevaba entre sus ropas, canuto que también había hecho llenar de sangre, para que se creyera que era la suya la que brotaba de la falsa herida.
Indignado por esta burla, Camacho desenvainó su espada y se lanzó contra Basilio, y al poco rato todos estaban trenzados en una pelea general, con palos, con cuchillos, con lo que tenían a mano. Don Quijote decidió intervenir para evitar mayores desgracias, y desde su Rocinante comenzó a dar broncas voces, solicitando cordura y apaciguamiento. Pronto los contendientes depusieron las armas y Camacho declaró que no tenía el menor rencor por lo que Basilio había hecho, y para probar lo cierto de sus palabras ordenó que las fiestas continuaran, como si allí no hubiera pasado nada.
Basilio y Quiteria no quisieron quedarse, se marcharon con sus amigos a su pueblo, a celebrar a su manera las bodas, y don Quijote también decidió acompañarlos, siguiéndolo a regañadientes su escudero, quien veía así frustradas sus esperanzas de hartarse con las exquisitas viandas que había visto preparar para las malogradas bodas de Camacho.
DONDE SE DA CUENTA DE LA GRAN AVENTURA DE LA CUEVA DE MONTESINOS, QUE ESTÁ EN EL CORAZÓN DE LA MANCHA
Los recién casados les hicieron múltiples regalos a don Quijote y a Sancho, y los dos se despidieron rumbo a la cueva de Montesinos, a la que don Quijote quería descender para admirar las maravillas que allí había. En el trayecto se les unió un estudiante, y éste, al saber lo que el caballero andante se proponía, fue de opinión que compraran unas cien brazas de cuerda, a fin de descolgarlo al interior de la cueva. Así lo hicieron y una vez que llegaron a ella, la encontraron tan cubierta de zarzas y matorrales, que don Quijote se vio en la necesidad de abrirse paso a golpes de espada. A los mandobles, salieron montones de grajos y de murciélagos y en tal número, que dieron con el caballero en tierra. Pero don Quijote no se amedrentó; al contrario, encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, se hizo atar, y entre el estudiante y Sancho lo descolgaron. Cuando ya habíanse deslizado las cien brazas de la cuerda, el descenso se detuvo, y los que ayudaban a don Quijote pensaron en que algo le habría sucedido. Sin embargo, al poco rato, volvió a sentirse el peso del caballero, y Sancho y el estudiante acordaron volver a subirlo.
Cuando don Quijote apareció en la boca de la cueva, venía como sin conocimiento, y Sancho y el estudiante tuvieron buen trabajo para recobrárselo. Don Quijote dijo: –Dios os perdone, hijos mios, porque me habéis privado de las más bellas visiones que un ser humano pueda haber presenciado.
Sancho y el estudiante le preguntaron qué clase de visiones eran ésas, y él respondió que en la cueva de Montesinos había hallado a numerosos personajes de que hablan los libros de caballería, como el propio Montesinos, primo de Durandarte y la reina Belerma, todos víctimas de un encantamiento procedente del mago Merlín. Pero donde casi reventó de la risa el escudero, fue cuando su señor dijo haber hallado también a una de las mozas labradoras que acompañaban a su señora Dulcinea cuando él mandó a Sancho al Toboso, para que ubicara la mansión de la dama de sus desvelos. Una vez más, Sancho se dio cuenta de que su señor había perdido el juicio.
Miles de cosas más, todas disparatadas y absurdas, contó don Quijote de su descenso a la cueva de Montesinos, y como ya se hacía noche, el estudiante dijo que reanudaran el camino, para encontrar a tiempo algún lugar donde pernoctar.
Picaron espuelas, pues, y al poco rato los alcanzó un hombre que iba con un mulo cargado de lanzas y de alabardas, y al preguntarle don Quijote quién era y cuál su destino, le contestó que tenía mucha prisa y que se iba a alojar en la próxima venta, situada más arriba de la ermita, y que si ellos se alojaban ahí, no tendría inconveniente en darles los pormenores que deseaban respecto de su persona y del paraje a donde se dirigía.
10 Que Trata de la Aventura del Rebuzno y la Graciosa del Titiritero, con las Memorables Adivinanzas del Mono Adivino
Una vez en la venta, don Quijote preguntó por el que llevaba el mulo con las lanzas y las alabardas. Y habiéndosele dicho que estaba en el corral atendiendo a su cabalgadura, allá se encaminó el caballero andante. El hombre accedió a contarle las razones de su presencia en la venta, y habiéndose sentado todos a su alrededor, comenzó su historia de esta manera:
—En el pueblo donde vivo, hay un regidor que, por los malos manejos de una criada, perdió un hermoso asno. Fueron inúteles las diligencias que hizo para dar con el animal, y estaba en esos afanes, cuando se encontró con otro regidor, amigo suyo, y éste le dijo que había visto al asno en el monte, medio muerto de hambre, y que cuando él quiso echarle mano, corrió a esconderse en lo más intrincado del monte. Vista la aflicción del dueño del asno, su amigo le aconsejó fueron los dos al monte a buscarlo, y así lo hicieron. Pero por más que anduvieron no lograron hallar sus huellas. El regidor amigo del dueño del asno tuvo la feliz idea de imitar el rebuzno del animal y de este modo creyó que lo atraerían. Acordaron los dos, pues, comenzar a rebuznar, y no fue poca la sorpresa del regidor amigo al comprobar que el dueño del asno rebuznaba mejor que éste. “Anduvieron largo rato rebuznando por los alrededores, y habiéndose adentrado en un bosque, descubrieron al asno devorado por los lobos, razón por la cual no había respondido a sus llamados.
Muy cariacontecido regresó el regidor acompañado de su amigo, el que no tardó en propagar en el pueblo la gran habilidad que tenía aquél para rebuznar, haciéndolo mejor que los propios burros. Como si esto fuera obra del diablo, toda la gente principió a ejercitarse en el arte de rebuznar, hasta el punto que las aldeas se han ido a las manos varias veces ya, disputándose la primacía en lo que a los rebuznos toca. Para dentro de poco se anuncia un choque armado entre los de mi pueblo y los del vecino, y ésa es la causa por que yo llevo estas lanzas y estas alabardas.
Había terminado de hablar este buen hombre cuando apareció en la venta un personaje vestido con un traje de gamuza y que lucía un parche que le abarcaba un ojo y parte de la cara. Dijo:
-¿Hay albergue para mí y mi mono sabio?
El ventero, que conocía al recién llegado, respondió:
-¡Bien venido seáis, maese Pedro!
–Vengo con mi mono adivinador –prosiguió el maese Pedro-y con un pequeño teatro en una carreta, para deleite de todos los presentes.
Salió y al rato volvió con un mono sin cola, el que de un solo salto se le subía al hombro para contestar las preguntas que se le hacían. Sancho fue el primero en intentarlo. Dijo:
—Quisiera saber qué hace en estos momentos mi mujer, Teresa Panza.
Maese Pedro se tocó el hombro y el mono saltó desde tierra y le cuchicheó algo al oído. En seguida maese Pedro, poniéndose de hinojos, se abrazó a las rodillas de don Quijote: -¡Gracias doy a Dios por permitirme conocer al más famoso de los caballeros andantes, el sin par don Quijote de la Mancha, único resucitador y continuador, en estos tiempos, de las antiguas órdenes de caballería!
Maravillado quedó el caballero manchego y muy conmovido hizo que maese Pedro se levantara. Volviéndose a Sancho, maese Pedro dijo:
–En cuanto a la señora Teresa Panza, en estos momentos está preocupada de limpiar un montón de lino, teniendo a su lado una jarra de vino, para no sentir las fatigas del trabajo.
-Esa misma es -dijo Sancho, creyendo a pie juntillas lo que maese Pedro afirmaba.
No tardó mucho el titirtero en armar su pequeño teatro, y con ayuda de unos títeres que representaban a Carlomagno, a don Gaiferos, al rey Marsilio y a Melisandra, dio comienzo a su comedia. Muy atento asistía don Quijote al desarrollo de la obra, la cual era recitada por un muchacho, mientras maese Pedro estaba oculto moviendo a los monigotes, cuando el muchacho exclamó:
—¡Ved cómo huyen don Gaiferos y doña Melisandra, y cómo los demás se aprestan a perseguirlos y apresarlos, para traerlos amarrados a las colas de sus propios caballos!
Al oír esto, don Quijote se levantó, desenvainó la espada y arremetió contra el teatrito, sin dejar títere con cabeza, y si no es porque anduvo muy listo, el propio maese Pedro habría perdido la suya. Trabajo les costó a Sancho, al ventero, al estudiante y al hombre de las alabardas sosegar a don Quijote, pues él alegaba que un caballero andante no permitiría jamás que se le hiciera un vejamen igual a don Gaiferos y a doña Melisandra. Una vez aplacado, maese Pedro se puso a lamentarse por el daño que le habían causado, pues en la trifulca el mono sabio se le había escapado y andaba por los techos. Sancho consoló al titirtero diciéndole que su amo pagaría todos los destrozos, y después de echadas las cuentas, el caballero manchego ordenó a Sancho le pagara cuarenta reales y tres cuartillos, con lo que el asunto quedó resuelto y todos se sentaron a cenar, felices como unas pascuas, como si nada hubiera sucedido.
11 De la Famosa Aventura del Barco Encantado
Despidiéronse don Quijote y Sancho del estudiante, del hombre de las alabardas y de maese Pedro (quien no era otro que Ginés de Pasamonte, uno de los galeotes salvados por don Quijote, el mismo que le robó el rucio a Sancho. Para huir de la justicia, se había disfrazado de la manera como hemos visto y a unos cristianos que habían sido libertados de las prisiones de Berbería les había comprado el mono, al que enseñó las gracias que ya conocemos, y con las que ganaba más dinero de lo que él esperara. Este pillo, antes de entrar en cada pueblo, averiguaba las cosas que pudieran preguntarle al mono, de ahí que cundiera la fama del animalito, pues casi nunca fallaba en las respuestas. Cuando entró en la venta, reconoció inmediatamente a don Quijote y a su escudero, de ahí que no le fuera difícil la pregunta que se le iba a hacer).
Habían recorrido un buen trecho, cuando don Quijote sintió ruido de tambores, de alabardas y de arcabuces, y como siempre pensaba que debía ser una aventura la que le salía al paso, enfiló a Rocinante hacia el lugar de donde procedían los ruidos; Sancho lo siguió, muy a su pesar, ya que cada vez que su amo se metía en estas aventuras, el escudero salía tan mal parado como él.
Descendieron una pequeña colina y allí vieron unos dos- cientos hombres armados de picas, arcabuces, lanzas, etc. écetera. Uno de ellos portaba un estandarte en que había bordado un burro, e inmediatamente don Quijote coligió que esos hombres serían oriundos del pueblo de los rebuznos y que se habían congregado ahí para dirimir sus diferencias por medio de las armas. Se acercó a ellos para hacer las veces de mediador y les espetó un largo discurso, tan largo, que quedó sin alientos.
De esto se aprovechó Sancho para informarlos de quién era don Quijote, espejo de caballeros, favorecedor de viudas y de huérfanos. Añadió que, a juicio de él, su humilde escudero, era una tontería andar aporéandose por un simple rebuzno y que él también sabía rebuznar a las mil maravillas. Para dar pruebas de ello, se puso las manos en las narices, y lanzó tal rebuzno, que despertó el eco en las montañas vecinas.
Los hombres armados creyeron que Sancho estaba tomándoles el pelo, y uno de ellos, enarbolando un enorme garrote, le propinó tal palo, que lo echó todo molido por tierra. Don Quijote quiso intervenir en defensa de su escudero, pero recibió una tupida lluvia de piedras, ballestas y otro proyectiles, y entonces él, volviendo grupas, huyó de ahí con Rocinante. Al ver esto, los del rebuzno pusieron a Sancho encima de su rucio y dieron por terminada la cosa. El rucio, acostumbrado como estaba a seguir a Rocinante, fue a reunirse con éste, y no fue poca la cólera con que el amo recibió a su escudero por haberse permitido rebuznar ante tanta gente armada.
Amo y criado comenzaron una agria discusión, y Sancho dio a entender que no quería continuar al servicio de don Quijote, dadas las palizas que cobraba como único pago. Don Quijote le recordó su promesa de la ínsula, y en medio de estas y otras razones llegaron a las mágenes del río Ebro, lo que produjo una gran alegría a don Quijote. Yendo por sus riberas, al rato encontraron un bote amarrado a una de las orillas, e inmedia tamente don Quijote ideó que aquel barco encantado estaba ahí para que él lo tripulara y fuera a libertar a alguien que necesitaba de la fuerza de su brazo en esos momentos. Sancho se despepitó para convencer a don Quijote de que ése no era ningún barco, sino un bote pescador; pero su amo no quiso atender a mayores razones y, bajándose de Rocinante, ordenó a Sancho amarrar a las dos cabalgaduras a un árbol y que se embarcase con él en seguida. Quieras que no, Sancho tuvo que obedecer.
Don Quijote cortó la amarra y la embarcación comenzó a desplazarse lentamente, en forma casi imperceptible. Habrían transcurrido unos cuantos minutos, cuando don Quijote preguntó cuántas millas habrían navegado y si ya estarían cerca del polo. Fue inútil que Sancho tratara de convencerlo de que apenas habían navegado unas cuantas varas, y estaban en esos entreveros cuando aparecieron a su vista unas aceñas (molinos de ruedas hidráulicas para moler trigo, movidas por las aguas del río), y don Quijote exclamó en el acto: -¿No te decía yo, Sancho amigo, que este barco está encantado y que en aquellos castillos debe de haber algunos pobres seres infelices que necesitan que yo los liberte?
A todo esto, salieron los molineros de las aceñas, cubiertos de harina a causa de la molienda, y comenzaron a dar voces a los que iban en el bote, para que no se acercaran más, pues corrían el peligro de ser triturados por las ruedas de las aceñas. Al oírlos, don Quijote se puso de pie y comenzó a tratarlos de malandrines, gente ruin y otras lindezas, exigiéndoles dieran inmediata libertad a los que tenían prisioneros en esos castillos. Los molineros se apoderaron de unos palos largos para detener el bote, el cual ya se estaba introduciendo en el canal que hacía girar las aceñas. Con la brusca parada de la embarcación, don Quijote y Sancho cayeron al agua, y si no es por los molineros y los pescadores que acudieron a salvarlos, se habrían ahog do no más. El bote quedó hecho trizas por las ruedas, y don Quijote tuvo que pagarles su valor a los pescadores, quienes, junto con los molineros, se retiraron, unos a las aceñas y otros a sus chozas, sobremanera extrañados de ese par de locos que habrían afrontado una muerte cierta, a no mediar ellos. 12
DE LO QUE ACONTECIÓ A DON QUIJOTE
CON UNA BELLA CAZADORA Melancólicos y amargados, caballero y escudero montaron en sus cabalgaduras y se alejaron del famoso río. Pero a poco andar vieron que en un verde prado había gente de mucha apostura y elegancia, y en medio de todos, una dama sobre una especie de trono dorado. En cuanto la división, don Quijote pensó que eran unas gentiles personas que deberían andar de caza, e inmediatamente ordenó a Sancho se acercara con todo respeto a la señora aquella y solicitara su venia para que El Caballero de los Leones fuera a rendirle pleitesía. Házolo así Sancho, pensando que si le iba bien, podría disfrutar de buena comida y albergue como en la casa de don Diego de Miranda y en la de Basilio. La dama lo acogió y cortésmente dijo: -¿Acaso el amo que os manda es el sin par caballero andante, El Caballero de la Triste Figura, y que tiene por señora de su alma a una tal Dulcinea del Toboso?
La dama había leído las aventuras que andaban circulando respecto a don Quijote, y Sancho por su parte pensó que si lo llamaba Caballero de la Triste Figura debía de ser porque todavía no se había propagado la aventura de los leones, que fue de donde su amo había tomado el último apelativo.
—Él en persona—respondió Sancho—; y yo soy Sancho Panza, su escudero.
La dama, muy animada, añadió:
—Pues id donde vuesto amo y decide que yo y mi esposo el duque nos veremos sumamente honrados con su presencia.
Partió vuelto loco Sancho y transmitió estas palabras a su señor, quien, picando espuelas, seguido de Sancho en su rucio, no tardó en reunirse a esa elegante comitiva. En el intentanto, el duque se había unido a su esposa y ésta le dijo que aquellos dos personajes que se acercaban eran don Quijote de la Mancha y su escudero, los mismos que figuraban en la historia que ambos habían leído con gran deleite. Acordaron de mutuo consentimiento recibirlos con todas las ceremonias que se estilaban en los libros de caballería y divertirse un poco a costa de las locuras de don Quijote y de las agudezas o tonterías del escudero.
Don Quijote detuvo a Rocinante y esperó que Sancho bajara de su rucio para que le ayudara a apearse; pero Sancho se enredó en una soga que colgaba de un costado del rucio y se vino al suelo, quedando colgado de un pie. Impaciente, don Quijote quiso bajarse solo, pero tal vez porque la cincha estaba suelta, con silla y todo rodó por tierra, y le costó trabajo levantarse. El duque mandó a sus servidores para que socorrieran a Sancho en el aprieto en que estaba, y luego de hecho esto, don Quijote quiso arrodillarse delante de la duquesa, pero ésta dijo que jamás consentiría que tal espejo de caballero andante se prosternara ante ella.
Después de algunas frases cambiadas entre ellos, con lo que los duques advirtieron que realmente se hallaban frente al auténtico don Quijote, pusiónse en marcha y llegaron al castillo a donde el duque los había invitado, con gran regocijo del escudero.
Cuando arribaron al lujoso castillo, salieron gran número de servidores a recibirlos, arrojándoles al paso aguas perfumadas, cosa que maravilló a don Quijote y no poco a Sancho. El du que, secretamente, había dado órdenes de que los trataran tal como aparecía en los libros de los caballeros andantes, a fin de que don Quijote y su escudero creyeran que era una verdadera aventura la que les estaba ocurriendo.
Don Quijote se despojó de su armadura, después de lo cual le echaron sobre los hombros un rico mantón escarlata y todos pasaron al comedor, donde la cena ya estaba servida. Entre los comensales había también un sacerdote, personaje éste que miró con malos ojos a don Quijote y a Sancho, pues el caballero andante comenzó a narrar sus batallas empeñadas contra gigantes y otras criaturas no menos temibles, aparte de otras hazafías realizadas por él. En cierto momento, el sacerdote no se pudo contener y dijo, dirigiéndose al duque y al manchego:
—Este don Quijote o don Tonto, imagino yo que no debe de ser tan mentecato, como vuestra excelencia quiere que sea. ¿Quién os ha encajado en el magín que sois caballero andante y que habéis vencido a gigantes y malandrines?
Don Quijote se puso pálido de cólera, y conteniéndose apenas respondió que si no fuera por el sacerdocio que el cura representaba, le daría la respuesta que merecía. El sacerdote, volviéndose a Sancho, agregó:
—Por ventura, ¿sois vos aquel Sancho Panza, al que dicen que vuesto amo tiene prometida una ínsula?
-Ese mismo -dijo Sancho.
El duque intervino:
—Yo, en nombre de don Quijote, os entregaré, para que la gobernéis, una insula que poseo.
—¡Hincate de rodillas, Sancho —dijo don Quijote—, y besa los pies a su excelencia por la merced que te ha hecho!
Al veresto, el sacerdote, lleno de ira, se despidió, prometiendo no volver al castillo hasta que no se hubieran ido ese par de locos y el duque cesara de llevar adelante esa comedia.
Terminada la cena, aparecieron varias doncellas muy hermosas y acicaladas, llevando una de ellas un ríquisimo aguamanil y una finísima toalla. Sin decir palabra pusieron el aguamanil bajo las barbas de don Quijote, se las jabonaron copiosa y ridículamente y se las lavaron, cosa que los duques no habían pensado ordenar, y sólo se les había ocurrido a las doncellas, a fin de divertirse a costa de don Quijote. Para que el caballero no se percatara de que estaban burlándose de él, el duque dijo que también le lavaran la cara, y ellas obedecieron, y don Quijote ni sospechó siquiera la chanza.
Viendo Sancho lo que le hacían a don Quijote, reclamó igual trato para él. Entonces la duquesa lo mandó a la cocina y allá los cocineros y sus ayudantes, para refirse del escudero, le quisieron lavar las barbas con lejía, a lo que Sancho se opuso tenazmente, y ahí acabó la cuestión.
13 Que Cuenta la Manera Como Había Que Desencantar a Doña Dulcinea del Toboso
Habiéndose quedado a solas con Sancho, la duquesa le pidió que le explicara cómo había sido la aventura de las labradoras, una de las cuales él dijo a su amo que se trataba de doña Dulcinea del Toboso. Después de tomar muchas precauciones para que no lo oyera don Quijote, Sancho respondió:
—Habréis de saber, distinguida señora, que mi amo no anda muy bien del caletre, y yo me las arreglo para hacerle creer cosas que no ocurren; tal fue lo que sucedió con las labradoras.
Como la duquesa y su marido habían decidido seguir divirtiéndose a costillas del caballero y del simplete de Sancho, ella argumentó:
-Me parece que estáis equivocado, Sancho amigo, pues existen los encantadores, y en aquella oportunidad fuisteis también víctima de sus artimañas, imaginándoos que doña Dulcinea era la labradora de que hablaís.
Poco trabajo le costó a la duquesa convencer de esto a Sancho, y más tarde ella y su marido acordaron realizar una partida de caza por los bosques vecinos, a la que fueron especialmente invitados el caballero y Sancho. Salieron, pues, con gran despliegue de criados, caballos, y perros y tocando los cuernos (especie de cornetas) para asustar a los jabalíes y poder darles caza. De repente apareció uno de estos animales feroces y Sancho al verlo trató de subirse a una encina para evitar que lo atacara. Cuando trataba de hacerlo, se desprendió una de las ramas y el escudero quedó pescado de los calzones, como si fuera un monigote. Naturalmente, su amo tuvo que acudir en su ayuda y no sin esfuerzos logró desprenderlo.
Como ya se hiciera de noche, se desplegaron grandes carpas de lona y se iluminó enteramente el bosque. Estaban todos charlando sobre los pormenores de la caza cuando se sintió un tremendo ruido de tambores, flautas y chirimías, lo que alarmó sobremanera a los circunstantes. De repente vieron a un mensajero vestido de demonio que atravesaba el bosque soplando un cuerno a manera de trompeta.
El duque dijo:
-¿Quién sois, adónde vais y qué guerreros están atravessando este bosque, a juzgar por el ruido que producen con sus instrumentos?
A lo que contestó el demonio con voz horrible:
-Yo soy el diablo, ando en busca de don Quijote de la Mancha; la gente que por aquí viene son seis tropas de encantadores, los que sobre un carro triunfante conducen a la sin par Dulcinea del Toboso. Traigo recado de parte de Montesinos, el que manda a decir al tal Caballero de los Leones que él conoce la forma cómo habrá que desencantar a dona Dulcinea.
Y desapareció. El duque dijo:
-¿Piensa vuestra merced esperar lo que suceda?
Don Quijote contestó que esperaría aunque el mismo infierno se le viniera encima. En esto la noche se puso más obscura aun y una multitud de luces comenzaron a correr por el bosque. De súbito se oyó un feroz estruendo y surgió un carro de rechinantes ruedas tirado por cuatro bueyes, todos cubiertos de paramentos negros y con una antorcha encendida en cada cuerno. Sobre un alto asiento iba un venerable viejo de blanca barba. Guiaban el carro dos horrendos demonios; luego pasaron tres carros más parecidos al anterior. Poco después volvió el silencio y se oyó una suave música.
A continuación apareció otro carro tirado por seis mulas pardas; las cabalgaban unos tipos que parecían penitentes de blancas vestiduras y con una antorcha en la mano. En un elevado trono se divisaba una ninfa vestida de mil velos de tela de plata; junto a ella había una figura cubierta con un velo negro muy largo. El carro se detuvo frente a los duques, don Quijote y Sancho, y alzando el velo que le cubría, el rostro, la figura dijo:
—Soy Merlín, y no he hallado otra manera para desencantar a la sin par Dulcinea del Toboso, alma y señora del valiente y discreto don Quijote, que el que su escudero Sancho se deje propinar tres mil y trescientos azotes en salva sea la parte.
-¡Eso si que no! -protestó Sancho.
Don Quijote lo amonestó:
-No sólo tres mil y trescientos te daría yo, sino seis mil y seiscientos, por desconsiderado con mi dama.
Vista la negativa de Sancho, la ninfa de los velos se descubrió el rostro, y dijo:
-¡Muévate mi desgracia, mal intencionado monstruo, y sácame del encantamiento! Yo soy Dulcinea del Toboso, y si ahora me presento bajo mis verdaderas apariencias, es porque el mago Merlín así lo ha dispuesto, para que se apiade tu corazón de bestia. ¿Prefieres que siga siendo la rústica labradora que tú sabes?
Pronunció estas palabras con tanto sentimiento, que a todos se les saltaron las lágrimas.
Después de mucho regatear, la duquesa convenció a Sancho de que aceptara.
-Consiento en mi mala ventura -dijo-, pero a condición de que sean tres mil y trescientos los azotes, y ni uno más, azotes que me daré yo mismo y sin que nadie me apremie.
Don Quijote se colgó del cuello de Sancho, dándole mil besos en la frente y en las mejillas.
Los duques y sus acompañantes, satisfechos por la forma como se habían desarrollado los acontecimientos, regresaron al castillo, donde sus dueños tenían preparadas otras travesuras a don Quijote y a Sancho. 14
Donde Se Cuenta la Extraña y Jamás Imaginada Aventura de la Condesa Trifaldi
Habían terminado de comer cuando se oyó el rumor de un pífano y de unos tambores de tétricos ecos. Y estando todos así, suspensos, vieron entrar por el jardín dos hombres vestidos de luto; eran los que tocaban los tambores; al lado de éstos caminaba el que tocaba el pífano, instrumento parecido a la flauta. Seguía a los tres un personaje de elevada estatura, cubierto también su rostro con un transparente velo negro, a través del cual se entreveña una barba alba como el lino. Al llegar ante el duque se arrodilló; pero éste lo obligó a levantarse. Hízolo así, y alzándose el velo, todos se maravillaron al ver que lucía la más tupida de las barbas, blanca como la nieve. Con una voz bronca dijo:
—Altísimo y poderoso señor, a mí me llaman Trifaldín el de la Barba Blanca; soy escudero de la condesa Trifaldi, por otro nombre llamada la Dueña Dolorida, de parte de la cual os solicito le deis permiso para contaros sus penas y aflicciones. Primeramente, quiere saber si está en vuesto castillo el valeroso y jamás vencido caballero don Quijote de la Mancha, en cuya busca viene desde el reino de Candaya, y ahora se encuentra esperando vuestra venia en la puerta de esta fortaleza. -Buen escudero Trifaldín-dijo el duque-, hace muchos días que tenemos noticia de la desgracia de la condesa Trifaldí, a la que los malos encantadores hacen llamar la Dueña Dolorida. Podéis decirle que pase, que aquí está el valiente caballero don Quijote de la Mancha.
Trifaldín volvió a salir al jardín acompañado de su séquito de músicos y no tardaron en reaparecer, encabezando una fila de doce dueñas*, todas vestidas como monjas. Después apareció la condesa Trifaldi (que no era sino el mayordomo del duque, disfrazado), conducida de la mano por Trifaldín. Venían las doce dueñas y la señora como en una procesión, cubiertos los rostros con velos negros y no transparentes como el de Trifaldín. Habiéndose adelantado los duques a recibirla, ella se puso de rodillas y dijo, con un acento no muy femenino, más bien varonil:
—Ruego a vuestras grandezas no hagáis objeto de tanta cortesía a vuestro criado, digo, a vuestra criada....
El duque, levantándola, la condujo a una silla que había junto a la duquesa. La condesa dijo:
-Confio en que mis desdichas serán comprendidas por vosotros; pero antes de relatarlas, quisiera saber si se halla aquí el acendrado caballero don Quijote de la Mancha y su escudero Sancho Panza.
Don Quijote se levantó y dijo:
-Si vuestras cuitas pueden ser remediadas, señora, aquí estoy yo, don Quijote de la Mancha, para darles remedio.
Dicho lo cual, la condesa Trifaldi inició su relato:
-Doña Maguncia, reina y señora del reino de Candaya, viuda del rey Archipiela, es madre de la infanta Antonomasia, su heredera. Cuando la niña tuvo catorce años, demostró ser poseedora de una belleza deslumbrante, y con este motivo había muchos señores que se habían enamorado de ella: nobles y plebeyos. Antonomasia estaba a mi cuidado y yo debía responder por ella. Pero un día, uno de los caballeros de la corte, llamado don Clavijo, valiéndose de malas artes para engañarme, sedujo a la princesa, por cuyo motivo se casó en secreto con el mencionado caballero, lo que produjo la muerte de la reina Maguncia. Cuando estábamos sepultándola, apareció encima de la sepultura de la reina el gigante Malambruno, primo hermano de doña Maguncia, el que, aparte de ser cruel, es un encantador. En venganza por el casamiento en secreto de la princesa Antonomasia, los dejó encantados sobre la misma sepultura, a ella convertida en una mona de bronce y a él en un horrible cocodrilo; entre los dos, dejó el siguiente letrero: Estos atrevidos amantes no recobrarán su primitiva forma hasta que el valeroso manchego no libre conmigo singular batalla, que para sólo él está reservada esta formidable aventura. Hecho esto, hizo traer ante sí a todas las dueñas de palacio, que son las que aquí están presentes, y después de haber exagerado nuestra culpa, dijo que no quería castigarnos con la muerte sino con algo que nos doliera más. Y desde ese momento sentimos que se nos abrían los poros de la cara y que nos brotaba una especie de pelos o cerdas, como las que ahora veréis.
La Dueña Dolorida y las otras damas alzaron sus antifaces y descubrieron sus rostros poblados de barbas azules, negras, blancas, de todo tipo, que dejaron pasmados al duque, a la duquesa, a don Quijote y a Sancho.
Pronunciadas estas palabras, la Trifaldi cayó desmayada; pero volvió en sí al oír que don Quijote se ofrecía a ayudar a todas las mujeres barbonas para que dejaran de serlo. Preguntó qué había que hacer. La Trifaldi añadió:
—Desde aquí al reino de Candaya hay cinco mil leguas, más o menos; y he de decir a vuestra merced que Malambruno me aseguró que cuando yo encontrara al caballero que debería libertarme, le enviaría un caballo portentoso, caballo que se rige por una clavija que tiene en la frente y que vuela por los aires como si los mismos diablos lo condujeran. Este caballo es obra del sabio Merlín y se llama Clavileño el Alígero. Las condiciones de Malambruno es que lo monten don Quijote y su escudero; de otra manera no saldremos de nuestros encantamientos.
Naturalmente, Sancho, se negó a acompañar a su amo, en esta nueva y descomunal aventura, diciendo que el tal caballo no tendría las ancas tan blandas como su rucio, pues el Clavileño estaba construido de palo. Don Quijote prometió a los asistentes que Sancho haría lo que él le mandase. La Trifaldi, con lágrimas en los ojos, exclamó.
-¡Oh Malambruno, envíanos ya el Clavileño, para que al fin nuestra desdicha se termine! 15
DE LA VENIDA DE CLAVILEÑO, CON EL FIN QUE TUVO ESTA AVENTURA Era de noche ya y don Quijote se impacientaba porque todavía no aparecía el Clavileño que debían cabalgar, temiendo que no sería él el caballero que lo montaría. Pero he aquí que entraron al jardín cuatro salvajes, vestidos de verde hiedra, trayendo sobre los hombros un caballo de madera. Lo pusieron en el suelo y uno de los salvajes dijo:
—Que lo monte el caballero que tenga valor para hacerlo, y ocupe el anca el escudero; fiense de Malambruno y no hay más que torcer la clavija que trae puesta para que los lleve por los aires. Pero para que al tomar altura no les den vahidos deben vendarse los ojos hasta que el caballo relinche, con lo que se dará por terminado el viaje.
Con lágrimas en los ojos, la Dueña Dolorida exclamó:
—Valeroso caballero, las promesas de Malambruno se han cumplido; el caballo está en casa, y sólo esperamos que subas en él con tu escudero y des principio al feliz viaje que hará desaparecer nuestras barbas.
Sancho volvió a poner dificultades, pensando en qué dirían de él sus futuros insulanos si vieran a su gobernador paseando por los vientos; aparte de que si el caballo se retrasara o el gigante se enojara, tardarían en dar la vuelta media docenas de años, tan distante estaba el reino de Candaya, y para entonces no habría insula ni insulanos que lo reconocieran. A todo esto, el duque repuso:
Sancho amigo, la ínsula que os he prometido no se moverá de su lugar, y lo que quiero es que junto con vuesto amo deis cima a esta memorable aventura
-Muy bien -contestó Sancho-; suba mi amo, tápenme los ojos y encomiéndendeme a Dios.
—Desde la memorable aventura de los batanes, nunca había visto a Sancho tan atemorizado como ahora —dijo don Quijote—. Y con licencia de estos señores, quiero hablar a solas dos palabras con él.
Los demás se retiraron y don Quijote prosiguió:
-Nos espera un largo viaje, Sancho hermano, y ni sabemos cuándo volveremos de él. De modo que retirate a tu aposento, como que vas en busca de algo, y propínate por lo menos quinientos de los azotes que has prometido darte.
Sancho respondió:
-Me extraña la prisa de vuestra merced. Vamos primero al asunto de las barbas de estas señoras, que en cuanto le demos término, yo cumpliré con el asunto de los azotes.
-Con esta tu promesa, Sancho, me conformo -sentenció don Quijote.
Luego de cambiadas estas frases, regresaron para subir sobre Clavileño.
Treparon los dos y se les vendó la vista. Tocó don Quijote la clavija, y apenas había puesto los dedos en ella cuando las dueñas y cuantos había ahí comenzaron a decir:
–Dios te guíe, valeroso caballero; Dios sea contigo, escudero intrépido.
Sancho se había aferrado al cuerpo de don Quijote, y como oyera estas voces, dijo: -¿Cómo dicen que vamos tan alto si alcanzan aquí sus voces? -No repares en eso, Sancho -contestó don Quijote-; de mil lenguas oirás y verás lo que quieras, y no me aprietes más, que estás a punto de derribarme. Destierra, amigo, todo temor, que la cosa se desarrolla como debe ser y llevamos viento en popa. —Verdad es —dijo Sancho—; porque de este lado me da un viento tan fuerte como si mil fuelles estuvieran soplando.
No se equivocaba Sancho, pues el duque y la duquesa habían dispuesto que les echaran viento con unos fuelles para que creyeran que iban volando.
-Si seguimos así -prosiguió don Quijote-, pronto llegaremos a la región del fuego, y no sé cómo graduar esta clavija para que no lleguemos adonde podremos quemarnos.
Los que estaban jugándoles esta broma encendieron unas estopas en la punta de unas cañas y se las acercaban al rostro. Sancho dijo:
-Que me maten si no estamos ya en la región del fuego, pues se me han chamuscado las barbas, y estoy, señor, por quitarme la venda de los ojos para ver dónde nos hallamos.
-No hagas tal-dijo don Quijote.
Estas pláticas de los dos valientes oían el duque, la duquesa y los demás que estaban en el jardín, y se morían de la risa. Y para darle fin a la aventura le encendieron la cola a Clavileño, y como el caballo estaba relleno de cohetes, voló por los aires dando en tierra con sus dos jinetes medio chamuscados.
A todo esto, habían desaparecido del jardín las mujeres barbadas y la Trifaldi también, y los que quedaron se hicieron los desmayados. Medio maltrechos se levantaron don Quijote y Sancho, y se maravillaron al ver a tanta gente tendida, y no fue menor su admiración cuando vieron a un lado del jardín una gran lanza clavada en el suelo y pendiendo de ella un pergamino con grandes letras de oro, en el que estaba escrito lo siguiente:
Malambruno se da por satisfecho y las barbas de las dueñas han desaparecido. Los reyes don Clavijo y doña Antonomasia pueden volver a su reino. Sólo falta que el escudero se dé los azotes que ha prometido, para que el otro encantamiento se deshaga.
Poco a poco se fueron levantando los que estaban tendidos como desmayados; el duque leyó el cartel, y con los brazos abiertos fue a abrazar a don Quijote, diciéndole que era el más bueno de los caballeros que los siglos jamás habían visto.
16 De Cómo el Gran Sancho Panza Tomó Posesión de su Ínsula y del Modo Como Comenzó a Gobernar
Como la aventura de la Dueña Dolorida tuviera tan buen resultado, los duques determinaron pasar adelante con las bromas, y de este modo, dieron órdenes a sus criados y vasallos sobre cómo deberían comportarse cuando Sancho fuera gobernador de la ínsula. Al día siguiente, el duque le dijo a Sancho que se dispusiera a hacerse cargo del gobierno, pues sus insulanos estaban impacientes por verlo. Sabedor de esto don Quijote, tomó a Sancho a un lado y le dio mil consejos sobre cómo debería gobernar la ínsula y comportarse con sus gobernados.
Por disposición del duque, Sancho, con un gran séquito y elegantemente vestido, se aprestó a partir hacia el lugar donde estaba la ínsula. Iba a cargo de la caravana el mayordomo del duque, el mismo que se disfrazó de condesa Trifaldi. Al verlo el escudero, le dijo a su señor:
-0 me lleva el diablo o vuestra merced me ha de confesar que el rostro de este mayordomo se parece bastante al de la Dueña Dolorida.
-No es necesario que te lleve el diablo -dijo don Quijote-, pues el rostro del mayordorno es el mismo de la Dueña Dolorida; pero no son estos momentos para entrar en averiguaciones ni en embollos.
El escudero se despidió de los duques, y con lágrimas en los ojos le dio sus bendiciones don Quijote. Partió Sancho con su acompañamiento y a poco llegó a la ínsula, que entonces tenía alrededor de mil habitantes, una de las mejores que el duque poseía y que se denominaba Barataria. Al llegar a las puertas de la villa, la que estaba amurallada, salió el regimiento del pueblo a recibirle, tocaron las campanas y todos los vecinos dieron muestras de gran alegría. Lo llevaron a la iglesia mayor a dar gracias a Dios y con algunas ridículas ceremonias le entregaron las llaves del pueblo y lo aclamaron como perpetuo gobernador de la ínsula Barataria.
El mayordomo del duque lo invitó a sentarse en la silla del tribunal, y en esto entraron dos hombres, uno, al parecer, labrador, y el otro sastre, porque traía unas tjeras consigo. Este último dijo:
-Este hombre llegó a mi sastrería con un pedazo de paño y quiso saber si con ese trozo de tela le saldría una caperuza. Le contesté que sí. Creyendo que lo engañaba y pensando que yo quería quedarme con el saldo de la tela, me preguntó si saldrían dos caperuzas. Adiviné su mal pensamiento, y le respondí que sí salían dos caperuzas.
Así, hasta que llegamos a cinco caperuzas. Confeccioné las caperuzas que me encargaba, y ahora no quiere recibirlas ni pagarlas; antes quiere que le devuelva su paño.
-¿Es todo así, hermano? -preguntó Sancho.
—Sí, señor—contestó el labrador—; pero haga que le muestre las caperuzas que ha hecho.
--De buena gana --contestó el sastre, y sacando la mano de bajo de su capa, mostró una caperuza en la punta de cada dedo. Añadió: He aquí las cinco caperuzas que este buen hombre me ha pedido, y Dios y mi conciencia saben que no me he dejado una pizca de su paño.
Sancho meditó un rato y dijo:
–En este pleito la cosa es muy sencilla: el sastre pierde su hechura, el labrador su paño y las caperuzas llévense a los presos de la cárcel.
Todos se maravillaron de la acertada justicia dispensada por el nuevo gobernador, y estaban comentándola cuando llegaron dos ancianos, uno apoyándose en un báculo de caña. El otro dijo:
—Señor, hace algún tiempo a este hombre le presté diez escudos de oro, con la obligación de que me los devolviera cuando yo los necesitara. Resulta que ahora no quiere devolvérmelos, alegando que ya me los devolvió. Yo no tengo testigos; ni del préstamo ni de la devolución, menos de esta última, porque ella no ha ocurrido. Querría que vuestra merced le tomara juramento y si jura que me los ha devuelto, yo me daré por pagado.
-¿Qué decís a esto? -preguntó Sancho al viejo de la caña.
-Señor -respondió el aludido-, confieso que me los prestó y juraré que se los he devuelto.
Luego le entregó al otro viejo la caña que llevaba para que se la tuviera, y colocando la mano sobre la cruz juró que los había recibidos prestados y que se los había devuelto en su propia mano, y que así lo hacía, o sea, se los pedía y se los devolvía de nuevo.
Después de lo cual el gobernador preguntó al querellante qué decía a todo lo expuesto por su contrario, y aquél dijo que de ese modo debería ser, pues estimaba al querellado un buen cristiano y que a él seguramente se le habría olvidado la fecha cuando le devolvió los escudos.
Tomó de nuevo su báculo el deudor y agachando la cabeza salió del tribunal. Como viera Sancho que sin más ni más se iba, poniéndose el índice de la mano derecha entre las cejas, mandó que llamaran de nuevo al viejo del báculo. Se lo traje-ron, y Sancho le pidió la caña y el viejo no tuvo inconveniente en pasársela. Después, el gobernador le alargó el báculo al querellante, diciéndole: -Andad con Dios, ya que vais pagado. -¿Vale esta caña diez escudos? -murmuró el querellante.
Sancho ordenó que en presencia de todos los circunstantes se quebrara y abriera la caña. Lo hicieron así y del interior del báculo aparecieron los diez escudos cuya devolución exigía el querellante. Al preguntársele cómo había sospechado que ahí estaban, Sancho respondió que entró en sospecha al pedirle el querellado al querellante le tuviera la caña en el acto de jurar, con lo que el picaro no mentía, pues en el instante del juramento los escudos estaban en manos de su propio dueño.
Gran admiración despertó la manera de hacer justicia de Sancho, y el escribano que tomaba nota de todo por mandato del duque, no sabía si tenerlo por tonto o por hombre sabio.
Llegó la hora de cenar y llevaron a Sancho a un lujosísimo salón, donde había una gran mesa puesta y un único lugar disponible para él en la cabecera. Sobre la mesa había mil variados manjares cubiertos por una toalla. Cuando entró Sancho, se oyeron los dulces compases de una orquesta y cuando tomó asiento se puso a su lado un personaje con una varilla de ballena en la mano. Uno que parecía estudiante echó la bendición antes de comenzar a comer, y otro colocó delante de Sancho una enorme fuente de fruta. No bien hubo empezado Sancho a saborear aquella deliciosa fruta, cuando el de la varilla tocó con ésta el plato e inmediatamente vino un criado y se lo llevó. Así sucedió con todos los platos que el gobernador quería tocar. Amoscado, Sancho preguntó al de la varilla:
-Vos, ¿quién sois? ¿Y por qué me priváis de comer? -Yo, señor-contestó el de la varilla-, soy médico y me pagan por vigilar la alimentación de los gobernadores y para que éstos no coman algo que les haga mal y así se vea menoscabado el gobierno de la ínsula. —¡Pero no puedo morirme de hambre, habiendo tantas cosas que me apetecen! —murmuró Sancho. -Ya se os dirá lo que no os hará daño —replicó el médico. Naturalmente, todo eso no era más que una broma de los duques entre las muchas que ya les habían jugado al manchego y a su escudero. Pensativo estaba Sancho ante la absurda situación que se le presentaba cuando se oyó un ruido de trompetas, y alguien anunció que venía un mensajero de parte del duque. El gobernador ordenó que lo hicieran entrar, después de pedir que despejaran la sala. El secretario leyó la carta, ya que Sancho no sabía leer ni escribir:
A minoticia ha llegado señor don Sancho, el que unos enemigos míos y de esa insula os harán víctima de un horrible asalto. Tened mucho cuidado con los que os rodean y os visitan.
Atónito quedó Sancho, y estaba meditando en cómo repeler el ataque y en la manera de poder echarle algo al estómago, mientras tanto, cuando entró un paje diciendo que un labrador deseaba que le diera audiencia. De malas ganas Sancho accedió e hicieron pasar adelante al labrador. Preguntado qué se le ofrecía, respondió:
--Soy labrador y tengo un hijo que estudia para bachiller, y se ha enamorado de Clara Perlerina, hija de Andrés Perlerino, labrador riquísimo. La doncella, a decir verdad, es como una perla oriental, y mirada por el lado derecho parece una flor de campo; por el izquierdo no tanto, por que le falta aquel ojo, que perdió a causa de la peste viruela. Es tan limpia que por no ensuciarse la cara trae las narices arremangadas; tiene la boca grande y a no faltarle diez o doce muelas, no se vería mal... -¿Y qué diablos tengo que ver yo con eso? -exclamó enojado Sancho.
El labrador, humildemente, agregó:
—Querría que me diseis una carta para el que va a ser mi consuegro, diciéndole que autorice la boda, pues aunque en bienes de fortuna no andamos iguales, los novios sí que son el uno para el otro, ya que si su hija es como os la he pintado, mi hijo no le va en zaga: es lunático, de muy buen carácter, sólo que en sus momentos de bondad se da puñetes a sí mismo, y una vez por haberse caído al fuego quedó con la cara completamente recogida. Además...
-¿Además qué? -gruño Sancho.
—Además, quisiera que me donarais unos trescientos o seiscientos ducados para aportarlos como dote a la boda...
El gobernador dio un salto.
-¿Trescientos o seiscientos ducados ¿De dónde queréis que los saque si apenas hace horas que me he hecho cargo de la insula?
Oído lo cual, el labrador salió de la sala muerto de la risa, pues era un enviado del duque para comprobar cómo reaccionaba Sancho en su nuevo cargo de gobernador.
Llegó la hora de la cena y el gobernador fue autorizado para comer a su estilo, es decir, a lo labrador, y luego que hubo consumido su pitanza, dio muestras de querer recorrer la ínsula para imponerse personalmente de lo que había que hacer. Salió acompañado de un pequeño séquito compuesto, entre otros, por los escribanos, quienes deberían anotar cuanto viese y cuanto determinara el gobernador.
Habrían andado algunos pasos cuando sintieron ruido de cuchilladas; eran dos hombres que estaban peleando. En cuanto divisaron a la autoridad detuvieron el duelo.
Sancho le preguntó a uno de ellos por qué refían, y éste dijo:
-Mi contrincante es jugador, y de los mañosos, pues no de otra manera se levanta siempre todas las ganancias. Y porque esta noche le pedí que me diera algunos reales de barato, no quiso dármelos, como es la costumbre darles a los que como yo son personas sin oficio ni beneficio. Por esta razón decidi quitarle a cuchilladas lo que él de buen talante no me quería obsequiar.
-¿Qué decís a todo esto? -replicó Sancho, dirigiéndose al otro contrincante.
—Que es cierto cuanto dice mi enemigo.
-Entonces voy a hacer justicia -dictaminó Sancho-. Que el jugador fullero dé cien reales al que no tiene oficio ni beneficio, y a este último lo destierro de la ínsula por espacio de diez años.
Iban a proseguir la ronda, y en ese instante llegó un guardia llevando del brazo a un mozalbete.
-¿Por qué traéis a este mozo? -preguntó Sancho.
Dijo el guardia:
-Excelencia, debe ser un delincuente, porque en cuanto divisó a la autoridad huyó como un gamo, y si no es porque tropezó no le echara mano.
-¿Por qué huías? -lo interrogó Sancho.
—Para evitar las preguntas que siempre hace la policía.
-¿Cuál es tu oficio?
–Tejedor.
-¿Y qué tejes?
—Hierros de lanza, si su merced lo permite.
-¡Ah! ¿Conque también eres chistoso? ¿Y adónde ibas ahora? -A tomar el aire. -¿Y dónde se toma el aire en esta insula? -Donde sopla. -Muy bien -dictaminó Sancho-; pero hazte cuenta de que yo soy el aire y que viento en popa te mando a dormir a la cárcel.
El mozo se rió con desparajo:
—Señor, aunque quisierais, no podríais mandarme a dormir a la cárcel, ni aunque me cargarais con grillos y con cadenas.
-¿Por qué?
—Porque yo haría de manera que no me viniera sueño en toda la noche.
Como encontrara ingeniosas las respuestas del mozo, Sancho lo dejó en libertad, recomendándole que se guardara de usar ese tipo de burlas con la autoridad, porque de repente podía resultarle mal.
Del Fatigado Fin y Remate que Tuvo el Gobierno de Sancho Panza
Nunca se habría imaginado Sancho que las cosas de esta vida son tan pasajeras como el viento, y que pronto vería el fin de sus funciones de gobernador. Pero sucedió que una noche, mientras él dormía, se sintió un horrendo bullicio de tambores y de toda clase de instrumentos, aparte de un tremendo vocerío. Habiéndose despertado bruscamente, se levantó Sancho para averiguar de qué se trataba, sin tener tiempo de echarse encima alguna ropa que lo preservara del frío. Entonces se abrió la puerta de su aposento y aparecieron varios hombres armados hasta los dientes y llevando antorchas encendidas. Le dijeron:
—¡Apúrese, señor gobernador! ¡Ármese de punta en blanco, que la ínsula está siendo asaltada y debemos repeler al enemigo!
-¡Qué armas ni qué ocho cuartos! -respondió Sancho-. Eso queda para mi señor don Quijote, quien en un periquete, y antes que cante un gallo, él solo daría buena cuenta de nuestros enemigos. Pero yo no soy soldado.
Sin atender a sus razones, los que venían armados trajeron dos escudos de madera y poniéndole uno por delante y otro por detrás lo ataron de manera que el pobre Sancho apenas podía respirar. Le pusieron una lanza en la mano y le rogaron que los condujera al combate. Sancho quiso moverse, pero con tan mala fortuna que dio con el cuerpo en tierra y allí se quedó sin poder levantarse, impedido por los escudos de madera. En esto comenzaron a pasar sobre él montones de soldados, dando gritos espantosos. El bullicio duró buen rato y al fin se aplacó. Entonces se oyeron voces de “¡victoria, victoria!”, y los servidores del duque que estaban a las órdenes de Sancho lo levantaron, le quitaron los escudos, le dieron un trago de vino para que se reanimara y le pidieron que se aprestara a celebrar el triunfo obtenido contra los asaltantes de la insula. Adolorido y triste, Sancho dijo: -No hay victoria que celebrar, al menos de mi parte, que nada he hecho. Soy labrador e hijo de labradores y no debi nunca haber cambiado de estado para convertirme en gobernador de esta ínsula.
Zapatero a tus zapatos. Y ahora me marcho, que para burlas ya hay bastante.
El mayordomo del duque y el médico le dijeron que no se marchara, porque todos los insulanos estaban muy contentos con la forma como llevaba el gobierno de la ínsula y que de ahí en adelante el gobernador podría alimentarse con los manjares que le vinieran en gana.
—Prefiero mi modesta pitanza de labrador—replicó Sancho-. Y yo soy de la familia de los Panzas, y cuando un Panza dice que es negro, aunque sea blanco, nadie lo saca de ahí. De manera que dejo la gobernación de mi ínsula y me vuelvo adonde jamás debí de salir.
Dicho lo cual se encaminó al establo donde pacía el rucio, le dio un beso en la frente y comenzó a ensillarlo. Una vez que hubo terminado esta faena montó en el asno y anunció que iría a despedirse de sus amos, los duques, que para ínsulas ya tenía bastante con lo que le había acontecido.
Dijo esto con lágrimas en los ojos y todos los circunstantes se arrepintieron de haberlo hecho objeto de tantas burlas, pues comprendían que bajo la rusticidad de Sancho había un corazón muy humano y muy bien intencionado, cosa que no muy a menudo se encuentra a lo largo de este mundo.
18 Que Trata de Cosas Tocantes a Esta Historia y No a Ninguna Otra
No muy apesarado partió Sancho de su ínsula en busca de don Quijote, al que echaba mucho de menos. En esto se le hizo de noche, y habiéndose apartado un tanto del camino, él y su rucio rodaron a una profunda sima, donde la obscuridad era tal que ni las manos se veían. Comenzó a lamentarse Sancho, pensando que allí dejaría los huesos, pues a nadie se le ocurriría pasar por ese lugar para salvarle. Cuando más afligido estaba descubrió a lo lejos un resquicio de luz y encaminándose allá comprobó lleno de contento que ese resquicio daba a una especie de galería. Volviéndole el alma al cuerpo, empezó a cavar, pretendiendo encontrar una salida para él y para su rucio. A fin de ganar tiempo se puso a dar grandes gritos de auxilio.
En el intertanto, don Quijote había salido a dar un corto paseo y oyó los gritos que provenían de la profundidad de donde Sancho estaba, y reconociéndole la voz, dijo:
-¿Quién eres tú, alma en pena? ¿Acaso el alma de mi buen escudero Sancho Panza?
-¿Quién he de ser sino el mismo de que vuestra merced habla? —respondió el escudero-. Vivo estoy, aunque algo molido, y no pienso morirme en todos los días de mi vida.
Corrió don Quijote al castillo de los duques, expuso su hallazgo y volvió acompañado de varios servidores provistos de cordeles para proceder al rescate de Sancho. Después de ímprobos trabajos lograron sacarlo y fue conducido a presencia de los duques, quienes se admiraron sobremanera al saber que había abandonado el gobierno de la ínsula. -Desnudo nació y desnudo me hallo -respondió Sancho, dando a entender que no había usufructuado en lo más mínimo del gobierno de la ínsula. Durante diez días administré justicia, traté de hacer imperar el bien y la verdad y si no seguí adelante es porque las gobernaciones no se han inventado para mí, pues prefiero volver al servicio de mi amo que sentarme en la silla de una gobernación.
Alabáronle los duques la discreción a Sancho, y como don Quijote ya estaba aburriéndose de su inacción, y habiendo en el mundo tantas penas que consolar y tanta injusticia que remediar, pidió licencia a los duques para partir nuevamente, cosa que le fue otorgada no sin sentimiento de todos, a pesar de las burlas que les habían hecho. Para resarcir de los daños que Sancho pudo recibir, el duque le regaló una bolsa con doscientos ducados de oro, regalo éste que despertó el júbilo del rústico labrador.
Haciendo recuerdos de su estada en el castillo iban caballero y criado a una legua escasa de camino cuando divisaron una nube de polvo que levantaban varios hombres armados de lanzas y que caminaban muy aprisa. Don Quijote inmediatamente pensó que el azar le deparaba una de esas aventuras que lo hacían famoso, y parándose en medio del camino esperó que los lanceros llegaran. Uno de ellos, al verlo, dijo:
-¡Hombre del diablo, apártate del camino, que te harán pedazos estos toros!
-¡Para mí no hay toros que valgan, aunque sean de los más bravos que se den en toda la tierra! - respondió don Quijote, sin apartarse una pulgada.
En mala hora lo hizo así, porque la manada de toros pasó por encima de él, de Rocinante, de Sancho y de su rucio, quedando todos maltrechos y pisoteados. Después que la recua hubo pasado, don Quijote se levantó como pudo y corrió tras ella, maldiciendo a los vaqueros y desafiándolos a pelear. Pero no le hicieron caso y apresuraron la marcha, pues iban con retraso al lugar donde se llevarían a efecto unas corridas de toros.
Volvieron a montar en sus respectivas cabalgaduras y continuaron viaje, amo y escudero, molidos y cabizbajos. Habiéndoles dado hambre, se apearon junto a una fresca arboleda y allí. Sancho sacó de las alforjas, muy bien provistas por la magnanimidad de los duques, pan y queso, y se dispusieron a comer, aunque don Quijote manifestó no tener apetito. Sancho, en cambio, comenzó a engullir el pan y el queso sin cuidarse de la inapetencia de su amo. Una vez satisfecho, el escudero dijo a don Quijote que convendría que durmieran un poco para recobrar las fuerzas y continuar hacia Zaragoza, su próxima meta. Don Quijote consintió en ello y murmuro:
-¿No sería bueno, Sancho amigo, que antes de echarnos a dormir, te apartaras un poco de aquí, cogieras las riendas de Rocinante y bajándote los pantalones te propinaras unos trescientos azotes a cuenta, según tu compromiso, para desencantar a mi señora doña Dulcinea del Toboso?
A lo que Sancho replicó:
-Tenga paciencia mi señora Dulcinea, que no tardará en verme echo una criba a causa de los azotes que por ella me daré. Y lo prometido es lo prometido.
Don Quijote le agradeció estas palabras a Sancho y un instante más tarde ambos dormían como dos benditos.
19 De lo que Sucedió a Don Quijote Yendo a Barcelona
Puestos nuevamente en camino llegaron a una venta y pidieron albergue. El ventero los atendió solícitamente, y mientras don Quijote se recogía al aposento que le habían designado, Sancho, como de costumbre, se preocupaba de lo que había para comer. El ventero dijo:
—Aquí hay de todo lo que vuestra merced ordene.
-Con un par de pollos que nos asen, tendremos suficiente
-murmuró Sancho.
Respondió el ventero que no tenía pollos, porque las aves de rapiña se los habían llevado todos.
-Entonces -dijo Sancho-, mándenos asar una polla que sea tierna.
—¡Válgame Dios! —prorrumpió el ventero-. En no habiendo pollos, ¿cómo puede haber pollas?
—Pero habrá ternera o cabrito.
-Tampoco hay, pero sí tendremos la semana entrante.
-¿Y qué demonios tenéis, entonces? -se impacientó el escudero.
-Unas patas de vaca cocidas, con garbanzos, cebollas y tocino. –Vengan las patas –exclamó Sancho, dando por terminado el asunto de la comida.
Pernoctaron en la venta y al día siguiente, muy temprano, reanudaron el viaje. Seis días cabalgaron sin que les ocurriera nada digno de ser mencionado, a no ser el cambio de itinerario, pues don Quijote había decidido ir a Barcelona en vez de Zaragoza; y al sexto, por la noche, buscaron un bosquecillo de alcornoques para alojarse allí. Como Sancho había merendado lo suficiente, no tardó en dormirse. No así don Quijote, quien se desveló pensando en todas sus desgracias y en el encantamiento de Dulcinea del Toboso. Como viera con la placidez que dormía Sancho, se encolerizó contra él, y levantándose trató de bajarle los pantalones para propinarle él los azotes que habrían de desencantar a la señora de sus sueños. Despertó en esto Sancho y al comprender las intenciones de su amo, se incorporó, le hizo una zancadilla, lo arrojó por tierra y le echó las manos al cuello, diciéndole que si juraba no tocarle ni un pelo de la cabeza, lo dejaría libre y no le haría daño. Enfadóse mucho don Quijote con la actitud de su escudero, pero no tuvo más remedio que jurar lo que Sancho le pedía.
El escudero, prevenido, decidió apartarse un poco de don Quijote, y habiéndose adentrado más en el bosque, tocó unos pies que colgaban de un árbol. Llamó a gritos a su amo y éste acudió a averiguar qué le estaba sucediendo a su escudero. Cuando llegó al lado de éste, comprendió que lo que colgaba de los árboles no eran sino bandoleros que la justicia había hecho ahorcar. Estaban en esta comprobación cuando los rodearon numerosos individuos armados y no pudieron defenderse. En el momento en que comenzaban a robarles, apareció un jinete muy apuesto y les ordenó que no siguieran adelante con el despojo. Apeándose, se acercó a don Quijote y le dijo que él se llamaba Roque Guinart, que era el jefe de aquellos facinerosos, que no temiera, porque él lo había reconocido y sabía que era el sin par caballero andante don Quijote de la Mancha.
Maravillado se mostró don Quijote de la fama que habían cobrado sus hazañas y de la cortesía del bandolero. De pronto apareció un jinete corriendo desbocado, y al parar junto a Roque dijo que por el camino venía un coche y un séquito de aquellos que les convenían a ellos, no de los otros, es decir, que no eran policias. Roque ordenó que los apresaran y los trajeran a su presencia. Cumplida la orden, comparecieron dos capitanes diciendo que iban a Barcelona para embarcarse con destino a Sicilia y que llevaban entre doscientos y trescientos escudos; también comparecieron dos peregrinos, que se dirigían a Roma y dijeron no llevar más de sesenta reales.
-¿Y quién va en el coche?-preguntó Roque.
Uno de los del séquito dijo que era doña Guiomar Quiñó-nez, mujer del regente de la vicaría de Nápoles, con una hija pequeña, una doncella y una dueña.
Todos pensaban que Roque los iba a robar y a matar; pero grande fue su sorpresa cuando, después de meditar un rato, Roque les dijo a los capitanes que le facilitaran sesenta escudos, y a la señora regenta ochenta, para repartir los entre sus compañeros. No fue pequeña la estupefacción de los capitanes y de la regenta, los cuales se apresuraron a cumplir con el deseo de Roque. Recibido el dinero, el jefe lo repartió entre los suyos, y habiéndole sobrado diez escudos, se los dio a los peregrinos que marchaban a Roma. Luego, dejó a todos en libertad, suministrándoles antes un salvoconducto para que no les hicieran daños los otros miembros de su banda diseminados a lo largo del trayecto. 20
DE LO QUE ACONTECIÓ A DON QUIJOTE
A LA ENTRADA DE BARCELONA Y LA
AVENTURA DE LA CABEZA ENCANTADA Antes de despedirse de don Quijote y de Sancho Panza, Roque Guinart dio al caballero una carta de presentación para unos amigos suyos que tenía en Barcelona. Aceptó complacido el caballero andante, y él y su escudero reanudaron la marcha rumbo a ese puerto. Cuando llegaron allá, no podían dar crédito a lo que veían sus ojos: tantas embarcaciones había en el mar, todas ellas hermosas y pintorescas, a bordo de las cuales se veía mucha gente y se sentía música de chirimías y otros instrumentos.
Don Antonio Moreno se llamaba la persona a la cual iba dirigida la carta de Roque, el cual, viendo a don Quijote, lo trató con mucha reverencia; igualmente hicieron lo propio otros caballeros a los cuales fue presentado, lo que no dejó de llenarlo de satisfacción. Don Antonio, antes que nada, le rogó a don Quijote se quitara su armadura, y hecho esto lo invitó a que se asomaran al balcón de su casa, donde don Quijote pudo ver que la gente se apañaba en la calle por verlo, como si se tratara de un mono; pero a él le parecía que era por su nombradía que la muchedumbre trataba de hacérsle presente.
Don Antonio tomó de la mano a don Quijote, lo llevó a un aposento privado, echó llave a la puerta, y dijo:
-¿Veis ese busto de bronce que hay ahí? Pues, es una cabeza encantada que contesta a todas las preguntas que se le dirigen. Eso sí que sólo lo hace los días viernes, y como hoy es jueves, tendréis que esperar hasta mañana para someterla a prueba.
Ardía en curiosidad don Quijote por conocer ese portento y sólo al día siguiente pudo ver convertido en realidad su deseo. Don Antonio había invitado a varios caballeros y damas para que asistieran, junto con don Quijote y Sancho, a la prueba de la cabeza encantada.
A la hora fijada, se reunieron todos en la sala donde estaba la cabeza, y don Antonio, aproximándose al oído de ésta, preguntó:
--Dime, cabeza, por la virtud que en ti se encierra, ¿qué pensamientos tengo yo ahora?
La cabeza respondió, sin mover los labios:
—Yo no juzgo de pensamientos.
Todos quedaron atónitos, máxime que no había nadie cerca de la cabeza que pudiera responder en su lugar. Don Antonio preguntó de nuevo:
-¿Cuántos estamos aquí?
La cabeza dijo:
–Tú y tu mujer, con dos amigos y dos amigas, y un famoso caballero llamado don Quijote de la Mancha y un escudero suyo que tiene por nombre Sancho Panza.
Aumentó la sorpresa de los circunstantes, y como las mujeres siempre son más averiguadoras que los hombres, una amiga de don Antonio le dijo a la cabeza:
-Dime ¿qué haré yo para ser muy hermosa?
Y la cabeza respondió:
-Sé honesta.
De este modo fueron todos preguntando y a todos la cabeza les respondía. La fama de este milagro comenzó a expandirse por la ciudad, y como había el peligro de que el Santo Oficio ^{*} tuviera noticias de ello, para ahorrarse molestias con Antonio destruyó la cabeza. Ahora bien, ¿cómo se realizaba este prodigio? Muy sencillo: la cabeza estaba hueca y de su boca, por la parte interior, colgaba hasta el sótano un conducto de hojalata, en el extremo del cual había un sobrino de don Antonio que contestaba las preguntas, no sin antes haberse impuesto de la clase de personas que iban a hacerlas, lo cual le resultaba fácil, ya que conocía de antemano lo que preguntarían. Y de esta forma terminó la aventura de la cabeza encantada, la que don Antonio ideó para reírse a costa de don Quijote y de sus amigos.
21 Que Trata de la Aventura Peor que Pudo Acontecerle a Don Quijote de la Mancha
Habiendo salido don Quijote a pasearse por la playa provisto de todas sus armas, he aquí que vio venir hacia él a un caballero armado de punta en blanco, el cual, al aproximarse a don Quijote, dijo:
—Insigne caballero y nunca lo suficientemente bien ponderado don Quijote de la Mancha. Yo, El Caballero de la Blanca Luna, cuyas hazafías ya deberás conocer, vengo a batirme contigo y a hacerte confesar que mi dama, sea quien fuere, es, sin comparación, más hermosa que tu Dulcinea del Toboso. Y si peles comigo y te venzo, no espero otra satisfacción que, dejando las armas, te abstengas de buscar nuevas aventuras y te retires a tu hogar durante un año, donde has de vivir sin echar mano a la espada. Si tú me vences, dispondrás de mi cabeza y serán tuyas mis armas y mi caballo, y pasará a ser tuya la nombradía de mis hazafías.
Don Quijote quedó suspenso y atónito, tanto de la arrogancia del Caballero de la Blanca Luna como de la causa porque le desafiaba. Reposada y severamente le respondió: —Caballero de la Blanca Luna, no tengo la menor idea de cuáles son vuestras hazañas; pero yo os haré jurar que jamás habéis visto a la ilustre Dulcinea ni mayor belleza que la que ella ostenta. Acepto vuestro desafío y preparaos para el combate.
Supo lo del desafío don Antonio Moreno, y en compañía de otros caballeros se dirigió al lugar de la pelea. Mientras tanto, ambos contendientes se aprestaban para atacarse y en el momento oportuno picaron espuelas a sus caballos. Como el de la Blanca Luna era más rápido, llegó adónde estaba don Quijote y atropelló con tanta fuerza a Rocinante que dio con éste y con su jinete en tierra. En seguida, el de la Blanca Luna desmontó, se aproximó a don Quijote, le puso la lanza sobre la visera y le dijo:
—Os he vencido, caballero, y os mataré si no confesáis que estáis de acuerdo con los términos de mi desafío.
Don Quijote, con voz débil y temblorosa, respondió:
—Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo su más desdichado caballero. Oprime, caballero, la lanza y quítame la vida, ya que me has quitado la honra.
-Eso no haré -dijo el contendor-. No niego la hermosura de doña Dulcinea; sólo me contento con que el gran don Quijote se retire a su pueblo durante un año, o hasta el tiempo que por mí fuere mandado.
El Caballero de la Blanca Luna se retiró muy comedidamente, y los que presenciaron el desafío levantaron a don Quijote, le descubrieron el rostro y lo hallaron pálido como un muerto. Luego, en una silla de manos, lo llevaron a la ciudad.
Después de este desenlace, don Antonio quiso saber quién era El Caballero de la Blanca Luna, el que se había refugiado en una especie de posada. Al verlo, El Caballero de la Blanca Luna le dijo:
-Sé a lo que venís, y es a averiguar quién soy. A mí me llaman el bachiller Sansón Carrasco. Soy del mismo lugar que don Quijote de la Mancha, cuya locura y sandez mueve a que le tengamos lástima, y entre los que más se la han tenido estoy yo, pues creo que sanará si se queda tranquilo en casa. Hace tres meses que recorro los caminos como caballero andante, a fin de presentarle batalla, vencerlo y obligarlo a que vuelva a su tierra.
Don Quijote y Sancho, tristes y mohínos, decidieron emprender el viaje de regreso a la Mancha: Don Quijote desarmado y montando una sombra de caballejo, pues Rocinante quedó muy mal parado en el combate con El Caballero de la Blanca Luna. Sancho volvía a pie, pues el rucio iba cargado con las armas de su señor.
22 De Cómo Don Quijote y Sancho Panza Llegaron a Su Aldea
Cada vez que Ilegaba la noche, don Quijote le exigía a Sancho que cumpliera con su compromiso de azotarse para desencantar a su señora Dulcinea; el pícaro del escudero hallaba mil y una fórmulas para engañar a su señor, de manera que muy poco habían sufrido sus redondas posaderas.
Anda que te anda subieron una cuesta y desde allí divisaron su aldea, a la vista de la cual Sancho se hincó de rodillas y dijo:
—Abre los ojos, deseada patria, y mira que vuelve a ti Sancho Panza, tu hijo, si no muy rico, muy bien azotado. Extiende los brazos y recibe también a tu otro hijo, don Quijote, que si viene vencido por brazos ajenos, viene vencedor de sí mismo que, según él mismo me ha dicho, es el mayor vencimiento que desearse puede.
Después de lo cual descendieron la cuesta y llegaron a su pueblo, a cuya entrada encontraron rezando en un pradito al cura y al bachiller Sansón Carrasco. Al reconocerlos, el cura y el bachiller fueron hacia ellos con los brazos abiertos. Apeóse don Quijote y los abrazó estrechamente. Por último, rodeados de muchachos y acompañados del cura y del bachiller, entraron en el pueblo y se dirigieron a casa de don Quijote, en la puerta de la cual estaban el ama y la sobrina, quienes ya habían tenido noticias de su llegada. También acudió Teresa Panza, la mujer de Sancho, llevando de la mano a su hija Sanchica. Después de saludarse, Sancho, su mujer y su hija se fueron a casa, dejando en la suya a don Quijote.
Sin esperar más, don Quijote llevó aparte al cura y al bachiller y en breves razones les contó la historia de su vencimiento y la obligación que había contraído de no salir de su aldea durante un año, todo lo cual cumpliría, porque así lo disponían los libros de caballería. También los dijo que durante ese año había pensado hacerse pastor, para entretenarse en la soledad de los campos, dando así rienda suelta a sus amorosos pensamientos. Les rogó que, si no tenían otros asuntos de mayor importancia, se hicieran pastores, ellos también, pues estaba dispuesto a comprar ovejas y cumplir este propósito. Agregó que lo principal de este negocio estaba hecho, porque ya había escogido los nombres que les vendrían a ellos como de molde.
El cura le suplicó que dijese cuáles eran esos nombres. Don Quijote dijo:
—Yo me llamaré el pastor Quijótiz, el bachiller el pastor Carrascón, el cura el pastor Curiambro y Sancho Panza el pastor Pancino.
Pasmáronse de nuevo ante este otro aspecto de la locura de don Quijote; pero decidieron llevarle el amén, esperanzados de que en el curso de ese año se curara o diera visos de curarse. El bachiller Sansón Carrasco, para darle mayor verosimilitud al fingido asentimiento de hacerse pastores, ellos también, agregó:
-Nos buscaremos pastoras como fueron Filida, Amarilis, Diana, Flérida, Galatea y Belisarda. Y si la mía por ventura se llamare Ana, la llamare Anarda; y si Francisca, Francenia; si Lucía, Lucinda. Y si Sancho Panza va a entrar en la cofradía, a su mujer Teresa, la llamaremos Teresaina. 23 DE CÓMO DON QUIJOTE CAYÓ ENFERMO, DEL TESTAMENTO QUE HIZO Y DE SU MUERTE Como las cosas humanas no son eternas, la vida de don Quijote tampoco podía contar con semejante privilegio. Y fue así como se le arraigó una calentura que lo tuvo seis días en cama, durante los cuales fue muy visitado por el cura, el bachiller, el barbero y sus amigos, sin que por un instante se separara de su cabecera su fiel escudero Sancho Panza. Creían que había caído enfermo de tristeza por no haber podido cumplir su deseo de libertar del encantamiento a Dulcinea y al verse vencido por El Caballero de la Blanca Luna. De todas maneras, trataban de alegrarlo, diciéndole el bachiller que se animara y se levantara para llevar a cabo su proyecto de convertirse en pastor junto con ellos. Llamaron al médico; éste le tomó el pulso y dijo que por sí o por no atendiera a la salud de su alma, ya que la del cuerpo corrió peligro.
Don Quijote recibió estas palabras con serenidad, pero no así el ama, su sobrina y el escudero, quienes se largaron a llorar, como si ya estuviera muerto. Pidió don Quijote que lo dejaran solo, porque quería dormir un poco. Su sueño duró más de seis horas, y ya el ama y la sobrina pensaban que se había ido en el sueño. Pero no fue así, pues al despertar, don Quijote exclamó: —¡Bendito sea el poderoso Dios, que tanto bien me ha hecho! Sus misericordias no tienen límites ni las abrevian ni impiden los pecados de los hombres.
La sobrina le preguntó:
-¿Qué misericordias son éstas o qué pecados de los hombres?
—Son las que en estos instantes ha usado Dios conmigo —replicó don Quijote—. Ahora tengo el juicio libre y claro, sin las sombras caliginosas de la ignorancia que pusieron sobre mí los detestables libros de caballería. Ya conozco sus disparates y no me pesa sino que este desengaño haya llegado tan tarde. Sobrina, me siento morir; llámane a mis buenos amigos el cura, el bachiller Sansón Carrasco y a maese Nicolás el barbero, que quiero confesarme y hacer mi testamento.
En ese preciso instante llegaban los tres, y apenas los vio don Quijote dijo:
–Dadme albricias, buenos señores, que ya no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano. Ahora soy enemigo de Amadís de Gaula y de toda la caterva de su linaje; y me son odiosas todas las historias profanas de la caballería andante: conozco mi necedad y el peligro en que me pusieron por haberlas leído.
Cuando oyeron esto, pensaron que una nueva locura se había apoderado de él. Sansón Carrasco le dijo:
-¿Acaso ahora vuestra merced quiere hacerse ermitaño?
-Señores-dijo don Quijote-, siento que me muero rápidamente; déjense de burlas y traíganme un confesor que me confiese y un escribano que haga mi testamento.
Estas y otras razones adujo, y por ellas pudieron convencerse de que había recobrado la razón. Hizo salir el cura a los demás y el bachiller Sansón Carrasco fue en busca del escribano y luego volvió con él y con Sancho; este último, al ver a la sobrina y al ama llorosas, comenzó a hacer pucheros y a derramar abundantes lágrimas.
Terminada la confesión, salió el cura, diciendo:
-Verdaderamente se muere y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano el Bueno; bien podemos entrar para que haga su testamento.
Penetraron en la habitación, y ele escribano, después de encabezar el testamento con todas las formalidades de rigor y después de haber ordenado su alma don Quijote, éste dijo:
-Es mi voluntad que no se le haga cargo a Sancho Panza de unos dineros que obraban en su poder cuando mi locura lo nombró mi escudero, ni que se le pida cuenta de ellos, sino que si sobrare alguno, después de pagarse mis deudas, el restante sea suyo, que será bien poco, y buen provecho le haga; que estando yo loco intervine para que se le diera el gobierno de una insula, y que ahora cuerdo un reino le daría, porque su sencillez y la fidelidad de su trato lo merecen.
Y volviéndose a Sancho, le dijo:
—Perdóname, amigo, porque por mi causa también te creyeron loco como yo, haciéndote caer en el error en que yo he caído, de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo.
Sancho respondió llorando:
-¡Ay, no se muera vuestra merced, siga mi consejo y viva muchos años! No sea perezoso y levántese de esa cama; vámonos al campo vestidos de pastores como tenemos concertado; a lo mejor detrás de una mata hallamos desencantada a mi señora doña Dulcinea. Si se muere de pesar porque lo vencieron, écheme a mí la culpa por haber puesto mal la cincha a Rocinante, porque ésa puede ser la causa de que lo hayan derribado de la silla.
-Así es—dijo el bachiller Sansón Carrasco-, y Sancho Panza está en lo cierto. —Señores—dijo don Quijote—, vámonos poco a poco, pues, ya en los nidos de antañio no hay pájaros ogañio; fui loco y ahora soy cuerdo, y prosiga adelante el señor escribano. Dejo toda mi hacienda, a puerta cerrada, a Antonia Quijana, mi sobrina, que está presente; quiero que se pague el salario que debo a mi ama durante todo el tiempo que ha estado a mi servicio, más veinte ducados para un vestido. Dejo por albaceas al señor cura y al señor Sansón Carrasco, que están presentes. Es mi voluntad que si Antonia Quijana, mi sobrina, quisiera casarse, se case con un hombre de quien se haya informado previamente de que no sabe nada de libros de caballerías; y en caso que se averiguara que sabe lo que son estos libros, y ella se empeñara en casarse y se casare, pierda todos los bienes que le he dejado, los cuales mis albaceas pueden distribuir en obras de caridad.
Cerró con esto el testamento, y habiéndose desmayado, se estiró cuan largo era en la cama.
Sin embargo, duró tres días más aún, desmayándose y volviendo a recuperarse. Por fin llegó el último momento de don Quijote, después de haber recibido todos los sacramentos y haber abominado de los libros de caballería. El bachiller Sansón Carrasco puso el siguiente epitafio en su sepultura:
Yace aquí el hidalgo fuerte, que a tanto extremo llegó de valiente, que se advierte que la muerte no triunfó de su vida con su muerte.
Tuvo a todo el mundo en poco; fue el espantajo y el coco del mundo en tal coyuntura, que acreditó su ventura, morir cuerdo y vivir loco.